viernes, 4 de noviembre de 2016

860. Domingo XXXII, C – Jesús proclama el Evangelio de la resurrección



Homilía para el Domingo XXXII del tiempo ordinario, ciclo C,
Sobre Lc 20,27-38


Texto evangélico:
23 En aquella ocasión se le acercaron unos saduceos, los que dicen que no hay resurrección, y le preguntaron: 24 «Maestro, Moisés mandó que cuando uno muere sin hijos, su hermano se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. 25 Pues bien, había entre nosotros siete hermanos. El primero se casó, murió sin hijos y dejó su mujer a su hermano. 26 Lo mismo pasó con el segundo y con el tercero hasta el séptimo. 27 Después de todos murió la mujer. 28 Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de los siete será mujer? Porque los siete han estado casados con ella». 29 Les contestó Jesús: «Estáis equivocados porque no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. 30 Cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres tomarán esposo; serán como ángeles en el cielo. 31 Y a propósito de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que os dice Dios: 32 “Yo soy el Dios de Abrahán y el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos».

Hermanos:
1. Estamos en el mes de noviembre, un mes que lleva nuestra mente y nuestro corazón a pensar en nuestros queridos difuntos. Y hoy el Evangelio nos da esta escena para pensar en lo que ocurre más allá de la muerte, pero para pensar con el corazón dilatado con la esperanza de la resurrección. Tratemos de penetrar lo que el Espíritu nos dé ene esta escena evangélica.

2. Los saduceos no creen en la resurrección de los muertos. En la vida de san Pablo hay un episodio que puede ilustrar el contenido de esta escena evangélica. Pablo, tras su tercer viaje apostólico, es arrestado y debe dar testimonio ante el Sanedrín de Jerusalén. El escritor san Lucas, en los Hechos de los apóstoles, nos da esta información:
“Pablo sabía que una parte eran fariseos y otra saduceos y gritó en el Sanedrín: «Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo, se me está juzgando por la esperanza en la resurrección de los muertos». Apenas dijo esto, se produjo un altercado entre fariseos y saduceos, y la asamblea quedó dividida. (Los saduceos sostienen que no hay resurrección ni ángeles ni espíritus, mientras que los fariseos admiten ambas cosas)” (Hech 25,6-8).
Estos saduceos son los que proponen a Jesús una pregunta casuística, que no deja de tener cierta cariz chistoso e irónico, tratándose, por otra parte, de algo absolutamente sagrado, como es lo que ocurre después de la muerte. ¿Qué pasará con aquella mujer judía que tuvo siete maridos, siete hermanos carnales que fueron muriendo uno tras otros, sin pasar el apellido a los hijos…?

3. Antes de responder, es decir, antes de escuchar la respuesta de Jesús, volvamos a nuevo a esta verdad de nuestra fe. “Creo en el Espíritu Santo, en la Santa Iglesia Católica, la Comunión de los Santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén”. La resurrección con Jesús es la fe que profesa la Iglesia desde el principio. San Pablo escribe a los corintios: Sabemos que “quien resucitó al Señor Jesús también nos resucitará a nosotros con Jesús” (1 Cor 4,14).
¡Qué expresión más bonita! Nosotros somos resucitados con Jesús. No podemos dividir esta verdad: la resurrección de Jesús y mi resurrección; es la misma verdad, que engloba la misma verdad: la resurrección de Jesús y mi resurrección, la única resurrección, la resurrección del Hijo de Dios.
Es distinta la vida presente si tenemos esta perspectiva o si no la tenemos. Los judíos recordaban con orgullo la vida de los siete hermanos Macabeos, que hoy nos hace revivir la primera lectura, cómo murieron los siete hermanos y luego la madre que los iba animando. “Y, cuando estaba a punto de morir (el cuarto de los hijos), dijo (al rey): «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida»” (2 Mac 7,14).
Los saduceos sabían esta historia, pero los libros de los Macabeos, que nosotros leemos en la Biblia sagrada, no eran admitidos como inspirados por Dios en la Biblia judía.
Jesús defiende la resurrección de los muertos porque Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos”.

4. Pero ¿qué pasará luego del trance de esta vida? ¿Cómo será la vida que viene? Nosotros, instintiva y sentimentalmente, la imaginamos como si fuese la prolongación de esta vía pasajera, y con igual sensibilidad imaginamos que la resurrección no es la resurrección, sino la reviviscencia. Esto es un error. La resurrección no es una marcha atrás, sino vida hacia adelante, cuyo secreto está en el corazón de Dios. Solo Dios conoce cómo es el cielo y la vida eterna, bajo su infinito poder y gloria. Dice el texto evangélico: “Les contestó Jesús: «Estáis equivocados porque no entendéis las Escrituras ni el poder de Dios. Cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres tomarán esposo; serán como ángeles en el cielo”.
Hermanos, digámoslo con conciencia iluminada: El cielo supera toda representación humana; en el cielo no hay casados, no hay marido, no hay mujer. En el cielo no hay papas, no hay obispos, no hay sacerdotes, no hay vírgenes, no hay mártires; no hay católicos, no hay protestantes, no hay judíos, no hay musulmanes…
En el cielo no hay santos; los “santos” en el pueblo santo de Dios son calificaciones para esta tierra, mientras peregrinamos. No son títulos para llevar al más allá.

