RETIRO ESPIRITUAL A LAS CLARISAS CAPUCHINAS
DE TIJUANA
Una
vida espiritual
de
experiencia mística,
al
eco de santa Clara
SEGUNDA PARTE
CÓMO HA ENTENDIDO SANTA CLARA
ESTA EXPERIENCIA ESPIRITUAL
9. Texto y análisis del texto de la II Carta de
santa Clara a Inés de Praga
CARTA II A SANTA INÉS DE PRAGA [CtaCla2]
Desde este planteamiento espiritual que hemos
establecido podemos pasar a una lectura correcta, sabia, de la Carta II de
santa Clara, a Inés de Praga (desde 1989 santa Inés de Praga).
Para mejor entender su contenido:
- Nos
situamos en la realidad de Clara
- E
igualmente en la realidad de Inés.
La realidad de Clara es que ella habla de lo que
vive. No trata de exponer una doctrina, sino de comunicar una vida, que ella la
conoce porque realmente la está viviendo. Estasos en los tiem-pos del
generalato de Fray Elías, personaje que ha tenido una leyenda negra en la
tradición franciscana; santa Clara lo venera. Es un dato accidental que no
afecta a nuestro propósito.
La realidad de Inés es esta. Inés, hija del rey
Otakar, na-cida en 1211 escogió la “altísima pobreza” en vez de haber acep-tado
un príncipe como esposo regio.
Según las informaciones generales (véase
Wikipedia) “A la edad de ocho años, Inés estaba comprometida con Enrique, hijo
Federico II Hohenstaufen, emperador del Sacro Imperio. Enri-que tenía diez años
y acababa de ser coronado como rey de los romanos. Según la costumbre, Inés
debería haber pasado su in-fancia en la corte de su futuro marido, para que
pudieran desa-rrollar una amistad, así como aprender el idioma y la cultura de
su nuevo país. El emperador Federico, como rey de Sicilia, tenía su corte en
Palermo, mientras que su hijo Enrique, ahora el rey alemán, estaba siendo
educado en Alemania, en el palacio del arzobispo Engelberto de Colonia.
Se decidió enviar a Inés a la corte del duque Leopoldo
VI de Austria. Leopoldo, sin embargo, quería que el joven Enrique se casara con
su hija, Margarita. Debido a estas maniobras políti-cas, después de haber
estado prometida desde hacía seis años, se canceló la boda de Inés con
Enrique”.
“En 1226, su padre Otakar fue a la guerra contra
los Baben-berg como resultado del compromiso roto. Otakar entonces pla-neó su
matrimonio con Enrique III de Inglaterra, pero fue vetada por el emperador, ya
que él mismo estaba interesado en casarse con Inés”.
Con estos antecedentes, entendemos el realismo
teológico y espiritual del saludo:
- hija del Rey de reyes,
- sierva del Señor de señores (cf. Ap 19,16; 1 Tim
6,15),
- esposa dignísima de Jesucristo
- y, por eso, reina nobilísima.
Esta espiritualidad esponsal-matrimonial vuelve a
desarro-llarse en el segundo párrafo de la carta. Léase con atención.
1A la, señora Inés, 2Clara, sierva inútil (cf. Lc
17,10) e indigna de las Damas Pobres, le desea salud y que viva siempre en suma
pobreza.
3Doy gracias al espléndido dispensador de la
gracia, de quien sabemos que procede toda dádiva óptima y todo don perfecto
(cf. Sant 1,17), porque te ha adornado con tantos títulos de virtud y te ha
hecho brillar con las insignias de tanta perfección, 4para que, convertida en
diligente imitadora del Padre perfecto (cf. Mt 5,48), merezcas llegar a ser
perfecta, a fin de que sus ojos no vean en ti nada imperfecto (cf. Sal 138,16).
5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te
asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de
estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y
estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en
émula de la santísima pobreza en espíri-tu de gran humildad y de ardentísima
caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has
merecido unirte en matrimonio.
