sábado, 22 de abril de 2017

932. Octava de Pascua 2017. La fe y la experiencia propia de la fe



Homilía en la octava de Pascua
(Domingo de la Divina Misericordia)
Sobre el Evangelio de Juan 20,19-31


Texto evangélico:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
 24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25 Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». 26 A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». 27 Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». 28 Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». 29 Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
 30 Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. 31 Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Hermanos:
1. La Pascua del Señor, alegría de toda la tierra, se abrió hace una semana, fiesta cristiana que se prolonga durante cincuenta días, como un gran domingo, según una frase feliz de los santos Padres. Hoy, octava de Pascua, se cierra la primera semana, semana que ha tenido una solemnidad del todo especial. Cada día hemos escuchado un Evangelio de la santa Resurrección del Señor.
Un cristiano que quiere avanzar más y más por los caminos del Evangelio se pregunta, al final de este primer tramo: ¿Cuál ha sido el fruto espiritual que ha depositado en mi corazón este año la Pascua? Sea un fruto que dure para siempre, una nueva solidez de fe, una nueva entrega a nuestros hermanos.

2. Todos los años se asigna para el domingo octava de Pascua el mismo Evangelio. Lo que ocurrió ocho días después, lo que ocurrió cuando Jesús se hizo presente en aquel grupo germinal de nuestra fe, el grupo de los apóstoles, presente Tomás. Claro que para comprender el episodio hay que retroceder al primer día cuando Jesús les dio su saludo, su presencia, su cuerpo resucitado, su Espíritu, ausente en aquella ocasión el apóstol Tomás.
 Decía Tomás a sus compañeros: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
Sus hermanos le decían «Hemos visto al Señor». Y le contaron aquellas cosas que solo la fe las puede aceptar.  

3. Hoy seguimos leyendo con admiración estos textos que son sublimes testimonios de la mística cristiana. Dice la letra sagrada que, les enseñó las manos y el costado.
Mostrar las manos y el costado no es una mera identificación de identidad, como a veces se pide en el salvoconducto: de qué color tiene los ojos, si tiene una cicatriz… Mostrar las manos y el costado es un signo sacramental de una intimidad nueva que se quiere iniciar. Por la fe nosotros tenemos acceso a unas realidades espirituales, que por meros argumentos humanos nunca se podrán demostrar.
Estos pasajes de la Escritura nos llevan a lo más puro de nuestra fe. Estos días de Pascua hemos leído antiguas catequesis de Jerusalén que se daban a los nuevos bautizados. Escuchen estos párrafos que hace muchísimos siglos escucharon nuestros hermanos, hablando de la Eucaristía que iba asociada al bautismo en Pascua: “Si él mismo afirmó del pan: Esto es mi cuerpo, ¿quién se atreverá a dudar en adelante? Y si él mismo afirmó: Ésta es mi sangre, ¿quién podrá nunca dudar y decir que no es su sangre?

Por esto hemos de recibirlos con la firme convicción de que son el cuerpo y sangre de Cristo. Se te da el cuerpo del Señor bajo el signo de pan, y su sangre bajo el signo de vino; de modo que al recibir el cuerpo y la sangre de Cristo te haces concorpóreo y consanguíneo suyo. Así, pues, nos hacemos portadores de Cristo, al distribuirse por nuestros miembros su cuerpo y sangre. Así, como dice san Pedro, nos hacemos participantes de la naturaleza divina” (Sábado de la Semana de Pascua, Catequesis mistagógicas de Jerusalén).

4. Somos “concorpóreos” de Cristo, somos “consanguíneos” de Cristo. El creer en la resurrección de Jesús, hijo de Dios, es el mayor milagro que Dios puede hacer en nosotros. Y la fe nos ha de llevar a una experiencia del espíritu. En este sentido podemos darle la razón a Tomás cuando él pide ser beneficiario de la misma experiencia de sus compañeros.
Hermanos, creer en Cristo resucitado es tener la experiencia espiritual de Cristo Resucitado. Una fe sin experiencia es una fe seca y nocional. Una fe sin experiencia no atrae, no convence.
Ver a Jesús, tocar a Jesús, sentir dentro de mi corazón a Jesús son expresiones diversas que vienen a decir lo mismo: creer vivencialmente a Jesús. Es lo que dijeron los habitantes de Sicar a su paisana, la Samaritana: “y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo»” (Jn 4,42).

5. En resumen, hermanos, la fe es un encuentro, y el encuentro se produce de persona a persona. Entonces es cuando uno cae de rodillas ante Jesús para decir simplemente: ¡Señor mío y Dios mío! A Jesús de Nazaret, hombre como nosotros, llevado al patíbulo de la Cruz, le estamos dando la plena categoría de Dios: ¡Señor mío y Dios mío!

