lunes, 27 de julio de 2026

2010 (1054) Retiro Capuchinas Tijuana - Segunda y tercera parte

 

RETIRO ESPIRITUAL A LAS CLARISAS CAPUCHINAS

DE TIJUANA

 

Una vida espiritual

de experiencia mística,

al eco de santa Clara

 

 

 

SEGUNDA PARTE

CÓMO HA ENTENDIDO SANTA CLARA

ESTA EXPERIENCIA ESPIRITUAL

 

 

9. Texto y análisis del texto de la II Carta de santa Clara a Inés de Praga

 

 

CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]

 

Desde este planteamiento espiritual que hemos establecido podemos pasar a una lectura correcta, sabia, de la Carta II de santa Clara, a Inés de Praga (desde 1989 santa Inés de Praga).

Para mejor entender su contenido:

-   Nos situamos en la realidad de Clara

-   E igualmente en la realidad de Inés.

La realidad de Clara es que ella habla de lo que vive. No trata de exponer una doctrina, sino de comunicar una vida, que ella la conoce porque realmente la está viviendo. Estasos en los tiem-pos del generalato de Fray Elías, personaje que ha tenido una leyenda negra en la tradición franciscana; santa Clara lo venera. Es un dato accidental que no afecta a nuestro propósito.

 

La realidad de Inés es esta. Inés, hija del rey Otakar, na-cida en 1211 escogió la “altísima pobreza” en vez de haber acep-tado un príncipe como esposo regio.

Según las informaciones generales (véase Wikipedia) “A la edad de ocho años, Inés estaba comprometida con Enrique, hijo Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio. Enri-que tenía diez años y acababa de ser coronado como rey de los romanos. Según la costumbre, Inés debería haber pasado su in-fancia en la corte de su futuro marido, para que pudieran desa-rrollar una amistad, así como aprender el idioma y la cultura de su nuevo país. El emperador Federico, como rey de Sicilia, tenía su corte en Palermo, mientras que su hijo Enrique, ahora el rey alemán, estaba siendo educado en Alemania, en el palacio del arzobispo Engelberto de Colonia.

Se decidió enviar a Inés a la corte del duque Leopoldo VI de Austria. Leopoldo, sin embargo, quería que el joven Enrique se casara con su hija, Margarita. Debido a estas maniobras políti-cas, después de haber estado prometida desde hacía seis años, se canceló la boda de Inés con Enrique”.

“En 1226, su padre Otakar fue a la guerra contra los Baben-berg como resultado del compromiso roto. Otakar entonces pla-neó su matrimonio con Enrique III de Inglaterra, pero fue vetada por el emperador, ya que él mismo estaba interesado en casarse con Inés”.

Con estos antecedentes, entendemos el realismo teológico y espiritual del saludo:

- hija del Rey de reyes,

- sierva del Señor de señores (cf. Ap 19,16; 1 Tim 6,15),

- esposa dignísima de Jesucristo

- y, por eso, reina nobilísima.

Esta espiritualidad esponsal-matrimonial vuelve a desarro-llarse en el segundo párrafo de la carta. Léase con atención.

 

1A la, señora Inés, 2Clara, sierva inútil (cf. Lc 17,10) e indigna de las Damas Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma pobreza.

3Doy gracias al espléndido dispensador de la gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto (cf. Sant 1,17), porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha hecho brillar con las insignias de tanta perfección, 4para que, convertida en diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).

5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíri-tu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.

8Como he sabido que estás colmada de virtudes, renuncio a ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras super-fluas, 9aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda pro-porcionarte algún consuelo. 10Sin embargo, porque una sola cosa es necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a quien te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes (cf. Cant 3,4), 12sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el polvo, 13segura, gozosa y alegre, marcha con prudencia por el ca-mino de la felicidad, 14no creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que te ponga algún obstáculo en el camino (cf. Rom 14,13) para que no cumplas tus votos al Altísimo (cf. Sal 49,14) en aquella perfección a la que te ha llamado el Espíritu del Señor.

15Y en esto, para que recorras con mayor seguridad el camino de los mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue el consejo de nuestro venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo a los consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra cosa, que impida tu perfec-ción o que parezca contraria a la vocación divina, aunque debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, 18sino, virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despre-ciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira atenta-mente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múltiples formas en todo su cuerpo, mu-riendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres. 23Por lo cual, participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.

24Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por el Señor tu esposo; 25y procura encomendarnos al Señor en tus devotas oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bie-nes del Señor que Él obra en ti por su gracia (cf. 1 Cor 15,10). 26Recomiéndanos también, y mucho, a tus hermanas.

 

10. Caracteres de esta espiritualidad

 

Qué tipo o imagen de espiritualidad sacamos de esta carta: una espiritualidad cristológica-esponsal, pascual, contemplativa

 

Primero. Una espiritualidad cristológico-esponsal: “virgen pobre, abraza a Cristo pobre”.

