viernes, 27 de abril de 2012 0 comentarios

232. Jesús, el buen Pastor


Evangelio del domingo IV de Pascua, ciclo B
Jn 10, 11-18


Hermanos:

1. De nuevo caen las palabras de Jesús sobre nuestros corazones, suave lluvia de primavera sobre tierra en que la semilla ya ha comenzado a dar la planta tierna. Estamos en Pascua, y el cuarto domingo pascual es, todos los años, el Domingo del Buen Pastor; y todos los años escuchamos una sección del capítulo 10 del Evangelio según san Juan. Escuchemos a Jesús que nos habla de esta manera.
«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre; y yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
Por esto me ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»

2. Nuestro corazón queda embargado de suaves sentimientos que nos dan la verdad respiración interior. Hay un sentido de pertenencia, que nos liga a Jesús: estamos en casa. Jesús habla de “las mías”. No podemos decir con un tono indiferencias que Jesús es el pastor de las ovejas. Él tiene “las mías”, y yo soy una de ellas, sintiéndome al mismo tiempo un redil bajo el cayado del buen Pastor.
Este sentido de pertenencia es la clave para comprender qué es la Iglesia, la cual no es otra que la Iglesia de Jesús y la Iglesia de los hermanos.
Sentido de pertenencia al escuchar hablar a Jesús con esta humilde soberanía. Yo soy de Jesús, yo soy de la Iglesia, yo soy de la nueva creación que Dios va haciendo amanecer en el mundo. Todo ello produce una serena consistencia, arquitectura íntima de nuestra personalidad.
En fin, en este clima en que se recogen las palabras de Jesús, el corazón oyente respira intimidad, suavidad, paz.
Y todo esto suscita la Escritura por sí sola como sacramento de Dios que actualiza y prolonga el sacramento del Verbo. Entremos, pues, en estas palabras luminosas en la que Jesús se sigue revelando hoy y aquí para nosotros. Quien  nos habla es el Jesús de los caminos de palestina y el Jesús eterno que hoy vive y reina con el Padre en el Espíritu Santo.
3. Nos dice Jesús que él es buen Pastor y que lo es porque da la vida por sus ovejas. “Dar la vida” es lo que distingue y sanciona al Pastor del asalariado. Estamos en una alegoría – la alegoría del Buen Pastor – en la cual los términos comparativos tienen el sentido que el autor les confiere.
Las ovejas son un bien tan precioso para el pastor genuino y verdadero que valen lo mismo que él. No se puede dar la vida por alguien que no sea tan radicalmente mío, que valga lo mismo que yo valgo. Jesús me pone en la cumbre de sus valores y mi bien es su propio bien. Lo que podría comenzar pro una simple comparación humana se traslada a un plano divino, pues lo que Jesús dice solo tiene sentido porque él es el Pastor divino, enviado así por su Padre.
Jesús ha dado su vida por mí, es lo que me está diciendo a íntimos gritos la suave y dulce alegoría del buen pastor. Yo valgo lo que vale la vida de Jesús y soy fruto bendito de su sangre.
Jesús no es un asalariado, para quien las ovejas son un  jornal pero no su vida. Ante el peligro, cuando el lobo asalta el redil, el asalariado salva su vida y deja a las ovejas a merced del peligro: del robo y del homicidio.
Jesús es mi pastor verdadero, y su vida es el precio de la mía, el rescate de la mía; en una palabra, la vida mía.

4. La vida de Jesús, pensada junto a la mía, es intimidad, comunión y conocimiento. Yo conozco a las mías, dice el Señor.
Esto debe penetrar mi ser entero hasta los tuétanos. Soy el conocido por Dios, el apropiado de Dios, el interesado de Dios.
En el conocimiento perfecto hay una reciprocidad mutua: “yo conozco a las mías, y las mías me conocen”, una reciprocidad de comunión, que asciende hasta el plano divino y trinitario, y entonces la reciprocidad se establece en la intimidad pura de Dios: “igual que el Padre me conoce, y yo conozco al Padre”.
Hermanos, esto es la pura esencia de la mística cristiana. Nos habla el Jesús de la Encarnación, peregrino en nuestras aldeas, y nos habla simultáneamente – hoy, aquí, ahora – Jesús Resucitado, Jesús Pascua de la Iglesia.
La Trinidad es la casa de nuestra vida, el hábitat que configura nuestro espacio vital. La Trinidad es la armonía del ser en medio del desasosiego reinante que quiere engullirme en su desconcierto. Vivimos al desamparo; pero no, si la palabra de Jesús penetra el tuétano del ser.
Jesús es presencia.
Jesús es comunión.
Jesús es intimidad divina, fuerza de mi presente – externamente alterado – y seguridad de mi futuro, ya alcanzado en él.
Nacimos de Dios y para Dios, de la Trinidad y para la Trinidad; y en el mundo estamos cumpliendo una función divina.

