Espiritualidad
Coronavirus. Jesús Dios Hombre en la resurrección de Lázaro, que es la mía
Dedicatoria:
De corazón, a todo Internauta que tenga a bien leer esta página de
espiritualidad.
Muy especialmente, a todas las personas del entorno de la iglesia
donde vivo, Ntra. Sra. De los Ángeles, Guadalajara, Jalisco (México), que me
obsequiaron con una cena de despedida porque iba a Jerusalén para un año para
escribir un libro sobre Jesús…, y estoy retenido en Madrid hasta que Dios
quiera;
A mis hermanos de fraternidad que dejé allí;
A las hermanas capuchinas de junto a nosotros, muy especialmente a las
Novicias del noviciado común, a quienes mucho quiero;
A las capuchinas del Centro, con quienes celebro el Sacramento de la
Ternura y la Reconciliación una vez al mes;
A quienes me han escrito un whatsapp y no puedo responder (porque
vivir al borde del whatsapp me descompone totalmente el día);
A muchos, muchos…, a quienes quiero amar de corazón…, sin excluir a
nadie,
Con un abrazo de amigo y hermano…, para que veáis que he comenzado a
escribir un Libro sobre Jesús en la Corona de mi vida.
1. Todas las escenas que el Discípulo
amado nos ha transmitido de Jesús tienen un valor de totalidad y de síntesis,
al mismo tiempo que con el conjunto de ellas ha trazado una narración “in
ascenso” hasta la muerte del Señor.
La Resurrección de Lázaro tiene un algo
único en toda la tradición evangélica. Hay tres resurrecciones en el Evangelio,
aparte de la de Jesús mismo, pero esta, a diferencia de las anteriores (el hijo
de la viuda de Naím (Lc 7,11-17), la niña de 12 años hija de Jairo, jefe de la
sinagoga (Mt 5,42¸par. Lc 8,55; Mt 9,27 ) es una resurrección desde la
sepultura: “ya huele mal porque lleva cuatro días” (v. 39), ha certificado Marta. No hay duda que cualquier rabino puede certificar que Lázaro es un muerto, muerto del todo;
muerto para no volver a vivir, muerto ya de cara a la Parusía. Ese es el campo
de operaciones del Jesús de los Evangelios, y aquí específicamente del Cuarto
Evangelio.
2. Cuando la crítica histórica, que
incluye la crítica filosófica, entra en el análisis del Evangelio, se
levantan todas las reservas para concluir que del dominio riguroso de la
historia, hemos salido a otro terreno de creencias de fe. Un teólogo
bien pensante dirá que la vida humana es una, y que tras la muerte el juicio.
No es concebible una vida humana en dos versiones: una versión provisional, que
sería una primera vida; y una versión definitiva, que sería segunda vida.
Morir, teológicamente hablando, es alcanzar el destino eterno. Ningún ser
humano puede tener dos muertes. La reencarnación no existe. Jesús ha muerto una
sola vez, insiste san Pablo: Su morir fue un morir al pecado, de una vez para
siempre; su vivir es un vivir para Dios. Si no hay dos muertes, no hay dos
resurrecciones. La primera de las resurrecciones sería una “reviviscencia”, no
una resurrección.
Ante
este panorama el exegeta crítico ha de optar claramente por otro planteamiento
de raíz. Tal postura puede definirse en estos puntos:
1) Lo
que fuera o haya sido, propiamente hablando, no fue resurrección, porque resucitar
no es volver a recuperar la vida perdida, sino adquirir, camino adelante, otras
dimensiones del ser.
2)
Qué fue lo que, físicamente hablando,
teológicamente discurriendo, lo ignoramos y cae fuera de la ciencia bíblica, se
escapa a toda experiencia.
3)
Lo que transmite el texto, con un lenguaje
de fe, es la revelación de Jesús frente al misterio de la vida y de la muerte.
3. Con estos criterios, sin embargo, nos
distanciamos del pensar de Juan, nos meteríamos en una maraña imbricada de
nunca salir. Para entender lo que aquí pasa, con todas las consecuencias de
esta escena respecto a quién es Jesús y cuál es su relación conmigo, no cabe
otra postura que aceptar el relato tal como suena, aceptar a Jesús como crónica
de vida, aunque se nos antoje un relato “naïf” para nosotros, adultos niños,
con respecto a la persona a quien más amamos. Es que lo humano y lo divino se funden
en un solo protagonista que los une; es que presente y escatología son lo mismo, si el que los dirige es el dueño de una y otra esfera. La fibra más pura
de comprensión es esta:
ü Se
trata de un relato de amor.
