viernes, 24 de marzo de 2017 0 comentarios

907. Anunciación: Hablemos de la Virgen María, nuestra Madre



Hablemos de la Virgen María
en la Anunciación del Señor

Hoy he viajado de Guadalajara, Jalisco, rumbo a Ciudad de México. Largas horas de carretera, entre soñoliento y despierto, con ratos para todo. Y hasta el tiempo me ha cundido para ofrecer un ramo a María, un Himno en la Anunciación, que brindo a los queridos lectores.
El firmante que esto escribe publicó el año pasado - ¡gran ilusión desde mi adolescencia! – un libro sobre la Virgen, que en este caso es un Himnario con 96 himnos marianos: La Madre de mi Señor: Himnario de la Virgen María (Ediciones San Pablo, México). Claro que lo recomiendo con toda mi alma, si bien la mención aquí traída no es por afanes publicitarios sino por algo distinto, por la verdad del asunto.
María es el nervio de la fe, por cuanto que su persona – opus gratiae, opus gloriae, opus pulchritudinis et amoris – es la confluencia en una criatura de lo divino y lo humano. Pero esto sería entrar en una clase de teología, de alta teología. Endiosar a María es sencillamente profanar su misterio; decir que María era una “mujer normal” y que su matrimonio con José era un “matrimonio normal”… es no decir nada, como hablar sin haber leído las santas Escrituras.
Los santos Evangelios, en los estratos avanzados de los Evangelios de la Infancia (Mateo y Lucas), llegan a una concepción espiritual de “La Madre de mi Señor” que nos dejan sin palabras; y a esto se añade el Cuarto Evangelio. ¡A tanto pudo alcanzar ya en sus orígenes, por fuerza de la resurrección del Hijo, la asimilación del pueblo fiel de la figura de la Madre de Jesús…, de la Mujer de la Hora de Jesús!
Con el paso de los siglos se ha desarrollar una mística teología, que habrá que purificar, y una piedad delicada, que en ocasiones se podría pensar que es absorbente. San Juan Pablo II es un caso típico de la piedad que de niños se nos enseñaba en los seminarios. Valga esta larga cita de sus escritos:
Como es sabido, en mi escudo episcopal, que es ilustración simbólica del texto evangélico  recién citado, el lema Totus tuus se inspira en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort (cf. Don y misterio, pp. 43-44; Rosarium Virginis Mariae, 15). Estas dos palabras expresan la pertenencia total a Jesús por medio de María:  "Tuus totus ego sum, et omnia mea, tua sunt", escribe san Luis María; y traduce:  "Soy todo vuestro, y todo lo que tengo os pertenece, ¡oh mi amable Jesús!, por María vuestra santísima Madre" (Tratado de la verdadera devoción a la santísima Virgen, 233, Editorial Esin, S.A., Barcelona, 1999, p. 150). La doctrina de este santo ha ejercido un profundo influjo en la devoción mariana de muchos fieles y también en mi vida. Se trata de una doctrina vivida, de notable profundidad ascética y mística, expresada con un estilo vivo y ardiente, que utiliza a menudo imágenes y símbolos. Sin embargo, desde el tiempo en que vivió san Luis María en adelante, la teología mariana se ha desarrollado mucho, sobre todo gracias a la decisiva contribución del concilio Vaticano II. Por tanto, a la luz del Concilio se debe releer e interpretar hoy la doctrina monfortana, que, no obstante, conserva su valor fundamental. (Carta del Santo Padre Juan Pablo II a la familia monfortana 8 de diciembre de 2003, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María).
Por circunstancias, y como preparación espiritual a esta fiesta – Anunciación del Señor, fiesta de Jesucristo y de la Virgen – he leído dos documentos muy significativos en torno a la Virgen María: la encíclica Ad diem Illum laetissimum (2 de febrero de 1904) de S. Pío X para celebrar los 50 años de la proclamación dogmática de la Inmaculada Concepción (1854) y la encíclica de Juan Pablo II Redemptoris Mater (25 de marzo de 1987, hace precisamente 30 años).
Documentos altamente teológicos, pero no menos documentos retrato de una piedad filial ardentísima a la Virgen María de quienes los han escrito…
Volviendo, pues, a ese ramo de flores a la Virgen María de esta tarde. He aquí unas aspiraciones que, si pueden servir para orar, me felicito… Teología y piedad que quieren unirse por la gracia de Dios.

ANUNCIACIÓN

I
Hágase, dijo María:
yo me entrego y abandono;
soy Esposa del Espíritu,
reciba mi cuerpo todo,
en el Hijo del Altísimo
de mi flor bello retoño.

II
Cielo y tierra aquí se juntan
en íntimo desposorio;
una mujer brinda el tálamo
a Dios todopoderoso;
sea la luz, e ilumine
la vida que ahora acojo.

III
Tras el anuncio y el sí
María fue Theotókos,
intacta Virgen y Madre
en purísimo despojo,
y en fe de la Humilde y Pobre
selló el Señor su tesoro.

IV
El camino inmaculado
era silencio precioso;
el afán de cada día
trabajo, pena y decoro;
mi Jesús, Dios humanado
ser humilde era su modo.

