martes, 22 de febrero de 2011 0 comentarios

18. Ya lo sabe vuestro Padre celestial


(Domingo 8 del tiempo ordinario, ciclo A)
Mt 6,24-34




Hermanos:

1. El Evangelio de hoy es introducido en la celebración de la Palabra por medio de un texto transido de ternura, que lo vamos a recordar. Son dos versículos del libro de Isaías (Is 49,14-15), que suenan así en la reciente versión oficial de la Biblia en español:

“Sión decía: «Me ha abandonado el Señor,
mi dueño me ha olvidado.»
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta,
no tener compasión del hijo de sus entrañas?
Pues, aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”.

La imagen de la madre y el niño al que amamanta es un imagen de Dios, y hemos de tener la audacia de aplicárnosla a nosotros, es decir, yo, bebé indigente, a mi vida personal.
Dios… ¿está lejos? O ¿Dios está cerca?
Dios está más cerca que la leche de la madre succionada por la boca del bebé. El niño no sabe nada, pero está viviendo de la leche de la madre.
Y una madre se olvidará de sí misma, pero no de darle el pecho a su niño; incluso con sus dedos mismos le ayudará para que no quede una gota dentro.
¿Puede una madre olvidar al niño que amamanta?
No se olvidará; y cortará el sueño para darle el pecho al hijo de sus entrañas. Y el oráculo divino concluye: “aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”.

2. Este oráculo, pronunciado siglos antes de Jesucristo, lo traemos al recuerdo para ambientar e introducir las palabas de Jesús, que nos hablan de la solicitud del Padre, de la Divina Providencia, que traspasa nuestra vida entera, si nos dejamos traspasar por ella.
Comienza el Evangelio de hoy con una de esas frases desconcertantes de Jesús, que nos dejan en vilo y muy pensativos. Nos dice: “Nadie puede estar al servicio de dos señores”. Estos dos señores son de un poder total cada uno de ellos, tan señores, tan celosos, tan adorados por su servidumbre, que podemos llamarlos Dioses. Cada uno de ellos es Dios, si bien uno es el Dios verdadero y el otro, que está dentro y fuera de casa, es dios falso. ¿Quiénes son los dos dioses?
Dice Jesús: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Jesús equipara el Dinero a Dios mismo. Lo que pide que uno se defina, porque es sentencia del mismo Maestro, que se nos grabe: “Nadie puede estar al servicio de dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo”.
Nuestra respuesta al dicho de Jesús no suele concordar con esa oposición que él establece: o uno u otro. Aceptamos que Dios es el único Dios; pero tratamos de llegar a un acuerdo con el dinero:
Primero, tener dinero: que nunca falte.
Segundo, tener cada vez más dinero, abriendo las puertas a que un día seamos ricos.
Tercero, en cuestión de dinero siempre se puede mejorar. No hay en el mundo rico que no pueda mejorar: en su casa, en su jardín, en su servicio, en sus muebles, en su coche, en las amistades a quienes invita; en sus viajes de cultura y placer…
El dinero abre el apetito…, y nadie puede decir que esto es malo, si no se emplea para fines malos.
Pero esto quiere decir que la antevíspera de mi muerte tendré yo sobre la mesa escritorio una docena de carpetas sobre proyectos en curso que estoy negociando con los bancos.
¿Quién puede decir que esto es malo? Yo no lo diré…, porque mi mente no alcanza a decir que esto sea malo.
Pero de repente suena la voz de Jesús: “Nadie puede estar al servicio de dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo”.
Resulta que, sin darme cuenta, me había engañado el Dios Dinero y todo el tiempo se lo estoy dedicando a él.

3. Pero sigamos nuestra reflexión sin salirnos del Evangelio. Jesús continúa hablando y dice: “Por eso os digo”. “Por eso”, con lo que se significa que lo que Jesús va a decir es la consecuencia de lo anterior. Oigamos:
“Por eso os digo: No estéis agobiados por vuestra vida, pensando qué vais a comer o beber, ni por vuestro cuerpo, pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido?
Mirad los pájaros: ni siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?”
Este párrafo es el centro de nuestra predicación con una frase que es el secreto y que luego nos dirá Jesús.
Jesús nos recalca: No andéis agobiados. Y es verdad.
No andéis agobiados, porque, si andáis agobiados, no os habéis deshecho todavía de ese otro señor que os ha atrapado.
Pues es verdad, hermanos. No tenemos tiempo, y nos huele a que nos vamos a morir sin haber tenido tiempo de vivir. No tenemos paz, porque las preocupaciones son más que las soluciones. No tenemos tranquilidad, y el reloj nos mata.
Jesús aclara que los paganos, que no conocen a Dios, sí viven de esa manera.
Este análisis que hace Jesús ¿tiene sentido o es una fantasía? ¿Qué está diciendo Jesús? ¿Nos está invitando a volver a la selva, y vivir al día… del cobijo y frutos de la naturaleza, como los pájaros? ¿O nos está invitando a la vida bohemia…, sin trabajar, dedicados al arte y a la buena voluntad de la gente?
Las palabras del Señor no pueden ser un insulto a las personas de bien que han puesto el trabajo y la responsabilidad como el motor del progreso. Las palabras del Señor no son un desprecio, no son un insulto (sería blasfemia el pensarlo), sino que son una revelación.

