sábado, 26 de mayo de 2018 0 comentarios

1086. Domingo de la Santísima Trinidad 2018


 Trinidad: Misterio, historia y compañía
Mt 28,16-20


Texto evangélico:
16 Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17 Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. 18 Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19 Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

Hermanos:
1. Hoy es la solemnidad de la Santísima Trinidad. Hoy confesamos que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. El bautismo cristiano es la confesión de ese Dios de amor, cuya contemplación se no abre hoy para llenar el corazón de un misterio de alegría.
Un día fuimos bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y un día hemos de disfrutar de esa visión, de esa plenitud y posesión que excede toda comparación del pensamiento creado.

2. Las palabras que henos escuchados son las palabars finales del primer Evangelio, del Evangelio según san Mateo. Aprendamos de memoria esta frase final del Evangelio, que es como la firma de los 28 capítulos de este libro sagrado: Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos.
Solo porque Jesús está presente en medio de nosotros podemos hablar de él. Jesús no es una fantasía, sino una presencia, viva y vivificante, una compañía. Por esta razón, porque él es nuestro inspirador e interlocutor hablamos de él, y con su gracia seguiremos hablando hasta la muerte. Jesús vive. Jesús es el viviente. Jesús es el que explica las Escrituras y comparte el pan.

3. En este Evangelio, en que se proclama la Trinidad, hay al principio una palabra sorprendente y preocupante. En el fondo es un misterio. Dice el evangelista, sin querer rebajar las tintas: Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Estamos en el tiempo de la resurrección de Jesús. Es evidente que Jesús ha resucitado. No, hermanos, la resurrección de Jesús nunca es una evidencia; es un acto de fe. El texto sagrado, que habla de los Once, dice dos cosas:
- la primera que se postraron ante él. No se puede acceder a Jesús, sino a través de la postración, la proskínesis, de la adoración. Si la asamblea se junta en la santa Misa es, ante todo, para adorar a Dios, para postrarse ante él, para confesarle como el todo Santo y el único Santo. La costumbre milenaria de construir las iglesias mirando al Oriente, para que la luz del amanecer sea la que nos ilumine viene de esto. Dios es la luz de nuestra vida, adoremos.
- Y hay una segunda observación, que nos deja estupefactos: pero algunos dudaron. Estamos hablando de los Once, de los apóstoles escogidos por Jesús. Para adorar a Jesús tenemos que pasar un muro infranqueable, que es el muro de nuestra razón, donde está la duda. Tenemos que obsequiar a Dios con ese acto supremo de confianza y de abandono, y cuando damos este salto, olvidándonos de nosotros mismos, entonces se presenta la fe. La fe es razonable, pero solo entregando la propia razón.
La Iglesia, por lo siglos de los signos, ha de tener la cruel amenaza de esta duda. ¿Será verdad tanta maravilla?
A lo mejor sacudimos nosotros nuestras dudas hablando de los problemas sociales, que son los pertinentes al hombre. No, hermanos; esto es un engaño. La cuestión humana, por excelencia, es Dios.

4. Termina, pues, el Evangelio según san Mateo con una explosión de gloria radiante.
Jesús, el que pasó por la tierra, hombre entre los hombres, juzgado y rechazado, sentenciado en un patíbulo, es el rey y centro de la creación: Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Y Jesús quiere ejercer este poder. Y con un gesto divino nos dice a sus discípulos que hagamos discípulos a todos los pueblos, que los bauticemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Esto es demasiado serio. No es un consejo, no es una reflexión, una insinuación de diálogo. Es mucho más si damos a las palabras su significado propio. Es el imperativo que entrega Jesús a su comunidad, como última palabra y testamento de su vida y del misterio de la Encarnación.
El hombre ha nacido, ha sido lanzado al mundo, para vivir en comunión con el misterio de Dios, y esta es la última palabra que Dios nos confía. Esta es la razón de ser de la Iglesia en medio del mundo: descubrir y anunciar la comunión con Dios, e invitar a todos los hombres a ser partícipes de esa comunión.

