viernes, 31 de marzo de 2017 1 comentarios

912. Domingo Cuaresma V, ciclo A – Yo soy la resurrección y la vida



Homilía para el Domingo V de Cuaresma, ciclo A,
Jn 11,1-45

Texto evangélico
 11 1 Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. 2 María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. 3 Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». 4 Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». 5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. 6 Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. 7 Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». 8 Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». 9 Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 10 pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». 11 Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». 12 Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». 13 Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. 14 Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, 15 y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». 16 Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él». 17 Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. 18 Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; 19 y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
 20 Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. 21 Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. 22 Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23 Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». 24 Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». 25 Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; 26 y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». 27 Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
 28 Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». 29 Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: 30 porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. 31 Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 32 Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano». 33 Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció 34 y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». 35 Jesús se echó a llorar. 36 Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». 37 Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». 38 Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. 39 Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». 40 Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». 41 Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; 42 yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». 43 Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». 44 El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar» 45 Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Hermanos:
1. Tres domingos seguidos estamos leyendo a san Juan: La Samaritana, el ciego de nacimiento, Lázaro muerto y sepultado, cadáver que comienza a oler, resucitado. Todo esto dentro de Cuaresma, haciendo un camino interior de transformación, que nos lleva a todos a Cristo Resucitado.
Tres relatos que son de un mismo estilo, con una similar secuencia de escenas, formando cada uno de ellos una composición perfecta, con un desenlace feliz, centrado en Jesús, ante quien uno se rinde con fe. En cada uno de los tres hay un paso a lo infinito: el paso a la fe. Y en la fe nos encontramos con el Hijo de Dios, con Jesús.
El Evangelio fue escrito para los sencillos y para los sabios. Y solo lo puede leer el que ha sentido una misteriosa llamada en el corazón y ha llegado a comprender que es Dios mismo el que me está buscando. Algo pasa en mí y siento que Dios está llamando a las puertas del corazón. Si no hay esa actitud inicial, el Evangelio se estrella contra la cabeza del lector y no termina donde debe terminar.
Un muchacho universitario que está haciendo una carrera de letras o de ciencias, un joven que anda por la informática, por artes marciales o por bellas artes, me puede responder:
Mira, lo que aquí se cuenta, es una pura escenificación de algo absolutamente inverosímil e incluso, filosóficamente imposible, para lo cual yo no estoy dispuesto a creer. Según el relato, Jesús prepara de antemano el espectáculo de un milagro: le pasan el aviso de que su amigo está enfermo, gravemente enfermo, y no va; lo deja que se muera para actuar luego como un taumaturgo. Aparece la escena femenina, encantadora, de las dos hermanas, una la que se queda en casa (porque de alguna manera intuye lo que va a suceder), otra la que corre y sale al encuentro. Las dos dicen lo mismo: Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Se dramatiza el poder divino del taumaturgo, que es con una declaración celestial: Yo soy la resurrección y la vida; y, al final, ocurre lo imposible: a un muerto, que empieza a oler, que no tiene vuelta atrás, se le dice: Lázaro, sal fuera. Y lázaro, que no sabemos dónde ha estado en el entretanto, recomienza a vivir, comienza de nuevo su trayectoria humana, que ya se había concluido.  Aquí estamos ante un invento de la fe, un mito que se ha hecho relato para dar explicar unas verdades de la religión cristiana.
En este modo de pensar científico, hermanos, hay intuiciones, hay verdades, pero no comprende el sentido profundo, personal, actual, comunitario que tiene el relato.
Podemos tomar como centro del relato esta suprema declaración de Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. Esto es el centro de todo lo que proclamamos, esto es la verdad que hoy se comunica. Una verdad que no se cierra sino en el desafío que esto provoca. Esta verdad sinaítica, porque es la auto-revelación de Jesús como cuando se revela Dios a Moisés, no termina en sí misma, sino en el renglón siguiente:
¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
De esto se trata y nada más que de esto. Lo demás entra en el campo de la literatura, de la semiótica, de todas las ciencias que quieran concurrir para matizar la capacidad y los recursos de la palabra humana para transmitir verdades divinas. Es claro, hermanos, que no está en el designio de Dios que uno que ha terminado su vida y adquirido el destino eterno, vuelva a comenzar a vivir; reestrenarse a sí mismo y cruzar por el mundo con la aventura humana de decidir segunda vez ante el destino eterno de salvación o perdición. Sería vivir un individuo dos vidas, como si la reencarnación me diera la posibilidad de ser otra vez yo mismo distinto del que fui yo mismo. El cristianismo no acepta la reencarnación del ser humano.
El asunto es otro, es este, que lo podemos formular en tres preguntas:
1) Primera: ¿Crees – o mejor dicho, creo – que Jesús es real y verdaderamente el Hijo de Dios?
2) Segunda: ¿Crees que el Hijo de Dios Encarnado tiene, por su resurrección, el mismo poder de Dios, el mismo amor de Dios, la misma misericordia de Dios?
3) La tercera y principal, que asume y resume todas las demás: ¿Crees que Jesús de Nazaret, el que pasó humildemente por este mundo, y fue desechado y fue muerto, y tras la muerte entró en la gloria plenaria de Dios…, crees que ese Jesús es para ti – fíjate, para ti… - para ti, hoy, la Resurrección y la vida?
Si respondes “sí” ya no vas a tener ni ganas ni humor para analizar todas las preguntas históricas lanzadas a este relato. Lo leerás con ojos distintos, como relato, vivificante, actual, relato para ti. Un relato que te va a hacer llorar como le hizo llorar a Jesús, porque no me negarás que Jesús lloró porque quería a su amigo. Pero escúchame: Jesús lloró también porque él era la Resurrección y la Vida, porque sabía que el Padre no le traicionó jamás. Jesús lloró de ternura ante su Padre Dios.
Jesús sí que comprendió las palabras de Ezequiel: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago (Ez 37,12-13, primera lectura de hoy).
Acaso Jesús lloró porque él abrió el sepulcro de mi vida. Gracias, Jesús. Hermanos, lloremos con la santa humanidad de Jesús; lloremos porque Jesús me ama.
Hermanos, Paz y Bien. Amén.
Guadalajara, Jalisco, viernes 31 de marzo de 2017
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911. Meditaciones de la santa Cuaresma - 4/5



