miércoles, 26 de junio de 2013 0 comentarios

420. Domingo XIII C - Lo que solo Jesús puede pedir



Homilía para el domingo XIII del tiempo ordinario, ciclo
Lc 9,51-62


Texto evangélico:
Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de caminar a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de él. Puesto en camino, entraron en una aldea de samaritanos para hacer los preparativos. Pero no lo recibieron, porque su aspecto era el de uno que caminaba hacia Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le dijeron: “Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y que acabe con ellos?” Él se volvió y los regañó. Y se encaminaron hacia otra aldea.
Mientras iban de camino, le dijo uno: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.
A otro le dijo: “Sígueme”. Él respondió: “Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre”. Le contestó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”.
Otro le dijo: “Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de los de mi casa”. Jesús le contestó: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios”.
Hermanos:
1. Estamos recorriendo la vida y el mensaje de Jesús guiados este año por el tercer evangelista, san Lucas. En determinado momento, san Lucas con una frase enérgica, muy intencionada marca una decisión de Jesús, que es el capítulo 9, versículo 51, que traducido literalmente dice así:
“Y sucedió que, cuando se cumplían los días de su asunción, él puso su cara para ir a Jerusalén”.
La literatura española tiene una expresión bien tallada: Hay que plantarle cara. Otras expresiones que aluden a la faz del hombre decidido son éstas: Hay que arrostrar (poner el rostro frente a algo difícil). Otra expresión semejante: Hay que encarar, esto es: hay que darle cara.
Jesús, el Señor, sabe que Dios tiene en plan para él, y que se va acercando el tiempo de su asunción. Una expresión que se ha vertido también de una manera suave: su partida, su salida de este mundo…. Es más que esos, hermanos. Se habla de la “asunción” de Jesús: Dios, que lo ha protegido, lo va a acoger, lo va a tomar consigo. Esa es su “asunción”.
Le va a costar la vida, y él está dispuesto a todo. Tiene que cruzar Samaria, región que está entre Galilea (norte de la Tierra Santa) y Judea (al sur), donde está Jerusalén. Los samaritanos se muestran hostiles a los judíos… Y ocurre el episodio que hemos escuchado.

2. Pero, siguiendo adelante, detengamos nuestra atención en el mensaje de las tres escenas de seguimiento, que con rasgos escuetos y cortantes nos presenta el Evangelio. Dos candidatos quieren seguir a Jesús, ser discípulos muy adheridos. A otro Jesús mismo lo invita.

Uno le dijo: “Te seguiré a dondequiera que vayas”. Jesús le respondió: “Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”.

La respuesta de Jesús es dura y estridente, al hacer una comparación entre su vida y la vida de los animales. Hiere nuestra sensibilidad esa manera de hablar, y, a lo mejor, en lo íntimo, uno la puede recibir como un insulto. Las raposas tienen sus madrigueras, los pájaros tienen sus nidos… Yo no tengo casa. Estoy absolutamente a merced de Dios, mi Padre. ¿Dónde comeré hoy? ¿Dónde dormiré mañana? Dios, mi Padre, lo sabe.
El Hijo del hombre, con ser el Hijo del hombre, el ser celestial que el profeta Daniel contempló envuelto en gloria entre las nubes del cielo, con ser lo que es, no tiene donde reclinar la cabeza.

3. Esto es sencillamente estremecedor. Para afianzar nuestra personalidad, necesitamos una estabilidad interna y externa. Necesitamos unos medios seguros a nuestro alcance. Esto es de tal forma cierto y aceptado en el criterio común, que uno de los coeficientes para ver el grado de evolución y prosperidad de un país, es verificar los sistemas de seguridad social, bien sea en cuanto a una digna pensión que estabilice el futuro de una personal o bien sea todo lo que se refiere a la salud, a la emergencia de una enfermedad.
Se diría que Jesús, como apóstol del Padre, como enviado de Dios, no se pone en la periferia de la existencia humana, sino fuera de ella.
Pero esto no lo hace por razones sociales. La pobreza social es degradante… y una sociedad madura debe hacer todo lo posible por extirparla. Una persona andando entre la basura…; una persona que día a día resuelve su situación mendigando…, es algo que nos produce rechazo. No puede ser eso así; algo nos falla. No es el caso de entrar ahora en estas situaciones.
Volviendo a la frase evangélica, hemos de situarnos en el punto de mira donde Jesús se pone. El apóstol debe entregarse totalmente a Dios e iniciar una vida del todo dependiente de las manos de Dios.

