lunes, 26 de agosto de 2013 1 comentarios

439. Domingo XXII C - Los invitados de Jesús




Homilía en el domingo XXII del tiempo ordinario, ciclo C

Lc 14,1. 7-14


   

Texto del Evangelio:
Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, y así, para que cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que le había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Hermanos:
1. Si Jesús hubiera sido un maestro de sabiduría, un buscador de Dios, un educador de la humanidad, las palabras que acabamos de escuchar, las podríamos agregar a esas colecciones de sentencias de los sabios que han sido guía para el buen comportamiento humano. Las podríamos añadir al libro de los Proverbio, atribuidos a Salomón; o también al libro del Sirácides, que es un libro muy sabroso por sus consejos espirituales, y que ha sido muy leído en la Iglesia. Hoy justamente se toman algunas frases del Sirácides, capítulo 3 en la primera lectura: consejos del sabio al discípulo, del padre, que ha recorrido el camino de la vida, al hijo que se adentra por los senderos inciertos, Le dice, por ejemplo, “No pretendas lo que te sobrepasa, ni investigues lo que te excede” (Sir 3,21). El que comienza a leer la Sagrada Escritura se deleita en la multitud de sentencias de experiencia y vida de los libros sapienciales del Antiguo Testamento; tres de ellos son el Eclesiastés, los Proverbio, el Eclesiástico o libro del Sirácides.

2. Es muy interesante el prólogo que puso a este libro el traductor que lo tradujo, siglos antes de Cristo del hebreo al griego, para que llegase a la cultura helenista. “Mi abuelo Jesús, después de haberse dedicado asiduamente a la lectura de la Ley, los Profetas y los otros escritos (Torá, Nebiim y Ketubim, decimos en hebreo, las tres partes o secciones del Antiguo Testamento), y de haber adquirido un gran dominio sobre ellos, se propuso escribir sobre temas de instrucción y sabiduría. Su objetivo era que los deseos de aprender aceptaran sus enseñanzas y pudieran progresar, llevando una vida más acorde con la Ley” (Sir, prólogo).

3. Jesús de Nazaret, que es el profeta del Reino, es también Sabio, “uno que es más que Salomón” (Lc 11,31). Sus parábolas son palabras de sabiduría. Con todo, hermanos, al escuchar sus palabras quisiéramos pasar del nivel de la sabiduría a otro nivel más profundo: al nivel de la profecía, del anuncio.
Jesús con su sabiduría está configurando su comunidad, su Ecclesía. Por lo tanto, no está dando principios de comportamiento general para acertar en la vida, sino que están hablando de la vida de su Iglesia. Entonces sus palabras adquieren otro tono diferente: son palabras directamente interpeladoras para confrontar nuestro modo de existir en su comunidad. Interpretémoslas de esta manera, y veamos cómo quiere Jesús a su Iglesia, a su Iglesia hoy.

4. Jesús nos invita a su mesa, porque la vida cristiana es un banquete de hermanos. En este banquete, ¿cuál es mi puesto? La respuesta ha sido siempre clara: el último. En cierta ocasión Jesús les dijo a los Doce, cuando discutieron en el camino sobre quién de ellos era el más importante: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). No estaba dando un consejo general de vida; estaba diciendo a sus apóstoles y a través de ellos a nosotros cuál es el verdadero puesto la que yo debo aspirar. Hemos de aspirar a ser los servidores, los últimos de todos. Claro que el último puesto no lo podemos ocupar – decía un santo, Carlos de Foucauld – porque ya está ocupado: Jesús, él mismo, lo ocupó, lo reservó para sí.
Hace un mes decía el Papa a los Obispos en Brasil: “Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos. Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres que no tengan “psicología de príncipes”. Hombres que no sean ambiciosos y que sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra…”
Esa es la doctrina de Jesús, que se aplica no solo a los obispos, sino igual, a todos los demás, a todos nosotros.
En una Iglesia, que es una comunidad de hermanos, mi máxima gloria ha de ser la de servir a los hermanos, y no precisamente desde los puestos de mando (por hablar al lenguaje humano), sino desde el estamento de los humildes: dar mi vida por mis hermanos, sin aspirar a la gloria de ningún monumento.