V
Y hasta mi historia ha llegado
el sí que sonó sonoro;
yo soy hijo de María,
de su dolor y su gozo,
que un cuerpo no se divide
y en Jesús soy uno solo.

VI
¡Dulces misterios de amor,
que en mi corazón adoro!
Retorne la Encarnación
a la gloria de su trono:
¡Gloria a Dios eternamente,
¡Amor misericordioso! Amén.

(De viaje, 24 marzo 2017)

jueves, 23 de marzo de 2017 0 comentarios

906. Venerable Daniel de Samarate, capuchino leproso



Leproso entre leprosos por amor

(Biografía e Himno)

En el día de hoy (23 de marzo de 2017) el Santo Padre, Papa Francisco, ha declarado las virtudes heroicas de un Siervo de Dios, sacerdote capuchino y misionero, leproso, el Venerable Daniel de Samarate (1876-1924), de la región de Milán. [Al mismo tiempo aprobó el milagro para la canonización de los Pastorcitos de Fátima Jacinta y Francisco y del Bto. Ángel de Acri, Capuchino].
A los 14 años fue llamado a la Orden de hermanos menores capuchinos, siguiendo los pasos habituales entre nosotros: noviciado, profesión temporal en 1892, profesión perpetua en 1898.
“Todavía sin ser sacerdote, obtiene la obediencia para ir a la misión de Maranhâo (Alto Brasil), que se había abierto hacía seis años. Es consagrado sacerdote el 19 de marzo de 1899 en Fortaleza (Ceará), y, en enero de 1900, es destinado a la Colonia Agrícola de S. Antonio do Prata (Pará), donde permanece como director iluminado, constructor emprendedor, misionero infatigable hasta enero de 1913. En estos años de intenso apostolado entre aquellas gentes sedientas de Dios, contrae la lepra” (Sull’orme dei santi).
A los 37 años, declarada la lepra cuyo virus llevaba dentro, entra en la leprosería de Tucunduba  hasta su muerte en 1924, a los 48 años.
La lepra fue comiendo parte de sus dedos en las manos, un ojo, las piernas… El intrépido misionero, P. Daniel era una llaga.
Los superiores, por indicación de los médicos, proveyeron para que el P. Daniel se embarcara para Europa a médicos de alta especialidad. El mal latente no aparecía aún en la carne. Cruzando la península ibérica llegó a Lourdes (agosto 1909). Y allí recibió una inmensa de la Virgen, Salud de los enfermos, Madre de todos los que a ella se acogen.
 “He orado con fe a la Virgen; he tomado el baño en la Piscina milagrosa y cuando supe la hora de la Procesión Eucarística, me puse en fila en orden con los enfermos para ser bendecido particularmente.
En el momento solemne, cuando el Obispo celebrante pasó delante de mí y me vio de rodillas, no encontrando en mí externamente síntomas de enfermedad, se detuvo y me preguntó:
- Estás enfermo (Infirmus es?)
- Sí (Útique), respondí.
Alzó la Custodia mientras trazaba el signo de la cruz para bendecirme; mis ojos rompieron en lágrimas como nunca, fijos en la Hostia santa; y acordándome del leproso del Evangelio, mis labios se abrieron instintivamente: Domine, si vis, potes me mundare (Señor, si quieres puedes curarme).
Una voz misteriosa, y muy sensible a mi corazón, responde: No quiero…, vete en paz, recibirás otra gracia…; tu enfermedad será ad maiorem Dei gloriam, y para tu mayor bien espiritual.
Desde aquel momento me encontré totalmente transformado. Un sentido de indecible conformidad, acompañado de un infinito regocijo y alegría, invadió mi mente, mi corazón, todo mi ser. Y desde ese momento no he perdido un solo minuto la serenidad, y desde entonces nunca he hecho una oración pidiendo mi curación”.
He ahí el milagro que Dios hizo, por intercesión de María, en el corazón del P. Daniel de Samarate, capuchino, sacerdote y misionero, y años hermano leproso entre los leprosos.

1. Leproso entre leprosos por amor,
Daniel de Samarate, hermano nuestro,
¡qué inmensa luz y paz al ser llamado
a compartir la cruz de Cristo enfermo!

2. Jesús Crucificado habló a Francisco
al joven que a un leproso le dio un beso,
y fue aquel beso bula sacrosanta
de nuestra regla y vida sacramento.

3. A los pies de María Inmaculada
pedías la salud de misionero,
bajaste a la piscina de las gracias
con fe para un milagro de los cielos.

4. La Madre que te oía y que te amaba
te dio como misión un lazareto;
viviste entre leprosos como hermano,
conformidad y ofrenda en el misterio.

5. Jesús, llagado y pobre cual leproso,
que así te vio Isaías como Siervo…
¡mi Dios sea alabado!, solo Dios
por esta comunión que no merezco.

6. ¡Oh Cristo, Redentor de todo mal,
oh Cristo ya en la tierra dulce premio,
a ti sea la gloria eternamente,
amor del Padre, íntimo consuelo! Amén.


Guadalajara, Jalisco, 23 de marzo de 2017

 
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