4. En el segundo caso la escena tiene el mismo corte:

A otro le dijo: “Sígueme”. Él respondió: “Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre”. Le contestó: “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios”.
Jesús ha reivindicado las obligaciones con los padres como obligación sagrada que dimana de los mandamientos de Dios (cf. Mc 7); pero aquí establece un conflicto: el Reino de Dios y la propia familia. Enterrar a los padres, es decir, cuidar de su ancianidad hasta la muerte, es una obra de amor que Dios bendice. Pero, ante la irrupción del Reino, hay algo superior. Y Jesús con una de esas frases tan suyas, ataja de modo cortante: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
5. Un tercer caso quizás tenga relación con la escena de la vocación de Eliseo, antes escuchada:

Otro le dijo: “Te seguiré, Señor, pero déjame primero despedirme de los de mi casa”. Jesús le contestó: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios”.

Eliseo pide permiso a Elías para despedirse de la familia. “¿Quién te lo impide?”, le responde el profeta.
De nuevo la frase de Jesús, acerada y clara: No se puede poner la mano al arado y seguir mirando atrás.

6. Con todo ello, hermanos, queda definida la figura del discípulo seguidor hasta las últimas consecuencias. Es la figura del discípulo-profeta. ¿Quién es éste?

Primero, una persona que tiene un mensaje en sus labios; alguien que tiene algo que decir al mundo.
Segundo, una persona que tiene una vida amoldado al propio mensaje.
Tercero, una persona que, en su entrega total a Cristo, ha pensado que Jesús puede pedir lo que solo Dios puede pedir. Jesús puede pedir al vida entera; nadie puede pedir a otro el don de la vida entera. Jesús, sí, porque él es el Hijo de Dios y porque él nos la ha dado primero.
Gracias, Jesús. Amén.

(Guadalajara, Jalisco. Jueves 27 junio 2013).

Un himno de ofrenda espiritual: Te seguiré fascinado-
martes, 25 de junio de 2013 0 comentarios

419. Mi Canto a Pablo VI – y II



Una nueva palabra para la Iglesia:
el diálogo con los hombres de este mundo, amado por Dios


Vuelvo sobre el querido Pablo VI, Siervo de Dios.
Al eco de los pensamientos anteriores he leído y saboreado su primera encíclica, Ecclesium suam, que está fecha en el día de la Transfiguración del Señor (1964), al año de su elección para ocupar la Sede de Pedro. Páginas escritas hace medio siglo, más con los latidos de su corazón que con el pulso de sus dedos, que trazan camino y estilo para la Iglesia, y que parecen para propiciar la nueva era que quiere avecinarse. El corazón intuye y acierta con la verdad; luego la red de tantas pasiones que se entrecruzan retardan, e incluso impiden, un proyecto tan bello y tan puro.
Me fijaré en la parte postrera de la encíclica: el diálogo. Es para aplicarlo a la Iglesia como comunidad de Jesús, a mí mismo como discípulo de Jesús.

El tímido Pablo VI rompe la barrera de su pudor natural para brindarse a sí mismo como hombre de diálogo, como Papa del diálogo con la modernidad.
Este era el talante del Papa: abrazar al mundo con inmensa ternura, entrar en lo que llamó “el coloquio de la salvación”. Precisará con detalle el cariz de un diálogo, que para nada esconde una solapada arrogancia ni un afán de superioridad, pero sí la humilde certeza de caminar en la verdad, que mi hermano puede enriquecer.

