viernes, 17 de agosto de 2018 0 comentarios

1110. Dom. XIX B Eucaristía IV/V - El que come este pan vivirá para siempre



Jesús nos dice:
El que come este pan vivirá para siempre
Jn 6,51-58


Texto evangélico:
51 Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo». 52 Disputaban los judíos entre sí: « ¿Cómo puede este darnos a comer su carne?». 53 Entonces Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55 Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57 Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí. 58 Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Hermanos:
1. Continuamos nuestras homilías en torno a la santísima Eucaristía. Dijimos domingos atrás que la escena de la multiplicación de los panes en san Juan con el discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm se prolongaba durante cinco domingos. Estamos en el cuarto.
Bien podemos pensar que la Eucaristía es el centro purísimo de la fe.
Si una persona que no pertenece a nuestra religión, que fuese alguien que busca a Dios con sincero corazón, si esta persona me preguntara:
- Dime, ¿dónde está el centro de vuestra fe?, ¿qué es lo que realmente creéis?, ¿en qué se diferencia vuestra religión de las demás?
Yo le podría responder:
- Bien, porque buscas a Dios con alma sincera. Dios se deja encontrar de los que le buscan, dicen nuestras Escrituras. Te puedo dar tres respuestas diferentes, pero cada una de las tres es completas, y las tres coinciden en la unidad de un mismo mensaje.

2. El centro de nuestra fe es el misterio insondable de la Santísima Trinidad. El Dios uno y verdadero a quien adoramos es el Dios Padre, el Dios Hijo, el Dios Espíritu Santo. No son tres dioses; es un solo Dios. Y este Dios se ha hecho hombre, por el misterio de la Encarnación,  para divinizarnos a nosotros. Esto es el centro de nuestra fe, y esta es una fe distinta de todas las creencias que han ido apareciendo en la tierra.
O le podría responder de otro modo:
- Hermano, el centro de nuestra fe para los cristianos es que Jesús, Hijo de Dios e Hijo de la Virgen María, hermano nuestro, ha muerto en la cruz y ha resucitado. La muerte y resurrección de Jesús el Señor es el Misterio pascual. Este es el puro centro de nuestra fe.
Pero también, y en tercer lugar, yo le podría responder a esta persona que sinceramente busca a Dios: El centro de nuestra fe – hermano, hermana – es la Eucaristía. ¿Qué es pues, la Eucaristía? La Eucaristía no es otra cosa que el misterio pascual, la totalidad de Dios con el hombre. La amistad de Dios con el hombre,  que no solamente le abre con confianza su corazón, sino que se le entrega total y absolutamente a su criatura. Una entrega mayor de Dios no acabe.

3. La Eucaristía, hermanos, no es una devoción sublime, lo más hermoso que existe. La Eucaristía es todo Dios que se nos entrega a nosotros, que se me entrega a mí, totalmente a mí. Dios, el Dios santo y encarnado, se me da a mí para que lo coma, para que lo beba y lo incorpore a mí.
“La Sabiduría se ha hecho una casa, | ha labrado siete columnas;
 ha sacrificado víctimas, | ha mezclado el vino | y ha preparado la mesa.
 Ha enviado a sus criados a anunciar | en los puntos que dominan la ciudad:
 Venid a comer de mi pan, | a beber el vino que he mezclado…” (Pro 9,1-5).
Este es un banquete espiritual de que hablan los libros sagrados.

