lunes, 30 de marzo de 2020

1322. Espiritualidad Coronavirus. Jesús Dios Hombre en la resurrección de Lázaro, que es la mía


Espiritualidad Coronavirus. Jesús Dios Hombre en la resurrección de Lázaro, que es la mía


Dedicatoria:
De corazón, a todo Internauta que tenga a bien leer esta página de espiritualidad.
Muy especialmente, a todas las personas del entorno de la iglesia donde vivo, Ntra. Sra. De los Ángeles, Guadalajara, Jalisco (México), que me obsequiaron con una cena de despedida porque iba a Jerusalén para un año para escribir un libro sobre Jesús…, y estoy retenido en Madrid hasta que Dios quiera;
A mis hermanos de fraternidad que dejé allí;
A las hermanas capuchinas de junto a nosotros, muy especialmente a las Novicias del noviciado común, a quienes mucho quiero;
A las capuchinas del Centro, con quienes celebro el Sacramento de la Ternura y la Reconciliación una vez al mes;
A quienes me han escrito un whatsapp y no puedo responder (porque vivir al borde del whatsapp me descompone totalmente el día);
A muchos, muchos…, a quienes quiero amar de corazón…, sin excluir a nadie,
Con un abrazo de amigo y hermano…, para que veáis que he comenzado a escribir un Libro sobre Jesús en la Corona de mi vida.


1. Todas las escenas que el Discípulo amado nos ha transmitido de Jesús tienen un valor de totalidad y de síntesis, al mismo tiempo que con el conjunto de ellas ha trazado una narración “in ascenso” hasta la muerte del Señor.
La Resurrección de Lázaro tiene un algo único en toda la tradición evangélica. Hay tres resurrecciones en el Evangelio, aparte de la de Jesús mismo, pero esta, a diferencia de las anteriores (el hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11-17), la niña de 12 años hija de Jairo, jefe de la sinagoga (Mt 5,42¸par. Lc 8,55; Mt 9,27 ) es una resurrección desde la sepultura: “ya huele mal porque lleva cuatro días”  (v. 39), ha certificado Marta. No hay duda que cualquier rabino puede certificar que Lázaro es un muerto, muerto del todo; muerto para no volver a vivir, muerto ya de cara a la Parusía. Ese es el campo de operaciones del Jesús de los Evangelios, y aquí específicamente del Cuarto Evangelio.

2. Cuando la crítica histórica, que incluye la crítica filosófica, entra en el análisis del Evangelio, se levantan todas las reservas para concluir que del dominio riguroso de la historia, hemos salido a otro terreno de creencias de fe. Un teólogo bien pensante dirá que la vida humana es una, y que tras la muerte el juicio. No es concebible una vida humana en dos versiones: una versión provisional, que sería una primera vida; y una versión definitiva, que sería segunda vida. Morir, teológicamente hablando, es alcanzar el destino eterno. Ningún ser humano puede tener dos muertes. La reencarnación no existe. Jesús ha muerto una sola vez, insiste san Pablo: Su morir fue un morir al pecado, de una vez para siempre; su vivir es un vivir para Dios. Si no hay dos muertes, no hay dos resurrecciones. La primera de las resurrecciones sería una “reviviscencia”, no una resurrección.
Ante este panorama el exegeta crítico ha de optar claramente por otro planteamiento de raíz. Tal postura puede definirse en estos puntos:
1)    Lo que fuera o haya sido, propiamente hablando, no fue resurrección, porque resucitar no es volver a recuperar la vida perdida, sino adquirir, camino adelante, otras dimensiones del ser.
2)    Qué fue lo que, físicamente hablando, teológicamente discurriendo, lo ignoramos y cae fuera de la ciencia bíblica, se escapa a toda experiencia.
3)    Lo que transmite el texto, con un lenguaje de fe, es la revelación de Jesús frente al misterio de la vida y de la muerte.

3. Con estos criterios, sin embargo, nos distanciamos del pensar de Juan, nos meteríamos en una maraña imbricada de nunca salir. Para entender lo que aquí pasa, con todas las consecuencias de esta escena respecto a quién es Jesús y cuál es su relación conmigo, no cabe otra postura que aceptar el relato tal como suena, aceptar a Jesús como crónica de vida, aunque se nos antoje un relato “naïf” para nosotros, adultos niños, con respecto a la persona a quien más amamos. Es que lo humano y lo divino se funden en un solo protagonista que los une; es que presente y escatología son lo mismo, si el que los dirige es el dueño de una y otra esfera. La fibra más pura de comprensión es esta:
ü Se trata de un relato de amor.
ü Se trata de la escena más enternecedora de la vida de Jesús (Entiéndase: Cuando hablamos de Jesús, de sus hechos o palabras, no podemos hacer distinciones en forma de categoría: "esto es más hermoso que aquello". Son vivencias nuestras, en Jesús todo es perfecto).

