viernes, 15 de diciembre de 2017 0 comentarios

1030. Predicación de Adviento III – El Adviento que yo quiero vivir


El Adviento que yo quiero vivir

Hermanos:
1. De nuevo la voz de Adviento, para compartir el mensaje con todos vosotros. Recordemos el punto de arrancada de nuestra predicación de Adviento, que es tiempo de alegría y de gozosa expectación. Nuestro mensaje se resolvía en cuatro llamadas:
- El Adviento que vivieron los Profetas.
- El Adviento de Dios que vivió Jesús.
- El Adviento que quiero vivir yo.
- Y, por fin, de cara al IV domingo, a la próxima semana: El Adviento que vivió la Virgen María, la Madre del Señor.


I


Saber con precisión qué es el Adviento
Para encarar con gozo la noticia salvadora que queremos recibir, para entender con exactitud qué nos anuncia este mensaje del Adviento que nosotros, es decir, yo en persona, queremos – quiero – vivir, y estamos viviendo, tenemos que despejar el terreno haciendo dos aclaraciones: una de tipo ambiental, otra del todo individual y personal.
En el ambiente el Adviento no existe. Es imposible encontrar esta palabra en ninguna cartelera, salvo en los anuncios que acaso el párroco ponga en la tabla de anuncios de nuestras iglesias. En el ambiente existe solo la palabra Navidad, una palabra bonita adornada con toda fantasía: letras cargadas de nieves, globos dorados, pinos, dibujos de Papá Noel que viene en su trineo de los hielos del Norte, regalos, regalos, regalos…, luces en forma de estrella parpadeantes…, música de villancicos… Esta es la Navidad comercial, que comienza un mes antes de Navidad y termina al día siguiente de Navidad, cuando ya se ha vaciado, por el momento, la cartera de compras.
Es decir, la Navidad se come al Adviento. Incluso la Navidad se come a la misma Navidad. Porque la navidad es un tiempo sagrado, tiempo litúrgico que se abre con las primeras Vísperas de la Natividad del Señor, adquiere su luz y esplendor en la Misa de Nochebuena, misa nocturna; tiene su esplendente celebración en la Misa del día de la Natividad de nuestro Señor Jesucristo; se prolonga durante ocho días hasta la octava de Navidad, y continúa luego hasta pasada la Epifanía, hasta el domingo siguiente a esta fiesta que es el Domingo de la Manifestación de Jesús en el Jordán mediante el Bautismo. Esta Navidad prenavideña se come todo, o casi todo; porque a los comercios les interesa otra grande batida con el Año Nuevo y la Fiesta de Reyes.
Todas estas celebraciones está diciendo que, pese al secularismo avasallador, seguimos estado en un país forjada por la fe cristiana, por los valores del Evangelio. Y en este sentido apreciamos la expresión de estos signos sociales, que delatan una civilización y cultura que queremos mantener.
Pero si queremos caminas pro los caminos espirituales de la fe, que es tan rica para todo momento y circunstancia, este barullo de sensaciones crea una confusión que no nos favorece. Una cosa es el Adviento, y otra cosa es Navidad; una es la gracia del Adviento y otra la gracia de Navidad. Incluso, y desde los textos litúrgicos, una es la gracia de Navidad y otra la gracia de la Epifanía. Y, en consecuencia, unas son las actitudes nuestras que corresponden al tiempo de Adviento, y otras las actitudes que corresponden al tiempo de Navidad.
Observen, además, que los mismos grupos religiosos nos equivocamos y confundimos.
Las posadas es una tradición muy bella de la cultura mexicana, que se celebra en todas partes. Es algo entrañable que trajeron los misioneros evangelizadores de la España cristiana de dónde venían.
Ayer celebrábamos la fiesta de san Juan de la Cruz, príncipe de los poetas espirituales. San Juan de la Cruz tiene una estrofa enternecedora que es una posada. Es una letrilla que dice así:
Del Verbo Divino
la Virgen preñada
viene de camino;
¡si le dais posada!