4/5 -  Presencia de Dios viviente en la Iglesia,
en María, “la Madre de mi Señor “


Título y propósito
La Madre de mi Señor (Lc 1,43) es el título que le da Isabel a María en el Evangelio de la Infancia. Un título soberano, nacido acaso en el culto cristiano. Con razón anota la Biblia de Jerusalén: “Título divino de Jesús Resucitado Hech 2,36; Flp 2,11, que Lucas le concede desde su vida terrena con más frecuencia que Mt y Mc: 7,13; 10.1.39.1; 11, 39 etc.”
La Madre de mi Kyrios es un título similar al que le dará el concilio de Éfeso (318) con el paso del tiempo a la madre de Jesús: la Theotókos, la “Dei Genitrix”, la Engendradora de Dios, la Madre física – y por ende, Madre espiritual – del Verbo Encarnado. Hasta aquí se llegó ya en los primeros tiempos de la fe.
El propósito de esta meditación, o anuncio de fe, es considerar cómo María es una referencia divina de la Encarnación y de la Iglesia, y cómo al encontrar a la Virgen María entramos en el área total de nuestra fe cristiana.
Cristo, el Hijo, era la “katábasis” (el descenso) de Dios al hombre; en él reposó el Espíritu Santo y Jesús Resucitado lo entregó a la Iglesia, como, según el lenguaje de Juan, había sido prometido en la Última Cena. De modo similar, María es el regazo de Dios para el hombre. Allí, en su vientre santo, donde moraba al santidad de Dios, ha tomado cuerpo el Hijo enviado. María, por tanto aparece a los cristianos, como el santuario donde Dios mora y Dios es encontrado; es el libro de vida, Evangelio vivo para toda la Iglesia; es el punto de confluencia de lo humano y lo divino, el lugar donde Dios vive, por lo tanto, receptáculo de gracia.
Vamos a preguntarnos tres cosas:
1.      Cómo ha llegado María hasta nosotros
2.      Como la ha recibido la Iglesia
3.      Cómo la acogemos nosotros y la entregamos al mundo y a las generaciones que nos van a suceder.