5. Por otra parte, en el Evangelio de hoy, Jesús nos habla de una clase de personas que deben tener nuestro trato de preferencia. Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos. Estas son las personas con las que nos gustan relacionarnos, las personas de las que podemos sacar provecho: los amigos, los hermanos y parientes, los vecinos ricos, palabras que tenemos que pensarlas una a una. Nos arrimamos a estas personas, porque nos pueden favorecer.
Y frente a ellas Jesús pone a otros, a los que él elige como sus invitados de preferencia y los describe con cuatro palabras: los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Nos está hablando de sus amigos, de ese pueblo mesiánico de las bienaventuranzas, de esas multitudes de necesitados sobre el que él ha vertido sus milagros. Estos son los invitados de Jesús.
“Acuérdate de los pobres”, le dijo el cardenal franciscano Claudio Hummes a su compañero Bergoglio que estaba su lado, cuando iban contando los votos y comenzaron a aplaudir, porque ya había alcanzado los dos tercios de la elección. Acuérdate de los pobres.
Son las palabras de Jesús de hoy.
Los pobres en la Iglesia no son solamente las personas a quienes debemos favorecer o socorrer; son las personas a las que debemos mirar para saber cómo es la Iglesia que Jesús quiere.

6. Pensamientos del Evangelio de hoy, mis queridos hermanos, que solo puede terminar con una súplica a Jesús:
Jesús, tú te humillaste hasta ser el último; pro esto tu Padre te ensalzó, y nosotros te ensalzamos con nuestra alabanza.
Tú fuiste el Pobre de Dios, por ser el Hijo confiado de Dios, y pobres como tú también nosotros queremos ser. Amén.

(México D.F., 25 agosto 2013).
jueves, 22 de agosto de 2013 2 comentarios

438 . Domingo XXI C - Señor ¿son pocos los que salvan?



Homilía en el domingo XXI del tiempo ordinario, ciclo C
Lc 13,22-30


Texto del Evangelio:
Y pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén.
Uno de le preguntó: “Señor ¿son pocos los que se salvan?”
Él les dijo: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: Señor, ábrenos; pero él os dirá: No sé quiénes sois. Entonces comenzaréis a decir:. Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.
Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que será últimos.

Hermanos:
1. Jesús va caminando hacia Jerusalén. Este camino no es solo un itinerario geográfico de los pasos de su vida terrestre. Es un itinerario espiritual, efecto de ese fuego que ha venido a traer a la tierra, de ese bautismo de sangre con que ha de ser bautizado, “¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla!” (Lc 12,50). Lo recordábamos el domingo pasado.
En este ambiente y tensión de espíritu surge la pregunta que le lanzan a Jesús: “Señor ¿son pocos los que se salvan?”
¿Qué difícil es responder a esta pregunta! Acaso sea imposible… De hecho, Jesús no va a responder al tema que le proponen. Jesús como hombre lo ignorar y nada puede decir.
Pero Jesús tiene un mensaje y ese sí lo ha de proclamar.

2. Jesús alimenta la idea del juicio de Dios sobre el mundo; incluso dice que estamos ya metidos en él. Y sus palabras no son una colección de buenos consejos para comportarse siempre con la virtud de un buen hijo, de una buena hija, obediente a la voluntad de Dios.
 Jesús se representa como centro de unos sucesos dramáticos que están verificándose en la historia y que van a terminar en la entrada al reino por la puerta estrecha.
Jesús, predicador del reino de Dios, ha tenido la audacia de fingir una escena del juicio de Dios en la cual es va a ser el protagonista. ¿Cómo será aquel día definitivo del encuentro? Al cerrar la historia, esta generación a la que él está predicando, ¿qué final va a tener?

3. La tensión dramática no puede ser mayor. Esta generación va a ser rechazada
Señor, ábrenos; pero él os dirá: No sé quiénes sois…
Hemos comido y bebido contigo, y tú ahí enseñado en nuestras plazas. Pero él os dirá: No sé de dónde sois. Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad.
Jesús no está hablando de un tercero; está hablando de él y sus oyentes. Esta generación no entrará en el reino. Si esta generación lo ha rechazado, Jesús tiene algo gravísimo que decir: él la rechazará.

Con esta explicación sencilla, inmediata. Jesús está anunciando algo gravísimo: que el reino no va a ser para ellos.