5. El apocalipsis nos ad esta visión final: “Y oí una gran voz desde el trono que decía: «He aquí la morada de Dios entre los hombres, y morará entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el “Dios con ellos” será su Dios». Y enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor, porque lo primero ha desaparecido. Y dijo el que está sentado en el trono: «Mira, hago nuevas todas las cosas»” (Ap 21,3-5).
Frente a este mundo que nos aguarda y hacia el que caminamos nuestro corazón se ensancha y se entrega absolutamente su fe a Dios y nos abandonamos absolutamente a sus manos.
¿Qué será el cielo? Hermanos, será el reino del amor, será la nueva creación, será el estado de la absoluto plenitud de los hijos de Dios. Pero más que eso no sabemos. El cielo será eso; y nuestra vida está con Cristo encaminada hacia el cielo. Y hay una comunión de vida y amor entre los que llegaron a la patria y los que vamos de camino.
En este mes de difuntos, hermanos, miremos al cielo con rostro iluminado y digámosle a Jesús como la Iglesia lo ha contemplado desde el principio:
¡Ven, Señor Jesús! En ti esta nuestro amor y nuestra esperanza. Jesús, tú eres nuestro Dios.

Guadalajara, Jalisco, viernes 4 de noviembre de 2016.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

No he querido pasar esta oportunidad para añadir pensamientos al pasaje evangélico.

CRISTO MURIÓ POR NUESTROS PECADOS, CONFORME A LAS ESCRITURAS; Y FUE SEPULTADO, RESUCITÓ AL TERCER DÍA, CONFORME A LAS ESCRITURAS; Y SE APARECIÓ A CEFAS, Y DESPUÉS A LOS DOCE. DESPUÉS SE APARECIÓ A MÁS DE QUINIENTOS HERMANOS A LA VEZ, DE LOS CUALES MUCHOS VIVEN AÚN, Y OTROS YA DUERMEN. DESPUÉS APARECIÓ A JACOBO; DESPUÉS A TODOS LOS APÓSTOLES; Y AL ÚLTIMO DE TODOS, COMO A UN ABORTIVO, SE ME APARECIÓ A MÍ.
(…) PORQUE SI NO HAY RESURRECCIÓN DE MUERTOS, TAMPOCO CRISTO RESUCITÓ. Y SI CRISTO NO RESUCITÓ, VANA ES ENTONCES NUESTRA PREDICACIÓN, VANA ES TAMBIÉN VUESTRA FE. (…) PORQUE SI LOS MUERTOS NO RESUCITAN, TAMPOCO CRISTO RESUCITÓ; Y SI CRISTO NO RESUCITÓ, VUESTRA FE ES VANA; AÚN ESTÁIS EN VUESTROS PECADOS. ENTONCES TAMBIÉN LOS QUE DURMIERON EN CRISTO PERECIERON. SI EN ESTA VIDA SOLAMENTE ESPERAMOS EN CRISTO, SOMOS LOS MÁS DIGNOS DE CONMISERACIÓN DE TODOS LOS HOMBRES. PERO CRISTO HA RESUCITADO DE LOS MUERTOS, COMO PRIMICIA DE LOS QUE DURMIERON.

San Pablo, de quien San Jerónimo decía: "El mundo no verá jamás otro hombre de la talla de San Pablo", es muy claro. Nuestra fe no se fundamente solamente en la pasión y muerte de Jesucristo, sino en su pasión, muerte, y resurrección. Y de la misma manera que su pasión y muerte no fue precisamente “secreta”, pues de ella se hacen eco historiadores antiguos, tampoco fue secreta su resurrección, pues se mostró vivo a apóstoles y discípulos, los cuales dieron fe de esa vivencia. San Pablo llega más allá, y nos relata que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar.

El paraíso. Para algunos es un hecho tangible. Para otros un imposible. Y para muchos es algo muy lejano. Sin embargo el paraíso queda, para algunos, muy cercano. Al alcance de la mano. El condenado que se hallaba a la derecha de Jesucristo en la cruz se halló en el paraíso nada más morir. No tuvo que esperar a resucitar. Su cuerpo tal vez correría la suerte de los que eran echados en una fosa común, o quemados y olvidados. Pero su espíritu no corrió la suerte de los condenados, sino de los salvados.

Los saduceos no creían en la resurrección, exactamente lo mismo que hoy sucede con millones de personas, que para ello dan “explicaciones” de lo más extravagantes, y se inventan razonamientos propios de la “cuadratura del círculo”. Allá ellos.

Saludos. Juan José.

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