sábado, 10 de septiembre de 2016

845. La gracia del amor misericordioso – Propuesta de un retiro espiritual en este Año de la Misericordi



La gracia del amor misericordioso
Propuesta de un retiro espiritual
en este Año de la Misericordia

NOTICIA.  Soy Misionero de la Misericordia, uno de esa pléyade de Misioneros enviados por el Papa al inicio de Cuaresma, con la misión de absolver de todo pecado – como signo del amor materno sin fondo de la Iglesia del Señor – con las plenas facultades que el Papa ha otorgado de absolver “ubicumque terrarum” incluso esos cuatro pecados reservados a la Sede Apostólica (violación del secreto sacramental, agresión directa al Sumo Pontífice, profanación de las sagradas especies, crimen de solicitación sexual en la celebración del sacramento de la reconciliación); y con la misión también de anunciar de anunciar la gracia de la misericordia, todo ello de acuerdo a la bula convocatoria del Jubileo, Misericordiae vultus, núm. 18. (Recibo el Diploma acreditador en que FRANCISCUS Summus Pontifex constituit te Rufino Maria Grandez Lecumberri MISSIONARIUM MISERICORDIAE con el número de orden 0481, entre los más de mil designados. De esta arquidiócesis no se ha presentado otro hermano sacerdote para esta designación).
Soy franciscano-capuchino, y puedo arrimarme con confianza a aquellas palabras escribió un día nuestro hermano y padre Francisco de Asís, tan ingenuo y tan audaz como Heraldo del Gran Rey:
“En el nombre del Señor, Padre e Hijo y Espíritu Santo. Amén.
1A todos los cristianos religiosos, clérigos y laicos, hombres y mujeres, a todos los que habitan en el mundo entero, el hermano Francisco, su siervo y súbdito: obsequio con reverencia, paz verdadera del cielo y sincera caridad en el Señor.
2Puesto que soy siervo de todos, estoy obligado a serviros a todos y a administraros las odoríferas palabras de mi Señor (Cum sim servus omnium, omnibus servire teneor et administrare odorifera verba Domini mei). 3Por eso, considerando en mi espíritu que no puedo visitaros a cada uno personalmente a causa de la enfermedad y debilidad de mi cuerpo, me he propuesto anunciaros, por medio de las presentes letras y de mensajeros, las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que es la Palabra del Padre, y las palabras del Espíritu Santo, que son espíritu y vida (Jn 6,64)” (Carta a todos los fieles).
Las reflexiones que siguen son el retiro dado a mis hermanos de comunidad (viernes, 9 septiembre 2016), suprimidas – como es obvio – las referencias concretas a la propia fraternidad (parte III) y hechos algunos retoques.


¿Qué pides? La Misericordia del Señor
El Año de la Misericordia invita a toda la cristiandad al encuentro con la Misericordia de Dios, un encuentro que renueve nuestra vida de la raíz. Esa Carta de Misericordia es la bula Misericordiae vultus (11 abril 2015), cuya lectura puede ser guía espiritual para este año, para recibir de allí la gracia que Dios nos dé.
La gracia del año es la experiencia del Amor misericordioso del Padre: Misericordiosos como el Padre (cf. Lc 6,36).
Centramos nuestro retiro en una reflexión sobre el amor para acceder a la revelación del amor, amor misericordioso que se nos ha dado en Jesucristo.

