jueves, 28 de enero de 2016 2 comentarios

769. Domingo 4 C – Jesús, el que ama a su pueblo, rechazado en Nazaret


Homilía para el domingo 4 del tiempo ordinario, ciclo C Lc 4,21-30



Texto evangélico:
En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». 22 Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de José?». 23 Pero Jesús les dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». 24 Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. 25 Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; 26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. 27 Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio»
 28 Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos 29 y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. 30 Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Hermanos:
1. Todo el mundo, al tomar el Evangelio en sus manos, al momento puede hallar ciertas aplicaciones personales, según su propia inspiración, que serán útiles y oportunas y le harán mucho bien. Tengamos bien entendido que el Evangelio es un  regalo de Dios para todos sus hijos y que Dios habla a todos como le place, sabios e ignorantes. De  ninguna manera podemos ponerle reglas a Dios.
Sin quitar nada a este principio, también hemos de decir que el estudio y la ciencia ayudan para pasar a la sabiduría y poder entender los textos sagrados con la perspectiva con que fueron escritos. Entonces aparecen luces sorprendentes. Con la gracia de Dios tratemos de acercarnos así.

2. La escena que compone o recoge san Lucas tiene dos partes completamente distintas. La primera la escuchábamos el domingo pasado. Jesús en la sinagoga de su pueblo lee un texto sagrado del libro de Isaías, el comienzo del capítulo 61: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. La gente quedó fascinada, como extasiada al oír la explicación que Jesús daba. Cierto, que nunca habían oído hablar de esta manera. Nunca habían oído que eso se estaba cumpliendo aquí y ahora, que el que hablaba era justamente ese enviado de Dios. Nos muestra el texto sagrado que Jesús se lo estaba atribuyendo a sí mismo: Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de gracia del Señor.
De modo que, según el relato de san Lucas, la admiración se cambió en extrañeza; la extrañeza pasó a ser escándalo e indignación; y la indignación se hizo tan recia, como para agredir a Jesús, cogiéndolo de su cuenta y sacándolo fuera del pueblo para tirarlo por un barranco. Pero el Evangelio termina: Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

3. ¿Puede ocurrir todo esto, que es un drama, en una misma mañana, en una sola sesión? Puede ocurrir. Y san Lucas lo cuenta todo seguido, como si fuera una sola acción.
Con todo, no es ninguna extravagancia la opinión de quienes, estudiando los detalles, piensan que el evangelista san Lucas, juntando episodios ciertos en una sola composición, nos ha presentado de esta manera lo que es el conjunto de la vida de Jesús. Una gran oleada de entusiasmo y admiración, y…, al final, un rechazo.

4. Sea lo que sea, estamos en el centro del misterio de Jesús: el más amado, y, al final, también el rechazado por su propio pueblo. Esto es muy grave, demasiado grave, para que Jesús se quede indiferente. Esto fue el problema central de su vida: ver que su pueblo, ahora no hablamos de Nazaret sino de todo el pueblo judío, al que amaba como nadie lo había amado, ahora rechaza la salvación que el Dios de la misericordia le ofrecía. Y que al rechazar esa misericordia, Jesús mismo era rechazado. Realmente esto resultaba trágico.
¿Por qué Jesús no se fue de su Pueblo, de las fronteras de Israel, a predicar a los judíos de la Diáspora? Seguramente que no le habrían matado… No, Jesús no fue misionero a lejanas tierras del Imperio, donde también podía encontrar judíos. Jesús se quedó en su tierra pequeña, a cumplir la misión que Dios, su Padre, le había confiado.
Cuando le aconsejaron: «Sal y marcha de aquí, porque Herodes quiere matarte». No quiso, y dijo: “…no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén” (Lc 13.31-33).
Jesús aceptó ser profeta de su pueblo y morir a manos de su pueblo.

4. En la sinagoga de la pequeña Nazaret, Jesús se refirió a la historia de dos profetas que todos conocían desde la escuela: la historia de Elías y la historia de Eliseo, enviados los dos fuera de la tierra de Israel. Elías atendió a la viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón; Eliseo curó a un leproso venido de Siria. Dios envió a estos dos profetas a gentes que no eran israelitas. ¿Es que Dios tiene que salir de su pueblo Israel para encontrar almas acogedoras?
Si esto es verdad, ¿qué significa ser pueblo elegido? ¡Qué terrible crítica está haciendo Jesús! Que un pagano, por su docilidad y acogida, puede ser más agradable a Dios que un judío.
En cierta ocasión, cuando Jesús curó al criado de un centurión romano, dijo: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe” (Mt 8,10). Aquel centurión romano no había sido criado en la fe de Israel, en la Ley de Moisés; sin embargo: “En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.

