El
relato evangélico de los Inocentes (Mt 2,13-18), que al lecto se le entrega
como una historia o crónica de la vida, suena, de repente, como una leyenda
sacra. Aquí comienza el trabajo del exegeta, y al punto le sale al paso, como
un paralelo, de la matanza que ordena el Faraón de Egipto de los niños hebreos
que nazcan (Ex 1,8-16.22), texto que recoge el oficio de lectura del día. Por
otra parte, en la cruda historia, sabemos que el Herodes, el Grande, grande sí
en sus construcciones, fue un monstruo en sus crímenes: ordenó la matanza de su
mujer asmonea, de la suegra, de tres hijos…, aparte de otras. Hay una base para
que surja lo que el Evangelio de Mateo cuenta. Pero el evangelista tiene una
intención reiterativa en sus relatos de la Infancia de Jesús: Esto ocurrió para
que se cumpliera la Escritura que dice… Es decir, son radicalmente relatos de
fe: nacidos desde una fe y que habrán de interpretarse desde esa fe.
Ahora
bien, trasladándonos al hoy de la historia, ocurre que la celebración de los
Santos Inocentes tienen una dramática actualidad en la realidad que estamos
viviendo, en una doble orientación:
1)Los Santos Inocentes que van muriendo en las guerras en als que
estamos.
2)Los Santos Inocentes, asesinados antes de nacer por el aborto.
Valgan
unas someras indicaciones:
1.Los niños inocentes matados en Gaza o en Israel.
Aborto
en España 202: 98.316.
“De 2007 a 2018, de acuerdo
a la Secretaría de Salud en la Ciudad de México, se han realizado 199.230
abortos. Se calcula que a nivel nacional la cifra de abortos clandestinos
alcanzó el millón. […]
En junio de 2023, la Suprema Corte de Justicia de la Nación
estableció que cualquier persona con capacidad para gestar puede solicitar un
amparo de inconstitucionalidad de los artículos que penalizan el aborto en las
leyes de los estados mexicanos. Esta determinación de la Suprema Corte abre el
camino a la despenalización del aborto en el resto del país.
La cesta de Navidad este año es muy amarga. No
podemos ver la Televisión: Israel y Gaza, Rusia y Ucrania. No tiene razón
Netanyahu cuando quiere destruir a Hamás, habiendo matado a miles de niños; ni
tiene razón Hamás, cuando quiere aniquilara a Israel. Por encima de ciudados y
de políticos somo hombres, y lo que grita la humanidad del corazón es una cosa:
Basta, somos hermanos, sea cual sea nuestra religión. Somos humanos, y matar es
antihumano; no hay causa para matar a nadie. La guerra la hemos inventado
nosotros como antihumanos. Pero el hombre, humano, no quiere guerra: ni
comenzar, ni seguir, ni terminar. Se rompe el corazón cuando ve lo que ve.
Pero tenemos la gracia de ser cristianos, y como
cristianos celebramos la Navidad, misterio de paz, misterio de amor. Dios se
hace hermano, para tratarnos como hermano y para que nos tratemos igual. No hay
razón para hacer guerra. Ante el portal de Belén, lloremos, pero no con
lágrimas de amargura, sino con lágrimas de paz. Él es nuestra paz, nos dicen
las santas Escrituras. Niño de Belén, danos la paz, que la necesitamos con el
pan.
Desde el día
29 de diciembre hasta el 5 de enero se leerá, el primer año, la carta a los
Colosenses, en la que se considera la encarnación del Señor en el marco da la
historia de la salvación, y, en el segundo año [año presente], el Cantar de
los cantares, en el que se prefigura la unión Dios y el hombre en Cristo:
“Dios Padre celebró las bodas de Dios su Hijo en el instante en que lo unió a
la naturaleza humana en el seno de la Virgen, cuando el que era Dios antes de
todos los siglos determinó hacerse hombre al final de los tiempos (S. Gregorio
Magno, Homilía 43 in Evangelia)” (Ordenación general de la Liturgia de las
Horas, n. 148; en el apartado: Distribución de las lecturas de la sagrada
Escritura en el Oficio de lectura).
Que me ha besado
el Señor
y mis ojos han
llorado,
por ser digno de
su beso,
siendo Él Dios
encarnado.
