viernes, 6 de enero de 2012

170. Epifanía 3 – La Luz y un romancillo mariano de Epifanía

 “Vieron al niño con María, su madre”


Hermanos:

1. La fiesta de la Epifanía del Señor se abre en las lecturas de la misa con un poema bellísimo:

“¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz;
la gloria del Señor amanece sobre ti!
Mira: las tinieblas cubren la tierra,
y la oscuridad los pueblos,
pero sobre ti amanecerá el Señor,
su gloria aparecerá sobre ti.
Y caminarán los pueblos a tu luz,
los reyes al resplandor de tu aurora.
Levanta la vista en torno, mira:
todos esos se han reunido, vienen a ti;
tus hijos llegan de lejos,
 a tus hijas las traen en brazos.
Entonces lo verás, radiante de alegría;
tu corazón se asombrará, se ensanchará,
cuando vuelquen sobre ti los tesoros del mar
y te traigan las riquezas de los pueblos.
Te inundará una multitud de camellos,
de dromedarios de Madián y de Efá.
Vienen todos de Saba,
Trayendo incienso y oro,
y proclamando las alabanzas del Señor” (Is 60,1-6)

Este poema esplendente no termina aquí, sino que continúa en todo el capítulo (como lo hemos escuchado en el Oficio de lectura: Is 60.1-22).

Para entender este poema hay que saber en qué circunstancias está escrito. Eran los tiempos en que Israel había vuelto del destierro, tras 70 años de desgracia nacional. Había que recomenzar: levantar las murallas derruidas y el templo incendiado. Tenían delante los judíos una labor de reconstrucción física y espiritual, muy dura.
Y el tono de este poema es un tono visionario y místico, que es propio de un pueblo batido por la resistencia. Son situaciones que se van repitiendo en la historia, como ocurre después de una guerra civil: surge – o puede surgir - una visión idealizada del futuro.
Todo este pasaje está proclamando que el pueblo creyente tiene una gran fe en el Señor, que es el verdadero Señor de la Historia, en cuya mano están los acontecimientos humanos. El texto proclama la soberanía de Dios, que abarca a Israel y a todos los pueblos.
Justamente por esta apertura universal, los autores sagrados han descubierto en esta frase el panorama que llegará a su cumplimiento en la historia de Jesús.
A la cuna vienen de Oriente. Vienen los pueblos lejanos trayendo ofrendas. Y aquí entramos en la composición del Evangelio que nos presenta san Mateo.

2. La Epifanía es la fiesta de la llamada universal, la fiesta de la luz.
Los pastores y los magos son llamados a esta gracia de la cuna. Los pastores, los primeros. Ellos son portadores de las promesas que Dios ha hecho a su pueblo.
Los primeros, los pastores; porque la salvación viene, ante todo, de los judío. Pero, acto seguido, los magos, que son los pueblos todos.

Epifanía es la primera fiesta universal de la Iglesia. La segunda, que será el coronamiento, será cuando Jesús Resucitado envíen a sus discípulos al mundo entero: “Id y proclamar el Evangelio a toda la creación” (Mc 16), que es la última palabra que Jesús deja al mundo. Hay que juntar estos dos momentos, el primero y el final, para trazar el verdadero retrato de Jesús.
Nosotros, cristianos, por naturaleza somos “católicos”, palabra que literalmente significa “universal”. El sentido luego se ha restringido para decir Iglesia Católica frente a Iglesia Protestante, por ejemplo. La Iglesia, dice el credo, es “una, santa, católica y apostólica”.
La Iglesia en su esencia es una, y siendo una – y también santa – es católica. Ser católico, ser universal, es cosa esencial para el cristiano que ha recibido el bautismo.
Pablo es paladín de esta catolicidad de la Iglesia, cuando proclama en la carta de hoy que los dos pueblos – judíos y gentiles – son herederos de la misma promesa. Definitivamente ya no es privilegio ser judío, porque la herencia es la misma.
Proclamamos: “una, santa, católica y apostólica”, pero no añadimos: y romana, o constantinopolitana, o jerosolimitana. Para nosotros, herederos de Cristo, es igual haber nacido en América que en África o en Europa.