8Como he sabido que estás colmada de virtudes,
renuncio a ser prolija en la expresión y no quiero cargarte de palabras
super-fluas, 9aunque a ti no te parezca superfluo nada que pueda
pro-porcionarte algún consuelo. 10Sin embargo, porque una sola cosa es
necesaria (cf. Lc 10,42), ésta sola te suplico y aconsejo por amor de Aquel a
quien te ofreciste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1): 11que
acordándote de tu propósito, como otra Raquel (cf. Gén 29,16), y viendo siempre
tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y no lo dejes
(cf. Cant 3,4), 12sino que, con andar apresurado, con paso ligero, sin que
tropiecen tus pies, para que tus pasos no recojan siquiera el polvo, 13segura,
gozosa y alegre, marcha con prudencia por el ca-mino de la felicidad, 14no
creyendo ni consintiendo a nadie que quiera apartarte de este propósito o que
te ponga algún obstáculo en el camino (cf. Rom 14,13) para que no cumplas tus
votos al Altísimo (cf. Sal 49,14) en aquella perfección a la que te ha llamado
el Espíritu del Señor.
15Y en esto, para que recorras con mayor seguridad
el camino de los mandamientos del Señor (cf. Sal 118,32), sigue el consejo de
nuestro venerable padre, nuestro hermano Elías, ministro general; 16antepónlo a
los consejos de los demás y considéralo como más preciado para ti que cualquier
otro don. 17Y si alguien te dijera otra cosa o te sugiriera otra cosa, que
impida tu perfec-ción o que parezca contraria a la vocación divina, aunque
debas venerarlo, no quieras, sin embargo, seguir su consejo, 18sino, virgen
pobre, abraza a Cristo pobre.
19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo,
hecha tú despre-ciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira
atenta-mente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más
hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se
ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de
múltiples formas en todo su cuerpo, mu-riendo en medio de las mismas angustias
de la cruz.
21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con
Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás con
Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2 Tim
2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro de la
vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres. 23Por lo cual,
participarás para siempre y por los siglos de los siglos, de la gloria del
reino celestial a cambio de las cosas terrenas y transitorias, de los bienes
eternos a cambio de los perecederos, y vivirás por los siglos de los siglos.
24Que te vaya bien, carísima hermana y señora, por
el Señor tu esposo; 25y procura encomendarnos al Señor en tus devotas
oraciones, a mí y a mis hermanas, que nos alegramos de los bie-nes del Señor
que Él obra en ti por su gracia (cf. 1 Cor 15,10). 26Recomiéndanos también, y
mucho, a tus hermanas.
10.
Caracteres de esta espiritualidad
Qué tipo o imagen de espiritualidad sacamos de
esta carta: una espiritualidad cristológica-esponsal, pascual, contemplativa
Primero. Una espiritualidad cristológico-esponsal:
“virgen pobre, abraza a Cristo pobre”.
La imagen central, referencial, de santa Clara no
es la Virgen María, por grande que sea el amor que le profesa; no es san
Francisco, aunque ella en la Regla se identifique como “plantita” de nuestro
bienaventurado padre san Francisco. La síntesis está contenida en esta consigna:
virgen pobre, abraza a Cristo pobre.
¿Qué significa ser pobre? Siguiendo las pautas de
la filosofía griega, y en este caso específicamente de Platón, la filosofía
esco-lástica ha cristianizado las virtudes, que dignifican al ser humano
llevándolo a su perfección, y ha establecido una división funda-mental, de
donde viene toda la arborización de las múltiples vir-tudes derivadas.:
- Virtudes
teologales: Fe, Esperanza y Caridad, cuyo objeto inmediato es el bien Divino,
Dios mismo.
- Virtudes
“cardinales” (o virtudes fundantes, radicales, raíces de las demás): Justicia,
Fortaleza, Prudencia y Templanza.
La virtud de la Pobreza, según este esquema,
pertenece al se-gundo Orden. Es una virtud “moral”, del tronco de las
cardinales; no es una virtud “teologal”, cuyo objeto directo es Dios. La
pon-dríamos dentro de la Templanza.
La virtud de la Pobreza, que atañe lo mismo a
quienes no tie-nen nada y a quienes tienen riqueza, a toda clase social, pide
el desapego y liberación de todo lo que nos esclaviza, empezando por las cosas
materiales: dinero y posesiones. Ahora bien, cuan-do Francisco ha propuesto la
“altísima pobreza”, y en su segui-miento santa Clara, se está refiriendo a todo
un “status” de vida, a todo un modo de existir, que es sin más la vida de Cristo.
San Pablo hablará de la “kénosis” de Cristo, el abajamiento o vacia-miento de
lo que pertenece a la categoría de Dios para asumir la de siervo (Flp 2), o con
esta misma terminología de pobrerico, dice: “Pues conocéis la gracia de nuestro
Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para
enriqueceros con su pobreza” (2Cor 8,9). Desde esta perspectiva santa Clara
puede expresar a Inés su máximo deseo en el mismo saludo ini-cial: “que viva
siempre en suma pobreza”.
