jueves, 14 de junio de 2018

1092. Domingo XI, ciclo B – Jesús y el hombre que echa semilla en la tierra


Jesús y el hombre que echa semilla en la tierra
Mc 3,26-34

Texto evangélico:
26 Y decía: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. 27 Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. 28 La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. 29 Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
 30 Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? 31 Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, 32 pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
 33 Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. 34 Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Hermanos:
1. El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar es una parábola. Las parábolas son el modo de enseñanza característico de Jesús, una novedad si comparamos el modo de hablar de Jesús y el modo de enseñar de los rabinos, según nos dicen los estudiosos de las parábolas.
Todas las parábolas hablan del Reino de Dios. Dios es el protagonista de la obra que está haciendo en el mundo. Pero, al mismo tiempo, todas las parábolas hablan de Jesús, porque el Reino de Dios ha llegado en Jesús.
De manera que correctamente podríamos hacernos dos preguntas para interpretar con exactitud esta parábola y otras. Dos preguntas que son estas:
- Qué nos dice esta parábola de Dios, nuestro Padre, que rige el mundo y la historia de los hombres.
- Qué nos dice esta parábola de Jesús.

2. Hay un detalle final en esta parábola, que nos deja intrigados e iluminados. Es esa observación que hace el evangelista para que nos enteremos y reflexionemos; es una observación para la catequesis de la Iglesia. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. Es justamente lo que Jesús hace hoy con nosotros. Ha de ser él mismo quien nos explique las parábolas, como revelación de Dios. Las parábolas llevan en sí mismas el secreto de Dios; nos entregan lo íntimo de la revelación de Dios al mundo. Recordemos aquellas palabras de Jesús en la Cena: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir” (Jn 16,12-13).
El Espíritu Santo está vivo y presente en medio de nosotros. Él es el que nos trae la presencia de Jesús; Él es el que nos da la explicación justa que quiere darnos a todos en conjunto, a cada uno en particular en este momento de nuestra vida y de la historia de la Iglesia.

3. Tratemos de responder a la primera pregunta: ¿Qué nos está diciendo esta parábola acerca de Dios? El mensaje es claro. Dios está en acción, aunque nosotros no lo percibamos.
El sembrador ha echado la semilla, y vuelve a su casa. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
La semilla crece sola. ¿Vamos a proferir un canto a la vida? No, hermanos, no es ese el sentido. Vamos a prorrumpir en un canto a Dios, autor de la vida. Eso es lo que dice Jesús. Lo mismo que cuando llama nuestra atención para que miremos las flores: Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan (Mt 6,28). Jesús nos está invitando a mirar a Dios, que es el modo sublime y último de gozar de la naturaleza. Dios los viste. La Naturaleza es infinitamente bella, porque Dios está allí en acción.
Pues lo mismo en lo de la semilla que crece sola. No crece sola a impulsos de la Vida: Dios la está haciendo crecer. Lo mismo es el Reino, nos dice Jesús, dando un salto infinito a la esperanza. El Reino que él predica es el Reino de Dios. Dios es el protagonista y responsable; es su obra.
El texto profético de la primera lectura nos ilumina el proceder de Dios. En medio de circunstancias políticas desastrosas, cuando Israel había sido hundido en el destierro de Babilonia, habla el Dios de Israel, el Dios fiel por boca de su profeta Ezequiel: “Esto dice el Señor Dios: «También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico. Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas. Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré»” (Ez 17,22-24).

4. Ahora viene la segunda pregunta: ¿Qué nos dice esta parábola acerca de Jesús? Si esta parábola de la semilla que crece sola es un canto a la acción e Dios en el mundo, para Jesús en persona es un canto de esperanza para justificar el sentido de su propia existencia. Jesús, misionero del Padre, ¿qué está haciendo en esta vida? ¿Es que él piensa ser el conquistador del mundo?
Él puede respondernos a nosotros, que como a los doce les explica la parábola aparte: Yo soy el sembrador que echa la semilla en la tierra. Dios ha de hacer lo que ahora no veo.
Yo estoy sembrando el Reino de Dios, mi Padre. Ahora es pequeñito como un grano de mostaza que se pierde en la palma de la mano, pero un  día esta semilla se hará un arbusto..., un árbol en que vendrán a cobijarse las aves, como anunció Ezequiel.


5. La parábola, hermanos, se aplica a nosotros. Tenemos datos muy concretos para hacer un balance en negativo de esa desintegración que padecemos en este profundísimo cambio de época. Es cierto. Nuestra situación no parece nada halagüeña.
Pero hay otro factor, que nos cambia absolutamente la perspectiva. Contamos con el poder de Dios para mirar la historia con otros ojos. Seguramente que no veremos esas maravillas que anhelamos; pero la fe, el abandono filial en Dios, nuestro Padre, la confianza en la acción portentosa del Espíritu Santo nos lanzan a esta convicción.
Lo podemos decir con palabras de la Biblia: “Aunque la higuera no echa yemas | y las viñas no tienen fruto, | aunque el olivo olvida su aceituna | y los campos no dan cosechas, | aunque se acaban las ovejas del redil | y no quedan vacas en el establo, | yo exultaré con el Señor, | me gloriaré en Dios, mi salvador” (Hab 3,17-18).

Señor Jesús, te suplicamos: danos esa confianza absoluta que tú has tenido en el Padre y que has expuesto en las parábolas. Amén.

Guadalajara, jueves, 14 junio 2018.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

En el pasaje evangélico de este domingo Jesucristo nos expone dos parábolas muy semejantes.
En ambos casos se trata de comparaciones relacionadas con el Reino de Dios, o Reino de los Cielos.
Somos nosotros esa semilla que Jesucristo planta, y que poco a poco se hace más y más grande hasta la llegada del fin de los tiempos, que es la siega. Somos nosotros esos árboles frondosos, nacidos de una minúscula semilla, donde las aves se posan. Somos nosotros esas débiles vasijas de barro (2Corintios), a las que alude el apóstol san Pablo, en las que se guarda el sublime mensaje de salvación.
El Reino de Dios, en palabras de Jesucristo, ya ha llegado a nosotros, está en medio de nosotros. No hay que buscarlo el altos montes ni en profundas simas. Jesucristo mismo confesó ser el rey de ese Reino. Reino de la Verdad que viene de Dios mismo. Los que escuchamos la voz de Jesucristo somos de esa Verdad.
Saludos. Juan José.

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