Nota marginal. Hasta el concilio Vaticano II, la liturgia identificaba tres mujeres en una: La pecadora de Lc 7 es María Magdalena de Lc 8, y María de Betania es la pecadora. Hoy la exégesis propicia que son tres mujeres distintas. María Magdalena no es la pecadora, ni tampoco "pecadora", sino la mujer amorosa de la que Jesús había expulsado siete demonios de enfermedades. Y María la que ungió los pies de Jesús no es la pecadora de Lucas; las comunidades de Juan saben que la que ungió los pies de Jesús es la que hizo este gesto en Betania (Jn 11) [prolepsis].  El lector de Juan ha de leer este Evangelio sin tratar de compaginarlo con el de Lucas. Salvando la armonía de todo el Nuevo Testamento, cada Evangelio tiene sentido por sí mismo.

4. Aceptando el relato tal como suena, es decir “tal como es”, se va haciendo poquito a poco más hondo…, más hondo, más sabroso, más mío. Me dirán que esto es “lectio divina”, haciendo balancear el texto entre un subjetivismo beneficioso (el texto me dice lo que yo le estoy mendigando, lo que quiero que me diga) o el inicio de la mística pura, cuando Dios irrumpe como él quiere y se vuelca en mí, criatura suya, hijo suyo, un ser para él único e irrepetible…
¡Alto ahí, hermano, que tampoco es esa “lectio” que tú acaso te imaginas…! Vayamos a las palabras concretas del texto: aunque yo no pueda saber lo recóndito que tú piensas cuando tú escribes, ¡lo cierto es que las palabras que me escribes me atan a ti! Y las palabras que leo en San Juan me atan a san Juan. San Juan escribe a sus Comunidades: las Comunidades de Juan…

5. He aquí, pues, lo principal. A San Juan se le ha ocurrido que este relato gire todo él en torno a una palabra: amor. Ya desde el principio se presenta toda la escena como una obra de amor, que surge de una petición de amor: Señor, el que tú amas está enfermo (v. 5).
San Juan, que, a diferencia de los tres Sinópticos, introduce explicaciones a su propia narración (es el primer exegeta de sí mismo), como poniéndose de observador, por así decir, fuera del texto, al margen de lo que va escribiendo, nos advierte: ¡Ojo atento! Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Aquí puede pasar cualquier cosa. (Hace muchos años le escuché a una religiosa: “El amor siempre encuentra el modo de hacerse presente”). Estamos, pues, dentro de la “exégesis verbal”.

6. Según lo que está escrito, ¿por qué Jesús se quedó donde estaba y no fue adonde llamaban? El filólogo le da paso al espiritual intuitivo. Y este responde: Por amor. ¿Por qué, luego, se decidió y fue? Por amor. Esto no lo dice el texto, pero se huele, por lo que antecede y por lo que sigue.
El texto habla de la gloria de Dios, del Padre, tema que traspasa todo el Evangelio de Juan desde Caná hasta la Cena. San Juan, a los discípulos y a mí nos quiere introducir en la gloria de Dios por el camino de la fe, pues así es: yo puedo ser vidente de la gloria de Dios por el camino de la fe. “Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis” (vv. 14-15).
La visión de la gloria de Dios se da en el ápice de la escena. Jesús, que había dicho a Marta «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» (v. 40). entra en la gloria de Dios cuando él, que ha dado orden de quitar la losa, levanta los ojos al cielo y dice: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado” (v. 41).

7. Pero acabamos de dar el salto a lo infinito, y era necesario volver al lugar. De la casa de Marta hemos ido hasta la tumba. ¿Qué va a pasar en la tumba…? A una tumba se va a rezar, a pensar, a recordar…, en una palabra, a amar. (Yo, cuando de América vuelvo a mi pueblo, la primera visita que suelo hacer es a la tumba de mis padres…, para agradecer. Me sale del corazón). Jesús fue a la tumba del amigo a llorar…, pero había en su corazón algo que rompía a otro lado, más arriba.
Es necesario deletrear el texto:
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».  Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»” (vv. 33-36).

