Jesús ha bajado del cielo enviado por el Padre
Mc 6,41-51
Texto
(Los judíos murmuraban contra Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”) y decían: «¿No es este Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?». 43Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. 44Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día. 45Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí. 46No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. 47En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. 48Yo soy el pan de la vida. 49Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; 50este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera
Hermanos:
1. Por tercera vez, por tercer domingo entramos en este capítulo maravilloso del Evangelio de san Juan, capítulo 6, del pan de vida, al fin, de la Eucaristía.
Enlazamos con los anterior diciendo que “Los judíos murmuraban contra Jesús porque había dicho: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo”. Efectivamente estos era algo absolutamente nuevo, nunca visto, nunca oído en toda la historia anterior, ni en Israel ni en ningún pueblo. Los judíos estaban santamente orgullosos, por así decir, de ser lo que eran, el pueblo elegido por Dios, el pueblo de su heredera. “Con ninguna nación obró a sí, ni les dio a conocer sus mandatos”, dice un salmo. Israel contaba con la presencia de Dios, manifestada en su propia Palabra, que a nadie se la había dado y en los signos y prodigios une tejían la historia sagrada del pueblo de Dios, desde la creación de Adán.
Si Israel tendía la mirada a las grandes civilizaciones de la humanidad que le habían precedido, a Mesopotamia y Egipto, podían leer historias increíbles de dioses y hombres de amores y odios, luchas y combates; pero toda aquella inmensa mitología, que de alguna manera expresaban los anhelos humanos, pero Israel con sus libros sagrados no tenía que enviar a nadie. Todo lo que nos cuenta el Pentateuco, la Torá para los judíos, es decir, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, bien entendido es una estremecedora historia de amor y predilección, reafirmada todavía con palabras más tiernas luego por los profetas.
2.Hermanos, justamente esta semana se ha dado a conocer una carta, de alguna manera sorprendente del Papa, titulada” sobre el papel de la literatura en la formación” (firmada el 17 de julio), dirigida particularmente a los seminaristas y a los agentes de formación. No habla de la lectura de la Biblia, sino de la lectura de los buenos autores en novela y poesía, para ver cómo respira el hombre, porque en un gran libro uno se reencuentra a sí mismo.
Pues bien, Israel tiene una literatura bellísima, literatura sacra, que no envidia a las mejores obras de la antigüedad egipcia, griega o romana. Por ejemplo, esta semana última hemos estado leyendo en el llamado Oficio de lectura el gran libro de Job, donde se describen en bellísima poesía todos los interrogantes que lanza el hombre ante el enigma del dolor.
Cuando Jesús ha hablado del Pan de vida que él ofrece, que es él mismo, los judíos le recuerdan la historia del pan de ángeles que tuvieron en ellos años del desierto. Pero responde que aquello, con ser tan grande, ni era ni lo verdadero ni lo definitivo. El maná no era el pan vivo, porque comieron y murieron; en cambio, el que coma de este pan vivirá para siempre. Porque Jesús es el Pan que ha bajado del cielo.
3.Y aquí, hermanos, tenemos que prepararnos para recibir la más alta teología. Jesús, tenido como un vecino más, como el hijo de José, con parientes conocido, es, en realidad el Hijo del Padre bajado del cielo, y él es el que da la vida.
Las palabras del Evangelio recogidas por san Juan nos llevan hasta el seno de la Trinidad. Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado.
Las cosas que Jesús nos dice nunca las podremos entender can el mero entendimiento; hace falta una atracción especial del corazón, y eso lo hace el mismo Padre que ha enviado a Jesús al mundo. Todo esto es misterioso y sublime; pero Jesús nos lo promete, y sin esta operación de amor que se da en lo más íntimo del corazón jamás podremos entender qué es el don divino de Jesús, venido al mundo por mí y que se ha quedado presente en le Eucaristía por mí.
4. En suma, hermanos, tomando las palabras que vienen luego en el Evangelio: En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. 49Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Ds como Creador que s, puede hacer regalos particulares. Puede regalarnos, por ejemplo, salud, y puede regalar, habilidades particulares que, desarrolladas con esfuerzos, producen esas maravillas de los Juego olímpicos, que tantos disfrutan estos días. Pero cuando envía a su Hijo al mundo, no hace un regalo al mundo; se regala a sí mismo todo entero. Y Dios mismos se hace vida del hombre. Hermanos, esta es nuestra fe, y no podemos rebajarla a algo inferior.
Jesús, Hijo de Dios, es todo Dios, es toda la vida de Dios, que se nos da para elevarnos a nosotros también a la condición de hijo adoptivos de Dios. Quien tiene a Jesús consigo tiene la misma vida de Dios.
Una vez más, hermanos, digamos que las palabras de Jesús no son hermosas palabras de buenos consejos para bien vivir. Son revelación, siempre revelación de la vida de Dios, que solo él puede comunicar, y que nosotros recibir en la fe para nuestra salvación.
Alcemos nuestros ojos a Jesús, a él, en le Cruz o en la Eucaristía, para decirle:
Jesús, Hijo de Dios, bajada del cielo como Pan vivo, tú eres y será mi vida ahora y por toda la eternidad. Amén.
Guadalajara, jueves, 8 agosto 2024.