jueves, 17 de octubre de 2019 0 comentarios

1265. Dom XXIX, C – Bautizados y enviados – Domund 2019


Bautizados y enviados – Domund 2019
Lc 18,1-8
Video 412: próximamente

Texto evangélico:
         Lc18 1 Les decía una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer. 2 «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. 3 En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. 4 Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, 5 como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”». 6 Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7 pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? 8 Os digo que les hará justicia sin tardar.
Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

Hermanos:
1. Hoy es el Domund, Domingo Mundial de Misiones. Hace 100 años el Papa Benedicto XV, a quien se ha llamado el Papa de las Misiones publicó una célebre encíclica misional: Maximum illud, aquel mandamiento máximo del Señor Resucitado, cuando dijo a sus discípulos: «Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todas las naciones» (Mc 16,15). Fue como un relanzamiento de la misión en la Iglesia, después de los estragos que había causado en Europa la primera guerra mundial. Célebre encíclica que suscitó tanta generosidad y fervor.
Es una placer espiritual y una maravilla para quienes amamos de corazón a la Iglesia leer estos documentos, hoy antiguos, donde nos encontramos con iniciativas tan audaces como esta, cuando dirigiéndose a los obispos, les dice: “Ssabed que será la más exquisita prueba de afecto que daréis a la Iglesia si os esmeráis en fomentar la semilla de la vocación misionera, que tal vez empiece a germinar en los corazones de vuestros sacerdotes y seminaristas.
No os dejéis engañar de ciertas apariencias de bien, ni de meros motivos humanos, so pretexto de que los sujetos que consagréis a las Misiones serán una pérdida para vuestras diócesis, ya que, por cada uno que permitáis salga fuera de ella, el Señor os suscitará dentro muchos y mejores sacerdotes.” (Maximun illud, 87-88).
Podríamos preguntarnos con lealtad: ¿Cuántos sacerdotes tiene esta arquidiócesis? ¿Cuántos de ellos han emprendido la misión “ad gentes”…, a impulsos de la fuerza del Espíritu?
El Papa Francisco, al principio de su mensaje para el Domund 2019, recordando a su antecesor Benedicto XV reflexiona y dice: “La visión profética de su propuesta apostólica me ha confirmado que hoy sigue siendo importante renovar el compromiso misionero de la Iglesia, impulsar evangélicamente su misión de anunciar y llevar al mundo la salvación de Jesucristo, muerto y resucitado”.

2. Lo peculiar del mensaje misionero de hoy, que resuena vigorosamente en los documentos de estos años, de todos estos últimos papas es este: Que si yo soy bautizado, yo soy misionero.
La fe vivida, siempre es fe misionera; fe expansiva. Ser misionero no es ser proselitista. La misión de ninguna manera es un asunto de “marketing” espiritual para atraer más gentes a la Iglesia Católica. La misión, ni hoy ni nunca, se podrá medir por la estadística. Esta íntima convicción nos debe traer serenidad y paz en el corazón.
La misión es, ante todo, tomar conciencia de que yo soy una lámpara encendida, portador del Evangelio que se me ha dado en el bautismo, y allí donde esté mi vida, por humilde que aparezca en su radio de acción, ha de ser bella y atrayente, de tal manera que, sin vanidad, esté invitando a otros: Verdaderamente es hermoso lo que este hombre, esta mujer, está viviendo.  Esa vida tiene un secreto, que no sé cuál es, pero me parece que, sin conocerlo, lo voy descubriendo.

3. El venerable Papa Benedicto XVI decía en el mes de mayo de 2007 en la Aparecida ante todo el episcopado latinoamericano: “La Iglesia se siente discípula y misionera de este Amor: misionera sólo en cuanto discípula, es decir, capaz de dejarse atraer siempre, con renovado asombro, por Dios que nos amó y nos ama primero (cf. 1 Jn 4, 10). La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por "atracción": como Cristo "atrae a todos a sí" con la fuerza de su amor, que culminó en el sacrificio de la cruz, así  la Iglesia cumple su misión en la medida  en  que, asociada a Cristo, realiza  su obra conformándose en espíritu y concretamente con la caridad de su Señor” (Homilía del 13 mayo 2007).