Este diálogo, que es un diálogo de amor, nació en el seno de Dios, que es relación trinitaria y donación gratuita al mundo, y tiene unas “sublimes características”.  He aquí unas frases, que el Papa desarrolla.
“El diálogo de la salvación fue abierto espontáneamente por iniciativa divina…
El diálogo de la salvación nació de la caridad, de la bondad divina…
El diálogo de la salvación no se ajustó a los méritos de aquellos a quienes fue dirigido, como tampoco por los resultados que conseguiría o que echaría de menos…
El diálogo de la salvación no obligó físicamente a nadie a acogerlo…” (n. 30).
Una de las páginas más felices es la siguiente, hablando de las cuatro características que ha de tener el diálogo, el arte del diálogo con nuestros hermanos los hombres, con cualquier cultura ajena al bagaje de mis conocimientos. Necesitamos anotarlas, rumiarlas y aprenderlas.
“El coloquio es, por lo tanto, un modo de ejercitar la misión apostólica; es un arte de comunicación espiritual. Sus caracteres son los siguientes:
1) La claridad ante todo: el diálogo supone y exige la inteligibilidad: es un intercambio de pensamiento, es una invitación al ejercicio de las facultades superiores del hombre; bastaría este solo título para clasificarlo entre los mejores fenómenos de la actividad y cultura humana, y basta esta su exigencia inicial para estimular nuestra diligencia apostólica a que se revisen todas las formas de nuestro lenguaje, viendo si es comprensible, si es popular, si es selecto.
2) Otro carácter es, además, la afabilidad, la que Cristo nos exhortó a aprender de El mismo: Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón; el diálogo no es orgulloso, no es hiriente, no es ofensivo. Su autoridad es intrínseca por la verdad que expone, por la caridad que difunde, por el ejemplo que propone; no es una mandato ni una imposición. Es pacífico, evita los modos violentos, es paciente, es generoso.
3) La confianza, tanto en el valor de la propia palabra como en la disposición para acogerla por parte del interlocutor; promueve la familiaridad y la amistad; entrelaza los espíritus por una mutua adhesión a un Bien, que excluye todo fin egoísta.
4) Finalmente, la prudencia pedagógica, que tiene muy en cuenta las condiciones psicológicas y morales del que oye: si es un niño, si es una persona ruda, si no está preparada, si es desconfiada, hostil; y si se esfuerza por conocer su sensibilidad y por adaptarse razonablemente y modificar las formas de la propia presentación para no serle molesto e incomprensible.
Con el diálogo así realizado se cumple la unión de la verdad con la caridad y de la inteligencia con el amor” (31).

Avanzando en su discurso, Pablo VI, esteta de la palabra tiene un bellísimo párrafo para recordarnos que para transmitir el mensaje de Jesús – lo que nosotros hemos llamado “las hermosas palabras del Señor” – tiene la primacía la predicación. Así lo hizo Jesús mismo. Consignas que recojo con  íntimo gozo en el cuadro de las intenciones que pretende el presente blog, consciente de que la técnica, que nos abre una red mundial de posibilidades, es superada por la misma palabra, alentada por el corazón.
“Ninguna forma de difusión del pensamiento, aun elevado técnicamente por medio de la prensa y de los medios audiovisivos a una extraordinaria eficacia, puede sustituir la predicación. Apostolado y predicación en cierto sentido son equivalentes. La predicación es el primer apostolado. El nuestro, Venerables Hermanos, antes que nada es ministerio de la Palabra. Nosotros sabemos muy bien estas cosas, pero nos parece que conviene recordárnosla ahora, a nosotros mismos, para dar a nuestra acción pastoral la justa dirección. Debemos volver al estudio no ya de la elocuencia humana o de la retórica vana, sino al genuino arte de la palabra sagrada.
Debemos buscar las leyes de su sencillez, de su claridad, de su fuerza y de su autoridad para vencer la natural ineptitud en el empleo de un instrumento espiritual tan alto y misterioso como la palabra, y para competir noblemente con todos los que hoy tienen un influjo amplísimo con la palabra mediante el acceso a las tribunas de la pública opinión. Debemos pedir al Señor el grave y embriagador carisma de la palabra (Jeremías 1,6), para ser dignos de dar a la fe su principio eficaz y práctico, y de hacer llegar nuestro mensaje hasta los confines de la tierra” (n. 34).