I
CÓMO HA LLEGADO MARÍA HASTA NOSOTROS

Vamos a trazar un itinerario bíblico en seis  etapas, que pueden marcar el camino que ha recorrido María en las santas Escritura

1) Al principio fue san Pablo 
2) Luego fue la tradición sinóptica múltiple presentando a María en el ministerio público de Jesús
3) Más arde los Evangelios se consumaron con la redacción final que incluyó los “Evangelios de la Infancia” (Mateo 1-2; Lucas 1-2).
4) El coronamiento evangélico fue el texto el Cuarto Evangelio, que estando en la cima del Nuevo Testamento.
5) Acaso, al final del Nuevo Testamento (?), hayamos de poner la visión eclesial del Mesías, la Mujer vestida del sol y coronada de estrellas que da a luz a un hijo varón y es perseguida por el Dragón que vomita contra los hijos.
6) Y de aquí arranca una tradición sorprendente que persiste en toda la tradición de los siglos, que invocan a María como la “Theotókos”, la Madre Engendradora de Dios (Concilio de Éfeso 431, primer texto, papiro copto, en griego 250).

1. Al principio fue Pablo (Ga 4,4-5)

La primera mención de María, sin decir su nombre, se la debemos a Pablo en la carta a los Gálatas (¿invierno del 57/58?). “Mas cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción filial” (Ga 4,4-5).
Este pasaje es esencial para empezar a hablar de la Virgen María.  Cada palabra es pura teología:
- la plenitud de los tiempos
- el envío que Dios hace
- el Hijo de Dios enviado
- la Mujer
- la Ley
- nuestra adopción filial.
La Mujer es parte esencial del proyecto de la Encarnación. María queda focalizada en la Trinidad, que es un misterio dinámico.
Y ¿acaso, al decir Pablo “nacido de mujer”, y no “nacido de hombre y mujer” está diciendo implícitamente lo que de modo explícito dirán los Sinópticos Mateo y Lucas que allí no hubo intervención de varón, sino que fue por el germen del Espíritu…? Acaso…, aunque seguramente la exégesis no lo pueda afirmar con evidencia.
Este el primer testimonio que tenemos de María:
- María unida al Hijo de Dios en la Encarnación
- María unida al misterio de nuestra adopción de hijos de Dios.
- María y la Ley, “la mujer y la Ley”, dos entidades absolutas: La Ley va a ser suplantada, no así la Mujer madre. Jesús no nace de la Ley, aunque sí bajo la Ley, pero Jesús, el Hijo de Dios, sí nace de mujer. Para siempre sabremos que para hay una Mujer de la cual nació el Hijo de Dios. Una expresión grávida, cuyas consecuencias las irá sacando piadosamente la Iglesia en el devenir de los siglos.
Del “padre” de Jesús todavía no sabemos nada. Ni Pablo ni ningún apóstol en sus cartas han dicho nada. Tampoco en las cartas – sí en el Apocalipsis – aparecerá de nuevo la mujer por la que el hijo vino al mundo.

2. Segunda aparición de María en la Escritura: Los pasajes de los sinópticos en la vida pública de Jesús

La tradición sinóptica nos ofrece varios testimonios acerca de la “madre de Jesús”:
- La verdadera familia de Jesús
- El seno que te llevó
- La visita a Nazaret
- Decían que se había vuelto loco

La verdadera familia de Jesús (Mc 3,31-35; Mt 12,46-50; Lc 8,19-21)
Marcos nos refiere un episodio muy importante sobre la verdadera familia de Jesús, episodio que recogen después Mateo y Lucas.
“Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?». Y mirando a los que estaban sentados alrededor, dice: «Estos son mi madre y mis hermanos. El que haga la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,31-35).
No es una alabanza a la madre de Jesús, ni tampoco es un echarle a menos ni un vituperio. Se trata de un texto en favor del Evangelio. La revelación de Dios es el Evangelio, por encima de todo lo demás, incluso de lo que humanamente es lo más sagrado.
Se trata, con otras palabras, de un texto eclesial. Lo humano, lo afectivo, es buscar a Jesús, en alas del amor de familia, y guardarlos en ese amor… Jesús responde que su genuina familia es la familia que se ha iniciado en el Reino. Claro que al punto se adelantarán los comentarios para asegurarnos que la Madre de Jesús es la primera que ha cumplido la voluntad de Dios.
Los “hermanos de Jesús” quedarán, más bien, en la penumbra.

La alabanza de una mujer del pueblo
El pasaje anterior hay que interpretarlo a la luz de un cierto paralelismo que se establece en este texto de Lucas, texto laudatorio que puntualiza lo que algunos pudieran entender como una reserva:
“Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen»” (Lc 11,27-28).
La mujer no dice palabras teológicas; Jesús, sí. Pero las palabras de la mujer son el inicio de lo que va a ser la alabanza de María en la Iglesia.
De nuevo hay que decir que el tema no es “la Madre” sino “la Palabra de Dios”, el Evangelio. Texto eclesial, que es el terreno donde colocamos a María.

