sábado, 24 de septiembre de 2016

849. Año de la Misericordia: El encuentro con Dios misericordia en la celebración del perdón y en la Eucaristía



Noticia de un Encuentro
En el día de hoy, dentro de los actos programados para el Año de la Misericordia, se ha celebrado en Guadalajara el “ENCUENTRO DIOCESANO CON LA MISERICORDIA DIVINA - Sábado 24 de Septiembre de 2016 - Santuario de los Mártires”. Se ha iniciado a las 8.30 de la mañana y ha concluido cerca de las 7.00 de la tarde, con la Misa celebrada por el Sr. Cardenal José Francisco Robles Ortega, concelebrada con varios sacerdotes del Encuentro).
La Jornada se ha desarrollado con diversos momentos, entre ellos la “Hora de la Miseriordia” (Siervos del Señor de la Misericordia) y exposición de varios temas aquí consignados.
Lectio divina. P. Jose Luis Llamas
- La misericordia en la enseñanza de los últimos papas (Pbro. Lic Eduardo Vargas)
- Devociones de hoy. Culto a la misericordia divina:
1) La devoción al Sagrado Corazón de Jesús (Jesús Rojas, sj)
2) La Divina Misericordia 1er momento. Historia y en qué consiste la devoción: Los 5 puntos. (P. Martín Jaime Chávez)
3) La Divina Misericordia 2° momento. Síntesis. Motivación. Compromisos.
(Canónigo D. Pedro Ortega Pelayo)
- La misericordia en el matrimonio y la familia (Pbro. Lic. Francisco Ramírez Yañez)
- María, Madre de misericordia María de la Defensa y Hna. María Eduwiges de la Madre de Dios.
- La misericordia y los sacramentos de la reconciliación y la Eucaristía (Rufino María Grández Lecumberri).

En el curso de nuestra exposición, al ver el interés que estaba suscitando, hemos prometido subir a Internet el texto de la conferencia, que escrita de corrido es la siguiente:


LA MISERICORDIA Y LOS SACRAMENTOS DE
LA RECONCILIACIÓN Y LA EUCARISTÍA

Saludo a todos los participantes como a hermanos en la fe, con el deseo de contribuir con mi palabra a la riqueza de este encuentro, definido en el título de la convocatoria como “Encuentro diocesano con la misericordia divina”. Al padre que me invitó le manifesté mi alegría y el dije:
- Sabrá usted que soy Misionero de la Misericordia.
- Por eso le invitó – me respondió.
Soy, hermanos, Misionero de la Misericordia y me invitan a que les hable de esta misericordia que se desborda de modo único en el Sacramento de la Reconciliación y en el Sacramento de la Eucaristía.
De entrada, pues, quiero precisar qué significa ser Misionero de la Misericordia. En la bula convocatoria de este Jubileo extraordinario, titulada Misericordiae vultus (El rostro de la Misricordia, el 11 de abril, Vigilia del Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia, del Año del Señor 2015, tercero de mi pontificado), el Papa Francisco decía:
“18. Durante la Cuaresma de este Año Santo tengo la intención de enviar los Misioneros de la Misericordia. Serán un signo de la solicitud materna de la Iglesia por el Pueblo de Dios, para que entre en profundidad en la riqueza de este misterio tan fundamental para la fe. Serán sacerdotes a los cuales daré la autoridad de perdonar también los pecados que están reservados a la Sede Apostólica, para que se haga evidente la amplitud de su mandato. Serán, sobre todo, signo vivo de cómo el Padre acoge cuantos están en busca de su perdón. Serán misioneros de la misericordia porque serán los artífices ante todos de un encuentro cargado de humanidad, fuente de liberación, rico de responsabilidad, para superar los obstáculos y retomar la vida nueva del Bautismo. Se dejarán conducir en su misión por las palabras del Apóstol: « Dios sometió a todos a la desobediencia, para tener misericordia de todos » (Rm 11,32). Todos entonces, sin excluir a nadie, están llamados a percibir el llamamiento a la misericordia. Los misioneros vivan esta llamada conscientes de poder fijar la mirada sobre Jesús, « sumo sacerdote misericordioso y digno de fe » (Hb 2,17).
Pido a los hermanos Obispos que inviten y acojan estos Misioneros, para que sean ante todo predicadores convincentes de la misericordia. Se organicen en las Diócesis “misiones para el pueblo” de modo que estos Misioneros sean anunciadores de la alegría del perdón. Se les pida celebrar el sacramento de la Reconciliación para los fieles, para que el tiempo de gracia donado en el Año jubilar permita a tantos hijos alejados encontrar el camino de regreso hacia la casa paterna. Los Pastores, especialmente durante el tiempo fuerte de Cuaresma, sean solícitos en invitar a los fieles a acercarse « al trono de la gracia, a fin de obtener misericordia y alcanzar la gracia » (Hb 4,16).
Por circunstancias, soy el único en esta arquidiócesis que ha recibido esta misión. El Papa nos había asignado dos cometidos: anunciar la misericordia por el servicio de la palabra, y ejercer esa misericordia infinita que se anuncia, dispuestos a recibir a mis hermanos en el confesionario.
Después de haberme presentado con mi superior al Cardenal, para ver cuál podría ser en concreto mi servicio, quedamos en que fuera el ministerio del sacramento de la reconciliación. Y así los sábados paso la tarde en la Iglesia Catedral, a partir de las cuatro, hasta que se cierra a las 8.00 sentado en el confesionario que está junto a la capilla del Santísimo Sacramento. Puedo decir que desde el momento en que llego, hasta el final hay una fila incesante de fieles. Pienso que muchos de ellos – acaso los más – no saben que tengo tal misión, sino que, al ir a la Catedral, sienten esa necesidad de ir al Sacramento y recibir el perdón.
El hecho de haber pasado esas horas y horas, yo pecador, palpando la misericordia de Dios, pienso que me da una sabiduría y humilde autoridad para que pueda hablar de modo directo sobre esta cuestión.
Por lo demás, sepan que yo soy un sacerdote capuchino que tienen 56 años cumplidos de sacerdocio (ordenado el 2 de abril de 1960) y 60 de profesión religiosa de la Regla de san Francisco (15 agosto 1956).


