jueves, 30 de diciembre de 2010 0 comentarios

4. La Epifanía del Señor al mundo entero

(Fiesta de la Epifanía, 6 de enero)

Nota. En México, desde donde escribo, la Epifanía del Señor (6 de enero) se celebra el domingo II de Navidad, con sus lecturas propias, que este año de 2011 coincide el 2 de enero.


Hermanos:

1. Epifanía del Señor, fiesta hermosa, fiesta de luz que es la corona del Nacimiento, si bien no termina aquí el ciclo de Navidad, manifestación de Jesús que concluirá con la manifestación en el Jordán, el Bautismo del Señor, el domingo siguiente a la Epifanía.
- ¿Por qué es hermosa la fiesta de la Epifanía?
- Porque es la fiesta de Reyes, fiesta de cabalgatas mágicas, noche de dulce fantasía para los niños inocentes. Al menos así ha ocurrido largamente durante siglos en nuestra historia española…, por hablar de mi tierra.
Los niños merecen perpetuamente su fiesta. Son para nosotros una especie de recordatorio del paraíso que hubo en aquellos tiempos primordiales. Y es hermoso juntar la inocencia con la religión, porque nada más bello se puede presentar a esas criaturas que la belleza de sus almas, habitada por personajes celestiales. El arte de educar ha de tener presente el no hacer cuentos con la religión (sí el hablar con el lenguaje adecuado), porque decir mentiras a los niños sería cosa semejante a una violación, y el niño merece un respeto absolutamente sagrado. Hoy, después de tantos escándalos padecidos, somos muy sensibles a este respeto que ellos merecen.
La historia de los Magos de Oriente, venidos a adorar al Niño, no es un cuento; es una composición, ungida de poesía y, sobre todo, teología, de esa sección del Evangelio que llamamos “el Evangelio de la Infancia”. Esos capítulos primeros del Evangelio de san Mateo y san Lucas, en estilo narrativo, nos cuentan el misterio de la Infancia de Jesús Resucitado, Salvador del Mundo. El Resucitado es el protagonista de esa historia, crisálida de la vida pública de Jesús Nazareno.

2. “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti”. Hace muchos años, siendo yo joven sacerdote, una persona me confió qué había producido este versículo aquella Navidad en su alma. Sencillamente la luz había venido a su corazón, y con la luz se habían ido el pecado y la tristeza, y había venido la alegría. Es que una mera palabra de la Escritura puede ser la visita poderosa de Dios, que cambia completamente el panorama de la persona. Cuántas gentes en un momento oscuro y fecundo de su vida se sienten tocados por una simple frase que les ha abierto las ventanas del alma a una realidad personal, superior y definitiva, y comienzan a llorar no de amargura, sino de alegría.

3. “Levántate y resplandece, Jerusalén, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti”. La primera vez que se pronunciaron estas palabras fue en unas circunstancias desoladoras. Es la voz de un profeta que, al concluir el destierro de Babilonia, en los días de la repatriación anima a los que tornan a que contemplen un futuro de gloria, de tanta…, que solo Dios puede ser, y está siendo, el artífice de esta gloria. El Templo incendiado…, las murallas derruidas… Había que comenzar desde las piedras, y este hombre visionario contempla la luz: “ha llegado tu luz y la gloria del Señor alborea sobre ti”. Y ve una caravana que llega de Oriente: “tus hijos llegan de lejos, a tus hijas las traen en brazos… Vendrán todos los de Sabá trayendo incienso, oro y mirra y proclamando las alabanzas del Señor”. La fantasía oriental se queda tímida y raquítica, porque el Héroe de esta hazaña es Dios mismo, el Dios de la compasión y del amor sin retorno.

4. Ha habido que acudir a estos pasajes exultantes, y a los salmos que también se expresan en términos semejantes, para decir de alguna manera lo inefable: lo que está ocurriendo con el Verbo de Dios Encarnado, Niño de María Virgen en Belén.
Epifanía no es la fiesta de Reyes, sino la Fiesta del Rey. Jesús es la luz del mundo, Jesús es la Estrella de Jacob, Jesús es la luz de Dios. San Juan dirá en su primera carta: “Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna”. Pues Jesús es esta luz, la luz del mundo. Y dicho del modo más concreto y vivo: Jesús es mi luz, es la luz de mi vida.
Es la luz de mi historia, la estrella de mi amor, la luz de mi eternidad a medida que los años se van haciendo sentir en el cuerpo.