4. La respuesta de Jesús es nítida y transparente: “No andéis agobiados, pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.
Jesús sabe que hay un Dios, que nosotros somos hijos, que Él está solícito de sus hijos. En una palabra: “Ya sabe vuestro Padre del cielo que tenéis necesidad de todo eso”.
Esto es la revelación. Esta es la clave de todo lo que Jesús nos está diciendo. Jesús no está insultando a los pobres cuando dice que miren a las aves del cielo y a las flores del campo.
Jesús no es un poeta más de la serie que dedica una poesía a los pajaritos del aire y a las florecillas del prado. Jesús es el vidente de Dios, que está viendo con sus ojos grandes abiertos que Dios es hermosura, prodigada a raudales en la naturaleza y la vida.
Jesús está viendo, emocionado, con el corazón palpitante de agradecimiento, que Dios está ahí y nos dice: Y Dios “¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe?”.
Nos llama gente de poca fe. Ese agobio, esa angustia de la vida, ese no saber vivir y disfrutar tiene una causa: no hemos visto a Dios, no lo hemos experimentado en nuestra intimidad.
Jesús no está proponiendo ni la grandeza ni la riqueza ni el bienestar como los signos de la Providencia de Dios, no. Jesús no nos está invitando a ser ricos (aunque ha de haber ricos cristianos con la bendición de Dios); Jesús nos está invitando a disfrutar de Dios como de la riqueza suprema de la vida. Recuerden aquellos versos de santa Teresa: “Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta”.
Jesús no nos está brindando un plan de economía familiar, que nosotros lo debemos hacer con responsabilidad. Jesús nos está diciendo otra cosa:
Disfrutad del amor, que es el supremo bien de la vida. Dios es Padre; sentidlo. Disfrutad de su presencia, de su cercanía, de su ternura. Y entraréis en una vida nueva. Dios es Espíritu entrañable.
En una sola frase conclusiva. “Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura”.
Hermanos, Jesús nos lo ha dicho; esta es su respuesta. Amén.

22 febrero 2011.

Como poema de oración del Evangelio de hoy puede verse: Por qué viste tan hermosas (Canto de comunión); igualmenteel Himno a la Divina Povidencia (Mt 6,32-33): Tu suave providencia se derrama

martes, 15 de febrero de 2011 1 comentarios

17. Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto

(Domingo 7 del tiempo ordinario, ciclo A)
Mateo 5,38-48

...



Hermanos:

1. Por las palabras del Sermón de la montaña tratamos de llegar al corazón del Evangelio. Estamos adentrándonos en esas antítesis que presentan dos tipos de comportamientos, y en lo profundo dos tipos de existencia: “Habéis oído que se dijo…; pero yo os digo”. El domingo pasado se nos anunciaron las cuatro primeras; hoy, las dos finales. Para coronar este cuadro hay una frase conclusiva de Jesús, que es el remate y la desembocadura de todo, la perla del anillo: “Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.
La perfección cristiana tiene una referencia, solo una: el Padre celestial. Lo demás es relativo. Los santos son modelos…, pero tienen sus defectos; han sido santos pese a sus defectos, como yo también puedo serlo, pese a mis limitaciones, caídas y defectos. Pero Jesús nos dice que vayamos directamente al Padre. “¿Por qué me llamas bueno?”, dijo Jesús en otra ocasión a un pretendiente que se acercó a él: “No hay nadie bueno más que Dios” (Mc 10,18).
Por otra parte, hermanos, al cruzar la barrera de la eternidad, los santos quedan todos asumidos bajo la única y última realidad: Seremos hijos de Dios.
Jesús habló así; y es verdad que nosotros, al recoger toda su vida y mensaje desde el signo de la divinidad, le aplicamos a él en directo lo que él había dicho de su Padre. En el canto del Gloria, que es un himno triunfal a Cristo Resucitado, le decimos: “Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus, Jesu Christe, cum sancto Spiritu, in gloria Dei Patris. Amen”. “porque solo Tú eres Santo, solo Tú, Señor, soo Tú, Altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo en la Gloria de Dios Padre. Amén.”.
Es muy bello, es como el anticipo del Paraíso, que en cualquier momento, yo pueda recogerme en mi intimidad, y decirle al Padre: “Padre mío, tú eres esa bondad de mi vida en la que yo quiero vivir y a la que yo quiero aspirar desde todas las fibras de mi ser”. Nosotros somos santificados no por nuestras victorias y conquistas, sino porque hay un Padre en el cielo que nos envuelve con su santidad. Si obramos bajo el signo de esta santidad, ya hemos penetrado en el cielo que nos aguarda, porque el cielo, que es la felicidad perfecta no será otra cosa que el quedar anegados por bondad de Dios, participando de la vida de la Trinidad.

