miércoles, 11 de abril de 2018

1079 Reconfirmados en Roma los Misioneros de la Misericordia



Reconfirmados en Roma
los Misioneros de la Misericordia

Cari fratelli, ripartite da questo incontro con la gioia di essere confermati nel ministero della Misericordia. Confermati anzitutto nella grata fiducia di essere voi per primi chiamati a rinascere sempre di nuovo “dall’alto”, dall’amore di Dio. E nello stesso tempo confermati nella missione di offrire a tutti il segno di Gesù “innalzato” da terra, perché la comunità sia segno e strumento di unità in mezzo al mondo (Misa del Papa con los Misioneros de la Misericordia el martes 10 de abril de 2018).

Jerusalén / Roma: Visión de paz

Vuelvo de Roma con la conciencia viva, serena, de haber vivido una página de los hchos de los Apóstoles, el libro de Pascua que estamos leyendo estos días.
Vuelvo de Roma con la evidencia de que es verdad lo que dijo Jesús a Simón Pedro:
- Simón, perdona no siete veces, sino setenta veces siete.
Vuelvo de Roma con el gozo de experimentar que es luminosamente verdad aquello que escribió san Francisco (soy franciscano-capuchino) a un ministro que le pedía un consejo, y allí le dijo, como sabemos todos los franciscanos: Acerca del caso de tu alma, te digo, como puedo, que todo aquello que te impide amar al Señor Dios, y quienquiera que sea para ti un impedimento, trátese de frailes o de otros, aun cuando te azotaran, debes tenerlo todo por gracia. Y así lo quieras y no otra cosa. Y tenlo esto por verdadera obediencia al Señor Dios y mí, porque sé firmemente que ésta es verdadera obediencia. Y ama a aquellos que te hacen esto. Y no quieras de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos en esto; y no quieras que sean mejores cristianos. Y que esto sea para ti más que el eremitorio. Y en esto quiero conocer si tú amas al Señor y a mí, siervo suyo y tuyo, si hicieras esto, a saber, que no haya hermano alguno en el mundo que haya pecado todo cuanto haya podido pecar, que, después que haya visto tus ojos, no se marche jamás sin tu misericordia, si pide misericordia. Y si él no pidiera misericordia, que tú le preguntes si quiere misericordia. Y si mil veces pecara después delante de tus ojos, ámalo más que a mí para esto, para que lo atraigas al Señor; y ten siempre misericordia de tales hermanos. Y, cuando puedas, haz saber a los guardianes que, por tu parte, estás resuelto a obrar así.
Vuelvo de Roma con la intuición con la que vine reconfirmada: que el sacramento de la Penitencia necesita una buena batida teológica para que se vea que es, por encima de todo, el sacramento de la consolación, de la paz, de la ternura, de las lágrimas de amor. Que no puede ser nunca sacramento de tortura, n para el penitente ni para el penitenciario. Que el sacramento es siempre (y mil veces lo digo) un abrazo de amor de Dios nuestro Padre, que lo menos importante cuando me confieso son “mis” pecados, y que lo verdaderamente importante es el alegrón que le doy a Dios, mi Padre, que me lo manifiesta con un abrazo de ternura y de paz.
Misioneros de la Misericordia
“Misioneros de la Misericordia” es una iniciativa que tuvo el papa Francisco cuando convocó el Año de la Misericordia, que fue el año 2016: Hacer una leva de Embajadores de la Misericordia de Dios para que fuese por el mundo anunciando la Misericordia y abriendo los confesionarios (no precisamente los viejos muebles del confesionario) invitando a los fieles a venir y recibir el abrazo de Dios. Un misionero de la Misericordia, Richard, nos contó cómo en Asutralia, en su diócesis, en una “roulote” hizo su casita y se fue recorriendo parroquias misericordiosamente escuchando a todo el que quería venir a desahogarse y absolviendo, absolviendo… a todo el que buscaba el abrazo de Dios. Cuando terminó el Año de la Misericordia, en la fiesta de Cristo Rey de aquel año 2016, el Papa, al ver los buenos resultados que había tenido esta iniciativa, determinó que, cumplido ya ests servicio, todos los que quisieran volvieran a hacer una petición, y se les prolongaría con las mismas facultades, con la posibilidad de perdonar incluso los pecados reservados al Papa.
En el Anuario que se nos ha entregado a cada uno, somos 895, cada uno con su dirección, du teléfono, su correo electrónico, su celular…, si lo tiene. De estos hemos podido acudir a Roma más de 550, “circa 600”.
El Papa, quiso saludarnos uno a uno a todos y cada uno, aunque fuese no más que tres…, cinco segundos… Y todos hemos podido tener así nuestra foto con el Papa, como si nos dijera sin palabras: Hala, hijo, vete, predica, perdona…