La perfección a la que ha sido asociada Inés por
el matrimo-nio con el Rey altísimo es la santísima pobreza: “convertida en
émula de la santísima pobreza en espíritu de gran humildad y de ardentísima
caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has merecido
unirte en matrimonio” (n. 7). De San Damían”
Este tipo de espiritualidad que explicamos se ve
confirmado si leemos con todo detalle y atención el “Privilegium pauperta-tis”,
pedido por las “Hermanas Pobres de San Damián”, cuya lectura atenta y detallada
nos deja realmente abrumados. El Pri-vilegio fue concedido por la bula del Papa
Inocencio III en 1216; confirmado por Gregorio IX (antiguo Cardenal Hugolino en
1228).
“Como es manifiesto, deseando consagraros
únicamente al Señor, renunciasteis a todo deseo de cosas temporales; por lo
cual, vendidas todas las cosas y distribuidas a los pobres, os pro-ponéis no
tener posesión alguna en absoluto, siguiendo en todo las huellas de Aquel que
por nosotros se hizo pobre, camino, verdad y vida. Ni os hace huir temerosas de
un tal propósito la penuria de cosas, porque la izquierda del Esposo celestial
está bajo vuestra cabeza para sostener las flaquezas de vuestro cuer-po, que,
con reglada caridad, habéis sometido a la ley del espíri-tu. Finalmente, quien
alimenta las aves del cielo y viste los lirios del campo, no os faltará en
cuanto al sustento y al vestido, hasta que, pasando Él, se os dé a sí mismo en
la eternidad, cuando su derecha os abrace más felizmente en la plenitud de su
visión”.
- Una
espiritualidad radical de identificación con Cristo Pobre.
- Una
espiritualidad esponsal abrazándose a Cristo Es-poso, con la cita del Cantar de
los cantares 8,3: “3 La-eva eius sub capite meo,et dextera illius amplexatur
me”.
Una espiritualidad filial, aludiendo al Padre del
cielo que alimenta a las aves.
Cristo Pobre es el Cristo Esposo al que se ha unido Inés, y esta
espiritualidad es totalmente esponsal. Inés ha acep-tado ser lo que es “menospreciando las grandezas de un reino
terrenal y estimando poco dignas las ofertas de un matrimo-nio imperial” (n.
6). Un matrimonio imperial habría sido una oferta concreta para Inés, una
oferta poco digna para lo que ella aspiraba.
Santa Clara podía hablar desde la propia
experiencia, porque a ella le ofrecían e instaban para el matrimonio, pero ella
decidi-damente no quiso. Messer Ranieri de Bernardo de Asís declaró en el
proceso bajo juramento: “Como era bella de rostro, se trató de darle marido; y
muchos de sus parientes le rogaban que con-sintiese en casarse; pero ella jamás
accedió. Y el testigo mismo le había rogado muchas veces que accediese, y ella
no quería ni oírle, antes bien, ella le predicaba a él el desprecio del mundo”
(testigo XVIII, 2). Y lo mismo el testigo siguiente Pedro de Da-miano, de Asís:
“…Y vio que el padre y la madre y sus parientes la quisieron casar según su
nobleza, magníficamente, con hombres grandes y poderosos. – Pero la muchacha,
que tendría entonces aproximadamente diecisiete años, no pudo ser convencida de
ninguna manera, porque quería permanecer virgen y vivir en pobreza, como lo
demostró después, ya que vendió toda su he-rencia y la dio a los pobres” (XIX,
2).
Segundo, Una espiritualidad pascual
El misterio pascual abarca simultáneamente “Pasión
y Resu-rrección” del Señor. Y santa Clara le aconseja por este camino. Sus
palabras son realísimas:
19Míralo hecho despreciable por ti y síguelo,
hecha tú despreciable por Él en este mundo. 20Reina nobilísima, mira
atentamente, considera, contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo, el más
hermoso de los hijos de los hombres (cf. Sal 44,3), que, por tu salvación, se
ha hecho el más vil de los hombres, despreciado, golpeado y flagelado de
múlti-ples formas en todo su cuerpo, muriendo en medio de las mismas angustias
de la cruz.
21Si sufres con Él, reinarás con Él; si lloras con
Él, gozarás con Él; si mueres con Él en la cruz de la tribu-lación, poseerás
con Él las mansiones celestes en el esplendor de los santos (cf. Rom 8, 17; 2
Tim 2,12.11; 1 Cor 12,26; Sal 109,3), 22y tu nombre será inscrito en el libro
de la vida (cf. Flp 4,3; Ap 3,5), y será glorioso entre los hombres.
