jueves, 12 de marzo de 2020

1315. Domingo II Cuaresma, ciclo A – Jesús transfigurado con la historia y la gloria de Dios.


Jesús transfigurado con la historia y la gloria de Dios




Texto evangélico
Seis días más tarde, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».

Hermanos:
1.     La Cuaresma tiene su propio perfil de austeridad, penitencia, perdón…; y de pronto escuchando esta escena de gloria y de éxtasis, escena celestial en la tierra, nos parece que no estamos en Cuaresma, sino, bien al contrario, en Pascua.
Por otra parte, la oración colecta del día, construida sobre esta escena de gloria, nos habla de las maravillas de la Palabra de Dios, de tres gracias: escuchar la Palabra de Dios (que está en el Hijo), alimentarse constantemente de esa Palabra de Dios, contemplar la gloria infinita de Dios desde esta Palabra que se nos da, que llamamos Palabra de Dios. Durante muchos años nos hemos servido de esta oración del Domingo II de Cuaresma para iniciar las clases de Sagrada Escritura.
Estamos, pues, en Pascua, en este Domingo II de la Cuaresma. Esto nos está diciendo que el misterio cristiano, aunque lo miremos desde un perfil u otro, es uno, y nunca se podrá romper.
En la tradición de la Iglesia esta escena divina de la Transfiguración de Jesús, ha tenido un relieve muy especial, porque nuestros hermanos de Oriente la han seleccionado para celebrar una de las grandes fiestas del Señor, y nosotros también, siguiendo este ejemplo, hemos puesto la fiesta de la Transfiguración del Señor el seis de agosto, todos los años.

2. Pero no estamos en Pascua sino en Cuaresma, y lo que estamos diciendo confirma el pensamiento central de la homilía del domingo pasado. Decíamos que Jesús va al desierto, ante todo, para estar con el Padre, va a hundirse en el misterio santo de Dios que tan fuertemente había sentido en el Bautismo.
Pues este es el misterio profundo de lo que hoy celebramos en nuestro camino cuaresmal rumbo a la Pascua. Jesús subió al monte no a transfigurarse. Su vida avanzaba en el ministerio público. Aquel entusiasmo primero quizás se había retraído.
Jesús, que frecuentaba de continuo la oración, por la noche, por la madrugada, subió al monte a orar, ha subrayado san Lucas, quizás para afrontar el combate final.
Aquella historia que había comenzado con la creación del mundo, como recuerda el primer domingo de Cuaresma; que había seguido con la llamada de Abraham a salir de su tierra; que había tenido su punto culminante en el Simaí, con Moisés; que había seguido con los profetas, el mayor de los cuales era Elías. Esa historia la llevaba Jesús dentro y ahora aparecía ante sus ojos.

3. Pensemos cuál fue el fruto de la oración de Jesús, que indica cuál ha de ser el fruto de nuestra propia oración, guiados por Dios. El fruto de la oración fue, por de pronto, la contemplación. Aparecieron Moisés y Elías. Era la historia divina que Jesús llevaba dentro de su propio corazón.
Jesús llevaba toda la historia de Dios consigo, en su propia intimidad. Ella era parte de esa historia que ahora iba a culminar en la Pasión, muerte y Resurrección.

4. Pero no fue solo eso: todo el ser de Jesús, el Cristo fue arrebatado por la gloria de Dios y los tres apóstoles elegidos lo contemplaron. Su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Todo Jesús era luz, gloria, Pascua.
El punto supremo de esta historia divina viene a continuación: una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo».
Lo que ha acontecido en Jesús es el paradigma de lo que va a acontecer en la Iglesia: esa divinización a la que estamos destinados.
La Nube luminosa es el Espíritu.
Y en el vértice de cuanto acontece está el Padre. El Padre ha puesto a su Hijo en el centro y hace esta declaración:
- Proclama ante el mundo que Jesús es su Hijo, el amado.
- Y, al proclamar, nos dice: Escuchadlo.
La contemplación cristiana no es otra cosa sino el fruto de la escucha del Hijo, del amado.
No solamente la contemplación; la tarea cristiana, como tal, arranca de aquí, de la escucha del Hijo. San Pablo nos habla hoy de esta vocación cristiana, de esta gracia, y la describe con estas palabras: “la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio” (2Tim 1,10).

5. Querido hermanos, estas son las realidades cristianas que llevamos entre manos. Esta es nuestra vocación, ocupemos el puesto que sea en la sociedad y en la Iglesia, porque este Evangelio está dirigido a todos sin excepción. Cuando el Papa San Juan Pablo II escribió la exhortación apostólica sobre la Vida Consagrada (Vita consecrata, 25 marzo 1996), nos propuso el icono de la Transfiguración como el camino que debíamos recorrer. Pero el icono de la Transfiguración no es, ni mucho menos, privativo para los consagrados; es el paradigma de la vida para todo discípulo de Jesús, seguidor del Evangelio.

Terminamos, pues, contemplando el rostro radiante de Cristo donde brilla la gloria del Padre y el futuro de la humanidad:
Señor Jesús, llévanos al Monte santo de la Transfiguración, como a Pedro, Santiago y Juan, y haz que contemplemos tu gloria para que nuestra vida se llene de gozo y esperanza y podamos trasmitirla a los hombres. Amén.

Madrid, Iglesia de Jesús de Medinaceli, domingo II de Cuaresma, 8 de marzo de 2020.

1 comentario:

  1. El Espíritu Santo nos regale la gracia de hundirnos en el misterio de Dios por el don de la contemplación. Mil gracias Padre Rufino.

    ResponderEliminar