 

La imagen central, referencial, de santa Clara no es la Virgen María, por grande que sea el amor que le profesa; no es san Francisco, aunque ella en la Regla se identifique como “plantita” de nuestro bienaventurado padre san Francisco. La síntesis está contenida en esta consigna: virgen pobre, abraza a Cristo pobre.

¿Qué significa ser pobre? Siguiendo las pautas de la filosofía griega, y en este caso específicamente de Platón, la filosofía esco-lástica ha cristianizado las virtudes, que dignifican al ser humano llevándolo a su perfección, y ha establecido una división funda-mental, de donde viene toda la arborización de las múltiples vir-tudes derivadas.:

-   Virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad, cuyo objeto inmediato es el bien Divino, Dios mismo.

-   Virtudes “cardinales” (o virtudes fundantes, radicales, raíces de las demás): Justicia, Fortaleza, Prudencia y Templanza.

La virtud de la Pobreza, según este esquema, pertenece al se-gundo Orden. Es una virtud “moral”, del tronco de las cardinales; no es una virtud “teologal”, cuyo objeto directo es Dios. La pon-dríamos dentro de la Templanza.

La virtud de la Pobreza, que atañe lo mismo a quienes no tie-nen nada y a quienes tienen riqueza, a toda clase social, pide el desapego y liberación de todo lo que nos esclaviza, empezando por las cosas materiales: dinero y posesiones. Ahora bien, cuan-do Francisco ha propuesto la “altísima pobreza”, y en su segui-miento santa Clara, se está refiriendo a todo un “status” de vida, a todo un modo de existir, que es sin más la vida de Cristo. San Pablo hablará de la “kénosis” de Cristo, el abajamiento o vacia-miento de lo que pertenece a la categoría de Dios para asumir la de siervo (Flp 2), o con esta misma terminología de pobrerico, dice: “Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2Cor 8,9). Desde esta perspectiva santa Clara puede expresar a Inés su máximo deseo en el mismo saludo ini-cial: “que viva siempre en suma pobreza”.

 

La perfección a la que ha sido asociada Inés por el matrimo-nio con el Rey altísimo es la santísima pobreza: “convertida en émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio” (n. 7). De San Damían”

 

Este tipo de espiritualidad que explicamos se ve confirmado si leemos con todo detalle y atención el “Privilegium pauperta-tis”, pedido por las “Hermanas Pobres de San Damián”, cuya lectura atenta y detallada nos deja realmente abrumados. El Pri-vilegio fue concedido por la bula del Papa Inocencio III en 1216; confirmado por Gregorio IX (antiguo Cardenal Hugolino en 1228).

 

“Como es manifiesto, deseando consagraros únicamente al Señor, renunciasteis a todo deseo de cosas temporales; por lo cual, vendidas todas las cosas y distribuidas a los pobres, os pro-ponéis no tener posesión alguna en absoluto, siguiendo en todo las huellas de Aquel que por nosotros se hizo pobre, camino, verdad y vida. Ni os hace huir temerosas de un tal propósito la penuria de cosas, porque la izquierda del Esposo celestial está bajo vuestra cabeza para sostener las flaquezas de vuestro cuer-po, que, con reglada caridad, habéis sometido a la ley del espíri-tu. Finalmente, quien alimenta las aves del cielo y viste los lirios del campo, no os faltará en cuanto al sustento y al vestido, hasta que, pasando Él, se os dé a sí mismo en la eternidad, cuando su derecha os abrace más felizmente en la plenitud de su visión”.

-   Una espiritualidad radical de identificación con Cristo Pobre.

-   Una espiritualidad esponsal abrazándose a Cristo Es-poso, con la cita del Cantar de los cantares 8,3: “3 La-eva eius sub capite meo,et dextera illius amplexatur me”.

Una espiritualidad filial, aludiendo al Padre del cielo que alimenta a las aves.

 

Cristo Pobre es el Cristo Esposo al que se ha unido Inés, y esta espiritualidad es totalmente esponsal. Inés ha acep-tado ser lo que es  “menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimo-nio imperial” (n. 6). Un matrimonio imperial habría sido una oferta concreta para Inés, una oferta poco digna para lo que ella aspiraba.

Santa Clara podía hablar desde la propia experiencia, porque a ella le ofrecían e instaban para el matrimonio, pero ella decidi-damente no quiso. Messer Ranieri de Bernardo de Asís declaró en el proceso bajo juramento: “Como era bella de rostro, se trató de darle marido; y muchos de sus parientes le rogaban que con-sintiese en casarse; pero ella jamás accedió. Y el testigo mismo le había rogado muchas veces que accediese, y ella no quería ni oírle, antes bien, ella le predicaba a él el desprecio del mundo” (testigo XVIII, 2). Y lo mismo el testigo siguiente Pedro de Da-miano, de Asís: “…Y vio que el padre y la madre y sus parientes la quisieron casar según su nobleza, magníficamente, con hombres grandes y poderosos. – Pero la muchacha, que tendría entonces aproximadamente diecisiete años, no pudo ser convencida de ninguna manera, porque quería permanecer virgen y vivir en pobreza, como lo demostró después, ya que vendió toda su he-rencia y la dio a los pobres” (XIX, 2).

