EN LA VIDA Y
EN LA MUERTE
SOMOS DEL SEÑOR
(Homilía en la Misa funeral de mi madre
Alfaro, La Rioja, 16 de agosto de 2008)
Romanos 14, 7-9. 10c-12
Mateo 5,1-12a
Hermanos:
1. Como cristianos celebramos esta misa funeral de una
hija de Dios y miembro de la Iglesia, mi madre y nuestra madre, Saturnina, así
llamada por haber nacido el día de San Saturnino del año 1908. Hoy, tras una
peregrinación de casi cien años, vuelve a las manos de su Creador y Padre.
Mi madre murió ayer, a las 4 y cuarto de la madrugada.
Dos horas antes rezábamos junto a ella el Oficio divino de la Iglesia en la
Asunción de María, los Maitines. Las antífonas que la Iglesia dirige a la
Virgen se podían aplicar a una cristiana de respiración agonizante. Eran éstas:
"Levántate, Virgen y Reina, y, digna
de eterna hermosura, sube al radiante palacio del Rey eterno". "El
Señor la eligió y la predestinó, la hizo morar en su templo santo".
"¡Qué pregón tan glorioso para ti, Virgen María!".
Muchas personas, al darnos el pésame, decían: Qué día más
hermoso para morir.
Aunque quizás ninguna condolencia más grata que la
frase que me dijo un feligrés, no sacerdote, ni religioso ni religiosa:
"La vida de tu madre estaba empapada de Evangelio".
2. La Eucaristía, que es la acción de gracias de Jesús
al Padre, sacrificio de expiación y de intercesión, recoge esta vida para poner
sobre ella la perla de la corona y presentar a Dios. Hemos sido salvados por
Cristo Jesús, "que me amó y se entregó por mí", dice san Pablo, y
conscientes de que esta gracia, estamos ante el Dueño de la vida, que es Dios,
el que nos ha amado desde toda la eternidad, y antes de la creación del mundo
nos bendijo con toda bendición, haciéndonos hijos en el Hijo, y destinados a
reproducir en nosotros la imagen del Hijo de su amor.
Estos son los divinos misterios que celebramos, cuya
grandeza y hermosura no puede ser empequeñecida ni empañada por pequeñas
consideraciones que nosotros podamos
hacer. Son momentos de los más nobles sentimientos que bullen en el corazón
humano. ¡Qué cosa más hermosa que el amor a la madre! Con todo, es infinitamente
más bello el amor que Dios nos tiene, que nos lo muestra de continuo en la
vida, y que tiene acentos singulares en los momentos culminantes de la
existencia, como nosotros somos testigos ahora en el tránsito de nuestra madre.
3. En la predicación cristiana mil veces he repetido: Lo más importante de la vida no es ni
siquiera el amar a Dios; lo más importante es el saberse amado por Dios, sentirse
amados por Él, porque su amor es fiel, es incondicional, y traspasa todas
las barreras.
Uno de los pasajes de la Escritura para la misa
funeral es el texto de san Pablo que acabamos de escuchar. En la vida y en la muerte somos
del Señor. Y lo hemos escogido, porque era un ritornelo que venía
muchas veces a los labios de mi madre: En la vida y en la muerte somos del
Señor. Lo había aprendido en la Iglesia.
Y ¿qué significa esto, hermanos, de que en la vida y
en la muerte somos del Señor? Significa que el Señor es el centro y sentido de
nuestra vida; es el centro, sentido y esperanza de nuestra muerte.
La vida humana se puede planificar con muchos
intereses, con múltiples perspectivas. En todo caso el cristiano ha de poner
como centro y eje al Señor. Esto es lo que quita todo egoísmo y lo que da
hermosura, pleno sentido y fecundidad a nuestra existencia, una vida consagrada
a Dios, una vida consagrada al bien de los hombres.
Por la gracia y misericordia del Señor hoy se presenta
mi madre ante la presencia de Dios, diciendo: Aquí está la esclava del Señor, aquí está hija. Y confiamos firmemente
que Jesucristo, al darle el abrazo de acogida y bienvenida, le diga: ¡Bien, sierva buena y fiel, pasa al banquete
de tu Señor!
4. La Iglesia no quiere elogios fúnebres en los
funerales; no, ni es eso lo que hacemos. Pero la Iglesia sí que quiere escuchar
las alabanzas del Señor, y oír el canto de los cristianos, que es el canto de
la Virgen María: Mi alma proclama la
grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha hecho
maravillas en la humildad de su esclava.
La vida humana, vivida en plenitud, tiene que cerrarse
con este cántico de amor y agradecimiento, que es el canto de la Virgen María,
y que lo escuchábamos ayer como lectura del Evangelio.