LA MISERICORDIA EN EL SACRAMENTO
DE LA RECONCILIACIÓN

Dos experiencias básicas de la Misericordia del Padre
Partiendo de la realidad que les acabo de compartir como fuente de inteligencia y sabiduría les puede decir dos cosas.
1. La primera es que toda persona que va al confesionario es porque algo ha sentido en el corazón. El sacerdote, con sumo respeto, puede decir: Usted ha venido aquí porque el Señor le ha traído. Ya tenemos un hecho clave para orientar ese milagro que va a ocurrir en los mínimo minutos que dura esa confesión.
Esta misma consideración la puede hacer cuando escucha los pecados del penitente. Lo que usted me dice no es la investigación que usted ha realizado sobre su propia conciencia; no es eso: Dios le ha revelado sus propios pecados; y, al revelárselos, lo cual es un signo de amor personal, Dios, como Padre, le está manifestando su propia voluntad.
Ya estamos de lleno en la realidad del sacramento: un hijo de s que se ha encontrado con su Padre. Un sacerdote que es testigo de este encuentro, y no puede profanar, por su torpeza, la sacralidad de este momento divino.
El sacerdote acaba de entrar en un terreno del todo sagrado. El sacerdote, entonces, contempla y escucha.
¿Cuánto tiempo hace que usted no se ha confesado? Me parece una pregunta frívola; me parece que, sin darnos cuenta, hemos traslado este momento divino a la praxis de una oficina, de la pericia de un tribunal humano. Como si yo fuese el protagonista de esta escena sagrada que empieza a acontecer y donde Dios, solo él, debe ocupar el centro.
Si decimos que el sacramento es un “tribunal” me parece que entramos más en confusiones que en aclaraciones.
Esta es, pues, la primera experiencia, la primera vivencia, que yo tengo del ejercicio de este ministerio. Dios está aquí, y este fiel cristiano ha venido porque Dios le ha salido al encuentro y se va a encontrar con su Dios y Padre. Yo quisiera retirarme, porque el encuentro, ante todo, es encuentro con Dios.
A todo fiel que viene a confesarse conmigo, le presento el crucifijo y se los pongo en las manos. Yo quisiera retirarme. Dios mismo le está diciendo lo que debe confesarse. Yo, cuanto menos pregunte, mejor; no quisiera ser obstáculo de lo que está pasando entre Dios y él. Al llegar, le doy la bendición y le digo: “El Señor esté en su corazón y en sus labios para que confiese con toda confianza sus pecados”. Y escucho.
Tendría que leer un texto bíblico – por ejemplo, el Evangelio del día – para que viera cuál es ese Dios de amor y presencia que nos acoge a él penitente, a mí ministro del amor – pero ls circunstancias no propician esta lectura, y seguimos adelante.
Me he detenido y me he dilatado en algunas consideraciones, que brotan tan espontáneas. Volviendo al principio, les diré que la primera experiencia ha sido esta: que el fiel pecador que ha venido a confesarse es porque Dios le ha traído. Y esto es un milagro.