5. ¿Quién es Dios?, ¿quién es realmente Dios? Es la pregunta más personal que cada ser humano lleva dentro de sí.
Y la respuesta que brindamos, habiéndole conocido, es esta: Dios es lo más concreto que existe, lo más mío de mí mismo. Dios es historia, experiencia y futuro. En las últimas homilías hemos ido desgranando estos pensamientos: Dios es cercanía y compañía. Un Dios que no pueda ser visto y experimentado es un Dios fantasma, ausente.
La historia de Dios con el hombre ha sido siempre así, una historia de experiencia de amor.
Hemos escuchado a Moisés interrogando al pueblo en vísperas de entrar en la tierra prometida: “¿Escuchó algún pueblo, como tú has escuchado, la voz de Dios, hablando desde el fuego, y ha sobrevivido? ¿Intentó jamás algún dios venir a escogerse una nación entre las otras mediante pruebas, signos, prodigios y guerra y con mano fuerte y brazo poderoso, con terribles portentos, como todo lo que hizo el Señor, vuestro Dios, con vosotros en Egipto, ante vuestros ojos?” (Deut 4,33-34).
Dios fue para Israel historia y experiencia, historia que se puede contar. Dios es historia. La revelación bíblica es historia.
Pero la experiencia de aquel pueblo fue una experiencia inicial, que se culminó con la venida de Jesús y la entrega del Espíritu Santo.  

6. El Espíritu de Dios también es experiencia. Repetiré: si no hay experiencia de Dios no hay Dios, no hay Espíritu de Dios. Nos ha dicho Pablo en la lectura de hoy: “Pues no habéis recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!». Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también glorificados con él” (Gal 4,15-17).

Hermanos, esto es la Trinidad. El Dios de la historia, el Dios con nosotros, el Dios de nuestra intimidad, el Dios de nuestra esperanza. El Dios de nuestro corazón.

7. Antes de termina esta homilía, una palabra propia de esta circunstancia. Hoy es el Día de la Vida Contemplativa. En la Iglesia ha habido y hay hombres y mujeres – más mujeres que hombres – que han comprendido que el sentido de su vida es este: concentrar actividad, fuerzas y misión en esto, en adorar a Dios, en proclamar a Dios, en orar a Dios, y desde ahí vivir su misión humana en el corazón del mundo, llevando día y noche a los hombres a Dios por medio de la oración y de la propia inmolación. Pidamos al Señor que arda muy viva en la Iglesia esta vocación.

Concluyamos, hermanos, con la doxología que tiene la Iglesia alabando al Dios de nuestra fe: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.

Guadalajara, Jalisco, sábado 26 mayo 2018.
viernes, 18 de mayo de 2018 3 comentarios

1085. Domingo de Pentecostés 2018



Recibid el Espíritu Santo
Jn 20,19-23

Texto evangélico:
19 Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». 20 Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. 21 Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». 22 Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Hermanos:
1. Todos los años, en la gran solemnidad de Pentecostés, que es la culminación de la Pascua, las dos fiestas principales del año, todos los años, proclamamos en la Eucaristía las mismas lecturas:
- el relato de aquel día de Pentecostés, fiesta judía, tal como nos lo presenta los Hechos de los Apóstoles;
- la doctrina sobre los dones del Espíritu Santo infundidos a los fieles cristianos, tal como nos la anuncia san Pablo escribiendo a la comunidad de Corinto:
- y como Evangelio, el que acabamos de escuchar. Jesús que se muestra al grupo de sus discípulos aquella tarde de la Resurrección: sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. Es la esencia del mensaje que, con la gracia de Dios, trataremos de explicar.

2. Y todos los años, en la misa de la Vigilia de Pentecostés, hay una lectura sorprendente del mismo Evangelio de san Juan. «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: “de sus entrañas manarán ríos de agua viva”». Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él. Todavía no se había dado el Espíritu, porque Jesús no había sido glorificado” (Jn 7,37-39).
Según este modo de hablar, el Espíritu Santo, que existía desde toda la eternidad, como existen el Padre y el Hijo, no existía como hecho, como acontecimiento, en espera de la Resurrección de Jesús. Quiere esto decir que la vida de Jesús y la venida del Espíritu Santo son una misma historia que no se puede romper. Sin Espíritu no hay Jesús; sin Jesús no hay Espíritu Santo. Sin la vida de Jesús no existe Pentecostés; sin Pentecostés no existe la vida de Jesús como vida del Hijo de Dios.

