viernes, 7 de octubre de 2016

853. Jesús cura a diez leprosos y a mí



Homilía para el domingo XXVIII del tiempo ordinario,
ciclo C, sobre Lc 17,11-19

Texto evangélico
11 Una vez, yendo camino de Jerusalén, pasaba entre Samaría y Galilea. 12 Cuando iba a entrar en una ciudad, vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos 13 y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros». 14 Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios. 15 Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16 y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17 Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19 Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».

Hermanos:
1. La escena del encuentro de los diez leprosos nos invita a múltiples reflexiones que nacen de la revelación del Evangelio. De nuestra parte las vamos a concentrar en tres:
- Jesús y el mundo de los marginados de la sociedad, los leprosos, el descarte, que le gusta llamar al papa Francisco.
- En segundo lugar, la fe de los pobres, de aquellos pobres entre los ma´s pobres, que son los leprosos.
- y en tercer lugar la ingratitud de aquellos pobres, que no fueron capaces de volver para decirle “Gracias”, y que, a lo mejor, cruelmente, nos están retratando a nosotros, que no despertamos y no somos capaces de decir: ¡Gracias!.

2. Un dato de primerísima categoría que resalta en los Evangelios es el hecho incontestable de que Jesús estaba con los pobres. Es, por de pronto un dato sociológico, cierto. Jesús estaba con los pobres, y él mismo era pobre.
Darle su justo perfil a estas afirmaciones, ya sería un trabajo de muy especialista en el concomimiento del país de Jesús. El que fue llamado por sus vecinos “el hijo del carpintero” no era evidentemente un pobre de la calle; era hijo de una familia de aldea con medios autosuficientes de vida.
El corazón de Jesús propendía a los marginados, pero no se recalca que diera limosnas, aunque suponemos que ocurrió. De hecho, el Evangelio de san Juan cuando la bolsa de Judas, nos da este informe: “Entonces Jesús le dijo: «Lo que vas a hacer, hazlo pronto». Ninguno de los comensales entendió a qué se refería. Como Judas guardaba la bolsa, algunos suponían que Jesús le encargaba comprar lo necesario para la fiesta o dar algo a los pobres. Judas, después de tomar el pan, salió inmediatamente. Era de noche” (Jn 13,27-30).
En rigor, en este caso, no ha sido Jesús el que va al encuentro de los leprosos; han sido los leprosos los que salen al encuentro de Jesús.

3. Y si salen a su encuentro, salen porque han oído hablar de él y conocen o intuyen su estilo. Nunca se lee en los Evangelios que los ricos van al encuentro de Jesús. Ahora bien, cuando decimos que Jesús es pobre, decimos mucho más de lo que superficialmente aparece. La pobreza del ser, la pobreza de la criatura, la pobreza del solidario con el pecado del mundo es infinitamente más de lo que llamamos “los pobres”. Y Jesús es el primer de los pobres – su Madre la segunda –, que pobre es el que no tiene nada porque lo ha dado todo, y ese, el primero, es Jesús.

4. Pero veamos el grito de los pobres que han ido al encuentro de Jesús. Dice el Evangelio: vinieron a su encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros».
No le piden dinero, no gritan por una limosna. Su grito vital es un grito divino: ten compasión de nosotros.
¿De dónde sacaron esa fe para gritar de tal manera? Aquel grito era una oración. Dice la copla española.
El que no sepa rezar,
que vaya por esos mares,
y verá que pronto aprende
sin enseñárselo nadie.
Dios ha puesto la oración dentro del corazón del hombre, y en el momento del peligro sale ella sola. Se diría que los pobres rezan porque no tienen más remedio.
Pero no es solo eso. Esa oración, que brotaba de la indigencia, ha sido una oración de fe, una oración capaz de obtener el milagro. Dice el texto sagrado: Al verlos, les dijo: «Id a presentaros a los sacerdotes». Y sucedió que, mientras iban de camino, quedaron limpios.
Jesús decía en el Evangelio: Tu fe te ha salvado. (Una frase que aparece siete veces en los Evangelio, aunque ciertamente en texto paralelos). Aquellos hombres enfermos de lepra tuvieron fe para ser curados, la fe que hace milagros. Pero ante esta fe viene ahora lo desconcertante y lo trágico: Tuvieron fe y no tuvieron gratitud.

