sábado, 8 de agosto de 2026

2112 (1056) Jesús, confesado como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes

 

 

Jesús, confesado como Hijo de Dios tras la multiplicación de los panes

Mt 14,22-33

Texto

 22Enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. 23Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. 24Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. 25A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. 26Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. 27Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». 28Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». 29Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; 30pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». 31Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»32En cuanto subieron a la barca amainó el viento. 33Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios»

Hermanos:

1. La multiplicación de los panes con la resurrección de los muertos son los milagros más esplendorosos que nos dan la identidad de la fe que profesamos. Hoy nosotros confesamos como confesaron los discípulos postrados en la barca: Realmente eres Hijo de Dios.

A decir verdad, nosotros no podemos distinguir en la vida y persona de Jesús unos hechos sobre otros como para decir estos son más divinos, porque en él sencillamente todo es divino.

Esta misma semana que ha concluido, el día 6 de agosto, celebrábamos una fiesta venida hace muchos siglos de Oriente: la transfiguración del Señor. Bien sabemos que todos los años al comenzar la Cuaresma, si leemos el primer domingo siempre las tentaciones de Jesús en el desierto, como contrapunto todos los años en el segundo proclamamos el Evangelio de la Transfiguración, y en él oímos al Padre que nos dice: Este es mi Hijo amado, escuchadle. He aquí, pues, el Cristo de nuestra Fe, el Hijo amado del Padre, que es al mismo tiempo el Hijo de María Virgen.

La multiplicación de los panes tuvo una consecuencia inmediata. Este que nos ha dado de comer, este nos puede dar la liberación. San Juan detalla que quisieron cogerle y hacerle Rey, porque este, mejor ninguno de los jefes y héroes anteriores, mejor que los Macabeos de hacía más de un siglo puede ser nuestro liberador. Jesús nunca pensó en eso, que podía haberlo hecho. Desde las raíces de la fe que inspiraba a Israel formar un movimiento de liberación, y lo habría conseguido. Jesús huyó al momento, para pasar la noche en diálogo con Dios.

2. Y aquí comienza el Evangelio de hoy. Jesús manda a sus discípulos que vayan a la otra orilla del lago de donde habían venido, y él fue al monte a orar. Y dice el Evangelio Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

Y reaparece el mismo sentimiento que en la multiplicación de los panes. Jesús vio la escena, y sintió compasión. Si Jesús hizo el milagro del pan porque sintió compasión, aquí va a ocurrir otro tanto. En esta marejada que se ha levantado, la barca puede volcar e ir todos al agua. Jesús desde el monte con ojos divinos vio la escena y acudió a remediarla.

A la cuarta vigilia de la noche, es decir, a la madrugada antes de la aurora aparece Jesús caminando sobre las aguas. Nunca lo habían visto así. Y gritaron de miedo: Es un fantasma. Jesús  avanzó y les dijo: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

3. Y aquí comienza una secuencia divina. Pedro, el impetuoso y decidido, arranca diciendo: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».

Qué hermosa palabra, que la podemos repetir nosotros: Mándame ir a ti. La respuesta de Jesús fue muy simple: ¡Ven! El  milagro se hizo, porque Pedro saltó al agua, y el agua no era agua. Era como una autopista firme, de cemento.

Y Pedro comenzó a caminar triunfante. Iba a Jesús. Pero de repente pensó: pero el agua es agua…, y tuvo miedo; y entonces sí, el agua fue agua y comenzó a hundirse. Y Pedro gritó: Señor, sálvame. Jesús corrió y lo sacó antes de hundirse.

Todo esto es real y al mismo tiempo es simbólico.  Y cada uno se lo puede aplicar a sí, conforme a las palabras que vienen a continuación. Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Y lo salvó. No había pasado nada. Y seguramente que ni tenía la ropa mojada. Donde está Jesús no puede pasar nada malo. Pero la lección llega hasta nosotros: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?»

Cuántas veces Jesús nos ha hablado de la fe en el Evangelio. Precisamente en la misa de ayer, es decir del sábado anterior a este domingo, hemos escuchado una lección sublime de fe.

