jueves, 18 de agosto de 2016

838. Domingo XXI, C – Jesús salvación de Dios ante el destino eterno del hombre



Homilía para el Domingo XX del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 13,22-30


Texto evangélico:
22 Y pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. 23 Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: 24 «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. 25 Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. 26 Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 27 Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”. 28 Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. 29 Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. 30 Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Hermanos:
1. Hoy a Jesús le hacen una pregunta, y Jesús contesta. Pero no la responde dando una clase de teología, sino haciendo una invitación. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Y Jesús no responde, diciendo si son muchos o son pocos, si se condenan muchos o se condenan pocos; y ni siquiera si hay un solo condenado. Ni ahora ni nunca Jesús nos ha dado una estadística sobre los condenados.
La preocupación de aquel hombre que lanza una pregunta crucial a Jesús, puede ser la preocupación nuestra, que podemos lanzar preguntas sobre las cuestiones definitivas y eternas. Podemos preguntar cosas muy concretas. He aquí tres preguntas:
Primera. ¿Son muchos o pocos los que se condenan?
Segunda. Pero ¿existe el infierno eterno para que se condene la gente?
Tercera. ¿Existe el demonio?

2. Cada una de esas tres preguntas está tocando algo infinito. El infierno es el mal infinito en estado puro, en cuanto una criatura, limitada y no infinita, puede participar de algo infinito por los siglos de los siglos. Y el demonio será entonces la petrificación del mal en una criatura.
Si comienzo a hablar así estoy filosofando. Y el Evangelio no es ninguna filosofía.
Otro puede decir: Honestamente no lo sé, no te puedo responder. Pero, por si acaso, es mejor que te atengas a estas creencias, no sea que sean verdad y uno se encuentre sin remedio en la condenación eterna. Hermanos, esta contestación no es cristiana. Ante un asunto definitivo no podemos responder con un “por si acaso”, porque eso es jugar con la fe.

3. Otra persona puede decir: No hablemos de esto, porque nadie sabe nada, y todo son puras teorías. No es una respuesta sabia. La ignorancia no puede ser fundamento de la fe. No se puede decir: “No hablemos de esto”, porque Jesús ha hablado.
Hay que hablar. Pero lo correcto es saber cómo ha hablado y desde dónde ha hablado.
Lo queremos intentar, con humildad y amor, conscientes de todas las limitaciones inherentes a cualquier humana inteligencia, incluso a la Iglesia, que va anunciando el Evangelio entre los gozos y esperanzas de los hombres, y utilizando el lenguaje de los hombres, como Jesús lo ha utilizado.

4. El anuncio único, total e integrador de Jesús ha sido la salvación de Dios, no otra cosa. Jesús inicia su ministerio diciendo: Ha llegado el Reino de Dios. Esta es una verdad que no puede alcanzarla ninguna Filosofía de la tierra. Ni los Filósofos de antaño, maestros permanentes de la humanidad, ni los filósofos fraguados en el pensamiento de hoy, pueden decirnos: Ha llegado el Reino de Dios.
Esto no lo ha dicho ni Sócrates, Platón o Aristóteles. Esto tampoco lo ha dicho Moisés, tampoco lo ha dicho Isaías. Esto es una verdad revelada, que solo la puede comunicar aquel que él mismo es “el Reino de Dios”.
Ha llegado el Reino de Dios, y el reino de Dios es salvación. No es salvación y condenación; no es salvación y condenación. Si fuese salvación y condenación eso sería el Reino de los Hombres.
El Reino de Dios es la Santidad misma de Dios, el Don total de Dios, la Comunión con Dios, la Vida de Dios, el gozo de Dios.
Eso es el Reino de Dios.
Es el todo Dios dado al hombre. Por tanto, el Reino de Dios es la gratuidad de Dios, el amor de Dios regalado al hombre. Ningún ser humano es digno del Reino de Dios, y el que lo posee sólo lo puede poseer como regalo de Dios.
No ha habido, ni puede haber un santo digno del Reino de Dios. Ni la santísima Virgen es digna de ese Reino.

