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(1048) Jesús, Hijo de Dios, el primero y el todo
Jesús,
Hijo de Dios, el primero y el todo
Mt
10.37-42
Texto
37El que quiere a su padre o a su madre más que a
mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es
digno de mí; 38y el
que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. 39El
que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. 40El
que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me
ha enviado; 41el que recibe a un
profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un
justo porque es justo, tendrá recompensa de justo. 42El
que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos
pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su
recompensa».
Hermanos:
1. En la fiesta de San Jerónimo, 30 de septiembre,
del año 2010, el Papa Benedicto XVI publicó una bellísima exhortación
apostólica como fruto del Sínodo que se acababa de celebrar sobre la Palabra de
Dios en la Iglesia y el mundo (5 al 26 de octubre de 2008. El documento se
titula “Verbum Domini”. La leí con especial interés, pues por aquellos años mi
ministerio desarrollaba como profesor de Biblia en el Seminario donde estaba,
allí en América, y la frase que más me conmovió fue esta, en la que explicaba
qué es una homilía, en el número 59: “Debe quedar claro a los fieles que lo que
interesa al predicador es mostrar a Cristo,
que tiene que ser el centro de toda homilía”.
Fíjense, hermanos, lo que aquí se dice: Cristo tiene que ser siempre el centro de toda homilía. Aunque un obispo dijera: Este Domingo la homilía debe ser en torno a las elecciones que se van a celebrar, sobre la responsabilidad que debemos tener todos para contribuir al bien común de todos los ciudadanos. Yo puedo derivar en este tema o en otro, sea el que sea, pero lo que debe quedar claro es que yo estoy hablando desde Jesús, y que la vida que predicamos es una vida, que nace de él, de su Evangelio, una vida que Dios nos revela.
2. En aquella misma
exhortación apostólica, el Papa, biblista de profesión, aclaraba una cosa que
se ha revueltos estos días. Decía en ese número 59: “Hay también diferentes
oficios y funciones «que corresponden a cada uno, en lo que atañe a la Palabra
de Dios; según esto, los fieles escuchan y meditan la palabra, y la explican
únicamente aquellos a quienes se encomienda este ministerio», es decir,
obispos, presbíteros y diáconos”. Los obispos alemanes han pedido a la Santa
Sede que los laicos puedan predicar en la Misa, y la santa Sede ha dicho que
no. Un laico, hombre o mujer, puede conocer las santas Escrituras mejor que yo,
sencillo sacerdote, puede explicar en la universidad la Biblia, los Evangelios,
mucho mejor que yo; puede, incluso, dar ejercicios espirituales a sacerdote y
obispos, pero en el acto sagrado, sacramental, de la Misa el que distribuye el
Pan de la Palabra de Dios es el humilde sacerdote que preside, o,
eventualmente, el diácono que la acompaña.
Termino la cita: “En efecto, ésta - la homilía - “es parte de la acción litúrgica” […] La homilía constituye una actualización del mensaje bíblico, de modo que se lleve a los fieles a descubrir la presencia y la eficacia de la Palabra de Dios en el hoy de la propia vida. Debe apuntar a la comprensión del misterio que se celebra, invitar a la misión, disponiendo la asamblea a la profesión de fe, a la oración universal y a la liturgia eucarística”.
3. Volviendo, pues, a
lo que decíamos al principio: Cristo es el centro de toda homilía. El texto de
hoy es extraordinariamente claro y del todo comprometedor: Cristo es el centro
de la vida y lo es por ser el Hijo de Dios, no por otra cosa.
Un buen sociólogo, del partido que sea, nos dirá que la familia es, tiene que ser, el centro de la sociedad, y debe estar por encima del estado. El estado ha sido constituido para que las personas, y en concreto, las personas en familia, puedan llegar a su desarrollo completo en todos los órdenes. La economía familiar será parte importantísima, pero no la principal. La vivienda digna, el acceso a la educación superior según las cualidades de uno, la cultura, la solidaridad mutua, y en definitiva la paz, son los valores que han de fomentar las instituciones dl estado.