Un padre lleva a su hijo epiléptico a Jesús a que lo cure, porque el hijo se revuelve y tienen momentos terribles como si tuviese un demonio. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido capaces de curarlo»…

La escena tiene este final Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: «¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?». Les contestó: «Por vuestra poca fe. En verdad os digo que, si tuvierais fe como un grano de mostaza, le diríais a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se trasladaría. Nada os sería imposible» (Mt 17).

4. Hermanos, la fe hace milagros si la fe – es decir, la confianza sin condiciones en Jesús – es total, humilde y verdadera.  Nada os sería imposible nos ha dicho Jesús.

Pero ahora viene lo sublime de la escena.

Jesús sube a la barca, y acaso con sus mano extendida, con una orden de sus labios mandó al mar que se callara, y el mar, como una bestia encabritada, se apaciguó; cesó el huracán, se hizo la calma.Y el tiempo fue una suave primavera. Los apóstoles se mostraron en la barca, y dijeron lo que solo se puede decir en una liturgia divina: Realmente eres Hijo de Dios.

¿Es ese el Jesús de nuestra fe? Sí, hermanos, ese es el Jesús en quien creemos y a quien nos confiamos.

Con estos sentimientos podemos evocar escenas del Antiguo Testamento, cuando le dijo Dios que aguardase en una cueva, al huir de la persecución. Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor.

Después del fuego, el susurro de una brisa suave.

Y allí estaba Dios.

Hermanos, Dios es la brisa de nuestra vida. En el silencio y en la paz de nuestro corazón, en la oración tranquila allí viene Dios. Para nosotros, personas mayores, Dios tiene que ser brisa del atardecer, como lo fue para el profeta Elías.

La lección es clara: Confianza y abandono. No nos puede pasar nada malo, si tenemos confianza en Jesús y en él nos abandonamos.

Señor Jesús, te pedimos esta confianza, esta fe que tú nos has predicado. Amén.

(Desde Palencia, en Ejercicios espirituales), 8 agosto 2026

21011 (1055) Jesús, el predicador y sanador, da de comer a la multitud y anuncia el banquete celestial

 

 

Jesús, el predicador y sanador, da de comer a la multitud y anuncia el banquete celestial  

Mt 14,13-21

Texto

 13Al enterarse Jesús se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados. 14Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. 15Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida». 16Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer». 17Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». 18Les dijo: «Traédmelos». 19Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. 20Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras.

Hermanos:

1. Cuando explicamos el santo Evangelio sentimos como un respeto sagrado, que es como un miedo espiritual de profanar las palabras del Señor. Es bueno este miedo por el motivo que lo inspira.  Y esta sensación experimentamos hoy ante la escena que acabamos de escuchar, el milagro esplendoroso de la multiplicación de los panes, narrado por los cuatro Evangelios. Incluso los evangelistas Marcos y Mateo narran una segunda multiplicación de los panes, variando las cifras finales. Algunos intérpretes han pensado que acaso esta duplicidad responda a una repetición espiritual que hacen los evangelistas sobre un milagro central de la vida de Jesús.

Al acercarnos con reverencia a los Evangelios nos preguntamos qué pasó y qué significado puede tener este episodio divino de la vida de Jesús, qué significado tuvo para ellos, qué significado tiene hoy para nosotros. Porque la verdad última de la multiplicación de los panes es que se ha escrito para nosotros.

2. Para situarnos en la onda divina hemos de pensar, ante todo, que aquel pueblo de Israel, que salió de la esclavitud de Egipto por el amor y la intervención de Dios, recorrió años el camino del desierto, para entrar en la tierra de promisión. ¿Quién lo alimentó en el desierto? Dios mismo, por el maná que era pan de ángeles, por el agua de la roca. Esos dones de Dios fueron espiritualizados cuando los meditaba piadosamente el pueblo de Israel. San Pablo hizo esta reflexión escribiendo a los fieles de Corinto: “Pues no quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo” (1Cor 10,1-4).

