viernes, 13 de abril de 2018

1080. Domingo III de Pascua. Jesús, presencia, plenitud y misión


Jesús, presencia, plenitud y misión
Lc 24,35-48



Texto evangélico:
35 Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
36 Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros». 37 Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu. 38 Y él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro corazón? 39 Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo». 40 Dicho esto, les mostró las manos y los pies. 41 Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo de comer?». 42 Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. 43 Él lo tomó y comió delante de ellos. 44 Y les dijo: «Esto es lo que os dije mientras estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
45 Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. 46 Y les dijo: «Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día 47 y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. 48 Vosotros sois testigos de esto. 49 Mirad, yo voy a enviar sobre vosotros la promesa de mi Padre; vosotros, por vuestra parte, quedaos en la ciudad hasta que os revistáis de la fuerza que viene de lo alto».

Hermanos:
1. El misterio de la resurrección del Señor es inagotable. Semana tras semana lo celebramos en la Eucaristía dominical. Pero la cincuentena pascual es una oportunidad muy singular. A todos se nos invita, de modo muy personal y concreto, a hacer, en el ámbito de nuestra vida, la experiencia de Jesús Resucitado, a recibir esta gracia que Dios, como Padre de amor, quiere otorgarnos. La escena de la presencia de Jesús en la comunidad apostólica en el Cenáculo nos va a dar la pauta y la clave de lo que Jesús Resucitado, con la fuerza de su Espíritu quiere hacer en medio de nosotros, y de modo concreto y personal en mí.
Él quiere hacerse presente en mí, que yo tenga la vivencia de su nueva vida.
Él quiere abrirme la inteligencia para que yo comprenda y guste las Escrituras.
Él quiere darme una palabra de promesa y de envío para que yo, con mis hermanos, dé testimonio de la obra que él, como enviado, como Hijo del amor del Padre, ha iniciado en este mundo.
En una palabra: Jesús Resucitado quiere unificarse conmigo y que yo me unifique con él.

2. La escena del Cenáculo en este relato del Evangelio de san Lucas que hemos escuchado prosigue la experiencia de Emaús. Aquellos dos discípulos que lo reconocieron al partir el pan en Emaús – Cleofás y el otro a quien la tradición ha dado el nombre de Simón – corrieron de regreso a Jerusalén a dar la Gran Noticia a los apóstoles.
Dice el texto sagrado: “Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: «Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón»” (Lc 24,33-34).
Continúa la narración y enlazamos con el Evangelio de hoy: “Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan” (v. 35).
Y ahora, de repente, Jesús aparece en medio.

3. Les saluda con el mejor saludo que ha escuchado la humanidad: La paz con vosotros. Hoy quisiéramos llevar este saludo a Siria, porque es horroroso e increíble y antihumano, las escenas que la televisión, los periódicos, las redes sociales nos transmiten. La paz con vosotros. Son palabras que nos atraviesan el alma, y que de nuestra parte quisiéramos llevarlas, como el mejor regalo de la vida de Cristo, a todos los seres humanos: La paz de Jesús.
Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona.
Dicho esto, les mostró las manos y los pies.

Si Jesús está vivo, tenemos que palparle. ¿Cómo…? Tenemos que palparle.
Si Jesús está vivo, tenemos que verle y mirarle.
Si Jesús está vivo, tenemos que rebosar de la alegría y de la fuerza que vienen de él.
Esto es la presencia de Jesús, que llega hasta lo íntimo más íntimo de nosotros, que es tan cierta y verdadera como la existencia de Dios mismo. Esto y no otra cosa es la Resurrección de Jesús; su presencia comunicada a mí, comunicada a la comunidad cristiana que es el ámbito de mi vida.
Jesús, por definición, es el Viviente, Jesús no es un recuerdo de un pasado, Jesús es el que está, el que actúa, el que llena a rebosar el corazón. Si Jesús no es presencia, no existe. Y justamente la Eucaristía la celebramos como presencia vida del Resucitado. No es la memoria que nosotros hemos inventado. Es su presencia vivificante que se vuelca sobre nosotros.
Jesús es el Viviente; no es el pasado digno de los mejores monumentos. Un monumento, un cuadro, por bello que sea, no me da su presencia; la Eucaristía que celebramos con la comunidad sí que me da la presencia viva y vivificante de Jesús, el Señor. Y de la Eucaristía su presencia que se proyecta en toda realidad humana, de gozo o de dolor, y especialmente significativa en toda circunstancia de pequeñez, de dolor, de descarte. Ahí vive el Viviente y ahí nos llama.

4. Pero continuemos con la segunda parte del Evangelio. Y abramos el corazón para recibir los dones que Jesús, el Señor, nos entrega:
El primer es el don de la Escritura.
El segundo, el don de ser sus testigos en el mundo.

Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
La Iglesia tiene el don de la Escritura. Sabe leer las Escritura. El mismo Espíritu que las inspiró, que vive en ellas, ese Espíritu, que es el Espíritu de Jesús Resucitado, nos abre hoy la mente para que comprendamos qué nos están diciendo los libros sagrados. La Sagrada Escritura es inagotable hasta la vuelta del Señor, y siempre hemos de encontrar ahí la fuente de la sabiduría.

5. Vosotros sois testigos de esto. Los apóstoles fueron testigos de todo el acontecimiento de Jesús, y nosotros continuamos mostrando al mundo el mismo testimonio. El Espíritu Santo es el que nos trasforma en testigos de Jesús.
Todo esto que estamos diciendo, hermanos, es sublime. Ninguno de nosotros es digno de recibirlo. Pero Dios por su amor nos lo da como regalo.
Alegrémonos y sigamos gozando de la presencia de Jesús Resucitado.

Señor Jesús, yo te quiero ver y palpar y llenarme de tu divina presencia, que me acompañe día y noche. Yo quiero besar tus llagas radiantes de resucitado. Yo quiero ser tu testigo en medio del mundo. Amén.

Viernes, 13 de abril de 2018.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Fr. Rufino: saludos. Buena estancia en Europa y bendiciones en su apostolado. Pedro.

Anónimo dijo...

Hola P. Rufino:
Le felicito por su fructífera estancia apostólica en Roma.
Considero que a Roma siempre se va, o para hacer turismo, o para ampliar estudios, ya sean de tipo religioso, como usted, o para otros de tipo cultural (simposios y conferencias).
Aprovecho la ocasión para informarle que le remití dos correos electrónicos, de los que no he obtenido ACUSE DE RECIBO (al menos de momento).
Saludos.
Juan José.

Anónimo dijo...

Jesucristo dio a sus apóstoles lo máximo que puede un obtener un ser humano.
Eran unos hombres toscos e ignorantes, y les dio la capacidad intelectual para entender las Escrituras.
Eran unos hombres iletrados que no habían salido nunca de sus poblaciones de residencia, y les dio la capacidad de hablar en distintas lenguas.
Y por si fuera poco les dio el poder de hacer milagros, a ellos y a los que envió a predicar por otros pueblos.
No se puede obtener más…. Y eso sin haberlo pedido. Todo sin ningún esfuerzo.
Hoy los misioneros que van a tierras lejanas han de estudiar y prepararse como si fueran a pasar unos exámenes….
Jesucristo siempre les saluda con su paz. Una paz que está por encima de avatares.
Siria se desangra. Imperan los intereses económicos. Impera la posición estratégica del lugar. Las potencias mundiales se disputan la primacía. Quien gane se queda con todo. Es un polvorín que en su día estalló y su fuego se ha extendido como una mancha de aceite.
Saludos. Juan José.

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