Evangelio del domingo IV
de Pascua, ciclo B
Jn 10, 11-18
Hermanos:
1. De nuevo caen las palabras de Jesús sobre nuestros
corazones, suave lluvia de primavera sobre tierra en que la semilla ya ha comenzado
a dar la planta tierna. Estamos en Pascua, y el cuarto domingo pascual es,
todos los años, el Domingo del Buen Pastor; y todos los años escuchamos una
sección del capítulo 10 del Evangelio según san Juan. Escuchemos a Jesús que
nos habla de esta manera.
«Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas; el asalariado,
que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas
y huye; y el lobo las roba y las dispersa; y es que a un asalariado no le
importan las ovejas.
Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías, y las mías me conocen, igual que el Padre me
conoce, y yo conozco al Padre; y yo doy mi vida por las ovejas.
Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que
traer, y escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.
Por esto me
ama el Padre, porque yo entrego mi vida para poder recuperarla.
Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para entregarla
y tengo poder para recuperarla: este mandato he recibido de mi Padre.»
2. Nuestro corazón queda embargado de suaves sentimientos
que nos dan la verdad respiración interior. Hay un sentido de pertenencia, que nos
liga a Jesús: estamos en casa. Jesús habla de “las mías”. No podemos decir con
un tono indiferencias que Jesús es el pastor de las ovejas. Él tiene “las mías”,
y yo soy una de ellas, sintiéndome al mismo tiempo un redil bajo el cayado del
buen Pastor.
Este sentido de pertenencia es la clave para
comprender qué es la Iglesia, la cual no es otra que la Iglesia de Jesús y la Iglesia
de los hermanos.
Sentido de pertenencia al escuchar hablar a Jesús
con esta humilde soberanía. Yo soy de Jesús, yo soy de la Iglesia, yo soy de la
nueva creación que Dios va haciendo amanecer en el mundo. Todo ello produce una
serena consistencia, arquitectura íntima de nuestra personalidad.
En fin, en este clima en que se recogen las palabras
de Jesús, el corazón oyente respira intimidad, suavidad, paz.
Y todo esto suscita la Escritura por sí sola
como sacramento de Dios que actualiza y prolonga el sacramento del Verbo.
Entremos, pues, en estas palabras luminosas en la que Jesús se sigue revelando
hoy y aquí para nosotros. Quien nos habla
es el Jesús de los caminos de palestina y el Jesús eterno que hoy vive y reina
con el Padre en el Espíritu Santo.
3. Nos dice Jesús que él es buen Pastor y que lo
es porque da la vida por sus ovejas. “Dar la vida” es lo que distingue y sanciona
al Pastor del asalariado. Estamos en una alegoría – la alegoría del Buen Pastor
– en la cual los términos comparativos tienen el sentido que el autor les
confiere.
Las ovejas son un bien tan precioso para el
pastor genuino y verdadero que valen lo mismo que él. No se puede dar la vida
por alguien que no sea tan radicalmente mío, que valga lo mismo que yo valgo. Jesús
me pone en la cumbre de sus valores y mi bien es su propio bien. Lo que podría
comenzar pro una simple comparación humana se traslada a un plano divino, pues lo
que Jesús dice solo tiene sentido porque él es el Pastor divino, enviado así por
su Padre.
Jesús ha dado su vida por mí, es lo que me está
diciendo a íntimos gritos la suave y dulce alegoría del buen pastor. Yo valgo
lo que vale la vida de Jesús y soy fruto bendito de su sangre.
Jesús no es un asalariado, para quien las ovejas
son un jornal pero no su vida. Ante el
peligro, cuando el lobo asalta el redil, el asalariado salva su vida y deja a
las ovejas a merced del peligro: del robo y del homicidio.
Jesús es mi pastor verdadero, y su vida es el precio
de la mía, el rescate de la mía; en una palabra, la vida mía.
