jueves, 21 de junio de 2018 0 comentarios

1094. (Dom. XII B) – El nacimiento del Precursor de Jesús


El nacimiento del Precursor de Jesús,
alegría por la salvación que nos viene
Lc 1,57-66.80

Texto evangélico:     

57 A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. 58 Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. 59 A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; 60 pero la madre intervino diciendo: «¡No! Se va a llamar Juan». 61 Y le dijeron: «Ninguno de tus parientes se llama así». 62 Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. 63 Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados. 64 Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. 65 Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. 66 Y todos los que los oían reflexionaban diciendo: «Pues ¿qué será este niño?». Porque la mano del Señor estaba con él.
80 El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Hermanos:
1. Todos los días, en la oración de la mañana, los que quieran rezar la Hora litúrgica primera del día, que se llama Laudes (igual sacerdotes religiosas, religiosos o seglares), tenemos un recuerdo de lo que hoy estamos celebrando con detalle, el Nacimiento del Bautista: “muchos se alegrarán de su nacimiento” (Lc 1,14). Todos los días rezamos:
“Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, | porque irás delante del Señor a preparar sus caminos,
 anunciando a su pueblo la salvación | por el perdón de sus pecados.
Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, | nos visitará el sol que nace de lo alto,
 para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, | para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,74-79).
Ese canto de bendición, que es como la entrada en el Evangelio, lo ha puesto san Lucas en labios de Zacarìas, esposo de Isabel, los padres de este niño, que venía al mundo con un signo de predestinación.

2. Su nacimiento estuvo envuelto en milagros. Milagro porque sus padres eran de edad avanzada; milagro porque Isabel, además, era estéril; milagro que Isabel quisiera que el niño se llamara Juan – que significa “Gracia de Dios” – nombre que el ángel Gabriel había indicado a Zacarías; milagro que Zacarías quedara sin habla, por su falta de fe; milagro que ahora Zacarías recobra el habla para cantar las alabanzas de Dios.  En fin, milagro, sobre todo, aquello que Isabel dijo a María, cuando la Virgen de la Anunciación fue a ver a su prima: “¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? Pues, en cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre” (Lc 1,43-44).
Este conjunto de circunstancias nos está diciendo que lo que hoy celebramos no es tanto la vida y virtudes de un niño que va a ser el más grande profeta de Israel, por indicar al Mesías que ya ha llegado, sino que estamos celebrando las maravillas de Dios, que de este modo quiso preparar la venida de su Hijo al mundo.
De los santos no se celebra el día de su nacimiento, sino, por el contrario, el día de su muerte, de tu tránsito, de su nacimiento para el cielo. Una sentencia sabia y severa del libro del Eclesiástico dice: “Antes de la muerte no felicites a nadie, | porque solo en su final se conoce a la persona” (Eclo 11,28).
Pero nosotros, siguiendo el Evangelio, celebramos el nacimiento de Jesús y el nacimiento de Juan, con categoría de máxima solemnidad. La Iglesia, con el tiempo ha festejado con una sencilla memoria la Natividad de la Virgen María (8 de septiembre), pero la fiesta de los orígenes de María, Madre del Redentor, no es su nacimiento, sino la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.
El eje, pues, de todas nuestras celebraciones es Jesús. Él es la fuente de todas nuestras alegrías.

3. El nacimiento del niño fue motivo de alegría para la madre. ¡Qué delicadamente lo ha descrito el Evangelio! Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella. ¿Qué es el nacimiento de este niño? No nos fijemos en el niño; fijémonos en Dios que lo ha traído. Este niño es una gran misericordia de Dios; este niño es historia de Dios; este niño es la aurora de la salvación.
Por eso, para entender estos misterios hemos acudido a los oráculos mesiánicos del libro de Isaías, al Segundo Cántico del Siervo de Dios.
El Señor me llamó desde el vientre materno, | de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
 Hizo de mi boca una espada afilada, | me escondió en la sombra de su mano; | me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba” (Ic 49,1-2).
Sublimes palabras que se pueden entender de la vocación de todo Israel, y que la Iglesia las aplica especialmente a Jesús, el Siervo de Dios.
Hemos escuchado a San Pablo, cómo hablaba a sus hermanos judíos en la sinagoga de Antioquía de Pisidia: “Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien pensáis, pero, mirad, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”” (Hech 13,23-25).

