Charla a Obispos de Latinoamérica
(28 julio 2013)
De todo cuanto hasta ahora ha hablado y publicado el Papa Francisco –
cuatro meses y medio de pontificado – seguramente que la “charla” dada al Comité
de los Obispos del Celam (Conferencia del Episcopado Latino Americano) ha sido lo
más expresivo, lo más significativo para que captemos con tota exactitud cómo
es este Papa, cuál es la visión que tiene sobre la Iglesia, cuál es su
entrañable anhelo de lo que él quiere para la Iglesia.
Nos encontramos ante un hombre profundamente piadoso, ungido de ternura,
con una piedad candorosa hacia la Virgen María (léase la meditación que les hace
a los obispos de Brasil al recordar cómo apareció la Virgen en el río),
totalmente abocado a la realidad pastoral concreta del hombre – y muy
específicamente – del pobre, que habla con un lenguaje inmediato, muy vivo,
utilizando con frecuencia de modo consciente frases o giros que impacten y de
alguna manera provoque. En sus intervenciones no está el intelectual de
profesión (dotes eximias de Benedicto XVI, que hablaba, por otra parte, con un
lenguaje trasnaparentes: dos estilos que de ninguna manera queremos oponer, a
menoscabo de uno o de otro, sino sencillamente mostrar una evidencia). La sabiduría
del Espíritu que ciertamente nos está mostrando el Papa Francisco – jamás se
olvide que los Ejercicios de San Ignacio son un egregio monumento de Sabiduría,
a quien le compete el título de Doctor de la Iglesia, si bien san Ignacio no
fue ningún intelectual – está vertida en su estilo conversacional o coloquial.
Este mismo documento que transcribimos no es un discurso: es sencillamente
una charla – así lo llama él al final – charla en un Encuentro. Una charla (no
una conferencia con citas bíblicas, que aquí no hay ninguna); pero una charla
de cosas y preocupaciones que él las tiene masticdas y molidas desde hace
muchos años. Por eso el valor de lo que dice es ciertamente único. Las profundas
convicciones que traduce eso era el arzobispo Bergoglio, eso es el Papa Francisco.
Es el mismo, es él.
Al leerlo, uno cae en la cuenta de que a retazos es lo que ha ido diciendo
en sus homilías espontáneas en Santa Marta. Esa es la hoja de ruta de su
pontificado; es la la hoja de ruta de la Iglesia.
No podemos leerlo con afán periodístico para sacar una frase que llame
socialmente la atención por su arista crítica. Si yo, según mis gustos, tomo
una, cierto que no vale para el periódico; pero acaso sí para marcar la pauta
del pensar teológico: Se ignora la
“revolución de la ternura” que provocó la encarnación del Verbo.
Hay muchos, muchísimos, sin cuento…, quienes
estamos apasionados por Cristo, por su Iglesia, por el hombre a quien sirve la Iglesia
(Esposa, sí, Esposa, no Admistradora), cada quien desde su posibilidad y
limitación…
Leamos esta charla sin ninguna intención preconcebida, sin ningún
prejuicio, sin tampoco pensar que el Papa está dando la razón a lo que pienso…
Sencillamente leámosla como un “escrito de vida”, y el Espíritu nos conduzca.
Nuestra esperanza es grande.
México-Tlalpan, 29 julio 2013, Santa Marta.
(Dando un “curso de verano” en el
Centro de Espiritualidad Jeanne Chézard de Matel, Verbo Encarnado, adherido a
la Pontificia Universidad de México).
1. Introducción
Agradezco al Señor esta oportunidad de poder
hablar con ustedes, hermanos Obispos, responsables del CELAM en el cuatrienio
2011-2015. Hace 57 años que el CELAM sirve a las 22 Conferencias Episcopales de
América Latina y El Caribe, colaborando solidaria y subsidiariamente para
promover, impulsar y dinamizar la colegialidad episcopal y la comunión entre
las Iglesias de esta Región y sus Pastores.
Como Ustedes, también yo soy testigo del fuerte
impulso del Espíritu en la Quinta Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y El Caribe en Aparecida, en mayo de 2007, que sigue animando
los trabajos del CELAM para la anhelada renovación de las iglesias
particulares. Esta renovación, en buena parte de ellas, se encuentra ya en
marcha. Quisiera centrar esta conversación en el patrimonio heredado de aquel
encuentro fraterno y que todos hemos bautizado como Misión Continental.
2. Características peculiares de Aparecida
Existen cuatro características que son propias de
la V Conferencia. Son como cuatro columnas del desarrollo de Aparecida y que le
confieren su originalidad.