2. Antes de avanzar en nuestra reflexión, recordemos que esta frase de Jesús, que estamos comentando, tiene otra expresión en san Lucas, donde el texto dice: “Sed misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36).
¿Qué dijo Jesús, refiriéndose al Padre: Sed perfectos o Sed misericordiosos? ¿Acaso una vez dijo una cosa y otra vez dijo otra? De plano no se podría rechazar, pero no es lo razonable. Jesús dijo, más bien, Sed misericordiosos, porque la misericordia es lo único que podemos imitar de Dios. Pablo nos exhorta: “Sed imitadores de Dios como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor” (Ef 5,1-2).
El amor es lo único que nos diviniza y nos asimila a Dios Padre y a su Hijo amado, Jesús. Y al decir Sed perfectos o Sed misericordiosos estamos dentro del mismo abismo de belleza de ese Dios que es nuestra felicidad.

3. Vengamos ahora a estas dos antítesis: “Ojo por ojo, diente por diente”, y “Amad a vuestros enemigos”.
Se atribuye a Mahatma Gandhi este comentario: "Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego." Gandhi, benemérito de la humanidad, no fue cristiano, pero dijo de Jesús, entre otras cosas: "Considero a Jesús de Nazaret uno de los mayores maestros que han existido. [...] Diré a los hindúes que la vida no está completa a menos que se estudien con reverencia las enseñanzas de Jesús." Gandhi, hombre de oración ante todo, político, solidario con el destino de su pueblo, que salía del colonialismo, tuvo su teoría y praxis de la no violencia activa, puntos precisos que no es del caso detallarlos.
Leon Tolstoi (1828-1910), cristiano, padre del pacifismo moderno, fue un espíritu guía de Gandhi. Para Tolstoi su obra principal fue El Reino de Dios está en vosotros, y este novelista uno de los grandes literatos  de la humanidad, confiesa en su Diario (28/10/1895) que sus novelas eran como “cháchara de vendedores ambulantes para atraer parroquianos con el objetivo de venderles después algo muy diferente». Fue este libro el que de alguna manea convirtió a Gandhi en la opción por la no violencia.
¿Dónde está la presencia de Dios en el mundo, y cuál es la fuerza generadora que puede cambiar a la familia humana? Ellos han visto que la respuesta no viene ni de los filósofos ni de los teólogos, de los grandes y los sabios, sino de los deprimidos, y que la fuerza de Dios no está en las armas, sino en el amor siempre indefenso.
“Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”. Acaso Jesús esté pensando en esa bofetada, ese revés con la mano derecha, que se le ha dado al discípulo por ser un traidor de la fe de los padres. El que quiera responder con otra bofetada, se pone al nivel del agresor, y no deja espacio a Dios. Y Dios ha vencido en la debilidad de su Hijo. Le expulsaríamos a Dios; nosotros queremos que Dios sea el Dios de nuestro sistema, mas el Dios revelado es otro.
El mismo significado tiene el dicho siguiente: “Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa”.
Hermanos, nosotros diremos que se deshace la sociedad si no implantamos un sistema fuerte de justicia. Es irreal para este mundo todo lo que está diciendo Jesús. Aquí invocamos el estado de derecho y el imperio de la Ley; lo repiten desaforadamente los políticos, mientras que las balaceras y los muertos acumulados son la noticia diaria de los periódicos. Obviamente Jesús no está dando lecciones de política, sino que está enseñando a sus discípulos, y a quien quiera adherirse a la familia, que solo el amor, el amor sufrido, puede ser la fuerza de Dios. La fuerza y la represión no sirven para plantar en la tierra el amor. Incluso, nos atrevemos a decir, que la misma acción espiritual de la Iglesia no puede representarse con la apoteosis y el triunfalismo, que, al fin, ocultarían la presencia de Dios, que se encuentra en los sufrientes y en los insignificantes del mundo.
Y sigue Jesús, el Señor: “Amad a vuestros enemigos”. Han tomado esta frase para ponerla en el libro abierto, el Libro de la Vida, que tiene Jesús, Pantocrátor, en su mano izquierda en la pintura central de la Catedral de Madrid, la Virgen de la Almudena.
“Estas palabras – explican así el icono - son el corazón de la Nueva Alianza y la imagen del hombre nuevo. De hecho Jesús es al mismo tiempo la imagen de Dios y del hombre. En Él, vencedor de la muerte y Señor de todo lo que esclaviza al hombre, estas palabras son ahora posibles en nuestra vida, y por ellas seremos juzgados. En la página de la derecha del Libro de la Vida se lee: “Vengo pronto” (Ap 22, 20). Son palabras de exhortación, una invitación a la perseverancia para mantener segura nuestra fe”.
Y para concluir, lo que hemos dicho al principio: “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”.
Somos los que tienen su escuela en la intimidad con Dios, familiares de Dios.
Somos las personas que llevan por el mundo las Bienaventuranzas.
Somos los que debemos derramar por la tierra el amor misericordioso de Dios, nuestro Padre.
A esto hemos sido llamados, como cristianos, y ésta es la ruta de nuestra vida. Amén.