4. Estamos invitados a celebrar las maravillas de Dios, que cumple sus promesas, y que las sigue cumpliendo y las cumplirá hasta el final. Jesús es nuestro Salvador, y todas las Escrituras caminan hacia él.
Ahora bien, hermanos, una cosa quiero indicar y destacar. Cuando nosotros nos ponemos con sinceridad y pureza ante sus divinas palabras, Él nos habla a cada uno en particular según el momento y la historia que estamos viviendo.
¿Qué nos dice en particular hoy el Señor a nosotros? A lo mejor que necesitamos profetas coherentes y valientes como Juan, que dicen la verdad a costa de su propio martirio.
¿Qué me dice a mí en particular? Tú lo has de ver, cada uno.  En los tiempos del Concilio hubo, entre otros, un gran teólogo dominico, el P. Yves Congar (1904-1995), teólogo antes bajo sospecha, que en su ancianidad, fue creado cardenal de la Santa Iglesia por san Juan Pablo II (noviembre 1994), y falleció a los pocos meses, a los 91 años. Este teólogo, hombre de Iglesia, siendo un muchacho, un joven estudiante dominico, oyó en su corazón estas palabras del nacimiento de Juan: Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo. Y allí reconoció la vocación a la que Dios le llamaba: ser profeta del Altísimo, por medio de la teología, y anunciar la misericordia de Dios.
Y así cada uno en su vida tiene una vocación. Nos lo decía hace poco tiempo el Papa Francisco en la exhortación que nos escribía “sobre el llamado a la santidad en el mundo actual”: “Ojalá puedas reconocer cuál es esa palabra, ese mensaje de Jesús que Dios quiere decir al mundo con tu vida. Déjate transformar, déjate renovar por el Espíritu, para que eso sea posible, y así tu preciosa misión no se malogrará. El Señor la cumplirá también en medio de tus errores y malos momentos, con tal que no abandones el camino del amor y estés siempre abierto a su acción sobrenatural que purifica e ilumina” (Gaudete et Exsultate, 24).

5. Para concluir, hermanos, miremos a Jesús:
Señor Jesús, nos alegramos con toda la Iglesia por tu precursor, Juan Bautista, y te pedimos que también cada uno de nosotros sea un pregonero y un precursor de tu amor al mundo. Amén.

Guadalajara, Jalisco, jueves 21 junio 2018
martes, 19 de junio de 2018 0 comentarios

1093. Querido Jesús, querido – San Romualdo: Care Iesu


Querido Jesús, querido – San Romualdo: Care Iesu

Frequénter enim tanta illum divinitátis contemplátio rapiébat, ut quasi totus in lácrimas resolútus, æstuánte inenarrábili divíni amóris ardóre, clamáret: Care Iesu, care, mel meum dulce, desidérium ineffábile, dulcédo sanctórum, suávitas angelórum, et cétera huiúsmodi. Quæ ille Sancto Spíritu dictánte in iúbilum proferébat, nos humáno sensu exprímere non valémus.
Con frecuencia, era arrebatado a un grado tan elevado de contemplación que, deshecho todo él en lágrimas, abrasado por el ardor inefable del amor divino, exclamaba: “Amado Jesús, mi dulce miel, deseo inefable, dulzura de los santos, encanto de los ángeles.” Y otras cosas semejantes. Nosotros somos incapaces de expresar con palabras humanas todo lo que él profería, movido por el gozo del Espíritu Santo.
(Oficio divino 19 junio, de la Vida escrita por S. Pedro Damiani)

Dulzura de la dulzura
es Jesús dulzura adentro,
y quisiera no decirlo
quisiera solo beberlo

Solo en éxtasis de amor
si queremos comprenderlo,
que hay un lenguaje de unión:
enamorado silencio.

Obligados a pensar
es fatiga el intelecto,
los pensamientos combaten
y todos parecen ciertos.

Y ya la vida ha ascendido
como para pensar en el cielo,
pero si el cielo es persona
 es divino pensamiento.

Mas si es divino me callo,
porque al pensar yo me estrello,
y he pensado que el amor
es puramente el encuentro.

Dulce Jesús, yo te amo,
y en ese amor yo me quedo;
mi ignorancia es infinita,
pero amarte es lo que anhelo.

Te pido que deposites
sobre mi alma tu beso,
y ese beso de tus labios
será mi puro secreto.

De las raíces de Dios
nací, y hacia ellas vuelvo,
dame tu paz, Dios amor,
por Jesucristo tu siervo.

Dulce Jesús, mi Jesús,  
a quien miro y a quien veo,
tu dulce misericordia
es mi paz, y en ella duermo.

Guadalajara, Jalisco, San Romualdo 19 junio 2018, noche.
jueves, 14 de junio de 2018 1 comentarios

1092. Domingo XI, ciclo B – Jesús y el hombre que echa semilla en la tierra


Jesús y el hombre que echa semilla en la tierra
Mc 3,26-34

Texto evangélico:
26 Y decía: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. 27 Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. 28 La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. 29 Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».
 30 Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? 31 Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, 32 pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».
 33 Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. 34 Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Hermanos:
1. El pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar es una parábola. Las parábolas son el modo de enseñanza característico de Jesús, una novedad si comparamos el modo de hablar de Jesús y el modo de enseñar de los rabinos, según nos dicen los estudiosos de las parábolas.
Todas las parábolas hablan del Reino de Dios. Dios es el protagonista de la obra que está haciendo en el mundo. Pero, al mismo tiempo, todas las parábolas hablan de Jesús, porque el Reino de Dios ha llegado en Jesús.
De manera que correctamente podríamos hacernos dos preguntas para interpretar con exactitud esta parábola y otras. Dos preguntas que son estas:
- Qué nos dice esta parábola de Dios, nuestro Padre, que rige el mundo y la historia de los hombres.
- Qué nos dice esta parábola de Jesús.

