viernes, 27 de enero de 2017 0 comentarios

887. Domingo IV, A - Jesús proclama el mundo nuevo de las Bienaventuranzas



Homilía para el Domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 5,1-12
Texto evangélico:
5 1 Al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; 2 
y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
 3 «Bienaventurados los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos.
4 Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
5 Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
7 Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
8 Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
9 Bienaventurados los que trabajan por la paz,
porque ellos serán llamados hijos de Dios.
10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
11 Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Hermanos:
1. Si un día se hubiesen de perder los santos Evangelio, quisiéramos que, al menos, se salvase la página de las Bienaventuranzas. Es un modo de decir, porque ningún cristiano verdadero se resigna a perder la muerte de Jesús en la cruz, ningún cristiano podrá borrar la página de la resurrección, ningún cristiano verdadero se atrevería a borrar una sola frase de Jesús, una sola palabra de sus labios. Pero si repente uno dice que no se pierdan las bienaventuranzas quiere decir el gusto y la fascinación única que le produce este texto del Evangelio.
Hermanos, estoy escribiendo este pasaje desde México, y estos días andamos convulsionados, sin salir de nuestro asombro, por eso de que la construcción de un muro entre los Estados Unidos de América y México va en serio. Pero ¿vivimos en el tercer milenio de la era cristiana de la humanidad? ¿Será verdad eso que dice y repite el Papa: Vamos a construir puentes, no murallas; vamos a fomentar lo que nos une, no lo que nos separa.
Habiendo entrado en Internet, donde hoy toda la humanidad, se halla conectada – Internet significada “la red común”, la “red compartida” - ¿quién podrá detener este fenómeno de apertura y solidaridad? Si hoy cualquier muchacho puede disponer de un celular que teóricamente le comunican con sus amigos y amigas que viven en cualquier parte, ¿podrá alguien cortar esta comunicación entre los seres humanos?
(Doy fe de que estas palabras las ha escrito antes de haber podido leer la declaración de obispos estadounidenses y mexicanos en contra de la construcción de este muro, citando al Papa que en otras ocasiones ha hablado de construir puentes, no muros).

2. Nos interesa saber el sentido preciso de las bienaventuranzas, para ser nosotros en particular dignos de estas felicitaciones que Jesús pronuncia, de estas bendiciones que Jesús promete.
En la Sagrada Escritura encontramos este estilo de lenguaje, principalmente en los salmos y en el libro de los Proverbios.
Todo el primer salmo es una bienaventuranza:
“1 Dichoso el hombre | que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
2 sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche.
3 Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
.
3. Con ocho bienaventuranzas distintas Jesús apunta hacia la misma verdad:
 Dios, su Padre, está haciendo algo maravilloso en el mundo, que los profetas habían intuido, que había anunciado la Virgen al alba de la redención en el Magníficat cuando fue a visitar a su prima santa Isabel
«Proclama mi alma la grandeza del Señor,
 se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
 porque ha mirado la humildad de su esclava.
[…] Él hace proezas con su brazo: | dispersa a los soberbios de corazón,
 derriba del trono a los poderosos | y enaltece a los humildes…” (Lc 1,46-52).
Jesús está introduciendo un orden nuevo en la historia: los humildes, los pobres, se llevan el agrado de Dios, y la felicidad que él, gratuitamente, les brinda).

4. Bien entendidas, las bienaventuranzas nos dan, sin pretenderlo, el retrato de Jesús, la verdadera efigie de quién el hombre nuevo que Dios está creando para su reino.
Jesús es el verdadero pobre, el verdadero humilde, dos palabras que, si no son sinónimas, son paralelas complementarias. Él está representado en aquella profecía de Sofonías, siglos antes de Jesús, que se proclama en la primera lectura. Escuchemos este texto venerable del profeta:
“Dejaré en ti un resto,
un pueblo humilde y pobre
que buscará refugio en el nombre del Señor.
 El resto de Israel no hará más el mal,
no mentirá ni habrá engaño en su boca.
Pastarán y descansarán,
y no habrá quien los inquiete” (Sof 3,12-13).
Si uno alcanzara, por gracia, solo por gracia, a situarse como pobre y humilde, sería el hombre más feliz de la tierra.