2. Pero hay otro segundo hecho que he ido aprendiendo desde dentro, por convicciones de fe: Que toda confesión, sea cual sea el estado en que se encuentra el penitente, es un sacramento de paz, de consolación, de íntima felicidad. Si esto no resulta así, algo falla, bien sea en el penitente, bien sea en el confesor.
El sacramento de por sí se ordenada a que el corazón se reencuentre en sí en esa aspiración última de dulzura y de paz, a la que está destinada la propia psicología. A lo mejor, no me hallo del todo arrepentido, del todo preparado; a lo mejor, no es este el momento propicio; a lo mero he de dejar que tiempo pase para que amainen los sentimientos…  No importa. Nada de estos es definitivo. La verdad escueta es que yo eh venido a confesarme, y que el fruto del sacramento es siempre la paz, siempre.
El día pasado yo tuve una entrevista para transmitirla en diferido. La entrevistadora decía que este sacramento recibe diversos nombres: la confesión, el sacramento de la penitencia, el sacramento de la reconciliación… De pronto se me ocurrió:
- Mire, al hilo de lo que usted me está diciendo, se me ocurre que a este sacramento podríamos llamarlo; El Sacramento de la consolación. Nunca lo había pensado; pero es así.
Este sacramento ha sido instituido como el sacramentó del consuelo, sacramento de la consolación. Dios no me regaña porque haya pecado; si Dios no regala, tampoco puede regañar el confesor.
Leemos en el Evangelio:
- «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Frase que yo, estudioso de la Sagrada Escritura, podría traducir: Mujer ¿ninguno te ha podido condenar?
Todos han querido y ninguno ha podido. Hay uno que pudo haberte condenado, y ese soy. Pues yo soy el que jamás te condenaré: Déjame morir a mí por ti y por todo, y que, desde ahora, nadie muera por pecador.
Hermanos sacerdotes, este es el sentido de la confesión, del sacramento.

Los tres cauces de la misericordia de Dios
El perdón de los pecados es una acción soberana de Dios que está  inviscerada en el mismo misterio de la Encarnación y en el misterio de la Cruz. La presencia de Jesús, hijo de Dios, es en la historia es perdón de los pecados. Esta acción total y última de Dios con nosotros se está realizando mediante tres cauces. El Ritual de la Penitencia nos habla de ello en sus “Praenotanda”, y dice de esta manera:
“Esta victoria sobre el pecado la manifiesta la Iglesia en primer lugar por medio del sacramento del Bautismo; en él nuestra vieja condición es crucificada con Cristo, quedando destruida nuestra personalidad de peca­dores, y, quedando nosotros libres de la esclavitud del pecado, resucitamos con Cristo para vivir para Dios [13: Cf. Rom 6, 4-10.]. Por ello confiesa la Iglesia su fe al proclamar en el símbolo: “reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados”.
En el sacrificio de la Misa se hace nuevamente presente la pasión de Cristo y la Iglesia ofrece nuevamente a Dios, por la salvación de todo el mundo, el cuerpo que fue entregado por nosotros y la sangre derramada para el perdón de los pecados. En la Eucaristía, en efecto, Cristo está presente y se ofrece como “víctima por cuya inmolación Dios quiso devolvernos su amistad” [14: Missale Romanum, Prex eucharistica III.], para que por medio de este sacrificio el Espíritu Santo nos congregue en la unidad” [15: Missale Romanum, Prex eucharistica II.].
Pero además nuestro Salvador Jesucristo instituyó en su Iglesia el sacramento de la Penitencia al dar a los apóstoles y a sus sucesores el poder de perdonar los pecados; así los fieles que caen en el pecado después del bautismo, renovada la gracia, se reconcilien con Dios [16: Cf. Conc. Trid., Sessio XIV. De sacramenta Paenitentiae, cap. I: DS, 1668 et 1670; can. 1: DS, 1701.]. La Iglesia, en efecto, “posee el agua y las lágrimas, es decir, el agua del bautismo y las lágrimas de la penitencia” [17: S. Ambrosius, Epist 41, 12; PL 16, 1116.]” (Praenotanda, n. 2).
Poner esta graduación triple y ordenada de Bautismo, Eucaristía y Penitencia, es importante de modo ordenado la acción salvífica de Dios. Así, pues, la Eucaristía es más importante que la penitencia para el perdón de los pecados.
En cierta ocasión vino una mujer joven con ese vivo deseo de encontrarse con Dios y me dijo:
- Ayúdeme, por de esto yo no sé.
Y entonces, como para allanar el camino, le dije:
- A lo mejor, usted no se habrá confesado desde la Primera Comunión.
- No, es que no he hecho la Primera Comunión. Es que estoy sin bautizar.
- Entonces, no tiene usted que confesarse.
No era el momento de darle una catequesis detallada de que para ir al Bautismo no hay que pasar por el confesionario. El mismo Bautismo es la soberana confesión de que yo soy pecador, soy pecadora, y Cristo es el perdón total de mis pecados. Y entonces sí que hay que comprender la infinita grandeza de lo que significa que él murió por nuestros pecados. Eso es el bautismo, el perdón de los pecados y la entrada en la vida nueva, vida divina con Cristo.