“El hijo de María” en su pueblo de Nazaret
“Saliendo de allí se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él. Les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando” (Mc 6,1-6).
Un texto que remite al cristiano iluminado, que ya sabe el misterio de Cristo Resucitado, a los días reales de la vida de Jesús, de alguna manera extraño a los suyos. Los lazos de la sangre no son un título para estar en el misterio de Dios, en la órbita del Reino.
Y a estas referencias habría que añadir el asunto de los familiares de Jesús, aduciendo otros pasajes, sin excluir a Juan.
“Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas. Le decían sus hermanos: «Sal de aquí y marcha a Judea para que también tus discípulos vean las obras que haces, pues nadie obra nada en secreto, sino que busca estar a la luz pública. Si haces estas cosas, manifiéstate al mundo». Y es que tampoco sus hermanos creían en él. Jesús les dice: «Mi tiempo no ha llegado todavía, el vuestro está siempre dispuesto. El mundo no puede odiaros a vosotros, a mí sí me odia porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas. Subid vosotros a la fiesta. Yo no subo a esta fiesta, porque mi tiempo no se ha cumplido todavía». Después de decir estas cosas, permaneció en Galilea. Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas” (Jn 7,2-9).

3. Jesús Resucitado en los Evangelio de la Infancia (Mt 1-2, Lc 1-2)

En los Evangelios de la Infancia, que imaginamos que se escriben después de haber narrado la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, aparece María en todo el esplendor que tiene en la primera comunidad cristiana, que ha recibido el Espíritu Santo. Y aquí quedan establecidos los fundamentos de toda la mariología:
1)     María es la mujer en la que viene a desembocar la Ley y de los Profetas. Es el fruto de la Alianza establecido por Dios con su pueblo. Está establecida en la línea de David, por donde se van a cumplir las profecías mesiánicas. Su matrimonio es el signo de la Providencia de Dios para asegurar la descendencia del Rey David.
2)     María es la Virgen, como hecho rotundo y total que está en la Iglesia, lo mismo en el testimonio de Mateo que en el de Lucas.
3)     María es el Arca de la nueva Alianza cuando lleva a Jesús en su seno y visita a Isabel.
4)     María es la Madre del Mesías, Jesús, y en él la heredera de las promesas.
5)     María es la Hija de Sión y la creyente de Israel.
6)     María es la que entona el canto de la Nueva alianza y de los pobres en quien se cumplen las promesas hechas al resto de Israel, a los “los pobres de Yahveh” (los anawim).
7)     María es la creyente frente a su hijo, y la que va guardando todo en su corazón.
8)     María es la amanecida de esta Iglesia del Reino de Dios. Junto al Evangelio de la Infancia de Lucas tendríamos que poner igualmente el texto de los Hechos de los Apóstoles, escrito después de “mi primer libro”, el pasaje en que María espera la venida del Espíritu. María no está en la aparición de despedida (Hech 1,4-8), o está en la escena contigua de la Ascensión como la refiere el mismo escritor sagrado (vv. 9-11), pero sí está en la escena siguiente: “Entonces se volvieron a Jerusalén, desde el monte que llaman de los Olivos, que dista de Jerusalén lo que se permite caminar en sábado. Cuando llegaron, subieron a la sala superior, donde se alojaban: Pedro y Juan y Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo y Simón el Zelotes y Judas el de Santiago. Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos” (vv. 12-14).


4. La Madre de Jesús en las comunidades de Juan 
Al parecer con el Evangelio de Juan llegamos a la cumbre de la mariología en el Nuevo Testamento.

1. En Caná de Galilea “la Madre de Jesús estaba allí” (Jn 2,1). No aparece el nombre de María; tampoco en la Cruz. Se trata de la Madre de Jesús. Estaba allí, porque esta boda es el símbolo de las nupcias mesiánicas de Jesús con su Iglesia.
La Madre de Jesús está en “la Hora” de su Hijo.  “No ha llegado mi Hora”. Sí ha llegado la Hora. María está, pues definitivamente ligada a la Hora de Jesús.
Por otra parte, María es la “Mujer”. Y la Mujer evoca todo lo que puede decirse de “la Mujer” del Paraíso. Por esta Mujer ha llegado la Hora. El milagro, que para Juan es el signo de la Hora, ¿quién lo realizado: Jesús o "causativamente" la Madre de Jesús, cuando dice "Haced lo que él os diga"?
Por ella Jesús manifestó su gloria.
Sus discípulos creyeron en él; pero no se incluye a su Madre entre “sus discípulos”.
Al final hay un versículo misterioso, que, por otra parte, alude a un dato histórico concreto. “Después bajó a Cafarnaún con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días” (Jn 2,12).
Es claro, al leer este episodio, que nos encontramos de lleno en una cristología y eclesiología espiritual, en al cual la Madre de Jesús está entrañablemente metida en la comunidad eclesial.

