viernes, 16 de febrero de 2018 1 comentarios

1048. Jesús en el desierto, inicio de Cuaresma



Jesús en el desierto, inicio de Cuaresma
Mc 1,12-15

Texto evangélico:
12 A continuación, el Espíritu lo empujó al desierto.
 13 Se quedó en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás; vivía con las fieras y los ángeles lo servían.
14 Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; 15 decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio».

Hermanos:
1.  El Miércoles de Ceniza era el comienzo penitencial de la Cuaresma, de los cuarenta días penitenciales que vive la Iglesia. Hoy, primer domingo de Cuaresma, de los seis domingos que tiene la Cuaresma incluida la Semana Santa, es la inauguración solemne de este tiempo, reunida toda la comunidad, preparación de la Pascua, que los libros litúrgicos llaman “Sacramento de Cuaresma”.  ¿Qué quiere decir esta expresión de “Sacramento de Cuaresma”? Evidentemente la Cuaresma no es uno de los siete sacramentos que tiene la Iglesia: Bautismo, Confirmación, Eucaristía, Penitencia, Orden sagrado, Matrimonio y Unción de los Enfermos, como se estudia en el Catecismo. Sacramento de Cuaresma, o Misterio de Cuaresma, quiere significar cómo Dios, y no el hombre, es el que está en el centro de este tiempo sagrado.
Es muy importante percibir esto, porque, de lo contrario, se pueden desfigurar tanto el sentido de este tiempo litúrgico, como las acciones que son propias de él. ¿Quién es el protagonista de la Pascua? Cristo Jesús Resucitado: nadie lo va a dudar.
¿Quién es el protagonista de la Cuaresma? El hombre pecador que tiene que convertirse y hacer penitencia de sus pecados, para prepararse a la Resurrección. Esta respuesta es incorrecta y falsa. El protagonista de la Cuaresma es ni más ni menos que el protagonista de la Pascua, porque, si no, romperíamos la unidad del único misterio. Cristo Jesús es el protagonista de la Pascua; Cristo Jesús, el Señor, es el protagonista de la Cuaresma.

2. Justamente este el significado de esta escena de Jesús en el desierto, inicio de la Cuaresma todos los años, leamos el Evangelio de san Mateo, o el Evangelio de san Marcos (como lo acabamos de escuchar) o el Evangelio de san Lucas. San Agustín explicaba a los fieles de su Iglesia: Cuando Cristo era tentado, tú estabas en esas tentaciones; cuando Cristo vencía en la tentación, tú estabas en su victoria. San Agustín nos habla, pues, del Cristo total: Jesús y nosotros, que es el único Cristo que existe y que vivimos.
Intuimos por tanto que la Cuaresma tiene un sentido místico, que debemos percibir por la luz del Espíritu Santo, y que desde ahí hemos de entender el misterio en que estamos metidos.

3. San Marcos es muy escueto al narrar este episodio de la vida de Jesús. No hablan de las tres tentaciones, como dirán los otros dos Evangelios mencionados, de Mateo y de Lucas.
Vamos a reflexionar en esta escena, que llamaremos “escena grandiosa” que nos representa san Marcos. Aquí, con Jesús, aparecen tres personajes:
- el Espíritu, que le empuja al desierto,
- el diablo, Satanás, que le tienta,
- los ángeles que, vencida al tentación, le sirven.
O si queréis cuatro personajes:
- el cuarto son las fieras con que Jesús convive en este tiempo, las fieras del desierto.
Esta forma de representar la escena, nos lanza una pregunta. Este relato ¿es real o es simbólico?
La humilde respuesta que podemos aceptar es esta. Este relato es real, pero tiene una enorme carga simbólica, y, sobre todo, tiene un contenido espiritual sin fondo.
Y en este contenido espiritual es en lo que quisiéramos reflexionar para entender quién es este Jesús del desierto y cuál es el desierto al que Jesús me llama.
Además, fijémonos cómo en el Evangelio proclamado hoy unimos desierto e inicio del ministerio de la predicación de Jesús.

4. Lo primero de todo, hemos de pensar que los primeros cristianos cuando escribieron y predicaron estas cosas, no las escribieron como relatos curiosos para conocer la vida tan singular de Jesús, un extraño judío que hablaba de una forma nueva del Padre Dios, sino que escribieron estos relatos como relatos de fe, para vivirlos y celebrarlos en las reuniones cristianas, en la Eucaristía.
Llama la atención que san Marcos no diga una palabra acerca del ayuno de Jesús. ¿Es que Jesús no ayunó en el desierto? Obviamente sí ayunó, sin entrar en detalles. Si uno va al diserto es para vivir en soledad y en austeridad. Si uno va al desierto es para encontrarse consigo mismo y con Dios, y al mismo tiempo, y de manera peculiar, con sus hermanos los hombres.
San Marcos nos dice que Jesús fue al desierto empujado por el Espíritu. Esto es lo importante; esta es la clave. La clave que nos abre tres misterios inseparables: el misterio del bautismo, de donde viene Jesús; el misterio del desierto, don está Jesús; el misterio de la predicación que acto seguido va a comenzar.
Tres misterios inseparables. Jesús es el enviado de Dios al mundo, al que quiere abrazar con su vida entera desde el Espíritu.
Jesús es el don del Padre al mundo. Y viene Jesús con el Espíritu Santo.