1) Inicio sin documento
Medellín, Puebla y Santo Domingo comenzaron sus
trabajos con un camino recorrido de preparación que culminó en una especie de Instrumentum
laboris, con el cual se desarrolló la discusión, reflexión y aprobación del
documento final. En cambio, Aparecida promovió la participación de las Iglesias
particulares como camino de preparación que culminó en un documento de
síntesis. Este documento, si bien fue referencia durante la Quinta Conferencia
General, no se asumió como documento de partida. El trabajo inicial consistió
en poner en común las preocupaciones de los Pastores ante el cambio de época y
la necesidad de renovar la vida discipular y misionera con la que Cristo fundó
la Iglesia.
2) Ambiente de oración con el Pueblo de Dios
Es importante recordar el ambiente de oración
generado por el diario compartir la Eucaristía y otros momentos litúrgicos,
donde siempre fuimos acompañados por el Pueblo de Dios. Por otro lado, puesto
que los trabajos tenían lugar en el subsuelo del Santuario, la “música
funcional” que los acompañaba fueron los cánticos y oraciones de los fieles.
3) Documento que se prolonga en compromiso,
con la Misión Continental
En este contexto de oración y vivencia de fe
surgió el deseo de un nuevo Pentecostés para la Iglesia y el compromiso de la
Misión Continental. Aparecida no termina con un Documento sino que se prolonga
en la Misión Continental.
4) La presencia de Nuestra Señora, Madre de
América
Es la primera Conferencia del Episcopado
Latinoamericano y El Caribe que se realiza en un Santuario mariano.
3. Dimensiones de la Misión Continental
La Misión Continental se proyecta en dos
dimensiones: programática y paradigmática. La misión programática, como su
nombre lo indica, consiste en la realización de actos de índole misionera. La
misión paradigmática, en cambio, implica poner en clave misionera la actividad
habitual de las Iglesias particulares. Evidentemente aquí se da, como consecuencia,
toda una dinámica de reforma de las estructuras eclesiales. El “cambio de
estructuras” (de caducas a nuevas) no es fruto de un estudio de organización de
la planta funcional eclesiástica, de lo cual resultaría una reorganización
estática, sino que es consecuencia de la dinámica de la misión. Lo que hace
caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los
cristianos, es precisamente la misionariedad. De aquí la importancia de
la misión paradigmática.
La Misión Continental, sea programática, sea
paradigmática, exige generar la conciencia de una Iglesia que se organiza para
servir a todos los bautizados y hombres de buena voluntad. El discípulo de
Cristo no es una persona aislada en una espiritualidad intimista, sino una
persona en comunidad, para darse a los demás. Misión Continental, por tanto,
implica pertenencia eclesial.
Un planteo como éste, que comienza por el
discipulado misionero e implica comprender la identidad del cristiano como
pertenencia eclesial, pide que nos explicitemos cuáles son los desafíos
vigentes de la misionariedad discipular. Señalaré solamente dos: la
renovación interna de la Iglesia y el diálogo con el mundo actual.
Renovación interna de la Iglesia
Aparecida ha propuesto como necesaria la
Conversión Pastoral. Esta conversión implica creer en la Buena Nueva, creer en
Jesucristo portador del Reino de Dios, en su irrupción en el mundo, en su
presencia victoriosa sobre el mal; creer en la asistencia y conducción del
Espíritu Santo; creer en la Iglesia, Cuerpo de Cristo y prolongadora del
dinamismo de la Encarnación.
En este sentido, es necesario que, como Pastores,
nos planteemos interrogantes que hacen a la marcha de las Iglesias que
presidimos. Estas preguntas sirven de guía para examinar el estado de las diócesis
en la asunción del espíritu de Aparecida y son preguntas que conviene nos
hagamos frecuentemente como examen de conciencia.
1. ¿Procuramos que nuestro trabajo y el de
nuestros Presbíteros sea más pastoral que administrativo? ¿Quién es el
principal beneficiario de la labor eclesial, la Iglesia como organización o el
Pueblo de Dios en su totalidad?
2. ¿Superamos la tentación de atender de manera
reactiva los complejos problemas que surgen? ¿Creamos un hábito pro-activo?
¿Promovemos espacios y ocasiones para manifestar la misericordia de Dios?
¿Somos conscientes de la responsabilidad de replantear las actitudes pastorales
y el funcionamiento de las estructuras eclesiales, buscando el bien de los
fieles y de la sociedad?
3. En la práctica, ¿hacemos partícipes de la
Misión a los fieles laicos? ¿Ofrecemos la Palabra de Dios y los Sacramentos con
la clara conciencia y convicción de que el Espíritu se manifiesta en ellos?