4. La vida de Jesús, pensada junto a la mía, es
intimidad, comunión y conocimiento. Yo
conozco a las mías, dice el Señor.
Esto debe penetrar mi ser entero hasta los
tuétanos. Soy el conocido por Dios, el apropiado de Dios, el interesado de Dios.
En el conocimiento perfecto hay una reciprocidad
mutua: “yo conozco a las mías, y las mías me conocen”, una reciprocidad de
comunión, que asciende hasta el plano divino y trinitario, y entonces la
reciprocidad se establece en la intimidad pura de Dios: “igual que el Padre me
conoce, y yo conozco al Padre”.
Hermanos, esto es la pura esencia de la mística
cristiana. Nos habla el Jesús de la Encarnación, peregrino en nuestras aldeas,
y nos habla simultáneamente – hoy, aquí, ahora – Jesús Resucitado, Jesús Pascua
de la Iglesia.
La Trinidad es la casa de nuestra vida, el
hábitat que configura nuestro espacio vital. La Trinidad es la armonía del ser
en medio del desasosiego reinante que quiere engullirme en su desconcierto.
Vivimos al desamparo; pero no, si la palabra de Jesús penetra el tuétano del
ser.
Jesús es presencia.
Jesús es comunión.
Jesús es intimidad divina, fuerza de mi presente
– externamente alterado – y seguridad de mi futuro, ya alcanzado en él.
Nacimos de Dios y para Dios, de la Trinidad y
para la Trinidad; y en el mundo estamos cumpliendo una función divina.
5. y Jesús nos habla ahora de otras ovejas, que,
aunque de pronto están fuerza, pertenecen al mismo dueño y son parte del mismo
rebaño, acogidas en el mismo redil.
Ya no podremos hablar de dos porciones del
rebaño, porque el rebaño es uno en un mismo redil.
¡Cuántos sentimientos transformadores han
provocados estas palabras de Jesús, al ver que la situación presente nos e corresponde
con el deseo de Jesús! Creemos en Jesús nosotros y otros seres humanos, y, sin
embargos, no nos sentimos un solo rebaño
en un solo redil.
“Yo las tengo que traer”, dice Jesús; “yo
entrego mi vida”. Palabras que nos fortifican y consuela, porque, al aceptarlas,
comprendemos que la obra de la unidad del rebaño de Cristo es una obra de tal
envergadura que solo Cristo – nadie más – es el autor de este proyecto divino
de amor. Quien hace al unidad de la Iglesia es Jesús, solo Jesús. Es Dios mismo.
Y el precio de esta divina unidad es Dios mismo.
6. Nos está hablando Dios a través de estas
palabras evangélicas que en la celebración de la sagrada liturgia son palabras
vivas y palabras vocacionales. De esta revelación secreta y firma del Señor brotan
las vocaciones. Una vocación es una llamada a cumplir el plan de Dios, que se
me ah revelado de forma directa, inmediata y personal.
Jesús, cuando me habla, me llama; es decir, me
propone y me invita. Esta es la virtud de su divina palabra. Este es el sacramento
de la Palabra de Dios.
7. Por último, hermanos, Jesús que nos habla de
dar la vida, de entregar la vida, nos habla en el mismo plano de recobrarla. Él
es soberano y dueño: él la da y él al recobra. Este Jesús de los pasos de
aquella tierra bendecida es el mismo Jesús Resucitado, y su vida es esa en al
que hoy existe.
Al escuchar estas cosas celestiales aquí en la
tierra, nuestro corazón se ha llenado de Dios. Dios nos las inspira, Dios nos
habla.
Señor, Dios mío, ¿qué quieres de mí?
Hazme unidad y amor, hazme donación sin retorno
por el rebaño que tú guía. Tú, buen Pastor, hazme en tu Iglesia lo que tú
quieras: oveja y pastor bajo tu cayado. Amén.
Como himno para este IV Domingo de Pascua, véase:
Nuestro Pastor se ha alzado de la tumba. 