 

Segundo, Una espiritualidad pascual

El misterio pascual abarca simultáneamente “Pasión y Resu-rrección” del Señor. Y santa Clara le aconseja por este camino. Sus palabras son realísimas:

19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo, hecha tú despreciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de múlti-ples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias de la cruz.

21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribu-lación, poseerás con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres.

 

Esta espiritualidad que supone la “perfección” apunta al encuentro escatológico definitivo, como abrazo nupcial

 

5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en émula de la santísima pobreza en espíri-tu de gran humildad y de ardentísima caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido unirte en matrimonio.

El Rey celestial, el Jesús de hoy, es el Rey Esposo y reina sentado en un trono de estrellas. A esta compañía es invitada Inés. En una antífona medieval se dice de la Asunción de María: Assumpta est Maria in coelum: gaudent angeli, collaudantes be-nedicunt Dominum, alleluia. Maria virgo assumpta est ad aethe-reum thalamum, in quo Rex regum stellato sedet solio. (María virgen, ha sido asunta al tálamo celestial – etéreo – dponde el Rey de reyes se sienta en un solio de estrellas).

 

 

 

 

Tercero. Una espiritualidad netamente contemplativa

Inés de Praga tuvo la posibilidad de dedicarse totalmente a las obras de caridad, y muy concretamente al cuidado de los en-fermos en el hospital que ella misma había fundado.

“Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232 y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que lo dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Fran-cisco para las «Hermanas Pobres» o «Damianitas», donde ella misma ingresó el día de Pentecostés del año 1234” (L’Osservatore Romano, edición semanal española, 12-19 nov. 1989, con motivo de su canonización).

 

Es lógico y comprensible lo que cuentan las biografías de sus propios servicios personales a los enfermos en el hospital que ella misma había fundado; y por ello, tanto más de admirar que su vida espiritual se decantara, más bien, por la pura vida con-templativa.

 

Ocurre lo mismo con la Iniciadora de las Clarisas Capuchi-nas, llamada María Lorenza Longo (1463-1542), beatificada el 9 de octubre de 2021. Casda con un noble tuvo varios hijos. Hubo de vivir en Nápoles por el oficio de su marido en tiempos de la corona española.  Leemos “… la iniciativa más importante fue el «Hospital de Incurables», inaugurado el 23 de marzo de 1522, del que se la considera fundadora y del que tuvo que asumir la dirección. Lo dotó con sus bienes y con donativos que mendiga-ba personalmente. Allí vivía y servía a los enfermos con sus propias manos…” (Información del Directorio franciscano). Muerto su marido y resuelta la situación de sus hijos, se lanzó puramente a la vida contemplativa.  (Myriam Rosa Lúpoli, capuchina que ha escrito la vida de la beata, la ha titulada: Del grito de los últimos al silencio de Dios).

Al hablar de su vida como vida contemplativa, los estudiosos han recalcado la posible diferenciación progresiva de los tres vocablos que emplea:

Reina nobilísima,

1) mira atentamente,

2) considera,

3) contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo.

La que es verdaderamente Reina, pero no consorte de un rey humano, está totalmente dedicada su Esposo, que es Rey y que es el que la constituye a ella Reina. Y esta atención permanente a su esposo, está expresada con tres verbos. Una simple lectura literaria del texto nos diría que son tres términos para resaltar con insistencia lo mismo: la total de la entrega a él. Se trataría, por tanto, de tres sinónimos. Ahora bien, como en la literatura espiritual se han ido distinguiendo las palabras con distintos significado, y que son cosas distintas lectio, oratio, meditatio, operatio, contemplatio, es razonable pensar que santa Clara está aludiendo aquí a un progreso de fe y amor, que halla su cumbre en la pura “contemplatio”.

-   intuere,

-   considera,

-   contemplare, desiderans imitari.

 

Intuir o mirar sería todo lo que contiene la lectio y metita-tio. Un ejercicio consciente de “revivir” en cuanto se pueda el misterio. La imaginación del lugar y las personas tiene una fun-ción positiva en el ejercicio de la oración. Yo aprovecho los datos que tengo a mi alcance para reconstuir el misterio de Jesús. Muy consciente, por otra parte, de que hay fronteras que no se pue-den traspasar en una exégesis histórico-crítica de los textos. Di-cen, por ejemplo, los biblistas que yo no puedo saber cuál era el “temperamento” o carácter concreto de Jesús, de acuerdo a los esquemas que me da la psicología (activo/pasivo, prima-rio/secundario). Jesús era muy afectuoso, porque abrazaba a los niños… Cierto, ¿y qué más se puede deducir de ese gesto, cuando el mismo Evangelio teologiza el gesto, haciéndonos entender que todo eso pertenece al misterio de su santa Humanidad como tal…?