5. La gente de Nazaret se indignó terriblemente por estas palabras de Jesús, tanto que quisieron despeñarlo por el barranco del pueblo… Estamos al principio de la vida de Jesús en la presentación que nos hace san Lucas, pero estamos asistiendo al rechazo de Jesús ante Pilato, cuando prefirieron a Barrabás, un ladrón y homicida, antes que a Jesús.
Pero, repito, Jesús  no se fue de su tierra. Jesús se quedó donde debía estar, y allí entregó su vida por su pueblo.
Grandes lecciones de este Evangelio: la gran lección del amor de Jesús hasta la muerte, y la gran lección del amor del Padre que puede encontrar fuera de Israel una fe que no ha encontrado en su pueblo amado.

6. Señor, si yo hubiera estado en la sinagoga, ¿qué te habría dicho? Con tu gracia, te habría dicho lo que hoy quiero decirte: Tú eres el Siervo de Dios, tú eres mi Salvador, nuestro Salvador. Agárrame junto a ti, y nunca me dejes escapar, porque tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Salvador.

(En la Casa de Oración, Quinta San José, El Salto, Jal.), jueves 28 enero 2016 (Santo Tomás de Aquino).

La marcha invicta

“Pero Jesús se abrió paso entre ellos
y seguía su camino” (Lc 4,30)

Por entre medio de ellos,
tendido el paso y mirada,
por una senda divina
el Nazareno avanzaba.

Como un sepulcro vacío
quedaba atrás la barranca,
no lo mataron, es claro:
no era la hora llegada.

Peregrino sin fatiga
que viene de lontananza,
por los caminos del Génesis
cruzando todas las páginas.

Quedaron ciertas las huellas,
las de sus pobres sandalias,
aunque el roce de la túnica
alguna vez las borrara.

Caminante de la Historia,
que el tiempo rompe y traspasa,
cayado de nuestros pasos
con sol y en noche cerrada.

Al salir de Nazaret
te vi que a mí te acercabas,
esos pasos sin destino
llegaban hasta mi alma.

“Yo soy el que es y era
y el que viene sin tardanza”:
te vi, Jesús, caminar
con una gozosa marcha.

Si no fueras el Viviente,
el que llega y nos levanta,
no serías Evangelio
ni el hoy de toda la gracia.

Salías de Nazaret,
puedes venir a mi casa,
y si te place, mi Dios,
heme aquí…, en tu caminata.

Muy débil mi pecho siento
y las piernas no me aguantan,
como a pequeña ovejuela
llévame cual dulce carga.

Por entre medio de ellos
él como rey caminaba:
¿por qué lo escribió san Lucas
y qué misterio insinuaba?

Guadalajara, tras las primeras vísperas del domingo IV del tiempo ordinario, ciclo C,


viernes, 22 de enero de 2016 1 comentarios

768. Domingo 3 C – Jesús anuncia el amor del Padre en Nazaret

Homilía para el domingo 3 del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 1,1-4; 4,4-21

Texto evangélico:
1 1Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, 2 como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, 3 también yo he resuelto escribírtelos por su orden, ilustre Teófilo, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, 4 para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.

4 14 Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. 15 Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
16 Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. 17 Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: 18 «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; 19 a proclamar el año de gracia del Señor». 20 Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. 21 Y él comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Hermanos:
1. Concluimos el ciclo de la Navidad con el Evangelio del Bautismo de Jesús, que es el domingo que sigue a la Epifanía (es decir, dos domingos). Después del Bautismo del Señor vino la escena de la Caná de Galilea, según lo explicamos el domingo pasado: una boda en la que no aparece la novia, porque la novia es la comunidad que crea Jesús, la comunidad mesiánica, de la cual Jesús es el Esposo; y hoy el anuncio del Reino en la sinagoga de su propia aldea, Nazaret.
Dos sencillas advertencias para encuadar el Evangelio de hoy. La primera es esta: que es un Evangelio compuesto, a saber, los versículos iniciales, Prólogo y propósito de la obra del escritor san Lucas. Y la segunda, que el Evangelio que hemos leído hoy es incompleto; la segunda parte la leeremos el domingo que viene: el Jesús anunciado es el Jesús discutido y rechazado, y todo ello, en su conjunto, es un presagio de la vida entera de Jesús, el enviado de Dios, el Hijo de Dios, el Señor.
En relación con estos momentos iniciales de la vida de Jesús, conviene recordar para nuestra instrucción y catequesis, que fue el papa San Juan Pablo II el que introdujo en el rosario los llamados “misterios luminosos”. El rosario tradicionalmente se componía de tres secuencias de misterios: Misterios gozosos (la Infancia de Jesús), Misterio dolorosos (la Pasión de Jesús) y Misterios gloriosos (la Resurrección). Los “Misterios luminosos” son los misterios de la vida pública de Jesús, cinco misterios por este orden:
Primer misterio: Jesús bautizado en el Jordán.
Segundo: Jesús revela su gloria en las bodas de Caná de Galilea.
Tercero: Jesús anuncia el Reino.
Cuarto: Jesús es transfigurado.
Quinto: Jesús instituye la Eucaristía.
Vamos, pues, siguiendo esta secuencia: bautismo, bodas de Caná, anuncio del Reino.