5. Las demás bienaventuranzas, cada una con su perfil propio, vienen e redondear, a aclarar, a completar, a proyectar… la misma figura de este hombre que ha nacido de Dios, e la medida de Cristo.
Por ejemplo:
Bienaventurados los misericordiosos,
porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios.
¿Quién es el misericordioso? El que tiene un corazón divino.
¿Quién es el limpio de corazón? El que tiene un corazón como el corazón de Cristo.
San Juan escribió a sus comunidades, en su primera carta: en él no hay pecado. Como en él no hay pecado puede acoger a todos. Decía el anciano apóstol:
Y sabéis que él se manifestó para quitar los pecados, y en él no hay pecado. Todo el que permanece en él no peca. Todo el que peca no lo ha visto ni conocido” (1Jn 3,5-6).
Estas son las bienaventuranzas de Jesús.

6. En resumen, hermanos:
Las Bienaventuranzas no son los nuevos mandamientos de Dios, el nuevo código moral de Jesús para pertenecer al Reino. Son admiraciones, felicitaciones que pronuncia Jesús al ver lo que su Padre Dios está haciendo y va a continuar haciendo. Y, claro está, nos marcan el camino, la dirección que hemos de seguir.
Las bienaventuranzas nos dibujan la antítesis de las aspiraciones humanas: ¡Dichosos los ricos, porque, al tener dinero, tienen abierto el camino de la felicidad! Jamás dijo Jesús una palabra así, porque es mentira. Y nunca podría haber hablado de esta manera.
Sus palabras son revelación, y en la revelación hay un secreto.
En fin, hermanos, concluyamos con la penúltima bienaventuranza. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Los que trabajan por la paz son los “hacedores de paz”. Será perseguidos, ciertamente, pero disfrutarán de lo más grande que se puede ser: “hijo de Dios”.

7. Al terminar las bienaventuranzas, Jesús nos invita a mirar a los profetas, y nos llama a sus discípulos profetas como ellos: “de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros”.
Somos profetas, somos descendientes de los profetas, somos hermanos de Jesús.
Señor Jesucristo, gracias infinitas por admitirme a la familia nueva que tú has introducido en el mundo. No quiero nada sino ser de los tuyos. Me sobran todos los títulos si tengo este. Quiero caminar en la vida con el espíritu, con la dicha, con la paz de las Bienaventuranzas.
Guadalajara, Jalisco, viernes, 27 enero 2017.
viernes, 20 de enero de 2017 1 comentarios

886. Domingo III, A – Jesús inicia el Reino de Dios



Homilía para el Domingo III del tiempo ordinario, ciclo A
Mt 4,12-23


Texto evangélico:
12 Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea. 13 Dejando Nazaret se estableció en Cafarnaún, junto al mar, en el territorio de Zabulón y Neftalí, 14 para que se cumpliera lo dicho por medio del profeta Isaías:
 15 «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 16 El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló».
 17 Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: «Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos».
 18 Paseando junto al mar de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, llamado Pedro, y a Andrés, que estaban echando la red en el mar, pues eran pescadores. 19 Les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». 20 Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. 21 Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo, y a Juan, su hermano, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre, y los llamó. 22 Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
23 Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

Hermanos:
1. Cuando leemos el santo Evangelio, y más cuando lo proclamamos en la iglesia, en medio de la comunidad que celebrar el culto del Señor, bien podemos pensar que estamos ante un texto sagrado, cuyo significado no se puede captar con las meras leyes de la literatura. Así nos ocurre hoy, al ver a Jesús que entra en acción, después de aquella manifestación divina ocurrida en el Bautismo, que viene a ser como el acto de consagración de todo su ministerio en la tierra, y después que regresa del desierto, “adonde fue llevado por el Espíritu – dice san Mateo – para ser tentado por el diablo” (4,1). La victoria sobre el diablo, al iniciar su misión, es el presagio de todo su ministerio.
Juan el Bautista es arrestado, y, al terminar Juan, entra Jesús. Y comienza por su propia tierra de Galilea, donde él había vivido en Nazaret. Sale del pueblo, donde él se había criado y trabajado, y “se estableció en Cafarnaún”. Cafarnaún era el centro comercial y político – diríamos – de aquella región en torno al lago de Galilea. Jesús entra en el fragor de la vida.

2. Y el evangelista nos sitúa en la vida de Jesús con una profecía. Lo acabamos de escuchar. Repitámoslo: “«Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. 16 El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló»”.
Este pasaje está tomado del libro de Isaías, proclamado en la primera lectura. Las caravanas de oriente venían por aquellas tierras y de ahí salían al mar que les abrían a otros mundos. Tierra de tránsito, de negocios…, espiritualmente tierra de oscuridad. Sobre esta tierra, que da al Mediterráneo, va a aparecer la luz de Jesús. Jesús es la luz del mundo. Su predicación comienza en un pequeño rincón, que es Galilea, pero el destino de su misión es el mundo. Es el cuadro que nos presenta el Evangelio y que nos hace meditar sobre el destino de Jesús, y, en consecuencia, sobre nuestro propio destino.

