viernes, 29 de abril de 2011 1 comentarios

40. Domingo II de Pascua de la Divina Misericordia


En la beatificación de Juan Pablo II, Papa
Hermanos:
1. Este Domingo octava de Pascua, que este año ha coincidido con el 1 de mayo, Día Mundial de las reivindicaciones de los Trabajadores, en los anales de la Iglesia Católica quedará como el día en que fue beatificado el Papa Juan Pablo II, el Papa a quien todos nosotros hemos conocido en la televisión; a quien seguramente le hemos visto en nuestras calles y plazas. Y a lo mejor, hasta tenemos una foto con él.
El que en este momento habla sí la tiene. No es cosa para presumir, como si el tener un retrato con el Papa nos diera una categoría especial, poco menos que un título nobiliario; miles y miles lo tenemos. Lo emocionante es poder decir con la foto en la mano: Mira los Ciudadanos del cielo y los Ciudadanos de la tierra, estamos emparentados; parece que somos de la misma familia... 
Y así es en verdad, porque el Señor que nos dado vida y gloria es el mismo. En realidad, en este tiempo de Pascua, que inauguramos en la Vigilia pascual, los relatos de las apariciones, que hemos ido proclamando y escuchando en las misas de la primera semana pascual, nos dicen esto. Una relación de familia une a Jesús con los suyos, que ha dejado en la tierra.

2. Las dos escenas evangélicas de este domingo – lo que ocurrió en la noche del día de resurrección, lo que ocurrió una semana después, siempre de la mano de san Juan – nos lo dicen divinamente.
Para Jesús Resucitado no hay espacio: cruza los espacios, atraviesa los muros sin quiebra de su cuerpo glorioso. Pero es que tampoco hay tiempo, podemos añadir. Esas dos coordenadas de la materia, espacio y tiempo, no existen para su presencia en medio de nosotros. No hay lejanía de tierra, no hay siglos ni milenios que nos separen de él. Lo que narra el Evangelio, que es el sacramento de su presencia, acontece hoy y acontece aquí. El Evangelio se escribe no para recuperar memoria de algo que ya pasó, sino para actualizar un  acontecimiento que es nuestro y que está presente. Así el Evangelio alcanza su plenitud.

3. ¿Qué está diciendo, pues, el Evangelio? Que Jesús se presenta en medio – él es el centro de nuestra comunidad –;  que nos abre manos y corazón, todos los tesoros de Dios, que él los disfruta; que nos da la paz, esencia de todos los bienes; que nos entrega el Espíritu Santo, término de la Trinidad; que nos da el perdón de los pecados y la plena amistad divina; en suma, que nos da su divino cuerpo, que en la fe podemos adorar y disfrutar como fuente de todas las delicias, porque es el cuerpo sacratísimo de Dios humanado, el mismo que recibimos en la Eucaristía.
¿Hay una palabra que puede juntar todas estas cosas? Sí la hay, y ésta es: el Amor de Dios. En Jesús Resucitado se desborda y se entrega a la criatura todo el amor de Dios; Y este Amor tiene otra palabra equivalente: la Misericordia. La Misericordia no es sino el amor percibido por el indigente como ternura, compasión, acogida.

4. Nada extraño que el año 2000, tal domingo como hoy que entonces cayó el 30 de abril, domingo en el que el Papa canonizaba a su compatriota la humilde religiosa Faustina Kowalska, santa Faustina Kowalska (nacida el 25 de agosto de 1905, muere el 5 de octubre de 1938), el Papa dijera en su homilía: “Es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "domingo de la Misericordia divina". Año antes, en 1993, el Papa había escogido también el Domingo II de Pascua para la beatificación de Sor Faustina.
En realidad, la cosa venía de lejos. Cuando Karol Wojtyla era el joven arzobispo de Cracovia introdujo la causa de beatificación de esta humilde religiosa (1965) que perteneció a las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia. Sus escritos de revelaciones y comunicaciones celestiales estuvieron durante años censurados y prohibidos (1959).
El último toque de amor de la Divina Misericordia para este Papa, que escribió una encíclica sobre Dios, rico en misericordia (Dives in misericordia, 1980), fue cuando su muerte. Recordamos cómo la televisión transmitía aquellas imágenes del pueblo cristiano velando la agonía del Papa desde la plaza de San Pedro. Lo que no pudo transmitir fue la misa en la habitación del Papa poco antes de morir. El Papa Juan Pablo II murió el 2 de abril de 2005, a las 21:37 horas. Comenzaba el Domingo de la Divina Misericordia y ante el lecho del agonizante se celebró la Misa del Domingo II de Pascua o de la Divina Misericordia.
Nos place y llena de devoción que en el folleto de la liturgia de la beatificación del Papa (que puede verse en Internet, vatican.va) contemplemos esta imagen: el Jesús de la Divina Misericordia, ese Jesús ante el que decimos “¡Jesús, en ti confío!”. Los rayos que salen del corazón de Jesús – la sangre y el agua, que salieron de su divino costado, los sacramentos y el don del Espíritu Santo – desciendan sobre la cabeza del humilde y piadoso Juan Pablo II, de rodillas en oración.