Celebrar la misericordia del Padre
Estas grandes directrices de orden teológico-litúrgico nos invitan a todos a unas preguntas que no podemos eludir ni personalmente ni comunitariamente: Cuántas veces, dónde, cómo hemos de recibir el Sacramento del perdón; mejor dicho, hemos de celebrar el perdón de Dios.
El Ritual oficial del Sacramento de la Penitencia admite tres posibilidades para la celebración de este sacramento, por este orden:
I.   Rito para reconciliar a un solo penitente.
II. Rito para reconciliar a varios penitentes con confesión y absolución individual.
III. Rito para reconciliar a muchos penitentes con confesión y absolución general.
Cuando apareció este Ritual no faltaron liturgistas que pensaron que el rito típico del sacramento tenía que ser el rito de la celebración comunitaria, con confesión y absolución individual.
En lo que entiendo – sin que mi opinión pueda tener una mjy especial autoridad – yo pienso también que sería mejor establecer el rito de la celebración comunitaria como el tipo de celebración primordial de este sacramento.
Soy pecador, santificado por Jesucristo, pero necesitado en todo momento de recibir la abundancia de su divina misericordia. Pero esto que me ocurre a mí, le ocurre a mi hermano. Somos una comunidad de pecadores. Comunidad santa, porque así ha sido constituida por la sangre de Cristo, pero necesitada en todo momento de conversión.
Si esto es así, si lo tomamos en serio, si el ser comunidad es algo que lo llevamos en la estructura del ser cristiano, parce obvio que la comunidad como tal debe celebrar comunitariamente el perdón de Dios. Es cierto que al Eucaristía se abre con un rito penitencial, como también se cierra el día, en una comunidad, con el rezo de Completas, donde hay un rito penitencial. No es suficiente. Se trata de la celebración sacramental del perdón, celebración litúrgica comunitaria. La Cuaresma es el tiempo privilegiado.
Se reúne toda la comunidad y escucha la Palabra de Dios que le invita a la conversión y a la confianza en el Padre. El sacerdote que preside ilumina y actualiza la Palabra que llega al corazón de todos, y públicamente se hace una petición de perdón de los pecados. De ahí se pasa a la confesión individual de los pecados, contando con la presencia de múltiples sacerdotes, que escuchan y absuelven. Y concluido este momento proporcionado a todo el conjunto de la celebración se corona este encuentro con la solemne oración de acción de gracias.
Acaso nuestra rutina nos impide este tipo de celebraciones. Si las hiciésemos de verdad, pienso que nos daría un alto vigor espiritual a nuestras parroquias, y lo mismo a nuestras comunidades religiosas.

Desde esta realidad eclesial entendemos la celebración personal del sacramento de la reconciliación.
Antes de seguir adelante, diré no solo que el sacramento perdona, sino que, al perdonar, ilumina, sana, fortalece, consuela… El sacramento es vida, y como vida brota con múltiples efectos…
¿Cada cuánto tiempo debemos confesarnos?
De un modo absolutamente genérico, dice el Ritual: “Además el uso frecuente y cuidadoso de este sacramento es también muy útil en relación con los pecados veniales. En efecto, no se trata de una mera repetición ritual ni de un cierto ejercicio psicológico, sino de un constante empeño en perfeccionar la gracia del Bautismo, que hace que de tal forma nos vayamos conformando continuamente a la muerte de Cristo, que llegue a manifestarse también en nosotros la vida de Jesús [37: Cf. 2 Cor 4, 10.]. En estas confesiones los fieles deben esforzarse principalmente para que, al acusar sus propias culpas veniales, se vayan conformando más y más a Cristo y sean cada vez más dóciles a la voz del Espíritu” (Prenotanda 7 b).
No se trata de establecer una periodicidad de acuerdo a un calendario. Creo que el criterio es otro. Se trata de un ritmo de vida. No podemos tomar la confesión como un “recurso psicológico”; desvirtuaríamos la belleza de su inserción en el misterio de Cristo, pues de esto se trata, de cómo vivir el perdón de Dios en el abrazo que me ofrece su Hijo Jesucristo.
Me parece que son de un gran valor las frases que vienen a continuación en el Ritual:
“Pero para que este sacramento llegue a ser realmente fructuoso en los fieles, es necesario que arraigue en la vida entera de los cristianos y los impulse a una entrega cada vez más fiel al servicio de Dios y de los hermanos.
La celebración de este sacramento es siempre una acción en la que la Iglesia proclama su fe, da gracias a Dios por la libertad con que Cristo nos liberó [38: Cf. Gal 4, 31.] y ofrece su vida como sacrificio espiritual en alabanza de la gloria de Dios y sale al encuentro de Cristo que se acerca” (Prenotanda, 7).
Cuando yo me confieso, yo estoy unido con toda la Iglesia y experimento estas cuatro vivencias, que las vivo como realidades íntimas del sacramento:
1) la Iglesia proclama su fe,
2) la Iglesia da gracias a Dios por la libertad de los hijos de Dios, que yo experimento en la victoria del pecado
3) la Iglesia ofrece su vida con sacrificio espiritual
4) la Iglesia sale al encuentro de Cristo que se acerca.
Por lo tanto, mis preguntas esenciales sobre la autenticidad de mis confesiones deben ir por estos derroteros.
Es al Iglesia al que está en mis pecados y en la gracia que estoy recibiendo.
En cada confesión se está cumpliendo las palabras de las parábolas del Señor, lo que dice el pastor de la oveja encontrada, lo que dice la mujer de las diez monedas: ¡Alegraos conmigo! Mi caso personal es fiesta en la Iglesia.
Evidentemente que lo que estoy diciendo halla mejor contexto cuando es toda la comunidad cristiana, la comunidad parroquial al que está celebrando el sacramento.