2. “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,25-27).
Ante todo, este pasaje nos resulta de un tono entrañable que no tiene precio. La madre está en la muerte del hijo, y no solo la madre, sino la hermana de la madre. Es un dato delicadísimo para la exégesis: la familia de Jesús en la muerte de Jesús. Hay en la escena un “humanismo divinizado”, que aproxima más y más la Encarnación a nuestra historia.
De nuevo aparecen dos referencias de Caná:
- “la Madre de Jesús” (su madre)
- y la “Mujer”.
La madre de Jesús no es confiada su hermana, sino al discípulo al que Jesús amaba, signo espiritual de la Iglesia.
¿Cómo interpretar las palabras de Jesús a su madre, a las que siguen las palabras de Jesús al discípulo amado?
Quizás el texto sagrado haya de ser interpretado más que como “encomienda” como "don". Un hijo no puede entregar a su Madre a nadie. Madre no hay más que una.
La recepción que hace el discípulo amado es más que una “acogida” (accepit in sua, eis ta idia), que literalmente significa “entre sus cosas propias”.  María pasa a ser “herencia” del discípulo.  No es tanto el discípulo el que cuida a la Madre de Jesús, sino que es la Madre de Jesús la que viene a ser el regalo al discípulo: María va a ser la que cuide a la Iglesia. Es más importante que la madre cuide al hijo, no que el hijo cuide a la Madre. Tal es la relación primordial de María con la Iglesia, manifestarle de continuo su solicitud materna. La madre, si es madre, ha de cuidar al hijo en todo momento. Si el hijo se desviara, no por eso iba a dejar de ser hijo. La maternidad de por sí es una función divina en todos los casos; en la experiencia humana la maternidad es un modo de expresar la providencia divina.
En resumen, a la altura de la exégesis de hoy, no podemos interpretar la escena de la cruz como un criterio de devocionalismo: un buen hijo provee al sustento de su madre. Esta manera “intimista”, por devota que sea, no cuadra con el sentido teológico de todo el Evangelio de Juan. Por el contrario aquí el símbolo traduce la realidad verdadera y auténtica, y la realidad es que Jesús muriente constituye a su madre como Madre de la comunidad mesiánica. La maternidad espiritual de María es la maternidad real que María ejerce con los discípulos de su Hijo. Este es el sentido propio, por lo tanto "literal", del texto.
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5. La Mujer del Apocalipsis
 “Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, y la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; y está encinta, y grita con dolores de parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otro signo en el cielo: un gran dragón rojo que tiene siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Y el dragón se puso en pie ante la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo cuando lo diera a luz. Y dio a luz un hijo varón, el que ha de pastorear a todas las naciones con vara de hierro, y fue arrebatado su hijo junto a Dios y junto a su trono; y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios para ser alimentada mil doscientos sesenta días…” (Ap 12,1-6).
Se trata de un texto específicamente “apocalíptico”. No entramos en una exégesis directa. Apuntamos sencillamente lo que dice la Biblia oficial de la Conferencia Episcopal Española, en nota. “El mensaje fundamental de este capítulo, saturado de detalles simbólicos muy complejos, se refiere a la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, que, en medio de la hostilidad y muerte, da a luz a Cristo, el Mesías”.

II
CÓMO HA RECIBIDO LA IGLESIA A MARÍA

En resumen, la Iglesia ha recibido a María
- la Madre de Jesús hijo de Dios, y que es por eso la “Theotókos”, la Engendradora de Dios
- y como la Madre de los discípulos

En el III Concilio Ecuménico de la Iglesia, que es el Concilio de Éfeso (celebrado del 22 de junio al 16 de julio del año 431) se proclama a María como la Theotókos, la “Dei-Genitrix” (Engendradora de Dios).
Ahora bien, este título lo usaba la Iglesia desde dos siglos antes, al menos. Se ha encontrado en Egipto un papiro con la invocación  Theotókos, “Bajo tu amparo”, invocación que ha tenido distintas variantes, pero que en todas se ha conservado el mismo título, Theotókos; y este papiro se data en torno al año 250.
Sería esta la primera oración conocida a María.

