Meditación
sobre la bendición que se da todos los años
en
Año Nuevo – Libro de los Números 6,22-27
Texto bíblico:
El Señor habló a
Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos, esta es la fórmula con la que bendeciréis a
los hijos de Israel:
“El Señor te bendiga y
te proteja,
(el Señor) ilumine su
rostro sobre ti y te conceda su favor,
el Señor te muestra su
rostro y te conceda la paz”.
Así invocarán mi nombre
sobre los hijos de Israel y yo los bendeciré”.
Hermanos:
1. Más que la homilía habitual de los
domingos esto es una meditación sobre el texto sagrado de la bendición que
mandó Moisés a Aarón y a los hijos de Aarón, de la tribu de Leví, a los
sacerdotes. Es la bendición principal del Antiguo Testamento, bendición que
compartimos la liturgia judía y la liturgia cristiana.
La Biblia que usamos en la liturgia, e
decir, la Biblia oficial de la Conferencia episcopal española, tiene un
sencillo comentario que nos adentra en el clima espiritual que evoca la
Bendición de Aarón. Dice así:
“Bello texto, por su forma poética y su
contenido, con triple invocación del nombre divino. Se usa en la liturgia
cristiana de Año Nuevo. El rostro luminoso de Dios benévolo ilumina la
existencia del pueblo de Israel y de todo buen israelita, lo colma de bienes,
lo guarda de todo peligro; en una palabra, le concede la paz (véase Salmo
80,4.8.20). En textos antiguos los padres bendicen a sus hijos (Gén 27; 48; 49),
los reyes a sus súbitos (2Sam 6,18; 1Re 8,55), los hermanos a sus hermanas (Gén
24,60). En la tradición sacerdotal, la bendición corresponde al sacerdote
(véase también Lev 9,22-23).
2. Bendecir es decir bien, desear lo
mejor. Hay una bendición descendente, que es la bendición de Dios a los
hombres; y una bendición ascendente, que es la bendición de los hombres
dirigida a su Dios, el buen decir de los hombres que se eleva hacia Dios, esto
es la acción de gracias y la alabanza. No podríamos nosotros bendecir a Dios,
si primeramente Él no nos hubiera bendecido a nosotros. Es la misma ley o
dinámica del amor: no podríamos nosotros amar a Dios, si primeramente Él no nos
hubiera amado. De esta forma la bendición humana responde a la bendición de
Dios.
3. Para nosotros, cristianos, la
bendición, que en hebreo se dice Berajá,
es por antonomasia la Eucaristía. En la Eucaristía se contiene toda bendición,
porque en la Eucaristía se contiene todo el bien de la Iglesia.
La piedad judía está toda ella
impregnada de la bendición. ¡Qué hermoso y sublimé es ver toda la vida desde la
bendición!
Podemos abrir un libro de la fe y de la
piedad de Israel, y observar las bendiciones de la mañana. Está la bendición de la
creación del cuerpo humano, la bendición de la restitución del alma humana, la
bendición que se reza para el estudio de la Torá.
“Una de las primeras cosas que el hombre
dice por la mañana, es la bendición que alaba a Dios por crear este prodigioso
mecanismo que es el cuerpo humano, y por Su poder que nos conserva la vida y la
salud” (Ravi Hayim Halevi Donin, Rezar
como judío: Guía para el libro de oraciones y el culto en la sinagoga.
Jerusalem 1986, p. 242).
“Después de la bendición por la creación
del cuerpo humano viene una bendición en la cual agradecemos a Dios por haber
creado en nuestra seno un alma pura, que Él, en su inmensa bondad, nos
restituye diariamente” (o.c., 243).
Esta bendición dice así:
“Dios mío, el alma que me has dado es
pura. Tú la creaste, Tú la formaste, Tú me la insuflaste y Tú la guardas dentro
de mí, y Tú me la quitarás un día y me la restituirás para la vida futura.