Resuene en los labios de mi madre; y puesto que ella
no puede hablar en la tierra, resuene en los labios de los creyentes, que
estamos celebrando el fruto de la redención, al mismo tiempo que la Eucaristía
es siempre intercesión y perdón de los pecados.
5. ¿Cuáles son las maravillas que Dios ha realizado a
lo largo de cien años en esta hija suya?
El haberla mantenido en la
fe, en la esperanza y en el amor. El 1 de diciembre de 1947 moría mi padre, cuando iba a cumplir 40
años. Han sido más de sesenta años de viuda, acompañada ciertamente por el amor
de todos sus hijos, pero 60 años de soledad de lo que más amaba en esta tierra,
60 años sostenidos por su inmensa fe cristiana, haciendo del dolor resignación,
esperanza y lucha.
A nuestra madre las gracias ante la presencia del
Señor, por su valor y entereza, por su entrega incondicional a la familia, por
su corazón abierto a todos los familiares, con cariño, sin excepción para
nadie.
Esto significa que en
la vida y en la muerte somos del Señor.
En este mismo ámbito y por manifestar la obra de Dios
en nuestros corazones, me place recordar
cuáles eran los pilares de la vida de esta cristiana, mi madre y nuestra madre,
que nos deja una senda luminosa: La Eucaristía, el Rosario y el Vía Crucis.
Hay una misa para enfermos, transmitida por la TV a
las 12.00 del mediodía. Siempre que le era posible la seguía, para tener día a
día el alimento de la palabra de Dios. Anhelaba igualmente el banquete eucarístico, siempre que podían
llevarle la sagrada Comunión. Como acción de gracias le gustaba recitar:
"Alma de Cristo, santifícame; Cuerpo de Cristo, sálvame", que sabía
de memoria.
El santo Rosario que lo rezaba a diario, si sus
fuerzas se lo permitían; el Vía Crucis, recorriendo a diario los pasos de Jesús
camino del Calvario.
Bien sabemos que una vida cristiana, si se centrara en
uno mismo y no se abriera a los demás, sería subjetiva e ilusa. Nuestra vida de
discípulos de Jesús, allí donde nos encontremos y en la profesión que
ejerzamos, debe ser una vida de servicio y amor a los demás. Esto ha sido muy
visible en la vida de mi madre.
6. Pasemos al santo Evangelio que hemos proclamado.
¿Qué son las Bienaventuranzas que Jesús ha proclamado y que acabamos de
escuchar como lectura de funeral?
Puede pensarse que las Bienaventuranzas son las
virtudes fundamentales que Jesús nos quiere inculcar. Ciertamente, pero, por encima de eso, las
bienaventuranzas son las felicitaciones que Jesús pronuncia sobre los
discípulos que tiene delante. ¡Qué dicha la vuestra, porque Dios os ha hecho
pobres de corazón, puros, misericordiosos...!
Hermanos: ¿Quién puede ser pobre de corazón? Nadie, si
Dios mismo no interviene y le hace de verdad pobre y humilde.
¿Quién puede ser de verdad pura, íntegra de corazón,
misericordioso...? Nadie, absolutamente nadie, si Dios mismo no lo hace..., y,
naturalmente, el ser humano se deja hacer.
Por eso, ante el cadáver de mi madre, podemos repetir
las Bienaventuranzas del Señor: Bienaventurados
los pobres de espíritu...
Dichosa tú, madre, porque el Señor te hizo pobre de
corazón, te hizo humilde, te hizo pura, te hizo misericordiosa...
Él te purifique de toda mancha, al encontrarte ahora
con su divino rostro, y te guarde consigo por toda la eternidad.
Quiero concluir estas palabras con un texto que está
en el ritual. Cuando se actualizó el Ritual
de exequias, a un servidor le pidieron un canto de despedida para el difunto,
que pudiera ser incluido como palabra de la Iglesia en el Ritual. Lo compuse y
fui incluido. Y muchas veces he pensado: ¡Qué a gusto se lo diría yo a mi madre
en el día de su despedida! Pues ha llegado la hora, y esto que yo lo pienso
para todo cristiano salvado por la muerte y resurrección de Cristo, yo lo
proclamo, como hijo, con amor y con fe, para mi madre:
Cristiano,
(cristiana), vive con Cristo,
entra
en su gozo;
por
su perdón y su gracia
canta
victoria.
¡Dichosa
tú, ya salvada;
entra
en la vida!
Nosotros,
los que quedamos,
testigos
de la esperanza,
formando
una sola Iglesia,
te
acompañamos!
Amén.
Alfaro, 11 y 15
de agosto de 2008
Fr. Rufino María Grández,
O.F.M.Cap.