Jesús, vida de Dios y resurrección nuestra
Mc
4,21-43
Texto evangélico:
21 Jesús
atravesó de nuevo en barca a la otra orilla, se le reunió mucha gente a su
alrededor y se quedó junto al mar. 22 Se acercó un jefe de la
sinagoga, que se llamaba Jairo, y, al verlo, se echó a sus pies, 23 rogándole
con insistencia: «Mi niña está en las últimas; ven, impón las manos sobre ella,
para que se cure y viva». 24 Se fue con él y lo seguía mucha
gente que lo apretujaba.
25 Había
una mujer que padecía flujos de sangre desde hacía doce años. 26 Había
sufrido mucho a manos de los médicos y se había gastado en eso toda su fortuna;
pero, en vez de mejorar, se había puesto peor. 27 Oyó hablar de
Jesús y, acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, 28 pensando:
«Con solo tocarle el manto curaré». 29 Inmediatamente se secó
la fuente de sus hemorragias y notó que su cuerpo estaba curado. 30 Jesús,
notando que había salido fuerza de él, se volvió enseguida, en medio de la
gente y preguntaba: «¿Quién me ha tocado el manto?». 31 Los
discípulos le contestaban: «Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: “¿Quién
me ha tocado?”». 32 Él seguía mirando alrededor, para ver a la
que había hecho esto. 33 La mujer se acercó asustada y
temblorosa, al comprender lo que le había ocurrido, se le echó a los pies y le
confesó toda la verdad. 34 Él le dice: «Hija, tu fe te ha
salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad».
35 Todavía
estaba hablando, cuando llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle:
«Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar más al maestro?». 36 Jesús
alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas;
basta que tengas fe». 37 No permitió que lo acompañara nadie,
más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago. 38 Llegan
a casa del jefe de la sinagoga y encuentra el alboroto de los que lloraban y se
lamentaban a gritos 39 y después de entrar les dijo: « ¿Qué
estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida». 40 Se
reían de él. Pero él los echó fuera a todos y, con el padre y la madre de la
niña y sus acompañantes, entró donde estaba la niña, 41 la
cogió de la mano y le dijo: Talitha qumi
(que significa: «Contigo hablo, niña, levántate»). 42 La niña
se levantó inmediatamente y echó a andar; tenía doce años. Y quedaron fuera de
sí llenos de estupor. 43 Les insistió en que nadie se enterase;
y les dijo que dieran de comer a la niña.
Hermanos:
1.
Nosotros leemos el Evangelio de Jesús como creyentes, por eso nos evitamos
hacer consideraciones que serían oportunas para uno que anda lejos de estas
cosas y que tiene que atravesar muchas barreras para llegar al encuentro.
Leemos, pues, el Evangelio para gozarnos de lo que aquí acontece. Los hechos y
las palabras de Jesús son irradiaciones de su divinidad que llegan hasta
nosotros, y he aquí que estamos ávidos de oírle, de compartir la fuerza
misteriosa que de él dimana.
Y
leemos el Evangelio en la celebración dominical, que es el día en que la
asamblea cristiana se reúne para celebrar gozosamente la resurrección de su
Señor.
2. Dos
escenas maravillosas que nos hablan de fe, de vida y de resurrección. Y de esto
vamos a hablar, centrándonos en la resurrección de la hija del Jefe de la
sinagoga. Jesús fue la resurrección de aquella niña, Jesús será nuestra
resurrección; Jesús es hoy nuestra resurrección. La palabra poderosa de Jesús,
Creador, que dirige a la niña, es la palabra que llega a mi corazón: Talitha qumi, dice Jesús a la niña:
Niña, levántate. En masculino o en femenino, es lo que Jesús me dice hoy a mí:
Niño, Joven, Hombre… levántate.
3. Los
Evangelios nos hablan de tres resurrecciones de Jesús: aparte de esta, la
resurrección de Lázaro, que estaba en el sepulcro. Esto ocurrió en Betania
cerca de Jerusalén. Otra fue la del joven muerto que sacaban a enterrar en la
pequeña población de Naím, en la parte de Samaría. La de hoy ocurre en una
ciudad principal del lago de Genesaret.