5. Cuando Jesús entra en el mundo se manifiesta como la esperanza cumplida de Israel, y pastores judíos acuden a adorarle, pero es Salvador del mundo, y por eso vienen de lejanas tierras. San Pablo lo dice en Efesios con palabras teológicas: ahora se ha revelado que por el Evangelio “también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo”.
Este es el significado hondo de la fe que hoy estamos celebrando: el mundo entero queda congregado junto a la cuna de Jesús; ¡vamos con alegría hasta el Niño Dios!

6. Fiesta misionera la fiesta de la Epifanía, y, al mismo tiempo, fiesta de consagración. Por una parte Cristo se nos da y se nos da al mundo entero, a nosotros, que de nuestros ancestros vinimos de la gentilidad…
Si él se me entrega a mí, por una lógica que sobrepasa toda filosofía, por una lógica elemental y evidente, yo me entrego a él. Yo le entrego los dones de mi vida: todo mi oro, todo mi incienso, toda mi mirra.
Pero hay algo mejor: no son los dones de mi patrimonio; soy yo mismo, mi corazón.
Aquí no termina la entrega. Hay una entrega superior. Es la entrega que se produce cuando yo me identifico con Cristo por la fe y con él me entrego al Padre. Escuchen la oración que luego hemos de pronunciar como oración de las ofrendas: “Mira, Señor, con bondad, los dones de tu Iglesia, que no consisten ya en oro, incienso y mirra, sino en tu mismo Hijo Jesucristo, que, bajo las apariencias de pan y de vino, va a ofrecerse en sacrificio, y a dársenos en alimento”.
Hermanos, no se pude decir mejor el misterio de nuestra consagración. Que en esta celebración eucarística se cumpla en nosotros. Amén. 


Himnos para orar en la Epifanía del Señor, véase en mercaba.org | Rufino María Grández | El pan de unos versos | Año litúgico | Navidad-Epifanía.
1. Oh lumbre fontanal, hogar pacifico
2. Dios es Luz
3. Oh santa Epifanía del Señor
4. Lavada está la Iglesia y perfumada
5. Oh Dios visible, lleno de hermosura
6. María Virgen Madre muestra al Hijo (Epifanía en América)
7. La fe del santo bautismo (Tiempo después de Epifanía)
8. Madre de la Epifanía (Plegaria del 6 de enero)

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3. Asombro ante el misterio y adoración


(Domingo II de Navidad)

Nota. En México, desde donde escribo, la Epifanía del Señor (6 de enero) se celebra el domingo II de Navidad, con sus lecturas propias, que este año de 2011 coincide el 2 de enero. Véase la homilía siguiente sobre la Epifanía del Señor.

Hermanos:

1. Si hubiéramos de poner un título para significar en un eslogan el mensaje de este domingo navideño, dos palabras nos vienen al encuentro y nos hablan con alegría: Asombro y adoración.
Es el éxtasis de san Juan, discípulo amado, cristiano contemplativo que se cierne sobe la altura del cielo y mira a la tierra, y contemplando lo sucedido, exclama:
“Y el Verbo se hizo carne (et Verbum caro factum est, decimos en latín, en el Ángelus y en el Credo),
Y puso su morada entre nosotros (et habitavit in nobis),
Y hemos visto su Gloria,
Gloria como de Unigénito del Padre,
Lleno de Gracia y de Verdad” (Jn 1,14).
Asombro ante el Dios del cielo que nos invade. Amor estremecido ante el misterio de la Encarnación. Asombro no es aturdimiento del que se queda helado ante algo acontecido, sin nada que decir, sin palabra con que responder. San Juan, el que en el Apocalipsis es el Vidente de Patmos, el Águila sublime de ojo penetrante, tiene las palabras de su asombro, y las gusta y las dice: la Gloria, la Gracia, la Verdad. Es el comienzo de su Evangelio, el principio de la narración del Hijo de Dios, Hijo de la Virgen María, hermano nuestro.
Dicen los filósofos que el hombre, de su naturaleza, es “hombre curioso”. La frase viene de Aristóteles. El niño, apenas puede, pregunta: Y esto ¿qué es? La curiosidad, que luego crece como afán por todo lo creado, es la madre de la ciencia. Así lo ha sido y seguirá siéndolo.
El asombro, la admiración extática, por el contario, es la madre del amor, la primera percepción de la belleza, la fuente pura de la teología, el inicio del culto divino (pues el asombro es coronado por la adoración). Bien decimos vulgarmente que el enamoramiento se prende por un chispazo – la chispa del amor, que es el big-bang de la vida – o por un flechazo, que va clavado al corazón.
El Verbo se hizo carne: hermanos, asombro y admiración.