En fin, un párrafo exquisito dedicado al diálogo dentro de la Iglesia – y, por aplicación, en esta célula pequeña, que es una comunidad religiosa, viva y despierta para los intereses de Dios y del mundo, de los hijos de Dios.
“Y, finalmente, nuestro diálogo se ofrece a los hijos de la Casa de Dios, la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de la que ésta, la romana es "mater et caput". ¡Cómo quisiéramos gozar de este familiar diálogo en plenitud de la fe, de la caridad y de las obras! ¡Cuán intenso y familiar lo desearíamos, sensible a todas las verdades, a todas las virtudes, a todas las realidades de nuestro patrimonio doctrinal y espiritual! ¡Cuán sincero y emocionado, en su genuina espiritualidad, cuán dispuesto a recoger las múltiples voces del mundo contemporáneo! ¡Cuán capaz de hacer a los católicos hombres verdaderamente buenos, hombres sensatos, hombres libres, hombres serenos y valientes!” (43).

Creo no equivocarme si digo que es una de las carencias de hoy: el diálogo familiar dentro de la Iglesia.
Sacando los más hermosos anhelos de lo profundo de su corazón, alzaba la bandera de un entusiasmo confiado y vencedor:
“Alegres y confortados nos sentimos al observar cómo ese diálogo tanto en lo interior de la Iglesia como hacia lo exterior que la rodea ya está en movimiento: ¡La Iglesia vive hoy más que nunca! Pero considerándolo bien, parece como si todo estuviera aún por empezar; comienza hoy el trabajo y no acaba nunca. Esta es la ley de nuestro peregrinar por la tierra y por el tiempo” (46).

No se puede escribir lo que aquí queda escrito, sin  ahorra exclamaciones y efusiones, si el que escribe no está transido del Espíritu de Cristo.
Por eso, hoy lo leemos y reconocemos el frescor y la fragancia de nuestra fe, que desde el corazón de Dios, nos lanza al mundo.

Guadalajara, Jalisco, 25 junio 2013.
viernes, 21 de junio de 2013 1 comentarios

418. Mi Canto a Pablo VI



Pablo VI, Papa 1963-1978
Al recordarlo a los 50 años de su elección



Hoy hace 50 años fue elegido Papa el cardenal obispo de Milán Juan Bautista Montini. Era el 21 de junio de 1963, a los 18 días de la muerte de Juan XIII. Fueron 15 años de pontificado. Recuerdo su elección, recuerdo su tránsito al Padre en la fiesta de la Transfiguración del Señor, 5 de agosto de 1978. Recuerdo que en esta última fecha, lleno de emoción, escribí algo.
Hoy en Roma sale a la luz un extraordinario de L’Osservatore Romano, de 100 páginas, evocando la memoria de esta gran figura de la Iglesia, de quien cualquier día sonará el Decreto de Beatificación. Será Beato y luego Santo.
En ese número extraordinario, como colofón, hay también una pieza extraordinaria: la homilía que el arzobispo de Munich pronunció en la catedral en las honras fúnebres que la diócesis. La homilía se publicó el boletín diocesano, pero no pasó de ahí. Hoy esta homilía es todo un monumento. La acaba de publicar ayer L’Osservatore Romano. El arzobispo de Munich era Joseph Ratzinger. La predicación es una pieza maestra, explicando transfiguración con vida y muerte de Pablo VI. En griego – decía el arzobispo – la transfiguración es la metamorfosis, la transformación. Y aquí se desenvolvía el arzobispo teólogo. Explicaba cuál fue la ininterrumpida transformación de Juan Bautista Montini. De pronto contó algo que hoy, al leerlo, nos deja atónitos, y acaso da con el misterio de la vida del propio Benedicto XVI. “Sabemos que antes de su 75 cumpleaños, y también antes de su octogésimo, luchó intensamente con la idea de retirarse. Y podemos imaginar cuán pesado tuvo que ser el pensamiento de no pertenecerse de ninguna manera a sí mismo; de no tener un momento privado, de estar encadenado, hasta el fin, con el propio cuerpo que va cediendo, a una tarea que exige, día tras día, la plena y viva dedicación de todas las fuerzas de un hombre. … No tenía ningún placer en el poder, en la posición, en la carrera lograda; y justo por eso, siendo la autoridad un encargo soportado – “te llevará adonde no quieras” – ha sido grande y creíble”. Estas palabras, leídas después de la enuncia de Benedicto XVI, parecen descubrirnos un secreto latente en este otro magno pontífice.