ü
Se trata de la escena más enternecedora de
la vida de Jesús (Entiéndase: Cuando hablamos de Jesús, de sus hechos o palabras, no podemos hacer distinciones en forma de categoría: "esto es más hermoso que aquello". Son vivencias nuestras, en Jesús todo es perfecto).
Nota marginal. Hasta el
concilio Vaticano II, la liturgia identificaba tres mujeres en una: La pecadora
de Lc 7 es María Magdalena de Lc 8, y María de Betania es la pecadora. Hoy la
exégesis propicia que son tres mujeres distintas. María Magdalena no es la
pecadora, ni tampoco "pecadora", sino la mujer amorosa de la que Jesús había expulsado siete demonios
de enfermedades. Y María la que ungió los pies de Jesús no es la pecadora de
Lucas; las comunidades de Juan saben que la que ungió los pies de Jesús es la
que hizo este gesto en Betania (Jn 11) [prolepsis].
El lector de Juan ha de leer este Evangelio sin tratar de compaginarlo
con el de Lucas. Salvando la armonía de todo el Nuevo Testamento, cada Evangelio tiene sentido por sí mismo.
4. Aceptando el relato tal como suena, es
decir “tal como es”, se va haciendo poquito a poco más hondo…, más hondo, más
sabroso, más mío. Me dirán que esto es “lectio divina”, haciendo balancear el
texto entre un subjetivismo beneficioso (el texto me dice lo que yo le estoy
mendigando, lo que quiero que me diga) o el inicio de la mística pura, cuando
Dios irrumpe como él quiere y se vuelca en mí, criatura suya, hijo suyo, un ser
para él único e irrepetible…
¡Alto ahí, hermano, que tampoco es esa
“lectio” que tú acaso te imaginas…! Vayamos a las palabras concretas del texto:
aunque yo no pueda saber lo recóndito que tú piensas cuando tú escribes, ¡lo
cierto es que las palabras que me escribes me atan a ti! Y las palabras que leo
en San Juan me atan a san Juan. San Juan escribe a sus Comunidades: las
Comunidades de Juan…
5. He aquí, pues, lo principal. A San Juan se le ha ocurrido que este
relato gire todo él en torno a una palabra: amor. Ya desde el principio se presenta
toda la escena como una obra de amor, que surge de una petición de amor: Señor, el que tú amas está enfermo (v. 5).
San Juan, que, a diferencia de los tres
Sinópticos, introduce explicaciones a su propia narración (es el primer
exegeta de sí mismo), como poniéndose de observador, por así decir, fuera
del texto, al margen de lo que va escribiendo, nos advierte: ¡Ojo atento! Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Aquí puede pasar cualquier cosa. (Hace
muchos años le escuché a una religiosa: “El amor siempre encuentra el modo de
hacerse presente”). Estamos, pues, dentro de la “exégesis verbal”.
6. Según
lo que está escrito, ¿por qué Jesús se quedó donde estaba y no fue adonde
llamaban? El filólogo le da paso al espiritual intuitivo. Y este responde: Por
amor. ¿Por qué, luego, se decidió y fue? Por amor. Esto no lo dice
el texto, pero se huele, por lo que antecede y por lo que sigue.
El texto habla de la gloria de Dios, del
Padre, tema que traspasa todo el Evangelio de Juan desde Caná hasta la Cena. San
Juan, a los discípulos y a mí nos quiere introducir en la gloria de Dios por
el camino de la fe, pues así es: yo puedo ser vidente de la gloria de Dios por
el camino de la fe. “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no
hayamos estado allí, para que creáis” (vv. 14-15).
La visión de la gloria de Dios se da en el
ápice de la escena. Jesús, que había dicho a Marta «¿No te he dicho que si
crees verás la gloria de Dios?» (v. 40). entra en la gloria de Dios cuando él, que ha dado orden de quitar la losa, levanta los ojos al cielo y dice: “Padre,
te doy gracias porque me has escuchado” (v. 41).