El alma orante quisiera concretar el misterio del Jesús histó-rico, y, al concretar, proyecta lo que sabe y lo que entiende. Y todo ello queda envuelto en una operación de amor. Yo imagino a Jesús así y así, porque el mismo imaginarlo es un acto de amor.

 

Considera. Puede ser pasar a otro grado de sabiduría que in-funde el Espíritu.

La consideración sería el adentramiento en el misterio, ponien-do en ejercicio entendimiento y voluntad completamente abier-tos al influjo del Espíritu, que sopla donde quiere.

 

Contempla, deseando imitar

 

La contemplación, entendida como ápice de la oración, no es un “modus operandi”, una determinada de abordar el tema, de acuerdo a determinadas leyes psicológicas.  Es ela´pice de la ora-ción en un proceso que termina en una unión de amor. Para in-tuir qué es eso, puede ilustrarnos lo que dice san Buenaventura en unos párrafos espléndidos, recogido como segunda lectura en el oficio divino de su fiesta:

 

Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar toda es-peculación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo, que Cristo envió a la tie-rra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.

Si quieres saber cómo se realizan estas cosas, pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al entendi-miento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estu-dio y la lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios,  no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.

Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ar-dentísima pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a Dios, ya que está fue-ra de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie puede ver mi rostro y quedar con vida.

Muramos, pues, y entremos en la oscuridad, impongamos si-lencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones; pa-semos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David, diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: "¡Amén!" (Itinerario de la mente hacia Dios, 7,1,2,6.

TERCERA PARTE

UNA MÍSTICA TRINITARIA

 

 

Avanzando en la temática ofrecida para este reriro, en una ua segunda parte, después de haber expuesto en la primera el tema de “la unión mística”, se nos propone una segunda reflexión: “Mística de la Trinidad”. Para ello hay una simple alusión en la primera carta, cuando santa Clara se expresa con estas palabras:

 

12Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora suma-mente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosa-mente distinguida por el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos en el santo servicio comen-zado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, 14el cual sopor-tó la pasión de la cruz por todos nosotros (cf. Heb 12,2), librán-donos del poder del príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).

Santa Clara alude al texto sinóptico de la verdadera familia de Jesús:

47Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo». 48Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?». 49Y, exten-diendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50El que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mt 12,47-50).

 Santa Clara no se ha detenido a explicar las modalidades del parenteco espiritual que nos une a Dios por mediación de la obra de Jesús.

San Francisco se ha detenido a explicar, a su modo, este pa-saje, escribiendo con detalle en su Carta a todos los fieles:

 

1Todos los que aman al Señor con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos como a sí mismos (cf. Mt 22,37.39; Mc 12,30), 2y odian a sus cuerpos con sus vicios y pecados, 3y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, 4y hacen frutos dignos de penitencia: 5¡Oh cuán bienaventurados y benditos son ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, 6porque descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cf. Is 11,2) y hará en ellos habitación y morada (cf. Jn 14,23), 7y son hijos del Padre celestial (cf. Mt 5,45), cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (cf. Mt 12,50).

 

-   8Somos esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor Jesucristo.

-   9Somos para él hermanos cuando hacemos la vo-luntad del Padre que está en los cielos (Mt 12,50);

-   10madres, cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16). 11¡Oh cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los cielos! 12¡Oh cuán santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! 13¡Oh cuán santo y cuán amado, placente-ro, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!, quien dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre diciendo:

 

El sentido original del Evangelio no pretende de por sí llevar a una especificación concreta de calidad de parentesco, sino nos anuncia que Jesús nos ha traído una realidad nueva que supera esa relación sagrada que establece la misma naturaleza de la creación. Ser padre, madre, hijo, hija, hermano, hermana son absolutos. Pero Jesús establece un absluto superior, que es la familia del Reino, en la cual es el vínculo total: El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es signo de mí.

 San Francisco ha llegado a entender este principio de un modo concreto y – diríase – que carnal, hasta poder escribir en su Re-gla a los hermanos:

 “Y confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, por-que, si la madre cuida y ama a su hijo (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?” (2Re VI,8).

Ser “hermano espiritual”, como somos los religiosos, es para san Francisco una realidad más real que ser “hermano carnal”.

 

La espiritual que pretende y propone santa Clara no es simple-mente una asociación de mujeres con un buen entendimiento, sino una familia que, por medio de Jesucristo, queda vinculada a cada una de las personas de la Santísima Trinidad.

La vida espiritual, que de por sí es mística, pasar a ser una vida de mística trinitaria.

 

Pamplona, 16 julio 2026 – Memoria de la Virgen del Carmen.

 

Fr. Rufino María Grández , OFMCap.