3. Esta llamada universal pone en nuestro corazón dos actitudes:
- la primera es la gratitud. Yo soy cristiano, yo he recibido el bautismo, yo he acogido el Evangelio, yo creo en la divinidad de Jesús por la providencia y gracia Dios, no por méritos propios, por conquista y adquisición mías. Este es motivo de eterna gratitud.
Esta es la primera de las gracias que el Señor me ha hecho y la fuente de otras incontables que han venido después.

- Y de esta llamada brota una iluminación. Nosotros somos miembros de un país, de una Iglesia, pero, sin perder esto, en el fondo del corazón llevamos una marca: somos universales, somos hermanos de todos los hombres. Una profunda simpatía debe acompañarnos toda la vida a todos lo que es humano, a todas las religiones. Todas buscan al mismo Dios que nos ha creado, si bien  no en todos resplandezca la misma luz, y por eso los caminos que recorremos son distintos.

4. Los magos encontraron al que buscaban, guiados por Dios. Pero fijaos, hermanos, qué distintos aparecen la preparación con el camino y las consultas y, al final, el encuentro.
Una estrella, unos magos, con su comitiva, un palacio – el palacio de Herodes – y todo ello ¿para qué?  No para encontrar un palacio lleno de luces y adornos, deslumbrante de riqueza, como, al parecer, corresponde al rey anunciado. La fantasía se abre a imágenes orientales.
El escenario del encuentro es muy distinto.
“Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron” (Mt 2,10). Encontraron al Niño con su Madre. Esto es todo, en la suma sencillez, en una pobreza patente. Aquí no hay milagro, si no es el milagro del encuentro.
Era algo muy distinto de lo que podían haber imaginado. Pero lo encontraron, y por eso añade el Evangelio: “después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra” (v. 11).
Ante Jesús desaparece toda grandeza y todo fasto, porque Jesús es la riqueza sublime y divina que con nada puede ser representado y pagado.
El ofrecimiento de sus dones significa, evidentemente, el gesto de la entrega de su fe. En estos coinciden los pastores y los magos, y en esto coincidimos nosotros. Ellos encontraron al mismo que nosotros encontramos y al que ha dado el sentido a nuestra vida.

5. Es de una delicada intimidad la imagen de “el Niño con María, su Madre”.  San José desaparece en este relato. Y el dato en relieve que pone la imagen de san Mateo es la primera imagen que se ha labrado de María con el Niño. Un cuadro traspasado de ternura.
¿Dónde está el niño? Ayer y hoy el Niño está con su Madre. Quien ha encontrado al Niño, ciertamente ha encontrado a la Madre. Y, a la inversa, quien no ha encontrado a la Madre, es señal de que no ha encontrado al Niño.
¡Qué imagen más sugestiva ésta del Niño con su madre, María!

(De mi carpeta 3/I/2010.)

Aquí quedó colgada mi homilía, en espera de un poema que idealmente comenzaba: En una casita pobre.

Romancillo mariano de la Epifanía
 Notre Dame, Paris, donde se convirtió Paul Claudel (1868-1955),
oyendo cantar las Vísperas con el Magnificat (que él no sabía qué era)
el día de Navidad, 25 de diciembre de 1886.

En una casita pobre
han encontrado a María:
la casita es la ternura,
y el Niño, la Eucaristía,
primer icono pintado
de la mujer más sencilla..
A un Niño tan pequeñito
Magos de categoría
le rinden el vasallaje
y le brindan pleitesía.
Del Antiguo Testamento,
patria de la profecía,
llegan luces y caminos,
tras paciente travesía,
y se paran en Belén,
donde entra la comitiva.
No llamaron a un palacio,
sino a una pobre casita.
Mirad, hermanos, los dones,
que los tres Magos traían:
al Rey inmortal el oro,
incienso al Dios que veían
y al Divino Redentor
para el sepulcro la mirra,
que la dulce Virgen Madre
en su halda recogía,
y después en el altar
de su corazón ponía.

* * *
Yo que oro no poseo,
ni de Oriente mirra fina,
ni ese incienso perfumado,
que en Persia solo se cría...,
tengo un puro corazón
que Dios mismo me lo cuida.
Para mi Dios soy un rey
y un estrella amanecida.
Me ofrezco a ti todo entero:
si valgo como estrellita,
acaso sea camino
para Jesús, luz que brilla.
Y si guardas como el oro
mi voluntad indecisa,
ahí tienes ese amor
para tu hoguera infinita.
Soy feliz solo con verte
en los brazos de María

(Puebla, 6 enero 2012).

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