2. Hablamos del Verbo y hablamos de la carne. Tantas veces se traduce el versículo de san Juan: “Y el Verbo se hizo hombre”. ¿Es lo mismo decir hombre que decir carne? Radicalmente sí; mas para un judío no es lo mismo decir “el Verbo se hizo hombre”, que “el Verbo se hizo carne”. “Carne” es la condición humana vista como fragilidad, incluso como miseria. Hoy se habla de “vulnerabilidad”. Carne es el hombre vulnerable, indigente, que requiere protección y fuerza.
El Hijo de Dios es carne; precisamente carne. En este aspecto es en todo semejante a nosotros, como atestigua la carta a los Hebreos (2,17; 4,15). Es sin fin la indigencia humana. En su raíz el ser humano es una criatura doliente; el mundo está saciado de dolor. Y, al decir “mundo”, podemos concretar: nuestras familias, mi familia. ¡Cuánto dolor, unas veces visible, otras soterrado! Esto es carne. En esas capas se ha introducido el Hijo de Dios. Un santo Padre de la antigüedad dijo: “Nada que no haya sido asumido por Dios fue redimido”. La zona profunda del dolor humano ha sido asumida como suya por el Verbo Encarnado para redimirla y con ello transformarla.
En esto consiste la fraternidad de Dios. No se avergüenza de llamarnos hermanos (Hb 2,11).

3. Sin embargo, hermanos, como la Verdad es múltiple, y tiene perspectivas tan diferentes, a san Juan lo que le interesa destacar es la Gloria de Cristo, justamente en la carne.
Se puede hacer teología diciendo que la Encarnación es la humillación de Dios. No es la mejor teología. La Encarnación es la Gloria del amor de Dios en el hombre. Cuando san Juan dice: “Hemos visto su Gloria” va por este sendero. Dios se glorifica en su Hijo amado en la Encarnación. De este modo la Encarnación no es indigna de Dios, sino que es Gloria de Dios. El hombre no puede empañar la Gloria de Dios con su pecado; pero Dios sí puede embellecer al hombre con su Gloria. Y es lo que ha sucedido. Dios, viniendo a nosotros, no queda rebajado en nuestro pecado (estamos explicando el pensamiento de san Juan), pero sí que quedamos nosotros enaltecidos por la Gloria que desciende. En la liturgia se dice: “Nos haces dignos de estar en tu presencia celebrando esta liturgia”.
Es conveniente y necesario pensar en estas cosas para elevarnos por encima del pecado que, por otra parte, cubre a la humanidad.

4. Por esas alturas de la Gloria de Dios en su Hijo van también las otras dos lecturas sagradas. En la Carta a los Efesios se nos proclama que el que es Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que es también nuestro Padre, nos bendijo con toda clase de bendición ya antes de la creación del mundo, elegidos y predestinados para ser hijos en el Hijo. Todo ello por su puro agrado, “para alabanza de la gloria de su gracia, de la que nos colmó en su Amado”. Todo esto pertenece a la biografía con la que yo entro en el mundo.
Por tanto, nada sorprendente que los antiguos textos bíblicos sapienciales de la Sabiduría de Dios los leamos traspasándolos a Cristo. Cristo, Sabiduría de Dios, habla: “Entonces el Creador del universo me ordenó, el Creador estableció mi morada: Habita en Jacob, sea Israel tu heredad”.
La Sabiduría de Dios, que es el Hijo, está dentro de la Iglesia, y ha ocupado mi corazón.

5. Hermanos: la belleza humaniza, al atraernos irresistible hacia sí nos eleva. Aquí hablamos de la Gloria, que es la belleza a lo infinito; de la Gracia, que es la ternura de Dios humanado; de la Verdad, que es la fidelidad de Dios, que hace historia con nosotros.
Dejémonos conducir, seducidos, por el misterio de la Encarnación. Dios, enamorado de nosotros, nos ha dado la capacidad de enamorarnos de él. Así sea. Amén.

