Homilía
para el Bautismo del Señor, ciclo A,
Mt
3,13-17
Texto
evangélico:
Por
entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo
bautice. Pero Juan intentaba disuadirlo diciendo: “Soy yo el que necesito que
tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”.
Jesús
le contestó: “Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia”.
Entonces
Juan se lo permitió.
Apenas
se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu
de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz de los
cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Hermanos:
1. El Bautismo de Jesús es, todos los
años, el domingo conclusivo del período de Navidad, domingo que sigue a la
Epifanía, cierre de un período e inicio del otro: el tiempo ordinario que va a
ir poniendo ante los ojos los hechos y palabras de Jesús en su vida pública.
A poco sensibles que seamos con la
lectura de los santos Evangelios, nos damos cuenta de que este episodio
soberano es de una importancia única. No es un rito que hay que cumplir, un
ejercicio devoto – casi diríamos, rutinario – de un piadoso israelita que se
atiene a las costumbres populares. Quitemos en absoluto una imagen de este
género.
Ni tampoco es un buen ejemplo que Jesús
quiere dar para sus seguidores. Él no necesita bautizarse, pero puede animar
con su ejemplo a los demás. Nada de eso; sería anular el significado de plena
sinceridad y autenticidad que ha tenido para él el ponerse a los pies del
siervo y pedirle que lo bautice.
2. Bien al contrario, es una decisión
consciente que él toma en la vida como inicio de la misión concreta para la que
ha venido. El bautismo es la consagración de Jesús para la misión que el Padre
le ha confiado. El protagonista es Jesús, ciertamente, que toma este decisión,
pero queda implicada toda la Trinidad.
El bautismo es la carta teológica que
tiene Jesús de sí mismo. Allí está él en su ser humano total y verdadero, y
allí está la revelación que se le da como configuración de su auténtica
identidad con que Dios le presenta al mundo.
En las historias de los profetas vemos
cómo el comienzo de donde nace la misión es una llamada que le viene fuera de
sí. Cuando celebramos el bautismo del Señor recordamos la llamada que un día se
le hizo al misterioso siervo de Yahveh (Is 42,1-4.6-7):
“Yo, el Señor, te he llamado en mi
justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en
tinieblas” (vv. 6-7).
3. Jesús conoce estos textos de las
santas Escrituras. Su vocación profética no adviene del exterior, como un
episodio que se diera un día memorable. La lleva dentro, es constitutiva de su
ser.
Él ha unido su misión con un bautismo,
un bautismo que tiene una calidad y una espesura distinta del bautismo de la
gente. Su bautismo es su consagración profética, y más que profética.
El primer dato que nos dan los
evangelistas Marcos y Mateo es que Jesús viene de Galilea al Jordán. “Y sucedió
que por aquellos días llegó Jesús desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por
Juan en el Jordán” (Mc 1,9): así narra san Marcos. Mateo es más genérico, como
lo hemos oído: Por entonces viene Jesús
desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice.
En ambos casos hay una cosa en común: el
bautismo es el final de todo lo que precede en Galilea. Galilea había sido la
vida oculta; el Jordán - ignoramos en qué sitio preciso, si a la salida del
lago de Genesaret o antes de la entrada en el Mar Muerto – es el inicio de la
vida pública, etapa definitiva de su existencia. Claramente es el signo con que
Jesús, de propia voluntad, concluye su etapa preparatoria para que su vida
entre en la misión confiada.
4. ¿Qué sucedía, pues, en el alma de
Jesús? Ningún indicio para pensar que Jesús viviera su bautismo como
purificación – que era el sentido radical del bautismo que anunciaba Juan –
sino que el bautismo aparece, a todas luces, como un bautismo de consagración.
Pero era un bautismo, es decir, una
inmersión en las aguas, lo que simbólicamente estaba indicando que el bautizado
se inmergía tanto en las aguas del pecado como en las aguas de la vida. Jesús
bajaba hasta el fondo, hasta el fondo del ser y hasta el fondo de la creación;
asumía en aquella bajada los pecados de humana criatura.
Nos sugiere tanto…, tanto… de por sí esa
bajada y esa inmersión, que nada extraño que la tradición cristiana, muy
representada por los iconos de Oriente, vea en el bautismo de Jesús, como
verdadera teofanía, la transformación del mundo entero al contacto con el
cuerpo santísimo de Cristo, el ungido de Dios.
5. San Pedro, por labios del narrador
Lucas, en los Hechos de los Apóstoles, nos dice hablando del inicio de Jesús:
“Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu
Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo,
porque Dios estaba con él” (Hch 10.38).
En realidad, el ápice de la teología del
bautismo de Jesús, nos la da el mismo texto del Evangelio. Cuando Jesús sale
del agua, “se abrieron los cielos y vio
que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una
voz de los cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
La escena terrestre del Jordán se
convierte en una escena celestial. Es la primera manifestación de la Trinidad
en la vida de Jesús.
El bautismo de Jesús es, pues, para nosotros
la puerta que nos abre los secretos de Dios: la Trinidad beatísima, la
filiación divina de Jesús y la filiación del cristiano, que en el bautismo es constituido
hijo de Dios, hermano de Jesucristo, heredero del Reino de los cielos.
6. El relato que hemos escuchado termina
con esta frase: Y vino una voz de los
cielos que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
Jesús es el Hijo amado, y al
incorporarme él a sí mismo, ha hecho que yo también sea el hijo amado de Dios.
Jesús va a comenzar a actuar. Es el Hijo
amado; cada una de las escenas que vienen a continuación es una obra, una
palabra del Hijo amado. Jesús entra en diálogo y comunión con la humanidad y
conmigo. Y en cada uno de los pasos de la vida de Jesús, yo, con él, soy el
hijo amado del Padre. Amén.
Guadalajara, viernes, 10 de enero de 2014.
Recogemos esta nota de la primera homilía escrita en este blog sobre el Bautismo de Jesús:
Recogemos esta nota de la primera homilía escrita en este blog sobre el Bautismo de Jesús:
Sobre
el Bautismo de Jesús hemos escrito diversos textos que pueden verse en
mecaba.org El pan de unos versos | Año litúrgico | Navidad |Bautismo de
Jesús. Son los siguientes:
1. Desnudo el nuevo Adán, con alma pura
2. En él no está el pecado, nunca estuvo
3. A la fosa del mundo
4. Mi predilecto, el Padre dice
5. Oh santa Epifanía del Señor
6. La luz rompió del cielo sobre el Hijo
7. Comienza el Evangelio en el Jordán
8. La blanca vestidura del bautismo (Complementario del Bautismo)
9. La fragancia de Jesús
9. La fragancia de Jesús
Perfecta y detallada homilía, P. Rufino.
ResponderEliminarCordiales saludos.
Juan José.