5. La misión de Jesús es derrocar el reinado de Satanás, por así decir, y dar paso a la vida nueva que Dios nos ofrece a todos. Jesús en el desierto vence a Satanás. Es decir, Jesús va a entrar en el ministerio de su predicación, anunciando la llegada del Reino de Dios, con la victoria realizada. Jesús, que es todo nuestro, es, ante todo, todo de Dios su Padre, todo del Espíritu de Dios. Jesús es la vida que Dios trae al mundo.
Ante esta victoria conseguida, los ángeles el sirven. Estamos anticipando el misterio de la resurrección. Jesús es el eje de cielo y tierra. Los ángeles, postrados, le sirven, igual que los ángeles en el cielo sirven a Dios. Jesús es Dios, nos lo ha dicho san Marcos en la primera línea del Evangelio: “Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”.
Este es el Jesús de la tentación, Jesús de las victorias.

6. Y ¿qué puede significar eso de que “vivía con las fieras”? Podría significar que Jesús está viviendo en el desierto-desierto, lugar de desolación de indefensión…; o acaso, puede significar lo contrario: el desierto de Jesús anuncia el paraíso perdido, en el que Adán y Eva vivían con las fieras en armonía. En cualquier caso, hermanos, la imagen que aquí tenemos de Jesús es primordialmente una imagen teológica, una imagen sacramental, la imagen del Jesús de nuestra fe, de ese Jesús que hoy está presente en mi vida.

7. Partiendo de esta imagen de fe, ahora viene la pregunta: ¿qué tiene que ser para mí la santa Cuaresma? La respuesta es lógica. La Cuaresma no puede ser otra cosa sino una vida con Jesús, bajo la soberanía de Jesús, ante el Padre, guiado por el Espíritu Santo, como lo fue Jesús guiado por el Espíritu.
¿Cuál es la principal obra de Cuaresma? No es el ayuno, la penitencia, la mortificación. La principal obra de Cuaresma es retirarse y estar con el Padre de Dios. Estar ante mi Padre Dios, y Él nos dirá a cada uno lo que debamos hacer. A lo mejor la voz que oímos en nuestro corazón es ésta: Hijo mío, la principal obra que espero de ti en esta Cuaresma es, comenzando ya ahora, una buena confesión arrepentido de tus pecados, purificado para iniciar una vida nueva, la que realmente apetece tu corazón. Pero, hermanos, yo no puedo dar por nadie la respuesta de lo que Dios nos pide, me pide, en esta Cuaresma.

Señor Jesús, que fuiste empujado por el Espíritu para ir al desierto y estar con el Padre, empuja tú suavemente mi corazón para que empiece con valor este tiempo sagrado que mi Padre Dios me concede. Amén.

Guadalajara, viernes después de Ceniza, 16 de febrero de 2018.
viernes, 9 de febrero de 2018 1 comentarios

1047. Jesús, el poder y la misericordia de Dios entre nosotros



Jesús, el poder y la misericordia de Dios entre nosotros
Mc 1,40-45

Texto evangélico:
40 Se le acerca un leproso, suplicándole de rodillas: «Si quieres, puedes limpiarme». 41 Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Quiero: queda limpio». 42 La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. 43 Él lo despidió, encargándole severamente: 44 «No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para que les sirva de testimonio». 45 Pero cuando se fue, empezó a pregonar bien alto y a divulgar el hecho, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en lugares solitarios; y aun así acudían a él de todas partes.

Hermanos:
1.  El Evangelio de san Marcos tiene un encanto especial en sus narraciones, sencillas y elementales, que guardan un contenido sin fondo, para verterlo en nuestra vida. Todo viene de aquélla primera línea del Evangelio, como me han oído otras veces. El Evangelio se abre con esta frase: Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Es decir, todo lo que aquí se cuenta, se nos cuenta del Hijo de Dios. Pero ¿quién es el Hijo de Dios? ¿La Segunda persona del Santísima Trinidad? Sencilla y llanamente, el Hijo de Dios es Jesús de Nazaret.

2. Estamos todavía en el primer capítulo de este Evangelio. El domingo pasado, que escuchamos el párrafo anterior, hablábamos de cuatro palabras, a propósito de la curación de la suegra de Pedro y lo que siguió a este episodio. Estas cuatro palabars eran:
Curación
Oración
Expulsión
Predicación.
Recuerden el final: Todo el mundo te busca. Él les responde: «Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he salido».

