Texto evangélico
1 A los tres días, había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. 2 Jesús y sus discípulos estaban también invitados a la boda. [1] Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice: «No tienen vino». 4 Jesús le dice: «Mujer, ¿qué tengo yo que ver contigo? Todavía no ha llegado mi hora»*. 5 Su madre dice a los sirvientes: «Haced lo que él os diga». 6 Había allí colocadas seis tinajas de piedra, para las purificaciones de los judíos, de unos cien litros cada una. 7 Jesús les dice: «Llenad las tinajas de agua». Y las llenaron hasta arriba. 8 Entonces les dice: «Sacad ahora y llevadlo al mayordomo». Ellos se lo llevaron. 9 El mayordomo probó el agua convertida en vino sin saber de dónde venía (los sirvientes sí lo sabían, pues habían sacado el agua), y entonces llama al esposo 10 y le dijo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora».
1[1] Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea*; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.
Hermanos:
1. Pasado el bautismo de Jesús, que celebrábamos el domingo pasado, hoy iniciamos el curso del ministerio público de Jesús con una boda en Caná de Galilea. Nos lo ha contado el Evangelio de san Juan, quien, lo primero de todo, nos ha contado el paso del ministerio de Juan Bautista al ministerio de Jesús.
Los primeros que fueron discípulos de Jesús habían sido discípulos de Juan. Juan no los retiene para sí, sino que les muestra al que ha de venir. El Evangelio lo cuenta de esta manera:
“29 Al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. 30 Este es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo”. 31 Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel». 32 Y Juan dio testimonio diciendo: «He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. 33 Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ese es el que bautiza con Espíritu Santo” (Jn 1,29-33).
Con estas palabras el apóstol san Juan nos dejaba muy claro en su Evangelio cómo, en la providencia de Dios, el ministerio de Jesús continuaba lo que Dios mismo había ido preparando por la obra de Juan. Pero era una continuación que traía una novedad absoluta. De hecho en la vida de Jesús leemos esta frase: “Muchos acudieron a él y decían: «Juan no hizo ningún signo; pero todo lo que Juan dijo de este era verdad» (Jn 10,41).
2. He aquí, pues, el Evangelio de las bodas de Caná de Galilea, como inauguración del ministerio de Jesús. Vamos a comenzar por la última frase, que es la reflexión que hace el evangelista sobre el suceso que acaba de narrar: Este fue el primero de los signos que Jesús realizó en Caná de Galilea*; así manifestó su gloria y sus discípulos creyeron en él.
A los milagros de Jesús san Juan los ha llamado “signos”. Un signo está indicando algo que está detrás de él. Lo que está detrás de este signo es su gloria, que ha producido la fe de los discípulos. Fijémonos bien que aquí no incluye a su madre; fueron sus discípulos los que creyeron en él.
Según el escritor sagrado, el punto central en que debemos fijarnos es éste: ver la gloria de Jesucristo, no tanto la maravilla de que el agua se convierta en vino, sino admirar la gloria, el esplendor que irradia el protagonista. Este protagonista lleva dentro de sí la misma gloria de Dios, y en este momento inicial de su vida la acaba de manifestar.
El mismo san Juan nos dice: Fue “el primero” de los signos, el primero que quiere decir al mismo tiempo: este fue el prototipo, el modelo de todos los que iban a seguir.
Por tanto, nosotros debemos ver la vida de Jesús como una irradiación y comunicación de la vida divina que lleva dentro. La multiplicación de los panes, la curación del ciego de nacimiento, la resurrección de Lázaro son otros signos, y todos ellos coinciden en lo mismo: manifiestas la vida divina que Jesús lleva consigo y que ha venido a compartirla con nosotros.
Es la lección central y la primera lección que debemos aprender para aplicarla a nuestra vida. Cuando nosotros creemos en Jesús, nos acercamos a la fuente de la vida divina que está en él. Y en nosotros, por la fe, hemos de experimentar esa misma divina. No hace falta que nos al muestre con signos maravillosos, con milagros que podamos ostentar ante los demás. La gloria de Dios se manifestará en nuestra vida como algo totalmente real y personal que llega hasta a mí, pero siempre por este camino que Dios ha dispuesto, el camino de la fe.
3. Pasemos a una segunda reflexión que nos suscita la escena. Todo el mundo pone primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora. Lo que Jesús ha ofrecido es el vino nuevo y mejor.
Dice una tradición judía que Dios, al crear el mundo, puso aparte unas cuantas cosas que las guardó para cuando llegase el Mesías, y entre ellas un vino especial, el vino `para la boda del Mesías. Los que somos de tierra de vinos sabemos de ciertos costumbres o usos populares que han existido con su significado familiar: guardar en la bodega unas botellas para cuando se case el hijo o la hija. Este vino, acaso en una botella envuelta en telarañas, es un vino del todo especial. Porque hace tantos años está guardado para ti, para el día de tu boda.
3. Sea lo que sea de una tradición semejante y del tiempo en que nace, lo cierto es que según el texto del Evangelio, el vino bueno, es decir, el vino de mejor calidad no era el vino del principio, sino el de ahora, el que ha mandado traer el esposo de esta boda. Porque, al fin, uno puede suponer que esa boda, está representando la boda de Jesucristo con sus Iglesia, esas nupcias de amor que él ah establecido con nosotros.
Caná de Galilea nos está revelando que Jesús es el verdadero esposo de su Iglesia. Son verdades excelsas que uno las pueda captar leyendo el Evangelio con fe iluminada.
Este es un segundo mensaje que nosotros podemos recibir del Evangelio, y aplicárnoslo a nosotros mismos. Jesús es para nosotros el esposo que nos ofrece el vino de Fijémonos que en las bodas de Caná de Galilea falta la figura principal de una boda, que es la novia, la esposa. La esposa de esta boda es la Iglesia que Jesús acaba de iniciar con su venida.
4. Y una tercera reflexión de este primer signo nos la proporciona la presencia de una mujer, que no se llama María (pues su nombre aquí no aparece), sino que se llama “su madre”, es decir la Madre de Jesús. Es la Madre al que ha suscitado todo lo que ha venido: Haced lo que él os diga. Y antes estas palabras Jesús ordenó: llenad las tinajas de agua.
Pues he aquí que san Juan nos presenta a la Madre de Jesús, a “su Madre” al principio y al final de la vida. Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, nos dirá en el Calvario.
Jesús ha unido a su Madre a su obra. La Madre de Jesús está donde está Jesús. Los cristianos tenemos una consolación especial al verlo así. Y leyendo el Evangelio, entendemos que esto no es un capricho nuestro, sino que esto es un dato que nos han transmitido los apóstoles.
Hermanos, estas son unas sencillas consideraciones que brotan de la página maravillosa del Evangelio que hoy se anuncia en nuestras iglesias para comenzar la vida del Señor.
Señor Jesús, ilumina nuestra vida con la luz del Evangelio, y haz que toda nuestra vida esté siempre abierta al amor y la esperanza, porque tu presencia en medio de nosotros es un festín de nupcias santas. Amén.
Jerusalén, sábado 15 enero 2022.
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