viernes, 31 de mayo de 2013 0 comentarios

405. Visitación de María - La Madre de Dios, primera evangelizadora del mundo



María en la Visitación 
lleva el Espíritu

El III Sínodo de Obispos, tras el Concilio Vaticano II, se celebró en 1974 (el 27 de setiembre y el 26 de octubre de 1974) y el tema fue: La Evangelización. Fruto de este Sínodo, un año después, fue la exhortación evangélica de Pablo VI Evangelii nuntiandi (8 diciembre 1975), que para no pocos es “il capolavoro” (la obra maestra) del magisterio del siervo de Dios Pablo VI.
Años más tarde el cardenal Juan Cardenal Landázuri Ricketts, O.F.M., arzobispo emérito de Lima, que fue uno de los tres presidentes por turno de las 25 sesiones del Sínodo, podía emitir esta apreciación: “Creo que la Evangelii nuntiandi ha sellado muy hondamente la vida de la Iglesia en Latinoamérica. Esto se puede comprobar tanto en el magisterio episcopal regional —como por ejemplo las Conferencias Generales de Puebla y, más recientemente, Santo Domingo— como en los planes pastorales de nuestras Iglesias locales. Por ello debemos estar muy agradecidos al Papa Pablo VI que acogió el trabajo del Sínodo sobre la evangelización y armonizando las diversas preocupaciones pastorales ofreció a la Iglesia un documento tan valioso y orgánico” (Lima, 15 agosto 1996).
Traigo estos recuerdos, porque quiero presentar, en la fiesta de la Visitación de la Virgen María (31 de mayo), una intervención que allí tuvo el hermano ministro general de los capuchinos, Pascual Rywalski, suizo, de fraterna y santa memoria entre nosotros. El P. Pascual presentó a la Virgen María, y precisamente en el misterio de la Visitación, como la “primera evangelizadora del mundo”. María llevaba al mundo el don del Espíritu Santo.
Una vez el ministro general nos hacía a los hermanos capuchinos esta reflexión y confidencia: “El sello más antiguo de la Orden (se remonta al año 1254) merece una mención. Representa la evndia del Espíritu Santo sobre María Santísima  y los Apóstoles. Debajo de este “Pentecostés”  un simple fraile arrodillado y en actitud de orar. Este sello evoca de una manera eficaz al Espíritu Santo como ministro general de la Orden, y a la Virgen María como esposa del Espíritu Santo, invocación creada por San Francisco y conservada en su orden. Ahora te haré una confidencia del todo personal y a la que ay hice alusión en mi mensaje de enero de 1975; y es que la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Visitación, me ha concedido, desde siempre, la gracia de una alegre y profunda devoción al Espíritu Santo” (Roma, 17 mayo 1976. En: Pascual Rywalski, Ministro general OFMCap, Espíritu y Esperanza. Mensajes a los hermanos . Ediciónd e la Conferencia Ibérica de Capuchinos 1982, pp. 89-90).
He aquí, pues, la intervención de Fr. Pascual Rywalski en el Sínodo de Obispo de 1974 sobre la Evangelización del mundo contemporáneo.