2109 (1053) Retiro Capuchinas Tijuana - Primera parte

 

RETIRO ESPIRITUAL A LAS CLARISAS CAPUCHINAS

DE TIJUANA

 

Una vida espiritual

de experiencia mística,

al eco de santa Clara

 

PRIMERA PARTE

QUÉ ES LA VIDA ESPIRITUAL COMO

EXPERIENCIA MÍSTICA

 

 

1. Unas aclaraciones básicas sobre vida de fe, espiritualidad y mística

 

El retiro espiritual que se me ha confiado va acompañado de unas hojas explicativas muy bellas y profundas con un doble títu-lo:

    I. La unión mística

    II. Mística de la Trinidad.

El primer título gira en torno a la II Carta de santa Clara a Inés de Praga (hoy santa Inés); el segundo en torno a unas fra-ses de santa Clara, citando a Francisco, en el capítulo VI de la Regla de Santa Clara, sobre cómo la clarisa es hija, esposa y ma-dre. Ese triple parentesco que explica también san Francisco cuando escribe la Carta a todos los fieles.

 

Nos movemos, en cualquier caso, en un clima totalmente es-piritual y de una gran elevación y delicadeza. Ya las primeras cartas cristianas hablaban de esas posibilidades varias en que podemos encontrarnos: los inicios de la fe, y las maravillas que el fiel creyente debe ir encontrando, incluso en la propia expe-riencia. La carta a los Hebreos, interrumpiendo su propio discur-so tiene un largo párrafo, que vamos recordar:

“Sobre este particular tenemos mucho que decir, aunque es difícil de explicar, porque os habéis vuelto torpes de oído. Pues, debiendo vosotros ser ya maestros, por razón del tiempo, seguís necesitando que alguien os vuelva a enseñar los primeros rudi-mentos de los oráculos divinos; y estáis necesitados de leche y no de alimento sólido. Quien vive de leche, desconoce la doctrina de la justicia, pues es todavía un niño. El alimento sólido es para perfectos, que con la práctica y el entrenamiento de los sentidos saben distinguir el bien del mal.

Dejando aparte el mensaje inicial sobre Cristo, elevémonos a lo perfecto, sin poner otra vez los cimientos, o sea: el arrepenti-miento de las obras muertas, la fe en Dios, la instrucción sobre las abluciones, la imposición de manos, la resurrección de muer-tos y el juicio definitivo. También esto lo haremos si Dios nos lo concede” (Heb 5,11-6,3).

Está claro, pues, que hay un lenguaje inicial, una elevación alo perfecto, que es el terreno donde se sitúa santa Clara y donde nos vamos a situar.

Efectivamente, si leemos las cartas de santa Clara con cierta sensibilidad, al punto uno se siente envuelto en una sorprenden-te sensación: Esta mujer ¿es una poetisa romántica, bien inten-cionada pero seductora…, o acaso será verdad lo que dice? La respuesta es muy simple: Es verdad lo que dice porque ella lo vive y lo transmite.

Y no es un mundo idealizado lo que presenta; es un mundo real, deseable y divino.

Este conjunto de impresiones te lleva a un replanteamiento radical de las cosas fundamentales de la vida: Qué es la Fe en contraposición a la Razón, que no podemos negar, pues se im-pone por sí mism; Qué es realmente lo importante y definitivo en la vida. Y, en concreto, ¿qué estoy haciendo yo con mi propia vida.

El hombre – entiéndase lo mismo la mujer, el ser humano – ha nacido para pensar; Y cuando comienza a pensar cae en la cuenta de que ha nacido definitivamente para amar: el amor es la meta de la existencia humana. Gravísima afirmación, que, a lo mejor cambia totalmente nuestra visión de la vida, de la vida personal y de la vida comunitaria. Es dulcemente peligroso pen-sar, porque el buen pensamiento te lleva sin remedio a la verdad, y volvemos a repetir, la verdad culmina en el amor. Ese es nues-tro destino.

Pero en este camino hacia la verdad, surge ahora un nuevo panorama, que en un principio podía estar oculto. Uno percibe que si la razón es vía excelsa de conocimiento, se presenta otra posibilidad de conocimiento, que es la revelación, la Fe, que es-taba como entre los pliegues de la Razón. La Fe se nos presenta, pues, como un más que no te da l a razón, y que uno intuye que se trata de un asunto completamente humano, y que, por lo tan-to, afecta a mi persona. Aquí comienza el camino del verdadero conocimiento: el conocimiento de mi persona, y el conocimiento de la Transcendencia, de un Dios personal, creador, origen y meta de cuanto existe.

 

 

2. Mi Yo entre la Razón y la Fe.

 

He llegado, pues, a las raíces de mi identidad. Soy un ser hu-mano responsable de una vida que es la mía, que la debo dirigir por los principios de la Razón, pero que intuyo que puede haber una vía superior de conocimiento, que es la Fe.