La Sagrada Escritura nos está diciendo que, si nos fiamos de Dios, Dios como Padre que es no nos va a fallar. No les faltó comida y bebida, pero no imaginamos que había una roca  inmensa que seguía a la caravana y que esa roca les dada el agua que necesitaban y quería. San Pablo da un salto y se atreve a decir: Y la roca era Cristo. No se le ocurre decir: Y la roca era Moisés, el jefe que los conducía. Y la roca era Cristo. Si entendemos de verdad el sentido profundo de las Escrituras a Cristo hemos de ponerlo como el protagonista de toda la historia de la salvación, en el Antiguo Testamento y desde el comienzo del mundo. Porque el mismo san Pablo nos dirá: todo fue hecho por él y para él.

Este pensamiento vale para entender la multiplicación de los panes, cuyo sentido histórico nos desborda completamente.

3. Para entrar en el clima espiritual verdadero la liturgia de hoy nos pone como primera lectura un texto del libro de Isaías (de lo que llamamos Segundo Isaías). Dios es fiel y no ha de fallar a su pueblo atribulado que cuando se escriben estas cosas está en el destierro:

Esto dice el Señor:

«Oíd, sedientos todos, acudid por agua;

venid, también los que no tenéis dinero:

comprad trigo y comed,

venid y comprad, sin dinero y de balde, vino y leche.

¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta

y el salario en lo que no da hartura?

Escuchadme atentos y comeréis bien,

saborearéis platos sustanciosos.

Inclinad vuestro oído, venid a mí:

escuchadme y viviréis.

Sellaré con vosotros una alianza perpetua, las misericordias firmes hechas a David».

El profeta ve en su corazón que Dios prepara un festín a su pueblo, porque Dios es amor.

Esta profecía el cristiano la ve cumplida en Jesús, en Jesús, en la multiplicación de los panes.

Es una convicción que Jesús ha manifestado reiteradamente en sus palabras: Si Dios alimenta a los pájaros, que van a ir al mercado, ¿no va a hacer mucho más que nosotros, que como sus hijos verdaderos? La multiplicación de los panes es el signo más esplendoroso de ese banquete Dios nos prepara, el banquete definitivo. Así es Dios, nuestro Padre. Y esto no hace por medio de su Hijo amado, Jesucristo.

4. Vamos a fijarnos en los detalles de la escena.

El primero es que Jesús, al ver a aquella multitud que le seguía, tuvo compasión. Y esa compasión no se le ha agotado. Hasta podríamos tomar este rasgo como definición misma del Jesús de nuestra fe. ¿Quién es Jesús? El Compasivo, el compasivo, el misericordioso, siendo al mismo tiempo el todopoderoso. Esa compasión va a ser eficaz y creadora.

El primer efecto de esa compasión es que Jesús curó a los enfermos. En el ministerio de Jesús van unidas predicación y curación. La presencia y la palabra del Señor son salvación del alma y del cuerpo. Sintió compasión y curó a los enfermos.

Y sigue el texto evangélico: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».

La respuesta de Jesús: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer».

Aquí hay un detalle que tanto ha hecho que reflexionar: Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces. San Juan detalla que esos cinco panes y dos peces los tenía un muchacho. La reflexión que muchos han desarrollado es esta: que cuando se comparte, hay. En todo caso Jesús ha dicho: Traédmelos. Jesús se ha servido de esa mínima existencia para dar de comer a toda la inmensa multitud. Ciertamente no es el mensaje central, pero hay que tenerlo en cuenta.

5. Lo central y maravilloso es que Jesús ha dado de comer a la multitud. Si queremos garantizar los detalles históricos nos perdemos.

- Quién hizo aquel cálculo de 5.000 hombres, sin contar mujeres y niños.

- Entendemos que se pueda comer el pan; pero ¿y aquel pescado? Un pescado recién comprado en el mercado no se puede comer; hay que prepararlo, ¿cómo es aquel pescado que multiplica Jesús y que la gente ha comido apetitosamente.