7. Pero acabamos de dar el salto a lo
infinito, y era necesario volver al lugar. De la casa de Marta hemos ido hasta
la tumba. ¿Qué va a pasar en la tumba…? A una tumba se va a rezar, a pensar, a
recordar…, en una palabra, a amar. (Yo, cuando de América vuelvo a mi pueblo,
la primera visita que suelo hacer es a la tumba de mis padres…, para agradecer.
Me sale del corazón). Jesús fue a la tumba del amigo a llorar…, pero había en
su corazón algo que rompía a otro lado, más arriba.
Es necesario deletrear el texto:
“Jesús, viéndola
llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en
su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le
contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»” (vv. 33-36).
8. Marta
no piensa en la resurrección de su hermano. Jesús, sí; mejor dicho, no piensa,
él vive la resurrección; él se vive como resurrección, porque él es la
resurrección y la vida.
El drama
de la escena está expresado en forma dialogal (vv. 21-27):
“Y
dijo Marta a Jesús:
«Señor,
si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo
lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús
le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la
resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo
soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya
muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees
esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú
eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Marta es la perfecta creyente de Israel:
cree en la resurrección del último día; cree en la resurrección de los muertos;
cree en la resurrección de su hermano.
Y Jesús le invita a dar el último paso:
creer en la resurrección de los cristianos, creer en la resurrección de Jesús,
acoger en su corazón que el que tiene delante es la Resurrección y la Vida.
Marta acepta la propuesta, y cree que el
que tiene delante es el Cristo, el Hijo de Dios.
Ahora el milagro pasa al parámetro de la
normalidad: el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo, resucita a Lázaro,
es decir, me resucita a mí.
Ahora resulta que la escatología final, la
clásica – la única – se ha anticipado y en Jesús, “resurrección y vida” es escatología
realizada. En él ha llegado el “ésjaton de la historia”; en él el
futuro es presente.
9. Pero en este Domingo 29 de marzo de
2020 estoy en la iglesia vacía de Jesús de Medinaceli, en Madrid, abierta unas
horas por la mañana (de 9.00 a 13.00) y por la tarde (de 18.00 a 20.00) a la Villa de Madrid, la ciudad más
adolorida por el Coronavirus. En España pasaron de 6.000 los muertos en estos
días. (Cifra final del Domingo 29 de marzo, 6.528, que son 838 más que el día
de ayer). Uno piensa, o se deja pensar…, y se duerme.
Me encuentro bien – bien, porque estoy
escribiendo -, pero, consciente de que el Coronavirus como persona de alto
riesgo por la edad, puede entrar en mí, sin saber cómo, y en pocos días pasar a
la estadística de los hermanos que se durmieron en el Señor. Lo acepto. Pienso,
con todo, que es más confianza en el Señor prescindir de este imaginario y
seguir humildemente en la ruta de cada día, con un corazón ensanchado por la
comunión de los santos y de todos los mortales. Dios es Padre.
10. Ahora viene el secreto de la exégesis. Vamos a ir perfilando la figura de Jesús desde el Evangelio. Ese Jesús del que escribe Juan es el Viviente; es “el que está” como el Dios de
Israel. No es un ejercicio imaginativo. Es forma fidei: Jesús es
Presencia, palabra de sentir más que de entender. Dios nos libre de contornear
la imaginación y dar figura a esta Presencia Vivificante, a ese Tú dialogante
de mi vida.
Jesús, creo en ti.
Tú eres el perdón de mis pecados y mi
justificación ante el Padre.
Tú eres el Dueño de mi vida y de mi
muerte.
Yo no puedo dar un paso ante la muerte,
misterio infinito.
Tú lo puedes dar en mí.
Acepta, en tu misericordia, lo mismo mi
vida que mi muerte.
Mi vida es importante en ti y para ti, y a
través de ti para todos mis hermanos, los hombres.
Mi vida no se mide por ningún episodio de
la historia, ni es importante por nada que sea inferior a ti mismo.
En tu voluntad está mi paz.
Jesús, Dios mío, te amo.
Madrid, lunes de la V semana de Cuaresma,
30 de marzo de 2020.