¿Qué es, pues, la Fe? La Fe es un don superior que se me da, que se instala en mi ser, que pertenece a mi entendimiento y voluntad, pero que no soy yo capaz de producirlo por mis propias fuerzas.

La Fe es la gracia que viene de Dios mismo y que te da el sen-tido de toda tu existencia.

La Fe no anula la Razón; por eso la Razón la puede aceptar o rechazar.

 

3. El modo de actuación de Dios en el ser humano: descripción según la escuela de santa Teresa y san Juan de la Cruz

 

He aquí lo que aprendimos de jóvenes (que hoy recogemos de Internet) cuando se nos explicaba los diversos grados de oración y el paso de la “ascética” a la “mística”.

 

“Grados sucesivos en la vida de oración contem-plativa

Aunque cada autor místico describe matices distintos, en la escuela teresiana y sanjuanista suelen distinguirse va-rios pasos o “moradas” hacia la unión plena:

 

1. Oración de recogimiento

- El alma se aparta de distracciones externas e internas para centrar su atención en Dios.

- Es más activa por parte de la persona, aunque ya se per-ciben toques de gracia.

2. Oración de quietud

- La voluntad queda fija en Dios con suavidad y deleite.

- Hay paz profunda, pero el entendimiento y la memoria aún pueden divagar.

- Se experimenta como un “reposo amoroso” en la pre-sencia divina.

3. Oración de unión

- Todas las potencias del alma (memoria, entendimiento y voluntad) quedan absorbidas en Dios.

- Hay suspensión de distracciones y una experiencia más plena de la presencia divina.

4. Éxtasis o arrobamiento

- El alma es elevada fuera de sí misma, con pérdida de la conciencia de lo exterior.

- Se acompaña de intensa luz espiritual y amor transfor-mante.

5. Transformación o matrimonio espiritual

- Unión estable y permanente con Dios.

- La persona vive en continua conciencia de su presencia, con plenitud de amor y entrega”.

 

Todo esto es precioso y es una gracia de Dios el que los san-tos que lo han vivido en propia persona nos lo expliquen. Pero, ¡cuidado!, no nos engañemos, tomando como absolutos lo que son simplemente nuestros modos humanos de sentir y de expre-sarnos. La actuación de Dios es siempre nueva, verdadera y per-sonal. 

A una joven, que conscientemente ha renunciado a la posibi-lidad de un hermoso y santo matrimonio, y ha emprendido el camino de la vida capuchina, que el día de su profesión religiosa es coronada con una corona de flores (y el día de su profesión perpetua con una corona de espinas), ¿yo le puedo llamar en verdad “esposa” de Cristo”? Sin ninguna duda, porque lo es, y puede leer perfectamente el lenguaje místico que emplea santa Clara en sus cartas. Tengamos los principios claros para enten-dernos a nosotros mismos y poder aconsejar a los demás, si el Señor nos lo pide.

 

 

4. Principios cristianos sobre la experiencia de Dios en el corazón humano

 

El principal libro para entender qué es la ascética cristiana y la mística cristiana es el Evangelio. No puede haber un libro que lo haya superado o que lo puede superar.

 

San Pablo ha hecho su camino espiritual y nos lo ha explica-do en sus cartas. Su camino es la identificación con Cristo. Una identificación supone dos cosas:

-   La primera un conocimiento de eso (que en ese caso no es un “eso”, sino “Ese”, Cristo Jesús.

-   Y lo segundo es la transformación en esa misma realidad que se conocen. Dos cosas que acaecen simultáneamente.

San Pablo, con un lenguaje extremo, llega a decir, aun a costa de producir escándalo que todo lo demás es “basura” (quizás la traducción más exacta sea “excremento”. Podemos aprender de memoria este pasaje.

Dice, pues, san Pablo:

“Más aún: todo lo considero pérdida comparado con la exce-lencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

10Todo para conocerlo a él,

(1) y la fuerza de su resurrección,

(2) y la comunión con sus padecimientos,

- muriendo su misma muerte,

- con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos” (Filipenses 3,8-11).

Tenemos aquí la definición más clara del MISTERIO PAS-CUAL: muerte y resurrección unidos de forma indisoluble. Conocer a Cristo es la participación tanto en su muerte coo en su resurrección. Esa es la mística de Pablo, la mística del cristiano.

 

Continúa Pablo con plena sinceridad, diciéndonos su caso y animándonos a nosotros:

“No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo. Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome ha-cia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio, al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús. Todos nosotros, los maduros, debemos sentir así. Y, si en algo sentís de otro modo, también eso os lo revelará Dios” (Flp 3,12-15).

He aquí, pues, la síntesis de toda la mística cristiana.