5. y Jesús nos habla ahora de otras ovejas, que, aunque de pronto están fuerza, pertenecen al mismo dueño y son parte del mismo rebaño, acogidas en el mismo redil.
Ya no podremos hablar de dos porciones del rebaño, porque el rebaño es uno en un mismo redil.
¡Cuántos sentimientos transformadores han provocados estas palabras de Jesús, al ver que la situación presente nos e corresponde con el deseo de Jesús! Creemos en Jesús nosotros y otros seres humanos, y, sin embargos, no nos  sentimos un solo rebaño en un solo redil.
“Yo las tengo que traer”, dice Jesús; “yo entrego mi vida”. Palabras que nos fortifican y consuela, porque, al aceptarlas, comprendemos que la obra de la unidad del rebaño de Cristo es una obra de tal envergadura que solo Cristo – nadie más – es el autor de este proyecto divino de amor. Quien hace al unidad de la Iglesia es Jesús, solo Jesús. Es Dios mismo. Y el precio de esta divina unidad es Dios mismo.

6. Nos está hablando Dios a través de estas palabras evangélicas que en la celebración de la sagrada liturgia son palabras vivas y palabras vocacionales. De esta revelación secreta y firma del Señor brotan las vocaciones. Una vocación es una llamada a cumplir el plan de Dios, que se me ah revelado de forma directa, inmediata y personal.
Jesús, cuando me habla, me llama; es decir, me propone y me invita. Esta es la virtud de su divina palabra. Este es el sacramento de la Palabra de Dios.

7. Por último, hermanos, Jesús que nos habla de dar la vida, de entregar la vida, nos habla en el mismo plano de recobrarla. Él es soberano y dueño: él la da y él al recobra. Este Jesús de los pasos de aquella tierra bendecida es el mismo Jesús Resucitado, y su vida es esa en al que hoy existe.
Al escuchar estas cosas celestiales aquí en la tierra, nuestro corazón se ha llenado de Dios. Dios nos las inspira, Dios nos habla.
Señor, Dios mío, ¿qué quieres de mí?
Hazme unidad y amor, hazme donación sin retorno por el rebaño que tú guía. Tú, buen Pastor, hazme en tu Iglesia lo que tú quieras: oveja y pastor bajo tu cayado. Amén.

Como himno para este IV Domingo de Pascua, véase:
Nuestro Pastor se ha alzado de la tumba.
martes, 24 de abril de 2012 1 comentarios

231. San Fidel (1622) – Gracia y gloria


La gracia y gloria del martirio
 
En la tradición capuchina, SAN FIDEL DE SIGMARINGA – que la Orden Capuchina celebra como fiesta y la Familia Franciscana como memoria obligatoria – es, por excelencia, entre nuestros santos, el santo que expresa cómo la misión es misión hasta el martirio. Pero la oración del día nos dice que el martirio es gracia, solo gracia, no merecimiento nuestro, gracia aun en las condiciones absurdas de luchas de religión, que no debería haberse dado.
Señor Dios, que te has dignado conceder la palma del martirio a San Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados, como él, en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Que vive y reina contigo.
Oh Señor, ¡transfórmame completamente en Ti! Mi intención es suplicarte de modo especial que me hagas totalmente conforme a tu santísima Humanidad en todas tus virtudes, tribulaciones, penas y tormentos; y sobre todo en tu abyección, humildad y anonadamiento. (San Fidel de Sigmaringa)


SEMBLANZA DE SAN FIDEL

Oktavian Schmucki, nacido en Suiza (1927) y capuchino desde 1948, es una de las figuras intelectuales más eminentes de la Orden, con varios centenares de publicaciones, especialmente de historia y espiritualidad franciscana. Entre sus obras descuella, como algo monumental, la Bibliografía sobre san Fidel de Sigmaringa (Roma 2004, más de 900 páginas), donde recoge todo cuanto ha hallado publicado en bibliotecas y conventos. He aquí la vida y semblanza de San Fidel escrita anteriormente por nuestro autor en la obra de múltiples autores El Señor me dio hermanos. Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Sevilla: El Adalid Seráfico.

PROTOMÁRTIR DE "PROPAGANDA FIDE"

