Homilía para el Día de Año Nuevo, Octava
de Navidad
Núm 6,22-27 y Lc 2,16-21
Textos bíblicos:
Del libro de los Números 6,22-27
El Señor
habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis
a los hijos de Israel:
El Señor
et bendiga y te proteja,
Ilumine
su rostro sobre ti y te conceda su favor.
El Señor
te muestre su rostro y te conceda la paz.
Así
invocarán mi nombre sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”
Del santo Evangelio según san Lucas 2,16-21
Fueron
corriendo y encontraron a María y a José, al niño acostado en el pesebre.
Al verlo,
contaron todo lo que se les había dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se
admiraban de lo que les habían dicho los pastores, María, por su parte,
conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los
pastores dado gloria y alabanza a Dios por todo lo que habían oído y visto,
conforme a lo que les habían dicho.
Cuando se
cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre
Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.
Hermanos:
1. La octava de Navidad, día de Año Nuevo en el
calendario civil, nos ofrece una insondable riqueza espiritual:
- Es el día de la bendición del Señor, bendición
que recibimos como augurio de todo el año que estrenamos.
- Es el día de santa María Madre de Dios en el
misterio de la Encarnación.
- Día de Año Nuevo, que desde hace un tiempo quiere
ser consagrado como Día de la Paz.
2. Quisiera insistir principalmente en lo que
significa la bendición de Dios. Esta que acabamos de escuchar, tomada del libro
de los Números, es la bendición principal que tiene Israel, bendición que, por
medio de Moisés, el Señor confió a Aarón y a sus hijos, es decir, a los
sacerdotes.
Algunos la llaman “la Bendición de san Francisco”,
porque es la bendición que san Francisco copió de su puño y letras en un pequeño
pergamino, para entregársela al que era su confesor el hermano León, que estaba
pasando por una grave tentación. El hermano león la guardó en su pecho, y hoy
todavía se conserva. No tiene expresiones de san Francisco; sino solo que al
final añadió: el Señor te bendiga, hno. León.
Se trata de invocar el nombre de Dios y hacer que
baje tres veces del cielo sobre la comunidad de Israel, y sobre cada uno en
particular, bendición dirigida a todos, pero redactada en singular. Personalizada
en cada uno, algo que nos sorprende. No es: “El Señor os bendiga”, sino,
diciéndola sobre el pueblo: “El Señor te bendiga”.
3. El nombre sacrosanto de Dios no se podía
pronunciar, el nombre de Yahweh. Solo se puede pronunciar cuando Dios te da
permiso. También san Francisco tenía esta actitud reverencial frente al Dios
Altísimo:
“Altísimo, omnipotente, buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y
toda bendición.
A ti solo, Altísimo, corresponden,
y ningún hombre es digno de hacer de ti mención”.
Nadie es digno de hacer de ti mención. Esto es
cierto; pero es más cierto lo que dice la Plegaria Eucarística: “nos haces
dignos de servirte en tu presencia”.
Dios se digna derramar sobre nosotros su bendición.
Ellos invocarán mi nombre sobre los hijos
de Israel y yo los bendeciré. Lo importante y decisivo es esto. Yo los
bendeciré.
Y si la bendición que recibimos es la bendición de
Dios, nunca se puede borrar.
En este pasaje sagrado vemos que solemnemente tres
veces es invocado el nombre del Señor, como lo recalca la versión latina del
texto sagrado:
El Señor te bendiga…
El Señor ilumine su faz sobre ti…
El Señor vuelva su rostro hacia ti…
("Benedicat
tibi Dominus et custodiat te!
Illuminet
Dominus faciem suam super te et
misereatur tui!
Convertat
Dominus vultum suum ad te et det
tibi pacem!").
4. La bendición de Dios para su pueblo es su Hijo
amado y no hay mayor regalo que él nos pueda hacer. Al darnos a su Hijo nos ha
dado todo, porque en él está todo bien.
San Pablo inicia sus cartas con un saludo, que es
la bendición de Dios. Nos dice: “A vosotros, gracia y paz”. En esas dos
palabras se resumen todos los bienes de Dios: la gracia y la paz.
La gracia es Jesucristo, el don de Dios, la amistad
con Dios.
Y la paz es igualmente Jesucristo: “Él es nuestra
paz”, les dirá a los efesios. La paz es la reconciliación que Dios ha
establecido consigo mediante su Hijo Jesucristo.
A vosotros, pues, gracia y paz. O dicho de otra
forma: “La gracia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Señor”.
He aquí el misterio de Navidad, he aquí el comienzo
del año. No sabemos los sucesos concretos que nos han de ocurrir este año. Pero
sí sabemos una cosa: que lo que pase será “gracia y paz” de parte de Dios,
nuestro Padre y del Señor Jesucristo. Podría venir la muerte, pues somos
caducos, pero la muerte también será gracia y paz.
5. Hermanos, dejadme abrir el corazón. Dios es
nuestra bendición, que nos da toda su gracia. España es un país laico, y parece
que no se puede pronunciar el nombre de Dios para no ofender a nadie. En la
noche de Navidad Su Majestad el Rey dio un mensaje para todos los españoles. De
los ocho millones, o más, que le escucharon nadie pudo oír el nombre de Dios,
porque no sonó.
La Reina de Inglaterra en su mensaje de Navidad
decía:
“Para mí, personalmente, la vida de Jesucristo,
Príncipe de la Paz, cuyo nacimiento celebramos hoy, es una inspiración y un
punto de anclaje en mi vida. Un verdadero modelo de reconciliación y de perdón.
Alargó su mano en gestos de amor, aceptación y sanación. El ejemplo de Cristo
me ha enseñado a buscar siempre respetar y valorar todas a todas las personas:
de cualquier fe o de ninguna”.
Y recordando los cien años de la guerra mundial de
1914, siguió hablando de la reconciliación: “…En esa glacial Nochebuena de 1914
muchos de los soldados alemanes cantaron Noche de Paz, con su cautivadora
melodía filtrándose entre las líneas enemigas. Ese villancico es, todavía hoy,
muy querido, un legado de la tregua de Navidad, y un recordatorio para todos
nosotros de que, incluso en el más improbable de los rincones, la esperanza
puede ser cultivada. Una muy feliz Navidad para todos vosotros”.
Palabras de una reina, que merecen especial
consideración.
6. Hermanos, a los ocho días de Navidad seguimos
felicitándonos: ¡Feliz Año Nuevo! ¡Feliz Año Nuevo con el regalo de Dios que se
nos entrega, por medio de santa María Virgen, Madre de Dios!
Madre de Jesús, Madre de Dios, Reina de la paz.
Trae la paz a nuestros corazones. Amor y paz en esta hora torturada de México,
amor y paz en mi patria, nunca olvidada, de España; amor y paz en la santa
Iglesia en medio de las tormentas que la agitan, amor y paz en el mundo entero.
Reina de la paz, ruega por nosotros. Amén.
México D.F., 30 diciembre 2014.