 

Otro pasaje profundamente iluminador es lo que dice a los Efesios en forma de oración, después de haber expuesto la gran-deza del misterio de Cristo:

”Por eso doblo las rodillas ante el Padre, 15de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra, 1pidiéndole que os conceda, según la riqueza de su gloria, ser robustecidos por medio de su Espíritu en vuestro hombre interior; 1que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento; 1de modo que así, con todos los santos, logréis abarcar lo ancho, lo largo, lo alto y lo profundo, com-prendiendo el amor de Cristo, que trasciende todo co-nocimiento. Así llegaréis a vuestra plenitud, según la plenitud total de Dios. Al que puede hacer, con ese poder que actúa entre nosotros; a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones de los siglos de los siglos. Amén” (Ef 3,14-21).

 

El amor de Cristo, es decir el amor que Cristo nos tiene a no-sotros, a mí, excede todo tipo de conocimiento. Este pasaje paulino, que refleja la conciencia de la Iglesia, dirigido a los cristianos de Éfeso y por medio de ellos a todos los cristianos, nos proclama claramente estas verdades:

-   la vida de fe por su propia naturaleza de fe, es experiencia de Dios;

-   esa experiencia de Dios se abre a lo infinito, a los cuatro puntos cardinales (ancho, alto, alto, profundo);

-   ese punto culminante se llama “amor”;

-   y ese amor nadie, y nunca jamás podemos agotarlo ni medirlo.

La conclusión personal es que Dios haga en mí lo que él quie-ra hacer, muy convencido de que es “mucho más sin compara-ción de lo que pedimos o concebimos”.

En resumen, el Dios de mi fe, de mi vida cotidiana es el Dios de la experiencia infinita de amor. A ese Dios tengo que buscar.

 

 

5. El JESÚS de los Evangelio Sinópticos

 

El conocimiento de Jesús se nos ha transmitido a través de los cuatro evangelios – Mateo, Marcos, Lucas, Juan – de los cua-les debemos decir:

-   Los cuatro Evangelios – cada uno de ellos – son históricos.

-   No podemos decir que uno es superior a otros.

-   Pero sí que, siendo sobrenaturales pero compuestos por autores humanos, cada uno tiene sus propias ca-racterísticas literarias, según las cuales debemos in-terpretarlos.

-   Y por de pronto observamos que los tres primeros comparten características comunes y sigue una mis-ma sinopsis de la vida de Jesús, mientras que juan es diferente. Ya desde la antigüedad se le ha llamado “el Evangelio espiritual”.

La línea sustancial que unifica a los cuatro es esta: que Jesús, hombre como nosotros, es Hijo de Dios de una manera propia y única, como ninguno de nosotros.  San Marcos comienza así: “Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios” (mc 1,1). Si yo no acepto la divinidad de Jesús no entiendo ninguna línea del Evangelio, de los Evangelios.

 

Este JESÚS de los Evangelios Sinópticos es el Jesús de nues-tra experiencia personal, única en cada uno, como se desprende de estos rasgos con que es presentada la figura de Jesús.

1) Jesús asume el SEÑORÍO de Dios que nadie, ni antes ni después, ha asumido.

2) En virtud de este señorío pide una vinculación a él de tipo personal y total, una vinculación que no existe en ninguna relación humana: padre/hijo, hermano/hermana, marido/mujer. En virtud de este señorío divino Jesús puede decir: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí” (Mt 10,37-38). Todas las múltiples frases en torno al seguimiento suponen esa autoridad divina que no la ha reivindicado ningún profeta.

3) Este señorío divino se manifiesta en su autoridad de ense-ñanza. Habla no como los rabinos, sino desde sí, hasta poder asegurar: Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo. El Yo de Jesús no es el Ego de los humanos, que podemos inflarlo por nuestra vanidad; es el mismo Yo divino.

4) La autoridad de su señorío, que es autoridad de enseñan-za, se manifiesta de modo igual como autoridad o potencia de poder: él puede curar enfermos, resucitar muerto, perdonar pe-cados; y no solamente puede, sino que puede comunicar, trans-mitir esta autoridad o poderío, como lo ha hecho: “Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus in-mundos y curar toda enfermedad y toda dolencia” (Mt 10,1)

5) El acceso al conocimiento de Jesús (sin entrar en san Juan) es un don que acontece en lo interior por la acción directa de Dios; el mero conocimiento humano, de por sí, nunca podrá alcanzar a Jesús. Solo se puede llegar a él por medio de una expe-riencia divina, que es experiencia personal: “¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16,16).  San Pablo, teologizando este pensamiento, nos dice: “Por ello os hago saber que nadie que hable por el Espíritu de Dios dice: «¡Anatema sea Jesús!»; y nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!», sino por el Espíritu Santo” (1Cor 12,3).  Podemos, pues, decir que el conocimiento de Fe es por vía personal mística.

6) Las cuatro escenas de unción a Jesús, que no es la misma repetida cuatro veces (Mc 14,1-9; Mt 26,6-17; Lc 7,36-48; Jn 12,1-8)) marcan cada una de ellas un acto de proximidad e inti-midad real del creyente que va mucho más allá de un acto de cortesía.

