sábado, 10 de diciembre de 2016

870. Domingo II Adviento, ciclo A– Jesús, la esperanza completa que Dios nos da.



870. Domingo II Adviento, ciclo A– Jesús, la esperanza completa que Dios nos da.

Homilía para el Domingo III de Adviento, del ciclo A,
Mt 11,2-11

Texto evangélico:
11 2 Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, mandó a sus discípulos a preguntarle: 3 «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». 4 Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: 5 los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y los pobres son evangelizados. 6 ¡Y bienaventurado el que no se escandalice de mí!».
         7 Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? 8 ¿O qué salisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Mirad, los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, 9 ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta. 10 Este es de quien está escrito: “Yo envío a mi mensajero delante de ti, el cual preparará tu camino ante ti”. 11 En verdad os digo que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. 12 Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora el reino de los cielos sufre violencia y los violentos lo arrebatan. 13 Los Profetas y la Ley han profetizado hasta que vino Juan; 14 él es Elías, el que tenía que venir, con tal que queráis admitirlo. 15 El que tenga oídos, que oiga.

Hermanos:
1. Hoy es el III domingo de este itinerario de Adviento, y como el domingo pasado nos acompaña Juan el Bautista. Hay una pregunta en sus labios, que va a ser el centro de nuestra homilía. La pregunta va dirigida a Jesús y es una pregunta total, que en el Evangelio aparece así: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
El mismo Evangelio nos da el contexto de la pregunta: Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías.
Israel es consciente de que cuando venga el Mesías ha de hacer las “obras del Mesías”, los “signos del Mesías”. Juan predicó, anunció como Elías, el fuego de Dios, pero “las obras del Mesías” son más.
En aquellas discusiones virulentas que hubo entre los judíos acerca de Jesús, el cuarto Evangelio nos da este testimonio precioso que nos ilumina al recordarlos en este momento. Dice el texto sagrado: “Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad” (Jn 10,41).
La pregunta de hoy, el mensaje que desde la cárcel envía el Bautista por medio de sus discípulos, a Jesús de Nazaret versa sobre la identidad de Jesús (quién es realmente Jesús), una pregunta que quiere penetrar la misión de Jesús puesta en la historia de Dios con los hombres, una pregunta, en fin, que nos lanza a pensar sobre la esperanza del hombre, que es el remate y plenitud de su existencia. ¿Hay una esperanza en el corazón humano que pueda ser la coronación segura, sin fraude, de todas sus aspiraciones, y esa esperanza tiene el hombre de Jesús?
¿Eres tú, Jesús de Nazaret, Mesías, el colmo de todas nuestras esperanzas o hay detrás de ti otras esperanzas que tú no puedes colmar y que las hemos de ir a buscar a otra parte?

2. Afrontamos, pues, las esperanzas de Israel y afrontamos, de modo paralelo, nuestras propias esperanzas. Los profetas son los portadores de las esperanzas de Israel; y todos los profetas, que tan duramente, han denunciado los pecados del pueblo elegido, como violación de aquella alianza de amor que Dios había hecho desde el principio, son los que con mayor pasión han anunciado las esperanzas de Dios. La primera lectura de hoy es uno de esos textos:
“3 Fortaleced las manos débiles, | afianzad las rodillas vacilantes;
 4 decid a los inquietos: | «Sed fuertes, no temáis. | ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, | la retribución de Dios. | Viene en persona y os salvará».
 5 Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, | los oídos de los sordos se abrirán;
 6 entonces saltará el cojo como un ciervo | y cantará la lengua del mudo, | porque han brotado aguas en el desierto | y corrientes en la estepa” (Is 35,3-6).

3. Este pasaje está escrito para los que volvieron del oscuro destierro de Babilonia, pero está escrito para todos los que leyeran la palabra de Dios en siglo sucesivos. De hecho, cuando se consigna esta promesa, la historia aquella era historia pasada y lejana. Pero la promesa de Dios permanece, y llega hasta mí.
Esa promesa es Jesús, y Jesús es nuestra esperanza, nuestra total esperanza; en él están contenido todos los tesoros que Dios nos da.