Cuánta sensibilidad, cuánta ternura humana, cuánta pureza hay en estos versos… Y yo añadiría: Cuánto amor masculino hay en estos versos escritos por un poeta del todo singular, que ha consagrado su cuerpo y su alma al Verbo Divino. Seguramente que estos versos, tan limpios y tan sencillos, versos amoroso y suplicantes… fueron escritos en tal circunstancia y dedicados a tal persona, detalles que yo desconozco. Esto, sí, esto son las posadas, como de hecho también cantan los versos tradicionales con su tonadilla propia para las nueve jornadas de los santos peregrinos:
En nombre del cielo
os pido posada,
pues no puede andar
mi esposa amada.

Esto es muy bello, y, si ciertamente no es un acto litúrgico, va muy en consonancia con la fe litúrgica.
Pero no hay que confundir la posada con una celebración navideña, como tantas veces se hace. Se entrecruzan, se revuelven sentimientos en el corazón.

La segunda aclaración es esta: saber con precisión qué es el Adviento. La Cuaresma es el tiempo penitencial de purificación, de iluminación para llegar a la Pascua. Una respuesta fácil para definir el Adviento, parecería ser esta: Igual que al Cuaresma es la preparación para la Pascua, igual el Adviento es la preparación para la Navidad.
Tiene un parecido profundo, pero no es igual, ni mucho menos. Hay que ir de nuevo a la descripción que nos hacen los libros litúrgicos: “El tiempo de Adviento tiene dos características: es a la vez un tiempo de preparación a las solemnidades de Navidad en que se conmemora la primera Venida del Hijo de Dios entre los hombres, y un tiempo en el cual, mediante esta celebración, el ánimo se dirige a esperar la segunda Venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estos dos motivos, el Adviento se presenta como un tiempo de piadosa y alegre esperanza”.

II
Piadosa y alegre esperanza
Esta es la consigna que alzamos para entrar en la genuina espiritualidad del Adviento para la Iglesia y para mí: Piadosa y alegre esperanza.
Esperanza es la palabra exacta del Adviento. ¿Qué espero?
Con esta pregunta vamos a bajar hasta el fondo del corazón, a lo mejor nos resulta una bajada dramática. Pero seguramente será una bajara iluminadora, y puede ser la liberación y la reorientación de nuestra vida.
Sigamos preguntando:
¿Qué espero de mí?
¿Qué espero de los míos, de mi familia?
¿Qué espero de la sociedad, de esta sociedad?
¿Qué espero de la vida?
Hermanos: podéis seguir multiplicando las preguntas. Estamos fuera de pistas. Todas las peguntas que acabamos de hacer son falsas, porque todas son incompletas.
La pregunta verdadera y válida, madre de todas las demás, es una: ¿Qué espero yo de Dios?

Si seguimos con este lenguaje, vamos a llegar a contestaciones locas o absurdas.
¿Qué espero de mí? Nada, absolutamente nada.
¿Qué espero de los míos, de mi familia? Nada.
¿Qué espero de la sociedad, de esta sociedad? Nada.
¿Qué espero de la vida? Absolutamente nada.

Pero podemos dar la vuelta a las contestaciones y responder de otro modo.
¿Qué espero de mí? El triunfo de la vida, con la gracia y la misericordia de Dios. Espero nada menos que la vida eterna; espero el triunfo del amor.
¿Qué espero de los míos, de mi familia? Mucho, porque los quiero.
¿Qué espero de la sociedad, de esta sociedad? Confío en los hombres de bien con los cuales se va gestando una sociedad más humana; espero mucho.
¿Qué espero de la vida? De la vida espero mi plenitud, pues no tengo otra vida, otra patria, otra casa sino esta, tan hermosa. La vida es bella, y quiero disfrutar de esa belleza que Dios me regala.