Rino Fisichella, el Obispo de la Nueva Evangelización,  enviará un ejemplar del Anuario a todos los obispos del mundo. Y nos ha dicho: Id, no aguardéis a que os llamen; id, ofreceos…
Con estos sentimientos, volvemos radiantes a nuestras diócesis, dispuestos a una nueva arremetida de anuncio y de perdón.

Teología del Papa Francisco
con dos anécdotas personales,
que las ha contado y recontado

Al final de la alocución que nos dirigió en la Sala Regia – donde estábamos apretadísimo los 550 misioneros (donde nos tomaron la foto, al final, uno a uno). Para concluir lo que había dicho, glosando a Isaías, Evangelio y pastoral actual – que nos gustó muchísimo – se le ocurrió volver a contar dos anécdotas, que ya ha contado otras veces, que es como hacer teología con parábolas.

El padre José Ramón Aristi, sacramentino de origen vasco, que murió en Buenos Aires a los 97 años

Y me gustaría terminar con dos anécdotas de dos grandes confesores, ambos en Buenos Aires.
Uno, un sacramentino , que había tenido un trabajo importante en su congregación, era Provincial, pero siempre encontraba tiempo para ir al confesionario. No sé cuántos, pero la mayoría del clero de Buenos Aires iba a confesarse con él. Incluso cuando San Juan Pablo II fue a Buenos Aires y pidió un confesor, lo llamaron de la Nunciatura. Era un hombre que te daba el valor para seguir adelante. He tenido esa experiencia porque me confesaba con él cuando yo era Provincial, para no hacerlo con mi director jesuita … Cuando empezaba “bueno, bueno, está bien”, y te animaba, ”Adelante, Adelante”. ¡Qué bueno era! Murió a los 94 años y confesó hasta un año antes, y cuando no estaba en el confesionario, llamabas y bajaba.
Y una vez, yo era vicario general y salí de mi habitación, donde había un fax; -lo hacía temprano todas las mañanas para ver las noticias urgentes-; era el domingo de Pascua y había un fax: “Ayer, media hora antes de la vigilia de Pascua, murió el Padre Aristi”, que era su nombre…
Fui a almorzar a la residencia de los sacerdotes ancianos para pasar Pascua con ellos y al regreso fui a la iglesia que estaba en el centro de la ciudad, donde estaba la capilla ardiente.. Había un ataúd y dos viejecitas rezando el rosario. Me acerqué, y no había flores, nada. Pensé, ¡pero este es el confesor de todos nosotros!
Esto me llamó la atención. Sentí lo mala que es la muerte. Salí y recorrí 200 metros, donde había un puesto de flores, de los que están en las calles, compré algunas flores y volví. Y mientras estaba poniendo flores allí en el ataúd, vi que tenía el rosario en las manos… El séptimo mandamiento dice: “No robarás”. El rosario estaba allí, pero mientras fingía arreglar las flores, hice así y tomé la cruz. Y las viejecitas miraban, esas viejecitas. Esa cruz la llevo aquí conmigo desde ese momento y le pido la gracia de ser misericordioso, siempre la llevo conmigo.
Esto habrá sido en el año 96, más o menos. Le pido esta gracia. El testimonio de estos hombres es grandioso.