4. Hermanos, este el centro de nuestro mensaje: Jesús es el todo de lo que Dios nos da, y detrás de él no hay un don mayor.
Hay que especificar este “todo” en aspectos particulares, para que mejor podamos apreciar lo que se nos ha confiado.
Por de pronto, en Jesús está toda la revelación de Dios; con él concluye todo lo que Dios tenía que comunicar al mundo. Dios no tiene una nueva palabra que decir, después de lo que nos ha comunicado mediante su Hijo amado. Esto es una verdad central del Concilio.
Escuchen, hermanos, estas solemnes afirmaciones que nos da el Concilio Vaticano II:
Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.
La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13)” (Dei Verbum 4).

5. En Jesús está toda la salvación que Dios ofrece. “El es nuestra paz”, dijo san Pablo. Y la paz es el conjunto de los bienes; la paz es la armonía que se establece cuando todo funciona, porque todo está en orden.
Ese es Jesús. Esa es nuestra esperanza cumplida.
Pensamos, a lo mejor, por un instinto primario, que las riquezas nos van a dar la felicidad. La experiencia dice que las riquezas nos dan paz, y si no hay paz en el corazón, no hay felicidad.

6. Hermanos, saquemos del corazón la pregunta del día de hoy: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
No hay que esperar a otro. Jesús es el don de Dios, Jesús es la medida del todo.
Concluyamos:
Señor Jesús, creo firmemente en ti. Tú eres la revelación de Dios, tú eres la riqueza de Dios, tú eres la esperanza de Dios para mí. Amén.

Guadalajara, sábado, 10 diciembre 2016.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Juan el Bautista envió desde la cárcel a Jesús, para preguntarle lo que hasta entonces parecía más que obvio para él. En definitiva, le estaba preguntando si él era el Mesías esperado o debían seguir esperando a otro que fuera el Mesías triunfante y definitivo.
Este Juan, que proclama abierta y sinceramente, ante las multitudes atraídas por su fascinante personalidad: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, luego, en la prisión, le invade la duda acerca del mesianismo de de Jesús de Nazaret. ¿Será Jesús de Nazaret el Mesías Salvador de Israel o será, como el profeta Elías, un hombre carismático de alto perfil y nada más que eso?”. ¿Valdrá la pena todo el esfuerzo que he realizado en el desierto?. ¿Habrá servido de algo esta vida ascética consagrada a Dios o quizás haya sido un tiempo y una vida perdida en detrimento de otras ocupaciones y prioridades de interés personal y humano que he desperdiciado?. ¿Habrá servido para algo arriesgar tanto mi vida y mi futuro por un supuesto Mesías demasiado empequeñecido en su humanismo?.
Lo que más asombra es la categórica respuesta de Jesús a los mensajeros de Juan, quienes estaban siendo testigos de innumerables milagros: en esa misma hora Jesús curó a muchos de enfermedades y aflicciones, y malos espíritus, y a muchos ciegos les dio la vista. Y respondiendo Él, les dijo: “Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia la Buena Nueva; y bienaventurado es el que no se escandaliza de mí”.
Jesús muestra con hechos quién es el que se esconde detrás de esa humanidad visible: realiza “signos” con su propia autoridad.
Acto seguido elogia públicamente a Juan Bautista, a pesar de las dudas (humanas) de éste.
Y no sólo Juan, pues también de los apóstoles y otros discípulos de Jesús, quienes, a pesar de estar con él y oírle durante casi tres años, dudaron de su profética resurrección. Algunos esperaban a un Mesías librando a Israel espada en mano (“SEÑOR, ¿ES AHORA CUANDO VAS A RESTAURAR EL REINO DE ISRAEL?, o “NOSOTROS ESPERÁBAMOS QUE SERÍA ÉL EL QUE IBA A LIBRAR A ISRAEL”) y hasta un puesto de honor en ese reino.
Otros deseaban, no sólo verle, sino tocarle (Tomás). Su fe, como la de todo ser humano, tuvo que ser “reforzada” por el mismo Jesús día tras día….hasta la llegada del Espíritu Santo. De todos los apóstoles, sólo Pablo de Tarso mantuvo su fe como una roca.
¡Cuántas veces albergamos en nuestros corazones dudas de fe!. Nuestra fe se tambalea, lo mismo que nuestra esperanza. Las decepciones, la ingratitud, el quebrantamiento de nuestra salud física y sicológica, también nuestros errores personales y los conflictos familiares propician ciertos estados de ánimo que derivan en pequeñas o grandes crisis espirituales, o incluso en auténticas crisis de fe.
Roguemos a Jesús para que nos dé una fe grande y fuerte como de la de Pablo de Tarso.
Cordiales saludos.
Juan José.

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