jueves, 29 de mayo de 2014 5 comentarios

553. Ascensión del Señor Jesús: Presencia y misión



Homilía en el domingo de la Ascensión del Señor
Domingo VII de Pascua, ciclo A
Mt 28,16-21


Texto evangélico:
Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
- “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos”.

Hermanos:

1. Todos los años, al conmemorar la Ascensión del Señor, escuchamos el comienzo de los Hechos de los Apóstoles, la primera lectura del día. Allí, empalmando la vida de Jesús con la vida de la Iglesia que se prolonga hasta hoy, se dice que Jesús “se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hch 1,3).
En estas circunstancias se les apareció una vez que “comían juntos” (v.4). les dio la orden de que no se apartaran de Jerusalén, hasta que se cumpla la promesa del Padre, de la que me habéis oído hablar. Los sacó fuera de la ciudad; les dio las últimas consignas, y les dijo que serían sus testigos hasta los confines de la tierra. Continúa el texto sagrado: “Dicho esto, a la vista de ellos, fue levantado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de su vista” (v. 9).

2. Esa inspiró unos versos espirituales, muy finos, a fray Luis de León, para concluir su Oda en la Ascensión (Oda XVIII):

¡Ay! nube, envidïosa
aun de este breve gozo, ¿qué te aquejas?
¿Dónde vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!
3. De esta manera cerraba Jesús una etapa de su existencia para comenzar otra, la historia de sus discípulos, la vida de la Iglesia. Esta forma de relatar la vida de Jesús levanta algunas preguntas: ¿Dónde estuvo Jesús aquellos 40 días, en los que, al parecer, ni estaba en la tierra ni estaba en el cielo? ¿En qué sitio intermedio moraba?
Una respuesta que, de pronto, puede tranquilizar nuestra curiosidad es esta: Jesús, al morir, pasa de esta vida a la otra; no hay ni espacio ni tiempo de separación. Muerte y resurrección acontecen en el mismo instante. Jesús al morir entra en el terreno definitivo de Dios, no hay espera. La resurrección de Jesús no es una marcha atrás para recuperar lo que había perdido: eso sería una reviviscencia; es una marcha hacia adelante en el camino de la vida, como entendemos que un día ha de ser nuestra propia resurrección.
Pero he aquí que hay un modo pedagógico de contar misterios que ignoramos, porque transciende el campo de nuestra experiencia. Jesús se aparece en distintas ocasiones, y san Lucas, describe en esta aparición,  los cuarenta días, que el Señor cierra simbólicamente su modo de estar entre nosotros. Queda cumplida la misión por la que había venido a la tierra y comienza la etapa de la vida de sus discípulos.

5. Jesús se marcha y, al mismo tiempo, se queda: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.
Él está con su poder divino. Él está con su poder divino. No está evocativamente, intencionalmente, como está con nosotros uno de nuestros seres querido cuando lo recordamos y, de algún modo, lo vivimos, y su recuerdo nos da ánimos y fortaleza. Jesús está con nosotros, vivo, porque él es el Dios verdadero.
Su vida eran acciones visibles, Dios estaba allí y aquello no se ha perdido; todos esos misterio de la vida visible de Jesús pasan a ser realidades invisibles y operantes en los sacramentos de la Iglesia. San León Magno, papa y doctor de la Iglesia, que vivió en el siglo V, decía en un sermón de la Ascensión del Señor, que hoy podemos leer:
“Así, todas las cosas referentes a nuestro Redentor, que antes eran visibles, han pasado a ser ritos sacramentales; y, para que nuestra fe fuese más firme y valiosa, la visión ha sido sustituida por la instrucción, de modo que, en adelante, nuestros corazones, iluminados por la luz celestial, deben apoyarse en esta instrucción.
 Esta fe, aumentada por la ascensión del Señor y fortalecida con el don del Espíritu Santo, ya no se amilana por las cadenas, la cárcel, el destierro, el hambre, el fuego, las fieras ni los refinados tormentos de los crueles perseguidores. Hombres y mujeres, niños y frágiles doncellas han luchado, en todo el mundo, por esta fe, hasta derramar su sangre”.

6. Jesús, al dejarnos, nos confía una misión a los cristianos: salir al mundo entero y ofrecer a todos los hombres, nuestros hermanos, el tesoro divino del Evangelio. Nos dice que enseñemos a todas las gentes lo que él nos ha enseñado y a ponerlo por obra: Id, pues, y Haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
No podemos leer estas palabras con un espíritu conquistador e impositivo. De ninguna manera, pero, como cristianos, tenemos la humilde y serena conciencia de que por Jesús de Nazaret hemos recibido la revelación plenaria de Dios.

