viernes, 31 de agosto de 2012 0 comentarios

284. Lo bueno y lo malo sale de dentro


Homilía en el domingo 22 del tiempo ordinario, ciclo B
Mc 7,1-8. 14-15. 21-23


Texto
Se reunieron junto a él los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a las tradiciones de sus mayores, y al volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas). Y los fariseos y los escribas le preguntaron: “¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con manos impuras?”.
Él les contestó: “Bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: ‘Este pueblo me confiesa con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’”.
Llamó de nuevo Jesús a la gente y le dijo: “Escuchad y entended todos: nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.  Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro”.

Hermanos:
1. Esta página del Evangelio está tomada del capítulo 7 de san Marcos. Es el Evangelio cuya lectura corresponde a este año B en el que nos encontramos del ciclo trienal de lecturas. Recordad que en este año segundo del ciclo trienal estamos escuchando a Jesús al dictado de san Marcos, y recordad cómo durante cinco domingos hemos pasado de san Marcos a san Juan, y por cinco domingos consecutivos hemos hablado de la multiplicación de los panes y del discurso del pan de vida, y hemos coronado nuestras pláticas con una decisión, de del apóstol san Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres Santo de Dios” (Jn 6,68).

2. Hoy, tornando a la secuencia de san Marcos, el Evangelio nos pone ante un asunto que afecta a toda nuestra religión. Es la cuestión de qué observancias nos impone nuestra fe para agradar a Dios. Seguramente que un judío culto y convencido diría – o dirá – con sentimiento: Jesús de Nazaret no ha entendido el alma del judaísmo.
Mientras que nosotros responderemos: No es así; precisamente porque Jesús ha entendido el alma del verdadero judaísmo lo ha querido salvar de esa deformación a la que le había llevado la piedad de los fariseos, la interpretación legal de los escribas, expertos en crear tradiciones humanas y someter la ley a los méritos de nuestra moral.

3. Las “tradiciones” y “la Tradición”. No porque algo se haya hecho así durante siglos en la Iglesia, pertenece a la Tradición de la Iglesia. Quizás sea solo una de las tradiciones de los mayores, tradiciones que nos creamos los hombres.
La Tradición nos entrega íntegra la obra de Jesús, las santas Escrituras sin las cuales no existiría para nosotros la obra histórica de Jesús. El Concilio forjó con una fórmula grandiosa lo que es la tradición que anima a la comunidad de Cristo: “la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree” (Dei Verbum, 8).

4. El Evangelio parte de un incidente. El incidente no tiene mayor importancia; así ocurre en la vida; lo grave es lo que esta minucia puede significar. El episodio es que sus discípulos – y, por lo tanto, él también – se sientan a comer con “manos impuras”, es decir, omiten la ablución ritual de lavarse las manos. No es que por mera higiene uno se lave las manos, como tantas veces nos ocurre. Ese no es un lavado religioso, sino útil según los casos.

4. El devoto judío cree honrar a Dios procediendo de esta manera. Es una observancia, a la que se le puede dar un significado espiritual. Y no se puede reprobar si tiene un sentido en sí mismo comprensible y no nos desvía del sentido fundamental e integrador de la fe.
Nosotros cargamos la vida de ritos, de significaciones… que dan poesía y misterio a cosas rutinarias de todos los días. “Los ritos son necesarios”, se lee en ese cuento que hoy los jóvenes estudian en literatura, “El Principito”.
Pero tantas veces nuestros ritos y observancias acaban siendo meras supersticiones, y entonces nos apartan de la fe, de una relación limpia y pura con Dios. En los ambientes primitivos cristianos han pretendido entrar ciertas herejías de ascetismo. San Pablo escribe a Timoteo de ciertos herejes: “prohíben casarse y mandan abstenerse de alimentos que Dios creó para que los creyentes y los que han llegado al conocimiento de la verdad participen de ellos con acción de gracias. Porque toda criatura de Dios es buena, y no se debe rechazar nada, sino que hay que tomarlo todo con acción de gracias, pues santificado por la palabra de Dios y la oración” (1Tim 4,3-5).