El
padre de la niña, judío, y sin duda ferviente judío en cuanto que era el jefe
de la sinagoga, por lo mismo el rabino que explicaba las Escrituras acude a
otro judío, el Rabbí Jesús de Nazaret, predicador ambulante que también con la
Escritura anuncia el Reino de Dios, pero con un estilo y autoridad diferente.
La
súplica del rabino es esta: Mi niña está
en las últimas; ven, impón las manos sobre ella, para que se cure y viva.
Estamos
en la más pura fe judía. La imposición de las manos y la oración pueden curar a
un enfermo; es decir, Dios se atiene a este acto de fe y concede lo que se le
pide. Esto es lo que espera Jairo de este Santo de Dios, Jesús de Nazaret, cuya
fama ha cundido por la región.
Cuando
llegan a la casa, la trágica noticia cae sobre el padre como una losa: «Tu hija se ha muerto. ¿Para qué molestar
más al maestro?
Bien es
verdad que el Antiguo Nuevo Testamento habla de escenas maravillosas de
resurrección atribuidas a los grandes profetas Ellas y Eliseo, pero serenamente
hay que pensar que el poder el hombre termina en los términos de tiempo,
espacio y duración de una vida. Todo lo que pertenece al más allá de la muerte
pertenece a la sola soberanía de Dios.
4. La
respuesta de Jesús es sorprendente: Jesús
alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas;
basta que tengas fe».
“No
temas; ten fe”. Dos palabras que pueden ser la coraza de nuestra vida, el peto
y espaldar.
¿Puede
haber algo imposible para Dios, Señor de la vida y la muerte? Nadie puede
quitarle a Dios esta soberanía. Evidentemente nada es imposible para Dios, y
Jesús ha puesto irreversiblemente su confianza en Dios su Padre. Por eso, puede
hablar como habla.
Todo el
poder de Dios está en este acto de abandono, de confianza sin límites de Jesús
en el Padre. Puede entonces acercarse a la niña y mandar a la muerte: Talitha qumi. La niña se levantó
inmediatamente y echó a andar; tenía doce años
5. El
gesto humilde y decidido de Jesús es grandioso. Contiene la divinidad del Padre
Dios que da la vida a la niña, a través de su hijo Jesús.
Jesús,
por otra parte, nos comunica una última revelación cuando la escena concluye: Les insistió en que nadie se enterase; y les
dijo que dieran de comer a la niña.
En
nuestra lógica lo obvio parecería que se entere la gente y que den gloria a
Dios. La decisión taxativa de Jesús nos deja muy pensativos: Qué nadie se
entere; Dios hará lo que quiera hacer.
6. Hermanos, pongamos nuestra atención en Cristo, el que da la salud como a
la mujer que padecía flujos de sangre (la hemorroísa la llama san Mateo), en
Cristo que es mi resurrección y mi vida. La fe de Israel adquiere aquí un
esplendor nuevo. Dicen los textos sagrados, el Libro de la Sabiduría:
“Dios no ha hecho la muerte, | ni se
complace destruyendo a los vivos.
Él todo lo creó para que
subsistiera | y las criaturas del mundo son saludables: | no hay en ellas
veneno de muerte, | ni el abismo reina en la tierra” (1,13-14)
“Dios creó al hombre
incorruptible | y lo hizo a imagen de su propio ser;
mas por envidia del diablo entró
la muerte en el mundo, | y la experimentan los de su bando” (vv. 23-24).
Dios es vida, Dios es riqueza,
Dios es plenitud. San Pablo ha proclamado de Jesús, Hijo de Dios: “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros
con su pobreza” (1 Cor 8,9).
Al concluir este mensaje de
gracia, hermanos, dirijamos nuestra mirada a Cristo Resucitado, en quien está
toda la vida de Dios que celebramos en la Eucaristía, y digámosles:
Señor Jesús, tú eres mi resurrección y mi vida. Amén.
Casa de oración de San Pío,
A los pies del Iztaccihuatl
Puebla, México), jueves 27 de junio de 2018.