“Comunión,
participación, misión” es la pauta y eslogan para avanzar en una “Iglesia
Sinodal”, tarea en al que quedamos comprometidos todos los hijos de la Iglesia.
La Congregación para la Vida Consagrada nos escribe para el Día de la Vida
Consagrada (Presentación del Señor, 2 de febrero): “La incitación el año pasado
había sido poner en práctica la espiritualidad de comunión… Este año nos centramos
en la segunda palabra del sínodo como invitación a que cada uno de nosotros
haga su propia parte, es decir, una invitación a participar: ninguno se excluya,
ni se sienta excluido en este camino, ninguno, ninguna piense que no me
corresponde”.
“La
primera característica de la participación es la pertenencia”.
“Mientras
recorremos este camino eclesial peguntémonos, queridos hermanos y hermanas, qué
tipo de escucha vivimos en nuestras comunidades: ¿quiénes son las hermanas, los
hermanos a quienes y escuchamos? Y antes aún, ¿por qué los escuchamos”.
“La
escucha, que significa hacer lugar al otro en nuestra vida tomando en serio aquello
que para él es importante”.
Meditando
este mensaje de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y
Sociedades de Vida apostólica, surge este himno, brota este himno, que acaso
pueda tener su utilidad en la oración de este día.
Y él
[Jesús]comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de
oír». 22 Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las
palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: «¿No es este el hijo de
José?».
23 Pero Jesús les
dijo: «Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz
también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún». 24
Y añadió: «En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. 25
Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando
estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo
el país; 26 sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a
una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. 27 Y muchos
leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de
ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
28 Al oír esto,
todos en la sinagoga se pusieron furiosos 29 y, levantándose, lo
echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el
que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. 30 Pero
Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Hermanos:
1.
¿De qué trata el Evangelio? Del fracaso que tuvo Jesús predicando en su pueblo.
Son
frases increíbles las que san Lucas pone al final del relato: levantándose, lo
echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el
que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Cuando
se escriben estas cosas hacía años que Jesús había muerto, y también había
resucitado. En torno a él había nacido una comunidad de fe, la primera comunidad
cristiana, que es la que nosotros continuamos. Y san Lucas, al escribir esta
escena, justo al principio de la vida pública de Jesús de Nazaret, nos quiere representar
anticipado lo que fue el resultado de su vida. Jesús amó a su pueblo con todo
su corazón, a su pueblo de Israel, que tenía detrás de sí toda la historia maravillosa
de amor, que cuentan los libros de la Biblia, Jesús había venido, ante todo,
para las ovejas de la casa de Israel, y precisamente las autoridades del pueblo
elegido lo rechazaron.
San
Juan, al principio del Evangelio, hace un canto triunfal a Jesús, Verbo de Dios
que se hizo carne y habitó entre nosotros, y en esta especie de himno
espiritual de entrada en el Evangelio, dice; “Vino a su casa, y los suyos no
lo recibieron”. No obstante, continúa: pero a cuantos le recibieron les
dio el poder de ser hijos de Dios…
2.
Este es, pues, el escenario de algo muy duro. Ahora bien, hermanos, el
Evangelio es siempre Evangelio de salvación para todo el que lo acoge con fe.
Por eso, si nos quedamos en las palabras que estoy diciendo, no entramos en el
mensaje que Dios nos quiere dar, mensaje de salvación, de alegría, de
esperanza.
La
verdad es que san Lucas ha compuesto una extraña escena. Comenzó Jesús la predicación
con un texto maravilloso del profeta Isaías, que se lo aplicó a simismo: El Señor me ha ungido para llevar
la Buena noticia a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los
ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos; a proclamar el año de
gracia del Señor». Esto era maravilloso. Y ahora Jesús añadió: Esto se está
cumpliendo hoy.
Nadie
había podido hablar con se tono, identificarse con ese mensaje, y
personalizarlo.
3.
La respuesta lógica a este mensaje tenía que haber sido. ¡Bendito sea el Señor,
que nos muestra estas maravillas! ¿Qué tenemos que hacer para acoger tanta
gracia?
Pero
tristemente la respuesta fue la crítica.
En este pueblo nos conocemos todos, y sabemos quién eres y cuál es tu familia.
A ver, haz aquí esas cosas maravillosas que dicen que has hecho en Cafarnaúm.