5. No pocas religiones tienen una clasificación de alimentos puros e impuros. Y también la Biblia ha acogido estas observancias antiguas, a las que se les da un sentido religioso (Véase Lv 11). Jesús ha tenido la audacia de borrar esas distinciones. Y ha establecido dónde está lo puro y lo impuro. Y eso está en el corazón.
De modo solemne Jesús afirma: “Escuchad y entended todos: nada que entra de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Según esta sentencia de Jesús, lo puro e impuro está en el corazón. Y no nos referimos solo a lo que atañe al sexto mandamiento de la ley de Dios, sino a todos los mandamientos. Las fornicaciones, adulterios y el desenfreno se dan primero en el corazón; luego pasan a la acción. Son tres palabras de la lista que pone el Evangelio, a modo de ejemplo. Pero en esa tabla de vicios, de lo que es impuro, la lista se alarga: robos, homicidios, codicias, malicias, fraudes, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.  Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.
Estos no son pecados de la carne, pero eso sí mancha el corazón y lo hacen impuro. La envidia mancha el corazón, la codicia, la difamación; eso mancha el corazón, lo afean ante Dios y ante los hombres.

6. Hermanos, de este Evangelio y de estas palabras del Señor que hemos tratado de explicar hay dos deseos que se desprenden y que queremos presentar a Jesús como súplica.
El primero es que sepamos distinguir qué es la verdadera fe, la verdadera Tradición de la Iglesia, y qué son tradiciones, observancias, prácticas y devociones que más bien terminan siendo supersticiones.
Y la segunda gracia que queremos pedir al Señor es la gracia de un corazón puro. Tener un corazón humilde, sencillo y puro sería nuestra felicidad en la peregrinación por este mundo. Amén.
Guadalajara-Zapopan, Jalisco, viernes 31 agosto 2012.

Sobre el Evangelio de hoy véase el Cántico de comunión: Pureza del corazón
miércoles, 29 de agosto de 2012 0 comentarios

283. Dentro de mí: un adúltero, un ladrón, un asesino


Homilía en el martirio de san Juan Bautista
Mc 6,17-29


Texto evangélico

Herodes había mandado prender a Juan el Bautista y lo había metido en la cárcel encadenado. El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que lo le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecí  Juan y quería matarlo, pero podía; porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea. La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven: "Pídeme lo que quieras, que te lo daré". Y le juró: "Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino".
Ella salió a preguntarle a su madre: "¿Qué le pido?".  La madre le contestó: "La cabeza de Juan el Bautista". Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó  al rey y le pidió: "Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista". El rey se puso muy triste, pero por el juramento y los convidados, no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja, se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Hermanos:

1. La Iglesia celebra san Juan Bautista dos fiestas: el martirio y el nacimiento. La principal es la solemnidad del nacimiento, que es el nacimiento del Precursor del Mesías. Es una solemnidad que está nimbada por la luz que irradia el Nacimiento de Jesús en Belén.
La otra fiesta es el martirio, es decir la degollación o el martirio de San Juan Bautista; es una memoria.
Las dos celebraciones apuntan a Cristo, el Señor, a quien celebramos siempre en la liturgia, Cristo corona de todos los santos. Y, como siempre celebramos a Cristo, toda homilía, tome un aspecto u otro, ha de acabar manifestando el misterio de Cristo, en quien reside corporalmente la plenitud de la divinidad, en quien están todos los misterios de Dios.

2. En esta ocasión nos vamos a centrar en la figura de Herodes, y también en al figura de Herodías, dos personajes que, bien a pesar suyo, nos van a mostrar cuál es el misterio oscuro del hombre.
¿Quién es Herodes? Un adúltero, un ladrón, un asesino. Dicho brutalmente, esto Herodes. Y ¿quién es Herodías? Una víbora mortífera, la causante de todo.
En este momento, hermanos, yo quisiera ser un filósofo pensante, que se queda muy pensativo, oteando desde el tetrarca Herodes el mundo, desde lo que hizo Herodes el corazón humano, la “humana conditio”; y, sobre todo, porque esto es lo definitivo, para sondear mi propio corazón.
Sería horrendo decir que yo soy un adúltero, un ladrón y un asesino. Sería horrendo, porque no es eso la verdad, y juro que no soy un adúltero, un ladrón y un asesino.
Pero no es horrendo – ni mucho menos – bajar hasta el fondo del corazón, d el mío, y decir: Yo llevo dentro de mí a un adúltero, a un ladrón, a un asesino.
Si lo llevo… ¿dónde está? Es que ese soy yo.
Ahora que instantáneamente tengo que añadir: yo soy un adúltero, un ladrón y un asesino. Yo soy un Profeta, un justo y santo, porque llevo dentro de mí a Juan Bautista.