Terminamos, pues, hermanos, con una súplica humilde: Señor Jesús, si no te experimentamos nos va a ser imposible creer; mas tú nos has dado la gracia de fe. Por eso, con Tomás y con toda la Iglesia confesamos: ¡Señor mío y Dios mío! Amén.

Guadalajara, Jalisco, Sábado de Pascua, 22 de abril de 2017

Domingo de la Divina Misericordia


Tal día como hoy, en el gran Jubileo del Año 2000, el Papa canonizó a su compatriota santa Faustina Kolwalska y en aquella ocasión pronunció una homilía memorable. La Divina Misericordia es segundo nombre del amor: “Y ¿acaso no es la misericordia un "segundo nombre" del amor (cf. Dives in misericordia, 7), entendido en su aspecto más profundo y tierno, en su actitud de aliviar cualquier necesidad, sobre todo en su inmensa capacidad de perdón?”.

En esta homilía en Papa perfilaba lo que podría ser esencial de lo que podríamos llamar “la espiritualidad de la Divina Misericordia”, o del Amor de Dios sin más.
Y en aquella ocasión estableció – cosa insólita en Liturgia – un nombre este Domingo octava de Pascua.
“Así pues, es importante que acojamos íntegramente el mensaje que nos transmite la palabra de Dios en este segundo domingo de Pascua, que a partir de ahora en toda la Iglesia se designará con el nombre de "domingo de la Misericordia divina". A través de las diversas lecturas, la liturgia parece trazar el camino de la misericordia que, a la vez que reconstruye la relación de cada uno con Dios, suscita también entre los hombres nuevas relaciones de solidaridad fraterna. Cristo nos enseñó que "el hombre no solo recibe y experimenta la misericordia de Dios, sino que está llamado a "usar misericordia" con los demás:  "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7)" (Dives in misericordia, 14). Y nos señaló, además, los múltiples caminos de la misericordia, que no sólo perdona los pecados, sino que también sale al encuentro de todas las necesidades de los hombres. Jesús se inclinó sobre todas las miserias humanas, tanto materiales como espirituales”.
Hoy el Papa Francisco, en el “Regina coeli” del mediodía nos ha recordado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia que él convocó el año pasado y que concluyó con la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo.
Recordando la determinación que tomó S. Juan Pablo II de llamar a este Domingo Domingo de la Divina Misericordia, nos ha dicho que fue una “bellísima intuición” que “le inspiró el Espíritu Santo”.
 



Himno oracional a la
Divina Misericordia.

Divina Misericordia
que fluye de tu costado,
intimidad del Esposo,
que en la esposa se ha volcado.

Divina Misericordia,
Amor de Dios encarnado,
Amor manante y perdón
que arrasada todo pecado.

Misericordia divina,
delicia del perdonado,
exhausta revelación
del ser de Dios humanado.

Misericordia divina,
pan de Dios que yo he gustado,
que no hay en el mundo nadie
por el Padre rechazado.

Misericordia y Espíritu
del mundo que ha comenzado:
Misericordia mensaje
de Jesús Resucitado.

¡Gloria al Misericordioso
en la Cruz manifestado:
su historia es mi historia amada,
y mi triunfo regalado! Amén


Guadalajara, Jalisco, Domingo de la Divina Misericordia, 2017.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Jesucristo se presenta de repente ante unos discípulos que se han encerrado en una habitación.
Comienza su visita con la expresión de saludo “paz a vosotros”. Ante los sorpresivos y asustados rostros que vería en ellos, que tal vez creerían ver un fantasma, se identifica, no de palabra, sino de obra, de una forma muy expresiva y hasta contundente, pues una imagen vale más que mil palabras: les enseña sus llagas de la cruz en las manos y el costado. En ese momento se les cambia la cara. Han identificado a su Maestro. No hay miedo ni sorpresa. Hay alegría.
Esos discípulos, sin pedirlo, vieron al Señor, y comprobaron visualmente -sin pedirlo- las heridas de los clavos y de la lanza, y creyeron.
Pero santo Tomás no se hallaba allí en esos momentos….y pidió que se repitiese la misma escena ante él. No creyó a sus compañeros. Si ellos habían visto y creído, él también desea tener pruebas. Y Jesús condescendió para darle esa misma oportunidad que tuvieron antes los otros.
Somos bienaventurados por creer sin haber visto. Cierto. Pero no es menos cierto que desde tiempo inmemorial deseamos -en cierta manera- tocar, palpar, estar, para sentir de alguna manera una presencia inmaterial, que los actuales habitantes de Jerusalén lo califican como “síndrome de Jerusalén”. De algún modo tenemos el mismo defecto de santo Tomás: necesitamos algo que apuntale nuestra fe.
Saludos. Juan José.

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