Dios en el corazón
Texto
evangélico:
16 Los once discípulos se
fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17 Al
verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. 18 Acercándose a
ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. 19
Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre
del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; 20 enseñándoles a guardar
todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el final de los tiempos».
Hermanos:
1.
Coronamos la Pascua del señor con la solemnidad de Pentecostés que celebramos
el Domingo pasado. Luego de Pentecostés vienen tres fiestas muy importantes,
llenas de un contenido espiritual que levanta nuestros corazones: La Santísima
Trinidad, Corpus Christi y el Sagrado Corazón.
¿Qué
celebramos al celebrar la solemnidad de la Santísima Trinidad? No celebramos un
misterio sublime y abstracto, porque Dios no es una abstracción allí,
inalcanzable. Dios Creador es una presencia. Y hoy celebramos una presencia: la
presencia de Dios de Dios, que llena el universo; presencia de Dios en la creación, presencia de Dios en la historia,
presencia de Dios en mi vida personal, en mi corazón. Con la gracia de Dios,
este punto concreto de nuestra fe es el que queremos aclarar.
2.
Cuando oramos a Dios con los salmos, nos llama mucho la atención esto que en
uno de ellos se dice a propósito de lo ídolos: “Los ídolos de los gentiles
son oro y plata, | hechura de manos humanas:
tienen boca y no hablan, | tienen ojos y no ven, tienen orejas y no
oyen, | no hay aliento en sus bocas” (Sal 15,15-17).
Si
el Dios a quien veneramos no hablara, no oyera, no escuchara, entonces sería un
ídolo. Y nosotros, unos idólatras, adoradores de un Dios que no existe.
Por
lo tanto, nosotros confesamos firmemente: Dios es presencia, y si es presencia
es experiencia. Dios habla, Dios oye, Dios escucha. Es un Dios de la vida, Dios
es un ser que está en la vida, al cual yo puedo devolver la palabra, puedo
adorar, puedo contemplar, puedo dialogar, puedo sentir su presencia y ternura.
3.
Hermanos, todos los cristianos estamos destinados a tener experiencia de Dios,
una experiencia real y sencilla, una experiencia personal. Cuando una persona
humilde te dice: Tengo muchísimas cosas que agradecer a Dios, está hablando con
palabras sencillas y comprensibles de que ha visto a Dios en su vida. No ha
tenido ninguna visión milagrosa, pero ha experimentado a Dios en lo cotidiano;
y eso es verdad. Yo puedo decir con plena conciencia: Dios no me ha hecho
ningún mal, y todo lo que me ha hecho ha sido bien; no le puedo pedir cuentas a
Dios de nada, Él sabe lo que hace y por qué lo hace. Esto, dicho con humildad
es experiencia de Dios.
4.
Claro que a medida que uno va avanzando más y más en los caminos de Dios, puede
entrar en lo que pasar dentro del corazón y hablarnos con las palabras con que
nos ha hablado hoy san Pablo. San Pablo nos invita a dejarnos conducir por el
Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones, como escuchamos en la
lectura de hoy:
Cuantos se dejan llevar
por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no habéis
recibido un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino que habéis
recibido un Espíritu de hijos de adopción, en el que clamamos: «¡Abba, Padre!».
Ese mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos
hijos de Dios; y, si hijos, también herederos; herederos de Dios
y coherederos con Cristo; de modo que, si sufrimos con él, seremos también
glorificados con él (Rom 8,14-17).
5.
La última palabra de Jesús en el Evangelio de Mateo es la misión universal. Jesús
manda a los apóstoles a hacer discípulos. Pero discípulos ¿de quién? No de los
Apóstoles, ni de la Iglesia; discípulos de Jesús, haced discípulos a todos
los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo.
Eso
es la Trinidad: Dios hecho familia y habitando en el corazón. Jesús, cuando
hablaba de Dios, no se expresaba con filosofía. Para hablar del Padre, usó la
imagen del padre de la tierra; y para hablar del Espíritu, nos habló de la
interioridad, de lo que pasa en el corazón, del viento que sopla en nuestra cara.
Nos habló de Dios refiriéndose a una presencia concreta y personal. El Dios de
los cielos es mi Dios, es mi Padre; el Espíritu es el que mora en mí, el que dirige
y va enseñando la verdad.
Jesús
hablaba, pues, de presencia, de experiencia, de relación, de diálogo, de
oración. Y él acudía a cultivar la intimidad con Dios.
El
Papa Benedicto XVI, en su encíclica titulada “Dios es amor” (Deus caritas
est, la primera de su pontificado), haciendo una comparación entre el Dios
de Israel, y el modo de sentir de los griegos, aludiendo a Aristóteles (Metafisica,
XII,6), nos decía esto: “La potencia divina a la cual Aristóteles, en la cumbre
de la filosofía griega, trató de llegar a través de la reflexión, es
ciertamente objeto de deseo y amor por parte de todo ser —como realidad amada,
esta divinidad mueve el mundo[6]—, pero ella misma no necesita nada y no ama,
sólo es amada” (Deus caritas est, 9).
Así
pues, Dios no ama, no puede amar; sería indigno de Dios que se alterasen sus
sentimientos… Quien ama, sufre… Y la verdad es que Dios me ama a mí, se
interesa por mí, se muere de amor por mí. Este es el Dios de las santas Escrituras
que se nos he revelado en Jesús.
6.
Hermanos, en este día de la Santísima Trinidad, en la Iglesia oramos por la
Vida contemplativa, por los monjes y las monjas, que quieren hacer de la
oración y el amor en centro de su vida. El lema escogido para este día dice y
grita así: La vida contemplativa, cerca de Dios y del dolor del mundo.
En
estas conferencias telemáticas que se están dando hoy por con tanta abundancia,
a una joven contemplativa madrileña de 25 años, le preguntaba la conductora del
programa: La vida contemplativa ¿es un refugio? Y esta joven respondía al instante, con un rostro iluminado y con una mirada
que reflejaba su interioridad, respondía: La palabra “refugio” es exactamente
lo contrario de la vida contemplativa. Y se notaba que lo decía por propia
experiencia: estar cerca del Señor es estar cerca del dolor del mundo.
Una
joven de hoy, que normalmente tiene su carrera y su futuro, no ha ido al
monasterio para buscar un refugio, sino porque su corazón ha sido iluminado por
un encuentro, por una revelación: cerca de Dios y del dolor del mundo.
Mirando
a la Santísima Trinidad, que mora en el fondo del corazón, digamos con
adoración, con confianza y ternura: ¡Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu
Santo! Amén.
Madrid,
viernes 28 mayo 2021.