sábado, 28 de mayo de 2011 0 comentarios

50. La promesa de Jesús: el Espíritu de la verdad






(VI Domingo de Pascua, ciclo A,
Jn 14,15-21)


Hermanos:

1. Estamos escuchando a Jesús en esas palabras de despedida que son el discurso de la Cena. Estamos pendientes de sus labios, pues quisiéramos recoger todo, sin perder un anhélito de su aliento. Lo que dice una persona que va a morir es siempre precioso: es el legado que él deja  a sus hijos, y acaso, ciertamente que ahora sí, a la humanidad.
Por primera vez en este discurso de despedida Jesús nombra su promesa: el envío de otro Paráclito, que es el Espíritu de la verdad.
Y esta promesa está expresada y envuelta en palabras esenciales, cargadas de misterio. Si la expresión no sonara mal por el uso, diremos “palabras esotéricas”, es decir, confidencias que van dirigidas a un grupo de iniciados; los demás, los de fuera - “el mundo” - no están en el secreto no pueden entenderlo.
Jesús habla del amor, de la guarda de sus mandamientos, del conocimiento interior.
Añade: “No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros”. En esta órbita del misterio, él se va, pero vuelve, porque no nos deja huérfanos.
Hermanos: estamos en un lenguaje único, que podemos llamar “el lenguaje de la revelación”, que saca del fondo el misterio recóndito, que tiene sentido en una comprensión del conjunto y en cada una de las partes por sí. Ninguna frase rompe la unidad del todo, y cada frase se comprende en ese latido último que viene de la divinidad.
Todo se resuelve en la unidad que es concreta, que está personalizada y que nos transciende. Escuchemos: “Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros” (v. 20).

2. Vamos a detenernos en esa promesa del Paráclito, de que habla Jesús. ¿Qué luces de revelación dimanan de ahí?
Jesús dice, ante todo, “Yo pediré al Padre”. Une el Señor el regalo del Espíritu con su oración. El Espíritu es fruto de esa oración todopoderosa del Hijo, que conoce los sentimientos del Padre, y sabe de modo perfecto qué es lo que le agrada que se le pida, y cuál va a ser el resultado infalible de la petición.
La frase se termina así: “que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros” (v. 16).
El Espíritu es don de Dios, o “el don de Dios”, exactamente el don del Padre. En el Evangelio de san Lucas, y en una circunstancia muy diferente encontramos la expresión equivalente. Cuando se habla del poder de la oración confiada, del hijo que pide al padre un pedazo de pan, un pescado..., en ese Evangelio leemos: “Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?” (Lc 11,13).
El Espíritu Santo es el don del Padre, el don de los dones. ¿Por qué? Porque el Espíritu Santo no es una cosa, no es una gracia; es una persona, Donde esta Él está la Trinidad, Dios vivo y verdadero.
Existe en México una benemérita y pujante familia religiosa llamada “Misioneros del Espíritu Santo”, iniciada hace cerca de cien años (25 diciembre 1914). Esta Congregación religiosa, que se acoge a la acción del Espíritu Santo, mira con especial afecto por la santidad de los sacerdotes y consagrados, y es muy activa en obras de pastoral entre laicos y movimientos de jóvenes.
El Espíritu Santo es el regalo todo divino de Dios, y es el envío; donde está el Espíritu de Dios está la misión de Dios en la entraña del mundo.  Los Misioneros del Espíritu Santo, sintiéndose receptores de Dios y enviados por Dios, quieren llevar el don de Dios al mundo.

3. El don del Espíritu aparece en la lectura de los Hechos de los Apóstoles de hoy, en un texto al que ha prestado mucha atención la Teología para explicar lo que es el sacramento del Espíritu Santo como sacramento unido al bautismo.
El episodio es este: Felipe, no el apóstol uno de los Doce, sino uno de los siete varones de Jerusalén a quienes los apóstoles impusieron las manos y oraron encargándoles el servicio de la caridad, cuando se desató la persecución en Jerusalén con motivo de la muerte de Esteban, bajó a Samaría. Allí predicó el Evangelio con signos portentosos. “La ciudad se llenó de alegría” (Hch 8,8). Y el texto sagrado nos informa: “Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que Samaría había recibido la palabra de Dios , enviaron a Pedro y Juan; ellos bajaron hasta allí y oraron por ellos, para que recibieran el Espíritu Santo, Pues aún no había bajado sobre ninguno; estaban solo bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo” (8,14-16).
La interpretación del pasaje nos invita a afirmar que la venida del Espíritu Santo se manifestaba con signos visibles a los ojos de los creyentes. La gente había escuchado con atención a Felipe, dice el libro sagrado, “porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban” (,6-7). La predicación producía estos efectos maravillosos; pues del mismo modo la recepción del Espíritu por la acción sacramental de Pedro y Juan producía efectos semejantes.
La Iglesia, entre otros pasajes, ha acudido a este texto para insinuar qué es la confirmación.
En la confirmación, sacramento de la iniciación cristiana junto con el Bautismo y la Eucaristía, sacramento que celebra el obispo  - y preferentemente en la Vigilia pascual – y unge la candidata en la frente con el santo crisma, al tiempo que el obispo le dice: ACCIPE SIGNACULUM DONI SPIRITUS SANCTI (Recibe la marca del don del Espíritu Santo).
De esta manera la Iglesia está significando que el don del Espíritu Santo es real, y que esa marca, que se hace en la frente, la llevamos en el alma, en el ser entero, para toda la vida.