En el seno de
María
ya me besaba el
Amado,
y su beso era
promesa
del Reino que él
ha anunciado.
Su beso, fuego
encendido
que toda culpa ha
borrado,
no pecador, que
soy hijo,
de su sangre y
piel hermano.
Beso de la
Eucaristía,
hasta en mis
labios bocado;
era el Hijo del
Altísimo
Verbo de Dios
humanado.
Todo Dios en
carne humana,
Pan de Dios
Sacramentado,
Historia que se
hizo Crónica
y es mi historia
y mi relato.
Esos besos de su
boca
son Sangre que
bebo y trago;
y de esos besos
transido
es mi alma su
arrebato.
Béseme Dios, nada
más…
en mi camino
agitado;
a la fuga
pensamientos
y quede el amor
amando.
Yo confío en ti,
Jesús,
si es que vuelvo
y me levanto,
porque tú, y solo
tú
eres Dios
enamorado.
1
diciembre 2023
Al final
hallarse limpio
Que el mismo Dios de la paz os
santifique totalmente, y que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, se
mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo. El
que os llama es fiel, y él lo realizará (1 Tes 5,23-24; lectura de Vísperas
Domingo I, II, III y Iv de Adviento).
33
Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. 34 Es
igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus
criados su tarea, encargando al portero que velara. 35Velad
entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o
a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: 36 no sea que
venga inesperadamente y os encuentre dormidos. 37Lo que os digo a
vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».
Hermanos:
1. Hoy comienza el
Adviento, el nuevo año espiritual de la Iglesia, de cara a la Pascua del año
2024. Adviento, Navidad, Epifanía forman un ciclo unitario. Cuaresma y Pascua
forman otro ciclo, más importante. Y el centro de todo el año es la Pascua del
Señor.
El Adviento son
cuatro semanas antes de la Navidad. Este año serán, sí, cuatro Domingo, pero no
cuatro semanas, porque el cuarto domingo cae el día 24 de diciembre, y aquella
misma noche comienza al Navidad.
Antes de entrar en
tema, en las lecturas de hoy, quisiera hacer algunas aclaraciones, que son
ciertos toque de catequesis, para situarnos correctamente en el tiempo en que
estamos.
Dice el Misal de la
Iglesia: “El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de
preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la
primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el
que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda
venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se
nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”.
Esta indicación es
clave para entender los textos variados del Adviento, que son tan hermosos, que
vienen a ser anualmente como una primavera florida de cara a la Pascua.
Cuando nosotros celebramos
la sagrada liturgia, aunque nos fijemos en un aspecto particular, como el
nacimiento de Jesús, por ejemplo, en realidad celebramos el misterio completo
del Señor, porque el Señor que hoy vive y reina por los siglos es uno e indivisible
y le celebramos a él todo entero, en sus humanidad y divinidad.
En esta perspectiva
el Adviento que nos prepara a la Navidad, celebra al Señor que un día ha de venir
a llevarnos consigo. Adviento quiere decir “llegada, venida”. Y desde jóvenes
nos han dicho: el Señor vino, el Señor viene, el Señor vendrá.
En la lectura que
hemos escuchado, se nos dice: Velad, estad preparados. Y podemos hacer una larga
reflexión sobre este acontecer de la vida, que, al final nos resulta un
misterio. ¿Cuál va a ser el momento el momento final de mi vida, ese momento de
la verdad última?
Yo les invito a
hacer esta pregunta, no precisamente ahora que estoy escribiendo tranquilamente
estas cosas o luego que las grabaré en un pequeño video para compartirlo con
las personas que deseen, sino una noche, cualquier noche, ¿después de haber
cenado y estar viendo el telediario? Vamos a ver, qué ha pasado hoy: qué
accidentes en las carreteras con muertos y heridos, qué balaceras se han dado
entre grupos y cárteles enemigos, también con víctimas mortales, y tantas veces
ajenas a los grupos rivales; qué desgracias ha habido en el mundo por causa de huracanes,
inundaciones, fenómenos que la ciencia no puede prever ni dominar. Aquí, en
México, por ejemplo, el huracán Otis. Leo en la prensa, al azar: “El huracán
Otis, de categoría 5, tocó tierra en Acapulco el pasado miércoles 25 de octubre
a las 00:25 horas, resultando en una gran destrucción de la infraestructura de
la ciudad: uno de los destinos turísticos por excelencia en México. Dos semanas
más tarde, las autoridades continúan trabajando para restablecer los
suministros básicos (agua y luz) en algunas localidades y, mientras tanto,
aseguran la distribución de enseres a las 250.000 viviendas afectadas por el
suceso”.