7. El domingo que viene, domingo de Pentecostés, accediendo a una sencilla y fraterna invitación se van a juntar en Roma tres hombres para orar juntos por la paz: el papa Francisco, Presidente de Israel, Shimon Peres; y el Presidente de Palestína, Mahmoud Abbas. Son tres hombres de bien que pueden pedir al Dios todopoderoso el don de la paz.
Cuando hace unos días, el 26 de mayo, era recibido por el Presidente Shimon Peres en el palacio Presidencial de Jerusalén, al Papa Francisco, antes de leer su discurso escrito, se le ocurrió de repente: “Le agradezco, Señor Presidente, sus palabras y su acogida. Y, con mi imaginación y fantasía, me gustaría inventar una nueva bienaventuranza, que me aplico a mí mismo en este momento: “Dichoso aquel que entra en la casa de un hombre sabio y bueno”. Y yo me siento dichoso. Gracias de todo corazón”.
Para el Papa Francisco el Presidente de Israel es un hombre sabio y bueno, dichoso él. ¿Por qué las personas de bien, sin herirnos, no vamos a orar a ese Dios, a quien confesamos como nuestro Creador y Padre, por los grandes intereses del mundo, y el primero de ellos, la paz?

8. Hermanos, concluyamos. Jesús se ha marchado, pero: sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.
Señor Jesús, yo creo en tu divina presencia, presente en mi corazón, presente en el sacramento de tu palabra y de la Iglesia entera, presen te en el mundo, que avanza hacia ti. Haz que esta presencia percibida como presencia vivificante sea el aliento y fuerza de mi vida. Amén.

Guadalajara, jueves de la VII semana de Pascua 2014
(Jueves de la Ascensión).

Himnos para la Ascensión del Señor:

 

viernes, 23 de mayo de 2014 0 comentarios

552. Domingo VI Pascua (ciclo A): Jesús nos promete enviar a su Espíritu



Homilía en el domingo VI de Pascua, ciclo A

Jn 14,15-21

 

Texto evangélico:
Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque mora con vosotros  y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el  mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

Hermanos:

1. En el Evangelio de hoy Jesús habla de despedida. Estamos en el Cenáculo. Los tres domingos últimos de Pascua son Evangelios de despedida, Jesús ante la muerte que se le avecina, dice: yo sigo viviendo. Como sigue viviendo, va a seguir actuando.
Al comenzar a escribir estas cosas, al hablar del Cenáculo, viene a nuestra mente, o mejor a nuestro corazón, el viaje, la peregrinación que el Santo Padre el Papa Francisco va a hacer estos días a la Tierra de Jesús, del sábado 24 de mayo al lunes 26. El sábado estará en Jordania, en la capital Amán; el domingo y el lunes en Belén y en Jerusalén. Concluirá en Jerusalén, celebrando la santa Misa en la sala que se venera como el Cenáculo. El viaje lo emprende con ocasión de que hace 50 años se encontraron en Jerusalén el Patriarca Atenágoras de Constantinopla y el Obispo de Roma, Pablo VI, dos hombres de Dios. Se dieron un abrazo que ha pasado a la historia, y que quisiéramos de corazón que fuera el comienzo definitivo de la unión de los cristianos ortodoxos con los cristianos católicos de Roma. Tenemos el mismo Evangelio, el mismo Jesús, Hijo de Dios, la misma Virgen a quien ellos y nosotros veneramos como Madre de Dios.
El recuerdo de lo que ocurrió hace 50 años ha sido el motivo que hoy le lleva al Papa a Tierra Santa. Para quienes hemos vivido y estudiado en la Tierra de Jesús, todo esto es particularmente emocionante
.



2. Volvamos al Cenáculo. Se acumulan las palabras y recomendaciones.
Jesús habla del amor a él, que se manifiesta en la guarda de los mandamientos.
Nos habla del Espíritu que el Padre va a enviar, a petición de Jesús, Espíritu de la verdad, a quien llama “otro Consolador”, dando a entender que en su vida él ha sido el Consolador y el defensor ante Dios.
Nos habla del mundo, que está fuera de estas realidades.
Nos habla, finalmente, de la misteriosa unión que él tiene con el Padre
Muchas palabras, que, al fin, tienen un eje común: él, el Padre, y nosotros. Todos unidos en una comunidad que es más sólida que una entrañable familia. Desde la vida de Dios Jesús a construir una familia de amor: familia que es divina, porque arranca de Dios; familia que es humana, porque la componemos nosotros mismos.