* * *

He leído que Pablo VI es el mayor papa del siglo XX. Díganlo los historiadores con una visión amplia de la historia de la Iglesia y del mundo; mis conocimientos no alcanzan. Posiblemente tampoco esto podrá ser certificado, porque es propio de hombres inteligentes disentir con pareceres distintos sobre los mismos hechos y situaciones.
Como humilde cristiano puedo decir algo más importante para mí: que en su pontificado y después Pablo VI ha habitado en mi vida con una sintonía entrañable. Confieso paladinamente mi devoción intelectual hacia él. ¿Qué es lo que me identificaba con su estilo? Su modernidad mental (en medio de su gran timidez), su humanismo estremecido, su amor amor paulino a Jesús, su amor esponsal a la Iglesia.
Cuando murió me quedé con dos recuerdos como emblema de su pontificado: Gaudete in Domino y Pensiero a la norte. Dicen que “il suo capolavoro” es la exhortación apostólica “Evangelii nuntiandi”. Bellísima, sí, y enamorada; pero bellísima igualmente es su primera encíclica, Ecclesiam suam (Su Iglesia, la Iglesia de Jesús), cuando este Papa tímido abre sus brazos al mundo y dice a la Iglesia una palabra: el diálogo. El diálogo con la modernidad, sin ceder nuestra fidelidad a Cristo.

* * *
Ratzinger decía, en la citada homilía, que Pablo VI no fue esclavo de la “telecracia” ni de la “demoscopia”. Su amor a la Iglesia y al mundo estaban muy por encima de la opinión que va y viene.
Pablo VI fue a las Naciones Unidas. Momento inolvidable cuando se presentó como un “experto de humanidad” y cuando ante aquel foro del mundo citó al profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados; de las lanzas podaderas”.
Pablo VI ha sido consuelo en mi corazón. Pablo amaba a la Iglesia con un amor que contagia; vibraba por Jesús… “Yo nunca me cansaría de hablar de él; él es la luz, la verdad, más aún, el camino, y la verdad, y la vida; él es el pan y la fuente de agua viva, que satisface nuestra hambre y nuestra sed; él es nuestro pastor, nuestro guía, nuestro ejemplo, nuestro consuelo, nuestro hermano. Él, como nosotros y más que nosotros, fue pequeño, pobre, humillado, sujeto al trabajo, oprimido, paciente. Por nosotros habló, obró milagros, instituyó el nuevo reino en el que los pobres son bienaventurados, en el que la paz es el principio de la convivencia, en el que los limpios de corazón y los que lloran son ensalzados y consolados, en el que los que tienen hambre de justicia son saciados, en el que los pecadores pueden alcanzar el perdón, en el que todos son hermanos…” (En Manila, 29 nov. 1970).

* * *

Algunos pensaron que Pablo VI, abrumado ante el sesgo que iban tomando las cosas, terminó con  un rictus de tristeza que anubló el final de su pontificado. Leyéndole a él, no es cierto. Cuando su vida caminaba a la cumbre, Pablo VI nos dejó, como una joya, una Canto a la Alegría. Lo decía como un testimonio y seguramente saliendo al paso de valoraciones que se hacían de su talante. Y cuando lo leí me impresionó mucho:

“Ciertamente el ministerio de la reconciliación se ejerce, incluso para Nos mismo, en medio de frecuentes contradicciones y dificultades, pero él está alimentado y va acompañado por la alegría del Espíritu Santo. De la misma manera podemos justamente apropiarnos, aplicándola a toda la Iglesia, la confidencia hecha por el apóstol san Pablo a su comunidad de Corinto: «ya antes os he dicho cuán dentro de nuestro corazón estáis para vida y para muerte. Tengo mucha confianza en vosotros... estoy lleno de consuelo, reboso de gozo en todas nuestras tribulaciones» (2Cor 7,3-4)” (Gaudete in Domino, 3).