Esta espiritualidad que supone la “perfección”
apunta al encuentro escatológico definitivo, como abrazo nupcial
5Ésta es la perfección por la que el mismo Rey te
asociará a sí en el tálamo celestial, donde se asienta glorioso en el solio de
estrellas, 6porque, menospreciando las grandezas de un reino terrenal y
estimando poco dignas las ofertas de un matrimonio imperial, 7convertida en
émula de la santísima pobreza en espíri-tu de gran humildad y de ardentísima
caridad, te has adherido a las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel a quien has
merecido unirte en matrimonio.
El Rey celestial, el Jesús de hoy, es el Rey
Esposo y reina sentado en un trono de estrellas. A esta compañía es invitada Inés.
En una antífona medieval se dice de la Asunción de María: Assumpta est Maria in
coelum: gaudent angeli, collaudantes be-nedicunt Dominum, alleluia. Maria virgo
assumpta est ad aethe-reum thalamum, in quo Rex regum stellato sedet solio.
(María virgen, ha sido asunta al tálamo celestial – etéreo – dponde el Rey de
reyes se sienta en un solio de estrellas).
Tercero. Una espiritualidad netamente
contemplativa
Inés de Praga tuvo la posibilidad de dedicarse
totalmente a las obras de caridad, y muy concretamente al cuidado de los
en-fermos en el hospital que ella misma había fundado.
“Con sus propios bienes fundó en Praga entre 1232
y 1233 el hospital de San Francisco y el instituto de los Crucíferos para que
lo dirigieran. Al mismo tiempo fundó el monasterio de San Fran-cisco para las
«Hermanas Pobres» o «Damianitas», donde ella misma ingresó el día de
Pentecostés del año 1234” (L’Osservatore Romano, edición semanal española,
12-19 nov. 1989, con motivo de su canonización).
Es lógico y comprensible lo que cuentan las
biografías de sus propios servicios personales a los enfermos en el hospital
que ella misma había fundado; y por ello, tanto más de admirar que su vida
espiritual se decantara, más bien, por la pura vida con-templativa.
Ocurre lo mismo con la Iniciadora de las Clarisas
Capuchi-nas, llamada María Lorenza Longo (1463-1542), beatificada el 9 de
octubre de 2021. Casda con un noble tuvo varios hijos. Hubo de vivir en Nápoles
por el oficio de su marido en tiempos de la corona española. Leemos “… la iniciativa más importante fue el
«Hospital de Incurables», inaugurado el 23 de marzo de 1522, del que se la
considera fundadora y del que tuvo que asumir la dirección. Lo dotó con sus
bienes y con donativos que mendiga-ba personalmente. Allí vivía y servía a los
enfermos con sus propias manos…” (Información del Directorio franciscano).
Muerto su marido y resuelta la situación de sus hijos, se lanzó puramente a la
vida contemplativa. (Myriam Rosa Lúpoli,
capuchina que ha escrito la vida de la beata, la ha titulada: Del grito de los
últimos al silencio de Dios).
Al hablar de su vida como vida contemplativa, los
estudiosos han recalcado la posible diferenciación progresiva de los tres
vocablos que emplea:
Reina nobilísima,
1) mira atentamente,
2) considera,
3) contempla, deseando imitarlo, a tu Esposo.
La que es verdaderamente Reina, pero no consorte
de un rey humano, está totalmente dedicada su Esposo, que es Rey y que es el
que la constituye a ella Reina. Y esta atención permanente a su esposo, está expresada
con tres verbos. Una simple lectura literaria del texto nos diría que son tres
términos para resaltar con insistencia lo mismo: la total de la entrega a él.
Se trataría, por tanto, de tres sinónimos. Ahora bien, como en la literatura
espiritual se han ido distinguiendo las palabras con distintos significado, y
que son cosas distintas lectio, oratio, meditatio, operatio, contemplatio, es
razonable pensar que santa Clara está aludiendo aquí a un progreso de fe y
amor, que halla su cumbre en la pura “contemplatio”.
- intuere,
- considera,
- contemplare,
desiderans imitari.
