Meditación
sobre el Evangelio de san Juan 20,11-18
Hermanos:
1.
La aparición de Jesús a María Magdalena, en la versión del Evangelio del
discípulo amado, es como el Cantar de los Cantares del Nuevo Testamento. Es una
escena espiritual, un ápice de la mística cristiana. Los personajes son Jesús y
el Padre, y María Magdalena (En la exégesis moderna de ninguna manera se
identifica a María Magdalena con la pecadora del Evangelio de Lc 7,36ss). María
Magdalena es, sin más, la fiel seguidora y la amante; la destacada entre las
demás mujeres; la que, junto con ellas, permanece fiel al pie de la cruz.
2.
El Santo Padre Benedicto XVI, al felicitar la Pascua en multitud de lenguas el
Domingo de Resurrección, recordaba la bella secuencia pascual “Victimae
paschali laudes”, que procede de la Edad Media. En esta poética secuencia se inicia un diálogo con María Magdalena: Dic nobis Maria, / quid vidisti in via?
María
cuenta lo que ha visto en el camino. Y profiere una profesión de fe: Surrexit
Christus, spes mea. Ha resucitado Cristo, mi esperanza.
«Surrexit
Christus, spes mea» – «Resucitó Cristo, mi esperanza» (Secuencia pascual).
Llegue
a todos vosotros la voz exultante de la Iglesia, con las palabras que el
antiguo himno pone en labios de María Magdalena, la primera en encontrar
en la mañana de Pascua a Jesús resucitado. Ella corrió hacia los otros discípulos
y, con el corazón sobrecogido, les anunció: «He visto al Señor» (Jn 20,18).
También nosotros, que hemos atravesado el desierto de la Cuaresma y los días dolorosos
de la Pasión, hoy abrimos las puertas al grito de victoria: «¡Ha resucitado!
¡Ha resucitado verdaderamente!».
Todo
cristiano revive la experiencia de María Magdalena. Es un encuentro que cambia
la vida: el encuentro con un hombre único, que nos hace sentir toda la bondad y
la verdad de Dios, que nos libra del mal, no de un modo superficial,
momentáneo, sino que nos libra de él radicalmente, nos cura completamente
y nos devuelve nuestra dignidad. He aquí por qué la Magdalena llama a Jesús
«mi esperanza»: porque ha sido Él quien la ha hecho renacer, le ha dado un
futuro nuevo, una existencia buena, libre del mal. «Cristo, mi esperanza», significa que cada deseo mío de bien
encuentra en Él una posibilidad real: con Él puedo esperar que mi vida sea
buena y sea plena, eterna, porque es Dios mismo que se ha hecho cercano hasta
entrar en nuestra humanidad”.
Hemos
destacado una frase: cada deseo mío de
bien encuentra en Él una posibilidad real.
Soy
un montón de deseos, que pueden convertirse en un montón de frustraciones; pero
no será así de ninguna manera si pongo a Cristo como clave de mi esperanza. El
que alcanza a Jesús resucitado alcanza lo real de la vida. En la vida de Jesús
resucitado, al pasar las barreras de la muerte, yo alcanzo lo que él ha alcanzado.
3.
Este pensamiento espiritual nada impide para que nosotros podamos sumergirnos
en la escena por otra veta.
María
Magdalena, a quien los santos Padres (ya san Hipólito de Roma, en el siglo
III) han llamado “la Apóstol de los apóstoles”, se nos describe aquí exhalada
de amor, y lo ha alcanzado por esta misteriosa lógica de amor. El amor intuye
sin argumentar, y ve al instante el punto de llegada; las razones se van quedando
racionalmente en el camino.
- ¡María!,
le dice Jesús.
Y
la mujer, en un fogonazo de su corazón, ha visto toda la verdad y responde:
-
“¡Raboni!”
Jesús
tiene prisa por subir al Padre, pero antes ha querido visitar a María… ¿Cómo puede
comprenderse esto? No hay que razonarlo, y menos comprenderlo, si yo me he lanzado a una exégesis del texto por la vía del corazón.
María
no se ha privado del abrazo efusivo que ha puesto en las plantas del Señor.
-
“No me retengas” (Noli me tangere), responde Jesús, “que todavía no he subido al Padre”.
4.
En el lenguaje amoroso los parámetros de las cosas que se dicen y se aceptan los
enamorados no cuadra con la realidad rutinaria del cada día. Pero no quiere
decir que esos diálogos de amor estén privados de sentido. Son verdad en otro
plano, en el plano de una verdad de encarnación y de sagradas nupcias pascuales,
a las que somos invitados.
María
se ha convertido de este modo en la Pregonera pascual…, como si en el mundo que
viene, mejor, en el mundo de la parusía, las mujeres fueran las elegidas para
traer los mensajes del Señor.
5.
María no representa a un sector privilegiado de la Iglesia. Nos representa a
todos. El Papa Benedicto nos lo acaba de
decir: “Todo cristiano revive la experiencia de María Magdalena”.
La
experiencia de María Magdalena se abre hacia la Trinidad, y Jesús le está comunicando
la intimidad del misterio: “Subo a mi Padre, que es vuestro Padre”. La morada
de Dios – el Padre – resulta ser la morada nuestra, mejor, la morada mía: El Dios
de Jesús, que Jesús va a poseer, es igualmente el Padre mío, el Dios mío. “A mi
Padre, que es vuestro Padre; al Dios mío, que definitivamente es el Dios vuestro”.
6.
La experiencia del espiritual puede darse en la oscuridad total, pero siempre
ha de ser una experiencia que aporte la seguridad de ese Dios sustentante que Jesús
ha proclamado: el Padre de Jesús – origen de su infinito misterio – es él
mismo, no otro, el Dios de mi presente y futuro.
He
aquí, pues, al Dios de la solidaridad en el amor; es el Dios al que le está dando
culto María Magdalena, modelo de toda la Iglesia.
Luego
corre a los discípulos a compartir la gracia que a ella se le ha dado.
María
Magdalena nos ha abierto el camino, y nos
está hablando de la calidad suprema de lo que ha visto. Su Evangelio, Evangelio
de la nueva Alianza, es éste: “He visto al Señor y me ha dicho esto”.
En
suma, el Evangelio trinitario de la fe se resume en la confesión del Resucitado
y en el Dios que le ha salvado y del que él se ha fiado: Mi Padre y vuestro Padre; mi Dios y vuestro Dios”.
7.
María Magdalena, la amante, la teóloga. María Magdalena, la sabiduría de la fe,
el Evangelio celestial de quienes han llorado al Señor.
Dígnese
el Padre de las Misericordias manifestarnos a su Hijo,
y
dígnese el Hijo manifestarnos a su Padre.
Eso
es el Evangelio. Amén.
Martes de Pascua 2012.
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