2. Si abrimos los ojos a la realidad de la vida, es horriblemente cierto eso: que el mundo está lleno de adúlteros, de ladrones y corruptos, de asesinos. Son mis parientes, mis hermanos de mi misma sangre. “¡Desgraciado de mí! – dice san Pablo – ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Rm 7,24).
Volvamos a la pregunta inicial: ¿Quién es Herodes? Diríamos que, en el fondo, es una buena persona. La psicología de Herodes la traza el evangelista Marcos con esta descripción: Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
Se puede ser una buena persona, y al mismo tiempo un asesino por debilidad…, por complacer a las circunstancias en uno se ve enredado. Así ocurre en la vida. Una persona que aborta, hemos de pensar que probablemente es una buena persona, pero también tendremos que decir que está cometiendo un crimen…; el Concilio se atreve a llamarlo “crimen nefando” (abortus necnon infanticidium nefanda sunt crimina: el aborto y el infanticidio son crímenes nefandos, Gaudium et spes 51).
Esto es lo que le ha ocurrido al tetrarca Herodes. Fue un adúltero: a la vista está; fue un ladrón (¡robó a una mujer!); fue un asesino, un criminal: mató a quien sabía que era “justo y santo”). Y era una buena persona… Lo hizo a disgusto, en contra de su voluntad, pero lo hizo. Ese es el pecado.

3. Con todo ello estamos analizando el fondo oscuro del corazón humano, frente al cual hay que tener una infinita compasión. Porque hombre soy, y “humani nihil a me alienum puto), según la sabia sentencia que en el siglo II antes de Cristo escribió Terencio "Homo sum, humani nihil a me alienum puto". Hombre soy, y nada que sea del hombre lo considero ajeno a mí mismo.
La maldad que uno ha cometido la puedo cometer yo.

4. Pero ocurre que el principio es verdadero también con la aplicación a la inversa: Yo llevo dentro de mí a un santo; yo llevo a un profeta, yo llevo a san Juan Bautista. Y si lo llevo es porque, en realidad, ese soy yo mismo.
En una palabra, soy Adán por dentro, antes y después del pecado.

5. Pero vayamos a “la mala”, porque la mala y la perversa de este drama, de esta escena truculenta, es la mujer, Herodías, y eso también para nosotros es una sorprendente revelación.
La figura pavorosa de la escena aquí resulta ser ¡la mujer…! La mujer… para quien cada ser humano tiene un altar en el corazón (¡oh, el recuerdo de la madre…!), la mujer, que para quien todo aquel que haya sentido el amor, es como el arquetipo idealizado de la belleza… La mujer, cuando es lo que Dios le ha destinado a ser, es lo más deseable; pero cuando se pone a ser mala es la serpiente fatídica.
A lo mejor también la bailarina era, en el fondo, hasta era una buena persona; pero ¿qué hizo? Al imperio omnipotente de su madre dijo:
"Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista".
Una frase que hay que descomponerla y deletrearla en cada uno de sus miembros. Eso es la mujer; ¡no!: la mala mujer, que también es “la mujer”.
Humana conditio… Ese es el misterio que levamos dentro, el misterio de Adán y Eva, el misterio de la serpiente insidiosa y venenosa…
El misterio de Herodías, el misterio de la hija de Herodías – que no tiene nombre, y el Evangelio de san Lucas nos ha ahorrado esta truculenta escena – el misterio de Herodes lo llevamos dentro…
Pero repito, porque esto es Evangelio de salvación, el misterio del “justo y santo”, el misterio del profeta, el misterio de Juan Bautista… lo llevamos dentro, en la verdad más pura de mi ser.

6. Y sobre todo…, sobre todo…, el misterio de Jesús, cordero inmaculado ante al presencia del Padre, lo llevamos dentro.
Él es el Evangelio, él es nuestra santidad – la mía –, él es nuestra esperanza. Amén.