4. Todo esto procede, hermanos, en última instancia de las palabras mismas de Jesús, el Señor. El Espíritu Santo es el don supremo de Dios y lo llevamos dentro de nosotros mismos. ¡Cómo debemos suscitar nuestra honda sensibilidad, para convivir con estas realidades de Dios! Estas verdades son el fundamento de la existencia y de la misión de la Iglesia en este mundo.
De este Espíritu que Jesús envía desde el Padre nos hablará el Señor en otros momentos de la Cena. Aquí lo apellida con un apelativo: “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,17). En el Evangelio de San Juan la Verdad es la misma vida de Dios, es la base de toda la realidad. El que está en la Verdad está en la Vida; no se pueden disociar Verdad y Vida como si fuesen dos aspectos independientes.
Por eso el que está en la Verdad, el que está testimoniando a Dios, es partícipe de la Vida misma de Dios; es un santo. Yo no puedo dar testimonio de Dios si no vivo la vida de Jesús. Jesús ha vivido así.
El apóstol san Pedro en la predicación que tuvo en Cesarea, en casa de Cornelio, centurión de la cohorte Itálica, predicaba así: “Vosotros sabéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él” (Hch 10,37-38).

5. Es el Espíritu viviente, que penetró completamente a Jesús, y que, en la Cena, Jesús nos prometió que nos lo iba a enviar a nosotros.
Nos quedamos pensativos, reflexionando, sacando de nuestra fe pensamientos dormidos. Y con una súplica en nuestros labios:
¡Señor Jesús, dispón nuestro corazón para recibir el sublime don de la persona del Espíritu Santo, que tú nos prometes y que de junto al Padre tú nos lo envías! Amén.

Canto de Comunión para este Domingo VI de Pascua, ciclo A: Jesús y el Padre unidad.
jueves, 19 de mayo de 2011 0 comentarios

49. Señor, muéstranos al Padre y nos basta


(Domingo V de Pascua, ciclo A
Jn 14,1-12)

Queridos hermanos:

1. En este domingo entramos en la despedida de Jesús, y el Evangelio proclamado es una sección de aquellas entrañables conversaciones de Jesús después de la Cena, que llamamos conversaciones de sobremesa y discurso de despedida. En efecto, si tomamos la Biblia en nuestras manos y abrimos el capítulo 14 de san Juan, todo él es un discurso de despedida, con ese tono característico que tienen siempre las últimas palabras. Quizás en nuestro corazón haya un archivo sagrado en el que hayamos recogido las últimas palabras de nuestro padre, de nuestra madre..., palabras que por ser de quienes son y en tal momento son especialmente sagradas. En la Biblia, lo mismo en el Antiguo que en el Nuevo Testamento hay discursos de este carácter de despedida; por ejemplo, las bendiciones de Jacob a sus hijos; el discurso de san Pablo a los presbíteros de Éfeso cuando salen a despedirle al puerto de Mileto, ya rumbo a Jerusalén. Pablo les dice que ya no lo iban a ver más, lo acompañaron hasta la nave y lo abrazaron llorando. El mismo Pablo en una de sus cartas despide a su amadísimo Timoteo y le da los últimos consejos antes de la partida.
Jesús se despide y comienza diciendo: “No se turbe vuestro corazón”. Se nos va lo que más queríamos en este mundo, ¿qué va a ser de nosotros? No se turbe vuestro corazón es una consigna de Jesús, que podemos tomarla como consigna de vida, y en torno a ella podemos reflexionar para incorporarla a ese dinamismo íntimo que estructura la propia personalidad.
¿A qué nos puede sonar la palabra de Jesús como “palabra de vida”?

2. Escribo desde México (aquí en Puebla, a los pies del “Popo”, Popocatépetl, bello volcán junto al Iztaccíhuatl; con frecuencia la nieve hermosean sus cumbres...), México que es una tierra turbada, muy turbada, con un saldo de 40.000 muertos, pago cruel y absurdo del narcotráfico. No se turbe vuestro corazón.
No se turbe vuestro corazón, si ahora con el pensamiento me traslado a España y pienso en la gran movida jde jóvenes y otros no tan jóvenes, que se extiende incluso en el extranjero, que se ha dado ante este domingo de elecciones. Con cinco millones de parados, los jóvenes miran al futuro y dicen: “Juventud sin futuro”. Y en asambleas que se han propagado por todas partes protestan no contra un partido u otro, sino contra todos, con una soberana desconfianza de cara a los políticos. Si la religión fuera su futuro..., pero tampoco en ello ven un panorama de confianza.
No se turbe, vuestro corazón, dice Jesús. No es una frase de consolación etérea; es una palabra que quiere incidir en mi vida e inocular en mí esa serenidad, seguridad y firmeza que lleva consigo.

