Jesús nos dice: Velad
Mc 11,33-37
Texto
33 Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. 34 Es igual que un hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. 35Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: 36 no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos. 37Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!».
Hermanos:
1. Hoy comienza el Adviento, el nuevo año espiritual de la Iglesia, de cara a la Pascua del año 2024. Adviento, Navidad, Epifanía forman un ciclo unitario. Cuaresma y Pascua forman otro ciclo, más importante. Y el centro de todo el año es la Pascua del Señor.
El Adviento son cuatro semanas antes de la Navidad. Este año serán, sí, cuatro Domingo, pero no cuatro semanas, porque el cuarto domingo cae el día 24 de diciembre, y aquella misma noche comienza al Navidad.
Antes de entrar en tema, en las lecturas de hoy, quisiera hacer algunas aclaraciones, que son ciertos toque de catequesis, para situarnos correctamente en el tiempo en que estamos.
Dice el Misal de la Iglesia: “El tiempo de Adviento tiene una doble índole: es el tiempo de preparación para las solemnidades de Navidad, en las que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres, y es a la vez el tiempo en el que por este recuerdo se dirigen las mentes hacia la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos. Por estas dos razones el Adviento se nos manifiesta como tiempo de una expectación piadosa y alegre”.
Esta indicación es clave para entender los textos variados del Adviento, que son tan hermosos, que vienen a ser anualmente como una primavera florida de cara a la Pascua.
Cuando nosotros celebramos la sagrada liturgia, aunque nos fijemos en un aspecto particular, como el nacimiento de Jesús, por ejemplo, en realidad celebramos el misterio completo del Señor, porque el Señor que hoy vive y reina por los siglos es uno e indivisible y le celebramos a él todo entero, en sus humanidad y divinidad.
En esta perspectiva el Adviento que nos prepara a la Navidad, celebra al Señor que un día ha de venir a llevarnos consigo. Adviento quiere decir “llegada, venida”. Y desde jóvenes nos han dicho: el Señor vino, el Señor viene, el Señor vendrá.
En la lectura que hemos escuchado, se nos dice: Velad, estad preparados. Y podemos hacer una larga reflexión sobre este acontecer de la vida, que, al final nos resulta un misterio. ¿Cuál va a ser el momento el momento final de mi vida, ese momento de la verdad última?
Yo les invito a hacer esta pregunta, no precisamente ahora que estoy escribiendo tranquilamente estas cosas o luego que las grabaré en un pequeño video para compartirlo con las personas que deseen, sino una noche, cualquier noche, ¿después de haber cenado y estar viendo el telediario? Vamos a ver, qué ha pasado hoy: qué accidentes en las carreteras con muertos y heridos, qué balaceras se han dado entre grupos y cárteles enemigos, también con víctimas mortales, y tantas veces ajenas a los grupos rivales; qué desgracias ha habido en el mundo por causa de huracanes, inundaciones, fenómenos que la ciencia no puede prever ni dominar. Aquí, en México, por ejemplo, el huracán Otis. Leo en la prensa, al azar: “El huracán Otis, de categoría 5, tocó tierra en Acapulco el pasado miércoles 25 de octubre a las 00:25 horas, resultando en una gran destrucción de la infraestructura de la ciudad: uno de los destinos turísticos por excelencia en México. Dos semanas más tarde, las autoridades continúan trabajando para restablecer los suministros básicos (agua y luz) en algunas localidades y, mientras tanto, aseguran la distribución de enseres a las 250.000 viviendas afectadas por el suceso”.
Esto que cualquiera de nosotros lee en otras personas, un día cualquiera lo podrían leer de mí. Ninguno de nosotros tiene asegurada su propia vida. Tantos de nosotros hemos visto, y quizás lo practicamos, que al iniciar un viaje hacemos la señal de la cruz. No es una superstición, aunque tampoco sea necesario hacerla, pero puede ser un recordatorio de que nuestras vidas en todo momento están en las manos de Dios. El pensamiento de “Estad preparados, estad en vela”, es un pensamiento humano, de primera categoría, digno de figurar en todas las filosofías de la humanidad.