4. Hemos tomado estas frases de Jesús, que sin duda responden a la verdad histórica de su predicación, para hablar nosotros del infierno y verlo lleno de pecadores con la condenación eterna: “allá será el llanto y el rechinar de dientes” por toda la eternidad.
¿Jesús está hablando del infierno? ¿Nos está dando un cálculo avanzando de los que van a ir al infierno? ¿Acaso son más los que van a ir al infierno que los que van a ir al cielo, entendiendo el cielo como el Reino definitivo?
Y otra vez caemos en la pregunta del número de los salvados que le han dirigido al Señor: “Señor ¿son pocos los que se salvan?”

5. Sin quitar nada al dramatismo de esta cuestión de vida o muerte, tenemos que afirmar, con un estudio sereno del Evangelio, tres cosas:
Primera: Jesús no responde que son muchos los que se salvan.
Segunda: Jesús tampoco responde diciendo que son pocos, el pequeño resto de Israel, por ejemplo, 12.000 de cada tribu, los 144.000 señalados del libro del Apocalipsis.
Tercera: Jesús dice que el juicio de Dios es serio, que ese juicio se cifra en acogerle o rechazarle a él; y por lo tanto, quien no le acoge a él, enviado de Dios, sepa a qué atenerse. Nada vale el decir Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.
No es la primera vez que habla Jesús con este tono de amenaza. Recordad, hermano el final el sermón de la montaña: Aquel día muchos me dirán: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu hombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros. Entonces yo les declararé: Nunca os he conocido. Alejaos de mí, los que obráis la iniquidad.
El que profetiza en nombre de Cristo, el que echa demonios en nombre de Cristo, el que hace milagros en nombre de Cristo, a lo mejor no con eso y por eso es cristiano, y hasta puede ser rechazado.
El cristiano es aquel y solo aquel que acoge a Cristo y sigue en su vida las enseñanzas de Cristo. Y nadie más. Sólo ese es cristiano.

6. Hermanos, lo que estamos diciendo no nos lleva al Evangelio del terror, sino, al contrario al Evangelio de la gracia, de la misericordia y de la esperanza.
Por de pronto, nos hace descubrir el verdadero rostro de Jesús. Para nosotros Jesús de Nazaret, el hijo de María, es sencillamente Dios, el Hijo de Dios. Y este Hijo de Dios tiene el protagonismo sobre el mundo y la historia universal.
Él es el que ha de decidir la entrada en el Reino o la exclusión del mismo.
En esa hora de la verdad, ¿cuál va a ser el punto capital que determine la acogida en el Reino o el rechazo de él? Él nos acogerá o nos rechazará según nosotros lo haya os acogido o rechazado a él, no tanto según las miserias con que a veces está envuelta nuestra vida, lo que llamamos nuestros pecados. Acogerle a él o rechazarle a él es lo que determina el veredicto final.

7. Jesús, profeta del presente y del futuro, ve: Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios, Un anuncio que proclama Jesús en consonancia con los profetas, como lo expresaba la primera lectura de Isaías. Yo… vendré para reunir las naciones de toda lengua; vendrá para ver mi gloria (Is 66,18)
¡Qué hermoso ver que el mundo entero viene a postrarse a los pies de Jesús, pues incluso sin conocerlo lo han acogido! Lo que hicisteis a uno de mis hermanos más pequeños a mí me lo hicisteis.

Señor Jesús, abre mis ojos para contemplar, con infinita esperanza y agradecimiento, lo que tú contemplabas: que tú eres quien nos va a dar entrada en el Reino de tu Padre, que tú eres el que me vas a acoger a mí un día para sentarme a la mesa contigo y con Abraham, Isaac y Jacob y todos los profetas en el reino de Dios, tu Padre. Amén.
Guadalajara, 22 agosto 2013.