8. Marta no piensa en la resurrección de su hermano. Jesús, sí; mejor dicho, no piensa, él vive la resurrección; él se vive como resurrección, porque él es la resurrección y la vida.
El drama de la escena está expresado en forma dialogal (vv. 21-27):

“Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Marta es la perfecta creyente de Israel: cree en la resurrección del último día; cree en la resurrección de los muertos; cree en la resurrección de su hermano.
Y Jesús le invita a dar el último paso: creer en la resurrección de los cristianos, creer en la resurrección de Jesús, acoger en su corazón que el que tiene delante es la Resurrección y la Vida.
Marta acepta la propuesta, y cree que el que tiene delante es el Cristo, el Hijo de Dios.
Ahora el milagro pasa al parámetro de la normalidad: el Hijo de Dios que tenía que venir al mundo, resucita a Lázaro, es decir, me resucita a mí.
Ahora resulta que la escatología final, la clásica – la única – se ha anticipado y en Jesús, “resurrección y vida” es escatología realizada. En él ha llegado el “ésjaton de la historia”; en él el futuro es presente.

9. Pero en este Domingo 29 de marzo de 2020 estoy en la iglesia vacía de Jesús de Medinaceli, en Madrid, abierta unas horas por la mañana (de 9.00 a 13.00) y por la tarde (de 18.00 a 20.00) a la Villa de Madrid, la ciudad más adolorida por el Coronavirus. En España pasaron de 6.000 los muertos en estos días. (Cifra final del Domingo 29 de marzo, 6.528, que son 838 más que el día de ayer). Uno piensa, o se deja pensar…, y se duerme.
Me encuentro bien – bien, porque estoy escribiendo -, pero, consciente de que el Coronavirus como persona de alto riesgo por la edad, puede entrar en mí, sin saber cómo, y en pocos días pasar a la estadística de los hermanos que se durmieron en el Señor. Lo acepto. Pienso, con todo, que es más confianza en el Señor prescindir de este imaginario y seguir humildemente en la ruta de cada día, con un corazón ensanchado por la comunión de los santos y de todos los mortales. Dios es Padre.

10. Ahora viene el secreto de la exégesis. Vamos a ir perfilando la figura de Jesús desde el Evangelio. Ese Jesús del que escribe Juan es el Viviente; es “el que está” como el Dios de Israel. No es un ejercicio imaginativo. Es forma fidei: Jesús es Presencia, palabra de sentir más que de entender. Dios nos libre de contornear la imaginación y dar figura a esta Presencia Vivificante, a ese Tú dialogante de mi vida.
Jesús, creo en ti.
Tú eres el perdón de mis pecados y mi justificación ante el Padre.
Tú eres el Dueño de mi vida y de mi muerte.
Yo no puedo dar un paso ante la muerte, misterio infinito.
Tú lo puedes dar en mí.
Acepta, en tu misericordia, lo mismo mi vida que mi muerte.
Mi vida es importante en ti y para ti, y a través de ti para todos mis hermanos, los hombres.
Mi vida no se mide por ningún episodio de la historia, ni es importante por nada que sea inferior a ti mismo.
En tu voluntad está mi paz.
Jesús, Dios mío, te amo.

Madrid, lunes de la V semana de Cuaresma, 30 de marzo de 2020.

jueves, 26 de marzo de 2020

1321. Domingo V Cuaresma A – Jesús, resurrección y vida, anuncia y promete mi resurrección



Jesús, resurrección y vida, anuncia y promete
mi resurrección


Texto evangélico:
Jn11 Había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Los discípulos le replicaron: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo allí?». Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque la luz no está en él». Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo». Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará». Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su encuentro». Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María para darles el pésame por su hermano.  Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». 
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama». Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él: porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado». Le contestaron: «Señor, ven a verlo».  Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».
 Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Hermanos:
1. Para introducirnos en el secreto del Evangelio de hoy la Iglesia proclama un mensaje del profeta Ezequiel, que vivió seis siglos antes de Jesús: Esto dice el Señor Dios: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor” (Ez 37,12-13).
Y también unas frases de san Pablo, escritas antes del Evangelio de san Juan: “Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros” (Rom 8,11).

2. Según estas sentencias de la Escritura, Dios, el único dueño de la vida y de la muerte, es el que resucita al pueblo de Israel. Dios, el que resucitó a Jesús, por el Espíritu, es el que me va a resucitar a mí.
Pero en el Evangelio se da un paso más: Dios, el único que puede dar resurrección y vida, deposita todo su poder en el Hijo, a tal punto que nosotros podemos decir que Jesús Resucitado es el que me va a resucitar a mí.
Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
Y entonces Marta hace esta espléndida confesión de fe:  Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Su hermana María hace una confesión similar: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
En resumen: Donde está Jesús está la vida, donde no está Jesús, allí no puede haber otra cosa sino tinieblas y muerte.