3. Es que, en realidad, es una palabra teológica. “Creed en Dios y creed también en mí”. He aquí la teología: Jesús habla de Dios, a quienes creen en Dios, y se coloca a sí mismo en el mismo rango divino. Jesús había sido el maestro, el amigo, el compañero... con el que habían podido contar en esta tierra. Pero inequívocamente el maestro y el Señor es Dios, y por ser Dios, es el que decide la eternidad.
No se turbe vuestro corazón, porque voy a prepararos un lugar, y vuestro destino es seguro, tan seguro como que yo soy Dios. Es decir lo divino y lo humano se han mezclado para hacer de los dos cuerpo de la misma historia.
Lo divino es “familiar” y vamos a hablar del destino eterno, del modo más sencillo como quien habla de un viaje que voy a emprender para prepararos el sitio, volver luego y llevaros conmigo. Este es el tono del discurso: “la fami8liaridad” penetra todas las palabras divinas de Jesús durante las conversaciones de la Cena.

4. Y al mismo tiempo que la familiaridad es el perfume de todas estas palabras del divino corazón de Jesús (podemos llamarle así), de pronto las palabras del Señor adquiere una solemnidad regia.
Estamos dentro de la escena y escuchamos a dos apóstoles que intervienen con dos preguntas.
Como Jesús dice: “Y adonde yo voy, ya sabéis el camino” (v. 4), Tomás, muy decidido, dice: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”, pregunta de pura teología. ¿Qué más quisiera el hombre que saber el verdadero camino que lleva hacia Dios? En la Edad Media, un maestro judío español, Maimónides (Moshé ben Maimón) escribió una obra clásica titulada: “Guía de perplejos”. El gran filósofo judío quiere mostrar el camino que nos conduce hacia Dios, practicando la revelación que Dios entregó a Moisés. Y dicen los entendidos que “Maimónides es para la tradición judía lo que Santo Tomás para la cristiana, que adaptó los cánones aristotélicos a las corrientes escolásticas” (Wikipedia).
Jesús responde a Tomás y nos está respondiendo a nosotros: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (v. 6). Es decir, no tengo yo que ir a las universidades en búsqueda de una guía intrincada. Jesús es todo y yo puedo ir a él, sabiendo que él que es camino hacia Dios, es la verdad de Dios, la vida de Dios.
Y añade el texto evangélico: “Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto”.
Son afirmaciones soberanas que llenan el universo del pensamiento, de la teología.

5. Y ahora viene la segunda pregunta teológica, esta vez en labios de Felipe, que mejor que pregunta es una súplica: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (v. 8).
El anhelo de Felipe es el anhelo humano, el último de todos los deseos, lo absolutamente único que puede saciarnos y ser la respuesta de todas las preguntas: Señor, muéstranos a Dios, que tú llamas “Padre”. Es cosa equivalente al último deseo que había expresado Moisés en el monte Sinaí: “Entonces Moisés exclamó: Muéstrame tu gloria. Y él le respondió: Yo haré pasar ante ti todo mi bondad y pronunciaré ante ti el nombre del Señor, pues yo me compadezco de quien quiero y concedo mi favor a quien quiero. Y añadió: Pero mi rostro no lo puedes ver, porque no puede verlo nadie y quedar con vida” (Ex 33,18-20).
Tal era el pensamiento judío: No se puede ver a Dios; no puede el hombre soportar el resplandor divino. Si uno ha de ver a Dios, tiene que morir; solo en la eternidad se puede ver a Dios.

6. ¿Qué va a responder Jesús a esta petición sustancial que le hace Felipe? Escuchemos las palabras: “Jesús le replica:
-«Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?” (vv. 9-10).
En esta respuesta de Jesús, el Señor, advertimos dos cosas:
- La primera, que para ver a Dios, no hay que esperar a morir, sino que podemos verlo ya.
- La segunda, que el que ve a Jesús ve a Dios, que no hay un Dios, por lo tanto, superior a Jesús; que una inmanencia entre Dios y Jesús, que es comunión plena de vida, de sentido, de conocimiento.

7. Nosotros, queridos hermanos, vamos a Jesús y con él nos arreglamos y esta es sencillamente nuestra religión. Dejamos para los teólogos otras elucubraciones.
Esto es absolutamente divino y Jesús se empeña en que lo divino sea, para el cristiano, lo cotidiano.
Y para esto viene el toque final de las palabras que estamos contemplando: Jesús se va y nos dice y asegura con una fórmula sagrada: “En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores,  porque yo me voy al Padre” (.12).
¿Cómo vamos a hacer los discípulos obras más grandes que las que hizo Jesús? Pues así lo dice el Señor. Él actuó en una reducida área geográfica... No pudo más. Sus discípulos, y entre ellos nosotros, salieron al mundo entero. Esa es la obra grande que ellos hicieron. Pero ¡atención!, la hacen los discípulos, porque en realidad la está haciendo él desde el cielo. “...y aún mayores,  porque yo me voy al Padre”.

8. Concluyamos, hermanos. Nuestro corazón se llena de admiración y exultación. Jesús, nuestro hermano, es al mismo tiempo nuestro Señor, nuestro Dios. Se ha marchado y pronto vendrá para llevarnos consigo. El sitio lo tenemos reservado, del todo asegurado.
Vayamos por el mundo como hijos de Dios, seguros en todos los vaivenes de la vida. Vayamos irradiando paz y esperanza.
Jesús está con nosotros, y Jesús está con el Padre.
Amén.

