Jesús transfigurado con la historia y la gloria de Dios
Texto evangélico
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a
Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte
alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y
sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron
Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a
Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas:
una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando
cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube
decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al
oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y,
tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a
nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los
muertos».
Hermanos:
1. La
Cuaresma tiene su propio perfil de austeridad, penitencia, perdón…; y de pronto
escuchando esta escena de gloria y de éxtasis, escena celestial en la tierra,
nos parece que no estamos en Cuaresma, sino, bien al contrario, en Pascua.
Por
otra parte, la oración colecta del día, construida sobre esta escena de gloria,
nos habla de las maravillas de la Palabra de Dios, de tres gracias: escuchar la
Palabra de Dios (que está en el Hijo), alimentarse constantemente de esa
Palabra de Dios, contemplar la gloria infinita de Dios desde esta Palabra que
se nos da, que llamamos Palabra de Dios. Durante muchos años nos hemos servido
de esta oración del Domingo II de Cuaresma para iniciar las clases de Sagrada
Escritura.
Estamos,
pues, en Pascua, en este Domingo II de la Cuaresma. Esto nos está diciendo que
el misterio cristiano, aunque lo miremos desde un perfil u otro, es uno, y
nunca se podrá romper.
En
la tradición de la Iglesia esta escena divina de la Transfiguración de Jesús,
ha tenido un relieve muy especial, porque nuestros hermanos de Oriente la han
seleccionado para celebrar una de las grandes fiestas del Señor, y nosotros
también, siguiendo este ejemplo, hemos puesto la fiesta de la Transfiguración
del Señor el seis de agosto, todos los años.
2. Pero no estamos en Pascua sino en
Cuaresma, y lo que estamos diciendo confirma el pensamiento central de la
homilía del domingo pasado. Decíamos que Jesús va al desierto, ante todo, para
estar con el Padre, va a hundirse en el misterio santo de Dios que tan
fuertemente había sentido en el Bautismo.
Pues este es el misterio profundo de lo
que hoy celebramos en nuestro camino cuaresmal rumbo a la Pascua. Jesús subió
al monte no a transfigurarse. Su vida avanzaba en el ministerio público. Aquel
entusiasmo primero quizás se había retraído.
Jesús, que frecuentaba de continuo la
oración, por la noche, por la madrugada, subió al monte a orar, ha subrayado
san Lucas, quizás para afrontar el combate final.
Aquella historia que había comenzado con
la creación del mundo, como recuerda el primer domingo de Cuaresma; que había
seguido con la llamada de Abraham a salir de su tierra; que había tenido su punto
culminante en el Simaí, con Moisés; que había seguido con los profetas, el
mayor de los cuales era Elías. Esa historia la llevaba Jesús dentro y ahora
aparecía ante sus ojos.
3. Pensemos cuál fue el fruto de la
oración de Jesús, que indica cuál ha de ser el fruto de nuestra propia oración,
guiados por Dios. El fruto de la oración fue, por de pronto, la contemplación.
Aparecieron Moisés y Elías. Era la historia divina que Jesús llevaba dentro de
su propio corazón.
Jesús llevaba toda la historia de Dios
consigo, en su propia intimidad. Ella era parte de esa historia que ahora iba a
culminar en la Pasión, muerte y Resurrección.
4. Pero no fue solo eso: todo el ser de
Jesús, el Cristo fue arrebatado por la gloria de Dios y los tres apóstoles
elegidos lo contemplaron. Su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos
se volvieron blancos como la luz. Todo Jesús era luz, gloria, Pascua.
El punto supremo de esta historia divina
viene a continuación: una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz
desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.
Escuchadlo».
Lo que ha acontecido en Jesús es el
paradigma de lo que va a acontecer en la Iglesia: esa divinización a la que
estamos destinados.
La Nube luminosa es el Espíritu.
Y en el vértice de cuanto acontece está el
Padre. El Padre ha puesto a su Hijo en el centro y hace esta declaración:
- Proclama ante el mundo que Jesús es su
Hijo, el amado.
- Y, al proclamar, nos dice: Escuchadlo.
La contemplación cristiana no es otra cosa
sino el fruto de la escucha del Hijo, del amado.
No solamente la contemplación; la tarea
cristiana, como tal, arranca de aquí, de la escucha del Hijo. San Pablo nos
habla hoy de esta vocación cristiana, de esta gracia, y la describe con estas
palabras: “la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro
Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la
inmortalidad por medio del Evangelio” (2Tim 1,10).
5. Querido hermanos, estas son las
realidades cristianas que llevamos entre manos. Esta es nuestra vocación, ocupemos
el puesto que sea en la sociedad y en la Iglesia, porque este Evangelio está
dirigido a todos sin excepción. Cuando el Papa San Juan Pablo II escribió la
exhortación apostólica sobre la Vida Consagrada (Vita consecrata, 25 marzo
1996), nos propuso el icono de la Transfiguración como el camino que
debíamos recorrer. Pero el icono de la Transfiguración no es, ni mucho menos,
privativo para los consagrados; es el paradigma de la vida para todo discípulo
de Jesús, seguidor del Evangelio.
Terminamos, pues, contemplando el rostro
radiante de Cristo donde brilla la gloria del Padre y el futuro de la
humanidad:
Señor Jesús, llévanos al Monte santo de la
Transfiguración, como a Pedro, Santiago y Juan, y haz que contemplemos tu
gloria para que nuestra vida se llene de gozo y esperanza y podamos trasmitirla
a los hombres. Amén.
Madrid, Iglesia de Jesús de Medinaceli, domingo
II de Cuaresma, 8 de marzo de 2020.
El Espíritu Santo nos regale la gracia de hundirnos en el misterio de Dios por el don de la contemplación. Mil gracias Padre Rufino.
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