Ascensión del Señor 2022
Lc 24,36-53
Texto:
50 Y los sacó hasta cerca de Betania y, levantando sus manos, los bendijo. 51 Y mientras los bendecía, se separó de ellos, y fue llevado hacia el cielo. 52 Ellos se postraron ante él y se volvieron a Jerusalén con gran alegría; 53 y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios.
Hermanos:
1. San Lucas, que es el Evangelio que estamos leyendo con preferencia este año, termina el relato de la vida de Jesús con la escena que acabamos de escuchar; y al comenzar la vida de la Iglesia en los Hechos de los Apóstoles, enlaza con lo mismo, con la Ascensión del Señor.
Quisiéramos en esta homilía expresar y asimilar tres verdades de nuestra fe:
La primera, que según las santas Escrituras, la Ascensión del Señor es la forma de comunicarnos que la Ascensión del Señor es al triunfo final de Jesús, el remate de su vida, de la misión que Dios le ha encomendado, la victoria sobre el pecado y la muerte.
La segunda verdad, hermanos, es que, por la gracia de Dios, como nos insisten los Apóstoles, la Ascensión de Jesús es nuestra propia Ascensión.
Y la tercera que podemos mirar con confianza nuestro futuro, basados en la fe de lo que creemos: las promesas de Jesús se cumplirán en nosotros, y un día estaremos junto a él, participando de su propia gloria.
2. Cuando hablamos de la Resurrección de Jesús, bien sabemos que en esta palabra se incluye todo su triunfo. En el mismo instante de su muerte Jesús asciende al cielo, pasa a la gloria de Dios. No podemos imaginar que Jesús anduviera vagando por esferas astrales antes de pasar al Padre. Jesús inaugura el mundo nuevo, que no es otra creación, otro universo semejante al que tenemos. Es la obra inmortal que nosotros, mortales al presente, no podemos imaginar.
Ahora bien Jesús se aparece a sus discípulos, y se aparece conforme a lo que nosotros podemos captar. Nuestro conocimiento, por muy superior que sea, entra a través de los sentidos. Conocemos a través de ver, de tocar, de compartir, de comer… Las apariciones de Jesús nos muestran un trato familiar, asegurándonos de que él vive, de que él se relaciona con nosotros, de que nuestra vida no termina en este horizonte nuestro limitado por el espacio y por el tiempo.
El mundo del más allá y del más acá, para el creyente, forman unidad, y hacen una sola historia que comenzó en la eternidad, cuando Dios nos eligió a cada uno de nosotros, por amor, y por ese mismo amor, a través de su Hijo amado, Él nos va a llevar hasta el final.
Lo acabamos de oír en la narración de san Lucas: “Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios” (Hech 1,3).
Jesús ha triunfado; Jesús vive y se comunica con nosotros.
La vida cobra otro sentido, si realmente damos un paso a la trascendencia y creemos que estos misterios no son fábulas de contentamiento, sino verdades nucleares de nuestra fe.
El Señor ha resucitado. Es la verdad central de nuestra fe, de donde viene todo lo demás.
3. Pero, en segundo lugar, siguiendo el anuncio y la doctrina de los apóstoles, las santas Escrituras nos hablan de otro hecho portentoso: que con Jesús Resucitado hemos resucitado los que creemos en él. Él, el Hijo de Dios, ha asumido en su cuerpo la realidad de nuestro cuerpo mortal. Con él hemos resucitado, con él hemos sido sentados (con-sentados) a la derecha del Padre. Es decir, hermanos, el triunfo de Cristo pasa a ser nuestro triunfo. Lo que se ha cumplido en él místicamente se ha cumplido en nosotros.
La oración propia de este día, que rezamos en todas las iglesias es esta:
Concédenos, Dios todopoderoso,
exultar de gozo y darte gracias en esta liturgia de alabanza,
porque la ascensión de Jesucristo, tu Hijo, es ya nuestra victoria,
y donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza,
esperamos llegar también nosotros,
como miembros de su cuerpo.
Confesamos que la victoria de Cristo es nuestra victoria; confesamos que él es nuestra Cabeza, y Dios, que es uuestro Dios; que el Padre nos concede en el bautismo, al incorporamos a su Hijo amado, la filiación divina. Somos “hijos en el Hijo”.
Jesús nos habló en este sentido. En su despedida nos dijo:
Subo a mi Padre, que es vuestro Padre; a mmi Dios, que es vuestro Dios.
4. Y el tercer pensamiento de este día, la gracia personal mirando a nuestro futuro, es esta, como lo dice la misma oración: donde nos ha precedido él, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros, como miembros de su cuerpo.
La vida está llena de incertidumbres y nadie puede predecir su día final. Abundan los sufrimientos y dolores. Pero donde nos ha precedido él, esperamos también llegar nosotros.
Le pedidos al Señor que nuestra muerte, vivida con fe, llena de esperanza y de amor, sea como la de Jesús, una marcha triunfal al cielo, por sus méritos.
No queremos engañarnos a nosotros mismos. Hemos de pasar por el trance de la muerte que es la última posibilidad de amor y de entrega que Dios, en su bondad nos concede. No queremos morir ignorando que nos morimos; pero sí queremos morir en el espíritu de la Ascensión del Señor sabiendo que él nos espera y que allí nos ha preparado lugar.
Y esto mismo queremos para nuestros familiares: no queremos que mueran en el engaño, que mueran sin saber que se están muriendo; queremos, por el contrario, que sepan que mueren como cristianos, abandonados, con infinita confianza en un Padre, que los ama y les espera, y que todo esto es triunfo y gracias que Jesús nos ha conseguido.
Señor Jesús, con toda la Iglesia nos alegramos por su santa Resurrección, por tu admirable ascensión a los cielos; y lo seguiremos celebrando cada confianza inquebrantable, día cada vez que celebramos el misterio de la Eucaristía. Te pedimos que nos des una confianza inquebrantable para morir cuando nos llegue la hora, sabiendo que entramos en tu triunfo. Amén.
Guadalajara, Jalisco, Domingo de la Ascensión del Señor.