***

Un compañero de comunidad, P. Andrés Taborda, completó, hace años, los detalles de esta anécdota que el Papa nos refirió, como puede verse en Internet:

Aristi era «de verdad un sacerdote misericordioso y sabio», recuerda el padre Taborda. «Era muy bien querido, porque sabía ser comprensivo. Confesaba en nuestra basílica en Buenos Aires cada lunes, y muchísimos sacerdotes iban con él. Yo lo conocí en 1968, fue él el que me recibió en la orden, porque era el provincial de los sacramentinos para la Argentina, Uruguay y Chile». El padre Taborda recuerda muy bien esa tarde de Pascua de hace 18 años. «Nos encontramos allá, en la cripta, al lado del ataud del padre Aristi –cuenta el sacerdote–, y todavía veo la figura ascética de Bergoglio, que entonces era muy flaco. Recuerdo que dijo: “Fue mi confesor, con este rosario en la mano absolvió a muchísimos pecadores; no es posible que se lo lleve bajo tierra...”». Y así, el futuro Papa decidió llevárselo y pedir al difunto padre Aristi un poco de su misericordia.
Pero hay una razón precisa por la que Bergoglio quiso justamente ese rosario, por la que Bergoglio lleva siempre esa cruz al lado de su corazón. «El padre Aristi –explica su compatriota– daba a los penitentes el rosario con la pequeña cruz mientras se confesaban, después la usaba para absolver y al final los invitaba a besarla. Es decir, ese rosario y ese crucifijo fueron testigos de un río de gracia».
Bergoglio se refirió al padre Aristi en un texto que durante muchos años permaneció inédito, dedicado a los primeros años de su vocación y de su formación; lo recordaba como un confesor muy conocido ya en la década de los cincuenta.
José Ramón Aristi, de orígenes vascos, nació en noviembre de 1889 y llegó a Argentina cuando era todavía un estudiante. Fue recibido en el noviciado de los sacramentinos. Su hogar fue la enorme Basílica del Santísimo Sacramento, en la que (dato curioso) se casó Diego Armando Maradona. También era músico: dirigió el coro de los huérfanos que cantó durante las liturgias del XXXII Congreso eucarístico internacional d e Buenos Aires (en octubre de 1943), en el que participó como delegado papal el entonces cardenal Secretario de Estado Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII. «Tenía una sensibilidad especial para los pobres –explcia el padre Taborda–, y entre ellos suscitó muchas vocaciones religiosas».



El caso del capuchino P. Luis Dri, argentino, que vice con más de 90 años

Después, el otro caso.
Este está vivo, 92 años. Es un capuchino que tiene una cola de  peni-tentes, de todos los colores, pobres, ricos, laicos, sacerdotes, algún obispo, monjas… todos, nunca termina. Es un gran perdonador, pero no una “manga ancha”, un gran perdonador, un gran misericordioso. Y lo sabía, lo conocí, fui dos veces al santuario de Pompeya, donde confesaba en Buenos Aires, y lo saludé. Ahora tiene 92 años. En ese momento, cuando acudió a mí, tendría unos 85.
Y me dijo: “Quiero hablar contigo porque tengo un problema. Tengo un gran escrúpulo: a veces siento deseos de perdonar demasiado”. Y me explicó: “No puedo perdonar a una persona que viene a pedir perdón y dice que le gustaría cambiar, que hará de todo, pero no sabe si lo logrará… ¡Y sin embargo, la perdono! Y a veces me viene una angustia, un escrúpulo…”. Y le dije: “¿Qué haces cuando tienes este escrúpulo?”. Y me respondió así: “Voy a la capilla, la capilla del convento, delante del sagrario, y sinceramente pido disculpas al Señor: “Señor, perdóname, hoy he perdonado demasiado. Perdóname… ¡Pero fíjate bien, fuiste tú quien me dio un mal ejemplo! Así rezaba ese hombre.