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miércoles, 29 de diciembre de 2010 1 comentarios

2. El Señor te bendiga y te guarde


(Año nuevo)

Hermanos:

1. ¡Año Nuevo! Adiós al Calendario anterior para estrenar otro nuevo, y acostumbrarnos bien ponto al número que ahora empieza: 2011. Saludamos con el augurio de nuestros mayores: ¡Feliz Año Nuevo!, o con el deseo redondo: ¡Feliz y próspero año nuevo! Muchas cosas queremos decir en este “próspero”, pensando especialmente que el último ha sido año duro de la crisis económica.
Pero hablamos como cristianos que queremos celebrar todo acontecimiento de la vida como presencia de Dios, que está y vive con nosotros y nos va conduciendo. La misa de este primer día es, sin duda, un ofrecimiento de primicias.
Hay tres aspectos de la celebración litúrgica que los debemos tener presentes para centrarnos correctamente en el misterio que la Iglesia proclama.
El primero: Hoy es la Octava de Navidad. La Navidad, nacida de la Pascua, se celebra con octava. Pascua y Navidad son las dos únicas fechas que tienen celebración con octava; hoy coronamos, por tanto, nuestros festejos en torno a esta revelación: el Verbo se hizo carne.
El segundo: Hoy es la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. El Verbo se hizo carne, sí, a través de las entrañas de la Virgen. María es Madre, María es Virgen: prodigio igual nunca se conoció, ni nunca se volverá a conocer. Hoy es una de las cuatro fiestas pilares de la Virgen en la liturgia, a saber: Inmaculada (8 diciembre), Maternidad de María (hoy), Anunciación del Señor (25 de marzo), que es también la Anunciación a María; y cuarta, la Asunción a los cielos (15 de agosto).
Tercero: Por ser Año nuevo, en buena parte del mundo, desde hace muchos años el Papa Pablo VI quiso que fuera el Día Mundial de la Paz. La Paz es la prosperidad del mundo.

2. Los textos sagrados, a través de los cuales llega la Palabra de Dios, nuestro Padre, iluminan el misterio en esta triple dimensión. El Evangelio nos lleva al portal con los pastores. María guardaba en su corazón todas estas cosas y las iban meditando; dos expresiones que ha empleado el evangelista san Lucas y que a nosotros nos dan la clave espiritual de lo que también debemos hacer: guardar y meditar.
San Pablo en un pasaje grandioso de la Carta a los Gálatas sitúa el misterio de la Encarnación en la plenitud de los tiempos y al presentar el envío que Dios hace de su Hijo al mundo, nos dice: “nacido de una mujer, nacido bajo la Ley”. Una declaración primordial para levantar el monumento de la doctrina de María en la obra de nuestra salvación, por voluntad de Dios.
En fin, la bendición de la primera lectura, la bendición principal que tiene la liturgia de Israel, bendición tomada del Libro de los Números, nos está diciendo en qué consiste ese “¡Feliz y próspero Año Nuevo!”, que es el Año bendecido por Dios. Si alcanzamos esa bendición de Dios, que él nos la está brindando con un gran abrazo, nuestro año, pase lo que pase, será feliz e incluso próspero. “Quien a Dios tiene, nada le falta: solo Dios basta”, según los versos de santa Teresa de Jesús.
Detengámonos en esta bendición.