3. Hemos ido a otra parte y sale un leproso al encuentro de Jesús. Este leproso, que vive fuera de la sociedad de Israel, según aquellas leyes del Levítico, que hoy se recogen en la primera lectura, no conoce a Jesús. Pero se está comportando como un discípulo de Jesús. Al leer o al escuchar el Evangelio uno cae en la cuenta de que el leproso soy yo. 
Si aceptamos esto, que el leproso soy yo, ya tengo la clave vital para interpretar salvadoramente la escena en la que estoy metido. El leproso se acerca a Jesús y le dice, de rodillas, unas palabras que son, al mismo tiempo, una soberana confesión de fe y una humilde súplica: «Si quieres, puedes limpiarme».
El leproso, el excluido del culto de la comunidad santa de Dios, está pidiendo un milagro. Está “pidiendo” y “no pidiendo”, porque dice: Si quieres… Dios sabe lo que tiene que hacer.

(El año pasado, en el mes de marzo, el Papa aprobó las virtudes heroicas de un misionero capuchino en Brasil, el P. Daniel de Samarate (1876-1924), italiano, que a los 37 años se le descubrió que tenía el virus de la lepra, y los superiores le enviaron a Italia, a examinarse en un buen hospital. Él acudió a la Virgen de Lourdes, y nos cuenta lo que allí le ocurrió:

“He orado con fe a la Virgen; he tomado el baño en la Piscina milagrosa y cuando supe la hora de la Procesión Eucarística, me puse en fila en orden con los enfermos para ser bendecido particularmente.
En el momento solemne, cuando el Obispo celebrante pasó delante de mí y me vio de rodillas, no encontrando en mí externamente síntomas de enfermedad, se detuvo y me preguntó:
- Estás enfermo (Infirmus es?)
- Sí (Útique), respondí.
Alzó la Custodia mientras trazaba el signo de la cruz para bendecirme; mis ojos rompieron en lágrimas como nunca, fijos en la Hostia santa; y acordándome del leproso del Evangelio, mis labios se abrieron instintivamente: Domine, si vis, potes me mundare (Señor, si quieres puedes curarme).
Una voz misteriosa, y muy sensible a mi corazón, responde: No quiero…, vete en paz, recibirás otra gracia…; tu enfermedad será ad maiorem Dei gloriam, y para tu mayor bien espiritual.
Desde aquel momento me encontré totalmente transformado. Un sentido de indecible conformidad, acompañado de un infinito regocijo y alegría, invadió mi mente, mi corazón, todo mi ser. Y desde ese momento no he perdido un solo minuto la serenidad, y desde entonces nunca he hecho una oración pidiendo mi curación”.

El P. Daniel vivió diez años leproso entre los leproso, en una leprosería en la misión de Brasil, y el ser leproso fue para él una gracia igual que el sacerdocio).



4. Cuando Jesús oyó esta súplica, se le rompió el corazón de compasión, de ternura.
¿Y qué ocurrió entonces en su corazón? Lo podemos atisbar prestando atención a la orden que da al leproso sanado: Él lo despidió, encargándole severamente: No se lo digas a nadie…
Es una frase que nos ad mucho que pensar. Jesús quería derramar todo el amor de Dios sobre aquel enfermo en tal miseria, y no sacar de ello ninguna ventaja. Esto es admirable. El bien ha de brillar por sí solo del modo que Dios quiera y en el momento en que Dios quiera.
Era como decirle: Hijo mío, al ver tu necesidad he sentido en mi corazón toda la misericordia de Dios, mi Padre, y no he tenido más remedio que echar mano de ese poder maravilloso de Dios.
Y esto que hago contigo lo he de hacer con todo aquel que se acerque a Dios con esa humildad y esa confianza.

5. Hermanos, en el corazón de Cristo está toda al misericordia de Dios, todo el poder de Dios. La misericordia de Dios desata el poder de Dios.
El enfermo curado no pudo obedecer la orden de su bienhechor. Él anunció a todos lo que Dios acababa de obrar. Y también esto es una lección. Si el bien existe, dejemos que el bien se haga ver, no para nuestra vanidad, sino solo para anunciar el amor y la gloria de Dios. Nos lo ha dicho san Pablo en la lectura de hoy, hablando de otros asuntos. Así pues, ya comáis, ya bebáis, o hagáis lo que hagáis, hacedlo todo para gloria de Dios (1Cor 10.31).

Es la forma con que termina siempre la Plegaria Eucarística, que es el corazón de nuestra fe: Por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre todopoderoso, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos. Amén.


Guadalajara, Jalisco, viernes, 9 febrero 2018
 
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