viernes, 21 de septiembre de 2018 0 comentarios

1118. Domingo XXV B - Jesús y los niños


Jesús y los niños
Mc 9,30-37 


Texto evangélico:
30 Se fueron de allí y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, 31 porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará». 32 Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
33 Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa, les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?». 34 Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. 35 Se sentó, llamó a los Doce y les dijo: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos». 36 Y tomando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: 37 «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado».

Hermanos:
1. El Evangelio de hoy tiene dos partes. La primera, la declaración que Jesús hace de su propia identidad, recalcando que su destino es la muerte. La segunda, algo que se refiere a toda la comunidad, que debe plasmarse en la lección de un niño.
Recordemos del domingo pasado que al valiente y glorioso testimonio de Pedro sobre la identidad de Jesús: Tú eres el Mesías, sigue como revelación y como un rayo fulminante la identidad que Jesús se atribuye: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser reprobado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días». Primer anuncio de la Pasión que hoy vuelve a reforzarse.
Jesús vuelve a decir: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán, anuncio que quedaría incompleto, si el horizonte se cerrara ahí. No es así, porque el anuncio termina: y después de muerto, a los tres días resucitará.

2. Ahora san Marcos hace de su cuenta una observación, como si dijéramos que san Marcos se convierte y en exegeta de los acontecimientos que narra, y desafía a la comunidad que le escucha; hoy a nosotros. Pero no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle.
Un problema que el evangelista plantea a los psicólogos, a los teólogos, a los espirituales. “No entiendo lo que me estás diciendo, pero tengo miedo de preguntarte, porque intuyo lo que me vas a responder”.
Hermanos, unas de las enfermedades más peligrosas que podemos padecer es esta: el miedo a la verdad; sobre todo, cuando es el miedo a la verdad de nosotros mismos. Si no superamos este miedo, no somos libres. Somos esclavos de nuestra cobardía; en definitiva, esclavos de nuestros pecados.
Ese miedo a la verdad hay que superarlo, saliéndonos, arrancándonos del ámbito de nosotros mismo, y pasando al ámbito de Dios, un ámbito que es tan diferente.
La verdad de mí mismo ante mí me disgusta, me amarga, y acaso me aplasta, mientras no la acepte. La verdad mía ante Dios no me destroza; al contrario, me ilumina, me da paz, y acaba dándome consuelo con plena liberación. Esa es la verdad de Dios; esa es la verdad del sacramento de la reconciliación, que termina siendo un entrañable abrazo del Padre.

3. En esta situación se entiende mejor lo que sigue en el Evangelio, gráficamente descrito por san Marcos. En el camino iban discutiendo a ver quién de ellos era el más importante.
Al llegar a Cafarnaúm, en este viaje que estamos haciendo atravesando y evangelizando Galilea, se supone que a la casa de Simón, donde Jesús había puesto su residencia (según san Mateo), Jesús les preguntó: «¿De qué discutíais por el camino?».
Una pregunta familiar, normal, una pregunta que no es la pregunta inquisitoria de un tribunal. Y de nuevo san Marcos tiene un toque genial: la callada por respuesta. Dice: Ellos callaban, pues por el camino habían discutido quién era el más importante.
Hay silencios bonitos de reflexión, de aceptación, de sintonía, que la vida requiere. ¡Qué hermosos son esos silencios de acompañamiento o de interioridad con los cuales la vida se hace más vida!
Pero hay silencios de compromiso, silencios de cobardía. Y los apóstoles, con ser los apóstoles, guardan silencio por cobardía… Habían discutido por algo pueril, más aún, pecaminoso, absurdo en la comunidad de Jesús: Quién de ellos era el mayor, el más importante: la mundanidad que quiere contagiar a la comunidad de Jesús.

4. Hoy, hermanos, como es bien sabido, se quieren desenterrar silencios de la Iglesia, silencios que ahora nos avergüenzan. Pero a lo mejor hoy mismo estanos cubriendo con el silencio problemas que nos agitan. Hoy puede resonar la voz de Jesús: ¿De qué estáis discutiendo en el camino…?
Hoy toda la política es una pura discusión, y la Iglesia está agitada y hay una gran discusión que nos duele en el corazón, que nos hace mal.
Yo, humilde predicador del Evangelio, por la imposición de las manos (no precisamente por los estudios bíblicos que haya realizado), me pregunto: ¿No tienen nuestros pastores palabras más nítidas y claras para el sencillo pueblo de Dios, aunque nos puedan herir, aunque a lo mejor nos puedan llevar a cierto disentimiento? El silencio ¿es el silencio de la prudencia que lleva a la paz, o es el silencio de la cobardía que deja los problemas anquilosados?

5. Y ahora viene la escena del niño, que es una escena divina. En aquel momento Jesús se sentó, no porque viniera cansado de la caminata. Se sentó como maestro, porque quiere dar una lección soberana a los suyos, que en aquel momento son los apóstoles, y que hoy somos nosotros. La lección que quiere dar Jesús es esta: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.
Ser el último de todos, el servidor de todos – me reconozcan o no – es la mayor dignidad que yo puedo tener en la Iglesia, la mayor gracia que Dios puede darme, la mayor aspiración que yo puedo pedir, si de alguna forma quiero imitar a mi Señor, Jesús crucificado.