Desde la atalaya de la vida
Cuando pienso, cuando escribo, cuando amo… (pues mi vida ha sido el oleaje constante del pensar y el amar), inevitablemente “siento” – más allá de lo que quiera a no – que estoy en la atalaya de la existencia, por hallarme en la cima de la edad. La edad todo lo configura: 60 años de profesión, 56 de sacerdocio, 80 próximos de vida… Y me pienso qué quiero dejar a los que vienen detrás… Cavilo: Quisiera ser “maestro de vida”; quisiera escribir como “maestro de vida”.
El Evangelio de hoy (Lc 6,39-42) nos habla del ciego que guía al ciego. “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo? No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro”. Un “maestro institucional” (ex officio, con su carisma institucional) podría ser un ciego en cuanto “maestro de vida”; no debiera, porque cuenta con la confianza de quienes lo han elegido o designado. Un “maestro de cátedra” puede ser un ciego como “maestro de vida”, si bien no debiera…, porque la cátedra es para la vida. Y yo me interrogo sobre mi magisterio: ¿de qué soy maestro? ¿Soy una pieza útil, incluso valiosa…, o soy más que eso? ¿Es que puedo pretender que alguien sea discípulo de un pretendido maestro de vida? No hay maestro si no hay discípulo; como tampoco hay discípulo si no hay maestro, porque nadie espontáneamente abre su corazón sino a aquel que tenga una palabra de vida que comunicarle.
Pero mi interrogación, en este momento de mis días, trasciende el mero ámbito personal: ¿dónde están los maestros a los que seguir…?  La respuesta queda flotante… Pienso que ese magisterio válido, que no se impone por decisiones, sino que brota y fluye, es el único que nos puede traer la renovación, siempre anhelada.
Pienso que un retiro no es un trámite, sino que en sus pliegues vivos cuenta con un magisterio de alguien a quien asumo como “maestro espiritual”, como sabio según las divinas Escrituras. ¡Ojalá que estas páginas tengan un grano de la Sabiduría divina!
I
Yo frente al amor
Yo, Ciudadano del mundo, Peregrino de la Historia humana, puedo hablar del amor desde el fondo del ser, como cosa mía, inherente a mí, con autoridad no prestada de nadie, sino con la genuina autoridad que me da la vida que voy compartiendo con los demás seres humanos, y la que entregaré a Dios, mi Creador.

1. Superficialmente aparece el amor como un sentimiento hacia el otro, como una atracción del ser, como la intuitiva sospecha de que análogamente el otro experimenta una vivencia similar.
El amor pertenece, por tanto, a las zonas íntimas de la persona. El amor es personal; establece una relación de persona a persona.

2. A nada que uno entra en el análisis de esto que acontece desde la más tierna infancia, empezamos a advertir que el amor se hunde en el misterio del ser. Él mismo es misterio. (Los griegos pensaron que era un “dios” o un “daimonion”, mediador entre lo humano y lo divino).

3. Inmediatamente surgen dos relaciones esenciales: vida y felicidad.
El amor es vida, la condensación más pura de la vida, y el logro del amor tienen que ser la felicidad más completa que puede estar a nuestro alcance.

4. De tal manera está este sentimiento – mejor, vivencia – inoculado en lo más íntimo del yo, que de ninguna manera puedo renunciar al amor, so pena de aniquilarme a mí mismo.
Ya tenemos, por tanto, que el amor, en el ámbito de las múltiples experiencias a las que uno está sometido, es lo que da el sentido de la vida.

5. De modo y manera que uno ha nacido para el amor; acaso también haya nacido del amor.

6. El amor se nos presenta como un impulso unitivo, totalizador. A esta altura en que lo percibimos, vemos que el amor está signado de notas que le son connaturales:
- el amor busca eternidad
- el amor igualmente anhela fecundidad.

7. Tocamos la vocación humana, cuando hemos alcanzado el amor a estos niveles, con esta intuición. El que ha amado, ha culminado su existencia. El que no ha amado se ha visto frustrado en el ser, aunque hubiera alcanzado metas únicas en otras esferas de la vida. El baremo de la vida es el amor, el logro, la hermosura, la razón.

8. En esa zona íntima donde confluyen las pasiones. Advertimos algo que no estaba previsto en el esquema ideal: que los sentimientos son múltiples y encontrados, con heridas y pus, y que el amor requiere una catarsis, para que el amor exista en esa forma en que lo alcanza la intuición. La antigua Filosofía pronto descubrió las trampas del amor, y Aristóteles, que calificó la amistad como “lo más necesario para la vida” (Ética a Nicómaco VIII,1) distinguió:
- amor de concupiscencia: te amo porque me produces placer;
- amor de utilidad: te amo porque me eres útil.
- amor de benevolencia: te amor porque te lo mereces.