5. En este domingo en que toda la vive con gozo esta gracia, queremos de nuestra parte unirnos a este homenaje, que bien entendido es un homenaje a Cristo, amor misericordioso del Padre. A él la gloria y la alabanza y la acción de gracias por todo la eternidad. He aquí el himno que de nuestra parte hemos compuesto.

Himno
en la beatificación del Papa
Juan Pablo II
(Roma, 1 mayo 2011)

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

1. Cristo Jesús Redentor
fue tu primera palabra:
¡abrid las puertas a Cristo,
sin miedo, con esperanza!

2. Y a la Virgen, dulce Madre,
acogeos con confianza:
“Soy todo tuyo”, María,
de Jesús trono de gracia.

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

3. Europa – Oriente, Occidente –
dos pulmones para un alma,
y una fe, testigo vivo
de sus raíces cristianas.

4. Y el mundo, nuestra familia,
que Dios mismo a sí consagra;
reine el amor y la vida,
Dios viviente en toda raza.

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

5. Juan Pablo el humilde y grande,
hoy coronado en la Patria,
Beato Juan Pablo, hermano,
y amigo que nos abrazas.

6. ¡Divina Misericordia
de Dios que perdona y ama,
por el don de este cristiano
gloria y hermosa alabanza! Amén.

Juan Pablo de mil caminos,
con la cruz de Cristo alzada,
¡una peana de amor
hoy la Iglesia te levanta!

Puebla de los Ángeles (México), 9 abril 2011
Rufino María Grández Lecumberri, OFMCap
jueves, 28 de abril de 2011 0 comentarios

39. Aparición a los discípulos con Tomás


San Juan 20,24-29
(Una meditación sacerdotal en Ejercicios)

El llamamiento a la mística

La secuencia de pensamiento que van brotando en el corazón al paso que avanzamos en el examen de los relatos de las apariciones – estamos en Ejercicios Espirituales - nos impulsa a aceptar estas conclusiones:

1.    Es connatural a la fe cristiana la experiencia mística de las verdades que se nos han transmitido.
2.    De alguna manera todo cristiano lleva dentro de su corazón un místico destinado a vivir familiarmente con el misterio.
3.    Probablemente yo tengo una llamada personal hacia ese tipo de vida interior que, sin una fenomenología exótica, puedo llamar con rigor “mística”.
4.    Claro que el aceptar mi vocación mística me llevaría a una reorganización de estilo y de detalles que pueden modificar bastante mis hábitos.
5.    Me atrevo a atisbar por dónde puede  ir mi camino espiritual como camino místico:

a)    Tendré que poner la oración como ritmo acompasado de mi vida, día a día.
b)    Mi oración la tengo que orientar hacia un modo y talante contemplativo.
c)     Obviamente el alimento de mi experiencia mística va a ser una lectura constante, amorosa, de las sagradas Escrituras como libro de las maravillas de Dios, que me unge de sabiduría y me lleva a contemplar y proclamar la grandeza del amor de Dios.
d)    Igualmente me tengo que abrir a una liturgia que sea del todo objetiva, pasando de los textos al misterio, y no cediendo al engaño de una liturgia efectista que complace pasajeramente los oídos.
e)     Debo renunciar a un estilo profano de de vida, de reacciones, de apariencias (empezando, acaso, por mi modo de vestir), sin que tenga por qué adoptar un aire de falsamente devoto.
f)      Al contrario, todo lo que sea vida (por ejemplo, la estética en múltiples formas)  lo veré y lo apreciaré dejándome llevar por esa fascinación que se opera en lo profundo del ser.
g)    Buscaré que el sentido de la Presencia de Dios impregne mi ser y sea inherente a mi estilo íntimo ante la vida.
h)    ¿Seré capaz de aceptar este estilo como vocación? ¿Acojo humilde y valerosamente esta llamada de que el mundo no tiene tanto necesidad de maestros cuanto de testigos (Pablo VI, Evangelii nuntiandi), y que un testigo es, ante todo, un hombre – una mujer – cogido y atrapado por Dios, de tal manera que Dios sea su área de existencia?
Esa veta mística, esa vena de agua viva, esa palabra no convencional sino auténtica brotada del encuentro, la necesita imperiosamente el mundo secularizado en que vivimos; la necesita nuestra institución eclesial; la necesita nuestro presbiterio, lo mismo que nuestros colectivos de religiosos. Cuando la edad crece y abruma, es muy fácil renunciar a la vida e ir pasando el tiempo anodinamente.
(Karl Rahner escribió que «el cristiano del s. XXI será místico a no será». Frase muy citada, con pequeñas variantes, sin alusión al libro de donde procede).