Puede verse en mercaba.org nuestro p0oema de comunión para este domingo: En la divina morada.
sábado, 14 de mayo de 2011 2 comentarios

48. El Señor es mi Pastor: nada me falta



(Domingo IV de Pascua,
Año A: Jn 10,1-10)
Hermanos:

1. En el Nuevo Testamento hay, entre todos, una pasaje sobre El Buen Pastor: “Yo soy el Buen pastor”, capítulo 10 del Evangelio de san Juan.
En los salmos hay un Salmo del Pastor: “El Señor es mi pastor: nada me falta”, salmo 23, que en la enumeración litúrgica, proveniente de la versión latina es el número 22.
Y en los Profetas hay, entre todos, un pasaje de Dios pastor de su Pueblo: “Yo mismo apacentaré a mis ovejas”, profeta Ezequiel, capítulo 34.

2. Hoy, domingo IV de Pascua, después de haber escuchado los tres domingos anteriores relatos de la resurrección de Jesús, hoy a este Jesús celestial lo contemplamos como el Buen Pastor de su Iglesia. Y acudimos al capítulo 10 de san Juan para recoger esta revelación que se nos entrega de que, lo mismo que en la antigua Alianza Dios fue representado como Pastor de Israel, en la nueva y definitiva Alianza Jesús es el buen Pastor. Un año leemos los versículos primeros, del 1 al 10; otro del 11 al 18; y el tercero del 27 al 30.
Le damos a Jesús la categoría divina de Pastor; y le damos a la Iglesia la seguridad de que tiene un Pastor, y que teniendo a tal pastor nada le falta. Lo puedo decir de la Iglesia, y lo puedo decir de mí mismo: “El Señor es mi Pastor: nada me falta”.
Mirando, pues, a este pastor, al Buen Pastor, nos preguntamos:
- ¿Dónde está el Buen Pastor?
-¿Qué está haciendo y qué va a hacer?
- ¿Qué relación tiene ese pastor conmigo y yo con él?

3. Pero mientras tanto, como música de fondo, dejemos que resuene el salmo del Buen Pastor en nuestro corazón, que por otra parte es el salmo responsorial de hoy

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
Me guía por el sendero justo,
Por el honor a su Nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
Nada temo, porque Tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.

(Ahora el pastor se transforma en el hospedero que nos brinda su casa, y continúa el salmo)
Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume
y mi copa rebosa.
Tu bondad y tu misericordia
me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.

Este es un salmo que se reza en tantas circunstancias de la vida, y que puede tener un sentido singular junto a la tumba de un hermano difunto. Acaso lo hemos escuchado en algún film recitado por el pastor de la congregación, mientras, rodeado de familiares y amigos, se da tierra al hermano que acaba de traspasar la barrera del tiempo.
¿Qué le aguarda al hermano, a la hermana, cuyo cuerpo yace sin vida? Le está esperando el Buen Pastor, que en la Casa del Padre le ha preparado un banquete.

4. En las exequias católicas se da este augurio al difunto: que sea llevado a hombros del Buen Pastor. “Que el Señor sea misericordioso con nuestro hermano, para que libre de la muerte, absuelto de sus culpas, reconciliado con el Padre y llevado sobre los hombros del Buen Pastor, merezca gozar de la perenne alegría de los santos en el séquito del Rey eterno”.
En estas frases está sonando las parábolas de Jesús: “reconciliado con el Padre" suena al hijo pródigo que vuelve a la casa paterna. Y “llevado sobre los hombros del Buen Pastor” es la parábola de la oveja perdida, del mismo capítulo 15 de san Lucas: “¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas y pierde una de ella, no deja las noventa y nueve en el desierto y va tras  la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra se la carga sobre los hombros, muy contento...” (Lc 15,4-5). Muy contento él y muy contenta la oveja, que perdida en peñascales ahora descansa en la mejor cama, que son los hombros de su pastor, que en este caso es Jesús. Pasar a la eternidad sobre los hombros de Jesús, es ir derecho a la casa solariega del Padre.
Eso es la parábola del Buen Pastor en Lucas, evangelista que se empeña en mostrarnos con palabras e imágenes la misericordia de Jesús, que a todos nos acoge.
En el Evangelio de san Juan lo del Buen Pastor no es una parábola, sino una alegoría. En las parábolas tenemos un punto de comparación: así ocurre en esta historia de la vida cotidiana, así ocurre en la vida de Dios con sus hijos. En las alegorías, observamos los detalles y a cada detalle le sacamos su simbolismo y su aplicación.

5. En esta alegoría nos fijamos en los detalles, y aquí hay , por de pronto, tres detalles: la puerta del redil, el ladrón, el pastor que saca y entra al rebaño por la puerta.
¿Qué hace un ladrón? El ladrón no entra por la puerta; salta por la barda. ¿Y para qué se mete? No para cuidar al rebaño, sino para robar, para matar, para aprovecharse.
El pastor no hace así: el pastor entra y sale por la puerta, y con él entra y sale su rebaño. El pastor lleva a sus ovejas a pastar; el pastor conoce a sus ovejas, a cada una, por su cara, por su balido, por su modo de caminar. El pastor llama a cada una por su nombre.
Con estos múltiples detalles que Jesús propone a la reflexión, uno se pregunta:
¿Quién es el pastor? Jesús.
¿Quiénes son las ovejas? Nosotros, yo mismo.
¿Quién es la puerta? Jesús mismo.
¿Qué hace Jesús? Por él entramos, por él salimos. Nos sentimos libres, seguros.
¿Qué más hace Jesús? Nos saca a pastar; él va delante, nosotros le seguimos; él nos conoce, uno a uno. Somos el rebaño de Jesús, sí, pero antes que rebaño, somos personas uno a uno.
Entonces hace falta saber quiénes el bandido. Jesús lo aplica a su tiempo. “Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos”. Esto es durísimo; es un juicio de la situación que contempla Jesús en Israel.
Los pastores del pueblo – tradúzcase de un modo general por “escribas y fariseos”, binomio que se repite con frecuencia en los Evangelios - no han sabido conducir al pueblo por el sendero justo. Los maestros de Israel han fracasado, porque no han transmitido al Dios de la fe.