* * *

El caso de este hermano mío capuchino, de la provincia argentina, ha producido un libro que se titula: Padre Luis Dri. Non avete paura di perdonare, publicado en octubre de 2016 por Andrea Tornelli y Alver Metalli (212 pp.).
Este libro tiene un prólogo puesto por el mismo Papa Francisco con el título de “Il confessionale, grembo di misericordia che rigenera il mondo” (pp. 5-16), El Confesionario regazo de misericordia que regenera el mundo.
Los autores de la obra, de la entrevista con el P. Luis, han puesto de su parte una Introducción acerca de este caso y del libro, que copiamos íntegramente de “Internet”, como aperitivo a la lectura misma de los 19 pequeños capítulos de la obra.

* * *

No teníamos un rostro para buscarlo, ni siquiera un nombre. Solo sabíamos el lugar. La tarde del domingo 1º de mayo de 2015, pocas horas después de aterrizar en Buenos Aires, con todo el cansancio del largo viaje a cuestas y la desorientación propia del jet-lag, cruzamos por primera vez la Puerta Santa de la iglesia de Nuestra Señora de Pompeya. Estábamos impresionados por la frecuencia con que el Papa Francisco se había referido en diferentes oportunidades, meditaciones y homilías a un sacerdote. Un confesor. Lo había señalado como modelo, citando una respuesta que le dio en una ocasión.
La primera vez que habló de él fue el 6 de marzo de 2014, en un encuentro con los párrocos de Roma. «Si uno vive esto dentro de sí, en su corazón – dijo Francisco hablando de la misericordia en el confesonario -, puede también donarlo a los demás en el ministerio. Y les dejo una pregunta: ¿Cómo me confieso? ¿Me dejo abrazar? Me viene a la mente un gran sacerdote de Buenos Aires, tiene menos años que yo, tendrá 72… Una vez vino a verme. Es un gran confesor: siempre hay fila con él… Los sacerdotes, la mayoría, van a confesarse con él… Es un gran confesor. Y una vez vino a verme: “Mire padre…”. “Qué te pasa”. “Tengo un poco de escrúpulos, porque sé que perdono demasiado”. “Reza… si perdonas demasiado…”. Y hemos hablado de la misericordia. A un cierto punto me dijo: “Cuando yo siento que este escrúpulo es muy fuerte, voy a la capilla, delante del Sagrario, y le digo: Discúlpame, Tú tienes la culpa, porque me has dado mal ejemplo. Y me marcho tranquilo…”. Es una hermosa oración de misericordia. Si uno en la confesión vive esto en sí mismo, en su corazón, puede también darlo a los demás. El sacerdote está llamado a aprender esto, a tener un corazón que se conmueve».
No teníamos ningún indicio de quién era ese sacerdote. Solo una referencia a su edad, un poco más joven que el Papa. Pocas semanas después, el 11 de mayo de 2014, Francisco volvió a hablar de él en la homilía de la misa de Ordenaciones sacerdotales. «Por el amor de Jesucristo, no se cansen nunca de ser misericordiosos. Por favor, tengan esa capacidad de perdón que tuvo el Señor, que ¡no vino a condenar sino para perdonar! Tengan misericordia, mucha misericordia! Y si les viene el escrúpulo de ser demasiado “perdonadores” piensen en el santo cura del que les hablé, que iba delante del Santísimo y decía: “Señor, perdóname si he perdonado demasiado, pero eres tú el que me ha dado el mal ejemplo de perdonar tanto”. Es así… Pero yo les digo, verdaderamente, que siento muchísimo dolor cuando encuentro gente que no va a confesarse porque ha sido maltratada, muy maltratada, regañada; ¡han visto como les cerraban las puertas de la Iglesia en la cara! ¡Por favor no hagan eso! Misericordia, misericordia. El buen pastor entra por la puerta y la puerta de la misericordia son las llagas del Señor: si ustedes no entran en su ministerio por las llagas del Señor, ustedes no serán buenos pastores».