4. ¿Es un criterio habitual el discernimiento
pastoral, sirviéndonos de los Consejos Diocesanos? Estos Consejos y los
Parroquiales de Pastoral y de Asuntos Económicos ¿son espacios reales para la
participación laical en la consulta, organización y planificación pastoral? El
buen funcionamiento de los Consejos es determinante. Creo que estamos muy
atrasados en esto.
5. Los Pastores, Obispos y Presbíteros, ¿tenemos
conciencia y convicción de la misión de los fieles y les damos la libertad para
que vayan discerniendo, conforme a su proceso de discípulos, la misión que el
Señor les confía? ¿Los apoyamos y acompañamos, superando cualquier tentación de
manipulación o sometimiento indebido? ¿Estamos siempre abiertos para dejarnos
interpelar en la búsqueda del bien de la Iglesia y su Misión en el mundo?
6. Los agentes de pastoral y los fieles en
general ¿se sienten parte de la Iglesia, se identifican con ella y la acercan a
los bautizados distantes y alejados?
Como se puede apreciar aquí están en juego actitudes.
La Conversión Pastoral atañe principalmente a las actitudes y a una reforma de
vida. Un cambio de actitudes necesariamente es dinámico: “entra en proceso” y
sólo se lo puede contener acompañándolo y discerniendo. Es importante tener
siempre presente que la brújula, para no perderse en este camino, es la de la
identidad católica concebida como pertenencia eclesial.
Diálogo con el mundo actual
Hace bien recordar las palabras del Concilio
Vaticano II: Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de
los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren,
son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de
Cristo (cf. GS, 1). Aquí reside el fundamento del diálogo con
el mundo actual.
La respuesta a las preguntas existenciales del
hombre de hoy, especialmente de las nuevas generaciones, atendiendo a su
lenguaje, entraña un cambio fecundo que hay que recorrer con la ayuda del
Evangelio, del Magisterio, y de la Doctrina Social de la Iglesia. Los escenarios
y areópagos son de lo más variado. Por ejemplo, en una misma ciudad, existen
varios imaginarios colectivos que conforman “diversas ciudades”. Si nos
mantenemos solamente en los parámetros de “la cultura de siempre”, en el fondo
una cultura de base rural, el resultado terminará anulando la fuerza del
Espíritu Santo. Dios está en todas partes: hay que saber descubrirlo para poder
anunciarlo en el idioma de esa cultura; y cada realidad, cada idioma, tiene un
ritmo diverso.
4. Algunas tentaciones contra el discipulado
misionero
La opción por la misionariedad del discípulo será
tentada. Es importante saber por dónde va el mal espíritu para ayudarnos en el
discernimiento. No se trata de salir a cazar demonios, sino simplemente de
lucidez y astucia evangélica. Menciono sólo algunas actitudes que configuran
una Iglesia “tentada”. Se trata de conocer ciertas propuestas actuales que
pueden mimetizarse en la dinámica del discipulado misionero y detener, hasta
hacer fracasar, el proceso de Conversión Pastoral.
1. La ideologización del mensaje evangélico.
Es una tentación que se dio en la Iglesia desde el principio: buscar una
hermenéutica de interpretación evangélica fuera del mismo mensaje del Evangelio
y fuera de la Iglesia. Un ejemplo: Aparecida, en un momento, sufrió esta
tentación bajo la forma de asepsia. Se utilizó, y está bien, el método de “ver,
juzgar, actuar” (cf. n. 19). La tentación estaría en optar por un “ver”
totalmente aséptico, un “ver” neutro, lo cual es inviable. Siempre el ver está
afectado por la mirada. No existe una hermenéutica aséptica. La pregunta era,
entonces: ¿con qué mirada vamos a ver la realidad? Aparecida respondió: Con
mirada de discípulo. Así se entienden los números 20 al 32. Hay otras maneras
de ideologización del mensaje y, actualmente, aparecen en Latinoamérica y El
Caribe propuestas de esta índole. Menciono sólo algunas:
a) El reduccionismo socializante. Es la
ideologización más fácil de descubrir. En algunos momentos fue muy fuerte. Se
trata de una pretensión interpretativa en base a una hermenéutica según las
ciencias sociales. Abarca los campos más variados, desde el liberalismo de
mercado hasta la categorización marxista.
b) La ideologización psicológica. Se trata de una
hermenéutica elitista que, en definitiva, reduce el ”encuentro con Jesucristo”
y su ulterior desarrollo a una dinámica de autoconocimiento. Suele darse
principalmente en cursos de espiritualidad, retiros espirituales, etc. Termina
por resultar una postura inmanente autorreferencial. No sabe de trascendencia
y, por tanto, de misionariedad.