Guadalajara, 29 agosto 2012
martes, 28 de agosto de 2012 0 comentarios

282. Dejad que los niños se acerquen a mí – Comunión de los niños


Instrucción acerca de la Comunión de los niños


Han sido cinco las homilías sobre la Eucaristía, cinco homilías correspondientes a los cinco domingos en que hemos hablado sobre el Pan de vida bajado de cielo, Jesús en la Encarnación, Jesús en la Cruz, Jesús en la Eucaristía.
En una de ellas - “El que coma este pan vivirá para siempre” (homilía 4/5) tocamos un punto: la Comunión de los niños, y nos referimos a un decreto que hubo hace 100 años (exactamente en 1910), mediante el cual el Papa San Pío X estableció la edad de la Primera Comunión al llegar al uso de razón, más o menos a la edad de 7 años.
Parece que esto de la Comunión de los niños ha tocado el corazón y ha tenido su eco. Hasta el punto que han llamado en la puerta del convento (28 agosto 2012) con una exquisita gelatina de pastelería “para el padre que habló de la comunión de los niños, que nos gustó mucho lo que dijo”, de parte del matrimonio tal y cual. Hemos tenido rico postre de gelatina.
Ignoro si ese matrimonio tiene Internet. Como sea, a ellos y a cuantos sienten lo hermoso que es que los niños vayan a comulgar, incluso diariamente, les dedico el documento que fijó una disciplina tan beneficiosa en la Iglesia: la comunión de los niños – niños y niñas – a partir del uso de razón, incluso la comunión diaria.
Un documento que es de rica instrucción. Helo aquí.

* * *

Quam Singulari
Decreto de san Pío X sobre la edad
para la primera comunión  8 de agosto de 1910

Cuán singular amor profesó Jesucristo a los niños, durante su vida mortal, claramente lo manifiestan las páginas del Evangelio. Eran sus delicias estar entre ellos; acostumbraba a imponerles sus manos, los abrazaba, los bendecía. Llevó a mal que sus discípulos los apartasen de El, reconviniéndoles con aquellas graves palabras: Dejad que los niños vengan a Mí, y no se lo vedéis, pues de ellos es el reino de Dios 1 . En cuánto estimaba su inocencia y el candor de sus almas, lo expresó bien claro cuando, llamando a un niño, dijo a sus discípulos: En verdad os digo, si no os hiciereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, ése es el mayor en el reino de los cielos. El que recibiere a un niño así en mi nombre, a Mí me recibe 2 .

Los pequeñuelos, a Cristo

2. Teniendo presente todo esto, la Iglesia católica, ya desde sus principios, tuvo cuidado de acercar los pequeñuelos a Cristo por medio de la Comunicación eucarística, que solía administrarles aun siendo niños de pecho. Esto, según aparece mandado en casi todos los rituales anteriores al siglo XIII, se hacía en el acto del bautismo, costumbre que en algunos sitios perseveró hasta tiempos posteriores; aun subsiste entre los griegos y los orientales. Y, para alejar el peligro de que, concretamente, los niños de pecho arrojasen el Pan consagrado, desde el principio se hizo común la costumbre de administrarles la Sagrada Eucaristía bajo la especie de vino.
Y no sólo en el acto del bautismo, sino después y repetidas veces los niños eran alimentados con el divino manjar; pues fue costumbre de algunas Iglesias el dar la Comunión a los niños inmediatamente después de comulgar el clero; y en otras partes, después de la Comunión de los adultos, los niños, recibían los fragmentos sobrantes.
Esta costumbre desapareció más tarde en la Iglesia latina y los niños no eran admitidos a la Sagrada Mesa hasta que el uso de la razón estuviera de algún modo despierto en ellos y pudieran tener alguna idea del Augusto Sacramento. Esta nueva disciplina, admitida ya por varios sínodos particulares, fue solemnemente sancionada por el Concilio general cuarto de Letrán, en el año 1215, promulgando su célebre canon número 21, por el cual se prescribe la confesión sacramental y la Sagrada Comunión a los fieles que hubiesen llegado al uso de la razón, con las siguientes palabras: Todos los fieles de uno y de otro sexo, en llegando a la edad de la discreción, deben por sí confesar fielmente todos sus pecados, por lo menos una vez al año, al sacerdote propios, procurando según sus fuerzas cumplir la penitencia que les fuere impuesta y recibir con reverencia, al menos por Pascua, el sacramento de la Eucaristía, a no ser que por consejo del propio sacerdote y por causa razonable creyeren oportuno abstenerse de comulgar por algún tiempo.