Como poema para orar con el Evangelio de hoy:  El sol radiante no sabe
A partir de esta homilía, cuando citemos las palabras de la Sagrada Escritura, las tomaremos de Sagrada Biblia: Versión oficial de la Conferencia Episcopal Española, presentada en Madrid el 14 de diciembre de 2010.
martes, 8 de febrero de 2011 0 comentarios

16. Tres ráfagas de amor

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El Cantar de los cantares, San Pablo, San Juan
(Una meditación para el 14 de febrero,
Día del Amor y la Amistad)



1. Día de San Valentín, día de enamorados, así en España, mi patria. Día del Amor y la amistad, así en México, tierra querida adonde el Evangelio me ha traído.
Una enciclopedia electrónica nos conduce a indagar cosas sobre San Valentín, o los varios santos Valentín que registra el Martirologio. A la verdad, que en este caso no prestamos atención al santo, y sí al tema, el eterno tema del amor. Y lo que esto suscita en los diversos ámbitos, según sea el recinto geográfico donde nos movamos.
Del amor queremos hablar, del amor…, una palabra celestial que queremos entregarla… - pensamos en el Sant Jordi de toda Cataluña (23 de abril) - con un libro y una rosa, o con un poema nacido en el corazón y una rosa. Es muy hermoso poder brindarse ese regalo de un libro y una flor. Donde hay una flor, mis hermanos, hay esperanza, porque una flor es un  canto a la vida; y donde hay poesía, lo mismo: hay esperanza, porque la poesía es el lenguaje del amor.

2. Esta reflexión meditativa gira en torno al amor y la amistad, y digamos ya desde ahora que la amistad es la floración última del amor, dado que la amistad es el amor recíproco, el amor donado y correspondido, el amor puesto en vasos comunicantes, el amor circulatorio, que es el amor de la Trinidad.
Y para comenzar a hablar, podemos comenzar por donde termina Dante en su Divina Comedia: l'amor che move il sole e l'altre stelle, el amor que mueve el sol y las otras estrellas (Paradiso XXXIII, 145). El amor es la última palabra; y es la primera, dado que el mundo vino de la nada a la existencia por una palabra de amor que Dios pronunciaba.
Cuando nosotros ahora nos adentramos en el mundo, en el cosmos, nos vamos sumergiendo, oleada tras oleada, en un misterio de amor. No es una navegación difusa y panteísta; es, por el contrario, una zambullida en el misterio de la Encarnación, que ha impregnado el universo. Yo puedo entrar, con sencillez, con un corazón puro, en contacto como una florecita. Así lo hacía Francisco de Asís. He aquí, como experiencia, el encuentro con esta criatura de Dios un día de excursión en la montaña.

Una flor en el universo
Soneto a la florcita amarilla de cinco pétalos

La vi pequeña, enteramente bella,
cuajada de silencio y de ternura,
fragante como un beso, toda pura,
y yo me enamoré, perdido, de ella.

Pensé, mi flor: de Dios eres la huella,
como Jesús, destello de hermosura,
sin vanidad, envidia ni tristura,
brindándome tu luz como una estrella.

Absorto entonces yo iba meditando
en eso que la flor a mí decía:
así quiero ser yo, sin más estando,
ser gloria del Señor, ser su armonía,
y todo lo demás él irá obrando,
según su voluntad, que sea mía.


3. Tres ráfagas de amor – decíamos – aludiendo a El Cantar de los cantares, a San Pablo y a San Juan.
Para saborear el Cantar de los cantares, yo aconsejaría hoy a quien me pidiera un consejo: Lee la encíclica de Benedicto XVI “Deus Caritas est” (Dios es Amor); te quedarás sorprendido y admirado, cuando veas la filosofía del amor, que cultivaron los griegos y que es simultáneamente teología del amor, ya en el Antiguo Testamento. Sí que habla del Cantar de los cantares, dentro del cuadro del amor humano que el Papa nos explica. He aquí un párrafo, sin que pretendamos dilatarnos:
“…Esto depende ante todo de la constitución del ser humano – dice - , que está compuesto de cuerpo y alma. El hombre es realmente él mismo cuando cuerpo y alma forman una unidad íntima; el desafío del eros puede considerarse superado cuando se logra esta unificación. Si el hombre pretendiera ser sólo espíritu y quisiera rechazar la carne como si fuera una herencia meramente animal, espíritu y cuerpo perderían su dignidad. Si, por el contrario, repudia el espíritu y por tanto considera la materia, el cuerpo, como una realidad exclusiva, malogra igualmente su grandeza. El epicúreo Gassendi, bromeando, se dirigió a Descartes con el saludo: « ¡Oh Alma! ». Y Descartes replicó: «¡Oh Carne!». Pero ni la carne ni el espíritu aman: es el hombre, la persona, la que ama como criatura unitaria, de la cual forman parte el cuerpo y el alma. Sólo cuando ambos se funden verdaderamente en una unidad, el hombre es plenamente él mismo. Únicamente de este modo el amor —el eros— puede madurar hasta su verdadera grandeza” (n. 5).
Los cánticos nupciales del Cantar de los Cantares – que literariamente podríamos llamar “El Cantar Divino” – son muy bellos en sí mismos, y más bellos cuando se ha comprendido que el Amor de Dios llegó al hombre en la carne de Jesús, nacido de la Virgen María.