9. Si avanzamos por el misterio del amor, descubrimos que el amor es la indigencia del ser. El amor es esencialmente menesteroso, mendigo: te amo porque es el vacío del ser; sin ti yo no sería yo. En el mismo acto confluyen el don gratuito y la limosna que se pide.

10. En efecto, te amo “del todo”, “gratuitamente” y “para siempre”; incluso, aunque tú no me amaras, porque el amor es esencialmente don.

11. Pero, al mismo tiempo, es mi necesidad y tú, como posibilidad de ser amada, eres la limosna que está pidiendo mi vida.

12.  Por su carácter unitivo y totalizador el amor se abre a la experiencia sexual: al encuentro con la hermosura y vitalidad de mi propio sexo y del sexo de la mujer. Hay un clamor mutuo de fusión y transcendencia. De ahí la fascinación del desnudo, como amor contemplativo atisbando los secretos últimos de la belleza, el anhelo de la fusión orgásmica que arranca de la vitalidad del ser, antes de ser marcado el acto por el veredicto moral.

13. Este carácter múltiple y contrario está abriendo el amor a lo infinito. El amor toca la dimensión divina más pura del ser humano; produce un sobresalto divino y nos invita a pensar que, en definitiva, amar es la manera de ser Dios, o lo que más nos aproxima a Dios. Y que un amor que no vaya conducido por esa aspiración es la profanación del amor y la violación inicua del ser.

14. De todo este planteamiento se desprende que el amor busca la plenitud del ser, y que, de sí es la expresión más bella y acordada que ha logrado la vida. El ser humano es el que ha alcanzado el amor, por haber amado, de modo total, gratuito y permanente para siempre; y tanto más si este amor ha sido un amor correspondido.
Aviso a los teólogos. Parece que los teólogos (a juzgar por las conversaciones entre alumnos) andan empeñados en sacar del “estado de perfección” a la vida religiosa, es decir, a la vida consagrada con votos. El único estado de perfección es el estado bautismal. Y, por supuesto, el estado sacramental del matrimonio es estado de perfección… A lo cual se añade: El estado de la vida consagrada no es sacramento en la Iglesia…
No es del caso entrar en perfiles, porque a lo mejor la cosa existencialmente – vivencialmente, históricamente con historia de salvación personal – se remite a una instancia mucho más simple. Por el horizonte de mi vida se ha cruzado tal o cual Mujer, con el encanto inmortal de lo femenino, Mujer que podría haber sido la Amada de mi corazón, la que se llama “La Mujer de mi vida”. Bella hipótesis de la propia biografía. Ante esta Mujer real – cuyo nombre quede en la Presencia – yo, humilde peregrino de la historia, ser concreto y contingente, con mis ocho apellidos (a saber, Grández/Lecumberri, García/Labairu, Cristóbal/Ilundáin, Melero/Unzué):
- Veo que tus nobles anhelos superan lo que yo, con todo mi amor, no puedo darte: no puedo fundir mi vida con la tuya; con infinito respeto y agradecimiento, me sustraigo; no puedo colmar lo que anhela tu corazón.
- Y tú – lo mejor que me ha acontecido – no puedes colmar los anhelos recíprocos de mi corazón.
- Compartimos exactamente los mismos sentimientos. El Señor, por su designio de amor, nos invita a otra vivencia de amor.
Esta es, ni más ni menos, la historia teológica de muchos que han abrazado – si es estado de perfección o no, no es del caso – que se hallan en este estado. De no haber seguido “esa llamada” (justamente esa llamada) no habrían estado en la perfección que Jesús les proponía. Es la teología histórica concreta a la que se atiene Jesús: “Si quieres ser perfecto…” (Mt 19,21), que es decir: No hay ideal superior a la Alianza, significada en los Mandamientos, pero he aquí que esa Alianza tiene una voz “para ti” en tu corazón: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico” (vv. 21-22).