Podríamos definir al místico, por poner ejemplos, con estas aproximaciones:
- el que presenta la otra parte de la alternativa de una manera muy distinta y vincula a ella su persona;
- el que está dispuesto a perderlo todo al iniciar un proyecto;
- el que, olvidando todo su pasado, comienza un proyecto nuevo sin dejar abierto el camino de retorno;
- el que piensa (y actúa en consecuencia) que Cristo Crucificado tiene razón por sí solo;
- el que con alma, vida y corazón, está dispuesto a consagrarse a un proyecto necesario pero sin vías de futuro...


El caso de Tomás:
La incredulidad de los que, por lo demás,  creen

1. Para entender el caso de Tomás hay que partir del hecho de que:
- Los apóstoles, en su conjunto, no creyeron.

Sintetiza el Evangelio de Marcos:
“Jesús resucitó en la madrugada, el primer día de la semana, y se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a comunicar la noticia a los que habían vivido con él, que estaban tristes y llorosos. Ellos, al oír que vivía y que había sido visto por ella, no creyeron. Después de esto, se apareció, bajo otra figura, a dos de ellos cuando iban de camino a una aldea. Ellos volvieron a comunicárselo a los demás; pero tampoco creyeron a éstos. Por último, estando a la mesa los once discípulos, se les apareció y les echó en cara su incredulidad y su dureza de corazón, por no haber creído a quienes le habían visto resucitado” (Mc 16,9-14).

2. Con esto se puede llegar a esta diagnosis: la resurrección, de por sí, ni es evidente, ni es argumentable. La incredulidad básica frente a la resurrección es como el “hominis status naturalis”. Lo natural es no creer
La fe, por lo tanto, será don y gracia.
Con todo Jesús les echa en cara su “incredulidad”, bien sea al grupo, bien sea, particularmente, a Tomás. Con ello se deja entender que la Comunidad confesante es motivo de fe, op nos abre a la fe.

3. En el caso sucede que esta incredulidad es propia
- de los buenos,
- e, incluso, de los Apóstoles. Tomás es un hombre decidido (Jn 11,16), un apóstol de la intimidad de Jesús  (Jn 14,5).

4. Un análisis último nos lleva a percibir que entre la incredulidad (no ha resucitado, porque eso es imposible) y la fe (sí ha resucitado, porque Dios lo testifica) hay una pared divisoria que solo la gracia la puede derribar. Y esto, sólo si uno acepta recibir la gracia que se le da.

Una incredulidad constitutiva del corazón humano
Posiblemente el corazón humano, natura sua, está instalado en una especie de incredulidad constitutiva (con hambre, por otra parte, de lo transcendente), que tiene diverso cariz:
- una incredulidad que es más bien una ignorancia pasiva,
- una despreocupación de las cosas cuyo conocimiento no aporta un fruto rentable,
- una incredulidad que nos ata a vivir en este más acá de las cosas en lugar de traspasarnos al más allá,
- una incredulidad es una especie de indiferencia, apatía, adormecimiento... por las cosas del Espíritu, que puede ser estado habitual años y años,
- una incredulidad-rutina, de quien celebra los sacramentos más bien por honestidad profesional y da consejos de modo abstractamente convencional.
- En fin, hay una incredulidad que está justificada por la soberanía de la razón, que busca la evidencia de las pruebas, bajo mi control personal. Hasta aquí ha derivado la incredulidad de Tomás.
La incredulidad nos mantiene en un encogimiento del ser; retiene y aprisiona la expansión del corazón.

La prueba de la Encarnación que Tomás exige
En la prueba que Tomás exige para dar su asentimiento y creer – es decir, entregarse al Resucitado – queda evocada la escena anterior. Jesús ha entrado con su carne santísima en contacto con la comunidad creyente. Para Tomás, como increyente, no es posible:
- ni la nueva realidad de Jesús carne del Espíritu,
- ni la comunión con la comunidad de seguidores.

Por otra parte, y además de lo anterior, Tomás enfrenta su yo personal, que debe ser garante de estas verdades, frente a la comunidad que es comunidad de discípulos, ayer de Jesús paciente hoy de Jesús Resucitado. La fe, como acto personal, requiere mi verificación personal, y la comunidad (que luego llamaremos “tradición”) no me lo puede proporcionar.
Tomás, por tanto, pone ante los ojos de la iglesia el problema central de la fe, ligada al testimonio de Dios y a la transmisión en el seno de la Comunidad.

La prueba de la Encarnación que Jesús da

A Tomás se le invita ahora a ver y palpar el cuerpo de la Encarnación a pasar de la incredulidad a la fe. Entre ambas la separación puede ser una simple membrana; la distancia, sin embargo, es insalvable.
La prueba para Tomás es la misma que ha negado: el contacto de la Encarnación, consumada en la Resurrección, por la comunión con este mundo. Jesús Resucitado es presencia vivificante del mundo. Aceptar esto es entrar en la fe.
La fe, por lo tanto, es comunión con la carne de Cristo, con su santa humanidad.
La fe da el paso sublime a la divinidad.
Jesús invita a vivir con su divinidad tangible, como si su cuerpo (es decir, su vida, su dolor, su sangre, su delicia...) estuviera conglutinado en nuestra experiencia empírica; como si el mundo nuevo – lo que ni ojo vio, ni oído oyó – fuera parte de nuestra realidad cotidiana

La fe de Tomás culmina en la adoración:
¡Señor mío y Dios mío!