Intuir o mirar sería todo lo que contiene la
lectio y metita-tio. Un ejercicio consciente de “revivir” en cuanto se pueda el
misterio. La imaginación del lugar y las personas tiene una fun-ción positiva
en el ejercicio de la oración. Yo aprovecho los datos que tengo a mi alcance
para reconstuir el misterio de Jesús. Muy consciente, por otra parte, de que
hay fronteras que no se pue-den traspasar en una exégesis histórico-crítica de
los textos. Di-cen, por ejemplo, los biblistas que yo no puedo saber cuál era
el “temperamento” o carácter concreto de Jesús, de acuerdo a los esquemas que
me da la psicología (activo/pasivo, prima-rio/secundario). Jesús era muy
afectuoso, porque abrazaba a los niños… Cierto, ¿y qué más se puede deducir de
ese gesto, cuando el mismo Evangelio teologiza el gesto, haciéndonos entender
que todo eso pertenece al misterio de su santa Humanidad como tal…?
El alma orante quisiera concretar el misterio del
Jesús histó-rico, y, al concretar, proyecta lo que sabe y lo que entiende. Y
todo ello queda envuelto en una operación de amor. Yo imagino a Jesús así y
así, porque el mismo imaginarlo es un acto de amor.
Considera. Puede
ser pasar a otro grado de sabiduría que in-funde el Espíritu.
La consideración sería el adentramiento en el
misterio, ponien-do en ejercicio entendimiento y voluntad completamente abier-tos
al influjo del Espíritu, que sopla donde quiere.
Contempla, deseando imitar
La contemplación, entendida como ápice de la
oración, no es un “modus operandi”, una determinada de abordar el tema, de
acuerdo a determinadas leyes psicológicas.
Es ela´pice de la ora-ción en un proceso que termina en una unión de
amor. Para in-tuir qué es eso, puede ilustrarnos lo que dice san Buenaventura
en unos párrafos espléndidos, recogido como segunda lectura en el oficio divino
de su fiesta:
Para que este paso sea perfecto, hay que abandonar
toda es-peculación de orden intelectual y concentrar en Dios la totalidad de
nuestras aspiraciones. Esto es algo misterioso y secretísimo, que sólo puede
conocer aquel que lo recibe, y nadie lo recibe sino el que lo desea, y no lo
desea sino aquel a quien inflama en lo más íntimo el fuego del Espíritu Santo,
que Cristo envió a la tie-rra. Por esto, dice el Apóstol que esta sabiduría
misteriosa es revelada por el Espíritu Santo.
Si quieres saber cómo se realizan estas cosas,
pregunta a la gracia, no al saber humano; pregunta al deseo, no al
entendi-miento; pregunta al gemido expresado en la oración, no al estu-dio y la
lectura; pregunta al Esposo, no al Maestro; pregunta a Dios, no al hombre; pregunta a la oscuridad, no a
la claridad; no a la luz, sino al fuego que abrasa totalmente y que transporta
hacia Dios con unción suavísima y ardentísimos afectos.
Este fuego es Dios, cuyo horno, como dice el
profeta, está en Jerusalén, y Cristo es quien lo enciende con el fervor de su ar-dentísima
pasión, fervor que sólo puede comprender el que es capaz de decir: Preferiría
morir asfixiado y la misma muerte. El que de tal modo ama la muerte puede ver a
Dios, ya que está fue-ra de duda aquella afirmación de la Escritura: Nadie
puede ver mi rostro y quedar con vida.
Muramos, pues, y entremos en la oscuridad,
impongamos si-lencio a nuestras preocupaciones, deseos e imaginaciones;
pa-semos con Cristo crucificado de este mundo al Padre, y así, una vez que nos
haya mostrado al Padre, podremos decir con Felipe: Eso nos basta; oigamos
aquellas palabras dirigidas a Pablo: Te basta mi gracia; alegrémonos con David,
diciendo: Se consumen mi corazón y mi carne por Dios, mi lote perpetuo. Bendito
sea el Señor por siempre, y todo el pueblo diga: "¡Amén!" (Itinerario
de la mente hacia Dios, 7,1,2,6.
TERCERA PARTE
UNA MÍSTICA TRINITARIA
Avanzando en la temática ofrecida para este
reriro, en una ua segunda parte, después de haber expuesto en la primera el
tema de “la unión mística”, se nos propone una segunda reflexión: “Mística de
la Trinidad”. Para ello hay una simple alusión en la primera carta, cuando
santa Clara se expresa con estas palabras:
12Por tanto, hermana carísima, o más bien, señora
suma-mente venerable, porque sois esposa y madre y hermana de mi Señor
Jesucristo (cf. 2 Cor 11,2; Mt 12,50), 13tan esplendorosa-mente distinguida por
el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza, confortaos
en el santo servicio comen-zado con el deseo ardiente del pobre Crucificado, 14el
cual sopor-tó la pasión de la cruz por todos nosotros (cf. Heb 12,2),
librán-donos del poder del príncipe de las tinieblas (cf. Col 1,13), poder al
que estábamos encadenados por la transgresión del primer hombre, y
reconciliándonos con Dios Padre (cf. 2 Cor 5,18).
