Homilía
en el domingo IV del tiempo ordinario, ciclo A
Mt
5,1-12a
Texto
evangélico
Al
ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos, y
abriendo su boca les enseñaba diciendo:
Bienaventurados
los pobres ne le spíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados
los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados
los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados
los que tiene hambre y sede de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados
los misericordiosas, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados
los que trabajan por la paz, porque ellos será llamados hijos de Dios.
Bienaventurados
los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos.
Bienaventurados
vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por
mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los
cielos, que de la misma amanera persiguieron a los profetas anteriores a
vosotros.
Hermanos:
1. Esta página del Evangelio fascina por
su belleza, y en este momento aparece ante nuestros ojos como el retrato mismo
de Jesús, no trazado por manos humanas – por un pintor, por un literato, por un
escultor – sino por el mismo Padre celestial y el Espíritu Santo. Es
exactamente el autorretrato de Jesús. Es una página que nosotros seleccionamos
para poder explicar cuál es la esencia pura del Evangelio. Así hablaba Jesús,
así era Jesús, así quiere que seamos sus discípulos.
Comenzamos, pues, con un homenaje de
agradecimiento a nuestro Señor que se ha dignado de esta manera abrirnos su
corazón.
2. Es justo que para entender este
lenguaje comencemos dando algunas sencillas explicaciones. Y la primera es que
este pasaje, inicio de lo que llamando el Sermón
de la montaña está dirigido a los discípulos. Estamos en el monte, y esta
circunstancia nos sugiere ciertamente que lo que Jesús dice desde el monte,
desde este monte, este humilde cerro de Galilea frente al lago, que es el nuevo
Sinaí, está dicho para que los cuatros vientos de la tierra lo lleven al mundo
entero. Que se entere el mundo de lo que Jesús dice; pero primero que se
enteren – que nos enteremos – sus discípulos.
No es una doctrina esotérica lo que
Jesús proclama para un grupo sospechoso de iniciados, pero es una doctrina del
Espíritu que solo en cuanto discípulos podemos entenderla. Notémoslo bien, mis
hermanos: solo en calidad de discípulos podemos entender las palabras de Jesús.
Solo el pobre de espíritu puede entender “Bienaventurados los pobres”. Solo el
misericordioso puede entender “Bienaventurados los misericordiosos”. Solo el
limpio de corazón puede entender “Bienaventurados los limpios de corazón”. No
pretendamos que lo entiendan los que están fuera de esta órbita de revelación y
amor, porque las Bienaventuranzas son palabra revelada del Señor, acaso el
ápice del Evangelio.
3. Otro punto importante para penetrar en el
secreto de estas palabras es la pregunta obvia que surge al escuchar el texto.
¿Cuántas son las Bienaventuranzas de Jesús? Y el Catecismo responde, trasladando
verbalmente do este pasaje de san Mateo: Ocho son las Bienaventuranzas de
Jesús. Los pobres, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de
la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los que trabajan por
la paz y los perseguidos por causa de la justicia.
Pero ocurre que, al terminar, la
enumeración de estas ocho bienaventuranzas, sigue inmediatamente el texto: Bienaventurados vosotros cuando os insulten
y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. ¿Es una
prolongación de la octava bienaventuranza? ¿Es un comentario a todas ellas,
describiendo la condición del cristiano en este mundo, que ha de ser muchas
veces incomprendido y perseguido, como lo fueron los profetas anteriores a
nosotros? Está diciendo Jesús que también todos sus discípulos son profetas de
Dios, como fueron los profetas del Antiguo Testamento.
Para el evangelista Lucas las
Bienaventuranzas son cuatro… En el Apocalipsis, a lo largo del libro,
encontraremos siete Bienaventuranzas. Esto quiere decir, hermanos, que las
Bienaventuranzas son cuatro, ocho, cuarenta… Más aún, todas las palabras de
Jesús son Bienaventuranzas si se dirigen a trazar el plan de la vida nueva que
él trae al mundo; o, si se quieren, las Bienaventuranzas del Sermón de la
montaña tiñen con una luz celestial todas las palabras que Jesús dirige a sus
discípulos.
5. Estamos, pues, hermanos en la tierra
sagrada de las Bienaventuranzas, que es la tierra del Evangelio. El Evangelio
es esa dicha proclamada a los pobres, a los humildes.
Las Bienaventuradas, así entendidas en
su esencia, más que camino de virtudes son felicitaciones que de parte del Padre
celestial da el Señor a los que han sido elegidos.
¡Qué suerte la vuestra – les viene a
decir, o nos viene a decir – porque mi
Padre celestial os ha dado un corazón pobre, humilde, misericordioso, buscador
de Dios, paciente hasta el martirio…! ¡Qué suerte la vuestra! ¡Felicidades!
Si esto es verdad, ¡qué engañados
estamos cuando vamos en busca de las riquezas, de la gloria mundana, del
aplauso de los hombres!
El papa Francisco, que nos ha hablado de
la revolución de la ternura en el misterio de la Encarnación, como misterio de
Dios y estilo de los cristianos, nos ha hablado en esta su encíclica que estoy
citando, La alegría del Evaneglio, de
la belleza escondida que hay en la pobreza, de la alegría de los pobres! “Puedo
decir que los gozos más bellos y espontáneos que he visto en mis años de vida
son los de personas muy pobres que tienen poco a qué aferrarse” (n. 7). “La
belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por
nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los
últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (n. 195).
6. En las palabras de Jesús resuena el
eco de los antiguos profetas, que han visto que la acción de Dios recae los pobres
y humildes. Así lo había dicho Sofonía, 600 años antes de Jesús, en el texto
que hoy leemos: “Dejaré en medio de ti un resto, un pueblo humilde y pobre que buscará
refugio en el nombre del Señor” (Sof 2,12).
No nos extrañe, pues, que el Papa
escriba en su encíclica: “Por eso quiero una Iglesia pobre para los pobres.
Ellos tienen mucho que enseñarnos. Además de participar del sensus fidei, en sus propios dolores
conocen al Cristo sufriente. Es necesario que todos nos dejemos evangelizar por
ellos. La nueva evangelización es una invitación a reconocer la fuerza
salvífica de sus vidas y a ponerlos en el centro del camino de la Iglesia” (n.
198).
7. Solo en Jesús podemos ver el verdadero
pobre de Dios, el que ha puesto su riqueza en Dios, su poder en Dios, toda su
confianza en Dios.
Pidámosle a Jesús:
“Señor Jesús, ábrenos tu corazón, y
enséñanos desde tu intimidad esa ruta del humilde y el pobre que marcó tu
existencia en medio de nosotros. A ti el amor y la gloria, y toda la entrega de
nuestro corazón”. Amén.
Guadalajara, Jalisco, jueves, 30 enero
2014