- Muy importante la última valoración que hace el evangelista: todos comieron, todos quedaron saciados, como diciendo que la comida había sido a plena satisfacción; y hasta sobraron nada menos que doce canastas, una por cada una de los doce apóstoles. Este es el banquete que da Jesús, que no está dando Jesús.

6. Ahora bien hermanos, en este relato sagrado hay unas palabras misteriosas, que seguramente nos dan la clave íntima del sentido de esta escena. Son estas palabras sagradas:

- Tomó.

- bendijo a ds, pronunció la bendición sagrada.

- los partió

- y los dio a los apóstoles para que distribuyeran.

Son las palabras que usa el sacerdote en el momento de la consagración, recordando las palabras de la Cena: elevando los ojos al cielo tomó el pan, te bendijo, pronunció la bendición, lo partió, lo dio diciendo: Tomad y comed esto es mi cuerpo.

Son los mismos momentos y acciones sagradas que suceden en la Eucaristía. ¿Quiere decir esto que la multiplicación de los apnes era ya la Eucaristía? No, pero sí que anunciaban la Eucaristía, y que anunciaban igualmente el banquete mesiánico final, ese banquete que es el cielo y que Jesús mencionó también en la Última Cena.

Estas palabras sagradas nos están sugiriendo a nosotros, queridos hermanos, que para nosotros la multiplicación de los panes es la Eucaristía de nuestros altares, la Eucaristía que como misterio pascual la Iglesia celebra especialmente los domingos.  Misterio excelso de nuestra fe que nos llena el corazón de alegría.

Estamos celebrando el Eucaristía; estamos celebrando la multiplicación de los panes.

Concluyamos, hermanos, poniendo nuestra fe y amor en el corazón de Jesús compasivo:

Señor Jesús, gracias infinitas por el don incomparable de la santa Eucaristía. Tú has de estar con nosotros siempre hasta que te encontremos un día en el banquete celestial. Gracias, en ti confiamos. Amén.

Pamplona, 30 julio 2026.

lunes, 27 de julio de 2026

2010 (1054) Retiro Capuchinas Tijuana - Segunda y tercera parte

 

RETIRO ESPIRITUAL A LAS CLARISAS CAPUCHINAS

DE TIJUANA

 

Una vida espiritual

de experiencia mística,

al eco de santa Clara

 

 

 

SEGUNDA PARTE

CÓMO HA ENTENDIDO SANTA CLARA

ESTA EXPERIENCIA ESPIRITUAL

 

 

9. Texto y análisis del texto de la II Carta de santa Clara a Inés de Praga

 

 

CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]

 

Desde este planteamiento espiritual que hemos establecido podemos pasar a una lectura correcta, sabia, de la Carta II de santa Clara, a Inés de Praga (desde 1989 santa Inés de Praga).

Para mejor entender su contenido:

-   Nos situamos en la realidad de Clara

-   E igualmente en la realidad de Inés.

La realidad de Clara es que ella habla de lo que vive. No trata de exponer una doctrina, sino de comunicar una vida, que ella la conoce porque realmente la está viviendo. Estasos en los tiem-pos del generalato de Fray Elías, personaje que ha tenido una leyenda negra en la tradición franciscana; santa Clara lo venera. Es un dato accidental que no afecta a nuestro propósito.

 

La realidad de Inés es esta. Inés, hija del rey Otakar, na-cida en 1211 escogió la “altísima pobreza” en vez de haber acep-tado un príncipe como esposo regio.

Según las informaciones generales (véase Wikipedia) “A la edad de ocho años, Inés estaba comprometida con Enrique, hijo Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio. Enri-que tenía diez años y acababa de ser coronado como rey de los romanos. Según la costumbre, Inés debería haber pasado su in-fancia en la corte de su futuro marido, para que pudieran desa-rrollar una amistad, así como aprender el idioma y la cultura de su nuevo país. El emperador Federico, como rey de Sicilia, tenía su corte en Palermo, mientras que su hijo Enrique, ahora el rey alemán, estaba siendo educado en Alemania, en el palacio del arzobispo Engelberto de Colonia.

