viernes, 18 de noviembre de 2016

863. Domingo XXXIV, C – Jesús es el Reino de Dios que comienza



Homilía para el Domingo XXXIV del tiempo ordinario, ciclo C,
Sobre Lc 23,35-43

Texto evangélico:
35 El pueblo estaba mirando, pero los magistrados le hacían muecas, diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido». 36 Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, 37 diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo». 38 Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo». 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». 43 Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».

Hermanos:
1. La primera frase del Evangelio de hoy es una frase soberana: “El pueblo estaba mirando”. Es una frase que adquiere su sentido verdadero, al percibir el contraste que el evangelista Lucas establece con lo que sigue: pero los magistrados le hacían muecas.
Tenemos, por tanto, el pueblo que es un agente pasivo de los acontecimientos, y las autoridades que han provocado este fatal desenlace. Y en correspondencia con lo que acabamos de escuchar, el mismo evangelista cierra esta escena trágica diciendo: “Toda la muchedumbre que había concurrido a este espectáculo, al ver las cosas que habían ocurrido, se volvía dándose golpes de pecho” (v. 48).
Decir hoy: “los judíos han matado a Jesús”, es una frase que históricamente hay que matizarla, para decantar responsabilidades. Pero tampoco se puede exculpar “al pueblo” de manera ingenua. San Lucas ha hablado de esa confabulación que ha involucrado a todos, al decretar la muerte de un inocente. “Pilato, después de convocar a los sumos sacerdotes, a los magistrados y al pueblo, les dijo: «Me habéis traído a este hombre como agitador del pueblo…” (vv. 13-14). “Ellos vociferaron en masa: «¡Quita de en medio a ese! Suéltanos a Barrabás»” (v. 23,58).
En tiempos políticos se suele decir: Han hablado las urnas, ha hablado el pueblo soberano… Pero no porque hable el pueblo soberano está hablando la razón, porque le pueblo soberano va al vaivén de muchos vientos que soplan.

2. Hermanos, en este escenario, que san Lucas ha llamado “espectáculo”, Jesús se está muriendo. Ha quedado al rango de los dos ajusticiados, que comparten con él el suplicio de la cruz. Así pues, en esta marea humana, el ojo del huracán son las tres cruces. El Señor ha quedado en medio, dicen los Evangelios. Uno de los ladrones se juntó a los insultos. El otro, sacando lo mejor que lleva adentro, se convierte en abogado de Jesús.
Sus palabras no las pudo decir mejor el mejor juez de la tierra: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? 41 Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».

3. Y ahora viene la más bella liturgia del Calvario: Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
Y Jesús soberano, hecho un trapo de miseria ante los ojos de quienes lo han desechado, con una sublime belleza en sus ojos compasivos de sumo y terno sacerdote, con una majestad incólume que solo puede tener el Hijo de Dios, pronuncia la sentencia eterna, cuyo eco sigue llegando hasta nosotros:
En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso.
Quien habla así o es el más necio y loco de todos los hijos de Adán, o es el mismísimo Hijo de Dios.

4. Si hemos de hablar de Cristo Rey, de Jesús, heredero espiritual en la comunidad santa de Dios, del Reino de David, debemos partir del Calvario. A este Rey del Calvario se le puede dar culto, que es la mejor manera de proclamar su realeza. Bien pronto los cristianos tuvieron que inventar himnos para decir su fe. Hoy, Domingo de Cristo Rey, recordamos el Himno cristiano que hallamos en la carta a los Colosenses, proclamado en la liturgia de hoy (Col 1,12-20).

[Damos] gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz.
Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas,
y nos ha trasladado
al reino del Hijo de su Amor,
por cuya sangre hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
Él es imagen del Dios invisible,
primogénito de toda criatura;
porque en él fueron creadas todas las cosas:
celestes y terrestres,
visibles e invisibles.
Tronos y Dominaciones,
Principados y Potestades;
todo fue creado por él y para él.
Él es anterior a todo,
y todo se mantiene en él.
Él es también la cabeza del cuerpo: de la Iglesia.
Él es el principio, el primogénito de entre los muertos,
y así es el primero en todo.
Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
Y por él y para él
quiso reconciliar todas las cosas,
las del cielo y las de la tierra,
haciendo la paz por la sangre de su cruz.

5. Este es el reino de Jesús, que llama el texto sagrado “el reino del Hijo de su amor”-
Si queremos ahora acolar el reino de Jesús, sirvo de Dios, a cualquier forma de reinado de los hombres, al punto caemos en aberraciones. El reino de Jesús no tiene nada que ver con el poderío militar, con el poderío económico, con las fronteras humanas, con las hegemonías que se van sucediendo en el mundo, con todas las apariencias de carruajes, vestimenta y títulos que apetecemos los hombres, con todos los escudos donde graban sus lemas los grandes de la tierra o las dignidades eclesiásticas. Nada de eso pertenece al reino de Cristo, que es el reino de la humildad, del perdón, del amor y de la paz.
El reino de Jesús se llama: acogida, consuelo, esperanza. Es el reino abierto a todos los seres humanos. Y es el reino que nosotros hemos de llevar en cada una de nuestras vidas.

6. El reino de Jesús, que está esencialmente unido al del Padre, ha de entrar definitivamente en acción en el día final de la historia humana, cuando Jesús venga en la gloria del Padre, para que Dios sea todo en todos.
Pero ese reino, hermanos, comienza hoy mismo, como lo iba diciendo Jesús en las parábolas. Ese reino, que ya ha iniciado, está en medio de nosotros; y más exactamente: está en mí. Yo debo disfrutar de que Jesús reina en mí por la pureza, la santidad y el brillo de su vida, y con mis palabras y obras he de mostrar a mis hermanos, los hombres, que Jesucristo es el rey del universo.

7. Señor Jesús, gracias por haberme acogido en tu reino, como un día al buen ladrón. Haz que demuestre a todas las personas que me vean que tú eres mi Salvador y mi esperanza. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 18 noviembre 2016

1 comentarios:

Anónimo dijo...

**El pueblo estaba mirando**…. ¿Qué miraba el pueblo?. La respuesta más sencilla que nos viene a la mente sería que el pueblo estaba contemplando el tétrico espectáculo que se le ofrecía a la vista: la crucifixión de tres personas. El espectáculo era al mismo tiempo un “aviso a navegantes” que usaba Roma contra los que intentaban cualquier actitud contraria a sus leyes. El lugar donde se ejecutaba la sentencia estaba situada en una ubicación muy concurrida por viandantes, a fin, precisamente, de que fuese presenciada por la mayor cantidad de personas posible, y que esta experiencia fuese propalada a familiares y conocidos como escarmiento.

Decir que los judíos mataron a Jesucristo es un gravísimo error. Detrás de la muerte de Jesucristo hay personas, como sucede siempre, “con nombres y apellidos”. Luego, como sucede en otro orden de cosas, viene la actuación, perfectamente coordinada, de la conocida “clá”…...concepto que no es preciso aclarar. Históricamente, los presentes vociferantes en aquella pantomima ante Pilatos no representaron, ni mucho menos, ni el uno por ciento del conjunto de los habitantes de Jerusalén, ni del conjunto de peregrinos que la poblaban en esos momentos.

Jesucristo es el Rey del Universo. Es Rey de su creación. Ese es el hecho incuestionable.

Saludos. Juan José.

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