7) Llegamos al punto supremo, impensable, en el don de la Eucaristía: Tomad, comed; tomad, bebed. La intimidad se hace inmanencia.

 

En suma, Jesús nos ha traído una novedad única y nos intro-duce en ella por la acción divina. A experimentar esta novedad hemos sido destinados. Dice Jesús: “Pero bienaventurados vues-tros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron” (Mt 13,16-17).

Ese mundo en el que nos introduce Jesús es real, objetivo, pero se trata de una realidad que transciende nuestra capacidad natural, y que la produce el Espíritu. Podemos, pues, hablar de Experiencia espiritual, y con este sentido de Espíritu Experien-cia mística.

 

 

6. El JESÚS de los Evangelio en San Juan, Evangelio místico

 

Ahora bien, si de los Sinópticos pasamos a san Juan nos en-contramos con un lenguaje ciertamente diferente, ¿Qué sucede? ¿Qué Jesús unas veces hablaba de una manera, directa y popular, imaginativa, y otras veces habla con un lenguaje de revelación y discurso diferente? No parece esa la solución correcta.  El único Jesús que existe es el que un día estuvo en la tierra y hoy está en el mundo nuevo, el “eón” que viene del cielo.  En todo caso es el Viviente, es el mismo. Su mensaje llega hoy a nosotros de una manera diferente. Quien nos habla es el Jesús de nuestra vida, que no tendría el lenguaje que tiene si no hubiera pasado antes por la tierra con nuestras penas y dolores. Pero el Jesús de san Juan es el Jesús de la intimidad e inmanencia, el Jesús de la pre-sencia actual en la Iglesia y en cada corazón que le ha dado aco-gida. Hay dos momentos especialmente significativos, que nos dan la pauta de todo el Evangelio:

 

1) Los discursos de la Cena.

Allí escuchamos palabras como estas:

“Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? 0 ¿No crees que yo es-toy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. En verdad, en verdad os digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. 14Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros (Jn 14,9-20).

 

Aquí se habla de un conocimiento por vía de presencia e in-manencia, que es el conocimiento con el cual a uno se conoce a sí mismo.

 

2) Conocimiento vital por la asimilación intrínseca de su carne y de su sangre: la Eucaristía.

En san Juan no tenemos la descripción del relato de la euca-ristía, pero queda suplido por el discurso del pan de vida, que es un discurso eucarístico. Incluso la palabra “cuerpo” (esto es mi cuerpo), queda sustituida por la expresión más semítica de “car-ne”, que acaso fue palabra usada por Jesús en las palabras de la consagración. En el discurso del Pan de Vida, escuchamos:

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de es-te pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». Disputaban los judíos entre sí: «¿Cómo pue-de este darnos a comer su carne?». Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí” (Jn 6,51-57).

Estamos transcendiendo todo tipo de conocimiento. La expe-riencia de Dios se hace experiencia de vida inmanente, e incluso recíproca.: yo en ti, tú en mí. Jesús no solo es pan, sino pan vivo, y mientras ese pan que yo como esté vivo, sea pan vivo, yo viviré. Jesús es pan inmortal.

 

7. Por todo ello vemos que la comunión eucarística es el ápice de toda la mística cristiana

 

La Eucaristía, en esta visión mística de los Evangelios, y es-pecíficamente en san Juan:

-   Nos identifica HOY con el Cristo pascual, glorioso e inmortal.

-   Y nos abre el camino para ese abrazo celestial que du-ra por toda la eternidad.

Y esta Eucaristía no la recibe un grupo selecto, superior, de cristianos, sino todo bautizado.

Desde aquí debemos recomponer todo lo que se pueda hablar de mística cristiana.

 

8. El misterioso “Yo soy” en el evangelio de San Juan

 

En el Evangelio de san Juan hay un Yo soy misterioso de Je-sús, que no se encuentra en los Sinópticos. Hay siete afirmacio-nes completas del Yo soy, y una afirmación última que se pierde en el absoluto. Este tipo de lenguaje va en consonancia con el misterio Nombre divino que Dios revela a Moisés, en el monte Horeb, el misterioso YHWJ (tetragrámaton divino), Éxodo 3,14. Los textos son los siguientes:

 

"Yo soy el pan de vida" (Jn 6:35, 41, 48, 51)

"Yo soy la luz del mundo" (Jn 8:12; 9:5)

"Yo soy la puerta" (Jn 10:7 y 9)

“Yo soy el buen pastor" (Jn 10:11, 14)

"Yo soy la resurrección y la vida" (Jn 11:2

"Yo soy el camino, y la verdad, y la vida" (Jn 14:6)

"Yo soy la vid verdadera" (Jn 15:1, 5).

 

Jn 8,28: Les dijo, pues, Jesús: Cuando hayáis levantado al Hijo del Hombre, entonces conoceréis que yo soy, y que nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre, así hablo.