Fidel de Sigmaringa, protomártir de Propaganda Fide, beatificado por Benedicto XIII el 24 de marzo de 1729 y canonizado por Benedicto XIV el 29 de junio de 1746, es el santo capuchino que murió en edad más temprana - a los 44 años- y es también el que menos años transcurrió en el claustro: sólo vivió diez años como capuchino, de 1612 a 1622. Nació en 1578 en la entonces minúscula ciudad de Sigmaringa , en las riberas del Danubio, en el Principado de Hohenzollern. Sus padres fueron Juan Roy, rico empresario hostelero del Adler y más tarde miembro del gobierno municipal y burgomaestre, y de Genoveva Rosenberger, natural de la ciudad protestante de Tubinga, convertida al catolicismo cuando contrajo matrimonio el 28 de diciembre de 1567. El futuro santo, Marcos (llamado familiarmente Marx), quinto de los seis hijos que tuvo el matrimonio, hizo sus primeros estudios en su ciudad natal. En su testamento, que redactó antes de hacer la profesión religiosa (1613), afirmó "haber sido instruido en la fe apostólica, romana y única verdadera, que le habían transmitido sus queridísimos padres" y de "haber sido educado en las buenas costumbres, en la disciplina y en el temor de Dios".
Marcos, para realizar los estudios superiores, se trasladó a Friburgo de Brisgovia, donde en el colegio de los jesuitas profundizó en las disciplinas humanísticas, pasando después a estudiar filosofía, que, en 1601, coronó con un brillante doctorado; al mismo tiempo se esforzaba por aprender la lengua italiana y francesa. Marcos era una persona particularmente abierta a la amistad, de inteligencia brillante, amante de la belleza y de la música, y muy habilidoso en el manejo de distintos instrumentos musicales. De 1601 a 1604 siguió los cursos de jurisprudencia. En 1591 Marcos y sus hermanos sufrieron con crudeza el duro golpe de la muerte de su padre. Y no había pasado un año desde su desaparición, cuando la viuda y madre Genoveva volvió a desposarse en segundas nupcias con Gabriel Rieber de Ebingen. Fidel expresará en su testamento su disgusto y desaprobación del segundo matrimonio de su madre, que a él y a sus hermanos les pareció inoportuno e incomprensible.
Antes de finalizar sus estudios de derecho, Marcos recibió la invitación, en 1604, de acompañar, como guía, a un cierto número de estudiantes universitarios de familias nobles, en una visita a las provincias de los Países Bajos que estaban bajo la dominación española, Francia e Italia, con la intención de que ampliaran el horizonte de sus experiencias humanas. El vivió este viaje como una verdadera y propia peregrinación, animando con su ejemplo a los amigos a una vida más espiritual.
Después de su regreso a Friburgo en 1611, se doctoró con aplauso en derecho canónico y civil en la ciudad de Willingen. Marcos fue nombrado asesor del tribunal supremo en Ensisheim, capital de la entonces Austria anterior, y al mismo tiempo abrió un despacho de abogado. En su trabajo observó las exigencias de una absoluta honestidad y se prodigó preferentemente entre los pobres. Una serie de experiencias negativas y la actitud de muchos colegas de profesión, que actuaban sin escrúpulos y proponían arreglos de las causas sin ningún pudor, para embolsar más dinero, le hicieron perder cada vez más el gusto por su profesión y le llevaron a pensar en la vida religiosa. Marcos leyó entonces la obra del jesuita Jerónimo Piatti (+1591) sobre la vida consagrada, pero no se decidió todavía por una Orden religiosa concreta (cartujos, jesuitas o capuchinos), aunque tenía cerca el ejemplo de su hermano Jorge, que se hizo capuchino en 1604 con el nombre de fray Apolinar.
Probablemente en junio de 1612 pidió al ministro provincial de los capuchinos de la provincia de Suiza, Alejandro de Altdorf, que lo admitiera en la Orden. El superior, para probarlo, le hizo esperar y le sugirió que antes se hiciera ordenar sacerdote. Una vez recibida la ordenación sacerdotal y renovada la petición de admisión, el padre Ángel Visconti de Milán lo acogió finalmente en el noviciado de Friburgo de Brisgovia el 4 de octubre de 1612, imponiéndole el nombre de Fidel. Durante el año de prueba, aunque decidido a recuperar los treinta y cuatro años "perdidos", no faltaron sugestiones y fuertes tentaciones de volver al mundo, pero él superó y resistió, con decisión y empeño, a toda clase de dudas. En aquel periodo escribió, únicamente para uso personal, una colección de oraciones y meditaciones, de carácter preferentemente recopilador, que manifiestan el tono afectivo y contemplativo de su espiritualidad, y que fueron parcialmente publicadas más adelante en Friburgo con el título de Exercitia spiritualia seraphicae devotionis (1746 y 1756). Fidel, antes de emitir los votos (4 octubre 1613), redactó su testamento, en el que dejó becas de estudio para jóvenes católicos pobres de la familia Roy o de otros allegados.