3. Estamos en los tiempos en que nació el pueblo de la Alianza en el desierto. Moisés ha dispuesto el culto, según las prescripciones que el Señor le ha dado en la nube luminosa del Sinaí. El texto sagrado nos dice que esta es la bendición que debe enseñar Moisés a su hermano Aarón, ungido para el servicio del culto, y que han de transmitir él y sus descendientes. El pueblo de Israel tuvo un respeto absoluto a estas palabras que consideró como palabras sagradas, y cuando la Biblia se traducía al arameo, la fórmula de la bendición quedaba intacta, en hebreo. No era una fórmula de magia, pero sí una fórmula sacramental.
Las palabras tenían la fuerza divina que irradiaba salvación y protección.
“Que el Señor te bendiga y te proteja”, primera de las tres invocaciones del Nombre de Yahveh sobre la comunidad santa. Estamos ante la comunidad cultual que se postra ante Dios, y el Sacerdote que bendice, bendice en singular; lo mismo en cada una de las expresiones que siguen. Las relaciones de Dios con los hombres no son relaciones en conjunto; son siempre, aun en la comunidad, relación de tú a tú. Dios es el Tú de mi vida. Dios es mi diálogo y el reposo de mis pensamientos; Dios es mi anchura, mi futuro, mi presente.
Por tres veces se invoca el Nombre de Dios para para que descienda como un cobertor divino sobre el pueblo; y, efectivamente, Dios baja, desciende y llega hasta el pueblo, y entra en mí.
Por tres veces, y en cada una de ellas con dos expresiones distintas, se invoca el descenso del Nombre de Dios:
- te bendiga y te guarde,
- te muestre su rostro y te conceda su favor,
- te mire con benevolencia y te conceda la paz.
Ya ven, hermanos, multiplicamos los versos, para decir, con seis palabras, en el fondo lo mismo: el Señor esté contigo.

4. Hay dos cosas que nos dan el secreto de esta bendición, si nos dejamos penetrar de ellas dos. Y son estas: que es Dios mismo el que actúa, y que ese Dios actúa precisamente en mí. Él es la fuente; yo soy el destinatario.
Ahora yo, en mi propia intimidad, puedo ir deletreando y paladeando cada una de esas seis palabras, apropiándomelas como seis regalos de Dios para iniciar este año.
Se dice: Que el Señor te guarde. Dios es mi Roca, mi bastión, mi fortaleza, mi baluarte, mi castillo inexpugnable. Aunque un ejército acampe contra ti, nada temas, porque Dios es tu muralla, tu castillo.
En otro tono de intimidad va esa expresión de que “el Señor haga brillar su rostro sobe mí”. Hay rostros de todos los colores y luces. Si yo estoy triste o amargado, mi rostro se apaga. El rostro, que es la ventana del alma, puede despedir vida o muerte. Hay miradas que enamoran y miradas que matan. La bendición de Dios es el rostro iluminado y enamorador de Dios. Ese es el rostro de Dios. Si una vez lo conocemos, tendremos ganas de mirarlo, que eso es, ni más ni menos, la contemplación. O mejor, tendremos ganas de quedarnos ante Él, para que él nos mire, nos sane y alegre y vivifique con su mirada. En esta bendición de Israel pedimos, pues, la mirada de Dios.
Así cada una de las expresiones del texto sagrado viene a ser como un manantial de revelación.
Observen la final: El Señor te conceda la paz; en hebreo, “Schalom”. Con el Schalom se saludan nuestros hermanos judíos al encontrarse y al despedirse.
La paz es el conjunto de todos los bienes; es lo que resulta cuando todo funciona. En una familia, la paz es el fruto del amor, del perdón, de la unión. Es el bien supremo al que podemos aspirar en esta vida. Al inicio del Año es el deseo que resume todos los deseos.

5. Si hablamos en México, ¿qué significa la paz? Ustedes lo saben perfectamente y dolorosamente. No hay paz, y el camino es oscuro. Al comienzo de noviembre la estadística negra de los muertos en la lucha contra el narcotráfico superaban los diez mil en un año, rebasando trágicamente las estadísticas anteriores. El luto por los muertos ha sido enorme, y el temor de los vivos, en especial en algunos estados, llena de angustia.
No podemos terminar con ese panorama tan hosco, pero tampoco podemos ignorarlo, porque es parte de nuestra realidad.
La paz que anhelamos, la paz que cada uno quiere tener en su corazón como fuente de vida, viene de Dios. Ha entrado con Jesús en el misterio de la Encarnación.
La paz está en brazos de María. A Jesús, con palabras de la Escritura, le llamamos Príncipe de la Paz. Y a la Virgen, con palabras nuestras, la invocamos como Reina de la Paz.
A ella, pues, alzamos la mirada. ¡Reina de la Paz, ruega por nosotros! Amén.