3. Estos grandes principios de nuestra fe tienen vigencia para toda la humanidad: Jesús es la única vida del mundo, la vida y la inmortalidad para siempre. Pero esta fe no me salvaría a mí, si no pudiera aplicarla al ámbito de mi existencia, y confesar y experimentar de modo único y personal: Jesús es mi resurrección y mi vida. Yo sé que este cuerpo es cuerpo débil, sujeto al proceso de la muerte. Yo sé que este cuerpo mío tiene que bajar al sepulcro, más tarde o más temprano, pero es su destino y ningún ser humano puede escapar de él. Pero yo confieso que este cuerpo mío va a participar de la inmortalidad de Jesús, y ha de vivir con la vida de Dios y en su nueva condición nunca más morir.

4. El Evangelio nos habla de tres resurrecciones, las tres para volver a morir: El hijo de la viuda de Naím (Lc 7,11-17), la niña de 12 años hija de Jairo, jefe de la sinagoga (Mt 5,42¸par. Lc 8,55; Mt 9,27); tres resurrecciones que, en realidad, son reviviscencia, para reandar potar vez el camino de la vida, que es un viaje siempre a más vida hasta el encuentro eterno con Dios.
Este planteamiento de fe lo trasladamos ahora al panorama de muerte que estamos sufriendo. Ayer la epidemia que padecemos se llevó consigo a 655 muertos, número de horror, que, gracias a Dios, fue de 80 víctimas menos que el día anterior.
En estas circunstancias proclamamos que la muerte no es el triunfo del mal. Cristo Resucitado está enfrente y él es nuestra victoria.
Señor Jesús, toda la vida del Padre por el Espíritu está puesta en tus manos, y tú nos la entregas en la Eucaristía, don de inmortalidad. En tu corazón nos abandonamos con confianza, para que nuestra vida, solo vida, siempre vida. Amén.

Madrid, desde Jesús de Medinaceli, jueves 26 marzo 2020.

sábado, 21 de marzo de 2020

1320. VÍA CRUCIS DEL CORONA VIRUS


VIA CRUCIS DEL CORONA VIRUS

San Francisco quería que sus hermanos fueran por el mundo como “juglares” – cantoautores populares, inventando versos sencillos y melodías – para alabar a Dios, y anunciar el amor, el perdón y la paz.
En esta inmensa tragedia que compartimos los humanos, he aquí en versos sencillos, unos versos de juglar para alabar a Dios todopoderoso, para consolar a los hermanos, y para abrirnos a una infinita esperanza.
Todo ello mirando a Jesús en la Cruz.  Regnavit a Cruce Deus. Dios reinó desde la cruz.


Primera estación:
Jesús condenado a muerte por todos los hombres

La pandemia del pecado
llevó a Jesús a la muerte,
que por la muerte todos,
murió el único Inocente.

En Adán pecamos todos,
un misterio que estremece,
y sentimos ese virus
en la carne y en la mente.

Gracias, Jesús, nuevo Adán,
por ser el amor que eres;
porque en tu santa Pasión
me salvaste para siempre.

Segunda estación
Jesús sale con la Cruz a cuestas

Como esposo enamorado
que abraza a su esposa amada,
Jesús abrazó la Cruz
como a su esposa del alma.

Y en la cruz estaba yo
y toda miseria humana,
todo dolor y epidemia,
toda ofensa a Dios lanzada.

Dispuesto estoy, mi Señor,
a aceptar lo que nos mandas;
si eres tú quien nos la entregas,
acepto la Cruz cual gracia.

Tercera estación
Jesús cae con la Cruz a cuestas

Dios es débil por ser hombre,
hasta caer en la tierra,
misterio de encarnación,
que rompe toda frontera.

Y donde un caído encuentre,
en cualquier lugar que sea,
a un hermano yo veré
y a Jesús que representa.

En triste caída vemos
al hombre en esta epidemia;
tú, mi Jesús victorioso,
levántanos con tu fuerza.

Cuarta estación
Jesús encuentra a su Madre

Si un Hijo sufriendo está,
su Madre estará con él
y el padecer de los dos
se hace un solo padecer.

La presencia de María
hoy consuela nuestra fe,
es el amor de la Madre
y el valor de la Mujer.

Virgen Madre el Señor,
elegida en Nazaret,
en esta hora de angustia,
cúmplase en mí su querer.