Se decidió enviar a Inés a la corte del duque Leopoldo VI de Austria. Leopoldo, sin embargo, quería que el joven Enrique se casara con su hija, Margarita. Debido a estas maniobras políti-cas, después de haber estado prometida desde hacía seis años, se canceló la boda de Inés con Enrique”.

“En 1226, su padre Otakar fue a la guerra contra los Baben-berg como resultado del compromiso roto. Otakar entonces pla-neó su matrimonio con Enrique III de Inglaterra, pero fue vetada por el emperador, ya que él mismo estaba interesado en casarse con Inés”.

Con estos antecedentes, entendemos el realismo teológico y espiritual del saludo:

- hija del Rey de reyes,

- sierva del Señor de señores (cf. Ap 19,16; 1 Tim 6,15),

- esposa dignísima de Jesucristo

- y, por eso, reina nobilísima.

Esta espiritualidad esponsal-matrimonial vuelve a desarro-llarse en el segundo párrafo de la carta. Léase con atención.

 

1A la, señora Inés, 2Clara, sierva inútil (cf. Lc 17,10) e indigna de las Damas Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma pobreza.

3Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto (cf. Sant 1,17), porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta perfección, 4para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).

5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíri-tu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.

8Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras super-fluas, 9aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda pro-porcionarte algún consuelo. 10Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes (cf. Cant 3,4), 12sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el polvo, 13segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el ca-mino de la felicidad, 14no creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino (cf. Rom 14,13) para que no cumplas tus votos al Altísimo (cf. Sal 49,14) en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.

15Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de los mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue el consejo de nuestro venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo a los consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra cosa, que impida tu perfec-ción o que parezca contraria a la vocación divina, aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, 18sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despre-ciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira atenta-mente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, mu-riendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres. 23Por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.

24Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por el Señor tu esposo; 25y procura encomendarnos al Señor en tus devotas oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bie-nes del Señor que Él obra en ti por su gracia (cf. 1 Cor 15,10). 26Recomiéndanos también, y mucho, a tus hermanas.

 

10. Caracteres de esta espiritualidad

 

Qué tipo o imagen de espiritualidad sacamos de esta carta: una espiritualidad cristológica-esponsal, pascual, contemplativa

 

Primero. Una espiritualidad cristológico-esponsal: “virgen pobre, abraza a Cristo pobre”.

 

La imagen central, referencial, de santa Clara no es la Virgen María, por grande que sea el amor que le profesa; no es san Francisco, aunque ella en la Regla se identifique como “plantita” de nuestro bienaventurado padre san Francisco. La síntesis está contenida en esta consigna: virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

¿Qué significa ser pobre? Siguiendo las pautas de la filosofía griega, y en este caso específicamente de Platón, la filosofía esco-lástica ha cristianizado las virtudes, que dignifican al ser humano llevándolo a su perfección, y ha establecido una división funda-mental, de donde viene toda la arborización de las múltiples vir-tudes derivadas.:

-   Virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, cuyo objeto inmediato es el bien Divino, Dios mismo.

-   Virtudes “cardinales” (o virtudes fundantes, radicales, raíces de las demás): Justicia, Fortaleza, Prudencia y Templanza.

La virtud de la Pobreza, según este esquema, pertenece al se-gundo Orden. Es una virtud “moral”, del tronco de las cardinales; no es una virtud “teologal”, cuyo objeto directo es Dios. La pon-dríamos dentro de la Templanza.

La virtud de la Pobreza, que atañe lo mismo a quienes no tie-nen nada y a quienes tienen riqueza, a toda clase social, pide el desapego y liberación de todo lo que nos esclaviza, empezando por las cosas materiales: dinero y posesiones. Ahora bien, cuan-do Francisco ha propuesto la “altísima pobreza”, y en su segui-miento santa Clara, se está refiriendo a todo un “status” de vida, a todo un modo de existir, que es sin más la vida de Cristo. San Pablo hablará de la “kénosis” de Cristo, el abajamiento o vacia-miento de lo que pertenece a la categoría de Dios para asumir la de siervo (Flp 2), o con esta misma terminología de pobrerico, dice: “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2Cor 8,9). Desde esta perspectiva santa Clara puede expresar a Inés su máximo deseo en el mismo saludo ini-cial: “que viva siempre en suma pobreza”.