Hacia la pura teología de la misericordia de Dios
Hablando de estas cosas celestiales, hemos de volver a la raíz de todo: Dios es la fuente del amor, la fuente de la misericordia. Nos preguntamos, no por duda, sino por contemplación, por admiración, por fruición y amor. Cuando decimos que Dios es misericordia, la misericordia, ¿qué es lo que realmente decimos? ¿Es lo mismo decir que Dios es bueno que decir que Dios es misericordioso? Para que Dios sea misericordioso, ¿tiene que haber un pecador con quien ejercer la misericordia?  Dios es bueno con su Hijo amado, con su Unigénito Jesús, pero ¿Dios, el Padre, es misericordioso con su Hijo Jesús?
Peguntas de este género se podrían tomar como puras elucubraciones de una Teología especulativa. Si fuera así, nos quedaríamos fuera del campo salvífico, que es el campo de revelación. Nos interesa a nosotros, creyentes, saber qué es lo que Dios nos ha revelado de sí mismo. Lo cual resplandece, si confrontamos Teología y Filosofía. ¿Hasta dódne ha llegado la Filosofía en el conocimiento de Dios? ¿Hasta dónde ha llegado la Teología? O mejor: ¿Has dónde llega la Teología cristiana en comparación con la Teología de otras religiones, a las que admitimos como camino de salvación?
En su encíclica “Dios es amor” (Deus caritas est) el Papa Teólogo – el Papa más Teólogo de la historia, Benedicto XVI – nos recordaba hasta dónde había llegado Aristóteles al hablar de Dios. La criatura debe reconocer su absoluta dependencia de su Creador, que es Dios. En este sentido el debe el obsequio del amor. El hombre ama a Dios, pero Dios no tiene por qué amar al hombre. El hombre debe todo a su Creador; el Creador no debe nada a la criatura. En rigor, Dios no ama al hombre; esa mutación del amor es indigna de Dios. Dios no necesita para nada del hombre. Sea cual sea mi destino, no cambia para nada el destino mismo de Dios, que es feliz en sí mismo, sin mí.
Estos pensamientos se los autojustifica la Filosofía, pero van en contra de la Biblia, de la primera línea hasta la última. Dios se muere de amor por mí. Esta es la realidad bíblica que me sustenta.
Con un lenguaje de repente herético diré: Dios no es Dios sino conmigo. Dios me ha creado por una necesidad comunicativa de su amor expansivo. He aquí una afirmación para situar el contexto de dónde nace y se entiende la misericordia de Dios.

Primera. Yo he sido creado por Dios, por un acto de su voluntad. Si él no hubiera querido, yo no existiría. Soy un dijo deseado de Dios, no un hijo fortuito, venido al mundo por casualidad y accidente.

Segunda. Oteando toda la creación, decimos que el ser humano es el único ser creado por él mismo; lo demás ha sido creado en referencia al hombre. El hombre es el centro de la creación. El cosmos se supedita a la Historia. La Historia del Hombre es lo que da sentido a la Historia del Cosmos. El Hombre es el Rey de la Creación, or un acto de la volutad divina.

Tercera. Ahora bien, cuando Dios ama, no ama a todos en conjunto, como si todos fuéramos uno, o como si todos fuéramos nadie. El amor es siempre amor personal, individual. In cerrar mi corazón a los demás, he de decir que Dios me ama a mí, precisamente a mí. Por tanto, el Rey de la Creación no es el hombre; el Rey de la Creación soy yo, humildemente Yo, y el  mundo ha sido creado para mí. Comenzamos a perdernos en las anchuras infinitas del amor.