Hermanos, vengamos a la teología y aclaremos nuestras ideas. Resulta que la teología nos dice que hay tres virtudes teologales, tres que son: la fe, la esperanza y la caridad. Las demás virtudes no se llaman “teologales”, sino que se llaman “morales”. Cuál es la diferencia y por qué esta distinción.
Las virtudes teologales son aquellas que tienen a Dios como objeto, es decir, como término de aplicación, inmediato y total.
Así, yo creo en Dios, solo en Dios, totalmente en Dios, lo cual me eleva a mí a una categoría de interlocutor divino. Y no puedo creer más que en Dios, porque solo Él es la totalidad, solo Él es la seguridad. Creer en otro más pequeño que Dios mismo sería degradar a Dios y degradarme a mí mismo; sería audestruirme. La fe en Dios es lo que nos diviniza. Nos hace dignos de Dios, dignos de hablar a Dios yd e ser interpelados por Dios. Por la fe en Dios podemos entrar en oración, podemos establecer un “tú a tú” de persona a persona, jutando la absoluta reverencia a la majestad divina y la confianza total hacia un Dios que es mi Crador, mi presencia esencial, mi premio, mi futuro, mi Bieb, todo mi Bien, mi infinito Bien.
Si eso es la fe, evidentemente que yo solo puedo tener fe en Dios y en nadie ma´s que en Dios. Ahora bien, si en el camino de la vida yo me encuentro a otra persona que tiene esta fe en Dios que acabo de expresar, le diré: Hermano mío, hermana mía, confío en ti totalmente porque veo que estás en la misma órbita en que me muevo. Creo en ti, confío en ti, espero en ti…, pero este creer es un creer derivado.
Creer solo se puede creer en Dios y el acto sublime de la fe se llama acoger la revelación divina, acoger el Evangelio, acoger la palabra de Jesús como palabra de Dios. Esto es la fe.

De la fe pasamos a la esperanza. ¿De quién podemos esperar o en quién podemos esperar? Esperar, lo que se llama esperar de verdad y totalmente, de Dios y solo de Dios.
Es cierto lo que dice, o mejor, lo que ora el salmo:
“Solo en Dios descansa mi alma, | porque de él viene mi salvación;
 solo él es mi roca y mi salvación, | mi alcázar: no vacilaré” (Sal 62,2-3).
Y un poco más abajo el mismo salmo:
“Descansa solo en Dios, alma mía, | porque él es mi esperanza;
 solo él es mi roca y mi salvación, | mi alcázar: no vacilaré” (vv. 6-7).
Dios es el único absoluto y solo se puede poner la esperanza en él. Hay otros bienes que no son absolutos, sino que van y vienen y, al final, se acaban. Uno no puede esperar en las riquezas, porque van y vienen con muchos reveses g, al final, se acaban. No se puede confiar en los placeres; te vas a sentí abandonado, abandonada, con una total frustración. No se puede esperar en la corrupción o en la mentira: al final todo eso revienta, y, sobre todo, porque revienta en mi alma, y yo no puedo ser feliz cuando camino en la ficción y en la apariencia. Hoy mi patria está profundamente agitada por la lucha política, y en concreto por las inminentes elecciones de Cataluña. Gane quien gane todo eso es pasajero y nada de eso es absoluto en la vida.
Esta esperanza en Dios y solo en Dios es la que dramáticamente expresa Job desde el fondo último de su miseria:
“Silencio, que voy a hablar: | suceda lo que suceda,
 voy a jugármelo todo, | poniendo en riesgo mi vida.
 Aunque me mate, yo esperaré…” (Jb 13,13-15).

La fe, la esperanza y la caridad; la caridad, que podemos llamar igual el amor. Estas son las tres virtudes teologales que desembocan directamente en Dios. El último toque de esta doctrina nos lo da san Pablo. La fe pasará porque en el cielo ya no hay fe, sino visión, posesión; la esperanza terminará en el cielo por la misma razón: nadie espera lo que ya ha alcanzado. San Pablo concluye: “En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor” (1Cor 13,13).
Esto quiere decir que el amor es la Reina de todas las virtudes, que es la esencia de la vida, que debe presidir todo y orientar todo. Mencionaba antes a san Juan de la Cruz. Fíjense qué farse genial tiene san Juan de la Cruz sobre el amor: “A la tarde te examinarán en el amor” (Esto está en los Dichos de luz y amor, número 59.
“A la tarde…”, a la tarde, sin más. No a la tarde de la vida. Juan de la Cruz es un poeta y sugiere más. A la tarde, hoy mismo, a la hora del balance, a la hora de la fe, a la hora del encuentro: A la tarde te examinarán en el amor. ¿Has amado? Ahora mismo hago el balance de mi vida, ahora mismo, desde la cima de mis ochenta rebasado, a la tarde: ¿Has amado?
En esta visión de valores Juan de la Cruz es desconcertante, como cuando dice: “Un sólo pensamiento del hombre vale más que todo el mundo; por tanto sólo Dios es digno de él” (en los mismos Dichos de luz y amor, número 37).
San Juan de la Cruz tiene una palabra: Dios, solo Dios; lo demás, si no nace de Dios o conduce a Dios, es paja que el fuego hace ceniza; polvo que el viento avienta.

