viernes, 19 de mayo de 2017

952. Domingo VI Pascua 2017. Vida de Dios en nosotros, anuncio de Dios



Homilía el Domingo VI de Pascua
Sobre el Evangelio de Jn 14,15-21


Texto evangélico:
. 15 Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. 16 Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, 17 el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. 18 No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. 19 Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. 20 Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. 21 El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.


Hermanos:
1. Va adelante la Pascua del Señor, el tiempo más bello del año que se prolonga durante cincuenta días. Pascua del Señor que la estamos celebrando en el mes de mayo, que la piedad popular ha consagrado para honrar a María, la Madre del Señor. Unos sentimientos no luchan contra otros, sino que van en perfecta armonía.
El domingo pasado y este escuchamos palabras de Jesús pronunciadas en la Cena. Hay dos características que le dan un tono muy especial a las palabras de despedida: por una parte, rezuman intimidad y confidencia; por otra, nos tramiten la familiaridad como si las cosas divinas fueran las cosas de una familia, porque, en efecto, así lo es. Jesús no está hablando de Dios, su Padre, de ese Dios Señor de cielo y tierra, como del familiar más familiar, del amigo más amigo.

2. Hay también otra característica en las palabras de los discursos de la Cena. Están dichas de tal manera, que todas las frases nos invitan a tomarlas una a una, a gustarlas una por una. Estamos en lo más puro de la mística cristiana; estamos hablando de la vida íntima de las tres Personas divinas, como un ideal abierto para todos los creyentes.
Veamos, hermanos, en la medida que Dios nos dé, los mensajes de vida que de ellas fluyen.

3. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Esto lo dice y lo repite Jesús, y lo expresa de tal modo que aquí podemos ver una definición del amor. ¿Qué es amar a Dios? Guardar sus mandamientos. ¿Qué es amar a Jesús? Guardar sus mandamientos. Hay una nivelación entre Dios y Jesús, y lo mismo una nivelación entre guardar los mandamientos de Dios y los mandamientos de Jesús.
El amor no se resuelve en la zona de los sentimientos, que eso puede ser muy romántico; el amor se consolida en los hechos. Amar es aceptar las exigencias del amor, la vida. El termómetro del amor no es el termómetro de los sentimientos, sino el de las obras.
Son cosas evidentes por sí mismas; pero he aquí que las evidencias debemos repetírnoslas para que pasen al corazón y se hagan una sola cosa con nosotros. En suma, amar es vivir al unísono con la voluntad de Dios, hacer en todo momento lo que Dios no está pidiendo que hagamos.

4. Y ahora, hermanos, se abre un panorama maravilloso de promesas. La primera promesa de Jesús es que, tras su partida vamos a tener otro Paráclito, es decir, otro abogado, que es el espíritu Santo.
La primera función del Espíritu Santo es hacer, en la ausencia visible de Jesús, lo que Jesús hacía con nosotros. Con Jesús teníamos seguridad, porque Jesús en los días de su vida era defensa y apoyo. Si él se va, quedamos huérfanos. No va a ser así, dice Jesús.
Yo os enviaré otro defensor, dice Jesús en esta noche sagrada. El Espíritu Santo es el defensor invencible de la comunidad de los discípulos de Jesús, el consolador, el animador.
Se entiende que la comunidad de los discípulos de Jesús, ese “pequeño rebaño”, que así lo ha llamado Jesús en otro momento, es una comunidad débil en medio de un mundo que puede ser poderoso y agresivo frente a nosotros. No tengamos cuidado, porque nada dañino nos puede pasar, si contamos con el mismo Dios Espíritu Santo como Defensor y Consolador nuestro. Dios ha de estar de nuestra parte.

5. No hay discípulo de Jesús que, en algún momento de su vida, o bien como comunidad, o bien como persona, se encuentre en los bordes mismos de la vida, por causas muy diferentes. Para esos momentos, tenemos un Defensor, y ¿quién es? Dios mismo. El Espíritu Santo nos ha de acompañar en todos los pasos de nuestra vida. Podemos contar con él.
Es el Espíritu de la verdad. Y la verdad la necesitamos igual que el pan de cada día. No se puede vivir sin contar con las grandes seguridades que sustentan la vida. En este sentido la verdad es más necesaria que el pan.

6. Este lenguaje de Jesús descorre el velo que nos abre el misterio de la Trinidad: el Espíritu, el Hijo, el Padre. Y somos invitados a esa vida con los Tres, vida que existe ya y que el mundo no puede vivir. Palabras esotéricas no de un gurú espiritual sino de Cristo vivo:
Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros.
Ese Dios de nuestra fe cristiana es un Dios transcendente e inmanente. ¿Dónde está Dios? Dios habita en los cielos de los cielos, que nadie podrá alcanzar, es verdad, porque los filósofos – y también los místicos – nos dice que Dios es el “Todo Otro”. Cualquier pensamiento para capturarlos es un atentado necio y estéril. Es verdad, pero más verdad es que Dios es inmanente: que Dios está en mí y yo estoy en Dios.

Como resumen, podemos grabar a fuego en el alma y con una mano invisible en la memoria esta frase final: y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.

7. Para conocer de verdad a Dios es necesario que Dios mismo venga en persona y se me manifieste él a mí: me manifestaré a él. En cierta ocasión le dijo Jesús a Pedro: Eso que me estás diciendo no te lo ha dicho nadie, porque nadie te lo puede decir; ni tú mismo te lo has dicho. Eso te lo ha revelado mi Padre del cielo. ¡Dichoso tú Simón, hijo de Juan!
Conocemos a Dios, cuando Dios mismo viene a nuestros corazones y se nos manifiesta. A esta experiencia estamos destinado.
Y entonces sí podemos salir a misión para anunciar a Jesucristo, como nos lo ha mostrado la primera lectura de hoy, que habla de la expansión misionera de la Iglesia.
Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría (Hech 8,5-8).
Más tarde sabremos datos interesantes de la personalidad de Felipe: “Felipe, el evangelista, uno de los Siete… Este tenía cuatro hijas vírgenes que profetizaban” (Hech 26,8-9).

Concluyamos mirando a Jesús:
Señor Jesús, tú habitas en nuestros corazones con el Padre y el Espíritu Santo, danos el conocimiento de las cosas divinas y el valor de anunciarlas. Amén.

Guadalajara, viernes 19 de mayo de 2017.

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