sábado, 13 de enero de 2018 1 comentarios

1042. La fe, encuentro personal con el Señor




La fe, encuentro personal con el Señor
Jn 1,35-42


Texto evangélico:
35 Al día siguiente, estaba Juan con dos de sus discípulos y, 36 fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios». 37 Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. 38 Jesús se volvió y, al ver que lo seguían, les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos le contestaron: «Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives?». 39 Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
40 Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; 41 encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo)». 42 Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».

Hermanos:
1.  La fe es una llamada y un encuentro, si entendemos la fe como una vivencia de persona a persona. No como un ideario de partido, no como un ideal estético-filosófico del universo y la vida; ni siquiera como un proyecto de acción religiosa en favor de la humanidad.
La fe no es una forma de cultura que engloba toda la vida, como las hay múltiples, dignas de todo respeto, en la humanidad. La fe es pura y simplemente la adhesión a una persona, Jesús, que te cambia de raíz toda la existencia.
La fe es eso en su origen.
La fe es eso en su vivencia actual.
La fe es eso en el acto final de tránsito a la eternidad.
Yo me he adherido a Jesús, por haberlo encontrado a él – o mejor dicho, por haber sido encontrado y amado por él – me he adherido a él sin condiciones, al haberlo identificado como Hijo de Dios, Dios encarnado, que por mí ha muerto y ha sido resucitado; y, al adherirme, sin condiciones, y he arriesgado mi ser entero abandonándome a él con esta esperanza: En ti, Señor, confié; no seré confundido por toda la eternidad.

2. Si la fe es una llamada, la primera lectura de hoy nos descorre el velo de eso misterioso que acontece cuando Dios llama. Puede ocurrir que el Señor esté llamando y todavía uno no lo perciba.
Samuel era aquel niño que Dios había concedido a Ana, mujer doliente que con lágrimas había pedido al Señor Dios un hijo. Dios se lo concedió y ella, de su parte, lo consagró. Dice el relato sagrado: “La lámpara de Dios aún no se había apagado y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. Entonces el Señor llamó a Samuel. Este respondió: «Aquí estoy». Corrió adonde estaba Elí y dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Respondió: «No te he llamado. Vuelve a acostarte». Fue y se acostó” (1 Sm 2,3-5).
Así segunda y tercera vez con el mismo resultado, y advierte el texto: “Samuel no conocía aún al Señor, ni se le había manifestado todavía la palabra del Señor”.
“Comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven. 9 Y dijo a Samuel: Ve a acostarte. Y si te llama de nuevo, di: “Habla Señor, que tu siervo escucha” (vv. 8-9).
La fe, pues, puede comenzar con ese susurro interior, con esa sutil llamada, que a lo mejor no sabemos de dónde viene. La ayuda de un amigo fiel y veraz puede resultar preciosa.
Ese camino interior termina en un encuentro, el encuentro con Dios, la fe se ha encendido.

3. En el Evangelio de san Juan, en este pasaje de una manera muy singular, la fe aparece como un encuentro seguro y fulminante, que produce el paso de Jesús a nuestra vera.
Los cinco primeros discípulos de Jesús – a saber, Andrés y un compañero desconocido (el mismo escritor del Evangelio), Simón, hermano de Andrés, Felipe y Natanael – han encontrado a Jesús por un chispazo divino, que es como el chispazo del enamoramiento. Un encuentro que da certeza, seguridad y entrega.
Un encuentro que estaba preparado por un deseo de búsqueda de las cosas de Dios. Estos primeros discípulos, antes de ser discípulos de Jesús, eran discípulos de Juan; eran hombres que esperaban el advenimiento de Dios.

4. El Evangelio nos presenta al Bautista como un iluminado, el que fijándose en Jesús que pasaba, dice: «Este es el Cordero de Dios”. El Bautista ha tenido una misión en la historia de salvación de Dios, hacer el paso entre la antigua y la nueva Alianza. Juan es el que lleva a Cristo. Y Dios ha dispuesto las cosas así: cuando se retira Juan, entra Jesús.