Sobre el Evangelio de hoy puede verse el poema: De la mesa Eucaristía
martes, 20 de agosto de 2013 1 comentarios

437. Hoy, san Bernardo: Del amor y la amistad




El regalo del amor
y la amistad

Hoy es san Bernardo (20 agosto), san Bernardo de Claraval, en los orígenes del Císter, si bien no exactamente el iniciador, pero sí la figura más representativa de la Orden. Todos los años nos deleita la liturgia con un pasaje bellísimo de sus obras, un texto seleccionado del sermón 83 al Cantar de los Cantares, que transcribo y que dice así:
* * *

El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.
El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?
Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.
Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.
* * *

Este amor al que nos asoma san Bernardo es el amor que tiene el alma con el Verbo, la unión nupcial de la criatura con el Creador, esa aspiración suprema a la que todo ser amante (por ejemplo, yo mismo) tiende.
Puntualizan los especialistas de san Bernardo que aquí terminaría idealmente los Sermones sobre el Cantar de los cantares – del cual ha comentado una sección de pocos versículos – si bien todavía el comentario se alarga en tres sermones más. “Para conocer la alegría y el gozo de esta unión, para describir la experiencia de la unión, Bernardo remite a otro futuro sermón, pero ya no volverá sobre ello, ya que, de hecho, la experiencia en sí trasciende la explicación moral (anagogía). Bernardo narra el camino hacia la unión, pero no la unión misma. Como la unión pertenece a la otra vida, el Comentario alcanza aquí un término, y quizá el final absoluto que no se puede sobrepasar: un final antes del final eterno. Este sería el final que Bernardo se habría propuesto” (Juan María de la Torre, OCSO).
* * *

Hasta aquí llegar el amor, vocación para la que yo nací y la que determinada todos los actos de mi vida: ser amado y amar. Porque ya lo dijo Dante en el versículo final de la Divina Comedia: que el amor mueve el sol y las demás estrellas.
Aristóteles, en su Ética a Nicómaco (al parecer, su hijo), comienza el libro VIII, que junto con el IX, va a ser el amplio tratado sobre la amistad: “Después de estos podríamos continuar tratando de la amistad: es, en efecto, una virtud o va acompañada de virtud, y, además, es lo más necesario para la vida” (edición bilingüe de María Araujo y Julián Marías, Centro de estudios constitucionales, Madrid 1994). Y luego el Filósofo va distinguiendo los diversos tipos de amistad, doctrina que se ha hecho clásica.
De manera que san Bernardo pisa sobre terreno conocido cuando nos describe en el mismos ermón cuál es el amor recíproco de la esposa y el esposo, que es la donación total e amistad. “Gran cosa es el amor; pero tiene sus grados. El de la esposa está en la cumbre. (…) Me resulta sospechoso un amor que espera recibir algo distinto de sí mismo. Muy débil es el amor si cuando lo privas de lo que espera, se extingue o se enfría. Y es impuro el amor que desea otra cosa. El amor puro no es mercenario. El amor no recibe su fuerza de la esperanza, pero tampoco se resiente por la desconfianza. Este es el amor de la esposa, porque es esposa, cualquiera que sea. El patrimonio de la esposa y la esperanza forman un amor único. La esposa desborda de él y con eso está satisfecho el esposo. Ni éste busca otra cosa, ni ella posee otra cosa. Por eso él es esposo y ella esposa. Es propio de los esposos y no lo iguala ningún otro, ni el de los hijos”.
Aclaremos que el amor de amistad que ah explicado Aristóteles es un amor racional y humano (lo mejor que ha dado el hombre), pero que el amor de amistad de que habla san Bernardo es amor de amistad de la criatura con el mismo Verbo de Dios, amor humano (porque quien ama es el hombre no el ángel) y amor místico simultáneamente, que puede llegar hasta la copula spiritualis, que es lo que el ser humano, favorecido por la gracia, anhela: la fusión total e ser a ser.
* * *
Diciendo estas cosas el día de san Bernardo, quiero añadir algo sobre el don del amor de amistad que se nos concede incluso en esta tierra, porque esto pertenece a la fibra del Císter. ¿Quién es un Cisterciense, una Cisterciense? Es un cristiano, una cristiana, que por gracia ha pretendido hacer la unidad de su vida en tres querencias:
La querencia de la intimidad.
La querencia de la transcendencia.
La querencia de la comunidad. Y entiendo por comunidad la comunidad del monasterio y la comunidad universal. Desde la hondura el compromiso fraterno es compromiso cordial por todo ser humano sufriente.
¿Qué es el amor de amistad? Es la implantación del amor divino en el corazón humano, abierto pura compartirlo con quien sintonice con este amor.
Y en la tradición del Císter está el célebre tratado de Elredo sobre La amistad espiritual. Antes la palabra “amistad” era una palabra vedada en nuestras Constituciones. Hoy no; la fraternidad no puede anular la amistad, al contrario, debería fomentarla. El Císter, vivido con hondura, es un terreno privilegiado de amistad. La amistad, la profunda amistad, las selectas amistades, podemos vivirlas, sin traición, en la vida consagrada.
Florinda Panizo, cisterciense (Casarrubios del Monte, Toledo), dice así bellamente concluyendo su exposición sobre el tratado:
“…Tal vez el encanto principal del tratado De spirituali amicitia “es su firmeza psicológica y su sabor de cosa vivida…” De su teoría se desprende que el monasterio debería ser una fraternidad de amigos con un solo corazón y una sola alma. Pero Elredo sabe que la amistad no hay que prodigarla y que las confidencias del corazón no pueden extenderse a muchos. Por otra parte, hay que tener en cuenta las diferencias de idiosincrasia y de temperamento. Definir la amistad como un acuerdo en el pensar y el querer en todas las cosas divinas y humanas no pasa de ser un bello ideal. El amigo debe saber ceder y alternar prudentemente la tolerancia con los consejos y las censuras. Pues todos somos débiles y pecadores y necesitamos unos de otros…”
En suma, haber gustado en esta tierra de esa spiritualis amicitia que ha expuesto (acaso “el diario de su corazón”, como se ha dicho) san Elredo de Rieval es uno de los dones más exquisito que el Señor puede regalarnos. ¡Ojalá!