6. Hoy, día 15 de mayo, en México se celebra el Día del Maestro. El Maestro es un pastor espiritual; enseña al que no sabe, le transmite conocimientos, y, sobre todo, le transmite vida. Su vida es para el discípulo norma de conducta.
Los Maestros de Israel han  fracasado, han adulterado el mensaje de Dios, que venía de las fuentes lejanas del Antiguo Testamento.

7. Si tomamos como sabios el texto y volvemos sobre él, observaremos que desde su entraña el texto emite muchas insinuaciones para hacer exégesis de versículos, hasta con audaces métodos de psicología. Jesús habla, por ejemplo, de la voz del pastor. El conocimiento de los animales es instintivo... Se deja a un perro en medio del campo, y ya sabrá volver a su casa; es el instinto, decimos. Y aquí habla Jesús de la voz. Las ovejas conocen la voz de su pastor; por eso lo siguen; pero si entra un bandido, no conocen la voz del salteador. No lo seguirán.
Hay, pues, un instinto cristiano de fe que nos dice: ¡Eso es Evangelio! Y es el mismo instinto que nos dice: ¡Eso no es Evangelio! Un instinto que no lo da propiamente la ciencia, sino el sentido de pertenencia real a Cristo.

Como ejemplo de una exégesis místico espiritual, que las ciencias del espíri de hoy la verían muy bien, podríamos traer unos párrafos de San Gregorio Magno (lectura del Oficio litúrgico de hoy), tan sugerentes y llenos de enjundia espiritual:

“El que entre por mí se salvará, disfrutará de libertad para entrar y salir, y encontrará pastos abundantes. Entrará, en efecto, al abrirse a la fe, saldrá al pasar de la fe a la visión y la contemplación, encontrará pastos en el banquete eterno.
Sus ovejas encontrarán pastos, porque todo aquel que lo sigue con un corazón sencillo es alimentado con un pasto siempre verde. ¿Y cuál es el pasto de estas ovejas, sino el gozo íntimo de un paraíso siempre lozano? El pasto de los elegidos es la presencia del rostro de Dios, que, al ser contemplado ya sin obstáculo alguno, sacia para siempre el espíritu con el alimento de vida.
Busquemos, pues, queridos hermanos, estos pastos, para alegrarnos en ellos junto con la multitud de los ciudadanos del cielo. La misma alegría de los que ya disfrutan de este gozo nos invita a ello. Por tanto, hermanos, despertemos nuestro espíritu, enardezcamos nuestra fe, inflamemos nuestro deseo de las cosas celestiales; amar así es ponernos ya en camino”.

8. En fin, hermanos, antes de concluir no quiero pasar por alto la última frase: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante” (Jn 10,10).
He aquí una síntesis de todo el hecho de Jesús en la historia: vida y vida en abundancia.
Así queremos nosotros caminar por el mundo: viviendo, disfrutando de la vida, y repartiendo vida.
En una palabra, hermanos: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”. Amén.
viernes, 13 de mayo de 2011 1 comentarios

47. La Divina Pastora


(Sábado anterior al Domingo del Buen Pastor)
Hermanos:

1. Hoy, 13 de mayo, es la Virgen de Fátima, una fiesta de la Virgen donde hay tres niños – Lucía, Jacinto y Francisco -, donde hay una ovejas del pequeño rebaño familiar, y donde hay una madre, una señora vestida de blanco que viene a visitar a unos niños y a pedirles que recen, que hagan penitencia por los pecados del mundo.
Hoy, 13 de mayo, hace 30 años que un hermano musulmán, el turco Alí Mehmet Agsá, quizás no por sí mismo, sino como sicario de alguien quiso asesinar al hombre de la blanca túnica, Juan Pablo II. La bala penetró en el vientre; el tiro pudo haber sido mortal..., pero la Virgen, como si desviara la bala con su mano,  no lo permitió. Es una manera de interpretar las cosas, y tenemos derecho a hacerlo. Fue un milagro de la Madre. Lo que sí es cierto, y esto podemos verlo como milagro,  es que Juan Pablo II, como buen cristiano, fue a la cárcel a visitar a su agresor y le tendió su mano de perdón.
Hoy, 13 de mayo es la Virgen de Fátima en el paisaje campestre de Cova d’Iría. Y mañana es la Divina Pastora, no por ser 14 de mayo, sino por ser sábado víspera del domingo IV de Pascua, que es el Día del Buen Pastor.