Cuarta. Sigamos: lo que pasa en Dios pasa desde siempre, sus pensamientos son eternos. Por lo mismo, el amor que Dios me tiene es un amor eterno: es un amor coexistente en Dios desde siempre. Es un amor desde “antes de la creación del mundo”. Dios me amaba a mí y porque me amaba a mí creó el mundo.

Quinta y última: Hijos en el Hijo. Estamos diciendo cosas absolutamente divinas, que no se comprenden si alcanzamos el secreto e la Trinidad. El secreto de la Trinidad es el Hijo, que es el hijo de su amor. Solo el Hijo nos ha revelado el misterio. Somos “hijos en el hijo”, y si él es el “Hijo de su amor”, igualmente yo soy, en él y por él, hijo de su amor. Dice el Himno de Efesios:
"Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, | que nos ha bendecido en Cristo | con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
         Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo | para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
         Él nos ha destinado por medio de Jesucristo, | según el beneplácito de su voluntad, | a ser sus hijos,
         para alabanza de la gloria de su gracia, | que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
         En él, por su sangre, tenemos la redención, | el perdón de los pecados, | conforme a la riqueza de la gracia
         que en su sabiduría y prudencia | ha derrochado sobre nosotros,
         dándonos a conocer el misterio de su voluntad:
         el plan que había proyectado realizar por Cristo, | en la plenitud de los tiempos: | recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra" (Ef 1,3-10).
Desde estos presupuestos entendamos qué decimos cuando decimos Dios es para nosotros misericordiosos y que no puede dejar de ser misericordioso, si no quiere contradecirse a sí mismo.
Dios es lo que es, en el lenguaje bíblico. Dios es santo.
Por tanto, Dios es todopoderoso, Dios es sabio, Dios es bueno… Todo lo que signifique perfección en sí mismo tenemos que atribuirlo a Dios.
Dios tiene a un Hijo de su amor y al Espíritu de amor, verdades que solo la revelación las transmite. Ya la misma revelación no dice que Dios ha enviado a su Hijo al mundo y que ese Hijo ha muerte en una Cruz. Por lo tanto, si el Hijo ha muerto en la cruz, sin saber cómo he de aceptar que el hombre es pecador. Antes que esa experiencia interna de raíces de pecado que yo descubro en mí, he de aceptar el misterio mismo del pecado: Soy pecador. Y el Dios que me ama es el Dios de la Encarnación; su amor de él a mí es el amor de la Encarnación, amor incondicional, amor que yo no merezco, pero amor que es digno de él. Su perdón a mí enaltece su amor a mí. Es amor que no puede fallar, porque tal amor es el que corresponde a la esencia misma de Dios.

El sacramento del perdón celebra justamente ese amor
Volvemos otra vez a lo dicho. El sacramento del perdón – o sacramento de la penitencia – es justamente el sacramento que de modo específico hace memorial de este amor y lo celebra.
En esta perspectiva, el centro del sacramento es Dios, no el hombre. Dios, Jesucristo, es el protagonista de este sacramento; el hombre pecador es el receptor de es infinito amor.
Todo el entorno del sacramento debe manifestar esto que celebramos. Permítame que vuelva a palabras del Papa.
El santo Padre quiso que en este Año de la Misericordia se llevase, al inicio de Cuaresma, para unos días, a la Basílica de San Pedro, las reliquias de dos santos capuchinos del siglo pasado, que se han desatacado por la administración del sacramento del perdón, San Leopoldo Mandic, santo nacido en Croacia y que pasó la mayor pare y de su vida en un confesionario en Padua, donde murió el año 1942, y San Pío de Pietrelcina, llagado de Cristo, que murió en San Giovanni Rotondo en 1968.
La víspera de Cuaresma celebró una misa en la Basílica Vaticana con más de un millar de capuchinos, y entre otras cosas les decía, y por medio de los capuchinos a todos los confesores.
“El humilde, quien se siente pecador es un gran perdonador en el confesionario; el otro, como estos doctores de la ley que se sienten los puros, los maestros, solamente saben condenar. Pero yo les hablo como hermano, y en ustedes querría hablarles a todos los confesores, en este Año de la Misericordia especialmente: el confesionario es para perdonar. Y si uno no puede dar la absolución, por favor no los apaleen. Quien viene, viene a buscar consuelo, perdón, paz en su alma, que encuentre a un padre que lo abraza, que le diga que ‘Dios te quiere mucho’ pero que se lo haga sentir.
Me disgusta decirlo, pero cuánta gente, creo que la mayoría de nosotros lo hemos oído: ‘No voy más a confesarme porque una vez me hicieron estas preguntas, esto…’. Pero ustedes capuchinos tienen este don especial del Señor: perdonar. Y les pido, no se cansen de perdonar” (puede verse el texto completo en la Agencia de noticias Zenit).
Pasemos ahora a considerar cómo el misterio de la misericordia se realiza en la celebración de la Eucaristía.