Después de un año de formación religiosa en Friburgo, Fidel inició en Constanza los cuatro años de teología bajo la guía del padre Juan Bautista Fromberger, de origen polaco, para terminarlos en 1618 en Frauenfeld. Seguidamente ejerció con gran éxito el ministerio de la predicación en el convento de Altdorf. Ese mismo año (1618) fue nombrado guardián del convento de Rheinfelden. Según la costumbre de entonces, al año siguiente fue trasladado como predicador y probablemente también como guardián, al convento de Felkirch, donde no sólo reconquistó a un cierto número de soldados evangélicos a la fe católica, sino que incluso promovió un proceso judicial contra una señora convertida al luteranismo.
En septiembre de 1620 la obediencia lo llamó a presidir la comunidad capuchina de Friburgo (Suiza), pero en 1621 volvió a la ciudad de Feldkirch. Además del cargo de superior se le confió la asistencia espiritual de la tropa, a la que durante una epidemia de fiebre petequial prestó los más humildes servicios, sin preocuparse del peligro de contagio que aquel servicio conllevaba. Siguiendo a los soldados hacia el cantón de los Grisones, predicó los sermones de Adviento en Marienfeld, consiguiendo para la fe católica al noble Rodolfo de Gugelberg de Malans. Un caso similar de conversión, la del conde Rodolfo Andrés de Salis, en Zizers, al inicio de 1622, revela su método de dirigirse sobre todo a los jefes de los reformados, para acometer, en un segundo momento, el regreso a la fe católica de todo el pueblo. Fidel, para sostener su actividad contra la Reforma, escribió algunos opúsculos apologéticos, que sin él saberlo fueron publicados en la imprenta; pero no se nos ha conservado ningún ejemplar.
Entre febrero y abril de 1622 el santo, por encargo del nuncio y de su ministro provincial, trabajó como misionero apostólico en la región de Prättigau (Pretigovia), dependiente políticamente de Austria, donde la población se había pasado en buena parte a la reforma de Zwinglio. En un periodo de grandes tensiones, agravadas por las injerencias de las potencias europeas extranjeras, como Francia, España y la República de Venecia, el archiduque Leopoldo V de Austria decidió que el ejército ocupara la región, bajo la guía del coronel Luis de Baldirone, provocando la ira del pueblo con una serie de acciones violentas. En medio de esta situación explosiva Fidel continuó exponiendo la fe católica con predicaciones, disputas y coloquios, a pesar de la constante oposición y la cerrazón casi total cuando anunciaba estas iniciativas. Él, conociendo la gran influencia que ejercía la predicación subterránea de los zwinglianos y previendo con claridad su martirio, redactó el llamado "Mandato de punición" o "Los Diez artículos de la religión", con el que, entre otras cosas, la autoridad civil debía prohibir el culto protestante, enviaba al exilio a sus ministros y obligaba a todos los cristianos a participar, los domingos y días festivos, en la predicación católica. En una época en que la libertad de conciencia era tan pisoteada y vituperada sorprende sobremanera el punto sexto, que establecía que nadie podía ser obligado a aceptar la fe católica, a confesarse y a participar en la misa.
La publicación del Mandato, el 19 de abril, fue el detonante de la sublevación general del pueblo. El 23 de abril Fidel celebró la misa y subió al púlpito en la iglesia de Grüsch, donde recibió la invitación para predicar al día siguiente, domingo, 24 de abril, en Seewis. Pero aquella deferencia no era más que un pretexto para eliminar al temible protagonista de la actividad contrarreformista. Mientras comenzaba el sermón (según una tradición él glosaba el pasaje de Ef 4, 5-6), en el auditorio estallaron reacciones muy vivas y violentas, llegando alguno a disparar, pero sin que consiguiera alcanzarlo. Fidel descendió del púlpito, se arrodilló delante del altar mayor y salió de la iglesia por una puerta lateral, camino de Grüsch. Después de recorrer unos pocos metros, se vio rodeado de un grupo de revoltosos que le preguntaron si estaba dispuesto a aceptar su fe. Él respondió que no era ese precisamente el motivo por el que había llegado a aquel valle, sino por la esperanza de que un día hubieran dado adhesión a su fe. Después de unos momentos de incertidumbre, uno de los rebeldes le golpeó la cabeza con la espada. El mártir, cayendo de rodillas con la cabeza cortada exclamó: "¡Jesús, María! ¡Ven en mi auxilio, oh Dios mío!". Sólo un fanatismo enorme y desmesurado explica la inaudita ferocidad con la que los asesinos se ensañaron con su cuerpo con horcas, mazas y palos.
Al día siguiente, fiesta de san Marcos, el sacristán Juan Johanni dio tierra al cadáver. Mientras la cabeza del mártir fue exhumada en octubre de ese mismo año 1622 y trasladada a la iglesia de los capuchinos de Feldkirch, el resto de sus despojos fue enterrado solemnemente el 5 de noviembre del mismo año en la cripta de la catedral de Coira. El 16 de febrero de 1771 su fiesta fue extendida a toda la Iglesia universal. Es patrón de la región de Hohenzollern y de los juristas. Sus atributos, en la iconografía, son la maza, la espada y la palma.
Oktavian Schmucki