La Madre de Dios, primera evangelizadora del mundo
 Visitación, apunte de María Teresa Peña (1935-2002)
Dios se complace en obrar maravillas de evangelización por medio de María, su Madre: nuestra vida, nuestra dulzura, nuestra esperanza.
«Todo el influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres dimana del divino beneplácito» (Lumen Gentium, 60).
La vida de la Madre de Dios fue una evangelización ininterrumpida. Su trabajo, sus palabras, su corazón, sólo daban cabida a la voluntad de Jesús. Daba a Jesús a las personas que venían de visita o a las que iba a visitar. Su mismo silencio hablaba de Él. Dio a luz al Verbo por obra del Espíritu Santo y tiene la misión de comunicarlo al mundo.
Dios realiza desde entonces, en el curso de la historia, la obra de evangelización de su madre. Permitidme que comparta fraternalmente con vosotros mi persuasión y mi alegría de ver realizarse gran parte de la evangelización de los fieles en los innumerables santuarios dedicados a Nuestra Señora.
Vosotros ya conocéis esos santuarios marianos. Algunos son de renombre universal, como Lourdes y Fátima. A ellos acuden los cristianos no sólo de Europa, sino hasta de los lugares más lejanos del mundo. Otros son de renombre nacional o local: sus nombres están grabados en vuestra memoria. Allí se reza de buen grado. En esas capitales de devoción a la Madre de Dios y de los hombres, cuántas maravillas se realizan, unas espectaculares, otras cantadas a media voz, y muchas que permanecerán para siempre en lo secreto.
Para rezar, cantar y llorar; —para mantener la audacia en el creer y el gozo de la esperanza; —para amar a la Iglesia; —para sellar mejor el amor en el noviazgo y matrimonio; —para encontrarse con grupos alegres de jóvenes; —para dar la vida a Dios en el servicio de los hombres, como lo hacen sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, consagrados y célibes; —para acoger, sin perturbación, las novedades nacidas del Concilio y después del Concilio; —para aprender a meditar los misterios cristianos en la recitación del rosario; —para confesarse bien y comulgar mejor; —para obtener la fuerza necesaria para llevar una pesada cruz; —para pedir la curación o una gracia que se cree necesaria en favor de una persona amada; —para prepararse a bien morir y a entrar en el cielo; —... los cristianos de todos los tiempos, sobre todo de nuestros días, acuden a los santuarios de la Santísima Virgen.
En muchas partes nos encontramos con confesonarios vacíos. Pero los confesonarios de los santuarios están asediados de penitentes. Hasta se tiene que recurrir, a veces, a instalaciones provisionales al aire libre, en los rincones de las iglesias, en medio de la multitud. Los confesores o son insuficientes o están sobrecargados de trabajo.
Disminuye la participación de los fieles en las misiones, en los retiros parroquiales o en otros actos semejantes. Se reciben pocos pedidos de predicación. Pero las peregrinaciones marianas congregan a una multitud tan grande, que hasta los altavoces se vuelven insuficientes.
Vosotros pensáis, quizás, que ya no se «reza» el rosario. Venid aquí para persuadiros de lo contrario.
En pocas palabras: Dios glorifica su Madre enviándola a los hombres. Y la humilde Virgen María no retiene nada para sí, sino que «cuando es anunciada y venerada, atrae a los creyentes a su Hijo, a su sacrificio y al amor del Padre» (Lumen Gentium, 65).
Hoy día el mundo se hace pequeño. Todas las cosas se colocan a un nivel planetario. Seguramente conoceréis por televisión los principales santuarios del mundo. Los mexicanos tienen una devoción muy grande a Nuestra Señora de Guadalupe. Los argentinos acuden en multitud a Luján y a Nuestra Señora de Nueva Pompeya, en Buenos Aires. Los brasileños, a la Aparecida. Los portugueses, a Fátima. Los franceses, además de Lourdes, a La Salette y a Chartres. Los belgas a Beauraing y Banneux. Los españoles, a Zaragoza y a Montserrat. Los italianos, a Loreto y a Pompeya. Los suizos, a Einseideln. Los austríacos a María Zell. Los alemanes, a Altoeting y Kevelaer. Los libane ses, a Nuestra Señora del Líbano. Los indios, a Sandana... Y tantos más a otros muchos santuarios.