La oración a la Theotókos
(Traducimos de una primera versión griega)

Bajo tu amparo
nos refugiamos, oh Theotókos.
Nuestras necesidades
no las eches en olvido, (no pases sin mirarlas),
sino de los peligros líbranos a nosotros,
oh sola Pura, oh sola Bendita.

Se trata de una oración reverente, toda llena de ternura, que traduce un sentimiento filial enternecido. María es no la Diosa, pero sí la Engendradora de Dios, la Madre de Dios. La versión latina no dirá la “Mater Dei”, que puede ser un término metafórico, pues se puede ser “madre”, “padre” de varios modos, sino la “Dei Génitrix”, la que ha engendrado a Dios. Incluso, con un profundo sentido reverencial, que se acerca a la adoración, dice “santa Engendradora de Dios” (sancta Dei Genitrix). El título de “santo” que se ha extendido a personas y cosas, en realidad, solo pertenece a Dios. Ponemos a María en el aura divina.
Y no le decimos que interceda, como intercedieron Moisés y los Profetas (Jeremías), sino que directamente ella socorra. Ella es la Sola Pura, expresión que está indicando al mismo tiempo, al dar este título en exclusiva, que ella es la “Totalmente Pura” y Limpia, y paralelamente la Sola Bendita, la Totalmente Bendecida como nadie.
María es introducida de este modo en la Iglesia cubriéndola con el manto de su maternidad divina. La Iglesia, la comunidad de los discípulos de Jesús tiene una Madre. Y así se le canta en la liturgia.
Podemos ver en esta súplica el cumplimiento de la encomienda que Jesús en la cruz hace a Juan: Ahí está tu Madre; y a su Madre. Ahí está tu Hijo.

A partir de Éfeso
A partir de Éfeso, la cristiandad se llena de templos consagrados a la santa Madre de Dios. A raíz del Concilio el Papa Sixto III (432-440) erigió el Roma la Basílica de la Madre de Dios, que luego se llamaría la Basílica de Santa María la Mayor, el templo más antiguo dedicado a la Virgen en Occidente.
Comienza una historia imparable de devoción y ternura a la Virgen María, con muchas derivaciones teológicas y devocionales.
La Edad Media y la Edad Moderna han sido fecundísimas en promover la devoción a María con innumerables tipos de devoción yd e consagración a ella.
Muchas de nuestras familias religiosas han nacido en ese clima.


III
CÓMO LA ACOGEMOS NOSOTROS
Y LA ENTREGAMOS AL MUNDO
Y A LAS GENERACIONES QUE NOS VAN A SUCEDER

Ha llegado el Concilio Vaticano II y se ha ocupado de la Virgen María  de un modo extenso y dilatado como ningún Concilio anteriormente lo había hecho.
Las opciones del Concilio han sido las siguientes:

1)     Reconducir la mariología a sus cauces originales, es decir, hablar de María de acuerdo al estudio científico de la Biblia y a la más pura tradición de la Iglesia.
2)     El Concilio no ha renunciado a ningún privilegio atribuido a María, por ejemplo, su Inmaculada Concepción, su gloriosa Asunción, sino que nos ha dado un enfoque y un estilo.
3)     El Concilio, plenamente consciente de que no quería darnos una mariología completa, ha centrado el Evangelio de María en torno a dos ejes, a saber:
- María en el misterio de Cristo
- y María en el misterio de la Iglesia.
4)     Y de ahí ha enlazado la fe de la Iglesia en torno a la Madre de Dios con la genuina celebración litúrgica del misterio de la Madre del Señor.
5)     Así pues, fe y celebración van en unión inseparable, y desde aquí ha de brotar nuestra devoción a la Madre de Jesús.
6)     Podemos volver a leer, con gran fruición los documentos marianos del magisterio, pero teniendo presente este estilo especial que nos ha inoculado el Concilio Vaticano II.
7)     Y con esta visión panorámica formularemos nuestra devoción personal, que puede tener incluso una versión muy personal y carismática, adheridos a estilos y a apariciones (actualmente Medjugorje, por ejemplo). En todo caso, nuestra devoción personal debe ser conducida por la actuación del Espíritu que obra en el fondo del corazón.

Guadalajara, Jalisco, 30 marzo 2017

Fr. Rufino María Grández, OFMCap.
 
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