3. El Concilio de Trento 3 , sin reprobar la antigua disciplina de administrar la Sagrada Eucaristía a los niños antes del uso de la razón, confirmó el decreto de Letrán, lanzando anatema contra los que opinasen lo contrario: Si alguno negase que todos y cada uno de los fieles de Cristo, de uno y otro sexo, al llegar a la edad de la discreción, están obligados a comulgar cada año, por lo menos en Pascua, según precepto de nuestra Santa Madre la Iglesia, sea anatema 4 .
Por lo tanto, en virtud del citado decreto lateranense -aun vigente-, los cristianos, tan pronto como lleguen a la edad de la discreción, están obligados a acercarse por lo menos una vez al año a los sacramentos de la Confesión y de la Comunión.

Edad de la discreción

4. Pero al fijar cuál sea esta edad de la razón o de la discreción, se han introducido en el curso del tiempo muchos errores y lamentables abusos. Hubo quienes sostuvieron que la edad de la discreción era distinta, según se tratase de recibir la Penitencia o la Comunión. Para la Penitencia juzgaron ser aquella en que se pudiera distinguir lo bueno de lo malo, y en que, por lo mismo, se podía pecar; pero para la Comunión exigían más edad, en la que se pudiese tener más completo conocimiento de las cosas de la fe y una preparación mayor. Y así, según las diferentes costumbres locales y según las diversas opiniones, se fijaba la edad de la primera Comunión en unos sitios a los diez años o doce, y en otros a los catorce o aún más, excluyendo, entre tanto, de la Comunión Eucarística a los niños o adolescentes menores de la edad prefijada.

5. Esta costumbre, por la cual, so pretexto de mirar por el decoro del Santísimo Sacramento, se alejaba de él a los fieles, ha sido causa de no pocos males. Sucedía, pues, que la inocencia de los primeros años, apartada de abrazarse con Cristo, se veía privada de todo jugo de vida interior; de donde se seguía que la juventud, careciendo de tan eficaz auxilio, y envuelta por tantos peligros, perdido el candor, cayese en los vicios antes de gustar los santos Misterios. Y aunque a la primera Comunión preceda una preparación diligente y una confesión bien hecha, lo cual no en todas partes ocurre, siempre resulta tristísima la pérdida de la inocencia bautismal, que, recibiendo en edad más temprana la Santa Eucaristía, acaso pudiera haberse evitado.
Ni merece menos reprobación la costumbre existente en muchos lugares de prohibir la confesión a los niños no admitidos a la Sagrada Mesa, o de no darles la absolución, con lo cual es muy fácil que permanezcan largo tiempo tal vez, en pecado mortal, con gravísimo peligro de su salvación.
Y aun es más grave, que en algunos sitios, a los niños no admitidos a la primera Comunión, ni aun en peligro de muerte se les permite recibir el Santo Viático; y si fallecen, enterrados como párvulos, no se les aplican sufragios de la Iglesia.

 

Restos de jansenismo

6. Tales daños ocasionan los que insisten tenazmente, más de lo debido, en exigir que a la primera Comunión antecedan preparaciones extraordinarias, no fijándose quizá en que tales excesivas precauciones son resto de errores jansenistas, pues sostenían que la Santísima Eucaristía era un premio, pero no medicina de la fragilidad humana. Muy al contrario sentía el Concilio de Trento, al enseñar que era antídoto para librarnos de las culpas diarias y para preservarnos contra los pecados mortales 5 ; doctrina poco ha inculcada con empeño por la Sagrada Congregación del Concilio en su decreto del 26 de diciembre de 1905, por el cual se abre camino a toda clase de personas para comulgar diariamente, ya sean de madura, ya de tierna edad, exigiendo tan sólo dos condiciones: estado de gracia y pureza de intención.
Ni hay justa razón para que, si en la antigüedad se distribuían los residuos de las Sagradas Especies a los niños, aun a los de pecho, ahora se exija extraordinaria preparación a los niños que se encuentran en el felicísimo estado de su primera inocencia, los cuales, por muchos peligros y asechanzas que les rodean, tanto necesitan de este místico Pan.