3. En este escenario cae la primera palabra de Jesús al mundo, la palabra del Evangelio que es así: Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos. Jesús acaba de pronunciar lo que es el núcleo de su mensaje, el puro Evangelio, que no es otra cosa sino el Reino de Dios. El Reino de Dios, el reinado de Dios, la soberanía de Dios, dueño del mundo, irrumpe en la tierra. Y no tiene vuelta de hoja. Abríos a este Reino; eso es la conversión. Dar un giro en la vida: salir del egocentrismo que nos esclaviza y dejarnos llevar por Dios, porque Dios es fascinante.
La conversión es un encuentro y una pasión; la pasión de Dios en la vida, dejarle a Dios las riendas, que es el primer interesado de nuestra felicidad. Él nos ha creado y nos ha puesto en esta existencia: que Dios tenga, por tanto, el puesto central en la vida.
Esto es convertirse a Dios, y aquí está todo el Evangelio, y esto es lo que predica Jesús desde el principio hasta el final.

4. Ahora viene el segundo momento de la aparición de Jesús en su ministerio. Caminando por allí ve Jesús a dos pescadores, a dos hermanos, Simón que ya le podemos llamar Pedro) y Andrés. Y Jesús los llama, así de repente, con una autoridad irresistible, con un imperio divino que bien se puede comparar con el acto de la creación. Venid en pos de mí; y en la misma frase suena la misión y el destino y os haré pescadores de hombres.
Jesús lleva consigo el arrebato de Dios. Y, al llamar, contagia este arrebato. Se trata de Dios y la criatura, y si realmente Dios llama, su llamada crea algo milagroso: la respuesta. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo siguieron.
Hoy fácilmente, cuando hablamos de la vocación, hablamos de un proceso, lenguaje que se acomoda más a la pericia de un profesional, de un psicólogo, que a la entrada libre de Dios en un corazón. Sea cual sea la forma concreta como Dios llegue a nosotros, lo que Él está esperando para que el Evangelio  se presente como obra de Dios es un sí decidido, rotundo y absoluto, un sí total para siempre, sin cálculos ni medianías.
La llamada de Jesús sigue abierta, y nosotros, especialmente quienes nos dedicamos a la predicación de su Palabra, no podemos tener la cobardía de ocultarla e ignorarla.
Desde aquí y ahora mismo digo. El mejor fruto de esta homilía es que alguien, aquí, en España o en Australia, responda a Jesús, como respondieron Simón y Andrés, como acto seguido, respondieron los otros dos hermanos, hijos del Zebedeo, Santiago y juan, a quien puso de apodo, por su ímpetu, “los hijos del trueno”. El “hijo del trueno” es el rayo. Aquellos hermanos eran como el rayo.
El Evangelio de hoy concluye con una visión panorámica de la actividad de Jesús: Jesús recorría toda Galilea enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.

5. Hasta aquí la palabra vivificante de Dios. Pero no quiero cerrar esta homilía sin traer la consideración de lo que estamos celebrando: la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Esta es la necesidad mayor de la Iglesia: que todos los que creemos en Jesucristo muerto y resucitado, en una mismo Evangelio, y que hemos recibido un mismo bautismo y que por eso nos llamamos “hermanos” formemos una sola familia con todas las consecuencias: una sola mesa, una sola Eucaristía en la que participemos.
Este año se cumple los 500 años en que Lutero, un fraile fervoroso e inteligentísimo, el profesor y doctor Martín Lutero, levantó su voz de protesta contra la corrupción que veía ante sus ojos. Él quería la reforma de la Iglesia, - lo recordaba hace unos días el Papa – no quería fundar una nueva Iglesia, y esto era justo y legítimo. Los acontecimientos se desbordaron y comenzó una larga historia de desencuentros, un tremendo drama de desunión, del cual no acabamos de salir. Hablar de estas cosas nos llevaría a muchas explicaciones, que requieren su propio contexto. “Del conflicto a la comunión” es un grandioso documento, de alta teología, de total sinceridad que católicos y luteranos, acaban de preparar para reflexionar en esta tragedia de familia que arrastramos. Los ánimos serenados van cambiando ciertamente el panorama.

6. Señor Jesús, que la Última Cena pediste al Padre la unidad de tus discípulos como supremo bien de la Iglesia, te pedimos sabiduría y serenidad, te pedimos perdón y sinceridad; te pedimos lo que tú pediste al Padre: Que todos sean uno para que el mundo cera que Tú me has enviado. Amén.

Guadalajara, viernes, 20 de enero de 2017.
 
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