3. Vamos, pues a apreciar este dicho soberano de Jesús, donde se muestra esta unidad no conocida anteriormente: Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.
Jesús está en el Padre; el Padre, evidentemente, está en Jesús. Estas expresiones simples nos llevan a una realidad absolutamente divina. ¿Quién puede hablar de la unión que existe del Padre en el hijo y del Hijo? Es el misterio de la Santísima Trinidad, misterio que siempre será misterio: tres Personas distintas y un solo Dios verdadero. El Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios, y no son tres Dioses distintos, sino un solo Dios verdadero.
Misterio que tiene una prolongación divina, cuando Jesús en la misma frase dice: y vosotros en mí y yo en vosotros.
Esto es del todo sorprendente: las mismas expresiones que usa para hablar de su relación con el Padre las emplea para hablar de su relación con nosotros, y recíprocamente de nosotros con él.
Al final del Evangelio escuchamos, en este mismo estilo de lenguaje: y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.
Y estas cosas divinas Jesús las dice del modo más familiar, no solo por el tono de la conversación sino también por el mismo contenido de los misterios que está explicando, igual que si hablara cuando nosotros nos comunicamos nuestros propios sentimientos y nos comprendemos porque estamos en lo mismo.  Así pues, la vida divina es la vida de los cristianos. No hablamos de los cristianos superiores, de unos cristianos de élite, sino de los cristianos, de nosotros mismos, que aceptamos a Jesús como Hijo de Dios y como Maestro. Ese es el clima de la vida cristiana en la que Jesús nos ha introducido.

4. Él está de despedida, pero nos dice que no nos va a dejar huérfanos. Nos va a enviar a otro Consolador, otro Paráclito, otro Defensor, que será el Espíritu que a él le ha conducido durante su vida. Y nos dice que El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce.
Aquí mundo es el mundo del pecado. El que vive en el pecado, en la incredulidad de las cosas de Dios, que es la raíz de todos los pecados, ese ni ve ni conoce al Espíritu. En cambio, el cristiano sencillo, que se abandona a la amistad con Jesús y que trata de seguir las buenas inspiraciones que Dios deposita en el corazón, ese sí ve al Espíritu y conoce al Espíritu.

5. El Señor, antes de despedirse nos hace estas recomendaciones: que vivamos guiados por el Espíritu de Dios, que él quiere manifestarse en medio de nosotros, bien sea en lo íntimo del corazón, bien sea a través de innumerables signos que muestra la vida. Jesús se manifiesta de un modo entrañable en nuestros hermanos, por ejemplo en nuestras amistades, en personas necesitadas que reclaman una atención de nuestra parte.
Según estas confidencias del cenáculo, podemos trazar unos perfiles del sj que vive cuando se va, y decir:
Jesús es suave y cierta presencia,
Jesús es relación,
Jesús es coloquio,
Jesús es seguridad en el camino y esperanza en el futuro.
Y todo ello en misteriosa compañía con el Espíritu.
Este es el corazón habitado por Cristo Resucitado; esta es la iglesia en la cual sentimos y respiramos a Cristo viviente.

6. Señor Jesús, acepto de corazón todo lo que nos has dicho en el Cenáculo. Recibe entera mi vida, y guíala con tu divina presencia. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 23 mayo 2014.
miércoles, 21 de mayo de 2014 1 comentarios

551. Retiro de fin del tiempo pascual



Espiritualidad cristiana, espiritualidad pascual

Pensamientos y vivencias al culminar el Tiempo de Pascua

Múltiples sentimientos acumulados en el tiempo pascual pueden ser una suave invitación a detenerse y reflexionar en retiro y recoger los frutos que el Señor nos brinda. “Con esto recibe gloria mi Padre, en que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos” (Jn 15,8).  Acaso estas hojas de “Pensamientos y vivencias al culminar el Tiempo de Pascua” puedan prestar un servicio.