2. La Divina Pastora es una de las innumerables fiestas de la Madre, con que nosotros, cristianos católicos queremos honrar a la Madre del Señor. Bien sabemos que María no es una persona Divina, que en rigor teológico no se puede hablar de la Divina Pastora. Por eso, el título litúrgico es otro: Madre del Divino Pastor, o Madre del Buen Pastor.
Ahora bien, esa familiaridad que ha tenido el cristiano, sintiéndose hijo de María, con su Madre, la Santísima Virgen, le ha llevado a venerar a la Virgen con ese atuendo de Pastora, en medio de un rebaño, que es el rebaño de su Hijo, aquel que declaró: “Yo soy el Buen Pastor”.
La cosa empezó hace más de tres siglos. Y bueno será recordar esta historia de devoción, de amor, de conversiones..., de celo misionero. Lo haré tomando pie de una carta que en su día, al cumplirse tres siglos de esta devoción (1703-2003) escribió el superior general de los hermanos menores capuchinos, John Corriveau, a los capuchinos de Andalucía y a los demás capuchinos que en nuestras iglesias hemos cultivado esta devoción.

4. El capuchino P. Isidoro de Sevilla, “este hermano nuestro, gran devoto de la Virgen María,  una noche del mes de junio de 1703, tuvo no se sabe si “un   sueño misterioso, un éxtasis, una inspiración divina, o una simple idea”, así escribe su biógrafo el P. (Ambrosio de) Valencina, de representar a la Virgen vestida de humilde Pastora, cosa que llevó a cabo por encargo suyo el pintor D. Alfonso Tovar. En la pintura está la santísima Virgen sentada sobre una roca bajo un frondoso árbol desde cuyas verdes ramas le saludan las avecillas del bosque.  Es encantadora su sonrisa y mueve a  devoción la piedad y ternura con que mira a una oveja blanca que acaricia con su diestra. Una airosa toca cubre  parte de sus rizados cabellos que descansan sobre una pellica sujeta por un cinturón de piel. Todo su traje es el de una Pastora humilde, pero hace su cuerpo tan hermoso y galán que parece aquel que describiera el Cantar de los Cantares. Allá a lo lejos se ve entre celajes a una oveja errante acometida por el lobo del infierno, que el ángel del Señor, radiante de hermosura, defiende con su espada de fuego.
Así la contemplaron por primera vez los ojos atónitos de millares de sevillanos en procesión por la ciudad hispalense el 8 de septiembre del año 1703”.
Bajo la protección de la Madre del Buen Pastor y con el estandarte de la Divina Pastora los misioneros capuchinos han predicado el Evangelio en diversas regiones de América. Virgen misionera, hasta el punto de que la Orden Capuchina ha tomado a la Madre del Buen Pastor como Patrona de sus misiones.
Ocurre, además, que algunas Congregaciones religiosas se han acogido a la Divina Pastora, a la Madre del Buen Pastor, para sentirse, como rebaño de Jesús, también rebaño de María, rebaño protegido por tan dulce Madre.

5. La Virgen representada audazmente como Divina Pastora no es una revelación de una verdad nueva de la mariología, en modo alguno. Es una expresión plástica, muy en sintonía con el alma andaluza, de ese catecismo de verdades sobre la Madre del Señor que nos enseña nuestra fe cristiana:
- María  es la Madre de Jesús, la Madre del Señor.
- Todo lo que ella es lo es por el Hijo que tiene en brazos.
- María protege el rebaño de su Hijo, rebaño que somos nosotros; lo cuida en verde pradera, lo alimenta.
- María defiende del lobo infernal a los que su Hijo le ha encomendado.
- María, que en la Cruz fue constituida Madre, es la Madre misionera. Los misioneros la han llevado consigo en un estandarte para llamar a “la misión”, entregar el perdón y el Evangelio.
Todas estas cosas nos sugiere la imagen campestre de María.

6. Lo que acabo de recordar son motivos que a mí, hermano menor capuchino, me han impulsado a ofrecer a María, como zagal suyo, un ramo de versos, que sirvan para su fiesta.
Algunos hermanos, algunas hermanas, lo agradecerán. Pues aquí los pongo.

Madre del Buen Pastor y Divina Pastora de las almas
(Sábado anterior al Buen Pastor, este año 14 de mayo de 2011)

I
La audacia del amor te ha revestido

Divina Pastora de las almas.  Como el amor rompe las palabras, porque es el anhelo irresistible de lo divino, no nos sorprenda que las sencillas gentes le hayan llamado a María, Madre de Jesús, la Divina Pastora. Querían decir con ello, simplemente, que Jesús es el Buen Pastor. Tan Buen Pastor, tan amante de su rebaño, que a su Divina Madre le ha confiado sus cuidados.
El Buen Pastor protege a su rebaño, lo defiende, lo alimenta, lo conduce a claros  manantiales, le da el alimento de la vida eterna.
Y el Buen Pastor quiso tener a su Madre junto a sí en esta obra de amor y redención.
Cuando cantamos a la buena Pastora, a la Madre del Buen Pastor, estamos narrando un Evangelio espiritual, estamos cantando la Canción del Buen Pastor, que dio su vida por sus ovejas.
(Oh Jesús, Buen Pastor, condúcenos bajo tu suave cayado!

La audacia del amor te ha revestido
con el campestre atuendo de Pastora,
María, dulce Madre que nos cuidas,
de Cristo, Buen Pastor, su servidora.