III


La gran esperanza de Dios en mí
Hermanos, Adviento tiempo de esperanza cristiana, de esperanza teologal. Este es el momento, con la luz del Espíritu Santo, de bajar al fondo del corazón, barrer y arrasar todas las esperanzas mentirosas y vacuas y levantar mi vida con la gran esperanza de Dios en mí.
Situados en la autentica órbita de la fe, ahora es posible abrir los ojos a la verdad del Adviento con su bella espiritual y sus exigencias concretas para mí. La gracia de Dios me abre este triple rayo de luz:
Primero: Quiero vivir el Adviento como tiempo de intimidad silenciosa con Dios, guiado el mensaje de la Sagrada Escritura, donde Dios llega a mí día a día.
Segundo: Quiero vivir mi Adviento bajo la mano de mi Señor que arrasar y purifica todas mis vanas, y acaso pecaminosas, esperanzas.
Tercero: Quiero vivir mi Adviento, construyendo la torre firme de mis esperanzas en Cristo Jesús, mi Señor.

La intimidad silenciosa es mi gran tarea de Adviento, como lo es igualmente la primera instancia de Cuaresma.
Lo mismo en Adviento que en Cuaresma, lo mismo en Navidad que en Pascua nuestra tarea cristiana fundamental es encontrarnos con Dios y abrirnos a su intimidad.
La intimidad del Adviento la alcanzamos por tres vivencias que convergen en la misma espiritual:
La Palabra de la Escritura que nos alimenta, que nos nutre asimilando el misterio de Dios;
La oración silenciosa, que es meditación y contemplación, que es acceso al diálogo con Dios;
La celebración constante y armónica de los misterios divinos en el Adviento.
Este programa de Adviento es muy distinto de unos festejos coloridos, de unas fiestas pintorescas, incluso con motivaciones y folklore religiosos, que aparentemente dar divertimento a l vida, pero que no sacian el corazón, las aspiraciones.
Isaías es el profeta del Adviento; también lo ha de ser de Navidad. Nos deleitan especialmente ese cúmulo de oráculos que están en al segunda parte del libro, que dan un tono primaveral a la esperanza. A partir del capítulo 40 el libro de Isaías se llama Libro de la consolación:
“Consolad, consolad a mi pueblo | —dice vuestro Dios—;
 hablad al corazón de Jerusalén, | gritadle, | que se ha cumplido su servicio | y está pagado su crimen, | pues de la mano del Señor ha recibido | doble paga por sus pecados” (Is 40,1-2).
Navegando por estos capítulos nos encontramos con una avalancha de consolaciones y de palabras llena de ternura:
“Y tú, Israel, siervo mío; | Jacob, mi escogido; | estirpe de Abrahán, mi amigo,
 a quien escogí de los extremos de la tierra, | a quien llamé desde sus confines, diciendo: | «Tú eres mi siervo, | te he elegido y no te he rechazado»,
… No temas, gusanillo de Jacob, | oruga de Israel, | yo mismo te auxilio | —oráculo del Señor—, | tu libertador es el Santo de Israel” (Is 41,8-14).
Estas palabars fueron dichas hace muchos siglos. Pero la liturgia es una realidad sacramental que actualiza lo que un día se dijo y pasó, y que no ha sido aniquilado ante el rostro de Dios, sino que permanece vivo y vivificante. Esos mensajes de consolación fueron dichos un día, pero hoy llegan a mí y Dios me los infunde en el corazón, dándoles un sentido nuevo y concreto.
Esto es vivir el Adviento, como llegada de Dios a mi corazón aproximándome al suyo, y haciendo de los dos uno, en un diálogo entre el Creador y la criatura, Él presente en mi corazón.