I
La gracia de la Vigilia pascual
y la gracia de los 50 días de Pascua

1. El inicio de la nueva Vigilia pascual: liturgia y teología

En 1951 el Papa, hoy “Venerable”, Pío XII permitió que la Vigilia Pascual, que antes se tenía el Sábado Santo por la mañana, Sábado de Gloria, se celebrara por la noche (decreto “Dominicae Resurrectionis” de 9/II/ 1951). A partir de 1956 fue obligatorio celebrarla por la noche (decreto “Maxima Redemptionis” de 16/XI/ 1955). Había comenzado la reforma de la Vigilia Pascual, que culminaría con el Concilio Vaticano II (1962-1965).
Definitivamente el Sábado Santo recobraba su genuino perfil. “Durante el Sábado santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, su descenso a los infiernos (Misal Romano) y esperando en la oración y el ayuno su resurrección” (Carta fiestas pascuales, 77; véase abajo).
La Iglesia redescubría con esta celebración de la Vigilia Pascual lo más hermoso de sí misma. Y somos conscientes los que de niños y adolescentes vivimos la Vigilia de antes y después la de hoy. El Movimiento Litúrgico desembocaba en lo más bello que pudimos soñar. Se abría una época nueva de espiritualidad en la Iglesia.
Los teólogos y liturgistas hablaron en los años 50 del “Misterio Pascual”, expresión que en decenios anteriores no se utilizaba en la teología, y que es la matriz de nuestra fe, la matriz de la teología más pura. Se escribieron páginas bellísimas, que nos llenan de emoción el leerlas. El Catecismo Holandés (1966), hablando del “Domingo de pascua”, tenía expresiones como éstas: “El domingo de Pascua hizo domingo a todos los domingos del año”. En ese momento ya no era novedad, porque el Concilio había dicho: “La Iglesia, por una tradición apostólica, que trae su origen del mismo día de la Resurrección de Cristo, celebra el Misterio Pascual cada ocho días, en el día que es llamado con razón "día del Señor" o domingo…; …el domingo es el fundamento y el núcleo de todo el año litúrgico” (Sacrosanctum Concilium 106, constitución promulgada el 4 de diciembre de 1963).
Pudimos comprender que del Domingo nació la solemne celebración anual de la Pascua, y que de la Pascua nacería la Navidad.


2. Salvemos la Vigilia Pascual como centro de nuestra espiritualidad

El Misal que siguió al Vaticano II y los documentos litúrgicos han ido avanzando en esta línea y con normativa muy concreta,
“Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor (Ex 12,42), y la vigilia que tiene lugar en la misma, conmemorando la noche santa en la que el Señor resucitó, ha de considerarse como "la madre de todas las santas vigilias" (S. Agustín, sermón 219). Durante la vigilia, la Iglesia espera la resurrección del Señor y la celebra con los sacramentos de la iniciación cristiana.
Significado del carácter nocturno de la Vigilia pascual. Toda la celebración de la Vigilia pascual debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya después del alba del domingo". Esta regla ha de ser interpretada estrictamente. Cualquier abuso o costumbre contrario que, poco a poco se haya introducido y que suponga la celebración de la Vigilia pascual a la hora en la cual, habitualmente, se celebran las Misas vespertinas antes de los domingos, ha de ser reprobado.
Las razones presentadas a veces para justificar la anticipación de la Vigilia pascual, por ejemplo la inseguridad pública, no se tienen en cuenta en el caso de la noche de Navidad o de reuniones de otro género.
La Vigilia pascual nocturna durante la cual los hebreos esperaron el tránsito del Señor, que debía liberarlos de la esclavitud del faraón, fue desde entonces celebrada cada año por ellos como un "memorial"; esta vigilia era figura de la Pascua auténtica de Cristo, de la noche de la verdadera liberación, en la cual "rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo" (Pregón pascual).
Ya desde su comienzo la Iglesia ha celebrado con una solemne vigilia nocturna la Pascua anual, solemnidad de las solemnidades. Precisamente la resurrección de Cristo es el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza, y por medio del Bautismo y de la Confirmación somos injertados en el misterio pascual de Cristo, morimos con Él, somos sepultados con Él y resucitamos con Él, para reinar con Él para siempre” (La preparación y celebración de las Fiestas Pascuales. Carta circular dada en la sede de la congregación para el Culto divino y la Disciplina de los sacramentos, 16 enero 1988, nn. 77-80).


