Mártires hermanos míos
Una de las experiencia más gratas y benéficas para nuestra espiritualidad cristiana de hoy es alimentarse de los antiguos escritos de la tradición cristiana de ayer. “Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre” (Heb 13,8). Esto lo decimos en este día que sigue a la solemnidad de San Pedro y San Pablo, en el que la Iglesia con memoria libre recuerda a los primeros mártires de la Iglesia de Roma. Y para ello leemos el testimonio de la Carta del Papa San Clemente a los Corintios. San Clemente, según san Irenero, es el «tercero después de los Apóstoles».
“A estos hombres [Pedro y Pablo], maestros de una vida santa, vino a agregarse una gran multitud de elegidos que, habiendo sufrido muchos suplicios y tormentos también por emulación, se han convertido para nosotros en un magnífico ejemplo.
[…]
Todo esto, carísimos, os lo escribimos no sólo Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre recordaros vuestra obligación, sino también para recordarnos la nuestra, ya que todos nos hallamos en la misma palestra y tenemos que luchar el mismo combate. Por esto, debemos abandonar las preocupaciones inútiles y vanas y poner toda nuestra atención en la gloriosa y venerable regla de nuestra tradición, para que veamos qué es lo que complace y agrada a nuestro Hacedor.
Fijémonos atentamente en la sangre de Cristo y démonos cuenta de cuán valiosa es a los ojos de Dios y Padre suyo, ya que, derramada por nuestra salvación, ofreció a todo el mundo la gracia de la conversión” (San Clemente Papa, A los Corintios).
Un testimonio muy importante, no de Roma sino de Asia Menor (de Bitinia) es la carta que escribe Plinio el Joven al emperador Trajano.
“…Les preguntaba a ellos mismos si eran cristianos. A los que respondían afirmativamente, les repetía dos o tres veces la pregunta, amenazando con suplicio; a quienes perseveraban, les hacia matar. Nunca he dudado, de hecho, fuera lo que fuese lo que confesaban, que tal contumacia y obstinación inflexible merece castigo al menos. A otros, convictos de la misma locura, he hecho trámites para enviarlos a Roma, puesto que eran ciudadanos romanos. Y muy pronto, como siempre sucede en estos casos, propagándose el crimen al igual que la indagación, se presentaron numerosos casos distintos…”
Había apóstatas, sin duda, como testifica el mismo escrito. En él advertimo otro dato de primer valor: que el delito supremo, que merecía la pena capital, era no adorar la imagen del Augusto y Divino emperador. “Otros, cuyo nombre me había sido denunciado, dijeron ser cristianos, pero poco después lo negaron; lo habían sido, pero después habían dejado de serlo, algunos al pasar tres años, otros más, otros incluso tras veinte años. También todos estos han adorado tu imagen y las estatuas de nuestros dioses y han maldecido a Cristo. Por otro lado, ellos afirmaban que toda su culpa o error había consistido en la costumbre de reunirse un día fijo antes de salir el sol y cantar a coros sucesivos un himno a Cristo como a un dios, y en comprometerse bajo juramento no ya a perpetuar cualquier delito, sino a no cometer hurtos, fechorías o adulterios, a no faltar a nada prometido, ni a negarse, a hacer un préstamo del depósito. Terminados esos ritos, tienen por costumbre separarse y volverse a reunir para tomar alimento, por lo demás común e inocente…”
Mártires hermanos míos
de los primeros cristianos,
ya comienza a ser semilla
la sangre de Pedro Y Pablo.
Los siglos no nos separan
de la fe que comulgamos;
Jesucristo, ayer y hoy,
es el mismo, a quien amamos.
Nuestra misión es presencia
del Hijo, Verbo encarnado;
anunciar que es el Viviente,
y que obra en nuestras manos.
Ser hermanos de verdad
parecía gran pecado…
porque mata el egoísmo
que divide a los humanos.
Y tomar su Cuerpo y Sangre…,
locura solo el pensarlo:
con humildad aceptemos
el secreto del arcano.
Hermanos, por gracia suya,
pueblo de Dios, pueblo santo,
seamos lo que debemos
pueblo de Dios consagrado.
¡A Jesús toda alabanza
porque nos ha convocado,
a Jesús el Redentor
por quien el mundo es salvado! Amén.
Madrid, 30 junio 2021, Memoria de los Protomártires de la Iglesia en Roma.