Quinta estación
Jesús es ayudado por el Cireneo

Yo puedo ser Cireneo,
que hay alguien que sufre más,
y está muy cerca, muy cerca,
quizás a mi lado está.

Dios nos hizo solidarios
en el dolor y amistad,
y no hay nadie que no tenga
un don que a su hermano dar.

Yo quiero ser Cirineo,
también dejarme ayudar,
y a ti te escojo entre todos,
Cireneo celestial.

Sexta Estación
La Verónica enjuga el rostro a Jesús

La santa Faz del Señor
en un lienzo fue grabada,
que una mujer amorosa
quiso enjugarle la cara.

No hay un regalo más grande
de Dios a su Iglesia amada,
que Él entregue su retrato
en el fondo de mi alma.

En mi corazón te llevo,
oculto en tanta desgracia,
Jesús, y un día de he verte
con tu frente iluminada.


Séptima: Segunda caída
Jesús cae por segunda vez

El que cae y se levanta,
acaso vuelve a caer,
que es demasiado la carga,
y tan sensible la piel.

Nuevos países caídos,
noticias de amanecer,
nuevas muertes y afectados
sobre el balance de ayer.

Caídos mas no aplastados,
que confiamos en Él,
y tu vida, Cristo vivo,
nos hace reflorecer.

Octava estación
Jesús consuela a las mujeres que le acompañan

Dejad de llorar por mí,
mujeres tan compasivas:
llorad por graves pecados,
causa de toda desdicha.

Dios no se rinde en amar,
y amando nos mira y cuida;
Dios nos perdona sin fin,
si acogemos su visita.

Oh Jesús perdonador,
de toda humana malicia,
intercede por nosotros
con tu bondad infinita.

Novena estación
Jesús cae por tercera vez

Mi Dios está por los suelos
por ser último de todos,
y así lo quiso elegir
y en ello encontrar su gozo.

Si yo extiendo la mirada
y veo a este mundo roto
he de pensar que escondido
mi Dios está con nosotros.

Jesús, Señor compasivo
del dolor más doloroso,
míranos en donde estamos
con esos tus suaves ojos.

Décima estación
Jesús es despojado de sus vestiduras

El Rey del cielo desnudo
para ser crucificado,
el que viste cielo y tierra
y embellece lo creado.

A nuestras mentes golpean
todos los desheredados,
los desnudos de la tierra,
los que son los descartados.

En plaga de desnudez,
con Job, a ti, nos llegamos,
Jesús, belleza de Dios,
tu gloria sea mi manto.

Undécima estación
Jesús es clavado en la Cuz

Para siempre hay una Cruz,
donde está Cristo bendito,
y yo debo completar
junto a él su sacrificio.

Dios quiso la redención
con tres claves de su Hijo,
y por amor, que agradezco,
me ha asociado a este martirio.

Oh mi Jesús adorado,
mi Jesús del Crucifijo,
aunque mi ser lo repele,
cúmplase en mi tu designio.

Duodécima estación
Jesús muere en la cruz vez

Muere Jesús, Hijo amado,
entre los brazos del Padre;
muere Dios que se hizo hombre
muere a las tres de la tarde.

Muere por mí, pecador,
para que yo viva y ame,
muere y muriendo me entrega
su cuerpo santo y su sangre.

Mi Dios, mi amor infinito,
abrazo y todas mis paces,
a ti me entrego cual soy,
libre de todos los males.

Decimotercera estación
María en la muerte de su Hijo

Al final como al principio
María es maternidad;
es la ternura de Dios,
que no nos pude dejar.

En tu regazo de Madre
el mundo no es soledad;
es un sagrado silencio
de esperanza y caridad.

Es anuncio de la Pascua
que tras la muerte vendrá;
Madre de todos los hombres,
envuélvenos en tu paz.

Decimocuarta estación
Jesús es depositado en el sepulcro

Muchas familias no pueden
despedir a sus difuntos;
hoy con vosotros estamos,
con vosotros, todos juntos.

La Eucaristía nos une,
que de muchos hace uno;
es nuestro lecho pascual,
y con ella viene el triunfo.

¡Salve, Jesús vencedor,
Jesús, destino seguro,
en tu corazón dejamos
la gran pandemia del mundo!


Fr. Rufino María Grández, capuchino,
desde Madrid en Jesús de Medinaceli, 21 de marzo de 2020

NOTA: en este link (creado por mi hermano Roque Grández, capuchino, Guayaquil) puedes leer el texto como lectura de las páginas de un libro, un folleto de 16 páginas, una página para cada estación