c) La propuesta gnóstica. Bastante ligada a la
tentación anterior. Suele darse en grupos de élites con una propuesta de
espiritualidad superior, bastante desencarnada, que termina por desembarcar en
posturas pastorales de “quaestiones disputatae”. Fue la primera desviación de
la comunidad primitiva y reaparece, a lo largo de la historia de la Iglesia, en
ediciones corregidas y renovadas. Vulgarmente se los denomina “católicos
ilustrados” (por ser actualmente herederos de la Ilustración).
d) La propuesta pelagiana. Aparece
fundamentalmente bajo la forma de restauracionismo. Ante los males de la
Iglesia se busca una solución sólo en la disciplina, en la restauración de
conductas y formas superadas que, incluso culturalmente, no tienen capacidad
significativa. En América Latina suele darse en pequeños grupos, en algunas
nuevas Congregaciones Religiosas, en tendencias exageradas a la “seguridad”
doctrinal o disciplinaria. Fundamentalmente es estática, si bien puede
prometerse una dinámica hacia adentro: involuciona. Busca “recuperar” el pasado
perdido.
2. El funcionalismo. Su acción en la
Iglesia es paralizante. Más que con la ruta se entusiasma con la “hoja de
ruta”. La concepción funcionalista no tolera el misterio, va a la eficacia.
Reduce la realidad de la Iglesia a la estructura de una ONG. Lo que vale es el
resultado constatable y las estadísticas. De aquí se va a todas las modalidades
empresariales de Iglesia. Constituye una suerte de “teología de la prosperidad”
en lo organizativo de la pastoral.
3. El clericalismo es también una
tentación muy actual en Latinoamérica. Curiosamente, en la mayoría de los
casos, se trata de una complicidad pecadora: el cura clericaliza y el laico le
pide por favor que lo clericalice, porque en el fondo le resulta más cómodo. El
fenómeno del clericalismo explica, en gran parte, la falta de adultez y de
cristiana libertad en parte del laicado latinoamericano. O no crece (la
mayoría), o se acurruca en cobertizos de ideologizaciones como las ya vistas, o
en pertenencias parciales y limitadas. Existe en nuestras tierras una forma de
libertad laical a través de experiencias de pueblo: el católico como pueblo.
Aquí se ve una mayor autonomía, sana en general, y que se expresa
fundamentalmente en la piedad popular. El capítulo de Aparecida sobre piedad
popular describe con profundidad esta dimensión. La propuesta de los grupos
bíblicos, de las comunidades eclesiales de base y de los Consejos pastorales va
en la línea de superación del clericalismo y de un crecimiento de la
responsabilidad laical.
Podríamos seguir describiendo algunas otras
tentaciones contra el discipulado misionero, pero creo que éstas son las más
importantes y de más fuerza en este momento de América Latina y El Caribe.
5. Algunas pautas eclesiológicas
1. El discipulado-misionero que Aparecida propuso
a las Iglesias de América Latina y El Caribe es el camino que Dios quiere para
este “hoy”. Toda proyección utópica (hacia el futuro) o restauracionista (hacia
el pasado) no es del buen espíritu. Dios es real y se manifiesta en el ”hoy”.
Hacia el pasado su presencia se nos da como “memoria” de la gesta de salvación
sea en su pueblo sea en cada uno de nosotros; hacia el futuro se nos da como
“promesa” y esperanza. En el pasado Dios estuvo y dejó su huella: la memoria
nos ayuda a encontrarlo; en el futuro sólo es promesa… y no está en los mil y
un “futuribles”. El “hoy” es lo más parecido a la eternidad; más aún: el ”hoy”
es chispa de eternidad. En el “hoy” se juega la vida eterna.
El discipulado misionero es vocación: llamado e
invitación. Se da en un “hoy” pero “en tensión”. No existe el discipulado
misionero estático. El discípulo misionero no puede poseerse a sí mismo, su
inmanencia está en tensión hacia la trascendencia del discipulado y hacia la
trascendencia de la misión. No admite la autorreferencialidad: o se refiere a
Jesucristo o se refiere al pueblo a quien se debe anunciar. Sujeto que se
trasciende. Sujeto proyectado hacia el encuentro: el encuentro con el Maestro
(que nos unge discípulos) y el encuentro con los hombres que esperan el
anuncio.
Por eso, me gusta decir que la posición del
discípulo misionero no es una posición de centro sino de periferias: vive
tensionado hacia las periferias… incluso las de la eternidad en el encuentro
con Jesucristo. En el anuncio evangélico, hablar de “periferias existenciales”
des-centra, y habitualmente tenemos miedo a salir del centro. El
discípulo-misionero es un des-centrado: el centro es Jesucristo, que convoca y
envía. El discípulo es enviado a las periferias existenciales.