II
El amor en alas de la Filosofía

Desde esta alta consideración del amor nace una de las obras más notables de la antigüedad: Platón (427-347 a.C.), uno de sus Diálogos, los cuales condensan su Filosofía: El Banquete o del amor.
Las opiniones sobre el amor las van dando en un banquete:
Phaidros, joven cuyas pasiones han sido purificadas por la Filosofía;
Pausanias, hombre maduro de experiencia;
Eyrixímacos, médico, representante de la ciencia;
Atistófanes, cómico;
Agatón, poeta;
Y el último Sócrates, cuyo discurso está puesto en labios de mujer, Diotima, sacerdotisa de Mantinea, y a través de este artificio es Platón, en su madurez, quien nos da su Filosofía del amor

Habla, pues, Diotima de Mantinea en “El Banquete”, de Platón.

“Éstas son, pues, las cosas del amor en cuyo misterio también tú, Sócrates, tal vez podrías iniciarte. Pero en los ritos finales y suprema revelación, por cuya causa existen aquellas, si se procede correctamente, no sé si serías capaz de iniciarte. Por consiguiente, yo misma te los diré y no escatimaré ningún esfuerzo; intenta seguirme, si puedes.

(Primer grado del amor: cuerpos bellos)
Es preciso, en efecto, que quien quiera ir por el recto camino a ese fin comience desde joven a dirigirse hacia los cuerpos bellos. Y, si su guía lo dirige rectamente, enamorarse en primer lugar de un solo cuerpo y engendrar en él bellos razonamientos; luego debe comprender que la belleza que hay en cualquier cuerpo es afín a la que hay en otro y que, si es preciso perseguir la belleza de la forma, es una gran necedad no considerar una y la misma belleza que hay en todos los cuerpos. Una vez que haya comprendido esto, debe hacerse amante de todos los cuerpos bellos y calmar ese fuerte arrebato por uno solo, despreciándolo y considerándolo insignificante.

(Segundo grado: almas bellas, inteligencia)
A continuación  debe considerar más valiosa la belleza de las almas que la del cuerpo, de suerte que si alguien es virtuoso del alma, aunque tenga un escaso esplendor, séale suficiente para amarle, cuidarlo, engendrar y buscar razonamientos tales que hagan mejores a los jóvenes, para que sea obligado, una vez más, a contemplar la belleza que reside en las normas de conducta  y a reconocer que todo lo bello está emparentado consigo mismo, y considere de esta forma la belleza del cuerpo como algo insignificante.
Después de las normas de conducta debe conducirle a las ciencias, para que vea también la belleza de estas y, fijando ya su mirada en esa inmensa belleza, no sea,  por servil dependencia, mediocre y corto de espíritu, apegándose como esclavo, a la belleza de un solo ser, cual la de un muchacho, de un hombre o de una norma de conducta, sino que, vuelto hacia ese mar de lo bello y contemplándolo, engendre muchos bellos y magníficos discursos y pensamientos en ilimitado amor por la sabiduría, hasta que fortalecido entonces y crecido descubra una única ciencia cual es la ciencia de una belleza como la siguiente.

(Supremo grado del amor: belleza eterna y divina)
Intenta ahora prestarme la máxima atención posible. En efecto, quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del amor, tras haber contemplado las cosas bellas en ordenada y correcta sucesión, descubrirá de repente, llegando ya al término de su iniciación amorosa, algo maravillosamente bello por naturaleza, a saber, aquello mismo, Sócrates, por lo que precisamente se hicieron todos los esfuerzos anteriores, que, en primer lugar, existe siempre y ni nace ni perece, ni crece ni decrece; en segundo lugar, no es bello en un aspecto y feo en otro, ni unas veces bello y otras no, ni bello respecto a una cosa y feo respecto a otra, ni aquí bello y allí feo, como si fuera para unos bello y para otros feo.
Ni tampoco se le aparecerá esta belleza bajo la forma de un rostro ni de unas manos ni de cualquier otra cosa de las que participa un cuerpo, ni como razonamiento, ni como una ciencia, ni como existente en otra cosa, por ejemplo, en un ser vivo, en la tierra, en el cielo o en algún otro, sino la belleza en sí, que es siempre consigo misma específicamente única, mientras que todas las otras cosas participan de ella de una manera tal que el nacimiento y muerte de éstas no le causa ni aumento ni disminución, ni le ocurre absolutamente nada.