3. Pero es más: Pentecostés no se ha terminado. Se inició aquel día y sigue hoy. Estamos en Pentecostés, y la vida de la Iglesia es un Pentecostés continuado. Yo mismo soy una parte de la Historia de Pentecostés. Yo y mis hermanos, discípulos de Jesús, hemos sigo favorecidos de los dones del Espíritu Santo que se nos han dado.
Un ejemplo a la vista es lo ocurrido estos días, esta semana anterior a Pentecostés, en Roma. Los que siguen las noticias de la Iglesia saben cómo hace unos meses el Papa visitó Chile y Colombia. La visita a Chile produjo muchas contradicciones. El Papa, entonces, convocó a todos los obispos de Chile, para que tuvieran con él tres días de diálogo, de escucha, de discernimiento, de oración, como ha sido esta semana. Acudieron todos, 34, entre ellos algunos eméritos. Al final el Papa les escribió en conjunto una sencilla carta de agradecimiento, por su lealtad, por su sinceridad. La sorpresa viene a continuación cuando a esta carta todos y cada uno de los obispos de Chile, personalmente, firman una carta de renuncia, poniendo en sus manos el ministerio episcopal para que el Santo Padre haga, con libertad, lo que mejor le parezca. Un gesto maravilloso de sinceridad y de solidaridad de hermanos. No se pide que renuncie este u otro – los más implicaos o acusados – todos en conjunto y personalmente firman una Declaración. Después de pedir sinceramente perdón por el mal causado a causa del silencio y de la negligencia, dicen:
“En segundo lugar, queremos anunciar que todos los obispos presentes en Roma, por escrito, hemos puesto nuestros cargos en las manos del Santo Padre para que libremente decida con respecto a cada uno de nosotros”.
Hermanos, si uno examina por dentro esta sorprendente decisión (de la que, al parecer, no se conocen otros precedentes) uno dice: Aquí hay humildad, sinceridad y verdad; aquí está presente el Espíritu Santo, verdaderamente el Espíritu Santo conduce a la Iglesia.

4. Celebramos, pues, hermanos, en Pentecostés no solo aquel hecho lejano que ocurrió un día, como lo han descrito los Hechos de los Apóstoles, evocación de lo que pasó en el Sinaí en tiempos de Moisés, sino que celebramos simultáneamente lo que está ocurriendo en medio de nosotros. El Espíritu Santo es nuestra compañía.
Esto nos lleva a continuar la reflexión que nos hacíamos el Domingo pasado, Ascensión del Señor. Allí indicábamos que, en el lenguaje y descripción familiar del hecho, Jesús se iba y se quedaba.
No os dejaré huérfanos. Me voy; es preciso que me vaya, porque así os puedo enviar el Espíritu de Dios, mi Espíritu, el Espíritu Santo. Justamente por eso, vosotros haréis no solo las obras que yo he hecho (expulsión de demonios y milagros), sino que haréis obas mayores que las que yo he hecho. Vosotros tenéis que ir a los confines de la tierra, adonde yo no he podido ir… Vuestra tarea es el anuncio del Evangelio a todo el mundo, que yo no he podido realizar, no saliendo de los límites mínimos de mi tierra.
Así pues, lo mismo que el misterio de la Ascensión, el misterio de la venida del Espíritu, tiene un tono de familiaridad, lo cual significa cercanía y presencia de Dios.
Es más: los cristianos – solo los cristianos – podemos enunciar nuestra fe diciendo que nuestro Dios es un Dios encarnado e histórico. La historia de Dios comienza en la eternidad y termina hoy, aquí y ahora, en Pentecostés, en espera de la manifestación gloriosa del último día. El Dios de la Creación, el Dios de la inmensa Gloria es el Dios que hoy termina en mí como Dios Espíritu Santo que me va a acompañar todos los días de mi vida, hasta que yo vuelva a la morada de Dios, de donde vine un día.

5. Pero hay otro detalle en el Evangelio de hoy que debemos examinar con precisión: la unión del Espíritu Santo con el perdón de los pecados. «Recibid el Espíritu Santo; 23 a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».
Esto significa dos cosas:
- la primera que donde está el Espíritu Santo está el perdón de los pecados, aparte de todos los dones que él nos puede traer;
- y la segunda, que Jesús constituye a su Iglesia plenipotenciaria, como él, de los dones de Dios. La Iglesia de Jesús es portadora de la misericordia de Dios, y es administradora de esa misma misericordia. Evidentemente que no puede ser administradora a su capricho, sino según el corazón mismo de nuestro Dios y Padre, según la misericordia de Dios, según la ternura de Dios.

He aquí, pues, hermanos los grandes misterios de nuestra fe, que nos llenan el corazón de gozo y esperanza.
Señor Jesús, gracias sin fin por lo que has hecho por nosotros, por tu muerte y resurrección; gracias porque hoy nos envías desde el Padre al Espíritu para que permanezca siempre con nosotros.
Nosotros recibimos los dones de tu Espíritu y queremos disfrutar de ellos hasta el encuentro contigo. Amén.

Guadalajara, viernes 18 de mayo de 2018.

 
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