5. Y aquí comienza lo desconcertante y lo trágico. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos 16 y se postró a los pies de Jesús, rostro en tierra, dándole gracias. Este era un samaritano. 17 Jesús, tomó la palabra y dijo: «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? 18 ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios más que este extranjero?». 19 Y le dijo: «Levántate, vete; tu fe te ha salvado».
Nos espanta sacar la conclusión: es más fácil tener fe en la desgracia, una fe como para arrancar un milagro del corazón misericordioso de Jesús; es más fácil tener esta fe, que tener un corazón sensible para venir a decir a Dios: ¡Gracias, Dios mío, porque has sido bueno conmigo!

6. Parece que la gratitud no cuesta nada…, como si la gratitud fuera una fórmula de cortesía. No, la gratitud no puede ser un cumplido de cortesía. La gratitud es una forma suprema de oración que nace de haber contemplado la gloria de Dios en nuestra vida. Solo el que ha visto a Dios puede darle gracias, el que ha visto a Dios en la bonanza y en la tribulación.
Dice el Papa Francisco en la encíclica que escribió el año pasado Laudato sii, recordando el Cántico de las criaturas de san Francisco:
Cuando tomamos conciencia del reflejo de Dios que hay en todo lo que existe, el corazón experimenta el deseo de adorar al Señor por todas sus criaturas y junto con ellas, como se expresa en el precioso himno de san Francisco de Asís:

«Alabado seas, mi Señor,
con todas tus criaturas,
especialmente el hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.
Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.
Alabado seas, mi Señor,
por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas, y bellas.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire, y la nube y el cielo sereno,
y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.
Alabado seas, mi Señor, por la hermana agua,
la cual es muy humilde, y preciosa y casta.
Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello, y alegre y vigoroso, y fuerte.

Hermanos, una sola pregunta: Miles de veces nos bañamos con el agua que sale del chorro de la ducha, miles y miles de veces hemos bebido un vaso de agua. Una sola vez ¿le hemos dicho al Señor: “¡Gracias, Dios mío, por el milagro de beber un vaso de agua!”?
Digámoselo ahora: Gracias, Dios mío, por el milagro de beber un vaso de agua.
La Eucaristía, hermanos, es la acción de gracias al Padre, por Jesucristo, el Señor en el Espíritu Santo. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 7 de octubre de 2016.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Perfecta exposición de homilía, P. Rufino:

Naamán, aquejado de la lepra, es curado por el profeta Eliseo. Un personaje sirio, pagano, extranjero en Israel, es curado de su lepra por la acción del profeta Eliseo. Todo un ejemplo que nos hace ver que el concepto de prójimo no tiene fronteras ni ideologías.

Bien se sabe Eliseo que la lepra conllevaba la exclusión del trato con el resto de los miembros de la comunidad. Bien sabe Eliseo que era una enfermedad repugnante y maldita. Bien sabe Eliseo la lepra se consideraba un mal irreversible y sin curación. Naamán es un pagano, pero un pagano con fe en Eliseo, y eso le salva.

El autor de la carta (pseudopaulina) 2Timoteo II, perteneciente a la escuela paulina, recoge el testamento de san Pablo y lo transmite a Timoteo para que sea referente de la fe. El autor supone que Pablo está ya preso en una cárcel romana, por eso hace hincapié de que la doctrina de Jesucristo no está encadenada. El autor conoce, por las cartas auténticas de Pablo, el credo del apóstol, y lo expone a los cristianos a través de Timoteo.

Jesucristo sigue su camino hacia Jerusalén, y al evitar entrar en la hostil Samaria se encuentra con unos leprosos vagando por el lugar. Éstos, al verlo, de lejos y a gritos le imploran su curación. Desde lejos, pues tenían prohibido acercarse a las personas sanas. Pero ello no es motivo para que, con un grito que les sale de lo más profundo de sus seres, entre ilusión e impotencia le piden a Jesucristo que les saque de ese profundo pozo en el que la enfermedad les ha arrojado para siempre.

Jesucristo no les pregunta ni quiénes son ni de dónde vienen. Podían provenir de Judea, o de Samaria, o de Galilea, o de los tres lugares a la vez. La desgracia les ha unido en un abrazo tan poderoso como horrible. Es lógico pensar que no solamente habría un samaritano en el grupo. Y también que más cerca que lejos del lugar habría igualmente otros grupos. La enfermedad y la miseria no tienen fronteras. Pero de todos ellos, sólo uno, compuesto por diez personas, se acercó para ser curados. Y aún de ese grupo de diez sólo uno volvió para dar gracias. Y no era un “santón” judío, sino un "hereje" samaritano, pero con buen corazón, que es donde salen las buenas intenciones.
Saludos.
Juan José.

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