Por consiguiente, cuando alguien asciende a partir de las cosas de este mundo mediante el recto amor de los jóvenes y empieza a divisar aquella belleza, puede decirse que toca casi el fin. Pues esta es justamente la manera correcta de acercarse a las cosas del amor o de ser conducido por otro: empezando por las cosas bellas de aquí y sirviéndose de ellas como de peldaños ir ascendiendo continuamente, en base a aquella belleza, de uno solo a dos y de dos a todos los cuerpos bellos y de los cuerpos bellos a las bellas normas de conducta, y de las normas de conducta a los bellos conocimientos, y partiendo de estos terminar en aquel conocimiento que es conocimiento no de otra cosa sino de aquella belleza absoluta, para que conozca al fin lo que es la belleza en sí.

En este periodo de la vida, querido Sócrates, más que en ningún otro, le merece la pena al hombre vivir: cuando contempla la belleza en sí.   Si alguna vez llegas a verla, te parecerá que no es comparable ni con el oro ni con los vestidos, ni con los jóvenes y adolescentes bellos, ante cuya presencia ahora te quedas extasiado y estás dispuesto, tanto tú como otros muchos, con tal de poder ver al amado y estar siempre con él, a no comer ni beber, si fuera posible, sino únicamente a contemplarlo y estar en su compañía. 
¿Qué debemos imaginar, pues, si le fuera posible a alguno ver la belleza en sí, pura, limpia, sin mezcla y no infectada de carnes humanas, ni de colores, ni de, en sume, de oras muchas fruslerías mortales, y pudiera contemplar la divina belleza en sí, específicamente única? ¿Acaso crees que es vana la vida de un hombre que mira en esa dirección, que contempla esa belleza con lo que es necesario contemplarla y vive en su compañía? ¿O no crees que sólo entonces, cuando vea la belleza con lo que es visible, le será posible engendrar, no ya imágenes de virtud, al no estar en contacto con una imagen, sino virtudes verdaderas, ya que está en contacto con la verdad? Y al que ha engendrado y criado una virtud verdadera ¿No crees que le es posible hacerse amigo de los Dioses y llegar a ser, si algún otro hombre puede serlo, inmortal también él?

Esto, Fedro, y demás amigos, dijo DIOTIMA y yo quedé convencido; y convencido intento también persuadir a los demás de que para adquirir esta posesión difícilmente podría uno tomar un colaborador de la naturaleza humana mejor que Eros. Precisamente, por eso, yo afirmo que todo hombre debe honrar a Eros, y no sólo yo mismo honro las cosas del Amor y las practico sobremanera, sino que también las recomiendo a los demás y ahora y siempre elogio el poder y valentía de Eros, en la medida en que soy capaz. Considera, pues, Fedro, este discurso, si quieres, como un encomio dicho en honor de Eros o, si prefieres, dale el nombre que te guste y como te guste”.



III
El amor manifestado en Jesucristo

Al pasar del mundo griego – tanta belleza – a Jesucristo, no damos un paso más adelante, sino que, en realidad, entramos en otro mundo, por dos claves fundamentales:
- Porque el amor ya no va a ser el proyecto del hombre cara al hombre, ni siquiera cara a la divinidad, objetivo en el que se ha movido el pensamiento antropológico de la Filosofía, sino el proyecto de un Dios personal de cara al hombre. El centro activo, generador del amor no es el Hombre, sino Dios.
- Y además, lo que está más allá de cualquier pauta filosófica, de un Dios Encarnado: Dios ama al Hombre, Dios que es Carne-Hombre (Verbum caro).

Primer enunciado: amor creador
Dios, al amar, crea al ser amado. El hombre es creado como “hijo deseado”. El hombre entra en la existencia como amado, y porque ha sido amado. El Himno de Efesios nos abre a este panorama infinito.
"3 Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, 
que nos ha bendecido en Cristo 
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
4 Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo 
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
 5 Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, 
según el beneplácito de su voluntad, 
a ser sus hijos,
 6 para alabanza de la gloria de su gracia, 
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado (Efesios 1).
Yo soy hijo de Dios, en cuanto “hijo querido por Dios”, al grado de que, de no haber sido querido, no habría pasado de la nada al ser.
Por otra parte, el acto creador divino es un acto por una parte personal (de persona a persona) y por otra individual (el “yo” individual no se diluye en la colectividad humana, pues en Dios no hay estadística. Yo soy su estadística).