Una nueva alusión se encuentra en el libro-entrevista «El nombre de Dios es misericordia», publicado en enero de 2016. «Recuerdo a otro gran confesor, más joven que yo, un padre capuchino que ejercía su ministerio en Buenos Aires. Una vez vino a verme porque quería hablar conmigo. Me dijo: “Necesito tu ayuda. Tengo mucha gente en el confesionario, gente de todo tipo, humilde y menos humilde, pero también muchos curas… Los perdono mucho y a veces experimento un escrúpulo, el escrúpulo de haber perdonado demasiado”. Hablamos de la misericordia y le pregunté qué hacía cuando experimentaba ese escrúpulo. Me respondió: «Voy a nuestra pequeña capilla, delante del sagrario, y le digo a Jesús: “Señor, perdóname porque he perdonado demasiado. ¡Pero eres Tú el que me ha dado tan mal ejemplo!”». No me olvidaré de esto jamás. Cuando un sacerdote vive así la misericordia sobre sí mismo, puede regalársela a los demás».
El relato del libro entrevista dedicado al tema central del Jubileo Extraordinario agregaba otro detalle: el sacerdote confesor es un fraile capuchino.
Un mes después de que salió el libro, el 9 de febrero de 2016, el Papa citó una vez más el episodio, esta vez hablando a los sacerdotes capuchinos durante una misa en San Pedro y en presencia de las urnas con los cuerpos de dos grandes santos pertenecientes a esa familia religiosa, ambos grandes confesores: san Pio de Pietralcina y san Leopoldo Mandic. «Pero ustedes capuchinos tienen este don especial del Señor: perdonar. Y les pido, no se cansen de perdonar. Me acuerdo de uno que conocí en mi otra diócesis, un hombre de gobierno, que acabado su tiempo de gobierno, como guardián y provincial, a los 70 años fue enviado a un santuario a confesar y tenía una cola de gente. De todo, curas, fieles, ricos, pobres, todos… era un gran perdonador. Siempre encontraba el modo para perdonar o al menos para dejar esa alma en paz con un abrazo. Y una vez lo encontré y me dijo: “Escúchame, tú que eres obispo, tú me puedes decir. Yo creo que peco porque perdono mucho y me viene este escrúpulo…” – “¿Y por qué?” – “No sé, pero siempre encuentro cómo perdonar…” – “¿Y qué haces cuando te sientes así?” — “Voy a la capilla delante del sagrario y le digo al Señor: Perdóname Señor, creo que hoy he perdonado mucho. Pero Señor, ¡has sido tú quien me ha dado el mal ejemplo!”. Sean hombres de perdón, de reconciliación, de paz».
Una vez más el Papa había agregado otro elemento útil para la identificación del capuchino: confesaba en un santuario.
Francisco habló después de él otras veces, por ejemplo en la tercera meditación para el Jubileo de los sacerdotes, en la basílica de San Pablo Extramuros, el 2 de junio de 2016: «Lo que diré ahora lo he dicho muchas veces, quizás alguno de ustedes ya lo ha oído. Conocí en Buenos Aires a un fraile capuchino —aún vive—, algo más joven que yo, que es un gran confesor. Siempre tiene delante del confesionario una fila, mucha gente —de todo: gente humilde, gente acomodada, curas, religiosas, una fila— más y más gente, todo el día confesando. Y es un gran perdonador. Siempre encuentra la forma de perdonar y dar un paso adelante. Es un don del Espíritu. Pero, a veces, le agarran escrúpulos de haber perdonado tanto. Y entonces, una vez, charlando, me dijo: “A veces, tengo esos escrúpulos”. Y yo le pregunté: ¿Y qué hacés cuando tenés esos escrúpulos?”. “Voy delante del sagrario, lo miro al Señor, y le digo: “Señor, perdóname, hoy he perdonado mucho. Pero que quede claro, ¿eh?, que la culpa la tenés vos porque me diste el mal ejemplo”. La misericordia la mejoraba con más misericordia».
En fin, cuando habla de la confesión y de acoger a los penitentes, cuando piensa en la misericordia en el confesonario, el Papa Bergoglio no puede dejar de pensar en ese fraile capuchino que siempre consideró más joven que él.