Acaso te digamos, al mirarte,
que eres bella en el campo y que enamoras;
la esposa amada, Pascua y Paraíso,
canción de amor de cuanto el hombre añora.

Mas eres, sobre todo, Buena Madre,
la toda y siempre Madre, la Piadosa,
la que en la Cruz tomó bajo su manto
al hijo que Jesús te dio en su hora.

Asístenos, defiéndenos del malo,
oh siempre fiel, oh siempre vencedora,
amparo de tentados y caídos,
que toda pena alivia y acomoda.

Oh Virgen misionera de sencillos,
llevada en estandarte cual Señora,
las flores brotarán en las praderas,
oh Madre del amor, consoladora.

(Honor a Jesucristo que te hizo
reflejo de su amor y su corona,
en él se multiplique la alabanza,
al darnos tú su gracia redentora! Amén.

Tres Ojitos (Chihuahua), 25 de abril de 2007.


II
Pastora de las almas, dulce Madre

Quizás “La Madre del Buen Pastor” y “La Divina Pastora de las almas” afectivamente sean dos títulos distintos y complementarios de la misma verdad manante del Evangelio. La Virgen Divina Pastora de las almas, que vimos en el Seminario Seráfico de la Divina pastoral (Alsasua, Navarra) y que estaba en los camarines de las iglesias capuchinas, es, con detalles variados, la que el Venerable Padre Isidoro de Sevilla describió al pintor que la había de pintar.
 “En el centro y bajo la sombra de un árbol, la Virgen santísima sedente en una peña, irradiando de su rostro divino amor y ternura. La túnica roja, pero cubierto el busto hasta las rodillas, de blanco pellico ceñido a la cintura. Un manto azul, terciado al hombro izquierdo, envolverá el entorno de su cuerpo, y hacia el derecho en las espaldas, llevará el sombrero pastoril y junto a la diestra aparecerá el báculo de su poderío. En la mano izquierda sostendrá al Niño y posará la mano derecha sobre un cordero que se acoge a su regazo. Algunas ovejas rodearán la Virgen, formando su rebaño y todas en sus boquitas llevarán sendas rosas, simbólicas del Ave María con que la veneran...”
Evocando a esta Pastora de nuestra infancia, adolescencia y juventud, a esta Pastora Madre y Misionera, cantamos hoy, con muchos recuerdos entrañables, al inicio de nuestra Provincia de Capuchinos de España (26 abril 2011).

1. Pastora de las almas, dulce Madre,
visión de amor y paz en nuestra infancia,
mi pecho está muy lleno de recuerdos
cual prado pastoril con flores blancas.

2. Mullido es tu pellico de pastora,
la túnica de rojo hermoseada,
y llevas un cayado en tu derecha
y un sombrero que ondea hacia la espalda.

3. Tu reino es la ternura de tus ojos
que llega hasta nosotros y nos calma,
que somos a tus pies los corderillos
felices de pastar junto a tus plantas.

4. En ti Jesús está porque es tu Hijo,
tesoro tuyo, fuente de la gracia
el Salvador invicto del rebaño,
el Buen Pastor que a todos nos abraza.

5. A ti venimos, Madre, los hermanos,
redil y hogar de múltiples cañadas;
oh Virgen del Calvario, misionera,
seguros al amor de tu mirada.

6. La gracia que de niños nos mostraste
también ahora muestra en abundancia;
y en tu dulce regazo abandonados,
dejando todo, no pedimos nada.

7. ¡Jesús, oh Buen Pastor de tus ovejas,
que desde el cielo a tu rebaño guardas,
con las flores campestres que te gustan
amor brindamos y decimos gracias! Amén.

Puebla de los Ángeles, 12 mayo 2011
domingo, 8 de mayo de 2011 0 comentarios

46. Día de la madre: 10 de mayo


Mujer, Madre, Esposa
Hermanos:

1. Todo el mundo sabe en México que el día 10 de mayo es el Día de la Madre, caiga el día que caiga. Y muchos, muchísimos, en México saben que el día 15 de mayo es el Día del Maestro. No es tan seguro que se sepa cuándo es el Día del Padre o el Día del Abuelo. La Madre y el Maestro son dos figuras que merecen un altar especial. Ser maestro, ser maestra, es como una forma subsidiaria, adventicia, colaboradora... de ser “madre”.
El que lee la Sagrada Escritura topa en los libros sapienciales con un poema muy bello, tejido con cierto capricho, que se titula..., en el libro bíblico de los Proverbios no tiene título, que el título se lo ponemos nosotros, y podría ser éste: Elogio de la Mujer, esposa y madre. Antes se decía: “la Mujer fuerte”, porque el texto suena así: Mulierem fortem, quis inveniet? Una Mujer fuerte ¿quién la hallará? (Y la versión del episcopado español retiene estas palabras). Pero hoy eso de “mujer fuerte”  se intenta verter con otros epítetos: una mujer hacendosa, valerosa, una mujer entera, una mujer cabal... ¿dónde está?, ¿quién la encontrará? Porque esa mujer es el tesoro del mundo.
“Sus hijos se levantan
y la llaman dichosa,
su marido proclama su alabanza” (Pro 31, 28).