Segundo enunciado de amor: El amor creador del Padre me sitúa a mí de modo inmediato y central en la creación.
La creación no se entiende sin la presencia inmanente de Dios.
La historia es historia de un modo concreto, en una referencia a mí, que desde mi creación hasta mi regreso a al nada (que nunca se dará) no puedo existir sino desde Dios y para Dios. Todo Dios es todo para mí, y todo Yo he de ser todo para Dios. El amor es relación.

Tercer enunciado: El amor de Dios a mí es “erótico” por cuanto que es amor-pasión, de carne a carne, puesto que Dios es Dios encarnado.
Benedicto XVI ha puesto en evidencia, en su encíclica “Deus caritas est” (25 diciembre 2005) este amor de Dios al hombre que es “erótico”, por cuanto que Dios es “éros” de hombre (anhelo, deseo, pasión por el hombre).
“… este Dios ama al hombre. La potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre de la filosofía griega, trató de llegar a través de la reflexión, es ciertamente objeto de deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada, esta divinidad mueve el mundo [Cf. Metafísica, XII, 7.]—, pero ella misma no necesita nada y no ama, sólo es amada. El Dios único en el que cree Israel, sin embargo, ama personalmente. Su amor, además, es un amor de predilección: entre todos los pueblos, Él escoge a Israel y lo ama, aunque con el objeto de salvar precisamente de este modo a toda la humanidad. Él ama, y este amor suyo puede ser calificado sin duda como eros que, no obstante, es también totalmente agapé.
Los profetas Oseas y Ezequiel, sobre todo, han descrito esta pasión de Dios por su pueblo con imágenes eróticas audaces. La relación de Dios con Israel es ilustrada con la metáfora del noviazgo y del matrimonio; por consiguiente, la idolatría es adulterio y prostitución. Con eso se alude concretamente —como hemos visto— a los ritos de la fertilidad con su abuso del eros, pero al mismo tiempo se describe la relación de fidelidad entre Israel y su Dios. La historia de amor de Dios con Israel consiste, en el fondo, en que Él le da la Torah, es decir, abre los ojos de Israel sobre la verdadera naturaleza del hombre y le indica el camino del verdadero humanismo. Esta historia consiste en que el hombre, viviendo en fidelidad al único Dios, se experimenta a sí mismo como quien es amado por Dios y descubre la alegría en la verdad y en la justicia; la alegría en Dios que se convierte en su felicidad esencial: «¿No te tengo a ti en el cielo?; y contigo, ¿qué me importa la tierra?... Para mí lo bueno es estar junto a Dios» (Sal 73 [72], 25. 28)” (Deus caritas est, 9).

Cuarto enunciado: El amor de Dios a mí es siempre amor “agápico”, por tanto, amor de ternura y misericordia.
Sigue el Papa Benedicto XVI en su reflexión:
“10. El eros de Dios para con el hombre, como hemos dicho, es a la vez agapé. No sólo porque se da del todo gratuitamente, sin ningún mérito anterior, sino también porque es amor que perdona. Oseas, de modo particular, nos muestra la dimensión del agapé en el amor de Dios por el hombre, que va mucho más allá de la gratuidad. Israel ha cometido «adulterio», ha roto la Alianza; Dios debería juzgarlo y repudiarlo. Pero precisamente en esto se revela que Dios es Dios y no hombre: «¿Cómo voy a dejarte, Efraím, cómo entregarte, Israel?... Se me revuelve el corazón, se me conmueven las entrañas. No cederé al ardor de mi cólera, no volveré a destruir a Efraím; que yo soy Dios y no hombre, santo en medio de ti» (Os 11, 8-9). El amor apasionado de Dios por su pueblo, por el hombre, es a la vez un amor que perdona. Un amor tan grande que pone a Dios contra sí mismo, su amor contra su justicia. El cristiano ve perfilarse ya en esto, veladamente, el misterio de la Cruz: Dios ama tanto al hombre que, haciéndose hombre él mismo, lo acompaña incluso en la muerte y, de este modo, reconcilia la justicia y el amor” (Deus caritas est, 10).