Guadalajara, Jalisco, 20 agosto 2013

Añadimos un himno compuesto para la celebración litúrgica de san Bernardo

Bernardo es el amor y la dulzura

Pío XII recogió la figura y la espiritualidad de san Bernardo en la carta encíclica Doctor melifluus, escrita con motivo del VIII centenario de la muerte del santo. Bernardo es el amor y a dulzura, es el doctor melifluo. “Jesús es miel en la boca, melodía en el oído, júbilo en el corazón”.
Bernardo ha comentado para sus  monjes el Cantar de los cantares en los célebres sermones Super cantica. Allí ha fomentado una espiritualidad fuertemente esponsal: “…Es abrazo. Abrazo ciertamente, cuando un mismo querer y no querer hace de dos espíritus uno… El amor abunda para sí… Por eso, el que ama, ama; y no sabe otra cosa”.

La piedad mariana es, como se sabe, nota destacadísima en san Bernardo. De él es esta frase: “Nada quiso darnos Dios que no pasase por manos de María”. Y así lo recoge el himno. María es la estrella: “Mira a la estrella, invoca a María”.
Al mismo tiempo Bernardo, que en Claraval ha iniciado un movimiento nuevo en la irradiación benedictina, es un predicador de la cruzada.
En fin, cuando el himno va avanzando nos volvemos al recogimiento de una trapa hoy: ¡Oh fuerza del silencio y de la gloria, que el humilde comparte arrodillado…! Así hemos visto al humilde hermano arrodillado en la trapa de La Oliva (Navarra), y así queremos evocar el fecundo carisma del trapense en nuestros días.

Bernardo es el amor y la dulzura
de aquel que como Juan se ha reclinado
junto al divino pecho del Señor
para hacer su morada en el costado.

Allí el amor abunda, allí descansa,
allí el beso del Verbo, allí el abrazo;
y el deseo sin fin allí cumplido,
que el amante al amor es su regalo.

Y María, la Madre clementísima,
estrella clara, está junto a Bernardo;
que no hay gracia del cielo que no pase,
como Jesús, por sus piadosas manos.

Se lanza entonces el ardiente apóstol
como río encendido y desbordado;
su sabia lengua es gozo de la Iglesia,
su firme voz, coraje de cruzados.

¡Oh fuerza del silencio y de la gloria,
que el humilde comparte arrodillado!;
sea Cristo palabras para el hombre
desde el hogar de silencioso claustro.

A ti, Cristo, volvemos la mirada,
quietos los cuerpos, corazón en alto;
y desde esta liturgia de la espera,
a ti, Cristo, que vienes, te alabamos. Amén.


Rufino María Grández, capuchino (letra) – Fidel Aizpurúa, capuchino (música), Himnos para el Señor. Editorial Regina, Barcelona, 1983, pp. 214-217.
 
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