jueves, 25 de agosto de 2016

839. Domingo XXII, C – Jesús, comensal en un banquete: parábolas de humildad, de verdad, de grandeza y amor.



Homilía para el Domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 14,1. 7-14


Texto evangélico:

14 1 Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando
(El lugar en el banquete)
7 Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: 8 «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; 9 y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. 10 Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. 11 Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
     (Invitar a los pobres)
     12 Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 13 Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; 14 y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».


Hermanos:
1. Vamos recorriendo los capítulos del Evangelio de san Lucas, y hoy nos encontramos en el capítulo 14. Este capítulo se abre con un banquete al que Jesús ha sido invitado. Era sábado, día sagrado de descanso.
En la cultura humana, según los pueblos, según los tiempos, el banquete ha dado mucha inspiración y mucha creación.  En un banquete pasan muchas cosas, en torno a una buena comida y una buena conversación. Lo estudiosos del Evangelio saben que lo de las “comidas de Jesús” es todo un monumento de revelación: comidas antes de la Pascua, comida de Pascua, comidas de Jesús después de la Resurrección.
Los estudiantes de Filosofía yd e Literatura saben que hay una célebre obra en la antigüedad: El Banquete, obra escrita por Platón. Se han juntado unos amigos para hablar en coloquio familiar y festivo sobre un alto tema de teología y vida: qué es el amor. Cada uno da su opinión mientras escancian los buenos vinos que, al final, les va a dejar dormidos. El personaje central es Sócrates, maestro de Platón. Sucesos que ocurren 400 años antes de Jesucristo, y que, un poco después, los ha a recoger y escribir Platón. Es la obra más conocida de Platón.

2. Hoy tenemos este Evangelio que nos remite a una sala de banquete y a diversos dichos de sabiduría: la elección del puesto en el banquete, la invitación a los pobres, la parábola de la gran cena. La sección del Evangelio se centra en dos enseñanzas de Jesús.
No sería una buena interpretación si dijéramos simplemente que Jesús, como un doctor moralistas nos está dando lecciones de vida por medio de parábolas, dichos ingeniosos, apólogos entretenidos. En realidad, Jesús nos está hablando del Reino de Dios. En ese Reino de Dios, que comienza aquí en la tierra con el grupo de discípulos, no podemos ir en busca de los primeros puestos. Una sentencia taxativa de Jesús cierra este mensaje: Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».

3. El último puesto ha sido el comportamiento de Jesús. San Marcos, al inicio de la vida de Jesús, narra lo que ocurre con un leproso: “Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: No se lo digas a nadie…” (Mc 1,40-44).
No es un caso aislado. Este deseo de ocultamiento ha sido un constante del proceder de Jesús, y debe marcar nuestra dirección.
Espontáneamente pensamos que cuanto más alto, que cuanto más famoso, mayor ámbito de irradiación y mayor bien para conquistar los hombres para Dios. El proceder de Jesús no ha sido ese, sino el contrario.
En los tiempos arcaicos de la marcha de Israel por el desierto, a propósito de ciertas murmuraciones contra Moisés, provenientes de sus propios hermanos, María y Aarón, dice la Sagrada Escritura: “Moisés era un hombre muy humilde, más que nadie sobre la faz de la tierra” (Núm 12,3). Moisés era el más grande. Sigue el texto sagrado: “el Señor les habló: «Escuchad mis palabras: si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; abiertamente y no por enigmas; y contempla la figura del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?»” (vv. 6-8).
Así es la verdad ante Dios: el más grande, el más fiel, es el más humilde. Si una persona no es humilde, no es grande. El más grande es el más humilde, y el más humille el más grande.
Este es Jesús, solo él, y esta es la pauta que debe gobernar en la comunidad de Jesús. Lo demás es apariencia y engaño.

4. En la segunda pare del Evangelio de hoy, siempre en la escena de un banquete, encontramos el dicho de Jesús acerca de quién deben ser nuestros invitados. Aquí, de nuevo, el mundo queda al revés con las palabas del Señor. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».
Cuatro personas indigentes que no pueden correspondernos. Jesús nos está poniendo al vivo la comunidad en la que él ha vivido. Los pobres son los amigos de Jesús, los lisiados, cojos y ciegos. Esos son mi gente a la que yo tengo que acudir a su puerta.

5. Esta forma de hablar de Jesús tiene que dar un tono a la Iglesia, lo mismo que a nuestras comunidades y a los que, de alguna manera, servimos en algún puesto que pueda significar algo de influjo. El discípulo, como su Maestro, ha de ocupar el último lugar, el último puesto, y se ha de encontrar a gusto con esos, que la sociedad ha marginado.
Y estos pensamientos no son palabras para hacer un discurso sociológico acerca de la Iglesia. No hacemos un discurso sociológico, sino teológico. Se trata del valor de los humildes ante Dios, de aquellos a quienes, con una palabra, podemos llamar “los pobres del Señor”.
La Virgen María resplandece entre los pobres del Señor; es la más pobre de los pobres por la actitud de su corazón. Es la esclava del Señor. Así se define ella. María contestó: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 2,38). Y sobre esa humildad pudo encarnarse Dios entre los hombres.

6. Oremos, hermanos, al Señor, nuestro Dios:
Dios mío, como tu Hijo, Jesús; como tu sierva, María, yo quiero ser ante ti lo que soy. No hay mayor grandeza, no hay mayor felicidad. Amén.

Encarnación de Díaz, Jal. (Diócesis de Aguascalientes), Casa Marista de Encuentros y Oración, jueves 25 agosto 2016.

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

 
;