3. La Vigilia Pascual como experiencia personal y matriz de toda la pascua

Partimos de aquí. Si no hemos saboreado el sabor espiritual de la Vigilia Pascual, nos resultará bastante teórico hablar de la espiritualidad pascual.
El citado Catecismo Holandés escribió cosas muy puras sobre “La alegría pascual”. “La alegría que nos da la pascua es la más pura alegría que existe en el mundo. Para expresar algo de ella, la comparó Jesús al gozo de la madre que ha dado a luz un hijo (Jn 16,21-22). Es fruto del Espíritu Santo. Por ello está emparentada con el suave soplo de Jesús sobre los apóstoles el día de pascua. Es un signo de su presencia entre nosotros, como lo es su bautismo, su palabra y su eucaristía.
Como otro don cualquiera del Espíritu, tampoco esta alegría es ajena a los influjos terrenos. Lo sobrenatural no destruye lo natural, sino que lo levanta y lo completa. Así, en esta experiencia pascual influye todo lo que crea ambiente, desde la salud física hasta la música. Sin embargo, lo más íntimo de ella es paz, cuya fuente es el Señor resucitado. “paz os dejo… no como el mundo la da, la doy yo” (Jn 14,27).
Un signo de la calidad divina de nuestra alegría es que nadie nos la puede arrebatar…
Como obra de Dios, nuestra paz y la medida en que la experimentamos depende del don de Dios. Por eso no hay que “contar” de antemano con ella en la noche de pascua. Muchos verdaderos siervos de Dios sienten precisamente en las grandes festividades una profunda desolación, por lo que su alegría interior queda embargada por la duda y el abatimiento. Mas, por lo general, las grandes fiestas de la Iglesia son para quienes sinceramente buscan al Señor, fuente de auténtica alegría.
No vayamos, sin embargo, a la vigilia pascual (ni a la misa del gallo, de navidad) con el único fin de buscar alegría; busquemos al Señor de la manera que fuere. Él sabe bien lo que ha de hacer” (Nuevo Catecismo para Adultos. Versión íntegra del catecismo holandés, pp. 183-194; sobre la novedad y valor de este catecismo y sus puntualizaciones, véase en o.c. p. 502).
Con una nueva sensibilidad la Iglesia había redescubierto la hermosura y la fuerza de la Vigilia Pascual, que no era un “preciosismo” de estudiosos, sino la gran oportunidad para todo el pueblo de Dios. (Véase nuestra pequeña obra, prologada por Pedro Farnés: Rufino Grández: La hermosa Vigilia de Pascua. Cómo preparar y vivir la celebración principal del año. Editorial Regina, Barcelona 1995. 107 pp.).
El exponente más “llamativo” de esta fragante espiritualidad puede verse en lo que significa para el Camino Neocatecumenal la celebración de la Vigilia pascual.
Dicen su Estatutos (aprobados el 29 de junio de 2002): “Eje y fuente de la vida cristiana es el misterio pascual, vivido y celebrado de modo eminente en el Santo Triduo, cuyo fulgor irradia de luz todo el año litúrgico. Constituye por tanto el axis del Neocatecumenado, en cuanto redescubrimiento de la iniciación cristiana.
La Vigilia Pascual, centro de la liturgia cristiana, y su espiritualidad bautismal, son inspiración para toda la catequesis. Por este motivo, durante el itinerario, los neocatecúmenos son iniciados gradualmente a una más perfecta participación en todo lo que la santa noche significa, celebra y realiza” (Art, 12,1-2).


II
Puntos orientativos para vivir una espiritualidad pascual

1. La fe es un encuentro con el Señor

La espiritualidad pascual comienza con la experiencia íntima y personal de haberse encontrado con Jesús resucitado. Podríamos comenzar con aquella frase tan fecunda de Benedicto XVI acerca de cómo se comienza a ser cristiano: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus caritas est, 1).
Este es el núcleo de la vida cristiana: el encuentro personal con Jesucristo, esta es la pauta para evaluar el anuncio del Evangelio.
La fe, que es una, puede ser definida, contemplada y analizada desde dos perspectivas muy diferentes:
- Desde una consideración intelectual: Fe es aceptar el conjunto de verdades que Dios nos ha revelado, que exceden el poder de la razón, y que la Iglesia, por la autoridad de Jesucristo, nos propone. La fe es un acto volitivo que termina y se explaya en el entendimiento.
- Desde una consideración vital: fe es haberse encontrado con Jesucristo, desde una iluminación de amor. Encuentro que, al producirse, se percibe que es un encuentro en una comunidad confesante que desde el principio nos ha transmitido y nos sigue transmitiendo la memoria de Jesús.
Hoy la teología se inclina por esa segunda “concepción” y desde ahí quiere trabajar para la pastoral. Esto es central en el Documento de Aparecida (2007) que marca el rumbo espiritual de América latina.