Sin duda que la fe tiene múltiples manifestaciones, cuantas son las manifestaciones de la vida, porque toda vida pasa a ser fe. Pero la fe tiene una manifestación propia sublime: la adoración amorosa. Esa adoración es el punto que nos coloca en ese anhelo del tránsito hacia Él.
Nuestra oración, como ejercicio, tiende a eso: a terminar en un “¡Dios mío, te amo!” Si esto existe, existe la oración; si nuestra oración no queda traspasada en un “Te amo”  queda retenida en una reflexión.

“Más” bienaventurados los que crean
sin haber visto

La bienaventuranza final del relato va dirigida a los destinatarios del Evangelio. Hay una comparación entre el caso de Tomás y el nuestro. Nada se le quita a Tomás, pero lo que se pondera es la gracia nuestra, que, sin la “prueba  empírica” de la fe alcanzamos lo que Tomás alcanzó.
Y esta es la gracia a la que el Señor nos invita: la gracia de la fe total. Es la
- fe-abandono,
- fe viva y oscura,
- fe perseverante,
- fe que implica y entrega toda la vida

Puebla, Jueves de Pascua, 28 abril 2011.
 
Jueves de Pascua 2011
Lucas 24,35-48
(28 abril 2011)

¿A quién miran y a quien ven
los cuatro transfigurados?
No los creáis espantados,
que están los cuatro muy bien
cenando en Jerusalén.

Eran cuatro y uno más
delante, en medio y detrás.
Eras tú, Jesús amado,
que nos abriste el costado
para no salir jamás.
Puebla, Jueves de Pascua 2011
miércoles, 27 de abril de 2011 0 comentarios

38. Aparición a los discípulos

La Iglesia trinitaria de Jesús Resucitado
(Meditación sobre Jn 20,19-23)
La Iglesia encerrada, triste y con miedo

La primera aparición a los discípulos, congregados como Iglesia, acaece en el mismo día de la Resurrección, por la tarde, al anochecer. Es la hora de la oración.
Esta es la primera visita que hace Jesús Resucitado a su Iglesia congregada. Lo había prometido en la Cena: “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22).
Esta es la situación de los discípulos antes de la visita del Señor; lo había predicho el Señor: “También vosotros ahora sentís tristeza”.
La profecía de Jesús sobre la próxima situación de los discípulos es variada y está en los Sinópticos y en Juan. En los vaivenes de la Iglesia, cruzando el curso de los siglos, a lo mejor habrá que considerar estos “estado colectivos”, y quizás hoy es uno de esos momentos. La prueba de la Iglesia, que Jesús la asume como suya:
- es la desbandada y el abandono,
- incluso la negación,
- y, se consecuencia, la soledad de Jesús.
La soledad de Jesús podemos contemplarla como la redención de su propia Iglesia. Con su soledad, que Jesús asume ante el Padre, Jesús purifica la fe de su Iglesia.
Las palabras evangélicas nos lo insinúan:
“¿Ahora creéis? Pues mirad: está para llegar la hora, - mejor, ya ha llegado -, en que os disperséis cada uno por su lado y a mí me dejéis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre” (Jn 16,32).
Y ofrece su paz y su consuelo, su aliento, incluso para esta ocasión: “Os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened confianza: yo he vencido al mundo” (16,33).


La soledad de Jesús es un gran venero de la mística cristiana; en ella queda fortificada la fe de la Iglesia. La soledad de Jesús tiene tres momentos de desarrollo:
- soledad en el Huerto, aun cuando esté físicamente acompañado de los suyos.
- La soledad le persigue en el proceso judicial; cierto intento de compañía como “seguimiento” queda frustrado en la negación. Pero aquí hay una discreta compañía, que el Cuarto Evangelio recoge: “Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote” (18,15). Es un dato precioso que debemos recoger y ponderar. “El otro discípulo” sigue a Jesús en los pasos del juicio, y no lo niega, y lo acompañará hasta la Cruz. Aunque las palabras de Jesús incluyan a todos en la profecía del abandono, Juan tiene un lugar aparte. Juan ha sido el amor fiel, al menos discretamente fiel; esta es su misión específica entre los Doce. Juan representa la fibra del amor de la esposa.

Acaso el Señor pueda tomar mi soledad, mi austera soledad, para fortificar la fe de su amada Iglesia. Los “estados de Jesús”, los “estados de la Iglesia” vuelven y tornan en la marea de los siglos. La desafección nos rodea, y este sentido de vivir en un sitio inhóspito pertenece al misterio de nuestra soledad, especialmente como soledad celibataria. Resuena en el fondo del corazón la palabra tonificante de Jesús: Yo no estoy solo, porque está conmigo el Padre.