Esa tarde del domingo 1º de mayo intentábamos encontrarlo ayudados por otra valiosa información que habíamos recibido: el santuario donde el entonces cardenal se había encontrado con el confesor era Nuestra Señora de Pompeya, el santuario de Pompeya, una iglesia muy visitada que se encuentra en un barrio popular de la capital argentina, lindante con una villa miseria, las barriadas más pobres. Teníamos un lugar, el santuario. Teníamos una referencia sobre la edad: unos diez años más joven que Francisco. Pero no teníamos el nombre. Y no sería sencillo entrar y preguntar a un fraile cualquiera: «Disculpe, estamos buscando al confesor que el Papa Bergoglio cita siempre en sus homilías». Cuando entramos por la Puerta Santa de Pompeya vimos dos confesonarios con la luz encendida. Eran las cuatro de la tarde y a esa hora no había celebraciones; la iglesia, envuelta en la penumbra, estaba semivacía. Unas pocas personas rezaban de rodillas o sentadas. Una mujer de mediana edad estaba prendiendo una vela para pedir alguna gracia.
Decidimos probar con el primer confesor. Uno de nosotros entró y el otro permaneció en el umbral. No queríamos confesarnos, solo pedir información: nos presentamos y le preguntamos al fraile si por casualidad había escuchado hablar de ese confesor que tanto citaba el Papa. Las respuestas del capuchino eran amables pero bastante evasivas. Quizás demasiado evasivas. Era un hombre alto, sonriente, sin la barba habitual. El confesonario estaba recubierto por pequeños paneles claros con perforaciones, fonoabsorbentes. Un lugar despojado. La única imagen, colocada a espaldas del confesor, era un recorte de revista con la imagen del Padre misericordioso que abraza al hijo pródigo; un cuadro de Rembrandt.
El fraile estaba diciendo: «Sí, escuché hablar de lo que dijo Francisco, pero no sé quién es el capuchino…». Pero en sus ojos se podía captar una expresión casi divertida. Solamente una chispa, nada más. Nos dimos cuenta de que teníamos que insistir. Le mostramos un ejemplar del libro “El nombre de Dios es Misericordia”, abriéndolo en la página con la cita del Papa. Y como nadie estaba esperando al sacerdote, seguimos preguntándole sobre “el confesor del Papa”, sobre ese confesor que tantas veces había citado Bergoglio como ejemplo. Al final, el fraile admitió: «Bueno… sí… soy yo el fraile del que habla Francisco. Yo fui el que le dije esa frase que repito delante del Sagrario, cuando siento escrúpulos por haber perdonado demasiado…».
Por fin “el confesor del Papa” tenía un nombre y un rostro: padre Luis Dri, 89 años. No es más joven sino casi diez años más viejo que Bergoglio. Francisco quedó impresionado por su vitalidad y siempre pensó que tenía dos lustros menos.
Aquel primero de mayo el padre Dri aceptó, después de cierta resistencia, concedernos una breve entrevista en video para La Stampa y Vatican Insider. Nuestra curiosidad, sin embargo, no quedó satisfecha con eso. Nos habíamos quedado con ganas de conocer mejor a este sencillo fraile que pasa sus días encerrado en el confesonario, recibiendo siempre a todos con una sonrisa y capaz de hacerle sentir a cualquiera el abrazo de misericordia de Jesús. No ha tenido una vida de acontecimientos resonantes, de obras asombrosas, de vaya a saber cuáles éxitos pastorales. Sin embargo, impresiona sobre todo la sencillez de su vida cotidiana de sacerdote y dispensador de misericordia. Su vida comenzó en una familia de gente pobre del campo, una vida llena de felicidad a pesar de las dificultades. Precisamente la humildad de su origen, nos decía el padre Dri, era una de las razones que lo hacían ser atento y sensible en el confesonario, siempre con el deseo de comunicar la misericordia y hacer que nadie se sienta excluido, no acogido o no deseado.
Bueno, nos pareció que valía la pena contar en primera persona, dándole a él la palabra, la historia del confesor más citado por el Papa


Roma, Curia general de los capuchinos, jueves 12 de abril de 2018.
En alabanza de Cristo. Amén.

Fr. Rufino María Grández, OFMCap.

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