2. La Iglesia es institución pero cuando se erige
en “centro” se funcionaliza y poco a poco se transforma en una ONG. Entonces,
la Iglesia pretende tener luz propia y deja de ser ese “misterium lunae” del
que nos hablaban los Santos Padres. Se vuelve cada vez más autorreferencial y
se debilita su necesidad de ser misionera. De “Institución” se transforma en
“Obra”. Deja de ser Esposa para terminar siendo Administradora; de Servidora se
transforma en “Controladora”. Aparecida quiere una Iglesia Esposa, Madre,
Servidora, facilitadora de la fe y no tanto controladora de la fe.
3. En Aparecida se dan de manera relevante dos
categorías pastorales que surgen de la misma originalidad del Evangelio y
también pueden servirnos de pauta para evaluar el modo como vivimos
eclesialmente el discipulado misionero: la cercanía y el encuentro. Ninguna
de las dos es nueva, sino que conforman la manera cómo se reveló Dios en la
historia. Es el “Dios cercano” a su pueblo, cercanía que llega al máximo al
encarnarse. Es el Dios que sale al encuentro de su pueblo. Existen en América
Latina y El Caribe pastorales “lejanas”, pastorales disciplinarias que
privilegian los principios, las conductas, los procedimientos organizativos…
por supuesto sin cercanía, sin ternura, sin caricia. Se ignora la “revolución
de la ternura” que provocó la encarnación del Verbo. Hay pastorales planteadas
con tal dosis de distancia que son incapaces de lograr el encuentro: encuentro
con Jesucristo, encuentro con los hermanos. Este tipo de pastorales a lo más
pueden prometer una dimensión de proselitismo pero nunca llegan a lograr ni
inserción eclesial ni pertenencia eclesial. La cercanía crea comunión y
pertenencia, da lugar al encuentro. La cercanía toma forma de diálogo y crea
una cultura del encuentro. Una piedra de toque para calibrar la cercanía y la
capacidad de encuentro de una pastoral es la homilía. ¿Qué tal son nuestras
homilías? ¿Nos acercan al ejemplo de nuestro Señor, que “hablaba como quien
tiene autoridad” o son meramente preceptivas, lejanas, abstractas?
4. Quien conduce la pastoral, la Misión
Continental (sea programática como paradigmática), es el Obispo. El Obispo debe
conducir, que no es lo mismo que mandonear. Además de señalar las grandes
figuras del episcopado latinoamericano que todos conocemos quisiera añadir aquí
algunas líneas sobre el perfil del Obispo que ya dije a los Nuncios en la
reunión que tuvimos en Roma. Los Obispos han de ser Pastores, cercanos a la
gente, padres y hermanos, con mucha mansedumbre; pacientes y misericordiosos.
Hombres que amen la pobreza, sea la pobreza interior como libertad ante el
Señor, sea la pobreza exterior como simplicidad y austeridad de vida. Hombres
que no tengan “psicología de príncipes”. Hombres que no sean ambiciosos y que
sean esposos de una Iglesia sin estar a la expectativa de otra. Hombres capaces
de estar velando sobre el rebaño que les ha sido confiado y cuidando todo
aquello que lo mantiene unido: vigilar sobre su pueblo con atención sobre los
eventuales peligros que lo amenacen, pero sobre todo para cuidar la esperanza:
que haya sol y luz en los corazones. Hombres capaces de sostener con amor y
paciencia los pasos de Dios en su pueblo. Y el sitio del Obispo para estar con
su pueblo es triple: o delante para indicar el camino, o en medio para
mantenerlo unido y neutralizar los desbandes, o detrás para evitar que alguno
se quede rezagado, pero también, y fundamentalmente, porque el rebaño mismo
también tiene su olfato para encontrar nuevos caminos.
No quisiera abundar en más detalles sobre la
persona del Obispo, sino simplemente añadir, incluyéndome en esta afirmación,
que estamos un poquito retrasados en lo que a Conversión Pastoral se refiere.
Conviene que nos ayudemos un poco más a dar los pasos que el Señor quiere para
nosotros en este “hoy” de América Latina y El Caribe. Y sería bueno comenzar
por aquí.
Les agradezco la paciencia de escucharme.
Perdonen el desorden de la charla y, por favor, les pido que tomemos en serio
nuestra vocación de servidores del santo pueblo fiel de Dios, porque en esto se
ejercita y se muestra la autoridad: en la capacidad de servicio. Muchas
gracias.