jueves, 29 de agosto de 2019

1248. Dom. XXII, C – En el banquete de Jesús


En el banquete de Jesús
Lc 14,1.7-14

Texto evangélico:
Lc14 1 Un sábado, entró él en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
7 Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola: 8 «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; 9 y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. 10 Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. 11 Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
12 Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 13 Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; 14 y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Hermanos:
1. El lector del santo Evangelio sabe que a Jesús le gustaba comparar el reino de los cielos a un banquete. Es una cosa muy bella, porque un banquete es una fiesta, y sugiere amistad, familia, alegría, unión, felicidad. Y sabe también que a Jesús le gustó participar en comidas o banquetes: las comidas de Jesús antes y después de la resurrección.
La Eucaristía que estamos celebrando es un banquete de hermanos, presidido por Jesús, y prefigura aquella fiesta final del cielo que con plena confianza esperamos, esa realidad sublime que nos anuncia la lectura de hoy de la Carta a los Hebreos: “22 Vosotros, en cambio, os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, 23 a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, 24 y al Mediador de la nueva alianza, Jesús, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel”. 
El Evangelio de hoy habla de un banquete en el que Jesús participa y de las enseñanzas que él impartió en un banquete: escoger el último puesto, invitar a los pobres. Este banquete es el que hoy celebramos, y las enseñanzas – digámoslo una vez más – no son los buenos consejos de un sabio maestro de vida, sino la revelación de Dios para su Iglesia.

2. Esa consigna de ser el último está clavada en el corazón de Jesús, y la razón es porque él, en esta vida, escogió y fue el último de todos, el servidor de todos. Y no hay un puesto mejor para sus discípulos.
El Hermano Carlos de Foucauld, hoy Beato Carlos de Foucauld (+ 1916), que murió asesinado en el desierto del Sahara, iniciador de los Hermanitos de Jesús, comentaba esta frase del Señor: ‘Cuando les inviten a un banquete, pónganse en el último lugar. Esto es lo que él mismo hizo al venir al banquete de la vida, y lo hizo hasta su muerte. Vino a Nazaret, el lugar de la vida oculta, de la vida ordinaria, de la vida de familia, de oración, de trabajo, de oscuridad, de virtudes silenciosas, practicadas sin más testigos que Dios, sus íntimos y sus vecinos; el lugar de aquella vida santa, humilde, benéfica, oscura, que es la vida de la mayor parte de los seres humanos, de la que dio ejemplo durante treinta  años...”  

3. A nosotros se nos ocurre que cuanto más grandes seamos, más importantes, más conocidos, más influyentes…, seremos más nosotros mismos, nos realizaremos más a nosotros mismos y haremos mayor bien a la humanidad. Son criterios humanos, aparentemente razonables – quitándoles el orgullo que puedan esconder –, pero no es ese precisamente el pensar de Dios que nos ha revelado Jesucristo. Parece increíble pensar en la vida oculta de Jesús, que ha ocupado la mayor parte de su vida.

4. Hagamos también una observación para no confundirnos en el sentido de esta parábola. Jesús no nos enseña una estrategia de humildad para alcanzar mejor puesto, los primeros puestos. Sería repugnante fingir una taimada humildad, para conseguir los primeros puestos. Esa táctica de conquista y escalada, esa aparente humildad no es sincera, es repugnante. Y no es eso lo que nos quiere enseñar el Señor. Sería un maestro de falsedades.
5. Y cuando Jesús termina esta parábola diciendo: Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido», nos está dando al clave última de su vida.
San Pablo recogerá esta frase cuando escribe: “El cual, siendo de condición divina… se humilló a sí mismo, | hecho obediente hasta la muerte, | y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo | y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;  de modo que al nombre de Jesús | toda rodilla se doble | en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: | Jesucristo es Señor, | para gloria de Dios Padre” (Flp 2,6-11).
Ese es, hermanos, el último sentido del Evangelio.
7. Y en la misma dirección van las palabras que siguen en el Evangelio de hoy. ¿A quién vamos a invitar en el banquete de la vida? Jesús nos dice lo que él hizo en su vida: Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos. Los descartados por la vida, los que hoy llamamos marginados, han de ser nuestros preferidos. Tampoco esto se corresponde con las apetencias naturales de nuestro corazón.
Si no es importante en la sociedad, al menos quiere presumir de que ha tratado con gente importante. Estamos equivocados. No es ese el camino de la felicidad.
Jesús nos habla de pobres, lisiados, cojos y ciegos, y nos invita a que esos sean nuestros amigos y comensales de la vida, y hasta nos invita a pensar en la renovación final del mundo, en la resurrección de los muertos.
Hay una clara evocación de las Bienaventuranzas: pobres, humildes, mansos, perseguidos por causa de la santidad de Dios… El mundo se vuelve al revés. Esos son los verdaderamente bienaventurados, incluso con una felicidad que pueden experimentar aquí en la tierra, y los que poseerán la vida eterna.
8. Para terminar quiero recoger una misteriosa sentencia, del libro del Eclesiástico, escuchada en la primera lectura: El agua apaga el fuego ardiente, | y la limosna perdona los pecados. A San Francisco se le ocurrió decir que Dios es el Gran Limosnero, que por cortesía da el sol y la lluvia a buenos y malos. Nosotros no hemos conquistado ni el sol ni la lluvia (Florecillas, cap. 37); son regalo de Dios, son limosna de Dios. Por eso ese Dios de amor brilla radiante en el rostro de los pobres.
Señor Jesús, tus palabras, tus parábolas son vida eterna. Haz que esas palabras que un día dijiste queden hoy grabadas en nuestro corazón y en nuestras obras. Amén.
Cumbayá (Quito), Casa de Espiritualidad María Auxiliadora, jueves 28 agosto 2019


Cumbayá (Quito)  - Ejercicios Espirituales a los sacerdotes de la
Diócesis de Santo Domingo enEcuador, con su Obispo,
26-29 agosto 2019

jueves, 22 de agosto de 2019

1247. Dom. XXI, C – Jesús y nuestra salvación final


Jesús y nuestra salvación final
Lc 13,22-30

Texto evangélico:
22 Y pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. 23 Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: 24 «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. 25 Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. 26 Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 2 Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”. 28 Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. 29 Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
30 Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos».