Esto que cualquiera
de nosotros lee en otras personas, un día cualquiera lo podrían leer de mí.
Ninguno de nosotros tiene asegurada su propia vida. Tantos de nosotros hemos
visto, y quizás lo practicamos, que al iniciar un viaje hacemos la señal de la
cruz. No es una superstición, aunque tampoco sea necesario hacerla, pero puede
ser un recordatorio de que nuestras vidas en todo momento están en las manos de
Dios. El pensamiento de “Estad preparados, estad en vela”, es un pensamiento
humano, de primera categoría, digno de figurar en todas las filosofías de la
humanidad.
Cuando Jesús habla
con este lenguaje, lo más importante que nos quiere decir es que un día ha de
venir el dueño de la casa, y el dueño de la casa es él. Él se ha llamado a sí
mismo el Hijo del hombre, recogiendo las profecías de Ezequiel y Daniel. Él se
ha identificado a sí mismo como la última palabra de la humanidad y el juez de
todos los hombres. Nadie, absolutamente nadie, había tenido tal pretensión en
toda la historia.
Esta pretensión fue
la causa de su muerte. Recordemos aquella escena ocurrida en la suprema corte
del Sanedrín: “El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro,
preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que
presentan contra ti?». Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó
el sumo sacerdote:
- «¿Eres tú el
Mesías, el Hijo del Bendito?».
Jesús contestó:
- «Yo soy. Y veréis
al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes
del cielo».
Jesús es el que ha
de venir y ha de juzgar. Es lo que celebramos en el primer domingo de Adviento.
¿Esto es terror o es esperanza?
Hermanos, esto es
esperanza. Lo hemos escuchado en las lecturas de hoy:
“¡Ojalá rasgases el
cielo y descendieses! | En tu presencia se estremecerían las montañas,
mecieron». … Jamás se oyó ni se escuchó, | ni ojo vio un Dios, fuera de ti, |
que hiciera tanto por quien espera en él” (Is 63.19-64,2).
Son palabras que ya
en el Antiguo Testamento nos abren a la esperanza sin límites, lo que ni ojo
vio, ni oído oyó.
Nada extraño, pues,
de que san Pablo nos diga: “… en vosotros se ha probado el testimonio de
Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la
manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el
final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel
es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor”
(1 Cor 1,6-9).
Esta es la
verdadera visión cristiana del final: la manifestación de nuestro Señor
Jesucristo. San Pablo nos exhorta a mantenernos firmes, al grado de ser
irreprensibles el Día de nuestro Señor Jesucristo.
San Pablo tiene
esta esperanza: de la tierra al cielo; una esperanza que no se basa en nuestra
generosidad, sino en la generosidad de Dios: Dios es fiel, y si Él es el fiel,
Él lo hará. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo,
Jesucristo nuestro Señor.
Acaso, hermanos,
tengamos que modificar nuestras ideas sobre el purgatorio y la duración del
purgatorio. Me place concluir esta homilía con unas palabras del Papa Benedicto
XVi en su encíclica sobre la Esperanza, Spe salvi:
“47. . Algunos
teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es
Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del
Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo
que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente
nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida
puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en
el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se
nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su
corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como
a través del fuego ». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder
santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin
totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios. Así se entiende
también con toda claridad la compenetración entre justicia y gracia: nuestro
modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia
eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad
y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de
Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de
su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se
convierte en nuestra salvación y nuestra alegría. Está claro que no podemos
calcular con las medidas cronométricas de este mundo la « duración » de este
arder que transforma. El « momento » transformador de este encuentro está fuera
del alcance del cronometraje terrenal. Es tiempo del corazón, tiempo del « paso
» a la comunión con Dios en el Cuerpo de Cristo[39].
Nuestra oración
final la tomamos de las palabras de san Pablo: Señor Jesús, en tu infinita
misericordia concédeme la gracia de ser irreprensible en el día de tu venida.
Amén.