5. Pero vayamos a analizar este encuentro. Fue un encuentro, y ¿qué fue este encuentro?
Este encuentro fue, ante todo, una ráfaga de intuición y amor, que provocó una pregunta: Rabbí, ¿Dónde vives? Él les dijo: «Venid y veréis». Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima.
La hora décima son las 4.00 de la tarde, cuando en Tierra Santa comienza a declinar el día. Los judíos, antes y ahora, cuentan el día de puesta a puesta de sol.
Fueron, pues, y estuvieron con Jesús aquella noche. En la paz de la noche se hizo aquel encuentro. La noche es muy buena consejera, porque calma los sentimientos e invita a entrar en la intimidad de Dios. No sabemos cómo fue aquella primera noche de nuestra fe.  Podemos suponer: coloquios, silencios, oración y descanso.
Nicodemo también fue a visitar a Jesús por la noche y se hizo discípulo.
Hoy ocurre lo mismo. Se hacen encuentros vocacionales con jóvenes de 18 y 20 años, y a lo mejor el director les propone: Vamos a hacer una noche de adoración con el Santísimo, por turno. Y quizás el muchacho luego te diga: Aquella noche se decidió mi vocación; sentí que Dios me llamaba.

6. Todo el Evangelio que hemos escuchado son escenas de encuentro e intimidad. Para el evangelista Juan en este primer momento se decidió quién era Pedro. Jesús se le quedó mirando y le dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro)».
Cada uno de nosotros, hermanos, tiene una historia personal, y este Evangelio nos sugiere mucho. Mi vida comenzó también en un encuentro, y es hermoso poder recordarlo, para que resplandezca de nuevo esa fe llena de amor y de ilusión, que nos ha dado nuestra vocación en la vida y nuestro destino.

Señor Jesús, concédeme ver el cielo abierto, que eres tú, y hallar en ti el sentido, el gozo y la firmeza de mi vida. Amén.

Guadalajara, sábado 13 enero 2018.

sábado, 6 de enero de 2018 0 comentarios

1041. El Bautismo del Señor 2017



El Bautismo del Señor
Mt 3,13-17


Texto evangélico:
13 Por entonces viene Jesús desde Galilea al Jordán y se presenta a Juan para que lo bautice. 14 Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?». 15 Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces Juan se lo permitió. 16 Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. 17 Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Hermanos:

1. En la vida de Jesús hay tres escenas en las que lo humano y lo divino se juntan, se fusionan de una manera han singular que no tenemos nosotros un esquema en nuestra experiencia humana capaz de captar todo el contenido misterioso que encierran:
- El Bautismo de Jesús
- La Transfiguración de Jesús
- La institución de la Eucaristía
Jesús es uno de nosotros. Pero los Evangelios, desde la primera línea, tienen el convencimiento de que siendo así es alguien infinitamente más, es alguien que siendo nuestro nos trasciende, y que, por lo mismo, solo la fe nos da la llave para empezar a comprender.
Las primeras palabras de Marcos son estas. Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Y de Marcso decimos que es el Evangelio más rudimentario, pero es que está todo rezumante de fe desde el principio hasta el final.
Vayamos al Evangelio más teologizado, el más tardío, el Evangelio de Juan. La apertura de Juan es esta: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios”.
Los cuatro Evangelio arrancan de estas convicciones. Si esto es así, ¡qué insensatez sería al nuestras si, al introducirnos en la vida de Jesús, queremos capturarla y dominarla, como si estuviese bajo nuestra dominio! Un psicólogo le puede decir a su cliente: Cuénteme usted y luego le diré yo…
Nada de esto es posible al entrar en los Evangelios.
2. La escena del Bautismo de Jesús, seguramente que como ninguna otra, se presta a que nosotros hagamos planteamientos y preguntas desde nuestra realidad existencial y los proyectemos sobre Jesús.
Es la hora en que Jesús va a comenzar. Si somos mayores, podemos volver a nuestro pasado y ver aquella por similar en que nosotros estuvimos. Hay una hora en que el hombre puede escoger carrera, el joven o la joven. Uno mira sus cualidades, sus ideales, sus posibilidades, las ofertas que le ofrece el entorno, y escoge. Si no acierta, puede rectificar, a lo mejor recuperando años perdidos.
Hay otra hora más grande en que el ser humano decide su destino personal de cara a una compañía, que va a ser el complemento y la realización de su persona. ¿Me uno en matrimonio con una mujer y esto para siempre? La mujer la inversa: ¿Me uno con un hombre, como realización de mis íntimas aspiraciones? Esto es mucho más importante que escoger carrera o profesión.
Son momentos cruciales que todos en la vida hemos tenido que afrontar. Aun en este caso, la vida no deja de ser misterio. Hay en la vida algo que nos sobrepasa, y que se escapa a nuestros análisis pro inteligentes que seamos.