HIMNO EN LA FIESTA DE SAN FIDEL

Fiel testigo Fidel, siervo de Cristo,
cristiano hasta la muerte por amarle,
caído cual cayeron los apóstoles,
hoy la Iglesia te rinde su homenaje.

Por Cristo lo mataron los hermanos,
aquéllos y nosotros en combate,
cuando la misma fe bruñía espadas
y la fraterna saña hacía mártires.

Fue derribado al pie del ara santa,
resonando en sus labios el mensaje;
el pan y la palabra y el martirio
fueron la prueba del amor más grande.

Gime la Madre Iglesia dolorida,
rasgada por la fe que el Cuerpo parte;
sea, pues, hoy la herida desangrada
sello divino que hace nuestras paces.

¡Victoria a Cristo, Verbo misionero,
que por el orbe la palabra esparce;
y a sus fieles, la palma de la vida,
que él entrega en manos de su Padre!  Amén.

(Himno: fr. Rufino María Grández)
lunes, 23 de abril de 2012 0 comentarios

230. El Evangelio en la calle


Pensamientos pascuales

Hermanos:

1. Es Pascua – ayer tercer domingo de Pascua – y la presencia de Jesús es particularmente intimidad. La intimidad es el abrigo de la confidencia. Hemos cerrado los tres domingos primeros en los cuales la Iglesia, atónita de amor, contempla a Jesús en sus apariciones. Ya lo recordábamos en la homilía de ayer. El cuarto es el Domingo del Buen Pastor (A Jn 10,1-10; B 11-18; C 27-30). Y los tres siguientes también son domingos de intimidades: Jesús, cara a la muerte, se explaya con los suyos en el Cenáculo, y abre su corazón a nuevas confidencias sobre su Iglesia. (El último de esta terna, el domingo VII, todos los años algún párrafo de la oración sacerdotal de Jesús: Jn  17)

2. Y, al mismo tiempo, este Jesús que se despide nos deja una encomienda: anunciar el Evangelio a toda la creación. Jesús quiere que la historia y el cosmos se impregnen de Evangelio, que es sal de la tierra y luz del mundo.
Sal de la tierra y luz del mundo, no porque el Evangelio sea en sí mismo un producto divino, capaz de sanar e iluminar; sino sal de la tierra y luz del mundo en cuanto que el Evangelio es palabra viviente en labios de los discípulos y, sobre todo, vida visible en la vida de los discípulos del resucitado.
En suma, la frase de Jesús es esta: “Vosotros sois la sal de la tierra” (Mt 5,13). “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt 13,14).
El Evangelio debe llegar a todo el mundo. Y esto por dos razones:
- porque la calidad y el destino del mensaje es este;
- y porque Jesús nos ha enviado a anunciar la Buena Nueva a todos los hombres.

4. Pero hay más: el destinatario del Evangelio es el cosmos, la creación entera. Es el sentido obvio, el más inmediato, de la palabra de Jesús en Marcos:
“Id al mundo entero
y proclamad el EVANGELIO
a toda la creación” (Mc 16,13).
La creación entera queda sacramentalizada por el Evangelio. Y lo mismo la Historia. Es decir, toda la realidad divina queda evangelizada, y las er evangelizada queda divinizada.
¿Qué puedo hacer yo? Muy poquito, lo cual es mucho y muchísimo, si ese “poquito” es el todo mío, el completo de mis posibilidades. Lo demás, que lo principal y acaso el todo, lo hace Jesús desde el cielo: “Despue´s de hablarles, el Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a predicar por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban” (Mc 16,19-20). Que es un pensamiento similar a la última palabra de Jesús en la Oración de la Cena: “Les he dado a conocer y les daré a conocer tu nombre” (Jb 17,26). Jesús en el cielo sigue actuando.

5. La Pascua es, pues, tiempo de gozo para la Comunidad creyente y tiempo del anuncio de la Buena Noticia.
Surge la pregunta que se hace el cristiano: ¿Cómo anunciar a Jesús – y cómo anunciarle – para que el anuncio llegue al confín de la tierra, llegue, incluso, a la creación y participen en el mensaje bestias y animales, mares y ríos, montañas y colinas, para que toda la creación, a una con nosotros, alabe al Señor?
Nosotros, sacerdotes, anunciamos a Jesús en la Iglesia: en la homilía, en el confesionario…;
lo anunciamos en el catecismo,
lo anunciamos (si somos profesores) en el aula,
lo anunciamos (si somos escritores) en lo que escribimos…
Son muchos los espacios y momentos que nos sirven de plataforma para el anuncio.
Pablo, cristiano, lo anunciaba en las asambleas cristianas; pero iba también a sus antiguas sinagogas. Discutía en el ágora (la Plaza) y del ágora de Atenas lo llevaron al  areópago.
“Discutía, pues, en la sinagoga con los judíos y con los adoradores de Dios y diariamente en el ágora con los que allí se encontraban; incluso algunos filósofos epicúreos y estoicos conversaban con él. Algunos decían: ¿Qué querrá decir este charlatán? Y otros: Parece que es un predicador de divinidades extranjeras. Porque anunciaba a Jesús y la Resurrección. Lo tomaron y lo llevaron al areópago, diciendo: ¿Se puede saber cuál es esa nueva doctrina de que hablas? Pues dices cosas que nos suenan extrañas y queremos saber qué significa todo esto. Todos los atenienses y los forasteros residentes allí no se ocupaban en otra cosa que en decir o en oír la última novedad” (Hechos de los Apóstoles 17,17-21).