Doctrina conciliar

7. Los abusos que hemos reprendido proceden de que no fijaron bien cuál era la edad de la discreción, quienes señalaron una para la confesión y otra distinta para la Comunión. El Concilio de Letrán exige sólo una misma edad para uno y otro sacramento, al imponer conjuntamente el precepto de confesar y comulgar. Y si para la confesión se juzga que la edad de la discreción es aquella en que se puede distinguir lo bueno de lo malo, es decir, en la que se tiene algún uso de razón, para la Comunión será aquella en que se pueda distinguir el Pan Eucarístico del pan ordinario: es la misma edad en que el niño llega al uso de su razón.

8. No de otro modo lo entendieron los principales intérpretes del Concilio de Letrán y los escritores contemporáneos. Consta, en efecto, según la historia eclesiástica, que los niños de siete años fueron admitidos a la primera Comunión por muchos concilios y decretos episcopales ya desde el siglo XIII, poco después del citado Concilio Lateranense.
Tenemos, además, como testigo de suma autoridad, a Santo Tomás de Aquino, que dice: Cuando los niños empiezan ya a tener algún uso de razón, de modo que puedan concebir devoción a este sacramento (de la Eucaristía), entonces pueden ya recibirle 6 . Lo cual explana así Ledesma: Digo, fundado en unánime consentimiento, que se ha de dar la Eucaristía a todos los que tienen uso de razón, aunque lleguen muy pronto a este uso de razón, y a pesar de que el niño no conozca aún con perfecta claridad lo que hace 7 . El mismo lugar explica Vásquez con estas palabras: Desde el momento en que el niño llega al uso de razón queda obligado, por derecho divino, de tal manera que no puede la Iglesia desligarle de un modo absoluto 8 . Lo mismo enseña San Antonino: Cuando el niño es capaz de malicia y puede, por lo mismo, pecar mortalmente, queda por esto obligado a la confesión y, por consiguiente, a la Comunión 9 . El mismo Concilio de Trento llega a la misma conclusión cuando, al señalar en su citada sesión XXI, cap. 4, la causa por la cual el párvulo que carece de razón no está obligado por ninguna necesidad a la comunión de la Eucaristía, señala como única el que, en efecto, dice, en aquella edad no pueden perder la gracia de hijos de Dios que han recibido. De todo esto se deduce con claridad la mente del santo Concilio, a saber, que entonces vienen necesariamente obligados los niños a comulgar, cuando puedan ya perder la gracia por el pecado. Eco de tales palabras son las del Concilio Romano, celebrado bajo Benedicto XIII, al enseñar que la obligación de recibir la Eucaristía empieza después que los niños y niñas llegaren al uso de razón, a saber, en aquella edad, en la cual pueden discernir este manjar sacramental, que no es otro que el verdadero Cuerpo de Jesucristo, del pan común y profano, y saber acercarse a recibirle con la debida piedad y devoción 10 . Y el Catecismo Romano afirma que nadie puede determinar mejor la edad en que deben darse a los niños los sagrados misterios que el padre y el sacerdote con quien aquéllos confiesan sus pecados. A ellos pertenece, pues, explorar y averiguar de los niños si tienen éstos algún conocimiento y sabor de este admirable sacramento 11 .

Edad de la Comunión

9. De todo esto se desprende que la edad de la discreción para la Comunión es aquella, en la cual el niño sepa distinguir el Pan Eucarístico del pan común y material, de suerte que pueda acercarse devotamente al altar. Así, pues, no se requiere un perfecto conocimiento de las verdades de la Fe, sino que bastan algunos elementos, esto es, algún conocimiento de ellas; ni tampoco se requiere el pleno uso de la razón, pues basta cierto uso incipiente, esto es, cierto uso de razón. Por lo cual, la costumbre de diferir por más tiempo la Comunión y exigir, para recibirla, una edad ya más reflexiva, ha de reprobarse por completo -y la Sede Apostólica la ha condenado muchas veces-. Y así el Papa Pío IX, de feliz memoria, en la carta del Cardenal Antonelli a los Obispos de Francia, fechada el 12 de marzo del año 1866, reprobó severamente la costumbre que se introducía en algunas diócesis de retardar la primera Comunión hasta una edad más madura y predeterminada. La Sagrada Congregación del Concilio, el día 15 de marzo de 1851, corrigió un capítulo del Concilio Provincial de Ruán, que prohibía a los niños recibir la Comunión antes de cumplir los doce años. Con igual criterio se condujo esta Sagrada Congregación de Sacramentos en la causa de Estrasburgo, el día 25 de marzo de 1910, en la cual se preguntaba si se podían admitir a la Sagrada Comunión los niños de catorce o de doce años, y resolvió: "Que los niños y las niñas fuesen recibidos a la Sagrada Mesa tan pronto como llegasen a los años de la discreción o al uso de la razón".