Es esencial tomar un punto de partida correcto, porque las consecuencias que de ahí se derivan, para bien o para mal, son inconmensurables.
No es lo mismo decir: “lo principal de la vida es amar a Dios”, que decir: “lo principal de la vida es sentirse amado por Dios”.
Y no se crea que en la primera perspectiva se fomenta la generosidad, incluso hasta el martirio; y en la segunda, por el contrario, se esconde una pasividad cómoda, inoperante. Bien al contrario, solo el que se siente amado puede amar, irradiar bondad; solo el que se siente amado puede exultar en alabanza y alegría; solo el que se siente amado, puede afrontar, en razón de ese amor, empresas y proyectos que le exceden totalmente.
En suma, la Iglesia es la amada de Dios, por eso será la esposa que ama a su Señor.

2. Toda la revelación, en esta perspectiva, pasa a ser “historia de salvación”
Dios, al revelarse, ciertamente comunica su intimidad. Y esta intimidad puede ser objeto de contemplación pura.
Pero Dios se revela, es decir, comunica su ser misterioso y real, actuando y siempre actuando, y esto es lo que constituye la “Historia de salvación”, iniciada por Dios en el momento de la creación y actuada en todo instante hasta la Parusía de su Hijo. Hoy Dios es Historia de salvación y mi vida mínima es esa historia, con dimensiones transcendentes para Él para mí.
Tal intuición fundamental, nos lleva a formular o reformular grandes verdades; por ejemplo:
- Dios se reveló en tanto en cuanto se hizo historia con el hombre.
- Dios al revelarse mezcló nuestra historia con la suya, o, más exactamente, la asumió la nuestra como historia suya, sin que nuestros pecados fueran impedimento. El Antiguo Testamento nos muestra de esta manera, de modo muy singular, “la condescendencia” divina.
- Y lo que decimos de la comunidad total – comunidad santa de Israel, comunidad de la Iglesia – me lo aplico a mí: Dios es historia para mí. Mi Credo se convierte también en confesión histórica de fe.
- La historia de Dios con el hombre tiene su palabra principal, palabra culminante y terminal en Jesús.
- La Pascua es la historia del Padre en su Hijo amado, muerto y resucitado. La Pascua es el misterio total de Jesús y nos abre al misterio total de Dios. Desde aquí arranca todo lo que podemos decir de una espiritualidad pascual: Es el misterio total de Jesús, que no aparece de repente, sino gestado por el Padre desde toda la eternidad, acariciado por el Espíritu, entregado a la vida en toda la historia del hombre sobre la faz de la tierra. Es el misterio de Jesús viviente en las páginas del Nuevo Testamento.

3. El éxtasis de la Escritura

Para poder leer las Escrituras es necesario que Dios nos purifique totalmente el corazón. Nunca nos cansaremos de decirlo:
      - Una exégesis crítico-histórica es necesaria, pero por sí sola es totalmente insuficiente. - Una exégesis teológica de los textos es un gran paso adelante en los textos. La Iglesia los necesita. Pero tampoco lo olvidemos: la Escritura da la posibilidad de mil teologías (dado que la teología es el pensamiento sobre la fe, y los humanos abrimos el pensamiento a innumerables posibilidades; tanto que, con un misterioso escalofrío, nos podamos volver escépticos ante nosotros mismos)
    . La Escritura, para ser interpretada con el sentir de Dios, tiene que pasar a ser “éxtasis de amor”: ser ella oración, sin ser “tema de oración”, porque un “tema” es algo ajeno a mi espíritu. Esta interpretación de fe, que funde al que habla con el que escucha, es la interpretación sapiencial y oracional, cuyos perfiles no los puede definir tampoco el teólogo, porque es superior a ellos. La Escritura vuelve a su nacimiento, que es Dios amante. Quizás ni sabemos lo que decimos, pero lo intuimos, porque la fe no es solamente asertiva, sino intuitiva y ve más allá de lo que tiene delante. Este es la fe de la Iglesia en cuanto esposa de Jesús, el Cordero inmolado.