(Nota. En aquel tiempo todavía no había surgido Medjugorje, 31 julio 1981, que ha vasito pasar acaso 20 millones de peregrinos…)
Para tener una idea de cuánto sea venerada la Santísima Virgen por los fieles, acudid a Czestochova. Allí casi un millón de personas, en presencia del cardenal Wyszynski y del Episcopado polaco, juró fidelidad en vida y hasta la muerte a la Reina de Polonia ante las persecuciones abiertas o las propagandas insidiosas.
No entraré a enumerar otros santuarios, más modestos, levantados y venerados con fe y amor en numerosas parroquias y diócesis de antiguas cristiandades o de jóvenes iglesias de África y otros lugares. De ellos sólo diré que del rostro, de las manos y del corazón de la Madre de la Iglesia brota tanta fuerza y serenidad para la lucha de la vida, que serían necesarios volúmenes enteros para enumerar siquiera algunos de los milagros de gracia que allí se operan.
¿A qué virtudes invita la Madre de Dios a sus hijos e hijas? Los invita a ser artífices de paz, de reconciliación, de amistad. Una madre, en efecto, es feliz cuando sus hijos viven en armonía.
Enseña a creer y a meditar como Ella (Le 1, 29; 2, 51), a amar el silencio, a hacer lo que su Hijo quiere (Jn 2,5).
Invita a confesar los pecados. Pide la conversión del corazón, los actos de penitencia.
Ella quiera que recéis.
La pobreza de su vida nos hace comprender que el paraíso de esta Tierra es ilusorio y que la cruz es portadora de sabiduría. Su sonrisa nos dice que la vida no está privada totalmente de alegría. Y nos promete, sobre todo, la felicidad del cielo, como lo prometió a Santa Bernardeta cuando estaba en el encanto de su juventud.
Ella consuela, cura, irradia fuerza, nos invita a ser simples, humildes, servidores los unos de los otros.
De una manera particular, mi vida entera sería insuficiente para admirar cómo Dios concedió a un ser humano el Don por excelencia valiéndose de un encuentro muy familiar con la Santísima Virgen. «¿De qué Don quiere hablar, Padre?» «Pues de ese que menciona San Lucas en el primer capítulo de su Evangelio». Leamos el texto: «En aquellos días se levantó María y se fue con prontitud..., entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y en cuanto oyó Isabel el saludo de María... quedó llena del Espíritu Santo» (Lucas 7, 3942).
Dios quiso, pues, servirse de una mujer, que es María, la Madre su Hijo para donar a una persona la plenitud de su Espíritu Santo.
¡Esto es extraordinario! Aquí se revela la voluntad de Dios de servirse de María no solamente en la Encarnación, sino también como colaboradora de sus designios de amor hacia los hombres. Lo cual honra grandemente a la Virgen María. El caso de Isabel tiene el valor de un signo, pues nada deja entrever que se trate de algo único y excepcional. Y si es así, brota espontáneamente de nuestros labios esta oración a María: Que Ella venga a visitar a los hombres y les traiga, según el divino beneplácito, el Don que llevó a Santa Isabel.
La Iglesia pone el Evangelio de la Visitación en las misas votivas de la mayor parte de los santuarios... ¿No nos está invitando con esto a esperar con fe de la Madre del Salvador lo que ella llevó a Santa Isabel? El recurso a María, «Sagrario del Espíritu Santo» (Exhortación de Pablo VI sobre el culto a la Santísima Virgen María, 26) es prenda de sabiduría y de eficacia en la manifestación de fe en el Espíritu Santo, que hoy día está tan difundida.
Concluimos así estas breves consideraciones sobre la obra de evangelización de la Reina de los Apóstoles. Sólo queremos añadir, para que los responsables de los santuarios estén alerta,
que es vivamente deseable evitar todos aquellos abusos que Jesucristo no pudo tolerar en el templo de Jerusalén (Le 19, 46).
Conservemos filialmente en nuestro corazón la persuasión de que la Madre del Salvador ocupa un lugar particular, eminente, el primero por el ejemplo y la intercesión en la evangelización del mundo de hoy.
Recurramos a Ella con confianza.
(Texto: Espíritu y Esperanza, 171-175)