2. Hay un detalle final en esta parábola, que nos deja intrigados e iluminados. Es esa observación que hace el evangelista para que nos enteremos y reflexionemos; es una observación para la catequesis de la Iglesia. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. Es justamente lo que Jesús hace hoy con nosotros. Ha de ser él mismo quien nos explique las parábolas, como revelación de Dios. Las parábolas llevan en sí mismas el secreto de Dios; nos entregan lo íntimo de la revelación de Dios al mundo. Recordemos aquellas palabras de Jesús en la Cena: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir” (Jn 16,12-13).
El Espíritu Santo está vivo y presente en medio de nosotros. Él es el que nos trae la presencia de Jesús; Él es el que nos da la explicación justa que quiere darnos a todos en conjunto, a cada uno en particular en este momento de nuestra vida y de la historia de la Iglesia.

3. Tratemos de responder a la primera pregunta: ¿Qué nos está diciendo esta parábola acerca de Dios? El mensaje es claro. Dios está en acción, aunque nosotros no lo percibamos.
El sembrador ha echado la semilla, y vuelve a su casa. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo.
La semilla crece sola. ¿Vamos a proferir un canto a la vida? No, hermanos, no es ese el sentido. Vamos a prorrumpir en un canto a Dios, autor de la vida. Eso es lo que dice Jesús. Lo mismo que cuando llama nuestra atención para que miremos las flores: Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan (Mt 6,28). Jesús nos está invitando a mirar a Dios, que es el modo sublime y último de gozar de la naturaleza. Dios los viste. La Naturaleza es infinitamente bella, porque Dios está allí en acción.
Pues lo mismo en lo de la semilla que crece sola. No crece sola a impulsos de la Vida: Dios la está haciendo crecer. Lo mismo es el Reino, nos dice Jesús, dando un salto infinito a la esperanza. El Reino que él predica es el Reino de Dios. Dios es el protagonista y responsable; es su obra.
El texto profético de la primera lectura nos ilumina el proceder de Dios. En medio de circunstancias políticas desastrosas, cuando Israel había sido hundido en el destierro de Babilonia, habla el Dios de Israel, el Dios fiel por boca de su profeta Ezequiel: “Esto dice el Señor Dios: «También yo había escogido una rama de la cima del alto cedro y la había plantado; de las más altas y jóvenes ramas arrancaré una tierna y la plantaré en la cumbre de un monte elevado; la plantaré en una montaña alta de Israel, echará brotes y dará fruto. Se hará un cedro magnífico. Aves de todas clases anidarán en él, anidarán al abrigo de sus ramas. Y reconocerán todos los árboles del campo que yo soy el Señor, que humillo al árbol elevado y exalto al humilde, hago secarse el árbol verde y florecer el árbol seco. Yo, el Señor, lo he dicho y lo haré»” (Ez 17,22-24).

4. Ahora viene la segunda pregunta: ¿Qué nos dice esta parábola acerca de Jesús? Si esta parábola de la semilla que crece sola es un canto a la acción e Dios en el mundo, para Jesús en persona es un canto de esperanza para justificar el sentido de su propia existencia. Jesús, misionero del Padre, ¿qué está haciendo en esta vida? ¿Es que él piensa ser el conquistador del mundo?
Él puede respondernos a nosotros, que como a los doce les explica la parábola aparte: Yo soy el sembrador que echa la semilla en la tierra. Dios ha de hacer lo que ahora no veo.
Yo estoy sembrando el Reino de Dios, mi Padre. Ahora es pequeñito como un grano de mostaza que se pierde en la palma de la mano, pero un  día esta semilla se hará un arbusto..., un árbol en que vendrán a cobijarse las aves, como anunció Ezequiel.


5. La parábola, hermanos, se aplica a nosotros. Tenemos datos muy concretos para hacer un balance en negativo de esa desintegración que padecemos en este profundísimo cambio de época. Es cierto. Nuestra situación no parece nada halagüeña.
Pero hay otro factor, que nos cambia absolutamente la perspectiva. Contamos con el poder de Dios para mirar la historia con otros ojos. Seguramente que no veremos esas maravillas que anhelamos; pero la fe, el abandono filial en Dios, nuestro Padre, la confianza en la acción portentosa del Espíritu Santo nos lanzan a esta convicción.
Lo podemos decir con palabras de la Biblia: “Aunque la higuera no echa yemas | y las viñas no tienen fruto, | aunque el olivo olvida su aceituna | y los campos no dan cosechas, | aunque se acaban las ovejas del redil | y no quedan vacas en el establo, | yo exultaré con el Señor, | me gloriaré en Dios, mi salvador” (Hab 3,17-18).

Señor Jesús, te suplicamos: danos esa confianza absoluta que tú has tenido en el Padre y que has expuesto en las parábolas. Amén.

Guadalajara, jueves, 14 junio 2018.
 
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