IV
Amor misericordioso, hoy y aquí

Qué está siendo el Año de la Misericordia para mí

Acaso un año más, sin vinculación personal. Hay tantos años… “especiales”. El último, el Año de la vida consagrada… De modo indicativo, he aquí algunas perspectivas personales:

1. Reencuentro conmigo mismo en algo que me ata la conciencia.
En el misterio profundo del ser puedo haber dentro de mí algo que llevo dentro de mí sin resolver, cuya medicina he pensado que puede ser el olvido.
Por el olvido no es el entierro del problema, porque el problema está ahí, y a lo mejor a los cuarenta a los cincuenta, a los sesentas años… voy a necesitar discernimiento y sanación de algo que quedó enquistado.
Pido luz al Señor para ver si lo que traigo
- tiene razón de pecado, para lo cual requiero el perdón sanador y consolatorio del sacramento;
- o es un elemento sordo, detractor que quedó enquistado en mí, sin culpabilidad moral, que morirá con mi muerte, pero que mientras tanto va condicionando “mi vida”. Poder nombrarlo y sacarlo fuera es sanación.

2. Con quién debo reconciliarme.  Puede la vida tener momento híspidos y desencuentros. Si en mi vida los ha habido, pido la gracia para dar el paso decisivo de la reconciliación, pues no quisiera morirme irredento de mis pecados.

3. En todo caso, la vida es un proyecto vital a más y mejor, si he descubierto en la revelación que Dios es la posibilidad última y total del amor…

Qué está siendo el Año de la Misericordia para la fraternidad que comparto: ¿vivimos el Año de la misericordia en fraternidad?

1. Cada comunidad puede preguntarse de qué manera ha vivido o no ha vivido la Gracia del Jubileo. No se trata de organizar un acto comunitario o parroquial para “ganar” el Jubileo en la iglesia catedral o en un santuario asignado – cosa no despreciable, ni mucho menos – sino de algo que, en su significado concreto, es mucho más.

2. Aquí hemos de examinar las especiales situaciones de vida fraterna que se han dado o se dan entre nosotros.

3. Cada uno puede preguntarse si asumimos en nuestra conciencia si hemos asumidos, en nuestro estilo, una pedagogía de “mutuo perdón”, en sencillez, discreción, transparencia…

4. En este momento de mi vida ¿hay algo que quisiera decir a la fraternidad y no lo puedo decir…?

IV
Un Himno de Misericordia

Es amor sin principio ni ocaso
Año de la misericordia, al eco del profeta Oseas
(Himnario de la Misericordia)

“No actuaré en el ardor de mi cólera, | no volveré a destruir a Efraín, | porque yo soy Dios, | y no hombre; | santo en medio de vosotros, | y no me dejo llevar por la ira” (Os 11,9).

1. Es amor sin principio ni ocaso
el amor que Jesús reveló,
y si Dios de sí mismo naciera
un amor que nacía con Dios.

2. ¿Quién es Dios?, se preguntan los hombres,
cuando quieren decir ¿Quién soy yo?
Y un susurro que mana en el alma
va diciendo que Dios es amor.

3. Es la fuente de todas las fuentes,
pensamiento que nadie pensó,
el inicio de Dios subsistente
lo que era de todo anterior.

4. La deidad de Dios mismo en su ser,
la ternura de la Encarnación,
y la cuna del Padre a su Hijo
del Espíritu el beso y la unción.

5. El comienzo y el fin, con el tránsito,
el amor…, el amor…, Dios amor,
y si un día saliera el pecado,
ya de antes amor es perdón.

6. Y después del perdón regalado
ya vendrá la feliz conversión,
el amor es primero, adelante,
de mi Dios corazón, corazón.

7. ¡Gloria al Padre amoroso, triunfante,
que en amor a los hombres venció,
y en amor de esperanza florida
con su Hijo a nosotros sentó! Amén.  (8 septiembre 2016)

Zapopan, viernes, 9 de septiembre de 2016.

Fray Rufino María Grández, OFMCap.,
Misionero de la Misericordia.

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