Mientras mi alma subsista en mí, yo te agradezco, Señor, mi Dios y Dios de mis
Padres, Soberano de todas las criaturas, Dueño de todas las almas. Bendito eres
Tú, Señor, que restituyes las almas a los cuerpos inanimados” (pp. 243-244).
El piadoso judío sigue bendiciendo a
Dios por el privilegio que se le ha concedido de estudiar la Torá (que
nosotros, cristianos, llamamos el Pentateuco, los cinco primeros libros de la
Biblia), y el judío entiende que la Torá, suprema revelación de Dios para todos
los siglos, fuente inagotable de vida, en su integridad es la Torá escrita (los
cinco libros de Moisés) y la Torá transmitida viva en la Tradición, contenida
en el Talmud.
En suma, toda la vida es respirar en
bendición, en alabanza, en acción de gracias, y en correspondencia con esa
respiración constante de obediencia y amor, la vida del creyente debe ser
limpia e inmaculada ante Dios y ante los hombres.
Todo esto significa bendecir a Dios.
Y ¿qué significará que Dios nos bendice
a nosotros, porque de la bendición de Dios arranca toda bendición?
4. Para entender el hermoso texto de
esta bendición de Israel que llega hasta nosotros hemos de tomar la verdadera
perspectiva que ofrece el texto:
- Es una bendición formulada con tres
miembros, cada uno de los cuales tienen una ondulación de dos partes.
- Es una bendición en la que en cada uno
de los tres miembros se invoca y se nombra el nombre santísimo de Dios: Yahweh,
que nadie es digno de pronunciar. Una bendición que, al presentarnos el rostro
de Dios, nos da, por así decir, todo lo que la teología dice de bello y sublime
de Dios. En esta bendición se contiene, en realidad, toda la Teología; incluye,
pues, nuestra profesión de fe en el Dios revelado.
- Es una bendición que va dirigida a
toda la comunidad de Israel, a toda la asamblea santa de Dios, pero que incide
persona e individualmente en cada uno. El Señor me bendice a mí.
- Es una bendición que produce y trae lo
que expresa en sus palabras. Por eso, el texto sagrado concluye de forma grave
y solemne: Así invocarán mi nombre sobre los
hijos de Israel y yo los bendeciré. “Yo los bendeciré” es la promesa formal
con la que Dios se comprometió a estar siempre con nosotros, a “decir bien” de
nosotros, a estar de nuestra parte, a amarnos, a salvarnos.
En resumen, la gracia de esta bendición
– que descubre nuevas dimensiones en la Cruz de Cristo – es creerla, gustarla y
sentirla como acción y experiencia de Dios en nosotros.
Acerquémonos, por tanto, a cada uno de
esos tres miembros: tres deseos eficaces que expresamos a Dios con la confianza
y la seguridad de que Él los va a realizar.
5. El
Señor te bendiga y te proteja. ¿Quién es ese Dios que se dispone a
bendecirnos? Es el Dios de la historia de Israel; por lo tanto, el Dios del
acompañamiento, el Dios del amor, el Dios de la protección.
Bendecir es colmar de beneficios, de
todo lo que resulta ser un bien para el hombre, sea en el cuerpo sea en el
alma, El Señor bendice mis proyectos,
las hondas aspiraciones que bullen en mi ser, que, quizás, ni a los más íntimos
me atrevo a manifestar, pues las podrían considerar como vanidad, como
fantasías de un creído e iluso. Pero, si están ahí, por algo están, alguien las
ha puesto. Esos deseos personales abiertos a lo infinito Dios los bendice. Son
aspiraciones de vida que abrigo en mi intimidad. Son míos, muy míos. No sé yo
cuáles serán los secretos de ese hermano mío con quien convivo.
Dios me bendice y llega hasta las raíces
del ser, porque ese Dios de mi acompañamiento es el Dios que un día me llamó a
la vida, y me creó a mí como alguien suyo, único e irrepetible. “El Señor te
bendiga y te proteja”.
