jueves, 10 de noviembre de 2016

861. Domingo XXXIII, C – Jesús anuncia la destrucción del Templo




Homilía para el Domingo XXXIII del tiempo ordinario, ciclo C,
Sobre Lc 21,5-19


Texto evangélico:
5 Y como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, 6 Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida». 7 Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».
8 Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre, diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos. 9 Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».
 10 Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, 11 habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.
 12 Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. 13 Esto os servirá de ocasión para dar testimonio. 14 Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, 15 porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. 16 Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, 17 y todos os odiarán a causa de mi nombre. 18 Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; 19 con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.

Hermanos:
1. Estamos en el domingo penúltimo del año eclesiástico. El domingo que viene es Cristo Rey, Fin del Año de la Misericordia, y ya el siguiente iniciaremos el tiempo del Adviento, que precede a la Navidad y que abre un nuevo ciclo de cara a la Pascua del próximo año 2017.
Por estas fechas todos los años evocamos a Jesús en Jerusalén, En estos días finales de su historia en estos días que corresponden a la Semana Santa, Jesús habla de los misterios finales: de su muerte, de la desolación que va a seguir a su partida y del destino de su pueblo.
Son pasajes difíciles de entender, y su lectura, para que no derive en la propia fantasía tiene que ser una lectura inteligente e informada. Esperamos hacerlo con la gracia de Dios.

2. Jesús ve la destrucción del Templo de Dios, que él había amado con todo el corazón, hacia el que había peregrinado año tras año según las santas tradiciones judías.  Dos, tres días antes Jesús había llorado contemplando, en la bajada del monte de los Olivos, contemplando el Templo y la ciudad. Nos lo acaba de decir san Lucas: “Al acercarse y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: «¡Si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz! Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita» (Lc 19,41-44).

3. Las lágrimas de Jesús sobre el Templo y la ciudad no son simplemente las lágrimas de un judío patriota, que ama a su pueblo hasta el tuétano. Son lágrimas de Dios en Jesús.
Jesús ve el fracaso de la historia de Dios con su pueblo, y en ello el fracaso mismo de su propia vida. Hay que ir a los profetas para comenzar a entender cómo vive Jesús desgarradoramente la ruina de su pueblo, No era el poder político del imperio romano lo que explica la conquista de Jerusalén, la conquista y destrucción de la ciudad el año 70 por el emperador Tito y el general Vespasiano. Es no es la explicación. Eso no es lo que hace llorar a Jesús, sino, como lloraron los profetas, el ver que el pueblo elegido fue permanentemente infiel a la elección.

El historiador judío Flavio Josefo nos ha contado al por menudo todo lo que pasó en la destrucción de Jerusalén, y nuestros hermanos hebreos lo siguen lamentando en sus celebraciones sagradas. Nuestros hermanos hebreos recuerdan con horror sus propias tradiciones. “Cuando Vespasiano se retiró enviaron a Tito, el malvado, sobre el cual está escrito: "Dirá el impío, dónde está su Dios, la roca en la que se protegían" (Devarim 32:37), los sabios estudian que este versículo se refiere a Tito, quien blasfemó en contra del cielo. ¿Qué hizo? Tomó a una prostituta de la mano, entró dentro del Kodesh HaKodashim [Santo de los Santos], extendió un pergamino de la Torá sobre el suelo y pecó con ella sobre él. Además agarró una espada en la mano y rasgó el velo del Templo, entonces ocurrió un milagro y sangre empezó a escurrir de él; así el impío pensó que había matado a Dios, como se declara: "Gritaron tus enemigos dentro de tu santuario y pusieron sus señales por señales" (Tehilim 74:4).  Estas son las tradiciones rabínicas.
Nada extraño, porque ya en el profeta Ezequiel, encontramos escenas horrorosas de la profanación del Segundo Templo de Jerusalén (véase el capítulo 16). Se mezclan, sin duda, hechos y leyendas, todo ello signo de algo absolutamente espantoso y execrable, la situación a la que ha llegado el haberse alejado del Dios de la alianza.

4. Ahora bien, hermanos, lo más grave de todo esto no es el contemplar a Jesús como espectador de excepción de esa desgracia que se avecina, sino el verse él mismo involucrado en ella y con él toda su comunidad de seguidores. Sucede que en la Biblia Dios se mezcla en la historia de su pueblo, que es historia suya.
Ahora es Jesús el que se ha mezclado con la historia de las naciones y el que se ha mezclado en la historia de sus testigos. El texto sagrado del Evangelio nos anticipa esta situación: “os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre”.
El nombre de Jesús va a ser causa de persecución, de ruina y de martirio. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.

5. La historia de Jesús continúa y está mezclada con la nuestra. Nada humano es ajeno a él, nada humano es ajeno a nosotros.
Estamos viviendo meses y años de guerra y martirio. En todo ello está presente Jesús, como el Señor.
Como cristianos podemos pedir esta sublime gracia:  Entender y contemplar que Cristo es el punto final y la fuerza de la historia. Por ese triunfo de Cristo vivimos, y por ese triunfo hemos de estar dispuesto a dar nuestro testimonio hasta el final.

Señor Jesús, concédeme poder llorar contigo por lo que tú has llorado y creer sin condiciones en la misericordia y en el triunfo de tu Padre, que se ha de realizar en ti y por ti. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves, 10 noviembre 2016.

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