La suma entrega del Resucitado

Tornemos, pues, “al anochecer de aquel día, el primero de la semana” (Jn 20,19).
No olvidemos que cuando se escriben estas cosas, decenios después, estamos ya en la Eucaristía de la Comunidad. Este anochecer del primer día de la semana es nuestra Eucaristía dominical para celebrar la memoria del Señor.
La entrega total de Jesús, que establece la “koinonía” en la Iglesia, está expresada por
- la entrega de su Presencia,
- por la entrega de la paz,
- por la entrega de la alegría,
- por la entrega de su Cuerpo,
- por la entrega de su intimidad.
Son dones reales, cada uno de ellos, que provienen de la nueva realidad de Jesús. En el misterio de la Encarnación se nos da ciertamente todo Dios, pero es en la Resurrección cuando se hace efectiva la entrega otorgada.
La Iglesia es la destinataria de esos dones – todos los hermanos, todas las hermanas – y he aquí que nosotros debemos ser conscientes del nuevo mundo en que hemos entrado.

 El primero es el don de la Presencia. Y esta presencia, para la que no obstan muros, puertas y cerrajas, es la que disfruta la Iglesia. Si es cierto que “los suyos” lo abandonaron, él nunca abandonó a “los suyos”, ni se perdió ninguno de los que el Padre le confió: “Y así se cumplió lo que había dicho: No he perdido a ninguno de los que me diste” (Jn 18,9).
La Iglesia nunca ha sido abandonada de su Señor; al contrario, cuenta con la presencia de Jesús. La Presencia está vivamente significada por la expresión joánica: “se puso en medio” (v. 19).

El segundo don es la Paz. La paz nos la presenta el Evangelio de Juan como don testamentario, cuando de labios de Jesús escuchamos: “La paz os dejo, mi paz os doy” (14,27). La paz, como se sabe, es la suma de todos los bienes.
Jesús volverá sobre la paz en la Cena, cuando hable de esta forma: “Os he hablado de esto, para que tengáis paz en mí” (16,33). “Paz en mí”, que parece asemejarse a una fórmula paulina es don de Jesús. También a los enviados en misión se les dice que entreguen la paz.

El tercer don es la alegría. Indica el texto sagrado: “Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (v. 31). Esta es la alegría prometida como don de resurrección en la Cena. Es la alegría inherente a la vida cristiana y de por sí indestructible. “Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (16,22).

La entrega de su Cuerpo. “Les mostró las manos y el costado” (Jn 20,20).El versículo es típicamente espiritual y místico, y queda con un sentido abierto que, cuanto más se piensa, más sugerencias aporta.
Esa ostensión de las manos y el costado no es tanto la prueba de identidad, como el acto de donación de sí mismo en las fuentes más pura de su intimidad: donación e invitación a acoger el don. Un cuerpo resucitado no tiene llagas..., y diremos que tampoco cicatrices... (Al P. Pío, que durante 50 años había llevado las llagas sangrantes de Cristo, antes de morir, 23 septiembre 1968,  le desaparecen y sus manos quedan tersas, lo cual se interpreta como un anticipo de resurrección...).
Las llagas de las manos y el costado, abierto por la lanza, son la entrega sacramental a la Iglesia de su cuerpo manante de vida de Dios. No hay que fantasear acerca de cómo era, o pudo haber sido, la túnica de Jesús para que pudiera mostrar la llaga del costado.
Antes de morir, a Moisés “el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan...” (Dt 34,1). Los rabinos, propensos a la literatura mística, han desglosado todo lo que Dios mostró a su Siervo Moisés. Dios, al mostrarnos su intimidad, nos muestra sus secretos. Aquí son los secretos de la humanidad santa de Dios, que ha sido dada a la esposa amada.
La Iglesia, haciendo exégesis de este versículo, ora en el “alma de Cristo” (Anima Christi): “Intra tua vulnera, absconde me” (Dentro de tus llagas, escóndeme).

La entrega del cuerpo sacrosanto es, simultáneamente, la entrega de la intimidad divina. Si Dios nos muestra – me muestra – sus manos y su costado, habiendo dicho “Paz a vosotros”  está diciendo que se entrega sin condiciones a nosotros; nos muestra y entrega los tesoros de su divinidad


La Iglesia de la Trinidad y del envío

Si Jesús “está en medio”, Jesús se sabe enviado por el Padre y él, desde el Padre, envía el Espíritu para iniciar el día de la nueva creación.
La totalidad de la misión de Jesús, recibida del Padre, es trasvasada – tal cual – a su Iglesia, aquí naciente. Jesús es el “plenipotenciario” del Padre; es esa su misión universal. Ahora, en los mismos términos en que él recibió el mandato del Padre, él los pasa a su Iglesia. Exegéticamente hay que insistir en ello: exactamente igual que en Jesús, exactamente igual en la Iglesia. Quedamos “nivelados” con la Trinidad. San Juan lo repite con varias expresiones: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. El amor fluye de un plano a otro, sin desnivel.
La teología hablará de la “circuninsesión” divina (el movimiento circulatorio inherente a la Trinidad, en la igualdad de las personas); san Juan nos presenta un compartir de la vida divina de Jesús con los suyos, y acude a las mismas fórmulas de comunión y alianza. “Como el Padre para mí y yo a vosotros, y vosotros a mí”.