Este Adviento de la intimidad con Dios ahora lo vemos como un Adviento que baja a los sótanos del ser y purifica todas las suciedades que se esconden ahí dentro. Normalmente en el fondo del ser hay cosas que nunca han salido a la luz, que nosotros no acabamos de conocer y que, por ello, preferimos ignorarlas. Pero la ignorancia no es la sanación. La ignorancia es cubrir con la capa del olvido lo que tendría que ser ventilado y al aire del Espíritu ser purificado.
Este registro de nosotros mismos, de esos fondos, de esa bodega apenas entreabierta o acaso cerrada, no lo podemos hacer nosotros mismos, con energía policíaca. Tiene que ser Dios mismo el que nos abra los ojos interiores, eso que llamamos “los ojos del corazón” con los que se ve lo que hasta ahora nunca habíamos visto.
El silencio de Adviento es propicio para reconciliarnos con nuestro pasado y con las oscuridades y temores de nuestro presente. “Este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna” (1Jn 1,5). Así habla san Juan al comienzo de su primera carta.
Dios es luz. ¡Qué hermoso es saberse hijo de la luz! Así  nos llamó Jesús (Lc 16,8; Jn 12,30). Y san Pablo nos dijo. “ahora, sois luz por el Señor. Vivid como hijos de la luz” (Ef 5,8-9).

Y hemos dicho, en tercer lugar: Quiero vivir mi Adviento, construyendo la torre firme de mis esperanzas en Cristo Jesús, mi Señor. San Pablo escribía a los cristianos de Filipos: “Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros esta buena obra, la llevará adelante hasta el Día de Cristo Jesús” (Ef 5,6).
Esto es exactamente lo que queremos decir. Dios ha comenzado entre nosotros, y en mí en particular, “esta buena obra”. Él la llevará adelante. Como Dios me ha hecho libre, cuenta con mi libertad. Si yo no quiero, todo queda ahí paralizado. Como él me ha dado, entendimiento, voluntad, pasión, iniciativa, audacia… cuenta con todo esto para que trabajemos junto Él y yo, yo con Él.
Es hermoso caminar por la vida con grandes ideas, espléndidos proyectos, preciosas ilusiones. Y así hasta el final, hasta el último suspiro.
Este domingo el Papa Francisco cumplirá 81 años… Hace mucho años estuvo enfermo, le extirparon (según creo) una parte del pulmón; es hora de retirarse y descansar. Pero es que el hicieron papa cuando ya tenía que estar jubilado…, como ocurrió también con el anterior, el cardenal Ratzinger, venerado Papa Benedicto XVI.
Estos hombres nos dicen lo que es el Adviento de la esperanza. Mientras Dios nos dé aliento, vamos a seguir construyendo el Reino de Dios, que es gracia, siempre gracia.
Así pues, hermanos, el Adviento es el tiempo para desplegar las esperanzas. Me he referido dos veces en este anuncio a San Juan de la Cruz. Por tercera y última vez voy a citar una farse suya que, pocos meses antes de morir, a sus 49 años le escribía a una monja (María de la Encarnación, que estaba en Segovia: “Y adonde no hay amor, ponga amor, y sacará amor” (6 julio 1591).
¡Qué consigna de vida que resuelve montones de proyectos! Nuestra vida entera es un proyecto de amor. Ahí está el sentido de la esperanza. San Juan de la Cruz, en el lecho de muerte, pidió que le leyeran el Cantar de los cantares, que es un poemario de amor.

* * *
Yo puedo concretar mi Adviento de una manera muy real y personal. Yo puedo construir un proyecto de amor, basado en Dios. Y el que inauguró esta buena obra la llevará a cabo en mí.
La vida, hermanos, merece vivirse. La vida, humildemente, nos abre el corazón a la esperanza.
Este es nuestro panorama. Dando gracias, san Pablo escribía así a la Iglesia de Corinto: “…no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor” (1Cor 1,6-8).La Virgen nos ayudará. De ella hablaremos en la próxima semana.
Paz y Bien. Amén.

Guadalajara, Jalisco, viernes 15 de diciembre de 2017
 
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