 María Teresa Peña, Mgnificat A, Boceto: "La Virgen y el Niño descansando en los brazos de Dios Padre".
miércoles, 29 de mayo de 2013 0 comentarios

404. Ha llegado la belleza 6 - Corpus Christi: suavidad, dulzura y belleza



Suavidad, dulzura y belleza

1. La Eucaristía, donde está real y verdaderamente presente Jesús Resucitado, nos introduce por los caminos de la belleza. Hablamos de la belleza pura. La belleza en estado puro es el Dios de nuestra fe.
Y el modo de comunicación con esta belleza absoluta es
- o bien la contemplación,
- o bien el toque de amor.
Al fin, las dos experiencias se funden.

2. La experiencia de lo divino no es otra cosa sino el encuentro y fusión de dos presencias, las cuales, al contacto, se hacen una: Dios y yo. Al fin Dios está esencialmente presente en nosotros por su divina inmanencia que traspasa todos los seres. Y esta presencia, que es al mismo tiempo transcendente e inmanente, se hace noticia cuando mi corazón de hombre peregrino siente que Dios le ha visitado. Dios visita a todos sus hijos, sin excluir a nadie, y esos toquecitos al corazón, que sentimos en la intimidad, no son otras cosa que noticia cierta de esa presencia. Dios está conmigo.

3. Dios llega como fruición, y esto es suavidad y dulzura; Dios llega como belleza, lo cual también es suprema fruición, divina embriaguez. Y la Eucaristía, sacramento de fe – o “sacramento de la fe” – es justamente todo eso.
Y eso, y no otra cosa, es la fiesta del Corpus, fiesta de supererogación (ya lo explicamos en su momento, al pasar de Pentecostés al tiempo ordinario) nacida en el siglo XIII como anhelo de amor.
Nacida del amor, que es la cuna de la belleza, los siglos la han ido cargando de expresiones bellas: los teólogos, los poetas, los músicos, los orfebres y arquitectos han venido a postrarse ante la Eucaristía y dejar salir del corazón un suspiro de amor, al que luego le han dado forma en su arte.

4. La Eucaristía se cierne sobre todos los ámbitos de la vida, y quien lo desee puede disertar sobre la Eucaristía y las exigencias sociales que reclama la comunidad eucarística. Es cierto e, incluso, evidente. Con todo, el primer anhélito que brota en el pecho, al mirar la Eucaristía es un simple efluvio de amor, que irradia suavidad, dulzura y belleza. La Eucaristía nos invita a mirar, penetrar, dejarse embargar de sentimientos divinos. La Eucaristía es para sentirse amado.
Corpus Christi como fiesta nació en la Iglesia el 8 de septiembre de 1264 por el papa Urbano IV (bula Transiturus hoc mundo). Santo Tomás de Aquino nos dejó los textos para el Oficio y Misa propia del día. Y unas composiciones teológicas y poéticas, himnos y secuencias muy bellos y más embellecidos con la música gregoriana: Pange Lingua o Lauda Sion, Panis angelicus, Adoro te devote, Verbum Supernum Prodiens, Tantum Ergo.

5. Repasando recuerdos, me ha venido a la mente aquel Año Eucarístico de 2005, cuando aún vivía el Beato Juan Pablo II. Y de mis archivos he rescatado un poema que entonces dediqué a mis queridas hermanas capuchinas sacramentarias. Sacramentarias así llamadas, porque pertenece a su carisma el mantener la adoración al Santísimo Sacramento día y noche.
En este camino de la belleza, hoy brindo aquel poema a quienes gustan estar en adoración ante Jesús Eucaristía expuesto sobre el altar.

Cantinela para la adoración del Santísimo Sacramento,
expuesto en la Custodia

(Estos versos de siete sílabas llevan acento rítmico en la tercera y en la sexta). He aquí unos versos sencillos y espontáneos.  Para su ejecución, se podría intercalar, entre estrofa y estrofa, alguna música apropiada meditativa; o quizás algún pasaje continuo del Evangelio de san Juan.

1
Tu presencia infinita
se hace un suave latido,
nos envuelve en su nube
y caemos cautivos,
dulcemente adorando,
oh Señor Jesucristo.

2
Nuestros ojos se pierden
en la luz suspendidos:
eres Tú el que eres,
eres Dios, todo mío,
el Amor que conquista
y me tiene rendido.

3
En silencio sagrado
yo te adoro y te miro,
y no pienso ni hablo,
a tu pecho respiro;
y me estoy cobijado
y te siento conmigo.

4
Ser y estar todo uno,
ser contigo yo mismo:
en la santa unidad,
verme en ti sumergido;
y adorar con dulzura,
Sacramento dulcísimo

5
Tú eres tú frente a mí,
creador y destino,
y me haces ser yo,
reflejado en tu abismo:
oh mi Dios, soy tu imagen,
de la arcilla venido.

6
La quietud sabe a amor,
es paisaje divino;
navegamos sin tiempo,
hasta hallar el principio;
y el principio era el Padre,
y con Él era el Hijo.

7
Al principio el Espíritu
era el fuego escondido:
en Hogar increado
era amor de Dios trino;
era brasa y ternura
el amor siempre vivo.