El envío misionero es un envío salvífico, y a la misma Iglesia, a la que se envía, terminará con el envío del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, que es la purificación plena de la Iglesia.
La Iglesia toda es enviada. El Espíritu Santo (anticipación de Pentecostés) es enviado a  esta iglesia germinal.
Y esta Iglesia, como en el día inicial de la creación, cuando Dios sopló en Adán para que fuera ser viviente, recibe ahora, con el soplo de Jesús, el Espíritu Santo, que es principio, corona y fin de la obra salvífica.
Está naciendo la Iglesia.

Yo, cristiano, soy partícipe de estos dones que gratis Dios nos otorga.
Yo, Sacerdote, como ministro del Señor, como servidor de su mesa y de su pueblo, recibo lo que se me entrega (que son también dones para mí) y los entrego a la Comunidad, a la Iglesia santa de Dios.

Puebla, Miércoles de Pascua 2011.
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37. Aparición a María Magdalena


La primacía del amor
Meditación sacerdotal sobre Jn 20,1-18


La aparición de Jesús a María Magdalena, en la versión de san Juan, acumula varios detalles verdaderamente sorpresivos:
1) No es la aparición a “las mujeres” que estuvieron en el Calvario, como en los otros Evangelios, sino a una sola.
2) Esta aparición es la aparición primera.
3) Es una aparición cuyo contenido se nos muestra con una delicada intimidad.
4) Es una aparición en la que la mujer es constituida mensajera de los apóstoles, y, por lo tanto, María Magdalena adquiere un protagonismo único.

Esta aparición de Jesús está dando respuesta a cuestiones centrales que se plantea el cristiano que con amor y anhelo ha buscado el rostro de Jesús:
- Quién es, en verdad, Jesús Resucitado.
- Quién es esta mujer así favorecida.
- Qué es realmente la Iglesia, como Comunidad del resucitado.
- Qué hace Jesús en el cielo.

Nuestra explicación es una “meditatio”, con las posibilidades que da este género espiritual.
(El singular comentario de J. Mateos – J. Barreto, El Evangelio de Juan: Análisis filológico y comentario exegético. Cristiandad, Madrid 1979, 1094 pp., aparte de ser magistral en el análisis lingüístico,  nos resulta abrumador en sus relaciones simbólicas, tan meticulosas y, a veces, cuestionables. Pero el trasfondo nupcial de la escena con El Cantar de los cantares, Ct 3, es un dato precioso y muy sugerente para la exégesis de un Evangelio que resulta de un género “espiritual” por los cuatro costados).

Un mujer sola, María la Magdalena

María Magdalena va al sepulcro. Era el primer día de la semana; era al amanecer y todavía estaba oscuro. Esta mujer no lleva ungüentos, no lleva nada.
¿Por qué va? ¿A qué va? El lector, que al punto empalma con el anhelo de María, sabe que va simplemente movida por el amor. El amor, como lo saben todos los amantes verdaderos, es razón en sí mismo. Lo recordará san Bernardo – doctor melifluo – comentando el Cantar de los cantares (lectura de su fiesta).
Esta mujer en su camino cruza la mente del lector cristiano, si este lector, como en nuestro caso, es un sacerdote célibe. Hay muchas resonancias en el fondo del corazón que uno las lleva consigo, que - ¡oh dolor y dulce misterio! –quizás nunca puedan aflorar por esa gasa de pudor que cubre nuestras alma y que retrae nuestras palabras en contemplación.
Aquí arranca el Evangelio, porque el Evangelio es, ante todo, la Pascua de Jesús, y arranca por la voz, el pecho y el anhelo de una mujer. Si el Evangelio abrió su secreto en el misterio de la Encarnación, acogido por una Mujer, María de Nazaret, la Madre del Mesías, al “llegar la hora” la Mujer estuvo allí, como la primera. Nos referimos a la “Madre de Jesús” junto a la Cruz de Jesús. Y nos referimos a María, la Magdalena que fue la primera al sepulcro, antes que la luz del sol, que fue la anunciadora a los apóstoles primera y segunda vez en el mismo curso de la escena.
Es, pues, María, la Magdalena, la que no lleva perfumes, porque el amor, depositado por el Espíritu era el perfume penetrante de su vida.
No podemos hurtarnos al Eterno Femenino. Está ahí; lo llevamos dentro. Ejerce una fascinación irresistible – así desde el Paraíso – y en la Iglesia tiene una supremacía que está por encima de nuestras codificaciones canónicas de funciones.
Lo femenino, en el fondo, es la maternidad de Dios, la Amada del Verbo, la fecundidad del Espíritu. ¡Feliz a quien se le ha dado contemplarlo – contemplarla – como puerta de cristal para la Trinidad!