6. Hoy nos preocupa a todos la nueva evangelización que es evangelización “nueva”:
“Aunque el término Nueva Evangelización se empleó en Medellín y Puebla, es el Papa Juan Pablo II quien da un gran impulso a ella como una de las expresiones que mejor sintetizan el programa apostólico de su pontificado, no sólo como doctrina sino como práctica pastoral.
En 1983 Juan Pablo II así se expresó ante los Obispos del CELAM reunidos en Haití: "La conmemoración del medio milenio de Evangelización tendrá su significación plena si es un compromiso de ustedes como Obispos, junto con su presbiterio y fieles; compromiso no de reevangelización, pero sí de una Nueva Evangelización:
NUEVA en su ardor,
en sus métodos
y en su expresión" (Documento de preparación para el Sínodo de la nueva evangelización, octubre de 2012).

7. Ayer, domingo III de Pascua, salieron en mi pueblo a evangelizar en el ágora de mi pueblo, quiero decir, en la Plaza de España, a anunciar a Cristo Resucitado. Yo mismo, rompiendo cierta barrera de pudor, me hice presente en el grupo. Estuvieron (estuvimos) cantando con dos guitarras esas canciones vibrantes de los  neocatecumenales, cantando algún salmo, leyendo algún texto de la Escritura, y dieron dos testimonios… Fueron tres cuartos de horas. A mí, sacerdote, me pidieron que diera una bendición. Les bendije a ellos y bendije a mi pueblo: imploré la bendición de Dios sobre mi pueblo. Eran las cuatro y media de la tarde, tiempo silencioso… Algún pío transeúnte se detuvo; unos muchachos que jugaban con sus patines, siguieron con sus patines, unas hermanas musulmanas que pasaron con su larga vestimenta respetuosamente siguieron su camino
En mi corazón van y vienen pensamientos. La nueva evangelización pide, por de pronto, en el evangelizar una conversión humilde y total, y la generosidad total es parte de esa conversión total.
La nueva evangelización (que se hace dentro y fuera del templo) pide, si quiere ser anunciadora, cordial y dialogante, pide
El lugar adecuado,
el tiempo adecuado,
el modo adecuado. Y la belleza es un modo excelentísimo.
Y pide sobre todo…, sobre todo…, valor. Valor sin agresividad, valor sin excentricidades, pero valor, pasión de amor.
Aquí comienza un discurso.
Y si un lector benévolo lee esta página, a él tímidamente me dirijo: Hermano, hermana, ¿no te urgen por dentro el anuncio de Jesús?
Me he acordado de ese “poquito” que pensó santa Teresa de Jesús que podía hacer ella en el momento en que se encontraba la Iglesia

“En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Me dio gran fatiga y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal.
Me parecía que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían. Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es que, pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que esos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios, que nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo…” (Camino de perfección, capítulo I).

Acaso yo también pueda hacer un poquito por la nueva evangelización.
El Señor me lo inspire y yo sea fiel a su inspiración.

Alfaro, 23 abril 2012
sábado, 21 de abril de 2012 0 comentarios

229. Resucitado: realidad, presencia y experiencia


Domingo III de Pascua, ciclo B
Aparición de Jesús a los apóstoles reunidos: Lc 24, 35-48


Hermanos

1. Los domingos del tiempo pascual son siete. Durante los tres primeros, todos los años ocupa el centro de la Eucaristía un Evangelio de la resurrección, es decir, una de las escenas evangélicas de las apariciones de Jesús Resucitado. El cuarto todos los años se lee un Evangelio del Buen Pastor y los domingos siguientes palabras de despedida de Jesús en la Cena.
Hoy leemos, del Evangelio de Lucas, aquella aparición al grupo de los apóstoles la tarde del domingo de Resurrección cuando los discípulos de Emaús corrieron gozosos a Jerusalén a contar lo acontecido y en esto se presentó el Señor en medio de ellos.
Nosotros recordamos, y quien recuerda revive lo que pasó. Mas en la liturgia no es solo eso. Yo puedo recordar las mejores escenas de mi vida, y al recordar, volver a vivir lo que un día viví, vivencias íntimas que puede producir gozo y lágrimas; pues recordar es una manera de hacer presente lo que entonces se vivió.
Ahora bien, la liturgia no es una simple memoria histórica de lo sucedido; más que memorial es memorial del misterio. Lo que sucedió sucede, porque ha quedado eternizado en el cuerpo y persona de Jesús, que transciende tiempo y espacio. El “hoy” de la liturgia es un hoy sacramental. Es un hoy que actualiza el misterio vivificante. La resurrección no es una "reviviscencia" de los pasado, sino una marcha hacia la última perfección en el futuro.
Esto es muy hermoso, porque se trata de una realidad divina. Y con este ánimo, despierto el corazón a la sorpresa y a las maravillas de Dios, vivimos en cada Pascua el encuentro de Jesús con los suyos, que se realiza en el cuerpo de la Iglesia, y en mí personalmente. Es un gozo inexhausto de vida el que podamos estar siempre abiertos a la Resurrección y vivir de continuo en comunión consciente con Jesús Resucitado.