8
Dios eterno encarnado
escogió nuestro sitio,
y a mi alcance se puso,
por el tiempo ceñido:
oh mi Dios, cuyo nombre
es Jesús Eucarístico.

9
¡Oh ternura inefable,
oh mi Dios pequeñito,
que te bastan tan solo
unos granos de trigo:
yo me gozo y te adoro
con los ojos bien fijos!

10
El amor sin palabras
llega a ti en mi suspiro;
sin palabras te encuentro,
y te escucho en lo íntimo:
oh mi Dios más adentro
que mi yo de mí mismo.

11
Oh mi Dios, a quien veo,
con los ojos sencillos,
eres luz que se enciende
en mi rostro encendido;
y te digo un secreto:
yo te amo, amor mío.

12
Yo te amo Jesús,
y a tu pecho me arrimo;
yo te beso y te como,
mi manjar exquisito;
de pecado y mentira
librame, compasivo.

13
Dame el don de mirarte
y expresar mi gemido,
pecador que yo soy,
mas de amores herido:
oh Jesús, pan sabroso,
oh Jesús, dulce vino.

14
Oh María que diste
a Dios Verbo cobijo,
de tu cuerpo sagrado
es la carne de Cristo;
seas tú bendecida
por tu fruto bendito.

15
Dios corone su amor
con la paz por los siglos,
y los cielos y tierra,
con los hombres unidos,
todos juntos cantemos
al Amor eucarístico. Amén


(Guadalajara, Jalisco, Corpus Christi 2013)
viernes, 24 de mayo de 2013 0 comentarios

403. Mi Dios es mi Trinidad



Homilía en la fiesta de la Santísima Trinidad,
domingo siguiente a Pentecostés, ciclo C,
Jn 16,12-15

Texto evangélico:
Muchas cosas me quedan por deciros, pro no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. El me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo comunicará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará.


1. Hoy es la fiesta de la Santísima Trinidad, una fiesta que en el pueblo cristiano tiene muchísima veneración, que ha arraigado cordialmente en las almas de las gentes sencillas. A la Trinidad se le han dedicado tantas ermitas en los  montes, y donde hay una ermita fácilmente sospechamos que hay una peregrinación con su misa, con su comida festiva, con sus festejos de danzas y canciones. Seguramente que, al pronunciar estas palabras, nuestro corazón se llena de recuerdos personales, y muchas personas podrán decir: Parece que está hablando de mi pueblo.
Vuelven a mi mente recuerdos, conversaciones de adolescentes como estas:
- Pues la Trinidad es la fiesta más importante del año, porque de la Trinidad nacen todo los misterios.
- De la Trinidad ha nacido el misterio de la Encarnación, y de la Encarnación, la infancia de Jesús, el ministerio de Jesús, su pasión y muerte, su resurrección, la venida del Espíritu Santo.
Estas verdades son todas ellas ciertas en sí mismas: de la Trinidad ha venido todo. Mas esto no quiere decir que la Trinidad sea la fiesta principal…; ni siquiera la Trinidad tiene que tener una fiesta aparte, porque en toda celebración cristiana se está celebrando la Trinidad, de tal modo que cada vez que celebramos la Eucaristía, para empezar hacemos la señal de la cruz y decimos. “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.
De Dios hemos nacido y a Dios volveremos; estamos envueltos por Dios en todas partes. Hasta diríamos que respiramos a Dios. Y Dios es lo que es: Dios  es Trinidad: Padre, Hijo y  Espíritu Santo.

2. Hoy la Iglesia, al festejar la Trinidad, desea que tomemos conciencia clara de este misterio y, por así decir, lo “personalicemos” en tanto en cuanto podamos. Por eso hemos puesto este título a nuestras reflexiones: Mi Dios es mi Trinidad.
¿Cómo podemos hablar de Dios? ¿Podemos hablar nosotros, humanos, de Dios Trinidad?
Pues he aquí la respuesta, hermanos:
- Podemos hablar de Dios Trinidad,
- debemos hablar de Dios Trinidad, si, al abrazar la fe, hemos experimentado que el único Dios que existe es el Dios revelado, el Dios de la historia, el Dios de ayer y hoy, el Dios de mi vida, el Dios que me va a juzgar, mi Dios, que es mi familia, mi Dios, mi Trinidad.