 

La perfección a la que ha sido asociada Inés por el matrimo-nio con el Rey altísimo es la santísima pobreza: “convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio” (n. 7). De San Damían”

 

Este tipo de espiritualidad que explicamos se ve confirmado si leemos con todo detalle y atención el “Privilegium pauperta-tis”, pedido por las “Hermanas Pobres de San Damián”, cuya lectura atenta y detallada nos deja realmente abrumados. El Pri-vilegio fue concedido por la bula del Papa Inocencio III en 1216; confirmado por Gregorio IX (antiguo Cardenal Hugolino en 1228).

 

“Como es manifiesto, deseando consagraros únicamente al Señor, renunciasteis a todo deseo de cosas temporales; por lo cual, vendidas todas las cosas y distribuidas a los pobres, os pro-ponéis no tener posesión alguna en absoluto, siguiendo en todo las huellas de Aquel que por nosotros se hizo pobre, camino, verdad y vida. Ni os hace huir temerosas de un tal propósito la penuria de cosas, porque la izquierda del Esposo celestial está bajo vuestra cabeza para sostener las flaquezas de vuestro cuer-po, que, con reglada caridad, habéis sometido a la ley del espíri-tu. Finalmente, quien alimenta las aves del cielo y viste los lirios del campo, no os faltará en cuanto al sustento y al vestido, hasta que, pasando Él, se os dé a sí mismo en la eternidad, cuando su derecha os abrace más felizmente en la plenitud de su visión”.

-   Una espiritualidad radical de identificación con Cristo Pobre.

-   Una espiritualidad esponsal abrazándose a Cristo Es-poso, con la cita del Cantar de los cantares 8,3: “3 La-eva eius sub capite meo,et dextera illius amplexatur me”.

Una espiritualidad filial, aludiendo al Padre del cielo que alimenta a las aves.

 

Cristo Pobre es el Cristo Esposo al que se ha unido Inés, y esta espiritualidad es totalmente esponsal. Inés ha acep-tado ser lo que es  “menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimo-nio imperial” (n. 6). Un matrimonio imperial habría sido una oferta concreta para Inés, una oferta poco digna para lo que ella aspiraba.

Santa Clara podía hablar desde la propia experiencia, porque a ella le ofrecían e instaban para el matrimonio, pero ella decidi-damente no quiso. Messer Ranieri de Bernardo de Asís declaró en el proceso bajo juramento: “Como era bella de rostro, se trató de darle marido; y muchos de sus parientes le rogaban que con-sintiese en casarse; pero ella jamás accedió. Y el testigo mismo le había rogado muchas veces que accediese, y ella no quería ni oírle, antes bien, ella le predicaba a él el desprecio del mundo” (testigo XVIII, 2). Y lo mismo el testigo siguiente Pedro de Da-miano, de Asís: “…Y vio que el padre y la madre y sus parientes la quisieron casar según su nobleza, magníficamente, con hombres grandes y poderosos. – Pero la muchacha, que tendría entonces aproximadamente diecisiete años, no pudo ser convencida de ninguna manera, porque quería permanecer virgen y vivir en pobreza, como lo demostró después, ya que vendió toda su he-rencia y la dio a los pobres” (XIX, 2).

 

Segundo, Una espiritualidad pascual

El misterio pascual abarca simultáneamente “Pasión y Resu-rrección” del Señor. Y santa Clara le aconseja por este camino. Sus palabras son realísimas:

19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múlti-ples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribu-lación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres.

 

Esta espiritualidad que supone la “perfección” apunta al encuentro escatológico definitivo, como abrazo nupcial

 

5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíri-tu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.