4. En el epistolario de san Pablo hay una página que produce un atractivo especial. En las misas matrimoniales es la página preferida de los esposos. Es el Himno a la Caridad o el Himno al Amor: primera a los Corintios, capítulo 13, que rompe de esta manera:
“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo  que retiñe.
Aunque tuviera el don de profecía, y conociera todos los misterios y toda la ciencia; aunque tuviera plenitud de fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, nada soy.
Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha” (vv. 1-3).
¿Quién habla de esta manera? Si no supiéramos quién es ese Pablo que ha escrito estas cosas, diríamos: Ese es un romántico del amor. ¡Viva el Amor! Entreguémonos en brazos del amor.
Pues aquí no hay nada de esto; la fantasía de Pablo no va por ahí. El apóstol está explicando a su comunidad que Dios prodiga sus carismas en medio de la Iglesia, y algunos de ellos vistosos y portentosos, como el don de hacer sanaciones…
Pues hay una gracia que supera todas las gracias. No le llamemos “carisma”, porque no es carisma; es algo superior; san Pablo la llama “un camino más excelente” (1Co 12,31). Es el amor. Entonces ¿cuáles serán las obras esplendentes del amor?
Oigamos a Pablo cómo sigue su poesía…: “La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (vv. 4-7).
Pero estas son las obras de cada día, lo cotidiano, lo rutinario. Pues esto es el amor. Es tan grande el amor, que, cuando todo pase, al cielo sólo entrará el amor, dice Pablo en el mismo pasaje.
Y a este amor de diario, de trabajo y de cocina, podríamos llamarle el don escatológico de Cristo. Podemos amar así, porque Dios ha infundido este amor en nuestros corazones (Rm 5,5).

5. Y san Juan tiene un privilegio en el lenguaje del amor. Él es el que nos dijo: “Dios es amor” (1Jn 4,8.16). Y nos ha entregado unas afirmaciones simples y soberanas sobre el amor: Dios nos amó primero (1Jn 4,19), y que no existe el amor a Dios, a quien no vemos, si no amamos al hermano, a quien vemos (1Jn 4,20).
Y san Juan nos ha dicho que el amor es permanecer… “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15,4). Y, en suma, que el amor de que disfrutamos es el amor familiar de la Trinidad: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor” (Jn 15,9).

Al final de estas reflexiones, en este Día de Amor y de Amistad, uno queda con este convencimiento: Lo más importante de esta vida no es amar a Dios - ¡ni siquiera amar a Dios! – sino dejarse amar por Dios… y permanecer en ese amor.
Día del Amor y de la Amistad. Pero Día del Divino Amor, que es el más humano Amor. He dicho.
Un poema para este día: Día del Amor y la Amistad (Un plato de poesía)
lunes, 7 de febrero de 2011 0 comentarios

15. La Ley y el Evangelio - Moisés y Jesús

(Domingo 6 del tiempo ordinario, ciclo A)
Mateo 5,17-37

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Hermanos:

1. Desde hace dos domingos estamos en el Sermón de la Montaña. Rodeamos a Jesús en aquella colina que se llama el Monte de las Bienaventuranzas. El Sermón de la Montaña se abre con las Ocho Bienaventuranzas, y sigue con aquellas consignas de la Sal y la Luz.
Si el Sinaí, lugar de la Gloria de Dios, fue la Montaña de Dios, ahora aquí en Galilea, en una humilde colina, que es como un mirador sobre el lago, Jesús Maestro nos está dando su Evangelio. Este es el Monte de la Historia, para nosotros, cristianos, solo comparable al Monte de la Transfiguración, al Monte de los Olivos y al Monte Calvario. Jesús habla; en él habla Dios, porque él es Dios. Dulces palabras de Jesús, que vibran en el mundo universo, y que hoy llegan hasta mí.
Aquí nace la Primavera, hermanos, aquí nace el amor. Suave Galilea, definitivamente unida al paso de Jesús Nazareno.
¿Qué está diciendo Jesús? Acaba de iniciarse el Evangelio con Jesús  misionero itinerante por aldeas y sinagogas y por el mismo Maestro que, rodeado de sus discípulos, ha abierto sus labios en el Monte de las Bienaventuranzas.
“No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17).
Jesús no es el opositor o contrincante de Moisés, ni tampoco el nuevo profeta contra los profetas. Esto nos puede sorprender, porque aparentemente sí que lo es, pues a continuación hay una serie de antítesis entre “lo que se dijo”, y el “pero yo os digo”. Son seis antítesis. Hoy hemos escuchado cuatro; el domingo siguiente se completará con otras dos.
Empecemos por lo primero, con lo que precede a los seis pronunciamientos de Jesús, pidiendo al Señor luz, claridad y humildad.
2. Moisés era, y sigue siéndolo para nuestros hermanos hebreos, la figura central de la que nosotros llamamos Primera Alianza. Los títulos de profeta y maestro son insuficientes para medir la magnitud y la misión de este personaje, el más importante de la Biblia que precede al Nuevo Testamento. Sencillamente es el mediador de Dios. A la Biblia le gusta llamarlo Siervo de Dios (por ejemplo, en el libro de Josué, al recordar la obra que hizo); mayor título no puede caberle a una criatura humana.
Jesús acepta esta autoridad y proclama que no va a ir en contra de lo que Dios había dispuesto. Él no va a abolir; él va a llevar a la culminación lo que Dios había comenzado a decir por su Siervo. Dios fue hablando poco a poco y, de pronto, no lo pudo decir todo.
La pregunta de fondo que puede agitar el pensamiento es ésta: Jesús ¿es un  destructor del judaísmo? ¿Es iniciador de una secta, incompatible con la fe judía? Nuestra respuesta cristiana, inequívoca y transparente, es esta:
Primero. Jesús no es un  destructor del judaísmo.
Segundo. Jesús no es ningún sectario; no es un reformista, que viene a fundar una secta, porque el judaísmo no vale.
Tercero. Jesús es el más judío de los judíos, y ha venido a llevar a la primea Alianza a todas sus consecuencias, que solo él puede sacar.
3. Que Jesús fue judío hasta el fondo de su ser es una evidencia. Y los cristianos nos sentimos muy contentos al aceptar a Jesús como judío. Judío entero y verdadero como mujer judía fue su madre: judío de lengua y raza, judío por su país, por su vestimenta, por sus alimentos; judío por su oración, y por su talante en el pensar. Aunque, al asimilar la persona de Jesús, insensiblemente en nuestra imaginación lo reconvirtamos a nuestra cultura, bien sabemos que Jesús fue judío hasta el tuétano. Pero no nos satisface quedarnos ahí, porque quedaríamos aprisionados…, porque Jesús es infinitamente más que judío. “¡He aquí al hombre!” (Jn 19,5), dijo Pilatos al presentarlo, y sus palabras – aunque él no lo alcanzara – era un definición profética de Jesús.
No solamente era judío. Acabamos de afirmar, como quien establece una tesis, que fue el más judío de todos los judíos. Porque en la línea de los profetas él abrió el judaísmo, como nadie lo había abierto; porque él llevó a Abraham, padre de todos los creyentes, hasta la fe del Evangelio; porque él leyó la Ley de Moisés (los judíos luego contaron hasta 613 preceptos) y llevó la Ley hasta el Evangelio. Nadie sino él pudo hacerlo. Aparentemente fue un destructor, porque los cristianos no practicamos esos centenares de preceptos, comenzando por la circuncisión, pero fue un liberador.
Jesús supo adónde apuntaba la Ley y salvó la revelación contenida en la Ley, que él la vio retenida por la interpretación oficial que hacía los doctores. Fue el drama de su vida. Jesús murió como quebrantador de la Ley – así argumentaron los escribas en el juicio de la Pasión – cuando Jesús era el que nos daba a conocer la verdadera voluntad de Dios.
No he venido a abolir la Ley ni los Profetas, que era el modo de conjuntar lo que nosotros luego hemos llamado el “Antiguo Testamento”, la Primera Alianza. No ha venido a abolir a los Profetas; los acepta plenamente, pero Jesús es la profecía definitiva de Dios. Después de él ya Dios no tiene otra palabra que decir. En suma, y una vez más, no ha venido a abolir, sino a plenificar.
4. Jesús se nos presenta como la novedad de Dios. Y como novedad y plenitud debemos entender ahora cada una de las seis antítesis que nos presenta el texto sagrado.
Habéis oído que se dijo: No matarás. Pero yo os digo… ¿Qué nos dice Jesús? ¿Un poquito más de lo que dijo Moisés? No, hermanos, porque entonces no saldríamos de la Ley. Jesús no ha venido a estirar, a afinar la Ley, a complementar la Ley…, como a darle los nuevos grados de perfección que le faltaba. No es eso. Jesús nos está diciendo que el “No matarás” no se puede comprender sino cuando uno comprenda de dónde nace, del amor manante del corazón de Dios. Y hasta ahí debemos subir. Cuando comprendamos el amor de Dios entonces sí comprenderemos lo que significa herir al hermano…
En esta órbita de amor entendemos igualmente la reconciliación necesaria para hacer la ofenda al Señor. Dice el Señor: “Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas  tu ofrenda” (Mt 5,23-24). El culto divino, que es lo más sagrado que tenemos en la tierra, no es válido al margen del hermano. No se puede dar culto a Dios estando enemistado con el hermano. Romperíamos el amor.
5. La segunda y tercera antítesis hablan de la santidad y de la inviolabilidad del matrimonio.
Habéis oído que se dijo: No adulterarás, pero yo os digo. ¿Qué dice, pues, Jesús de nuevo, para confrontar lo de antes con lo que él trae? Se adultera ciertamente cuando hombre y mujer fuera del matrimonio se apetecen y se juntan dejándose llevar por instintos bajos de egoísmo y placer; adultera quien va a un burdel buscando el sexo. Mas Jesús dice que hasta una mirada puede ser un adulterio, si esa mirada codiciosa está llena de lujuria. Un artista mira y contempla a su modelo y se goza en tanta belleza, y no adultera, porque su misma mirada – si tiene el corazón puro – es como un acto religioso. Pero un ser torcido, inficionado de impureza, si mira como un depredador que busca la presa, su mirada es un adulterio.
Por eso, Jesús de Nazaret, que según los momentos tiene un lenguaje exaltado, dice: Si tu ojo derecho te lleva al pecado, arráncatelo… Y si tu mano derecha es una mano de pecado, córtatela… Nunca ha querido Dios ni que nos arranquemos un ojo, ni que nos cortemos una mano. Lo que sí quiere Dios es que en la vida, en el momento oportuno, nos definamos con opciones absolutas. Estamos llamados a participar de la santidad de Dios.
Y en esa misma lógica y revelación están las palabras del matrimonio para siempre.
Una nueva y última antítesis del Evangelio de hoy, es la antítesis de la verdad. Habéis oído que se dijo: No jurarás mencionando a Dios en falso, pero yo os digo: Vuestra verdad, vuestra sinceridad ha de ser tal, tan limpia, tan resplandeciente, tan transparente, tan en conformidad con Dios que es luz…, que ni haga falta jurar. Vuestro sí sea sí; vuestro no sea no.
Realmente, hermanos, esto es divino: Mis palabras valen por sí solas, porque Dios, solo Dios, las llena con su luz. Así debe ser la vida del cristiano, ante Dios y ante sus hermanos.
De esta manera Jesús nos explica qué es el Evangelio. Es la vida de Dios puesta en la tierra, en la intimidad conmigo mismo y en la relación con nuestros hermanos.
Para esto ha venido Jesús; y este es mi camino.
Señor, te agradezco infinitamente que me lo descubras; así quiero vivir yo, y, con tu gracia, así viviré. Amén.
Como poema para orar con el Evangelio de hoy: En el monte Sinaí
martes, 1 de febrero de 2011 0 comentarios