2. Los poetas, los literatos, se han esmerado por entonar el Canto a ese Mujer valiente, hacendosa, verdadera esposa, verdadera madre. Hubo un poeta español, de honda raigambre cristiana, que tiene una pieza literaria muy hermosa, un poema castellano amplio (272 versos) premiado en unos Juegos Florales: José María Gabriel y Galán (1870-1905). La poesía se titula “El Ama”, y canta a su madre (que se llamó doña Bernarda) y canta a su esposa (la campesina Desideria). El sensible poeta, maestro de escuela, había dejado este oficio, para dedicarse a su hacienda de labranza y ganado, y evocando con idilio esta vida, canta a la mujer madre y esposa. Oigamos las primeras secuencias.

Yo aprendí en el hogar en qué se funda
la dicha más perfecta,
y para hacerla mía
quise yo ser como mi padre era
y busqué una mujer como mi madre
entre las hijas de mi hidalga tierra.
Y fui como mi padre, y fue mi esposa
viviente imagen de la madre muerta.
¡Un milagro de Dios, que ver me hizo
otra mujer como la santa aquella!
Compartían mis únicos amores
la amante compañera,
la patria idolatrada,
la casa solariega,
con la heredada historia,
con la heredada hacienda.
¡Qué buena era la esposa
y qué feraz mi tierra!
¡Qué alegre era mi casa
y qué sana mi hacienda,
y con qué solidez estaba unida
la tradición de la honradez a ellas!
Una sencilla labradora, humilde,
hija de oscura castellana aldea;
una mujer trabajadora, honrada,
cristiana, amable, cariñosa y seria,
trocó mi casa en adorable idilio
que no pudo soñar ningún poeta.
¡Oh, cómo se suaviza
el penoso trajín de las faenas
cuando hay amor en casa
y con él mucho pan se amasa en ella
para los pobres que a su sombra viven,
para los pobres que por ella bregan!

3. ¿Qué dice en el corazón la palabra “madre”? Dice “amor”; ahora bien, amor sobresaliente, con tres características ideales que podemos perfilarlas de este modo.
Primero: El amor de una madre es un amor entero, amor a fondo perdido. No es un amor calculado, utilitario, que espera retribución.
Segundo: Es un amor silencioso. Con ello queremos decir que no es un amor ostentoso, protagonista. Un deportista, por el propio oficio, entra en pelea, buscando ganar, el primer puesto, el triunfo y la fama. Una madre ama en el silencio: largos años en que el hijito, la hijita, requiere a la madre en todo y para todo. Una madre de verdad se entrega en el silencio y la oscuridad.
Tercer rasgo de este amor “trinitario”. El amor de una madre es un amor hasta el fin, perseverante, sin traición, hasta lo último, pase lo que pase.

4. En una palabra, el amor de una madre de verdad, entera y verdadera, es el amor que cumple en sí la misma misión del amor, como si el amor materno fuese el prototipo del amor.
¿Idealizamos el amor de una madre? Sin duda, pero es que necesitamos idealizar y concretar en un ser lo que es el amor, suprema revelación que Dios ha dado a los seres humanos de nuestro origen y destino: nacimos del amor de Dios y vamos a desembocar en ese mismo amor. En suma, Dios es amor, y de alguna manera quiero verlo reflejado en una criatura. Esa es la madre.
La Virgen María para los cristianos es ciertamente la Virgen, mas el título preferido de la Virgen es que es la Madre de Jesús y nuestra Madre. En ella todo lo que expresa la palabra “Madre” halla su ecuación perfecta.
Los teólogos quieren hablar del “rostro materno de Dios”, llevando a lo infinito esa intuición del amor materno, amor-ternura, que está tan instintivamente asociada a la figura de la Madre. ¿Diremos que el Espíritu Santo es el rostro materno de Dios? No, cualquier concreción resulta infinitamente estrecha y hasta molesta. Dios es padre, Dios es madre, Dios es amor perfecto sin nombre, y Dios llega a mí en lo concreto. Y por ser así, humilde y narrativo, puedo decir – y lo digo – Dios llega a mí por el amor de un padre, por el amor de una madre. De mi caso personal, con sentido reconocimiento, sí que lo digo.

5. Día de la madre, pero Día del hijo que quiere decir una palabra a la Madre, a su madre. Olvidemos en esta hora que hubo madres, y las hay, que no aceptaron su divina misión en esta tierra. Pero yo quiero hacer un homenaje a mi madre, y siento en el corazón la necesidad de decir “¡Gracias!”. ¿Lo diré con versos? ¿Lo diré con flores?
Lo diré como pueda, pero lo diré de verdad. Lo diré, sobre todo, con una vida digna de sus ojos.
Lo diré con besos.
Lo diré con palabras.
Lo diré con silencios.
Madre: quisiste lo mejor para mí. Yo también quiero lo mejor para ti. Recibe, madre, la ofrenda de mi vida, que a Dios la entregué, pues él me la dio. Recibe, madre, el perfume de mi vida..., y piensa que tú estás ahí.
Madre, hasta el cielo.
Mi madre, Saturnina Lecumberri (1908-2008),
viuda de Rufino Grández (1907-1947),
y yo con ella en Navidad de 2006

Nota. Si quiere el amable lector saber los sentimientos íntimos que abrigo para con mi madre, le ruego que abra este archivo (pulsando simplemente): Sonetos celestiales para mi madre.
 
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