6. Y esta misma lección la quiso expresar el Señor con un gesto, como en ocasiones hacían los profetas.
Tomó a un niño, un niño de la casa. Piensen en un niño de cinco o seis años. Un niño que, al parecer, no tiene personalidad propia. Un niño que, si es algo, es por referencia a sus padres. Un niño que reclama pura protección.
Y a este niño lo puso en medio como maestro. Fijaos ene este niño y aprended de él la lección.
Y luego abrazó a este niño. Era Dios el que lo abrazaba.
Y entonces, después de abrazar al niño, dijo una frase de revelación: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.
Esto es muy serio: acoger a un niño, en su impotencia, es acoger a Jesús, es acoger a Dios mismo. El Dios de infinito poder, ese Dios, en su impotencia está en un niño, una niña. Acoger a un niño es acoger a Dios; respetar a un niño es respetar a Dios. Un niño por su necesidad, por su impotencia, es el Representante de Dios.
Un día la Iglesia se planteará si se pueden bautizar o no a un niño, a un infante, a un bebé. Aquí está la respuesta. Jesús  respetó a los niños, acogió a los niños con inmensa ternura.

Terminemos, hermanos, con una súplica sincera:
Señor Jesús, que nos has mostrado el amor infinito del Padre, enséñanos a respetar, amar y acoger a los niños, como tú lo has hecho. Amén.

Guadalajara, viernes, 21 septiembre 2018.
miércoles, 19 de septiembre de 2018 0 comentarios

1117. Evangelio del día en poesía

Se posaron sus ojos purísimos
Evangelio del día en poesía


Dice el Evangelio de hoy, Lucas 7,31-35:
31«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes? 32 Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
         “Hemos tocado la flauta 
         y no habéis bailado, 
         hemos entonado lamentaciones, 
         y no habéis llorado”.
 33 Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y decís: “Tiene un demonio”; 34 vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: “Mirad qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”. 35 Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».
He visto a Jesús, sentado, mirando, pensativo, con una divina sonrisa, mirando a las niñas y a los niños… No se cansaba y pensaba. Dijo un poeta español (José de Selgas) que hay tres cosas que no cansan: ver llover, ver correr el río, y… ver jugar a los niños.
Y, de repente, pensado dar un salto y recorrer 70…, 72… años. Y he escuchado (Internet, YouTube) lo que desde hace 70 y 72 años nos había escuchado. Era igual…, la misma letra, la misma canción…

Yo tengo un castillo,
matarile, rile, rile.
Yo tengo un castillo,
matarile, rile, ron chimpón.

Dónde están las llaves,
matarile, rile, rile.
Dónde están las llaves,
matarile, rile, ron, chimpón.

En el fondo del mar,
matarile, rile, rile.
En el fondo del mar,
matarile, rile, ron, chimpón.

Quién irá a buscarlas,
matarile, rile, rile.
Quién irá a buscarlas,
matarile, rile, ron, chimpón.

Irá Carmencita,
matarile, rile, rile.
Irá Carmencita,
matarile, rile, ron, chimpón.

Qué oficio le pondrá,
matarile, rile, rile.
Qué oficio le pondrá,
matarile, rile, ron, chimpón.

Le pondremos peinadora,
matarile, rile, rile.
Le pondremos peinadora,
matarile, rile, ron, chimpón.

Este oficio tiene multa,
matarile, rile, rile.
Este oficio tiene multa,
matarile, rile, ron, chimpón

He ido a Alfaro, mi pueblo. Y oía cantar a las niñas: “Le pondremos Matapulgas… Ese nombre no me gusta Mata rile, rile, rile…” Y vuelta: “Le pondremos Pastelera… Ese nombre sí me gusta…”
Jesús miraba y se reía.
He pensado en Jesús para hacer la correcta exégesis… Hasta sospecho que había una canción concreta, que llegaba a la tradición cristiana.
Soñando en reversa, en la paz de la noche, han salido unos versos…, a los 81 años.

Se posaron sus ojos purísimos
en las niñas que a boda jugaban
¡A bailar, a bailar, a bailar
por la novia más linda y más guapa!

Por el príncipe azul de sus sueños,
que ya viene veloz a tomarla
a la novia y la reina de pueblo,
la más linda de trenzas más largas.

¡A bailar, a bailar en redondo,
las sandalias al aire y las faldas!,
por su madre que alegre la mira
que hoy es boda y la hija se casa.

* * *
A llorar, a llorar, se escuchaba
los muchachos…, que ya se murió,
el guerrero de todas las luchas,
de las guerras primer campeón.

Lo mataron mas no por cobarde,
lo mataron a espalda, a traición,
sin mirarle a sus ojos brillantes
sin justicia, sin juicio y perdón.

A llorar a llorar compañeros,
con la espada bajada al tacón,
a llorar, a llorar, esperando
que al oriente amanezca otro sol.

* * *
Con sus ojos divinos miraba,
cual mirar solo así puede el Hijo:
no llorasteis con Juan penitente,
ni gozáis al mirar mis prodigios.

Pero Dios es fontana y regalo
que de gratis se da a los sencillos,
es milagro a morir de alegría,
es mi Padre de amor infinito.

Dios es paz y festín, Dios nupcial,
y hoy es boda a brindar con el vino,
hoy es día de pura ebriedad
y  a la esposa la siento en mí mismo.

Guadalajara, Jalisco, miércoles sem. XXIV, 19 sept. 2018

 
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