Hermanos:
1. En el catecismo de la Iglesia hay unas verdades que nos enseñaron desde pequeños y que se llaman los Novísimos, es decir, los acontecimientos últimos que debe afrontar el cristiano. Y estas verdades las hemos expresado con cuatro palabras: Muerte – Juicio – Infierno y Gloria. En los Ejercicios espirituales, en las misiones al pueblo fiel, siempre se ha hablado de estas verdades de las que no podemos huir. Ninguno de nosotros podrá escapar de esta realidad que corona la existencia: la muerte y lo que viene detrás de la muerte. Esto es tan viejo como el hombre, porque todas las religiones hablan de estas verdades.
Después de la muerte ¿qué? Nada. Ya estás dando una respuesta. Pero seguramente que esa repuesta no le convence al que la está dando.
En las religiones antiguas Egipto nos da una inmensa reflexión en torno a la práctica de los ritos funerarios, que se hacían para proteger el alma del difunto. Y nos ha quedado como obra principal El Libro de los muertos.
2. Según estas creencias, que se pierden el origen del tiempo, la pregunta que un desconocido es una pregunta que los hombres se han hecho desde siempre, sobre la convicción de que, al final, o salvación o condenación.
Y conforme sea la respuesta a este género de preguntas, la religión que podemos vivir podría terminar siendo una religión pavorosa de miedo, de sobre salto y de precauciones. La religión puede ser la peor esclavitud del ser humano.
En el siglo XVI se debatió un asunto que mareó a los teólogos, el tema de la predestinación eterna. Dios, que lo sabe todo, sabe si yo me voy a salvar o me voy a condenar. Si yo me voy a salvar, haga lo que haga y pase lo que pase, al fin me salvaré. Y al contrario: Si yo me voy a condenar, me condenaré. En la predestinación divina, todo está previsto y cumplido…
Expuesta así, tan simplonamente, es una teología fatal.

3. Venimos, pues, a la pregunta del Evangelio: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Jesús, hablando del final de los tiempos, dijo: “En cuanto al día y la hora y la hora, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13,32).
Jesús en este momento puede dar la misma respuesta: “En cuanto al número, nadie lo conoce ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre”.
Esa podría ser la respuesta.
Pero Jesús no da esa respuesta. Se trata de un asunto estrictamente teologal, reservado para Dios, y entonces Jesús hace un replanteamiento, empleando para ello un lenguaje profético. En ese lenguaje profético: si yo no soy fiel a Dios, si yo desprecio la salvación que Dios me está regalando, yo mismo conscientemente he escogido mi no-salvación. 

4. Y aquí Jesús pronuncia un veredicto, y lo pronuncia de un modo concreto dirigiéndose a esta generación, anticipando, con este mismo estilo y género profético, lo que va a ocurrir – o, más exactamente, lo que puede ocurrir – en el día de la sentencia final.
Pero Jesús se pronuncia con un añadido que no tienen los profetas. Él mismo se pone como juez de la historia, de las acciones humanas, que solo corresponde a Dios, y en su suprema categoría divina anuncia:
… os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. 2[2] Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad
Son palabras terribles que ninguno de nosotros se atrevería a pronunciarlas, a pesar del descalabro espiritual que estamos contemplando.
Jesús habla así en calidad de lo que es.

5. Es exactamente el mismo lenguaje cuando habla del juicio no a Israel, sino a todas las naciones. De nuevo él es el protagonista, porque como dice san Juan “Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha confiado al Hijo todo el juicio,  para que todos honren al Hijo como honran al Padre” (Jn 5,22-23).
Todas las naciones se han congregado ante el Rey, que es Jesús, el Hijo del hombre: “Venid, vosotros, benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer… Y entonces dirá a los de su izquierda: Apartaos de mí, maldito, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mt 25,34s. 41).
Es terrible que Jesús pueda decir, como balance de su vida, a los hombres de su generación: “Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera”.

6. Ahora bien, un punto de revelación es la frase siguiente llena de esperanza y consuelo. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Una profecía que ya la habían anunciado los profetas y que Jesús lleva a sus últimas consecuencias.
Los paganos eran “los últimos”, los judíos “los primeros”. En resumen: Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.

La teología de la elección Jesús no la ha suprimido, pero la ha interpretado. Por su muerte todos somos los elegidos, todos somos los primeros, Dios nos ama, Dios quiere la salvación de todos. Dios es nuestro Padre de amor infinito. Y la salvación, fruto de ese amor, la hemos de recibir cuidando de entrar por la puerta estrecha.

Señor Jesús, creo firmemente en tus palabras, y por tu misericordia espero absolutamente mi salvación eterna. Amén.

Ciudad de México, Jueves 22 agosto 2019