* * *
Hace tres años, con ocasión del aniversario de la muerte, escribí un himno (Puebla de los Ángeles, 5 agosto 2010), que lo puse en mercaba.org (Rufino María Grández / El pan de unos versos / Flos Sanctorum, al final). En esta oportunidad me place recogerlo con el mismo amor con que lo escribí.

Siervo de Dios
Pablo VI, Papa
(pro eius beatificatione,
+ Transfiguración del Señor 1978)

Pablo VI (1897-1978), Papa humilde, sabio y santo.

Pablo VI, que puso firma a todos los documentos del Concilio. Su memoria sea bendita por los siglos. Pensando en su muerte (Pensiero alla norte) había escrito, después de profesar su amor a Cristo:
“…Por tanto ruego al Señor que me dé la gracia de hacer de mi muerte próxima don de amor para la Iglesia. Puedo decir que siempre la he amado; fue su amor quien me sacó de mi mezquino y selvático egoísmo y me encaminó a su servicio; y para ella, no para otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiese y que yo tuviese la fuerza de decírselo, como una confidencia del corazón que sólo en el último momento de la vida se tiene el coraje de hacer.
Quisiera finalmente abarcarla toda en su historia, en su designio divino, en su destino final, en su compleja, total y unitaria composición, en su consistencia humana e imperfecta, en sus desdichas y sufrimientos, en las debilidades y en las miserias de tantos hijos suyos, en sus aspectos menos simpáticos y en su esfuerzo perenne de fidelidad, de amor, de perfección y de caridad. Cuerpo místico de Cristo. Querría abrazarla, saludarla, amarla, en cada uno de los seres que la componen, en cada obispo y sacerdote que la asiste y la guía, en cada alma que la vive y la ilustra; bendecirla. También porque no la dejo, no salgo de ella, sino que me uno y me confundo más y mejor con ella: la muerte es un progreso en la comunión de los Santos”.
En abril de 2010, celebrando mi Jubileo Sacerdotal, en San Pedro visité la tumba lisa de Pablo VI. Estaba discretamente solitaria. Me arrodillé y deposité una rosa. Hoy deposito este poema, que es una rosa de oración.
¡Recógela en tu mano, querido Papa, luz y alegría de mi sacerdocio!

“La Iglesia ha de saber cuánto la amo,
y quiero yo tener la valentía
la audacia de decírselo al oído
a ella, amada mía, esposa mía”.

También nosotros, Papa amabilísimo,
queremos con la misma parresía,
decirte nuestro amor, que no se extingue,
a ti, hermano Pablo, lumbre y guía.

¡Qué sabio y grande, Padre, en tu humildad,
qué luz en tu mirada y qué armonía,
qué tímida bondad en tu elegancia
y en mano alzada cuando bendecías!

Curvado en cruz, Jesús fue tu cayado,
y tu pasión por él ¡qué roja ardía!;
quisiste tú una Iglesia anunciadora,
y el diálogo leal fue tu consigna.

Quisiste un gran abrazo para el mundo,
que la ternura fue tu cortesía,
y en Foro de Naciones anunciabas
la paz con las palabras de Isaías.

¡Levántate en las palmas del amor,
de donde yaces en la tumba lisa!
Con el Transfigurado de tu Tránsito
queremos verte con Moisés y Elías!

¡A Cristo solo cuanto él merece,
a Cristo amor, incienso y pleitesía,
a Cristo con sus ángeles y santos,
que en ellos su hermosura mora y brilla! Amén.

In corde Iesu,
in corde ecclesiae.
Guadalajara, Jalisco, 21 junio 2013.

 
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