2. No tenemos una foto de alguien imaginario que hubiera podido fotografiar a Jesús; no tenemos un cuadro de un pintor que lo hubiera pintado, no poseemos un busto de mármol de un escultor que lo hubiera plasmado, cincelado.
Pero hay otro cincel, la pluma de los evangelistas. Tenemos el retrato espiritual que nos hacen los Evangelios, incomparable frente a cualquiera otra reproducción que solicita afectivamente nuestra piedad.
He aquí el retrato que hace san Lucas. ¿Quién es Jesús? La respuesta de san Lucas es, por de pronto, esta:
- Jesús es el Jesús de las profecías de la consolación de Israel.
- Jesús es el Ungido por el Espíritu Santo
- Jesús es el Jesús de la misericordia con esa cuádruple misión que se le confía, a saber:
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos.
En este primer momento inaugural de la vida de Jesús se están atisbando las Bienaventuranzas, que son el meollo del Evangelio, si ponemos delante la palabra Padre y la palabra Espíritu Santo.
Jesús viene a anunciarnos que somos hijos de Dios, que nos ha sacado de las tinieblas y nos ha llevado al reino de la luz, que nos ha librado de la cautividad de nuestros pecados y nos ha concedido disfrutar de una libertad que nadie nos puede arrebatar, que nos ha sacado de la opresión y nos ha llevado a un terreno ancho como el cielo, donde el amor es el aire de nuestros pulmones.

3. Hermanos, uno de los privilegios que tiene el sacerdote es leer con sus propios ojos y labios el canon de la misa y pronunciarlo piadosa y solemnemente ante toda la asamblea que lo está escuchando y personalizando. Es una experiencia muy especial, porque, con sencillez de corazón, uno quiere entrar en esa órbita. En la Plegaria Eucarística, por ejemplo, se dice: “Y tanto amaste al mundo, Padre santo, que, al cumplirse la plenitud de los tiempos, nos enviaste como salvador a tu único Hijo. El cual se encarnó por obra del Espíritu Santo, nació de María, la Virgen, y así compartió en todo nuestra condición humana menos en el pecado; anunció la salvación a los pobres, la liberación a los oprimidos y a los afligidos el consuelo. Para cumplir tus designios, él mismo se entregó a la muerte, y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida”.

4. Al tiempo que estamos diciendo cosas tan bellas, al eco de la predicación de Jesús en Nazaret, los cristianos de todo el orbe estamos celebrando el Octavario de reflexión y de oración por la unidad. Este es el dolor más agudo que lleva la Iglesia, clavado hace muchos siglos en su corazón. Ellos y nosotros, nosotros y ellos, creemos en un mismo Jesús, Hijo de Dios y Salvador, y, con todo, no hacemos una misma Iglesia visible. ¿Por qué? Y aquí topamos con el misterio del corazón humano, donde está la raíz recóndita, pecaminosa, de toda desunión.
Si somos sensibles a las cosas del espíritu y somos capaces de bajar al fondo del corazón, creo que todos, en el curso de nuestros, hemos padecido esta experiencia que se fragua en lo profundo: desencuentros que se dan en la vida de mayor o menor importancia, distanciamiento de tal persona que habíamos amado sinceramente y cuyo recuerdo ha quedado como una herida a sanar,  falta de unión en la familia que padecemos o sufrimos al verlo, observando la indiferencia, si no es el alejamiento. Son ejemplos humanos, muy a la mano, muy comunes, que nos introducen en el misterio de la desunión de la Iglesia.
Los diálogos son necesarios, pero no son la clave del problema, porque podríamos estar quinientos años respetándonos y dialogando sin llegar a unirnos, cada uno en su sitio. La unidad de la Iglesia solo la puede hacer Dios, si ve en nosotros la renuncia a toda acusación, la humildad y el arrepentimiento de nuestros pecados, sin mirar a los del vecino, y la oración, la súplica humilde, confiada, perseverante, para que se cumplan los deseos de Dios, no los nuestros.