14. La sal y la luz



(Domingo V del tiempo ordinario, ciclo A)
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Hermanos:

1. La sal y la luz: de esto vamos a hablar en esta homilía, porque de esto habló Jesús a la gente, haciendo que la vida familiar de la aldea sirviese maravillosamente para explicar la teología del Reino de Dios; si quieren, la teología del Verbo Encarnado. La sal y la luz: dos cosas que no pueden faltar en ninguna casa, ni de pobres ni tampoco de ricos. Jesús lo había visto en su casa de Nazaret, en manos de su madre que faenaba haciendo la comida, y que al atardecer – allí oscurece pronto – prendía la candela. Podemos imaginar que la cena, las más de las veces, era al amor de la candela.
Vosotros, dice Jesús, sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo. Esto dice Jesús a la gente que le rodea, a los mismos a quienes acaba de proclamar las Bienaventuranzas, la Carta Magna del Reino de Dios que Jesús inicia en la tierra con esta comunidad de escogidos.
Comenzamos por esta aclaración que acabamos de hacer, que es del todo necesario tenerla presente para no desorientarnos en nuestra interpretación. ¿A quiénes está hablando Jesús y a quiénes van dirigidas estas consignas?
Esa misión tan importante que Jesús está proclamando y dando en este momento tiene que ser para los Apóstoles, columnas de la Iglesia. No, hermanos, aquí puede comenzar un error de dañinas consecuencias. Ni las Bienaventuranzas son para los Apóstoles, ni lo de la sal y la luz son para ellos. Las Bienaventuranzas y lo de la sal y la tierra son para el círculo de entusiasmados discípulos, pobres y humildes, que se apiña en torno a él. Son para nosotros. Es responsabilidad lo que él está cargando sobre nosotros, pero es, primero de todo, altísima dignidad de una vocación que él nos confía. Vosotros sois la sal de la tierra; vosotros sois la luz del mundo. ¿Nos damos cuenta de lo que significa ser discípulo de Jesús. Eso es categoría y responsabilidad, y a eso estamos llamados, mejor dicho, a eso yo estoy llamado.

2. Vamos, pues, al primer dicho de Jesús: la sal de la tierra. Jesús está hablando junto al lago, y los pescadores tienen que saber mucho de sal, si el pescado no se consume rápido en el mercado.
La sal sirve para conservar los alimentos y también para sazonar los alimentos. Tendríamos que hacer un esfuerzo imaginativo para salir de nuestros frigoríficos y congeladoras y situarnos en otra cultura, que ha sido la cultura de nuestros campesinos en generaciones no tan distantes de nosotros. Acaso, recordando usos y costumbres que de niños conocimos en casa de nuestros abuelos, podemos tener una imagen de cuán preciosa es la sal para estos menesteres.
 Jesús saca una consecuencia que salta a los ojos. La sal está hecha para salar; si no sirve para eso, es que no sirve para otra cosa. No es como en el caso de un árbol que, si no sirve como material de construcción, servirá para el fuego y preparar la comida. La sal, si  no sirve para lo que es, no sirve para nada. Hay que tirarla fuera…, y hasta la pisa la gente.
En este modo de hablar que tiene Jesús aparece una acerada crítica. Si nosotros, cristianos, no valemos para lo que somos… ¿qué misión tenemos? Esa frase de que, si la sal no sirve, “se la tira afuera para que la pise la gente”, es un alerta y un veredicto muy crítico para el cristiano que es cristiano como si no lo fuera: cristiano de papel, de puro compromiso…
La frase de Jesús es inexorable: para que la pise la gente. Sal que perdió un día su sabor, su fuerza para salar, sal que puede terminar en el desprecio de los hombres.