4. Y ahora viene Jesús
y dice: “El que quiere a su padre o a su
madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más
que a mí, no es digno de mí”. Evidentemente que la mentalidad de hoy
rechaza de plano estas afirmaciones. Porque la mentalidad dominante nos dice:
Cada uno es libre para tener las ideas religiosas que quiera tener; incluso
para negarlas todas, y nadie le puede discriminar por estas razones.
Es decir, Jesús se
atribuye una categoría que solo le corresponde a Dios. Efectivamente así es. Jesús se autodefine como
Hijo de Dios con todos los atributos que a Dios le corresponden.
Decir que Jesús es un
profeta, como dice el Islam, es poco decir; decir que Jesús es el mayo
bienhechor de la historia y merece todos nuestros respetos, es mucho decir,
pero, en úktima instancia, es poco decir; porque decir todo es decir: Jesús es
el Hijo de Dios encarnado, y merece la misma atención y culto que Dios merece.
Quien afirma estas cosas no es un fanático; es sencillamente un creyente.
5. Y de ahí se derivan
todas las consecuencias.
Jesús nos habla de dos.
La primera: que por él
me debo jugar todo. Nos dice: El que
encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
Por él pierdo mi vida,
pero en él encuentro mi verdadera vida.
Segunda consecuencia:
los enviados de él. Notemos que estamos dentro del capítulo 10 de san Mateo,
que empezamos hace dos domingo y todavía no hemos salido de él. Es el capítulo
de la misión: El que os recibe a
vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado.
Un enviado de Jesús es un enviado de Dios. Y así se debe sentir humildemente todo sacerdote.
6. Y luego Jesús nos
pone el ejemplo de los profetas. Nosotros, los discípulos de Jesús, somos los
profetas de Jesús. Y a Jesús le gusta poner los ejemplos más sencillos y
concretos, y fijémonos lo que nos dice: El
que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos
pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su
recompensa. En tiempos de Jesús no había los refrigeradores que ha creado
la industria eléctrica; pero en casa había un rincón fresco para guardar la
tinaja con agua fresca. Y ¿quién no puede ofrecer un caso de agua fresca a
quien koe necesita? No es precisamente
un acto heroico. Pues Jesús nos llega a decir esta frase solemne: El que dé a beber, aunque no sea más que un
vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad
os digo que no perderá su recompensa».
Hoy la primera lectura
nos trae el ejemplo de aquella sencilla mujer, ya mayor, que no tenía hijos y
que daba hospedaje al profeta Eliseo y su acompañante cuando pasaban por el
pueblo. Es un relato que nos llena de emoción y de ternura:
Te has tomado todas estas molestias por nosotros…,
¿qué podemos hacer por ti?; ¿hemos de hablar en tu favor al rey, o al jefe del
ejército?». Respondió ella: «Yo vivo tranquila entre las gentes de mi pueblo».
Tras irse se preguntó Eliseo: «¿Qué podemos hacer entonces por ella?».
Respondió Guejazí: «Por desgracia no tiene hijos y su marido es ya anciano».
Eliseo ordenó que la llamase. La llamó y ella se detuvo a la entrada. Eliseo le
dijo: «El año próximo, por esta época, tú estarás abrazando un hijo». Ella
respondió: «No, mi señor, no engañes a tu servidora». Mas la mujer concibió,
dando a luz un niño en el tiempo que le había anticipado Eliseo. (2Re 4,13-17).
Ahora Jesús nos dice que el que atienda a un enviado suyo, aunque no sea más que con un vaso de agua fresca, no quedará sin recompensa.
Señor Jesús, gracias por estas divinas enseñanzas
desde tu divinidad, creemos firmemente en ti, y en ti ponemos toda nuestra
confianza. Amén.
Pamplona, sábado 27
junio 2026.