5. Terminemos, pues, hermanos, con una súplica por la unidad de la Iglesia. Señor Jesús, que anunciaste e amor del Padre en Nazaret, no te canses de anunciarlo entre nosotros, y danos un corazón humilde, sencillo y puro para acogerte. Amén.


Guadalajara, viernes, 22 enero 2016
miércoles, 20 de enero de 2016 0 comentarios

767. Lucidez y generosidad – Retiro de enero


Lucidez y generosidad
Retiro de enero

(Retiro que he dado a una determinada comunidad de jóvenes religiosos, a los que he comunicado que lo compartiría en Internet.  Rufino María Grández)

Presentación
El año 1996 hice los Ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola (1491-1556), y precisamente en el lugar en que nacieron, en Manresa. Allí Íñigo López de Loyola, luego Ignacio de Loyola, convertido, permaneció diez meses (1522) en búsqueda de la voluntad de Dios. Era para mí un momento señalado, porque aquel año  yo cumpliría los 60. Me impresionó muy particularmente lo que nos dijeron de la iluminación junto al río Cardoner, que es el río que pasa por Manresa. El hecho está consignado en la “Autobiografía”, que es el Texto recogido por el P. Luis Gonçalves da Camara entre 1553 y 1555, en la culminación de la vida de san Ignacio. Dice así:
“Una vez [otoño 1522] iba por su devoción a una iglesia, que estaba poco más de una milla de Manresa, que creo yo que se llama sant Pablo, y el camino va junto al río; y yendo así en sus devociones, se sentó un poco con la cara hacia el río, el cual iba hondo. Y estando allí sentado se le empezaron abrir los ojos del entendimiento; y no que viese alguna visión, sino entendiendo y conociendo muchas cosas, tanto de cosas espirituales, como de cosas de la fe y de letras; y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas. Y no se puede declarar los particulares que entendió entonces, aunque fueron muchos, sino que recibió una grande claridad en el entendimiento; de manera que en todo el discurso de su vida, hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella vez sola. Y esto fue en tanta manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parescía como si fuese otro hombre y tuviese otro intelecto, que tenía antes” (Autobiografía, n. 30).
http://www.centroloyolapamplona.org/espiritualidad-ignaciana/textos-ignacianos/
La profundidad de este texto clave en la espiritualidad de san Ignacio pide la explicación de un experto.
En el curso de aquellos días, el que daba los Ejercicios (así llama san Ignacio al que llamamos el Director de Ejercicios), P. Jaime Roig, S.I., nos dijo:
La Iglesia hoy necesita más lucidez que generosidad. Esta frase me sorprendió, hizo mella en mí, y nunca la he olvidado.
En la Iglesia existe un caudal grande de generosidad, pero ¿existe la lucidez para esa generosidad? Y, al decir Iglesia – comento – podemos especificar: orden religiosa, provincia religiosa. Y el último paso: yo mismo.
Nos preguntamos, no con alarmismo, sí con preocupación, sobre el “hoy” de Dios en la historia de salvación: y desglosamos la pregunta en tres direcciones
1.     ¿Qué está pasando en la Iglesia?
2.     ¿Qué está pasando en el mundo?
3.     ¿Qué está pasando en mí?
La clave, la columna vertebral de los Ejercicios, es el discernimiento espiritual, y esto para conocer la voluntad de Dios.  Me interesa la voluntad de Dios sobre mí. Resulta íntimamente ridículo pretender ser maestro de los demás y no saberse gobernar a sí mismo bajo la guía del Espíritu.

ANTE EL ROSTRO DE CRISTO, MI SEÑOR
Los cuatro puntos cardinales
1.     Si yo acepto que Dios existe, estoy aceptando en esta verdad:
- que Dios es el Viviente
- que Dios es el Presente
- que Dios es el que actúa.
2.     Si acepto estas verdades fundamentales de cara al mundo universo, acepto que
- que Dios es el Viviente en mí
- que Dios es el Presente en mí
- que Dios es el que actúa en mí.

3.     Si acepto estas verdades que se acaban de enunciar, acepto:
- que Dios habla en mí y para mí
- que Dios ilumina en mí y para mí
- que Dios es gozo y promesa en mí y para mí.