3. Podemos hablar de Dios Trinidad, puesto que Jesús ha utilizado el lenguaje de la familiaridad para revelarnos el corazón de los misterios. Lo acabamos de oír. Todo lo que tiene el Padre es mío. El Dios infinito, creador de cielo y tierra, Dios eterno sin principio ni fin, es el Padre de Jesús; y el Padre de Jesús es mi Padre.
Jesús, que se despide, abre su corazón y habla de Dios infinito como si fuese un familiar que está allí y que va a venir mañana. Parece que esto no es correcto; e incluso que es escandaloso. Mas para entendernos hay que usar el lenguaje de la familiaridad; incluso, no hay otro lenguaje posible. Dios es familia, nos está diciendo Jesús, mi familia, vuestra familia.
Así nos ha revelado quién es el Padre.

4. El que se mete a fondo por las historia del Antiguo Testamento se queda abrumado: ¡cuánta pecado!, ¡cuántas barbaridades…se nos cuentan en esas páginas! Pero metiéndose a fondo y más a fondo, uno termina adorando y diciendo: Realmente Dios está ahí. El protagonista de la Biblia es Dios, Dios presentísimo, a veces muy escondido, en los hechos humanos; Dios, siempre Dios y solo Dios, en todos los acontecimientos humanos. Donde está el hombre está Dios. Y no puede ser de otra manera. Esta es la enseñanza central del Antiguo Testamento: que Dios está presente. Y por estar presente, está activo; nos acompaña; todo lo nuestro le interesa a él como cosa de familia.
Y si pasamos al Nuevo Testamento el panorama es el mismo con una característica: Dios está en Jesús, Dios es Jesús, porque Jesús es el Hijo de Dios.
Y para abrirnos el misterio completo, Jesús, el Hijo de Dios, nos habla del Espíritu Santo. Nos lo presenta en el texto de hoy (que corresponde a las confidencias de la Cena) como familia: uno de la misma familia, con su personalidad distinta. Hay un solo Dios con tres Personas distintas, dijeron los concilios de tiempos pasados.

5. Este Espíritu, que por ser Dios, tiene todas las perfecciones de Dios hoy lo presenta Jesús como el Espíritu de la verdad. Es también el Espíritu del amor, pero ahora nuestra atención se posa en esto de que es el Espíritu de la verdad.
No podemos encontrar la verdad de Dios fuera del Espíritu de la verdad. “Os guiará hasta la verdad plena”, nos dice Jesús.
¡Qué panorama más bello! Realmente yo busco la verdad, y, al buscarla, siento que la verdad es infinita, y que no hay nadie que pueda cargar con ella. Tampoco los discípulos de Jesús podrán cargar con toda la verdad; pero, no temamos, este a ser divino, Dios mismo, el Espíritu de Dios, nos irá diciendo, conforme se van deslizando los siglos, lo que necesitamos saber para el verdadero conocimiento de Dios. De esto se trata: de la verdad que nos humaniza, nos santifica, nos diviniza, de esa verdad con la que el hombre alcanza su destino. El Espíritu de Dios nos la va diciendo. Nosotros, la Iglesia de Jesús, debemos dejarnos conducir por ese Espíritu de consuelo y de amor, que es, al mismo tiempo, el Espíritu de la verdad.

6. Vivir así la vida, hermanos, es sublime; sencillamente divino. Es vivir cotidianamente en la Trinidad: dialogar de continuo con Dios, y sentir en mi corazón como Dios Padre, como Dios Hijo, como Dios Espíritu Santo.
La Trinidad, pues, la sublime Trinidad, origen del universo, se aposenta en mi corazón y es mi Trinidad.
Se aposenta en mi corazón y de mi corazón sale a la vida. Mi Trinidad es mi ámbito de cada día.
Esto es bello; esto es verdadero; esto da la paz.
Hagamos juntos, hermanos, esta sencilla oración:
Mi Dios Trinidad, mi Dios Padre, mi Dios Hijo, mi Dios Espíritu Santo: solo os pido una cosa: ser vuestro confidente. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 23 mayo 2013.
 
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