4. Centrándonos en el Evangelio de hoy, veamos qué nos dice el Señor, y cuál es la pregunta escalofriante que nos hace al final.
Como en otras ocasiones Jesús ha tomado un ejemplo incorrecto de la vida para enseñarnos algo divino. El juez de la parábola es un juez oportunista e injusto. ¿Qué voy a ganar yo con esta pobre mujer? Nada… Hazme justicia de mi adversario, hazme justicia, hazme justicia… Y el juez, para quitársela de encima, al final accede: Sí, tienes razón, toma tu sentencia, y déjame en paz y no me molestes.
Jesús ha tomado ese mal ejemplo para enseñarnos una verdad sublime: Tenéis que ser con vuestro Padre Dios como esa viuda, impertinentes hasta decir ¡basta!
La primera reflexión del Señor, al ver la impertinencia de la viuda es esta;
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; 7 pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? 8 Os digo que les hará justicia sin tardar”.
A Dios, que es nuestro Padre, tenemos que pedirle siempre, día y noche, sin cansarnos.
- No nos escucha.
- Sí nos escucha, que no es sordo, aunque se quede en silencio.

5. Ahora bien, el punto álgido de la parábola es la frase final, que, como he dicho es una palabra escalofriante.
Hay un cambio de escenario. Ahora no se habla del Padre. Ahora se va a hablar de Jesús, Hijo del hombre, que se ha de presentar un día… 
Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».
A veces se traduce: ¿encontrará fe en la tierra? (como es la versión que usamos en América). Pero parece más correcto esta fe especificada en el ejemplo de la mujer. En cualquier caso se habla de la fe, y con un modo de interrogación que parece insinuar una respuesta negativa.
No, cuando venga el Hijo del hombre, no va a encontrar.
O más exactamente: Si no cambiamos no va a encontrar esa fe. Encontrará tibieza e indiferencia.
Ahora bien, si cambiamos, sí que encontrará esa fe. O, al menos, si cambio yo, sí que va a encontrar en mí esa fe.
Esa es la fe de Moisés, que durante la batalla, levanta los brazos al cielo y vence el ejército; y cuando los bajaba el ejército palidecía.
Esa es la fe de Pablo, cuando dice a su discípulo que anuncie “a tiempo y a destiempo”. Esa es la fe que yo quiero para mí, la fe del auténtico misionero, marche a tierras lejanas o esté anunciando a Jesús en su barrio.
Escuchemos la frase de san Pablo a su discípulo Timoteo: “Te conjuro delante de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y a muertos, por su manifestación y por su reino: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,1-2).
“A destiempo” nada debemos hacer. Es una manera de decir: Que la fe, que el anuncio de Dios sea la pasión de tu vida en todo momento.

Señor Jesús, nos unimos a toda la Iglesia, todos los que nos confesamos discípulos tuyos para orar como tú nos enseñaste: Padre, santifica tu Nombre, trae tu Reino. Amén.

Guadalajara, jueves, 17 octubre 2019.
 
miércoles, 16 de octubre de 2019 1 comentarios

1264. Identidad y tiempo


Identidad y tiempo

Tras la lectura del “De brevitate vitae” de Séneca,
a su cuñado Pompeyo Paulino,
y del canto de Colosenses.

El valor más esencial
de cuanto valores pienso
soy yo mismo innegociable
con mi misión y mi tiempo.

Mi pasado se cobija
en mi presente relleno,
y mi futuro es actual
que mi presente es eterno.

Soy feliz siendo yo mismo
soy hijo de un pensamiento,
amor de principio a fin
por ser su divino engendro.

Mi tarea y mi parcela
es su Día, hoy por cierto;
por ser un pálpito suyo
soy centro del universo.

Soy su Hora, ahora mismo,
soy su tarea y proyecto,
soy Jesús, que se dilata,
y ser otro no lo quiero.

Hecho fui para vivir
y gozar este momento,
morando en la Trinidad
que es del Espíritu el cielo.

Soy ahora, yo me palpo,
soy lo que creo y espero,
soy música y armonía
soy su cuerda y su reflejo.

Soy su presencia y su tránsito
soy vida de su venero;
no soy decires y laudes,
soy yo mismo verdadero.

No soy más por muchos días
por muchos méritos hechos;
soy su gracia regalada,
soy lo que quiera mi Dueño.

Y por todo cuanto digo
y por cuanto pienso y sueño,
¡mírame, Jesús piadoso:
aquí estoy y aquí me ofrezco!

Guadalajara, 16 octubre 2019
 
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