La bendición de Dios es protección, lo
que está sugiriendo que mi vida corre peligro. Soy como una ciudad asediada de
enemigos. Ahora bien, el Señor es mi baluarte, Él es mi bastión, mi defensa.
Dios es amoroso, por eso me bendice;
pero también es fuerte, por eso me protege. Ignoro el rumbo y los azares de mi
vida futura. Pero sí sé una cosa muy segura: El Señor me ha de proteger, no
puedo sucumbir.
En una palabra, el Señor amoroso que
aparece como bendición de amor – no como juez y
castigador – el Señor es la seguridad rotunda que me salva.
6.
Y ahora, en la segunda y tercera bendición, pasamos a contemplar ese rostro
sereno, apacible, que es lo más bello. Allí se sacia el alma y halla la
felicidad. Dice, pues, la bendición: el
Señor ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. Hay miradas que
fulminan, peor que el veneno mortal; pero hay otras miradas de infinita
consolación, que nos introducen en la felicidad eterna. Esa es la mirada de
Dios que está presente en la Bendición de Aarón.
Dios
es para mí mirada de amor. Esta es la definición que sacamos de Él, al
sentirnos así alcanzados por esa mirada que dulcemente nos acompaña. La mirada
de Dios no es mirada inquisitoria, persecutoria, condenatoria. Es la mirada de
la acogida, la mirada que, al sentirla, ya sabemos que contamos con el favor de
Dios.
La
mirada de Dios es, por tanto, nuestra suprema bendición.
Le
podemos decir: Mírame, Señor, mi Dios, que tu mirada no me infunde miedo. Tu
mirada es mi protección. Tu mirada es mi examen; y tu examen no es mi condenación: es mi acogida y tu
misericordia. Mírame, Señor, que con solo mirarme, quedaré bendecido.
7. Tercera bendición de Dios, también
bajo los rayos benéficos de su divina mirada. El Señor te muestra su rostro y te conceda la paz.
El día que veamos nosotros el rostro de Dios
tendremos la paz, y la paz es al suma de todos los bienes y el anticipo de la
eternidad.
Veremos un día el rostro de Dios; pero
es que la bendición se nos da ya para hoy. Hoy mismo, sin aguardar a mañana, se
nos da la posibilidad de disfrutar de la visión del rostro de nuestro Dios y
Padre.
“Y yo los bendeciré”, yo les mostraré mi
rostro.
8. Si nos hemos adentrado en el gozo
espiritual de esta bendición, podremos alcanzar dos seguridades:
- La primera es que la bendición de Dios
es para la vida presente, sin esperar a un futuro indefinido o al futuro de la
eternidad. Dios me bendice hoy mismo y en esta mi circunstancia que vivo, acaso
circunstancia de dolor y desorientación, circunstancia en que parece que falla
el suelo de mis pies. Dios me bendice hoy, a mí, aquí. Es bendición concreta de
Dios; bendición real, bendición garantizada por su divina palabra que no puede
fallar.
- Y la segunda seguridad es que esta
bendición de Dios, que se me ha otorgado y que yo, cristiano, la veo en Cristo
y desde Cristo, es una bendición que se transforma en experiencia espiritual.
Si Dios me bendice, experimento a Dios en mí. Dios vive en mí. Soy un bendecido
por Dios y como bendecido camino por el rumbo de mi vida.
9. Ante todo lo dicho, mis hermanos, no
hace falta concluir, sino de la manera más simple. Así sea.
Bendición de Dios, anticipo de todo el
año, año de bendición. Bendición que suena en la solemnidad del 1 de enero,
octava de Navidad, solemnidad de Santa María, Madre de Dios.
Mirando a la Madre con el Niño, decimos.
Esa es la bendición, ahí está. ¡Bendita la Madre que nos la ha traído! Amén.
Guadalajara, Jalisco, 31 diciembre 2013.