El Rey celestial, el Jesús de hoy, es el Rey Esposo y reina sentado en un trono de estrellas. A esta compañía es invitada Inés. En una antífona medieval se dice de la Asunción de María: Assumpta est Maria in coelum: gaudent angeli, collaudantes be-nedicunt Dominum, alleluia. Maria virgo assumpta est ad aethe-reum thalamum, in quo Rex regum stellato sedet solio. (María virgen, ha sido asunta al tálamo celestial – etéreo – dponde el Rey de reyes se sienta en un solio de estrellas).

 

 

 

 

Tercero. Una espiritualidad netamente contemplativa

Inés de Praga tuvo la posibilidad de dedicarse totalmente a las obras de caridad, y muy concretamente al cuidado de los en-fermos en el hospital que ella misma había fundado.

“Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que lo dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Fran-cisco para las «Hermanas Pobres» o «Damianitas», donde ella misma ingresó el día de Pentecostés del año 1234” (L’Osservatore Romano, edición semanal española, 12-19 nov. 1989, con motivo de su canonización).

 

Es lógico y comprensible lo que cuentan las biografías de sus propios servicios personales a los enfermos en el hospital que ella misma había fundado; y por ello, tanto más de admirar que su vida espiritual se decantara, más bien, por la pura vida con-templativa.

 

Ocurre lo mismo con la Iniciadora de las Clarisas Capuchi-nas, llamada María Lorenza Longo (1463-1542), beatificada el 9 de octubre de 2021. Casda con un noble tuvo varios hijos. Hubo de vivir en Nápoles por el oficio de su marido en tiempos de la corona española.  Leemos “… la iniciativa más importante fue el «Hospital de Incurables», inaugurado el 23 de marzo de 1522, del que se la considera fundadora y del que tuvo que asumir la dirección. Lo dotó con sus bienes y con donativos que mendiga-ba personalmente. Allí vivía y servía a los enfermos con sus propias manos…” (Información del Directorio franciscano). Muerto su marido y resuelta la situación de sus hijos, se lanzó puramente a la vida contemplativa.  (Myriam Rosa Lúpoli, capuchina que ha escrito la vida de la beata, la ha titulada: Del grito de los últimos al silencio de Dios).

Al hablar de su vida como vida contemplativa, los estudiosos han recalcado la posible diferenciación progresiva de los tres vocablos que emplea:

Reina nobilísima,

1) mira atentamente,

2) considera,

3) contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo.

La que es verdaderamente Reina, pero no consorte de un rey humano, está totalmente dedicada su Esposo, que es Rey y que es el que la constituye a ella Reina. Y esta atención permanente a su esposo, está expresada con tres verbos. Una simple lectura literaria del texto nos diría que son tres términos para resaltar con insistencia lo mismo: la total de la entrega a él. Se trataría, por tanto, de tres sinónimos. Ahora bien, como en la literatura espiritual se han ido distinguiendo las palabras con distintos significado, y que son cosas distintas lectio, oratio, meditatio, operatio, contemplatio, es razonable pensar que santa Clara está aludiendo aquí a un progreso de fe y amor, que halla su cumbre en la pura “contemplatio”.

-   intuere,

-   considera,

-   contemplare, desiderans imitari.

 

Intuir o mirar sería todo lo que contiene la lectio y metita-tio. Un ejercicio consciente de “revivir” en cuanto se pueda el misterio. La imaginación del lugar y las personas tiene una fun-ción positiva en el ejercicio de la oración. Yo aprovecho los datos que tengo a mi alcance para reconstuir el misterio de Jesús. Muy consciente, por otra parte, de que hay fronteras que no se pue-den traspasar en una exégesis histórico-crítica de los textos. Di-cen, por ejemplo, los biblistas que yo no puedo saber cuál era el “temperamento” o carácter concreto de Jesús, de acuerdo a los esquemas que me da la psicología (activo/pasivo, prima-rio/secundario). Jesús era muy afectuoso, porque abrazaba a los niños… Cierto, ¿y qué más se puede deducir de ese gesto, cuando el mismo Evangelio teologiza el gesto, haciéndonos entender que todo eso pertenece al misterio de su santa Humanidad como tal…?