LA MISERICORDIA EN EL SACRAMENTO
DE LA EUCARISTÍA

Después del bautismo el sacramento de los sacramentos que nos pone en comunicación con el Dios vivo y verdadero, con el Dios presente en la historia de salvación que hoy palpita en el mundo es la Eucaristía.

Sacramento del arcano y sacramento de nuestra suprema identidad
La Eucaristía es, por excelencia el sacramento del arcano. El que lo comprende, adora; el que no lo comprende se ríe de él, como de algo absurdo, ridículo y alienante. ¿Cómo aceptar que la Eucaristía
- es la prolongación de Dios encarnado
- de Dios crucificado,
- de Dios resucitado?
¿Cómo aceptar que al Eucaristía es la suprema inmanencia de Dios en la historia, que la Eucaristía es la Comunidad mesiánica que espera el retorno de su Señor? Dice Jesús en el Evangelio: “No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros” (Mt 7,6).
La Eucaristía es lo más santo que tenemos. No vamos a hacer de ella un acto “esotérico”, pero tampoco podemos exponernos a la frivolidad de un espectáculo. Un enjambre de cámaras fotográficas asedia al niño o la niña que va a hacer su Primera Comunión.
Acabo de nombrar un detalle que merece una consideración más específica antes de entrar en el centro de la cuestión.

Tres desvirtuaciones del sentido de la Eucaristía. Las misas monopolizadas; las misas intencionadas; las misas fotografiadas

La Misa es misterio supremo que ni ha tenido, ni podrá tener nunca, la expresión externa exacta de su contenido. Ni la Misa tridentina y la postridentina se adecúan con su propio contenido, que lo desborda en absoluto.
Ni la misa en torno al altar, ni la misa de cara al altar, mirando todos a oriente, adecúan el misterio de su contenido.
Ni la misa es más misa en una espléndida catedral o en este Santuario de los Mártires, en Guadalajara, que la misa en la humilde capillita conventual, donde hay un pobre sagrario, un pobre altar, un atril y madera y diez sillas de paja.
La misa es acto mistérico y lo concebimos, y lo celebramos al mismo tiempo, como acto social-espiritual.
La misa ha ido derivando en ciertos usos, que pueden legitimarse, pero que muy fácilmente caen en una corrupción que, al final, producen escándalo que, a lo mejor, ni se perciben como tal.
Un ejemplo:
- Para esta misa hemos encargado un conjunto musical, cinco componentes y una soprano.
Yo Párroco (que ni soy párroco, ni coadjutor, ni encargado de una capellanía) pienso en mi corazón algo que quisiera decirles y que no hallo la oportunidad de hacerlo:
¿Van a comulgar o no van a comulgar? Si no van a comulgar, prefiero que no vengan. Mucho me temo que quieran servir de la música como espectáculo, que rompan el sentido de la asamblea, y que canten piezas que nada tienen que ver con la misa, por ejemplo, la solista el Ave María como canto de comunión. Y mucho me temo que los fieles salgan diciendo que ha sido una misa preciosa porque han cantado maravillosamente.
En tal hipótesis hemos vendido la misa para hacer de ella un espectáculo sagrado. ¿Has vivido la misa como una experiencia de la infinita misericordia de Dios, de la ternura del Padre que llega hasta ti?
En la pastoral actual el mayor enemigo de la Misa es el dinero, que afecta a los tres tipos de misas que voy a mencionar, y que está presente, por costumbre y con supuesta buena intención, en las Notarías parroquiales y seguramente que en las oficinas diocesanas.

Misas monopolizadas son esas misas que se encargan muy concreta para personas muy concretas, de manera que la participación de otras personas – que nos e puede negar en un lugar público como es el templo – estarían de por sí fuera de contexto. Así las misas de las quinceañeras, misa que puede pertenecer a todo el paquete general de la fiesta, sacerdote incluido.
Hoy sería improcedente juntar a dos, a tres muchachas en una sola misa, porque desluciría la fiesta de cada una de ella, aparte de que la parroquia no percibiría una pingüe entrada que pude producir la misa de una quinceañera por separado.
No sé cuál es la solución, no fácil sino ardua y muy ardua, pero es algo que hay que dialogarlo a fondo en las parroquias, si no queremos profanar el sentido de la Eucaristía.