Cuando Jesús habla con este lenguaje, lo más importante que nos quiere decir es que un día ha de venir el dueño de la casa, y el dueño de la casa es él. Él se ha llamado a sí mismo el Hijo del hombre, recogiendo las profecías de Ezequiel y Daniel. Él se ha identificado a sí mismo como la última palabra de la humanidad y el juez de todos los hombres. Nadie, absolutamente nadie, había tenido tal pretensión en toda la historia.
Esta pretensión fue la causa de su muerte. Recordemos aquella escena ocurrida en la suprema corte del Sanedrín: “El sumo sacerdote, levantándose y poniéndose en el centro, preguntó a Jesús: «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?». Pero él callaba, sin dar respuesta. De nuevo le preguntó el sumo sacerdote:
- «¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito?».
Jesús contestó:
- «Yo soy. Y veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene entre las nubes del cielo».
Jesús es el que ha de venir y ha de juzgar. Es lo que celebramos en el primer domingo de Adviento. ¿Esto es terror o es esperanza?
Hermanos, esto es esperanza. Lo hemos escuchado en las lecturas de hoy:
“¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! | En tu presencia se estremecerían las montañas, mecieron». … Jamás se oyó ni se escuchó, | ni ojo vio un Dios, fuera de ti, | que hiciera tanto por quien espera en él” (Is 63.19-64,2).
Son palabras que ya en el Antiguo Testamento nos abren a la esperanza sin límites, lo que ni ojo vio, ni oído oyó.
Nada extraño, pues, de que san Pablo nos diga: “… en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor” (1 Cor 1,6-9).
Esta es la verdadera visión cristiana del final: la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. San Pablo nos exhorta a mantenernos firmes, al grado de ser irreprensibles el Día de nuestro Señor Jesucristo.
San Pablo tiene esta esperanza: de la tierra al cielo; una esperanza que no se basa en nuestra generosidad, sino en la generosidad de Dios: Dios es fiel, y si Él es el fiel, Él lo hará. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.
Acaso, hermanos, tengamos que modificar nuestras ideas sobre el purgatorio y la duración del purgatorio. Me place concluir esta homilía con unas palabras del Papa Benedicto XVi en su encíclica sobre la Esperanza, Spe salvi:
“47. . Algunos teólogos recientes piensan que el fuego que arde, y que a la vez salva, es Cristo mismo, el Juez y Salvador. El encuentro con Él es el acto decisivo del Juicio. Ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser verdaderamente nosotros mismos. En ese momento, todo lo que se ha construido durante la vida puede manifestarse como paja seca, vacua fanfarronería, y derrumbarse. Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad, está la salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación, ciertamente dolorosa, « como a través del fuego ». Pero es un dolor bienaventurado, en el cual el poder santo de su amor nos penetra como una llama, permitiéndonos ser por fin totalmente nosotros mismos y, con ello, totalmente de Dios. Así se entiende también con toda claridad la compenetración entre justicia y gracia: nuestro modo de vivir no es irrelevante, pero nuestra inmundicia no nos ensucia eternamente, al menos si permanecemos orientados hacia Cristo, hacia la verdad y el amor. A fin de cuentas, esta suciedad ha sido ya quemada en la Pasión de Cristo. En el momento del Juicio experimentamos y acogemos este predominio de su amor sobre todo el mal en el mundo y en nosotros. El dolor del amor se convierte en nuestra salvación y nuestra alegría. Está claro que no podemos calcular con las medidas cronométricas de este mundo la « duración » de este arder que transforma. El « momento » transformador de este encuentro está fuera del alcance del cronometraje terrenal. Es tiempo del corazón, tiempo del « paso » a la comunión con Dios en el Cuerpo de Cristo[39].
Nuestra oración final la tomamos de las palabras de san Pablo: Señor Jesús, en tu infinita misericordia concédeme la gracia de ser irreprensible en el día de tu venida. Amén.
Cuautitlán Izcalli, sábado, 2 diciembre 2023
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