El alma orante quisiera concretar el misterio del Jesús histó-rico, y, al concretar, proyecta lo que sabe y lo que entiende. Y todo ello queda envuelto en una operación de amor. Yo imagino a Jesús así y así, porque el mismo imaginarlo es un acto de amor.

 

Considera. Puede ser pasar a otro grado de sabiduría que in-funde el Espíritu.

La consideración sería el adentramiento en el misterio, ponien-do en ejercicio entendimiento y voluntad completamente abier-tos al influjo del Espíritu, que sopla donde quiere.

 

Contempla, deseando imitar

 

La contemplación, entendida como ápice de la oración, no es un “modus operandi”, una determinada de abordar el tema, de acuerdo a determinadas leyes psicológicas.  Es ela´pice de la ora-ción en un proceso que termina en una unión de amor. Para in-tuir qué es eso, puede ilustrarnos lo que dice san Buenaventura en unos párrafos espléndidos, recogido como segunda lectura en el oficio divino de su fiesta:

 

Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda es-peculación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tie-rra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendi-miento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estu-dio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios,  no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.

Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ar-dentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fue-ra de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida.

Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos si-lencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pa-semos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: "¡Amén!" (Itinerario de la mente hacia Dios, 7,1,2,6.

TERCERA PARTE

UNA MÍSTICA TRINITARIA

 

 

Avanzando en la temática ofrecida para este reriro, en una ua segunda parte, después de haber expuesto en la primera el tema de “la unión mística”, se nos propone una segunda reflexión: “Mística de la Trinidad”. Para ello hay una simple alusión en la primera carta, cuando santa Clara se expresa con estas palabras:

 

12Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora suma-mente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosa-mente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en el santo servicio comen-zado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, 14el cual sopor-tó la pasión de la cruz por todos nosotros (cf. Heb 12,2), librán-donos del poder del príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).

Santa Clara alude al texto sinóptico de la verdadera familia de Jesús:

47Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». 48Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». 49Y, exten-diendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,47-50).

 Santa Clara no se ha detenido a explicar las modalidades del parenteco espiritual que nos une a Dios por mediación de la obra de Jesús.

San Francisco se ha detenido a explicar, a su modo, este pa-saje, escribiendo con detalle en su Carta a todos los fieles:

 

1Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos (cf. Mt 22,37.39; Mc 12,30), 2y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, 3y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, 4y hacen frutos dignos de penitencia: 5¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, 6porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cf. Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23), 7y son hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50).

 

-   8Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor Jesucristo.

-   9Somos para él hermanos cuando hacemos la vo-luntad del Padre que está en los cielos (Mt 12,50);

-   10madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16). 11¡Oh cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los cielos! 12¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! 13¡Oh cuán santo y cuán amado, placente-ro, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre diciendo:

 

El sentido original del Evangelio no pretende de por sí llevar a una especificación concreta de calidad de parentesco, sino nos anuncia que Jesús nos ha traído una realidad nueva que supera esa relación sagrada que establece la misma naturaleza de la creación. Ser padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana son absolutos. Pero Jesús establece un absluto superior, que es la familia del Reino, en la cual es el vínculo total: El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es signo de mí.

 San Francisco ha llegado a entender este principio de un modo concreto y – diríase – que carnal, hasta poder escribir en su Re-gla a los hermanos:

 “Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, por-que, si la madre cuida y ama a su hijo (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?” (2Re VI,8).

Ser “hermano espiritual”, como somos los religiosos, es para san Francisco una realidad más real que ser “hermano carnal”.

 

La espiritual que pretende y propone santa Clara no es simple-mente una asociación de mujeres con un buen entendimiento, sino una familia que, por medio de Jesucristo, queda vinculada a cada una de las personas de la Santísima Trinidad.

La vida espiritual, que de por sí es mística, pasar a ser una vida de mística trinitaria.

 

Pamplona, 16 julio 2026 – Memoria de la Virgen del Carmen.

 

Fr. Rufino María Grández , OFMCap.