4.     Si acepto esta inmediatez personal de Dios en mí, acepto
- que yo puedo hablar al Dios que me habla (porque el habla es relacional, y se hace diálogo)
- que yo puedo dejarme bañar de la luz de Dios que me llega
- que si él es promesa en mí, yo puedo ser historia en él.
En efecto, yo soy historia de Dios.

Simbiosis de vida: vida humana, vida divina
Acabamos de descubrir que el ser humano – mejor dicho, yo – soy constitutivamente un ser abierto a la transcendencia; y que, por ello, si no viviera en esta apertura a la transcendencia, sería un ser mutilado, deformado. Así es el hombre desde su origen y para siempre.
Ahora bien, lo que constitutivamente existe en mí, de alguna manera es como no existente en mí, si no se me ha revelado en mí y para mí. Y estas realidades se me han revelado por Jesucristo, mediador entre el Padre y yo.

Sentido de la revelación: iluminar la vida entera
La revelación es el don que corona todos los dones, nos da las dimensiones últimas de la vida. Las dimensiones de la vida son las que están contenidas en estas tres preguntas:
- ¿De dónde vengo?
- ¿Adónde voy?
- ¿Cuál es mi misión en este camino?
Los cuatro cauces de la revelación divina
La revelación plenaria aconteció en Jesucristo, Jesús de Nazaret, que nos entregó al Padre, y en el Padre se entregó a sí mismo al Espíritu. Y nos dejó un legado en el mundo que se llama  la Iglesia.
¿Dónde se proyecta Jesús, revelador del Padre?

1.     Jesús está en todas y cada una de las páginas de la sagrada Escritura. Estos nos indica que he de leer la Escritura como carta y testimonio de Dios para mí.

2.     Jesús late entrañablemente en toda la creación: ha nacido de él y concluir. El “orden de la creación” lo ha convertido el Señor en sacramento. Y los sacramentos son las asunción de la creación, por voluntad de Cristo, para que yo en el sacramento viva la presencia de Dios en mí, y desde mí abierta al mundo.

3.     Jesús se revela en la Historia. Todo lo que acontece, donde tan fuertemente aparece la presencia del pecado, queda bajo la soberanía de Dios en su Hijo amado, al grado de que el Padre haya traspasado todo su poder al Hijo. Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió (Jn 5,22-23).

4.     Sobre todo Jesús revela al Padre para mí en el misterio de mi ser personal, que nos e puede entender sino como misterio de Dios.

Vivir en la lucidez de Jesús
Vivir en la lucidez que viene de Jesús
1.     Es vivir en comunión de vida de vida divina.
2.     Lo cual es vivir con Jesús (in Christo Jesu), abiertos al Padre y al Espíritu.
3.     Haciendo que todos los actos, todos los momentos de nuestra vida, se realicen como vida de Dios en mí y conmigo. Nada hay en mi vida ajeno a esta transformación y santificación; nada hay “profano” (“pro-fano” es lo que está delante del templo, fuera del templo).
4.     Si bien es cierto que necesitamos, como ritmo normal de existencia, tiempos concentrados, que son:
- soledad (apartamiento, incluso en casa)
- silencio (como clima externo)
- interiorización (intimidad hacia adentro).
5.     Y para ello se requiere un corazón “humilde, sencillo y puro”.

Generosidad con lucidez
La generosidad es la entrega de un paso adelante en el camino de Jesús. Se produce con la fuerza de Dios en mí. Yo doy el paso – no otro por mí, ni Dios por mí, porque quien vivo soy “yo” y soy libre “yo” – y lo doy con la conciencia de que Dios obra en mí. El ejemplo supremo es el martirio. Nadie puede ser mártir si no se le da la “gracia” del martirio; pero nadie es mártir a la fuerza, sino aceptando el martirio con voluntad personal.

Aceptemos estas realidades:
1.     No puede haber un acto “nuevo” de generosidad si no hay una iluminación “nueva”, una lucidez “nueva”.
2.     No puede existir una luz nueva, si yo no estos propenso a recibir esa luz nueva para llevarla a la práctica. Dios no fuerza, sino que atrae. Su atracción será cautivadora, pero nunca suprime nuestra libre voluntad.
3.     De este modo, los grandes deseos instan a Dios a que ilumine nuestros corazones con nueva lucidez.
4.     Todo acto de generosidad es en bien personal, pero no hay bien personal que no redunde en bien de toda la Iglesia.

Zapopan, Jalisco, domingo 17 enero 2016


 
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