4. Dios amante es Jesús Resucitado

El Dios de Jesús, que es el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios se Jacob, se ha volcado en esta existencia histórica, Jesús de Nazaret, rechazado por su pueblo y condenado a muerte con la sentencia firmada por el procurador Poncio Pilato. El primer Credo de Israel fue plasmado en fórmulas históricas de experiencia viva de la acción de Dios (véase Deut 26,5-10)
Jesús es historia, si bien su historia se nos ha transmitido en unos libros que son celebración y fe: los cuatro Evangelios, que nos entrega la primera comunidad como Comunidad del Resucitado. Al aceptarlo a él, ¿qué aceptamos?
- Que Dios estaba todo volcado en él, al punto de establecer esta ecuación indivisa: El Padre y yo somos uno. Jesús es el ámbito de Dios, y, una vez dado el salto de fe, no podemos encontrar a Dios sino en Jesús, al Espíritu de Dios sino en ese mismo Jesús. “Yo soy el camino y la verdad y la vida” (Jn 14,6).
- Aceptamos que Jesús, por su propia esencia, como acontecimiento definitivo de Dios es vida, muerte y resurrección. El acontecimiento entero, que no puede tener ninguna fisura, es el Misterio Pascual. Jesús se revela hoy; precisamente ahora ausente de nuestros ojos es cuando más revela (S. Ignacio de Antioquía).
- Vivir en Pascua será vivir en Jesús, “en Cristo Jesús” (San Pablo). La existencia de Jesús y nuestra propia existencia pasan a formar una unidad total, que nunca se podrá separar. El discípulo de Jesús y Jesús son uno, no con una unidad moral, intencional, deseada…, sino con la unidad radical del misterio.
- Esta unidad, en el plano existencial en que se despliega nuestra vida:
1)    Transciende e invade, sin confusión, el yo de Jesús y el yo mío.
2)    Transciende igualmente la cronología mirada desde aquí: el tiempo (chronos) que es de momentos sucesivos.
3)    Unifica lo que en el tiempo terrenal, definitivamente superado, fueron dos  actos sucesivos: muerte y resurrección.
4)    En una palabra, la unidad de Cristo pasar a ser unidad de mi vida en él. La existencia cristiana ya nunca se podrá comprender sino como existencia en él.

5. El misterio vertido en los perfiles humanos es la espiritualidad pascual

El misterio sale a mi encuentro y entonces yo tengo acceso al misterio. El misterio se instala en mí, ser contingente, sujeto a infinidad de vivencias concretas, conforme a mi naturaleza frágil y limitada, sujeto, sin embargo, en el cual radica mi destino y eternidad. La verdad de mi propio ser en el tiempo no ha de ser anulada por la eternidad, porque si yo dejaría de ser yo, regresaría a la nada.
El misterio vive en mí, opera en mí, se despliega en mí, coexiste en mí, y todo lo que brota en mí desde esta perspectiva es mi vivencia del misterio, del Misterio Pascual.
¿Cuáles podrían ser, pues, los perfiles reales de este misterio aposentado en mí?
1.  El sentido total de mi vida, sabiendo de dónde vengo y adónde voy y qué hago en este  mundo. Soy un amado por Dios, salvado en su Hijo Jesucristo, y unido a él en una obra común, sea cual sea el protagonismo visible que me corresponda, lo cual ni añade ni quita a la magnitud de la obra.
2.   Con ello, con esta vida que me permea e invade, yo adquiero una determinada personalidad en este punto. Me identifico y siento como hijo de Dios.
3.   Se establece entre Dios y yo una relación viva, no ficticia ni imaginaria, y esta relación la expreso como la oración, que es, ni más ni menos que la respiración de mi ser, la vida de mi ser. La oración no es un actividad incrustada, sino la vida expandida (respiración del amor, dicen las Constituciones Capuchinas).
4.   Todo esto es espiritualidad pascual, y todo ello está abocado a la plenitud de Cristo en mí, su “pleroma”, como futuro cierto de mi existencia. Soy destinado a participar en la gloria de Cristo.

6. La familiaridad con Jesús como vivencia del misterio

Para hablar de mística, nosotros espontáneamente acudimos a “abstracciones”, porque se trata de hablar de realidades “metafísicas”, que rebasan los límites de la experiencia inmediata (empírica). Quizás, sin darnos cuenta, estamos traicionando la mística del Evangelio, y, en concreto, del Evangelio de San Juan.
Jesús en San Juan habla como si el plano de realidades fuese el mismo ámbito. La despedida de la Cena – que bien podemos tomarla como la mística originaria de la Iglesia – es un lenguaje cotidiano de familia, y todo invita a pensar que Jesús establece esta relación con nosotros. Las características de esta mística tienen que ser:
- naturalidad sobrenatural
- sencillez confiada
- apertura dialogante
- acogida de escucha
- serenidad, profunda serenidad y paz.
En el silencio del corazón esta es nuestra relación con el Señor.

7. Jesús crucificado y Jesús resucitado

Al proponer nuestra espiritualidad como espiritualidad pascual, hay un punto crucial, que no ha de encontrar una respuesta “teórica”, sino, más bien, de humilde experiencia vital. ¿Qué representa “para mí”, como concepto y vivencia, Jesús crucificado, y qué representa Cristo glorioso? ¿Cuál es mi configuración con Cristo crucificado?
La respuesta solo puede venir de la profundidad de nuestra fe. San Pablo habla de esta doble identificación. No cabe la identificación con Cristo resucitado, si no hay una configuración de Jesús crucificado:
“… conocerlo a él, y
la fuerza de su resurrección,
y la comunión con sus padecimientos,
muriendo su misma muerte,
con la esperanza de llegar a la resurrección de los muertos” (Flp 3,10-11).