Santa Clara alude al texto sinóptico de la
verdadera familia de Jesús:
47Uno se lo avisó: «Tu madre y tus hermanos están
fuera y quieren hablar contigo». 48Pero él contestó al que le avisaba: «¿Quién
es mi madre y quiénes son mis hermanos?». 49Y, exten-diendo su mano hacia sus
discípulos, dijo: «Estos son mi madre y mis hermanos. 50El que haga la voluntad
de mi Padre que está en los cielos, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre»
(Mt 12,47-50).
Santa Clara
no se ha detenido a explicar las modalidades del parenteco espiritual que nos
une a Dios por mediación de la obra de Jesús.
San Francisco se ha detenido a explicar, a su
modo, este pa-saje, escribiendo con detalle en su Carta a todos los fieles:
1Todos los que aman al Señor con todo el corazón,
con toda el alma y con toda la mente, con todas las fuerzas, y aman a sus prójimos
como a sí mismos (cf. Mt 22,37.39; Mc 12,30), 2y odian a sus cuerpos con sus
vicios y pecados, 3y reciben el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo,
4y hacen frutos dignos de penitencia: 5¡Oh cuán bienaventurados y benditos son
ellos y ellas, mientras hacen tales cosas y en tales cosas perseveran!, 6porque
descansará sobre ellos el espíritu del Señor (cf. Is 11,2) y hará en ellos
habitación y morada (cf. Jn 14,23), 7y son hijos del Padre celestial (cf. Mt
5,45), cuyas obras hacen, y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor
Jesucristo (cf. Mt 12,50).
- 8Somos
esposos cuando, por el Espíritu Santo, el alma fiel se une a nuestro Señor
Jesucristo.
- 9Somos
para él hermanos cuando hacemos la vo-luntad del Padre que está en los cielos
(Mt 12,50);
- 10madres,
cuando lo llevamos en nuestro corazón y en nuestro cuerpo (cf. 1 Cor 6,20), por
el amor divino y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por medio
de obras santas, que deben iluminar a los otros como ejemplo (cf. Mt 5,16). 11¡Oh
cuán glorioso, santo y grande es tener un Padre en los cielos! 12¡Oh cuán
santo, consolador, bello y admirable, tener un tal esposo! 13¡Oh cuán santo y
cuán amado, placente-ro, humilde, pacífico, dulce, amable y sobre todas las
cosas deseable, tener un tal hermano y un tal hijo: Nuestro Señor Jesucristo!,
quien dio la vida por sus ovejas (cf. Jn 10,15) y oró al Padre diciendo:
El sentido original del Evangelio no pretende de
por sí llevar a una especificación concreta de calidad de parentesco, sino nos
anuncia que Jesús nos ha traído una realidad nueva que supera esa relación
sagrada que establece la misma naturaleza de la creación. Ser padre, madre,
hijo, hija, hermano, hermana son absolutos. Pero Jesús establece un absluto
superior, que es la familia del Reino, en la cual es el vínculo total: El que
ama a su padre o a su madre más que a mí no es signo de mí.
San
Francisco ha llegado a entender este principio de un modo concreto y – diríase
– que carnal, hasta poder escribir en su Re-gla a los hermanos:
“Y
confiadamente manifieste el uno al otro su necesidad, por-que, si la madre
cuida y ama a su hijo (cf. 1 Tes 2,7) carnal, ¿cuánto más amorosamente debe
cada uno amar y cuidar a su hermano espiritual?” (2Re VI,8).
Ser “hermano espiritual”, como somos los
religiosos, es para san Francisco una realidad más real que ser “hermano
carnal”.
La espiritual que pretende y propone santa Clara
no es simple-mente una asociación de mujeres con un buen entendimiento, sino
una familia que, por medio de Jesucristo, queda vinculada a cada una de las
personas de la Santísima Trinidad.
La vida espiritual, que de por sí es mística,
pasar a ser una vida de mística trinitaria.
Pamplona, 16 julio 2026 – Memoria de la Virgen del
Carmen.
Fr. Rufino María Grández , OFMCap.