Pedro y el Discípulo a quien Jesús amaba,
ante la voz de María Magdalena

Al ver la losa quitada del sepulcro, la mujer corre para comunicarlo, no precisamente a los discípulos, sino a aquellos dos que aquí como en la Cena (Jn 13) son mencionados juntos: “Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba” (v. 2).
Esta trilogía de la Iglesia que busca y encuentra al Resucitado, acaso signifique un estilo que pertenece a lo más puro e íntimo de la Iglesia. La Mujer – y, al decirlo, nuestro pensamiento recurre al punto a María, Madre de Jesús – está en el vértice de este triángulo, al que solo el amor da su unidad y equilibrio.
Se describe ahora, con su hondo significado, la marcha apresurada de Simón y el otro discípulo.

(El pintor suizo Eugenio Burnand (1850-1921) pintó en 1898 su mejor cuadro con esta escena. El cuadro cuelga en el Museo de Orsay en París).


Pedro y Juan, el gozne ministerial visible de la Iglesia, están inspirados por la voz de una mujer. Y al llegar al sepulcro percibieron, por la fe, la verdad de la resurrección, que la encontraron en la Escritura. En efecto, se dice del segundo: “vio y creyó” (v. 8). Y se añade de los dos, en plural: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos” (v. 9).
María Magdalena acaba de cumplir su primera misión, que luego, refrendada por Jesús, quedará coronada: es la Apóstol de los Apóstoles.
María ha regresado al sepulcro, pero no se describe su marcha. Ahora bien, al irse Pedro y el Discípulo a quien Jesús quería, allí queda ella.
¿Por qué ellos se van y ella no? ¡Qué preguntas más racionales..., y en el fondo, inútiles! Inútiles para el amante.
María estaba llorando.
Estaba al alba María,
Llamándole con sus lágrimas.

María y los mensajeros celestiales

Jesús ha escuchado ya las lágrimas de la esposa. Sin dejar de llorar, la mujer se asoma al sepulcro y ve a dos guardianes celestiales, vestidos de blanco – que es hermosura, triunfo y gloria - , a la cabecera y a los pies de donde había reposado el Rey.
Es una visión celestial, pero en su corazón María está alucinada por el esposo arrebatado. Los ángeles le preguntan, con tono noble, y los dos juntos, como el coro de una representación: “Mujer, ¿por qué lloras?” (v. 13). Y María les responde: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”.
¿Quién es este “mi Señor”? Los exegetas se han atrevido a decir que es “mi Marido”. Es mi Señor nupcial. Y, si no fuera mi Señor nupcial, sería “mi Señor Dios”, que no es menos adoración.

María y el Jardinero del Huerto

Al volverse, María ve la Figura. Y ella, cegada por el amor, vio al Jardinero del Huerto. Veía bien, pero no acaba de ver del todo.
Y ahora, sí, entra el esposo con la voz creadora del amor. Si la fe nos viene “ex auditu”, por el oído, según dice Pablo (fides ex auditu), el amor, que emerge con una mirada resplandeciente, se posesiona del todo con la voz. De la voz de Dios nació la creación, y de la voz de Cristo Adán nace ahora la nueva creación, dirigiéndose a Eva. Y le dice simplemente una palabra de amor esencial: ¡María! Que es lo mismo que decirle: ¡Amada mía!
Y María respondió con el mismo eco que salió de su corazón: ¡Rabonni!, “que significa ¡Maestro!”, advierte Juan (v. 16). (También los exegetas observan que era una palabra con la que una mujer podía dirigirse, reverente, a su marido).
Este es un encuentro de intimidad de dos que, al amarse se anhelan; se anhelan tanto, que Jesús (lo va a decir a continuación, por la mujer ha alterado su plan, como un día alteró su Hora en las Bodas de Caná).
María, la esposa anhelante, se ha abalanzado a los pies de su Señor, y los funde con sus besos.
El buen teólogo sabe que es la función de la mujer en la Iglesia, mayor que la cual ninguna otra existe.