Hermanos,
la experiencia de la vida, conforme van pasando rápidos los años, nos dice que
a Dios hay que recibirlo con sencillez, con humildad y con alegría; que a Dios
no tenemos que pedirle pruebas… Los corazones sencillos ven las obras de Dios,
y las disfrutan; e incluso Dios se sirve de ellos para seguir haciendo nuevas
maravillas.
Ante
esas actitudes de orgullo, de crítica, de autosuficiencia Jesús se encontró con
las manos atadas.
Les
recordó a dos profetas muy conocidos: a Elías, que socorrió la viuda de
Sarepta, una mujer sencilla y pobre, que le dio hospedaje, y el profeta hasta
le dio vida al hijo de la viuda, que yacía en el lecho apenas muerto; y les
recordó al profeta Eliseo, discípulo de Elías, que curó al leproso Naamán, de
Siria.
4.
Hermanos, Dios está dispuesto a hacer maravillas, si yo soy humilde y sencillo
y le doy entrada en mi corazón. Maravillas en mi corazón, y a través de mi
corazón en otros, porque Dios es amor, y sus designios son designios de amor y
de paz.
Del
Evangelio, hermanos, siempre se pueden sacar diversas consideraciones, según la
perspectiva que uno tome.
En
este momento quisiera una, sin querer decir con ello que otras muchas son
posibles, como el Señor inspire.
La
consideración es esta: no caigamos en la crítica como aquellos habitantes de
Nazaret, que les impidió ver el mensaje hermoso que Jesús traía consigo. Podemos
caer en una crítica de las cosas de la Iglesia, de los ministros de Dios, de
cosas que quisiéramos fueran distintas; pero insistir sobre esto nos ciegan los
ojos para ver el mensaje de salvación que Dios nos envía, y la alegría que podemos
sacar de tanta bondad derramada en el mundo y que los ojos de los sencillos las
contemplan.
Mirar
el lado positivo de las cosas, comenzando incluso por nosotros mismos, saber
apreciar lo bueno, y animarnos desde ahí a sacar mayor bien y esperanza.
5.
San Marcos, cuando refiere la visita de Jesús a Nazaret, no al principio, sino
cuando iba ya avanzada la vida del Señor, nos cuenta las críticas que le
hicieron. Y en su relato nos indica: “Jesús Les decía: «No desprecian a un
profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa». No pudo hacer
allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se
admiraba de su falta de fe” (Jn 6,4-6).
Como
vemos, Jesús mismo quedó sorprendido de la reacción de su pueblo, y no pudo
obrar ningún milagro. Pero sí, como corrigiéndose a sí mismo el evangelista: Sí
pudo curar algunos enfermos, imponiéndoles las manos. Aquellos sí tenían fe, y donde
hay fe entra la gracia de Dios.
6.
Mirar la vida por el lado positivo no es una ficción, si en realidad ese lado positivo
existe, como es verdad que sí existe. Hoy justamente, en la segunda lectura,
avanzando en el conocimiento de las cartas de san Pablo, que las vamos leyendo progresivamente,
tenemos ese párrafo sublime del Apóstol que es un canto al amor que Dios pone
en los corazones, el Himno a la caridad. Cuántos jóvenes, el día de su
matrimonio, entre las varias lecturas que posibilita el rito sagrado, han
escogido esta página, que al quieren tomar como el propósito de su vida, el
capítulo 13 de la primera carta a los Corintios:
Si
hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no
sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. 2 Si tuviera el don
de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como
para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
¿Qué
será, pues, ese divino tesoro del amor? Es el amor que Dios pone en el corazón
y que se manifiesta en la rutina de cada día:
El
amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se
engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no
se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo
lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1Cor 13,4-7).
El
amor es lo único que va a quedar en el cielo. Todo lo demás habrá pasado. Esta
es una verdad eterna, que nos consuela y nos da fortaleza y esperanza.
Concluyamos
mirando a Jesús:
Señor
Jesús: un día predicaste en la sinagoga de Nazaret, y hoy continúas predicando
en todas nuestras iglesias. Que sepamos recibir tu Palabra como Palabra de Dios,
Palabra de vida; y que toda nuestra existencia esté llena de tu amor, alegría y
esperanza. Amén.