5. Este Reino Jesús lo proclama y lo ofrece a toda la humanidad, a todos y cada uno de los seres humanos, comenzando por el pueblo de Israel… Pero los destinatarios son todos – somos todos – absolutamente todos. Yo, peregrino en la historia humana, soy el destinatario del don del Reino. Porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él (Jn 3,16-17).
Ahora viene la pregunta hermanos: ¿Qué pasa si yo, a quien se me ha regalado de un modo absoluto, total y gratuito, el Reino de Dios, rechazo lo que se me está dando? Lo que pasa es que yo estoy negando de frente, de una manera monstruosa y absurda, a Dios que me dio la vida y ahora se me está dando en exhaustividad. Este rechazo de Dios, y no otra cosa, es el infierno. El infierno es Dios a la inversa y tiene la magnitud de Dios por su contrario. El infierno representado por el diablo es Dios a la inversa…
Nuestra mente estalla, y donde empezaría la teología, allí mismo la teología se rompe. Si el Reino de Dios no es una verdad racional, sino una verdad de fe, el Anti-reino de Dios, que es el Infierno, es igualmente una verdad de fe, cuyo contenido no podemos penetrar.
Jesús no nos está dando una lección de teología, porque no es un Teólogo; es el Enviado de Dios para nuestra salvación. Jesús cuenta con parábolas coloridas, pero no es un Cuentista para entretenernos. Es el Profeta de Dios, el único profeta del Reino de Dios.

6. En una palabra, Jesús es la misericordia de Dios, el don sin retorno de Dios. Es el infinito para mí, nacido con hambre de Infinito en las células de mi ser.
No podemos continuar más, hermanos, pensando, porque no se trata de pensar, sino de elevar el corazón y rendirlo ante ÉL.
No digamos más palabras. Adoremos y nuestra adoración se resuelva en un acto de oblación sin fondo.

7. Jesús, te adoro en tiempo y eternidad. Tú eres la santidad de Dios. Tú eres mi santidad. Tú eres mi salvación. Amén.

Guadalajara, jueves, 18 agosto 2016.

2 comentarios:

Ildefonso de C dijo...

Sigo sus homilías con verdadera delectación. Y acabo de leer entusiasmado la Vida de un Pobrecillo, escrita por usted sobre el P. Bernabé de Larraul.
Gracias, Padre Rufino

Anónimo dijo...

Sorprendentemente, todos los discípulos, con excepción de un pequeño número, abandonaron a Jesús al final de su ministerio. Las miles de personas que algunas vez siguieron a nuestro Salvador, disminuyeron hasta llegar a ser unos pocos cientos después de su muerte (Hechos I, 1Corintios XV). Cuán diferente es la realidad frente al supuesto camino fácil de convertirse en un cristiano.
En Mateo VII leemos lo que dijo Jesús: “Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella; porque estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan”. La frase “estrecha es la puerta” es en realidad fácil de entender. Una puerta estrecha es más difícil de pasar que una que es ancha, y sólo pocas personas puedan pasar al mismo tiempo por una puerta estrecha.
Lucas nos menciona tres personas que parecían dispuestas a convertirse en cristianos, que se encontraron con Jesús y sus discípulos mientras estaban viajando.
Uno de ellos hizo una declaración dramática de compromiso, al decirle a Cristo: “Señor, te seguiré adondequiera que vayas” (Lucas IX). Jesús no le replicó: “¡Maravilloso, por favor únete a nosotros!” En lugar de esto, le dijo algo que podría hacerlo desistir por completo o por lo menos hacerlo reflexionar un poco: “Las zorras tienen guaridas, y las aves de los cielos nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza”. Jesús estaba subrayando la falta de certeza que podría haber en la vida de un verdadero cristiano.
A otro Jesús le responde con un escueto “sígueme”, obteniendo a su vez la excusa de que le dejase primero enterrar a su padre, a lo que a su vez responde el Maestro “Deja que los muertos entierren a sus muertos; y tú ve, y anuncia el reino de Dios”. Obviamente, una persona muerta no entierra a nadie. Jesús se estaba refiriendo a aquellos que estaban muertos espiritualmente a su enseñanza. Jesús le estaba diciendo al prospecto, que su llamamiento era mucho más importante.
A un tercero también le responde con un “sígueme”, obteniendo como excusa ir primero a despedirse de sus familiares. Jesús también aquí es tajante: “Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios”.
Por la puerta ancha es fácil entrar, y por un camino espacioso es cómodo caminar. Todo son facilidades. Es lo contrario a la puerta estrecha y el camino angosto, donde todo son sacrificios.
El apóstol san Pablo nos enseña en una carta a los corintios el camino angosto y forzado por el que camina: “¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo). Estuve más en trabajos; aún más en azotes sin número; en cárceles; muchas veces en peligro de muerte. De los judíos, cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; una noche y un día he estado como náufrago en alta mar; muchas veces estuve en los caminos; en peligros en los ríos; peligros de ladrones, peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y en desnudez”.
Saludos. Juan José.

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