Subo a mi Padre, que es vuestro Padre,
a mi Dios, que es vuestro Dios

María está disfrutando del primer abrazo que el Resucitado recibe de parte de los suyos. (Nada decimos de la primerísima y única, María entre todos, María, la madre de Jesús. De esta aparición anota san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales: PRIMERA APARICIÓN SUYA. 11 Primero: apareció a la Virgen María, lo qual, aunque no se diga en la Escriptura, se tiene por dicho, en decir que aparesció a tantos otros; porque la Escriptura supone que tenemos entendimiento, como está escripto: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?).
La Magdalena quisiera eternizar este momento. Pero Jesús le dice: “No me retengas, que todavía no he subido al Padre” (v.17) (Nota. La antigua traducción, la Vulgata, decía: Noli me tangere, No me toques. La nueva, la Nova Vulgata, dice: Iam noli me tenere, No me retengas...).
Jesús tiene prisa por ir al Padre, que es su lugar definitivo. Pero, de camino, ha querido hacerle una visita..., no a Pedro, no a Juan..., sino a María Magdalena. ¿Es atrevida la interpretación...? Pero es que las palabras lo están diciendo...
María Magdalena – hablando en mexicano – es “la consentida”. En fin, se deshacen nuestros esquemas formales para dar sentido y expresividad a este mensaje directo del santo Evangelio.
Jesús, pues, va a subir al Padre, sin dejar la tierra. Se adelanta para prepararnos lugar, como lo había anunciado, con semejante lenguaje, en las palabras de la Cena.

Pero ahora nuestra consideración pasa de la Magdalena a las palabras de Jesús. Jesús tiene para ella una encomienda, un nuevo Evangelio que ella ha de estrenar. “Anda, ve a mis hermanos..., corre a mis hermanos, y anúnciales cuanto antes...” ¿Qué les debe anunciar la Magdalena, la intermediadora, la vocera de Jesús, la evangelista, la Apóstol de los Apóstoles? Les debe anunciar, como profetisa enviada por Jesús, el nuevo Evangelio, es decir, el remate del Evangelio. Helo aquí: Anuncia a mis hermanos:
“Subo a mi Padre, ¡que es vuestro Padre!,
a mi Dios, ¡que es vuestro Dios!” (v. 17).

Ahora Jesús, el que fue crucificado, mora en el Padre, y es la palabra más bella que tiene la Iglesia que anunciar a los hombres, comenzando por los Apóstoles. Éste es el Evangelio de la Resurrección. Y María Magdalena es el heraldo, la Apóstol de los Apóstoles (repetimos por tercera vez).

El entramado íntimo de la Iglesia

La Iglesia del Resucitado es ciertamente una Iglesia jerárquica, basada en la confesión de Pedro por amor. El Discípulo amado lo recalca más que nadie. Y con todo, es este evangelista el que nos abre, como ninguno, los ojos para ver que esta Iglesia sacramental, la del cuerpo adorable de Jesús, que se nos entrega por el Espíritu, es una Iglesia en la que vista en todos sus rasgos, siempre el amor tiene la primacía.
Y María Magdalena ha sido la primera. Solo el amor es el motivo último de la constitución sacramental de la Iglesia (sacerdocio) y de la estructura jurídica (Pedro).
Este esquema de fondo tendremos que tenerlos muy presente, cuando la discusión recale sobre el sacerdocio de la mujer. A decir verdad, hay algo en la Iglesia más constitutivo que el sacerdocio ministerial.
La mujer con su vida – la Magdalena, en este caso – es la venturosa representación del amor al Esposo, sentido de la Iglesia en este mundo.


Consideraciones sacerdotales:
Al servicio de una Iglesia de hermanos del Señor


La Comunidad del Discípulo amado, tal como aparece en el capítulo 20 – capítulo final de la Resurrección, con su propia conclusión a todo el Evangelio (20,30-31) – y se prolonga en el capítulo posterior, que se percibe que es un añadido, también este con una conclusión a todo el Evangelio (Jn 21,25), tiene una figura específica, contorneada con sus rasgos propios.
- Es una Comunidad espiritual,
- de hermanos, a quienes Jesús llama “mis hermanos” (como en el Juicio final),
- que preside el Señor glorioso,
- de cuyo cuerpo y costado, como en la cruz, manan los sacramentos de la Iglesia,
- el gozo y la paz,
- que vive en contemplación y amor,
- y a la que se le asigna una misión en el mundo.

Hay ciertamente un pastoreo espiritual, que está basado en una profesión de amor, que para nada es dominio mundano, sino ejercicio en el amor-servicio recíproco. La función de Pedro (jerarquía del Señor) y la de Juan (amor oblativo) se compenetran sin ninguna posible colisión; se interfecundan. Ninguno puede oscurecer a quien de verdad es el Señor, el único Señor.
El Sacerdote debe saber situarse en este entramado de amor. Acaso se identifique con Juan, pero ha de mirar a Pedro (como Pedro mira a Juan durante la Cena), y uno y otro han de mirar al Señor. En Tiberíades es Juan el que dice a Pedro: ¡Es el Señor! (21,7 ).
Y la Mujer..., la Magdalena, la aparentemente humilde feligresa o la escondida en un monasterio de oración, acaso deberá seguir cumpliendo la misión esencial de la Iglesia, y comunicando lo que a ella se le ha comunicado, la primera: ¡He visto al Señor, y me ha dicho para vosotros esto! ¡He visto al Señor!

Miércoles de Pascua, 27 abril 2011.

Himno para orar cone sta escena del Evangelio: Estaba María al alba.
 
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