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martes, 28 de diciembre de 2010 0 comentarios

1. La homilía, cuyo centro es Cristo


(Pórtico a estas homilías)

Hermanos:

Con la gracia de Dios, abrimos hoy – Año Nuevo de 2011 – este portal dedicado a la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es el tesoro de la Iglesia. Sea, pues, el tesoro de mi corazón, de cada uno de nuestros corazones. En cada casa una Biblia, nos decía el Papa en su última exhortación apostólica, titulada Verbum Domini, la Palabra del Señor (29 de septiembre de 2010). Una Biblia, el libro más leído en la Humanidad, pero no como un adorno de nuestro armario librero, sino como libro de lectura, de reflexión, de oración.
Queremos saborear la Palabra de Dios en una forma concreta y precisa: la homilía. Afortunadamente hoy tenemos una página autorizada para saber qué es la homilía, y de rebote, qué no es la homilía. Los obispos de la Iglesia Católica se reunieron en Sínodo en el mes de octubre de 2008 para estudiar y compartir en torno a las sagradas Escrituras. Al final hicieron sus propuestas al Papa para que él reflexionara sobre ellas y diera a la Iglesia un documento guía, a esta altura de su historia, sobre la Palabra de Dios, que, como Palabra escrita, es la Biblia, si bien Dios tiene también otros modos de hablar. Después de dos años publicó el documento referido, Verbum Domini. Allí se nos dijo qué es exactamente una homilía, qué busca esta forma de comunicación del mensaje divino. Es bueno que lo escuche y lo sepa el predicador y el oyente. Allí se dice:

“59… La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística. Por consiguiente, quienes por ministerio específico están encargados de la predicación han de tomarse muy en serio esta tarea. Se han de evitar homilías genéricas y abstractas, que oculten la sencillez de la Palabra de Dios, así como inútiles divagaciones que corren el riesgo de atraer la atención más sobre el predicador que sobre el corazón del mensaje evangélico.
Debe quedar claro a los fieles que lo que interesa al predicador es MOSTRAR A CRISTO, QUE TIENE QUE SER EL CENTRO DE TODA HOMILÍA. Por eso se requiere que los predicadores tengan familiaridad y trato asiduo con el texto sagrado;[210] que se preparen para la homilía con la meditación y la oración, para que prediquen con convicción y pasión. La Asamblea sinodal ha exhortado a que se tengan presentes las siguientes preguntas:
-  «¿Qué dicen las lecturas proclamadas?
-  ¿Qué me dicen a mí personalmente?
-  ¿Qué debo decir a la comunidad, teniendo en cuenta su situación concreta?».[211]”

Luego sigue el documento con estos consejos: “El predicador tiene que «ser el primero en dejarse interpelar por la Palabra de Dios que anuncia»,[212] porque, como dice san Agustín: «Pierde tiempo predicando exteriormente la Palabra de Dios quien no es oyente de ella en su interior».[213] Cuídese con especial atención la homilía dominical y en la de las solemnidades; pero no se deje de ofrecer también, cuando sea posible, breves reflexiones apropiadas a la situación durante la semana en las misas cum populo, para ayudar a los fieles a acoger y hacer fructífera la Palabra escuchada”.

[210] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina revelación, 25. / [211] Propositio 15. / [212] Ibíd. / [213] Sermo 179,1: PL 38, 966.

Lo que más nos llama la atención es este criterio, que se propone de manera firme e iluminadora: el centro de toda homilía es Cristo. Esto es la clave; esto es la esencia: anunciar a Cristo, en quien convergen todas las Escrituras. Y esto no de forma artificiosa, con la magia que puede tener un diestro de la Palabra que sabe pasar de un asunto a otro y caer tieso donde le convenga.
No es eso. Se trata, más bien, de percibir el hilo de la presencia de Dios que cose todas las páginas de la Escritura, con un mensaje coherente y ascendente para terminar en Cristo, la Palabra del Padre, síntesis y plenitud de la vida y del cosmos.
Lo pretendemos y humildemente lo pedimos al Señor.

Un aviso para concluir. La homilía tiene delante a los que me dirijo, a los que hablo; es concreta en esta dirección. Lo cual no ocurre en este mirador mundial, que es el Internet. Soy consciente; aunque advierto que, al hablar, estoy mirando, con mi corazón, a un rostro a quien me dirijo, a ti, hermano, hermana.
 Por el contrario, el Internet tiene sus ventajas: la palabra como texto ahí queda, y mi voz podrás volverla a escuchar cuando te agrade, acaso en un momento de soledad.
Y nada más para comenzar. El Señor con su paz nos acompañe.

Si deseas, puedes escuchar este texto en audio.
 
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