Jesús no repite este viejo texto sagrado que conocían los judíos. Jesús dice infinitamente más. El banquete al que somos invitados ya no una mesa preparada; es él mismo:
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

4. Hermanos, esto es de locura, esto rompe todos los sublimes conceptos de Dios que nosotros, humanos, podamos tener. Se trata literalmente de comer y beber a Dios, para tener dentro de sí mismo la vida de Dios.
La Eucaristía nos transporta a lo más íntimo de la Trinidad.
Escuchen las palabras que siguen a esta declaración:
Como el Padre que vive me ha enviado,
 y yo vivo por el Padre,
así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Ese “así, del mismo modo” trata de establecer una ecuación de igualdad, que nos transciende en absoluto.
La vida que tiene Dios Creador, el Dios vivo y verdadero con su Hijo, es esa la misma vida que va a derramarse e infundirse en nosotros, para que el Padre, el Hijo y yo, seamos uno, y circule la misma sangre entre nosotros. Esa sangre es el mismo Espíritu de Dios.
La Eucaristía es esto. Y no podemos manipularla y reconvertirla a un acto de sublime devoción, como si fuéramos nosotros los dueños del misterio revelado.

5. Estamos hablando divinamente del misterio de la Eucaristía, pero – aunque sea molesto el decirlo, mis queridos hermanos – una llamada de atención, para no adulterar, no profanar, el sentido íntimo de la Eucaristía. Poner intenciones a la misa es legal, es legítimo…, pero a nada que nos descuidemos esto resulta peligrosísimo. Sería blasfemo pensar que Dios distribuye las gracias según nuestros estipendios, según el número de días, de veces que nombramos a vivos o difuntos…
Profanamos la Misa cuando convertimos la Eucaristía en un espectáculo, cuando queremos que cante un tenor o una soprano o un grupo de mariachis…, y luego no participan en la sagrada Comunión… Pues… ¿para qué cantan? Y los mismos sacerdotes dejamos que todo esto pase, porque siempre se ha hecho así, sin llegar a una reflexión compartida con los fieles que verdaderamente aman la Eucaristía.

6. Hermanos, volvamos al centro. Recordemos lo que ya hemos dicho otras veces: Anunciamos tu muerte; proclamamos tu resurrección: ¡Ven Señor Jesús! Esta es la proclamación vibrante que toda la comunidad hace después de la consagración. Vivamos así la Eucaristía.

Gracias, Jesús, por lo que nos estás diciendo en el Evangelio sobre la Eucaristía. Concédenos poder celebrar la Eucaristía a la hora de la muerte. Concédenos celebrar la Eucaristía de cada Domingo como el don de tu presencia infinita y vivificante, que nos une con el Padre en el Espíritu Santo. Amén.

Guadalajara, viernes, 17 agosto 2018.

miércoles, 15 de agosto de 2018 0 comentarios

1109 Asunción de María, el triunfo de la Pascua de Jesús


El triunfo de la Pascua de Jesús

María, sin Jesús sería nadie; con Jesús lo es todo.
Oh Madre, misterio de contemplación, acudo a ti como hijo, y me lleno de gozo y de ternura, leyendo en el Oficio de tu fiesta, con los pensamientos de tu humilde hijo el santo Papa Pío XII, que te proclamó asunta en cuerpo y alma a los cielos.

“…Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la asunción de la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
«Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda creatura como Madre y esclava de Dios.»” (Constitución apostólica Munificentissimus Deus, 1950).

El triunfo de la Pascua de Jesús
cantemos en la Asunta Inmaculada,
la gloria de los pobres que María
al eco de Isabel también cantaba.

Dios hizo maravillas con su pueblo,
mostró misericordia en sus entrañas,
y al Hijo de su amor predestinó
con la Mujer con él predestinada.

Hoy concluye la ruta de la fe
la Virgen fiel del Sí, que abrió la marcha;
y unida en el Calvario con su Hijo
hoy es la Madre Asunta coronada.

Felicidades, Madre, eternamente
primicia de la Pascua y esperanza
de todos los mortales peregrinos,
que a ti miramos, llenos de confianza.

Los ángeles te alaban y celebran
por ser quien eres, única por gracia,
y en ti a Cristo adoran, quien te hizo
la toda suya, Madre y su Morada.

¡Excelsa Trinidad, bendita seas,
origen, senda, término y llegada:
bendito Dios de toda perfección
en la bendita Madre, toda santa! Amén.

Guadalajara, Jalisco, Asunción de María 2018.
 
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