8. Pedagogía: Jesús sale a nuestro encuentro a través de la celebración litúrgica
 
En la intimidad de la oración, como lugar de amor, Jesús sale a nuestro encuentro. Jesús nos invitó a entrar en nuestro aposento, cerrar la puerta, y allí orar al Padre (Mt 6,6). Donde está el Padre está Jesús.
La riqueza que nos brindan los libros litúrgicos (y específicamente el Misal y la Liturgia de las Horas) es un venero vivo. Puedo preguntarme para estimularme yo mismo:
1.     ¿He incorporado al catecismo de mi espiritualidad la celebración y el desarrollo de la Vigilia Pascual? Una celebración pausada, muy cuidada y preparada y participada,  de la Vigilia, con todas y cada una de sus lecturas (7 del Antiguo Testamento, 2 del nuevo), con el Pregón cantado, con los salmos propios cantados, con los distintos momentos del rito asimilados…supone unas tres horas para el Señor. No podemos privarnos de esta experiencia única, la más bella, de nuestra liturgia. Cuando se vive, permanece dentro.
2.     La experiencia de los ocho días de la primera semana de Pascua, con el conocimiento exacto de lo que estamos celebrando, con la riqueza de los textos es el complemento normal de la Vigilia Pascual. Mi pregunta personal: ¿Qué es para mí la celebración diaria de la Semana de Pascua? ¿Saboreo la mistagogía de esta semana?
3.     En Pascua no se lee el Antiguo Testamento, sino solo el Nuevo, y esto en sí mismo es un signo sacramental. La lectura del Nuevo Testamento, con los libros específicos que escoge la Iglesia (Evangelio de Juan con preferencia, concluidos los relatos de aparición de los cuatro evangelistas; Hechos de los Apóstoles; Primera de Pedro, Apocalipsis) marcan una pedagogía y estilo. ¿Qué resonancia tiene para mí la Escritura en la Pascua del Señor?
4.     Para la vivencia de los salmos (Laudes y Vísperas) hay unas antífonas propias, que me introducen en el significado pascual del Salterio. ¿Son para mí los salmos oración viviente ante el Resucitado o con el Resucitado?
5.     La Liturgia de las Horas está enriquecida con su Himnodia propia y con sus preces propias, donde la presencia de Cristo con nuestro lenguaje es muy sensible. Cantar a Cristo, orar a Cristo es vivir la Pascua. ¿Qué resonancias produce todo esto en mi corazón?
6.     Tenemos finalmente en la liturgia la incomparable riqueza que nos llega de los Padres, tesoros que nos han venido con la renovación de la Liturgia de las Horas tras el Concilio. Todo ello es una cantera de fe y espiritualidad, que te va afianzando más y más en tu ser de Iglesia. ¿Cuál es el enriquecimiento que yo recibo de este tesoro espiritual?

9. Para concluir

La Pascua del Señor nos hace avanzar mar adentro en el océano de la fe. El primer fruto de las celebraciones pascuales es una consolidación interior de sentido de vida, de misión y futuro dentro de la Iglesia , no condicionado ni por mi exterior y aparente protagonismo en la Iglesia (si acaso lo tuviera) o por mi anonimato en ella. Todo ello se va incorporando año tras año a mi corazón, y mi vida adquiere serenamente un sentido nuevo, que talla mi auténtica personalidad. Y todo se hace vivencia, no ilusoria, sino real. Lo que no se ve pasa a ser sustancia en lo que se ve, y yo soy el primer favorecido.
Por otra parte, yo en mi ambiente soy alguien, humildemente alguien, que transmite “algo”. Ese algo no es otra cosa sino una presencia, la presencia de Cristo Resucitado. Y esa es la génesis de la Iglesia. La Iglesia crece por un fenómeno de vida, por la irradiación expansiva de sus hijos. Quiero ser testigo de Jesús resucitado; antes que lo anuncien mis palabras, que lo proclame mi vida.
¡Virgen Madre del Señor, armonía de la fe, intercede por mí para que se realice la obra de tu Hijo!

Guadalajara, Jalisco, miércoles de la V semana de Pascua, 21 mayo 2014.
 
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