 

Normas obligatorias

10. Bien considerados estos antecedentes, esta Sagrada Congregación de Sacramentos, en la sesión general celebrada en 15 de julio de 1910, para evitar los mencionados abusos y conseguir que los niños se acerquen a Jesucristo desde sus tiernos años, vivan su vida de El y encuentren defensa contra los peligros de la corrupción, juzgó oportuno establecer las siguientes normas, sobre la primera comunión de los niños, normas que deberán observarse en todas partes:
                  1. La edad de la discreción, tanto para la confesión como para la Sagrada Comunión, es aquella en la cual el niño empieza a raciocinar; esto es, los siete años, sobre poco más o menos. Desde este tiempo empieza la obligación de satisfacer ambos preceptos de Confesión y Comunión.
                 2. Para la primera confesión y para la primera Comunión, no es necesario el pleno y perfecto conocimiento de la doctrina cristiana. Después, el niño debe ir poco a poco aprendiendo todo el Catecismo, según los alcances de su inteligencia.
                 3. El conocimiento de la religión, que se requiere en el niño para prepararse convenientemente a la primera Comunión, es aquel por el cual sabe, según su capacidad, los misterios de la fe, necesarios con necesidad de medio, y la distinción que hay entre el Pan Eucarístico y el pan común y material, a fin de que pueda acercarse a la Sagrada Eucaristía con aquella devoción que puede tenerse a su edad.
                4. El precepto de que los niños confiesen y comulguen afecta principalmente a quienes deben tener cuidado de los mismos, esto es,
- a sus padres,
- al confesor,
- a los maestros
y al párroco.
Al padre, o a aquellos que hagan sus veces, y al confesor, según el Catecismo Romano, pertenece admitir los niños a la primera Comunión.
                 5. Una o más veces al año cuiden los párrocos de hacer alguna comunión general para los niños, pero de tal modo, que no sólo admitan a los noveles, sino también a otros que, con el consentimiento de sus padres y confesores, como se ha dicho, ya hicieron anteriormente su primera Comunión. Para unos y para otros conviene que antecedan algunos días de instrucción y de preparación.
                6. Los que tienen a su cargo niños deben cuidar con toda diligencia que, después de la primera Comunión, estos niños se acerquen frecuentemente, y, a ser posible, aun diariamente a la Sagrada Mesa, pues así lo desea Jesucristo y nuestra Madre la Iglesia, y que los practiquen con aquella devoción que permite su edad. Recuerden, además, aquellos a cuyo cuidado están los niños, la gravísima obligación que tienen de procurar que asistan a la enseñanza pública del Catecismo, o, al menos, suplan de algún modo esta enseñanza religiosa.
                 7. La costumbre de no admitir a la Confesión a los niños o de no absolverlos nunca, habiendo ya llegado al uso de la razón, debe en absoluto reprobarse, por lo cual los Ordinarios locales, empleando, si es necesario, los medios que el derecho les concede, cuidarán de desterrar por completo esta costumbre.
                8. Es de todo punto detestable el abuso de no administrar el viático y la extremaunción a los niños que han llegado al uso de la razón, y enterrarlos según el rito de los párvulos. A los que no abandonen esta costumbre castíguenlos con rigor los Ordinarios locales.
Dado en Roma, en el palacio de la misma Sagrada Congregación, el 8 de agosto de 1910.

Notas
1  Marc. 10, 13. 14. 16.
2  Mat. 18, 3, 4. 5.
3  Sess. 21 de Commun. c. 4.
4  Sess. 13 de Euchar. c. 8, can. 9.
5  Ibid. c. 2.
6  3, 80, 9 ad 3.
7  In S. Th. 3, 80, 9 dub. 6.
8  In 3 S. Th. disp. 214, c. 4, n. 43.
9  P. 3, tit. 14, c. 2, 5.
10 Istruzione per quei che debbono la prima volta ammettersi alla S. Comunione. Append. XXX, 6, 11.
11 1 Part. 2, n. 63.
 
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