Las misas “intencionadas” podríamos llamar a esas misas que llevan una intención especifica y se multiplica, a veces días y meses y meses por la misma persona.  Las misas gregorianas…, las misas de fundación… Nos dice Jesús: “Cuando recéis, no uséis muchas palabras, como los gentiles, que se imaginan que por hablar mucho les harán caso. No seáis como ellos, pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que lo pidáis” (Mt 6,7-8).
Hermanos, ante Dios, una misa, cien misas, mil misas es el mismo capital, aunque, hablando en euros una misa son 10 euros y 30 misas son trescientos euros. ¿No parece un pecado el simple nombrar estas palabras? Hay algo aquí que no checa.
Pienso que en la hora presente los estipendios más confunden que aclaran lo que es una misa. Dígase cosa igual de otras tarifas.
- ¿Cuánto vale una boda?
- Depende de como usted la quiera.
Hemos pasado de la pura gratuidad del amor de Jesús en los sacramentos a los baremos del comercio. Estamos en peligro inminente de corromper la misa.

En tercer lugar están las misas con fotos y con vídeo. Lo he mencionado y no es necesario insistir.

La Eucaristía se abre con el acto penitencial
Lo primero que hace el sacerdote al iniciar la Eucaristía es saludar a Cristo, antes de saludar a la asamblea, dando un beso de adoración y de amor al altar, donde está místicamente figurado el Señor. De igual modo, al concluir la celebración, después de despedir a la asamblea, lo que hará el sacerdote es dar un beso de despedida a Cristo en el altar.

En el acto penitencial toda la asamblea, es decir el sacerdote con todos los fieles pide perdón a Dios de forma invocativa. Y el sacerdote que preside concluye:
El Señor todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdona nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna. No dice: “Tenga misericordia de vosotros” o de “ustedes”, sino de nosotros. Yo pecador y miembro de un pueblo santo, soy el que voy a presidir, como signo de Cristo, esta celebración.
Nosotros nos reconocemos pecadores, nosotros que luego, en la Plegaria eucarística diremos que somos digno de estar en su presencia.

La Eucaristía, fuente y culmen
El Concilio ha grabado, a modo de eslogan, esta expresión que al Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia, fons et culmen. De acuerdo a este criterio se expresa así el Catecismo de la Iglesia:

La Eucaristía, fuente y culmen de la vida eclesial

1324 La Eucaristía es "fuente y culmen de toda la vida cristiana" (LG 11). "Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unido s a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua" (PO 5).

1325 "La comunión de vida divina y la unidad del Pueblo de Dios, sobre los que la propia Iglesia subsiste, se significan adecuadamente y se realizan de manera admirable en la Eucaristía. En ella se encuentra a la vez la cumbre de la acción por la que, en Cristo, Dios santifica al mundo, y del culto que en el Espíritu Santo los hombres dan a Cristo y por él al Padre" (Instr. Eucharisticum mysterium, 6).

1326 Finalmente, por la celebración eucarística nos unimos ya a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos (cf 1 Co 15,28).

1327 En resumen, la Eucaristía es el compendio y la suma de nuestra fe: "Nuestra manera de pensar armoniza con la Eucaristía, y a su vez la Eucaristía confirma nuestra manera de pensar" (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses 4, 18, 5).

La Eucaristía, en el tránsito al Padre
El último sacramento que recibe el cristiano no es la Unción de los Enfermos, ni es tampoco es la absolución. Es justamente la Eucaristía, que en esta ocasión, como paso a la eternidad se llama “Viático”, es decir, alimento para el camino.
La plenitud de la redención está en la Eucaristía; pues ahí está el perdón total y el abrazo de Dios.

Sacramento pascual, plenitud de Dios
El Misterio Pascual consiste en la totalidad del misterio de Cristo, que de modo culminante se expresa en estas acciones unidas de modo indiviso:
- muerte de Jesús, el Señor
- su santa Resurrección,
- su gloriosa Asunción a los cielos
- y el envío del Espíritu que constituye la Iglesia.

La Eucaristía no suple a la “confesión”, que sería darle una referencia de segundo grado. Es plenitud sin sustituir nada.
El amor de Dios se derrama con amor de misericordia, como amor de fruición precisamente en la Eucaristía, que es la pascua de Jesús.
La Eucaristía nos introduce en el banquete celestial.

CONCLUSIÓN

La conclusión es coherente y patente.

1. El amor revelado del Padre, oculto desde todos los siglos, se nos ha manifestado en Jesucristo, que es un amor pleno y gratuito, amor de misericordia, que acepta al hombre de modo incondicional.

2. Y en nuestra peregrinación terrestre este amor misericordioso alcanza su esplendor absoluto en la Eucaristía.

3. Y de la Eucaristía, plenitud del amor y del perdón, toma fuerza y significado el Sacramento de la reconciliación. Aceptamos la reconciliación para entrar en comunión con Dios y con los hermanos.

¡A Dios sea toda bendición y toda gloria! Amén.

Guadalajara, sábado 24 de septiembre de 2016.
(Virgen de la Merced)
Fr. Rufino María Grández, OFMCap.

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