2. Pues justamente el Evangelio de hoy nos invita a dejarnos educar por esta realidad nueva del misterio. Jesús invita a tocarle y palparle y él mismo pide de comer. La intención del Evangelio es clara: Jesús es realidad, no es fantasía. Jesús no es producto de un deseo o de un sueño, del anhelo más puro que puede brotar en el corazón humano. Jesús es una realidad total, vigente en este mundo; y si es realidad es relación. Jesús tiene relación con su Iglesia; Jesús tiene relación con el mundo; Jesús tiene relación conmigo.
Todo esto, si tiene sentido y comprensión, está sustentado por una Filosofía, y parte de la filosofía es la Física, lo que hace la contextura del universo, delimitados por la materia, el espacio y el tiempo. La fe necesita unos referentes de comprensión, porque, de lo contrario, la fe opaca sería la fuga hacia el absurdo.
En estas hipótesis un Físico tropieza con el escándalo y podría decirnos que no acepta nada de eso que presentan las apariciones, porque mezclamos dos cosas diferentes e infinitamente distantes: la materia y el Espíritu.

3. Pues este es el momento de la Fe que se concentra en el misterio y humildemente acepta y adora. Si comprendiéramos lo que excede nuestra inteligencia, seríamos como dioses y volveríamos al pecado original.
No, hermanos; no predicamos una filosofía, no podemos predicar ningún sistema que intente explicar el misterio. Pero de alguna manera hay que experimentarlo y de alguna manera representarlo y decirlo. Y he aquí nuestra confesión:
Nosotros creemos en Jesús Resucitado.
Creemos que él es el Viviente.
Creemos en su presencia.
Creemos en su acción.
Creemos que la Iglesia ha nacido de él.
Creemos que él ama y sustenta a su Iglesia.
Creemos que lo mismo que él, desde el seno del Padre, entró en comunicación con sus discípulos, sigue comunicándose con nosotros, que somos su comunidad, por él iniciada.

Creemos – creo yo, persona ante él – que él es el que llena el ámbito de mi vida.
Creemos – creo yo, yo creo y confieso – que él me está esperando en todo momento para mantener una relación personal e intransferible conmigo (como la estableció con Pablo y Juan), y que eso se llama liturgia y oración, y que esa relación nueva me abre el camino a la eternidad.
Desde esta plataforma de fe, yo, cristiano, puedo confesar y lo confieso en el Himno pascual de este año:
5. Eres mi historia gloriosa,
mi pecado perdonado,
eres mi gracia nupcial,
y mi beso enamorado.

6. Eres, Jesús, mi Evangelio,
por el Padre regalado,
eres mi yo que transciende,
mi final en Dios anclado.
(Véase núm. 214)

Yo creo en la sagrada Comunión de la Eucaristía como “Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y hueso, como veis que yo tengo” (Lc 24,39).
La Fe nos invita a hacer una síntesis profunda entre mi yo y Jesús, el Viviente; y, en definitiva, entre la creatura y el Creador.
Y como la Fe, en medio de su oscuridad, es luz y tiniebla, es seguridad y abandono, es amor a fondo perdido, tendré que confesar: No lo entiendo, no pretendo entenderlo, pero esto pertenece a mi vida, y sin eso mi vida quedaría sin rumbo.

4. Desde esta unidad, concreta y transcendente, entre él y yo, desde este punto donde se fragua mi inmortalidad, tiene sentido y se comprende todo lo demás. Jesús, en efecto, se autorreconoce como la verdad de las Escrituras: “era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí” (v. 44).
Jesús es, pues, la versión real de las santas Escritura. Jesús es la palabra de los Salmos hecha carne.

5. En aquel momento Jesús hace un regalo a su santa Iglesia. Le entrega el don de las santas Escrituras: “Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras” (v. 45).
Con Jesús Resucitado compartimos el grupo bíblico
una tarta de manzanas, muy sabrosa,
y Jesús nos regaló el don de las santas Escrituras
(Estella, Navarra, 20 de abril de 2012)
 
Y  les concedió otro regalo: “Vosotros sois testigos de esto” (v. 48). Ser apóstol, antes que pronunciar palabra, es ser testigo, y entonces, sí, la palabra se hace testimonio.
Y más: les promete el Espíritu. Se enlaza la vida de Jesús con la vida de sus santa Iglesia.
Y la vida de la Iglesia con la vida de la Trinidad.
Hermanos: es nuestra fe. Quiera el Señor Resucitado conducirnos por su recto camino, y llevarnos hasta su corazón. Amén.