3. Estamos en este momento crucial de la vida de Jesús. Jesús debe afrontar su destino con absoluta libertad personal, comprometerse con una situación que es su vocación, la misión por la que ha venido a este mundo. El evangelista san Lucas dice: “Jesús, al empezar, tenía unos treinta años, y se pensaba que era hijo de José, que a su vez era de Helí, de Matat, de Leví, de Melquí, de Jannaí, de José, etcétera” (Lc 3,22-23).
Esta frase seguramente está en relación con el principio del reinado de David, con lo que dicen los libros históricos: “David tenía treinta años cuando comenzó a reinar. Y reinó cuarenta años; siete años y seis meses sobre Judá en Hebrón, y treinta y tres años en Jerusalén sobre todo Israel y Judá” (2Sam 5,4-5).
En David el dato histórico es evidente. En Jesús, aunque la evocación pueda tener una referencia sacra, el dato pertenece básicamente a su historia personal. A los 30 años en Israel uno no es un joven. Ya ha hecho mucho camino. A los treinta años uno ya es un padre de familia con una grande responsabilidad que cumplir.
¿Qué ha hecho Jesús hasta los treinta años? No ha frecuentado las escuelas rabínicas, como las frecuentó Saulo de Tarso, unos diez años más joven que Jesús, según se calcula. “¿Cómo es este tan instruido si no ha estudiado?”, es un comentario que hacían los judíos, según san Juan (Jn 7,15). Sigue el texto. Jesús entonces les contestó: “Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado…” (v. 16).
Ya tenemos, pues un dato: Jesús es un místico.
¿Qué más sabemos de cuando Jesús tenía 15, 18…, 25… años? Nada, absolutamente nada.
De manera que su vida comienza de repente, tomando una total decisión: ir a recibir el bautismo que administraba Juan e internarse en el desierto. Bien se puede pensar que el que va al desierto para cuarenta días y cuarenta noche… no es la primera vez que va.

4. La presentación evangélica no responde a los planteamiento vitales que nosotros nos hacemos y que quisiéramos indagar en Jesús. El punto de mira es otro.
En el Evangelio lo que aparece claro son dos cosas:
- De parte de Jesús: que hay una voluntad clara y total e consagración a la misión del Reino que Dios le ha confiado, y que esta consagración se verifica mediante un rito inaugural que él acepta como comienzo de los últimos tiempos. Este es su bautismo.
- Y en segundo lugar, de parte de Dios: hay una aceptación de Dios, que se muestra en una teofanía, anticipo del día de la Resurrección.
Esto es el significado del Bautismo de Jesús, que nosotros lo vivimos celebrándolo en medio de la asamblea cristiana con ritos sagrados, con antiguas lecturas proféticas, con oración y alabanza.
El bautismo de Jesús es la consagración del Siervo de Dios, consagración de su parte, consagración de parte de Dios.
1 Mirad a mi Siervo, | a quien sostengo; | mi elegido, | en quien me complazco. | He puesto mi espíritu sobre él, | manifestará la justicia a las naciones.
 2 No gritará, no clamará, | no voceará por las calles.
3 La caña cascada no la quebrará, | la mecha vacilante no la apagará. | Manifestará la justicia con verdad.
4 No vacilará ni se quebrará, | hasta implantar la justicia en el país. | En su ley esperan las islas” (Is 42,1-4).
Es la primera lectura de hoy. Este célebre pasaje lo ha de citar san mateo cuando hable de los milagros de Jesús.
Aquí nos podríamos quedar, hermanos: Mirad a mi Siervo.

5. Escena de contemplación y de perderse en Dios: Mirad a mi Siervo.
Según el relato de Mateo la escena ha comenzado con un forcejeo: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?

Lo importante. El punto cenital de lo que aquí acontece es la mística teofamía de estas “Luminarias”: Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. 17 Y vino una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

6. Jesús es el embeleso del Padre. Jesús es la complacencia suma del Espíritu. En suma, hermanos, el Bautismo de Jesús es una escena totalmente humana de un momento crucial, decisivo de la vida de Jesús y, al mismo tiempo, una escena totalmente divina, en la que Dios se ha derramado en él.

¡A Cristo Jesús la gratitud y la gloria pro los siglos de los siglos! Amén.


Guadalajara, Jalisco, sábado 5 enero 2018
 
div> ;