3. Las palabras de Jesús invitan a un examen sincero de la fe. ¿Cuál es el cristianismo que nosotros buscamos? Al Señor no le interesa un cristianismo ni vistoso, ni  numeroso, situaciones que dan apariencia a la fe, cierta figura social, pero que no transmiten la novedad, la fuerza, la fascinación de lo que Jesús ha predicado. Lo que Jesús pide y espera de nuestra fe es que sea fe sincera, verdadera y transparente. La verdad, cuando existe, tiene un poder de irradiación que le viene de dentro. Cuando nosotros vemos que usos y costumbres van cayendo sin llanto ni pena… es signo de que lo que existía era más de apariencia que de verdad…
Como sal que sala y que guarda de la corrupción ¿qué aportamos nosotros al mundo…? Un ejemplo: Desde esta área cristiana desde donde escribo, México, contemplamos pavorosamente la fuerza de la maldad, expresada en los millares de muertos que van cayendo en torno al narcotráfico. Policía y gobierno trabajan por dominar la situación… Nosotros, cristianos ¿tenemos una palabra social, verdaderamente persuasiva y transformadora? Al parecer no la tenemos… ¿Es que se nos está desvirtuando el sabor de nuestra sal? Posiblemente. El Señor nos libre de la amenaza de Jesús: para que la gente la pise…

4. Volviendo sobre la metáfora de la sal, cuando pensamos que la sal sazona los alimentos, tenemos muy sabrosas aplicaciones para nuestra vida cristiana, y para nuestra presencia en el mundo. La sal en la olla desaparece, y, al desaparecer, da el sabor a la comida. Esto nos dice cuál es nuestra misión entre la gente. Jesús no ha hecho esta aplicación, pero es legítimo el hacerla, porque sale espontáneamente de dentro.
Nuestra presencia en el mundo es una presencia de vida. Donde hay vida la vida genera vida. La vida, sin gestos, como única vitalidad.
También, sutilizando la comparación, podríamos añadir un matiz: La sal hay que echarla en los alimentos en su justa medida: ni de menos, ni tampoco de más. Un exceso de sal mortifica. Y esto aplicado a la vida cristiana está significando que nuestra presencia en el mundo, nuestra palabra, nuestro celo… deben desarrollarse bajo el signo de la sabiduría, de la discreción, de la cordialidad, de la filantropía… que debe tener el cristiano, presentando su fe lealmente.

5. Pasemos a la otra imagen que nos brinda Jesús. ¡Qué hermoso lo que Jesús nos dice, y cómo  nos llena de consolación! Oigámoslo de nuevo:
“Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. Ni tampoco se enciende una lámpara y la ponen debajo del celemín, sino sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14-16).
Es muy bello esto, y yo lo puedo llevar a mi vida. Todos hemos conocido a personas que han dejado detrás de sí un reguero de luz y de bondad. Al pensar en ellas, nace en el alma un deseo legítimo y puro. Yo quiero ser uno de ellos. Yo quiero ser esa luz serena del Evangelio que brille allí donde estoy. Y lo quiero por Jesús, no por mí. Lo quiero con espíritu de fraternidad por mis hermanos los hombres. Lo quiero para que den gloria al Padre que está en los cielos.
Una vez oí esta felicitación, dirigida a una persona: Que quien te necesita te encuentre. Que era decirle: Para mí has sido una luz; tu vida me ha convencido, tu bondad me ha conquistado.
Jesús nos llama a esta misión en este mundo, a mí en concreto. Y ciertamente que a ti que te has sentido impulsado a leer – y acaso escuchar – estas palabras.
Pensemos que no hay misión más sublime. A lo mejor la vanidad o el espíritu mundano nos tienta porque quisiéramos ser gente importante y conocida. No, hermanos, echemos fuera ese pensamiento, que es maligno. Nuestra vocación es irradiar la luz de Jesús allí donde estamos.
Y si el Señor quiere otra cosa – otro vuelo, otras esferas – él, que es la verdadera luz de nuestra vida…, nos lo indicará y, a lo mejor, hasta nos lo da por añadidura.
He aquí, pues, el Evangelio que hoy llega a nuestros oídos, a nuestro corazón.
Gracias, Señor Jesús, por tus bellas palabras. Yo quiero seguirlas. Amén.
Poema para orar sobre el Evangelio de este domingo Sal de la tierra, Señor
 
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