(Sábado de la II semana de Pascua, año B, 21 abril 2012)



Rima espiritual para la Sagrada Comunión
sobre el Evangelio de hoy

1. Es verdad lo que se toca
y comulgan los sentidos;
es real lo que se come
y al cuerpo el dan latido.

2. Es real pan y el pez
sobre la mesa servidos,
esas manos y esos pies
que en la Cruz fueron heridos.

3. Es real Jesús Viviente,
mi Jesús aparecido;
es real que comunique
su ser entero conmigo.

4. Es real que yo me alegre,
porque vivo yo lo he visto;
es real que goce y llore
con un afecto excesivo.

5. Es real que me abandone
Hoy en sus brazos perdido,
Y que me encuentre en su carne
Dentro de él renacido.

6. Es real que yo confíe
en su poder infinito,
y enamorado le diga:
¡Jesús, mi amor y Dios mío!

7. Es real que yo me calle
para escuchar a Dios mismo,
y con Jesús yo me sienta
hijo querido en el Hijo.

8. Es real la gloria suma
que Jesucristo ha traído.
¡Sea a Dios toda alabanza
al Padre, al Hijo, al Espíritu! Amén.

(Alfaro, Domingo III de Pascua, 22 abril 2012)

4. Pero volvamos al tema que es objeto de vuestro Simposium. Creemos que este conjunto de análisis y reflexiones tiende a confirmar, con la ayuda de nuevas investigaciones, la doctrina que la Iglesia mantiene y profesa con respecto al misterio de la Resurrección. Como notaba con finura y delicadeza el añorado Romano Guardini en una profunda meditación, los relatos evangélicos subrayan «a menudo y con fuerza que Cristo resucitado es distinto de como era antes de Pascua y distinto del resto de los hombres. En las narraciones su naturaleza tiene algo de extraño. Su cercanía conmueve profundamente, llena de estupor. Mientras que antes «iba» y «venía», ahora se dice que «aparece», «de repente», junto a los peregrinos, que «desaparece» (cf.  Mc 16, 9-14; Lc 24, 31-36). Las barreras corporales no existen ya para Él. No está limitado a las fronteras del espacio y del tiempo. Se mueve con una libertad nueva, desconocida en la tierra... pero al mismo tiempo se afirma claramente que es Jesús de Nazaret, en carne y hueso, tal como vivió antes con los suyos, y no un fantasma...». Sí, «el Señor se ha transformado. Vive de forma distinta a como vivía antes. Su existencia presente nos resulta incomprensible. Y, sin embargo, es corporal, contiene a Jesús todo entero... e incluso, a través de sus llagas, contiene toda su vida vivida, la suerte que sufrió, su pasión y muerte». Por tanto, no se trata solamente de una supervivencia gloriosa de su yo. Nos encontramos en presencia de una realidad profunda y compleja, de una vida nueva, plenamente humana: «La penetración, la transformación de toda la vida, incluido el cuerpo, por la presencia del Espíritu... Se realiza en nosotros ese cambio que llamamos fe y que, en vez de concebir a Cristo en función del mundo, hace pensar en el mundo y en todas las cosas en función de Cristo... La Resurrección desarrolla un germen que Él siempre llevó en sí». Diremos de nuevo con Romano Guardini: sí, «necesitamos la resurrección y la transfiguración para comprender realmente lo que es el cuerpo humano... En realidad, sólo el cristianismo se ha atrevido a situar el cuerpo en las profundidades más ocultas de Dios»(R. Guardini, El Señor, t. 2).
Ante este misterio nos quedamos llenos de admiración y de asombro, como ante los misterios de la Encarnación y del nacimiento virginal (cf. San Gregorio Magno, Hom. 26 in Ev., lectura del breviario del Domingo in albis). Por tanto, dejémonos introducir con los Apóstoles en la fe en Cristo resucitado, la única que puede traernos la salvación (cf. Hch 4, 12).
Tengamos también confianza absoluta en la seguridad de la Tradición que la Iglesia garantiza con su magisterio, la Iglesia que fomenta el estudio científico al mismo tiempo que sigue proclamando la fe de los Apóstoles.
Queridos señores, estas sencillas palabras al final de vuestros sabios trabajos sólo pretendían animaros a proseguirlos con esta misma fe, sin perder nunca de vista el servicio al Pueblo de Dios, todo él «reengendrado a una viva esperanza por la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos» (1P 1, 3). En nombre de «aquel que estuvo muerto y ha vuelto a la vida», del «testigo veraz, primogénito de los muertos» (Ap 2, 8 y 1, 5) os damos de todo corazón, como prenda de abundantes gracias para la fecundidad de vuestras investigaciones, nuestra Bendición Apostólica.
Discurso del Papa Pablo VI a los participantes de un Simposio Internacional. Sábado 4 de abril de 1970.
 
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